Perdió su virginidad anal con un dotado jovencito de 20 años
Había cruzado al otro lado. Ya no era solo el hombre que cogía. Ahora también era el que era cogido. Y, carajo, le había encantado..
Andrés, a sus 36 años, era un puto frustrado. Le gustaban las mujeres, de verdad, pero desde hacía años una idea se le había metido en la cabeza como un clavo: quería saber qué se sentía ser la hembra, sentir una verga abriéndolo por dentro. Lo había fantaseado mil veces mientras se la tiraba, imaginando que era él el que estaba ahí, con las piernas abiertas, pidiendo más. Pero el miedo, la vergüenza, lo tenían paralizado.
Hasta que apareció Carlos. Un chico de 20 años, flacucho, de pelo largo y pocas palabras, que conoció en una app. El chico era tímido, pero su verga era otra cosa. Una bestia de casi 20 centímetros, gruesa y con una vena marcada que parecía un mapa del tesoro. En sus dos primeros encuentros, Andrés no se atrevió a más. Se arrodillaba como un perrito y se la chupaba con una devoción casi religiosa. Le gustaba sentir cómo crecía en su boca, cómo se ponía dura como una piedra, y cómo Carlos, con sus gemidos bajos, se corría en su garganta mientras él se traguaba hasta la última gota. Pero él seguía sin ser penetrado.
La tercera vez fue la decisiva. Se vieron en un motel de mierda a las afueras de la ciudad, uno de esos con garaje para que nadie viera tu cara. El olor a desinfectante y a semen viejo impregnaba la habitación. Esta vez, Andrés no se arrodilló. Se sentó en el borde de la cama, temblando como un pendejo. «Carlos… hoy quiero que me la metas», dijo con la voz quebrada.
El chico lo miró, sorprendido. No dijo nada, solo asintió con la cabeza y empezó a desabrocharse el pantalón. Se quedó en calzoncillos y la silueta de su verga ya era imponente. Andrés se desvistió nervioso, sintiéndose frágil y expuesto. Se acostó boca abajo, apoyando la cara en la almohada que olía a otro hombre.
Sintió el peso de Carlos sobre él, su piel joven y caliente. «Tranquilo, papi. Voy a ir despacio», susurró el chico, aunque su voz ya tenía un tono de dominio. Andrés sintió un dedo frío y húmedo, lleno de lubricante, tocándole el ano. Se estremeció. El dedo entró lentamente, abriendo un anillo de músculo que nunca había sido violado. Dolió. Un dolor agudo y humillante. «¡Ahhh, carajo! ¡Duele!», gritó Andrés, apretando los puños.
«Ya se te va a pasar, pendeja. Relájate y recíbela», ordenó Carlos, metiendo otro dedo y abriéndolo más. El dolor se mezcló con una sensación extraña, una presión que llenaba, que lo hacía sentir completo y roto a la vez. Después de un rato de preparación, sintió algo más grande y caliente en su entrada. La cabeza de la verga de Carlos.
«¡No, no, esperá!», gritó Andrés, sintiendo un pánico de repente. Pero era tarde. Carlos, con un movimiento firme y sin piedad, hundió su verga hasta el fondo. Un grito ahogado escapó de la garganta de Andrés. Sintió como si lo estuvieran partiendo en dos con un tizón caliente. El dolor era insoportable, una quemazón que se extendía por todo su cuerpo. «¡Sácala, carajo! ¡Me estás rompiendo!», suplicó, con las lágrimas rodando por su cara.
Carlos no la sacó. Se quedó quieto un momento, dejando que el ano de Andrés se acostumbrara a su tamaño. Luego, empezó a moverse. Lentamente al principio, con embestidas largas y profundas que sacudían todo su cuerpo. Cada movimiento era una nueva oleada de dolor, pero debajo del dolor, algo más empezaba a crecer. Un placer oscuro y prohibido que se apoderaba de él. Empezó a gemir, pero ya no eran de dolor, eran de lujuria. «¡Sí, papi! ¡Así! ¡Duro, carajo!», se oyó decir, sin creerlo.
Carlos, al oírlo, perdió el control. La cogió con la ferocidad de un animal. La agarró de la cadera y la empezó a embestir sin piedad, a una velocidad que le robaba el aliento. Las nalgas de Andrés rebotaban contra su pelvis, con el sonido de las carnes golpeándose llenando la habitación. «¡Toma, maricón! ¡Toma toda esta verga!», gritaba Carlos, dándole palmadas en el culo que lo dejaban rojo.
Lo volteó, poniéndolo boca arriba. Levantó sus piernas y se las puso sobre sus hombros. Ahora podía ver su cara, sus ojos llenos de lágrimas y de pasión. La penetración era más profunda así, y Andrés sentía cómo la verga de Carlos le llegaba hasta el alma. Se la cogía mirándolo a los ojos, insultándolo, llamándolo su perrita, su putito. Y Andrés lo amaba. Se sentía más vivo que nunca, más humillado y más poderoso a la vez.
Se corrió sin tocarse la verga. Un orgasmo seco y violento que lo hizo arquear la espalda y gritar como un loco, mientras su ano se contraía alrededor de la verga de Carlos. El chico, al sentirlo, no aguantó más. «¡Te voy a llenar, pendejo!», gritó, y soltó un torrente de semen caliente dentro de él, una cantidad tan grande que se le derramó por las piernas.
Se quedaron así, unidos, sudando y jadeando, hasta que la verga de Carlos se suavizó y se deslizó fuera de él. Andrés sintió un vacío inmediato, su ano pulsando y ardiente, lleno del semen del chico. Se sentía dolorido, usado, pero increíblemente satisfecho. Había cruzado al otro lado. Ya no era solo el hombre que cogía. Ahora también era el que era cogido. Y, carajo, le había encantado.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!