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Gays, Infidelidad

Trayecto al Límite del Deseo 1

Pasajero de 35 años que ha aprendido a disfrutar más del trayecto que del destino. Me atrae la masculinidad auténtica: esa que se encuentra en los brazos fuertes que dominan un volante y en los muslos gruesos que apenas caben en unos jeans. Aquí comparto los encuentros que nacen en el asiento del co.

El taxi se detuvo y, al abrir la puerta, el denso calor de la tarde fue reemplazado por la ráfaga seca y helada del aire acondicionado. Me acomodé en el asiento del copiloto, sintiendo de inmediato esa atmósfera cerrada y privada. No había olores dulces; solo el aroma limpio del aire frío mezclado con ese rastro sutil a cuero y el aroma netamente masculino de un cuerpo en movimiento.

—Buenas tardes —dijo él, y me sorprendió su voz: era juvenil, clara y con un magnetismo inmediato que me obligó a mirarlo—. ¿Para dónde vamos hoy?

Le di la dirección mientras él arrancaba con una maniobra fluida. Mis ojos, casi por instinto, bajaron hacia su derecha para verlo hacer el cambio de marcha. Sus brazos eran imponentes; la manga de la camiseta parecía pelear contra unos bíceps que se tensaban con cada giro del volante. Tenía las manos grandes, apretando el cuero con una seguridad que me hizo tragar saliva.

La charla empezó de forma ligera, casi tonta. Hablamos de los baches en la avenida, de lo caro de las carreras de taxi. Su risa era fresca y constante, haciendo que sus hombros anchos se sacudieran. Yo le seguía la corriente con frases cortas, tratando de ocultar que esa voz tan atrayente me estaba desarmando.

—A veces me preguntan que si por ser tan joven me rinde más el turno, pero ya el cuerpo me pasa factura después de diez horas aquí sentado —comentó con una sonrisa brillante.

—No parece que le pese tanto —le dije, barriéndolo con la mirada—. ¿Cuántos años tiene?

—Treinta y seis cumplidos —respondió con orgullo—. ¿Y usted?

—Treinta y cinco —contesté. Solo un año nos separaba, pero él se sentía como una fuerza de la naturaleza.

Siguió hablando de su familia, de las metas de sus niños y de cómo su esposa lo esperaba con la cena, pero yo ya casi no procesaba las palabras. Mi mente se había quedado anclada en la imagen de esos brazos fuertes cargando a sus hijos, y luego derivó inevitablemente a imaginar esa misma fuerza volcada sobre mí. El contraste entre su vida de padre responsable y la potencia bruta de su cuerpo me estaba volviendo loco en el silencio de la cabina.

Yo simplemente asentía y sonreía, un poco atontado, con la mirada perdida entre el perfil de su mandíbula y el movimiento constante de sus piernas. Sus jeans estaban al límite; eran unos pantalones desgastados que apenas lograban contener la magnitud de sus muslos gruesos y sólidos. Cada vez que pisaba el embrague, la tela se tensaba tanto que podía ver la dureza del músculo. Me imaginaba el calor que debían desprender y el peso abrumador que sentiría si ese hombre volcara toda esa potencia sobre mí.

Al llegar a mi destino, saqué el celular para pagarle a través de su número de cuenta.

—¿Me dicta su número para la transferencia? —pregunté.

Mientras él me daba los dígitos con esa voz que me seguía cautivando, me incliné un poco hacia su lado. Estábamos tan cerca que pude sentir el calor de su brazo. Una vez enviado el pago, guardé el contacto.

—¿Le puedo guardar el número para una próxima carrera? —le pregunté, sosteniéndole la mirada con esa sonrisa distraída.

—Claro que sí, me escribe con confianza —respondió él, devolviéndome una sonrisa amable, totalmente ajeno al incendio que había provocado en mi imaginación.

—Muchas gracias por el viaje —le dije, abriendo la puerta con lentitud—. Que le termine de ir muy bien.

Bajé del taxi y me quedé en la acera viendo cómo se alejaba. El calor de la calle me golpeó, pero lo único que sentía era la vibración de mi celular en la mano, con su número guardado y el eco de su voz juvenil todavía dándome vueltas en la cabeza.

Si les gusta háganmelo saber.

6 Lecturas/17 enero, 2026/0 Comentarios/por Pasajero35
Etiquetas: esposa, familia, hijos, joven, padre, viaje
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