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Heterosexual

Antes del Ritual

Camila siempre lo supo..

No fue una revelación, ni una caída, ni un trauma. Fue una certeza que creció en silencio, sin palabras, como crecen las raíces que no necesitan permiso. Desde pequeña le atraía lo que no se decía. Los gestos. Las miradas que no pedían consentimiento. El poder que tenían ciertas mujeres cuando no hablaban, cuando aceptaban la mirada de otros y la devolvían cargada de algo que nadie enseñaba en casa ni en la escuela.

En la adolescencia no sabía cómo nombrarlo. Solo sabía que no quería ser amada. No así. No de esa manera blanda, tibia, que lo llenaba todo de promesas. Lo que ella deseaba era una forma distinta de pertenecer, una entrega que no dependiera de afecto sino de voluntad. Quería desaparecer sin irse. Ser usada. Ser nombrada. Ser vista y no escuchada.

«Quiero ser una puta», se dijo una vez, frente al espejo. No era una provocación. Era una revelación. Lo dijo en voz baja, no con vergüenza, sino con esa extraña mezcla de pudor y hambre que acompaña a los verdaderos secretos. Lo repitió muchas veces en los años que siguieron, como un mantra interior que la calmaba cuando todo afuera parecía demasiado limpio, demasiado justo, demasiado correcto.

Fue buena en todo. En lo académico, en lo laboral, en lo social. Sabía moverse. Sabía fingir que era libre, que tomaba decisiones, que su cuerpo era suyo. Y lo era. Pero no del modo en que otros lo entendían. Su libertad consistía en algo más radical: en entregarse. En dejarse poseer por completo, no para amar, sino para desaparecer en el deseo de otro.

No buscaba solo sexo. Buscaba rendición. La abolición del yo. El placer como acto sacrificial.

La librería estaba a tres cuadras de su casa.
Pequeña, con luz cálida y alfombra gastada, era uno de esos lugares donde el tiempo no avanza, solo se curva. Camila no iba en busca de nada específico esa tarde. O eso se decía. En realidad, llevaba semanas pensando en La parte maldita de Bataille, pero no por el contenido, que conocía de memoria, sino por el gesto mismo de buscarlo, de tocar ese lomo manchado de ideas peligrosas como quien acaricia la boca de un animal dormido.

El deseo de Camila no era un incendio. Era más bien un vapor constante, un calor que subía sin prisa por su espalda cada vez que imaginaba ser observada sin permiso, interrumpida en medio de su calma calculada. Y esa tarde, sin saberlo, fue lo que atrajo a Javier.

Estaba agachada junto al estante de filosofía, con una rodilla en el suelo y los dedos tocando el lomo de un libro encuadernado en cuero negro, cuando lo sintió. No fue un roce. Fue una presencia. Una vibración detrás de su nuca. Como si el aire mismo se hubiera tensado.

Levantó la vista sin moverse del suelo. Él estaba a menos de un metro. No la miraba directamente. Sostenía un libro grande, viejo, con fotografías en blanco y negro. Rituales penitenciarios del siglo XX, leyó ella de reojo. La conexión no fue en los ojos, sino en el silencio. Un tipo de silencio que no protege, sino que desnuda.

—¿Crees en la redención? —preguntó él, sin preámbulos.

Camila no respondió. Le bastó con alzar una ceja y dejar que la pregunta cayera como un cuchillo sin destino. No por arrogancia. Sino porque sabía que cualquier respuesta sería insuficiente.

Javier cerró el libro sin mirarla. Lo volvió a poner en su sitio.
Camila se puso de pie despacio. Sus movimientos eran naturales, pero cargados de una gravedad intencional. No había juego, solo una suerte de pacto invisible que ambos reconocían sin nombrar.

Él se inclinó apenas, como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo. En cambio, sacó una tarjeta doblada en cuatro de su bolsillo. La dejó entre las páginas de un libro al azar —uno de Coetzee— y se alejó sin mirar atrás.

Camila no lo siguió. Esperó a que el sonido de sus pasos desapareciera. Solo entonces, con el corazón latiendo en la garganta, fue hasta el libro, lo abrió, y encontró el papel.

Una tarjeta de presentación.

Camila no sonrió. Solo cerró el libro con una lentitud ceremonial, como quien acaba de leer un presagio que ya conocía.

Esa noche, al llegar a casa, no encendió las luces. Se quedó de pie frente al espejo, como tantas veces antes, y repitió en voz baja:

—Ya está.

 

No era el fin de la espera. Era el inicio del rito.

No hubo citas. No hubo juegos de roles. Solo una tensión constante, como si las palabras estuvieran de más. Durante semanas se enviaron frases sueltas. Fragmentos de libros. Instrucciones sin contexto. Él no le pedía permiso. Ella no ofrecía límites.

Hasta que un día, en medio del silencio habitual, le llegó un solo mensaje. La dirección de un hotel. El número de una habitación: 306. Una hora. Y una frase final, seca, brutal, que no dejaba lugar a interpretaciones: «Te la voy a meter por el culo, sin preguntar.»

Un frío le llenó el pecho al leerlo. No de miedo, sino de algo más complejo, más profundo. Como si el cuerpo reconociera, antes que la mente, que la espera había terminado. Que aquello que había deseado en secreto —con vergüenza, con hambre, con devoción— por fin la alcanzaba.

La expectativa y el deseo la invadieron de golpe, como una marea que no pide permiso. Se quedó mirando la pantalla en silencio, sin parpadear, con los labios apenas entreabiertos.

¿Acaso había llegado el momento que esperó durante tantos años?
¿Acaso su cuerpo siempre supo que, algún día, alguien escribiría exactamente eso?

 

Camila cerró los ojos. Y sonrió. No por alegría. Por entrega.

No necesitaba saber qué pasaría. Ya había ocurrido todo.

La noche anterior no durmió. No por nervios. Por impaciencia.
Se sentía como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento durante años, y por fin se le permitiera cruzar una puerta que no todos sabían ver.

Eligió cuidadosamente lo que llevaría: nada. Solo un abrigo largo, tacones negros, cuello alto.
La piel como única ofrenda. No como provocación, sino como símbolo. Como signo.

Salió sin apuro. Con la respiración medida, los pasos exactos. Como si cada metro que avanzaba fuera parte de una coreografía que había ensayado en sueños. Pero a tres cuadras del hotel, se detuvo frente a un bar pequeño, de luz roja y ventanas empañadas. Entró sin pensarlo.

Pidió un solo trago. Whisky, sin hielo. No por el sabor. Por la decisión.
Se sentó sola en la barra, con el abrigo cerrado hasta el cuello, sintiendo el roce de la tela contra la piel desnuda.
La bebida bajó como fuego lento por la garganta, mientras sus ojos recorrían los rostros a su alrededor. Nadie la miraba. Nadie sabía lo que estaba a punto de hacer. Y eso la excitó más que cualquier contacto.

Eran las 6:43 p.m.
No revisó el teléfono. No había necesidad. El cuerpo sabía la hora.
Cruzó las piernas. Se quedó así, quieta, sintiendo el calor del alcohol mezclarse con la certeza del momento.

Permaneció allí cinco minutos exactos. Luego se puso de pie, dejó el vaso a medio terminar, y salió sin mirar atrás.

Mientras caminaba por la calle hacia el hotel, sintió una paz que no recordaba haber sentido nunca.
Como si todos los fragmentos de su deseo hubieran encajado al fin.

 

No era miedo. Era alivio.
La calma de quien ya se entregó por completo, incluso antes del primer contacto.

Camila llegó puntual.

El hotel no tenía nombre visible. Solo un neón parpadeante en rojo.
Camila no necesitaba instrucciones. Sabía el número de la habitación: 306.
Entró sin hablar. Sin mirar al recepcionista. No era vergüenza. Era parte del juego.
Una renuncia.

El ascensor olía a cigarro viejo y humedad. El pasillo estaba alfombrado con manchas imposibles de identificar. Todo era decadente. Perfecto.

La habitación estaba vacía, con apenas una cama sin respaldo. Una silla metálica contra la pared. Un espejo sucio. Un solo bombillo desnudo.

Él ya estaba ahí.

Ella dejó su abrigo sobre la silla. Iba desnuda debajo. Tacones negros. Cuello alto. Nada más.
Él no dijo nada.

Ella se arrodilló junto a la cama.

Javier no se acercó de inmediato. Caminó alrededor de ella. La observó. Como quien examina una joya antes de tallarla. Ella bajó la mirada. No por vergüenza. Era el primer paso.

—¿Cuánto? —preguntó él, con esa voz suya que no requería volumen. Sacó un fajo de billetes del bolsillo y lo arrojó a la cama. Camila no lo miró. Tragó saliva. Su corazón latía rápido, pero no temía.

Él se acercó y la escupió en la cara.

Ella no se limpió. Sonrió.

Él se detuvo tras ella.

La tomó del cabello. La arrastró a la silla. La hizo sentarse. Piernas abiertas. Brazos atrás. No la ató. No hacía falta.

Camila cerró los ojos. Ese era el momento exacto. La transformación. El despojo.

—Dime lo que soy —dijo ella, con la voz quebrada de placer.

—Zorra —susurró.

Ella respiró hondo. Se estremeció.

Javier se arrodilló frente a su pecho. El cuerpo de Camila temblaba, no de miedo, sino de una expectativa feroz.

49 Lecturas/23 marzo, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: adolescencia, alcohol, culo, escuela, hotel, metro, puta, sexo
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