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Heterosexual, Sado Bondage Mujer, Sexo con Madur@s

Blanquita fue follada brutalmente por un taxista negro

Quería algo diferente, algo salvaje. Quería su primera experiencia interracial, y quería que fuera con alguien que la partiera en dos..
Valentina, una pendejita de 23 años, salió de la discoteca con el cosquilleo entre las piernas y el bolsillo vacío. Era blanquita, menudita, con un culito que parecía hecho a mano y unos ojitos de gata que prometían traviesa. Lleva meses follando con el mismo tipo de siempre, peladitos de su estrato, y estaba hasta los huevos. Quería algo diferente, algo salvaje. Quería su primera experiencia interracial, y quería que fuera con alguien que la partiera en dos.

Levantó la mano y se detuvo un taxi viejo, un Mazda color mierda. Al volante, un negro gigantesco, un tipo de 54 años con la cara marcada por el sol y unas manos enormes que parecían poder descascarar un coco. Se presentó como Ernesto. El olor a colonia barata y a hombre a sudor llenó el coche, y a Valentina le mojó el calzoncillo en el acto.

El viaje fue corto, pero la tensión se podía cortar con un cuchillo. Ernesto la miraba por el retrovisor, no como a una clienta, sino como a un pedazo de carne. «¿Y a dónde va una princesita tan linda tan tarde, mami?», preguntó con una voz ronca que le vibró el clítoris.

«A ningún lado, papi. A ninguna parte», respondió ella, abriendo las piernas un poco más, dejando ver el trozo de tela de su vestido que se subía por el muslo.

Ernesto no dijo nada más. Simplemente giró el volante y se metió por un callejón oscuro. Apagó el motor. El silencio era total, solo roto por el jadeo de Valentina. Se giró hacia ella, su cuerpo fornido ocupando casi todo el espacio. «¿Qué es lo que quieres, blanquita?», susurró. «¿Buscando esto?». Abrió su pantalón y sacó una verga negra, gigantesca, ya medio parada y más gruesa que su muñeca.

Valentina se quedó sin aliento. Era el monstruo con el que había soñado. Asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Ernesto se rio, una carcajada baja y cavernosa. «Ponte ahí, perrita». La hizo subir al asiento de atrás, un espacio estrecho y que olía a humedad. La tiró boca abajo, levantó su vestido y le arrancó el tanga de un tirón. «Uff, este culito sí que está bueno», dijo dándole una palmada que hizo eco en el coche.

Se arrodilló en el suelo, la posición era incómoda, pero a él no le importó. Escupió un enorme chorro de saliva sobre su ano y empezó a meterle un dedo. Valentina gritó, mezclando el dolor y el placer. «¡Cállate, pendeja! ¡Tómala!», ordenó él, metiendo otro dedo y abriéndola sin piedad. Cuando sintió que estaba lista, se la guindó. No tuvo piedad. Metió toda su verga de un golpe, hasta los huevos.

«¡Ayyyyy, papi! ¡Me estás partiendo, carajo!», gritó Valentina, con los ojos llenos de lágrimas. El dolor era intenso, pero la sensación de estar llena hasta el tope era sublime. Ernesto la cogió por el culo como un animal, sin delicadeza, cada embestida la hacía golpear contra los asientos delanteros. «¡Toma, perrita racista! ¡Toma toda esta verga negra!», gritaba él, sudando sobre ella. La cogió así por un buen rato, hasta que el culo de Valentina ardía y estaba rojo.

Se la sacó de un tirón brusco. «Ahora a chupar, puta. Limpia tu mierda», ordenó, sentándose en el asiento. Valentina, con el cuerpo temblando, se arrodilló en el suelo. Su ano pulsaba, dolorido pero insatisfecho. Tomó la verga de Ernesto, todavía cubierta con sus jugos y el olor de su culo, y se la metió en la boca sin dudarlo. Sabía a sexo, a sudor y a su propio ano. La chupó con desesperación, tratando de tragarla entera mientras él la agarraba del pelo y la embestía en la garganta. «¡Así, putita! ¡Trágala toda!», la insultaba.

Ernesto estaba a punto de correrse. La empujó y la tiró boca arriba sobre el asiento. Se subió encima de ella y volvió a meterla, esta vez por el coño, que estaba goteando. La folló con una furia que la dejó sin aire, mordiéndole los pechos, apretándole el cuello. «¡Te voy a dejar abierta, pendeja! ¡Te voy a enseñar qué es una verga de verdad!», gruñía. Valentina solo podía gemir y clavarle las uñas en la espalda, perdiendo la cuenta de los orgasmos que la sacudían.

Cuando terminaron, ambos estaban empapados en sudor y semen. El olor dentro del taxi era denso, a sexo crudo. «Esto no ha acabado, hijita», dijo Ernesto, encendiendo el motor. «Vamos a un motel a terminar bien la noche».

Valentina, con el cuerpo dolorido y la entrepierna inflamada, sonrió. Por primera vez en su vida, se sentía viva. Esa noche, en una habitación de motel con olor a desinfectante, Ernesto la folló en todas las posturas imaginables. En la ducha, en la cama, contra la pared.

Le dio por el culo hasta que no pudo más, la hizo chupar su verga hasta que se le secó la garganta y la corrió por dentro y por fuera tres veces. A la mañana siguiente, Valentina no podía caminar bien, pero tenía la sonrisa más grande de su vida. Había encontrado lo que buscaba: un hombre negro que la había tratado como su perrita personal, y la había cogido como el manjar que tanto ansiaba ser.

53 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Mariatrix1
Etiquetas: culito, culo, follando, puta, putita, semen, sexo, viaje
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