Capítulo 03
La dulce historia de amor entre una niña y un hombre (M32 / g8-9yo)..
Capítulo 03:
Antes del amanecer, Fabián ya se estaba arreglando bastante emocionado, como si de una cita primeriza se tratara. Cuidaba cada detalle de su camisa, cabello y bello facial. Quería lucir impecable para su princesita. Era prácticamente un hombre hecho y derecho preparándose para tener relaciones sexuales con una mujer, con el detalle de que se trataba de una mucho menor que él. Por su parte Marcela se miraba una y otra vez frente al espejo ubicado en su armario. No estaba segura, no se sentía “tan bonita”.
El reloj marcaba las 7:15am, en tan solo 15 minutos su príncipe azul se presentaría a su puerta. Marcela, con tan solo 8 años y 11 meses, era más instinto que razón. No sabía el por qué, solo quería verse linda y ya. El uniforme escolar le parecía el más horrible ese día, hubiese querido ponerse algo diferente para ir a estudiar. Si de algo estaba segura es de que quería verse linda para cuando Fabián la recogiese y por eso se esforzó especialmente en su cabello y aplicó un sutil brillo en sus labios con esencia a fresas.
En ese instante sonó el timbre de la casa y rápidamente su madre abrió la puerta, recibiendo con una sonrisa a Fabián. «Eres muy amable, gracias de verdad.» Camila se veía agotada y realmente enferma. C: -«Permíteme llamo a Marcela para que se vaya contigo.» Fabián guardó silencio y tan solo sonrió, la emoción lo invadía..
Por fin, ¡por fin! Por fin estaría a solas con su princesa. «¡Marcelita ven acá y toma tu mochila!», dijo Camila. El corazón se le salía por la boca de la emoción a la niña. Sin dar 10 segundos de espera, tomó su maleta y salió al pasillo para el encuentro con Fabián. Ahí estaba como siempre impecable en su traje de trabajo que lo hacía ver como una figura protectora. Y ahí estaba, frente a él, la niña de sus sueños en su ajustado uniforme escolar y su maleta color rosa, con su cabello castaño claro cayendo sobre sus hombros. Su pecho pequeño y plano, con un diámetro de solo 62 centímetros, lo que la hacía ver aún más joven y vulnerable; su cintura estrecha y pequeña con pancita de bebé, con un diámetro de 59 centímetros, y sus caderas estrechas y redondeadas, con una medida de solo 68 centímetros, lo que le daba una figura de reloj de arena (62-59-68).
Ambos se miraron a los ojos e intercambiaron una sonrisa. «Buenos días, Fabi», dijo la niña con evidente vergüenza. «Buenos días, Marce. ¿Lista para el colegio?», respondió Fabián. Entonces Camila interrumpió y le dijo a la pequeña: «Bueno Marce, te vas con Fabián y te me portas muy bien, hazle caso en todo por favor y por lo que más quieras no saques la cabeza por la ventana.» Como si Fabián pudiera concentrarse en conducir con una tentación así a su lado. Luego se dirigió a Fabián y le entregó una silla infantil de coche. «Mi amor cuando salgas de clase te traerá la mamá de Luci (compañerita de Marcela). Te amo», y le dio un beso en la frente. Se despidió con una sonrisa de Fabián, cerró la puerta y los dejó solos. ¡Finalmente!
Mientras caminaban por el pasillo en completo silencio, el aire parecía electrificado por la tensión que había entre ellos. En el ascensor, la escena se repitió, con algunos cruces de mirada y tímidas sonrisas cargadas de significado. Camino al auto en el parking subterráneo, Fabián rompió el hielo y le preguntó a Marcela cómo había estado, y ella respondió en un tono neutro y cortés, aunque su cuerpo pequeño y frágil temblaba de anticipación. Fabián se apresuró a montar la silla infantil en el asiento del copiloto, rozando sutilmente los muslos desnudos de Marcela al ajustar el cinturón de seguridad. La niña, con evidente vergüenza por aún usar sillita infantil, se apoyó en su brazo, aspirando el aroma masculino que desprendía, una mezcla de perfume y testosterona que la hacía sentir mareada de deseo.
Una vez dentro del auto, Fabián aceleró y salió del conjunto residencial. En el camino, ante el silencio de Marcela, decidió ser directo y aclarar sin rodeos lo que estaba pasando. «Te he pensando mucho y te he extrañado un montón, no sabes cuánto, estoy muy feliz de que estés aquí conmigo para poder hablar tranquilamente», confesó con la voz cargada de emoción.
Marcela guardó silencio por algunos segundos antes de responder, su corazón latiendo con fuerza en el estrecho pechito. «Yo también estoy muy feliz de verte», admitió con un susurro. «Me hiciste falta ayer y todos estos días, pero tenía mucho… miedo.» Su vocecilla tembló al decir esa última palabra.
«¿Miedo? ¿Cómo que miedo? ¿De mí?» inquirió Fabián, sorprendido. «Noo tontito, claro que de ti no, miedo a que no me quieras, al fin y al cabo, soy solo una niñita», explicó Marcela, bajando la mirada.
Fabián sonrió aliviado, sintiendo cómo la tensión se desvanecía de sus hombros. No había duda, los temores eran infundados y las opciones con la niña eran reales. Dirigió su mirada al espejo retrovisor para encontrarse con la de Marcela y, viéndola directamente a los ojos, le dijo: «No, mi Marce, nada de eso. Te confieso que yo también estaba asustado pues pensé que no me querías ver, el otro día en tu casa tenía mucha ilusión de verte… »
«¡Yo también!» exclamó la niña, sus ojos brillando de emoción. «Pero mi mamá casi que me obligó a que me fuera donde mi amiga Adri y no tuve más remedio.» Los ojos de Marcela se aguaron, dejando escapar una cristalina lágrima que se deslizó por su mejilla sonrojada.
Fabián extendió una mano y la atrapó con delicadeza, sintiendo la suavidad de la piel infantil contra sus dedos. «Ya veo, mi niña. Pero mira, que bueno saberlo y no, no tengas miedo, que yo te quiero.» Su voz era un susurro ronco cargado de deseo, mientras su otra mano se posaba sobre el muslo de Marcela, subiendo sutilmente la falda del uniforme escolar. La tensión sexual y emocional que flotaba en el aire entre Fabián y Marcela, el deseo prohibido y la atracción eran innegables. El aroma de la inocencia de la niña se mezclaba con el olor masculino del hombre, creando una atmósfera cargada de lujuria. Marcela estaba anonadada y sonrió, justo el auto paró en un semáforo cuando los ojos de la niña se aguaron, dejando escapar una cristalina lágrima.
M: «Te quiero Fabián, me gustas.» Fabián secó con su mano tiernamente la mejilla de la niña y llegó el momento inevitable, deseado por ambos. Fabián acercó milímetro a milímetro su boca a la de su princesa y la besó tiernamente, sintiendo el sabor de los labios de Marcela retocados por el brillo artificial de esencia a fresa. Se besaron con cariño durante 20 segundos que parecieron eternos, mientras su mano subía peligrosamente por el muslo de la niña. La textura de los labios de Marcela era suave y sedosa, a pesar de su corta edad. Fabián se dejó llevar por el sabor dulce y fresco de esa boquita infantil, mientras su lengua se deslizaba con destreza, explorando cada rincón de esa pequeña cavidad bucal que lo recibía con placer. Le encantaba tanto esa boquita y lo que había dentro de ella: una lengua rosa, pequeña y delicada. Pero lo que más le volvía loco a Fabian es que le faltaba un diente delantero, lo que hacía que se viese más adorable. Ese pequeño hueco entre sus dientes delanteros era tan lindo y sexy para Fabián porque solo hacía evidente su corta edad..
Después de unos instantes, el sonido estridente de una bocina los devolvió a la realidad. El semáforo había cambiado a verde, pero ellos parecían atrapados en su propio mundo, un mundo en el que solo existían ellos dos.
El corazón de Fabián latía desbocado mientras conducía. En eso sintió la delicada mano de Marcela posarse sobre su muslo, y subir cada vez más cerca de su palpitante erección. Podía oler la excitación que emanaba del cuerpo pequeño y virgen de la niña, un aroma dulce y embriagador que inundaba el habitáculo del coche. Era un olor a inocencia mezclada con un atisbo de lujuria infantil, un perfume que lo enloquecía y lo impulsaba a cometer locuras. La niña no podía evitar pensar en el video prohibido que había visto a escondidas en su habitación. Era la misma sensación de excitación y curiosidad, pero amplificada por la presencia de Fabián y la situación en la que se encontraban. Estaba sintiendo cosas nuevas y extrañas, pero también muy agradables. Mientras tanto, Fabián luchaba por mantener la compostura y seguir conduciendo, a pesar de la erección creciente que se maximizó al sentir los deditos de la niña por primera vez sobre su verga palpitante..
Aparcó el coche en la entrada del colegio, sin importarle que alguna mirada indiscreta pudiese verlos. Fabián no dejaba de pensar en los suaves y dulces labios de la niña, en su cuerpo menudo y frágil, en su olor a fresa y a inocencia, en su manita acariciando su entrepierna mientras imaginaba todas las cosas prohibidas y perversas que le gustaría hacer con la niña con los ojos cerrados. En eso reaccionó al darse cuenta de lo peligroso de la situación y sin pensarlo salió del coche, dejando la manita de la niña húmeda de presemen que se había filtrado por la tela. Abrió la puerta del copiloto para ayudar a la niña a bajar, sus manos ansiosas por tocar nuevamente su cuerpo suave y flexible. La cogió y la levantó con facilidad de las caderas. Trató de componerse y de actuar con normalidad, pero era difícil con la erección abultando sus pantalones.
Mientras tanto, Marcela se sentía confundida y aturdida, su mente nublada por la experiencia nueva y excitante que acababa de vivir. Podía sentir aún el cosquilleo en sus labios donde Fabián la había besado, y un extraño calor en su vientre que no comprendía del todo. Su braguita estaba húmeda, y no sabía si era por la excitación o por otra cosa que no alcanzaba a entender completamente. Fabián se despidió de Marcela en la entrada del colegio con un guiño de complicidad, sabiendo que muy pronto volverían a verse. Antes de despedirse, Marcela hizo como si se hubiese acordado de algo importante y le dijo a Fabián: «Dentro de una semana exacta es mi cumple número 9. Es viernes, pero la fiesta será sábado y le dije a mi mami que estabas invitado». F: «Anotado mi princesita, no me pierdo tu cumpleaños por nada del mundo.» «¡Esoooo!», gritó emocionada la nena. La niña quiso abalanzársele buscando besarlo en la boca, pero recordó que estaban frente al colegio y solo le tocó el brazo.
Fabián pensó durante todo el día en Marcela y esta hizo lo mismo. A la hora de la comida, recordó lo sucedido y no podía creerlo, era algo fantasioso, un hombre adulto en una relación afectiva con una niña a la que casi le cuadruplicaba la edad. Fabián se dio cuenta de que Marcela ya no era un simple fetiche, sino que por el contrario se estaba convirtiendo en parte fundamental de su vida y sin ser consciente del todo, surgía el deseo de llegar más y más profundo con todo esto, de no parar, de dejarse sumergir hasta lo más profundo. Estaba listo para ser el hombre de Marcela. La quería y la deseaba de manera intensa.
Para Marcela, el acontecer de los hechos de esa mañana fue aún más extraño, evidentemente a raíz de su corta edad. Para ella no era una situación maliciosa, aunque entendía perfectamente que socialmente era prohibida y que ni su madre ni nadie se podía enterar. Eso no le importaba, para Marcela, Fabián era su primer amor, el primer lazo romántico y sexual que establecía. Ella se limitaba a seguir sus instintos y se comportaba como una preadolescente enamorada. Fabián era su primer amor y tal cual sucede en una relación “normal”, Marcela veía a Fabián como su hombre protector y repleto de cariño, como la persona con la que quería estar todo el tiempo y hacer todas esas cosas que hacen los novios. Se daba cuenta de que quería a Fabián. Ese día durante las clases recordaba lo sucedido en su viaje al colegio. Ya estaba hecho, el destino estaba sellado. Entre Marcela y Fabián surgía una dulce, lujuriosa y extraña relación amorosa..
FIN del capítulo.



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