Carmen de 11 y su mamá!!
Sigo mi historia de amor con mi nena, Laura ya no está pero Martha quiere tomar su lugar .
Hola, sigo la historia de mis aventuras con Carmen. Desgraciadamente Laura ya no está, pero su recuerdo siempre estará en mi mente.
Realmente recomiendo leer los relatos anteriores para entender bien el contexto, creo que vale la pena.
Las vacaciones estaban en su apogeo. No había tenido la oportunidad de hablar con Carmen, mi nena de 19 años, mi amante, hasta que llegó el mensaje.
«Hola, ¿cómo estás?»
«Hola, bien. Aquí pensando en ti», contesté. «¿Cómo estás tú?»
«Bien», contestó Carmen, «pero triste. Ya no está Laura y ahora no tengo con quién jugar».
«Mmm, no te preocupes, mi amor. ¿Quieres que te vaya a ver?»
«¡Siiii plisss! Ya no te he visto, padrino 😍», respondió.
«Jajaja, no me digas así, me siento raro», contesté.
«Bueno, ya eres mi padrino», contestó Carmen.
«Pues sí, lo soy. Mira, vamos a hacer una cosa: voy a esperar a que tu mamá se duerma, tocaré tu ventana y me abres, ¿ok?»
«Sí, voy a esperarte. Ya te extraño», dijo ella.
«¿Solo a ti o a tu cosita también?»
«Bueno… mi cosita también. Siento raro que no metas tu cosa».
«Bueno, al rato te voy a dar mucho yogurt», le contesté.
Mi plan era simple: esperar a que mi suegra Martha se durmiera y entrar como ladrón al cuarto de su hija. No era el mejor plan y tenía muchas fallas, pero entiéndeme, era un joven de 18 años caliente y uno caliente no piensa mucho.
Dieron las 10 de la noche y emprendí mi camino hacia la casa de mi amada. Recorrí el camino que tantas veces había caminado, pero de noche la cosa era diferente. Estaba oscuro y sin más luz que la luna. Daba miedo, pero cada paso era un paso más cerca de mi niña.
Llegué al río y me detuve en la casa de Laura, vacía ahora. Ahí estaba tirado en la puerta de su casa Efrén, borracho. Una víctima más de un corazón roto. Después de enterarse de la traición de su mujer, se dedicó a tomar y gastar el dinero que tenía en alcohol y putas.
Crucé con mucho cuidado hacia la casa de Carmen. Le llamé, pero no me contestó. Le mandé varios mensajes, pero no respondía. Mil ideas pasaron por mi mente: solo hice el viaje en balde, se durmió, le dio miedo. Pensé en regresarme, pero la calentura me ganó y decidí tocar la ventana para que me abriera.
Toqué la ventana dos veces y no respondió. Volví a tocar, pero mi sorpresa fue que la ventana de al lado se abrió de golpe. Era Martha. Se me quedó mirando con una cara de intriga y desconfianza.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás tocando la ventana de mi hija?
Me puse blando del susto. Me habían descubierto. La cárcel probablemente me esperaba.
—Bueno, yo venía… —dije—, este… pues… —las palabras no terminaban de salir de mi boca. Pensé en salir corriendo, pero eso no me ayudaría en nada.
—Bueno, tú me dijiste que viniera a visitarlas y pensé que era tu cuarto —le dije en un momento de lucidez.
—Compadre, esa no es mi ventana —me contestó Martha—. Es la de mi niña —me dijo con una sonrisa. Ella entendía lo que significaba eso: visitar a una mujer en la noche.
—Entra por la puerta, compadre. Me estaba bañando —me dijo.
Caminé hacia la puerta. Me dejó entrar. No hablamos. En cuanto entré, me besó. Sus labios gruesos y calientes se enredaron con los míos. Era verdad que se acababa de bañar: el pelo estaba mojado y tenía un olor a Pantene.
Me tomó de la mano y me llevó a su cuarto. Dejó caer la toalla y la vi completamente desnuda. Dios mío, qué cuerpo: caderas grandes, cintura pequeña, un ombligo pequeño, un par de pechos como naranjas, unos labios gruesos, nariz pequeña, ojos negros y con una actitud de puta, como su hija.
—¿Te gusta? —me dijo con una sonrisa coqueta.
—Me encanta, estás bien buena —le contesté.
—Jajajaja, qué romántico —dijo Martha—. Pensé que nunca te ibas a animar conmigo.
—¿Cómo chingaos no? —le dije—. Si desde que te vi, te me antojaste.
—¿Sí? ¿Y qué más? —me preguntó mientras su mano iba directo a mi pantalón, sobándome la verga por encima.
—Desde que te vi en vestido dije: algún día me voy a coger a esta vieja.
—¿Te gustó, mi amor? —dijo Martha.
—Me encantas —le contesté mientras nos uníamos en un beso lleno de lujuria.
—A ver, papi, ¿qué tienes aquí? —me dijo mientras me soltaba el cinturón y me bajaba los pantalones.
—Hay alguien que está feliz de verme —me dijo mientras sacaba mi pene de mi bóxer.
—Así que esta es la que le rompió el culo a Chayo —dijo, mientras me pegaba una palmada suave sobre mi verga. Mi verga reaccionó con una mezcla de dolor y placer a su golpe. Se puso de rodillas y se la metió en la boca. Empezó con una chupada rica.
Su lengua subía y bajaba desde mi glande hasta mi tronco, mientras jugaba con mis huevos. Después se la metió hasta la garganta y sentí cómo toqué su campanilla con mi punta.
—Ay, sí que está bueno —me dijo mientras besaba mi verga con amor—. Desde que Chayo me dijo lo que hiciste, me quedé con las ganas de probarla.
—¿Así eso te dijo? —le contesté—. Yo también quiero probarte —le dije mientras la llevaba a la cama. Se acostó y me mostró su pepa. Era bonita, grande, con un labio más grande que el otro, pero se abría como una flor. Su clítoris coronaba esa belleza.
Me lancé sobre ella como un lobo en celo. Con mi lengua lamí sus labios. Me esforcé mucho en darle mi mejor versión, pero claro, ella me iba guiando: me decía cuándo darle más fuerte, cuándo solo pasar la lengua, cuándo morder su botón. Mi premio fue un hermoso orgasmo en mi boca.
—Ay, papi, qué rico 😋. Ahora sí, métemela —dijo.
Tomé mi verga y apunté hacia su vagina, pero ella me detuvo.
—No, así no —dijo Martha, colocándose en cuatro—. Qué culo tan hermoso tenía mi comadrita. La tomé de las caderas y me dispuse a clavarle la verga cuando me detuvo.
—No, mi amor, esa es de mi marido. Tú métemela aquí —dijo, tomando mi verga con la mano y colocándola en su culo.
Mi pene se colocó en su ojete, que se abría como boca de bebé.
—Párteme el culo como a Chayo —dijo mi suegra.
Mi cabeza hizo presión y poco a poco entró en sus intestinos.
—Hayyy, qué rico, mi amor. Me gusta tu verga, dame duro, quiero que me partas el culo —exclamó.
Y yo, pues todo un caballero, procedí a penetrarla con ganas.
Debo reconocer que mi comadre tenía un culo espectacular, de los mejores que he tenido el gusto de coger. Cada vez que mi verga entraba, su agujero la succionaba de regreso. Sus pliegues eran firmes. Mi verga estaba a mil. Movía su cadera para que ningún centímetro de mi verga quedara afuera.
—Sí, compadrito, qué rico me partes. Ya tenía ganas —decía Martha. Estaba sumamente excitada. Su vagina estaba súper mojada. Pude ver cómo un hilo de baba vaginal escurría por su pierna.
—Me vengo —fueron mis palabras, y dejé salir 5 chorros de mi esperma en sus intestinos.
—Ay, mi amor, están calentitos —dijo mi suegra.
Saqué mi verga y su culo se abría y cerraba solito. En cada palpitación, mi leche salía de él.
Nos acostamos en la cama y ella se acomodó en mi pecho mientras descansábamos de la cogida. Tiernamente cruzó sus piernas en mi cintura y me besó como viejos amantes.
—Ay, compadrito, qué rica verga tienes. Con razón le encantó a Chayo. Y a ti, hija, también —pensé mientras le daba un tierno beso en sus labios.
—Sí, comadre. Desde que la conocí se me antojó, es muy hermosa. ¿Por qué no me dejas que te coja por tu vagina?
—No, compadre, la verdad no. Desde que me casé me prometí que esa parte solo sería para mi marido. De hecho, él fue el que me la rompió. Pero ¿no te gusta mi culo?
—Me encanta —le contesté—. Está súper apretado.
—Sí, te digo la verdad, me gusta más por allí. Me encanta sentir algo grande en mi ojete 😋. Ay, compadre, ¿va a pensar que soy una puta?
—No, para nada. Solo una mujer caliente —le contesté—. Además, me gusta culiarte.
Todo esto pasaba mientras estábamos tapados con la sábana que compartía con su esposo.
—Ay, compadre, no vaya a pensar que hago esto con todos, pero la verdad es que sí lo quería probar, en especial cuando Rosario me dijo cómo le había dejado el culo. Sentí que me mojaba no más de imaginarlo.
Nos unimos en un beso tierno. Le dije:
—Martha, dame tu cosita.
—Ay no, compadre, ya le dije que esa no. Soy caliente, pero esa solo es para él. Pero si quiere, le doy esto —acto seguido se puso de lado y paró su culo para enseñarme su boquete—. ¿O ya no quiere?
Mi verga reaccionó al instante. Seguía húmeda por la reciente cogida, así que le coloqué mi cabeza y entró fácil. Ella solo dio un pequeño pujido cuando entró mi verga. Empezamos una cogida tranquila. Mi verga se deslizaba suavemente en sus intestinos. Ella, solo de lado, pujaba cada vez que mi verga entraba y salía. Dobló su cuello para besarme mientras la poseía. Era una cogida tierna, como de amantes viejos.
La verdad, pocas veces he tenido una mujer que le encante la verga por el culo de esa manera. De hecho, nunca me dejó cogerla por la vagina. Fue fiel a su marido en esa cuestión. Pero su culo, su ano, su ojete… ese era mío.
Seguía en lo mío. La saqué brevemente. Ella se montó sobre mí, se colocó la verga y se sentó. Mientras nos besábamos, ella subía y bajaba de mi verga a un ritmo lento pero profundo. Pude ver cómo se devoraba cada centímetro de mí. Sus pechos fueron las víctimas de mis labios: chupé, lamí y saboreé cada uno de ellos. Sus pezones estaban en punta, señal de que estaba disfrutando.
En eso estábamos cuando unos toques en la puerta nos sacaron de nuestro embrujo.
—Cuñadita, ábreme. Quiero hablar con usted. Mire que estoy triste. ¡Shifffff!
—Cállate, creo que es mi cuñado y está afuera —dijo Martha—. Espérame —dijo rápidamente, quitándose de arriba de mí.
Se puso un pants y una blusa y salió a ver qué pasaba.
—¿Qué pasó, cuñado? ¿Qué quería? —dijo ella desde la puerta, pero sin abrirla.
—Cuñada, deme chance de entrar. Mire que está muy bonita y pues la verdad me gusta —dijo Efrén.
—Váyase, cuñado. Está loco. Ya le dije que no. Somos cuñados, ¿qué va a decir su hermano?
—Ese wey ni está y usted necesita un macho como yo. Yo sé que todas las viejas son putas, así que no se haga la santita. Ábreme.
—Ya le dije que no. Váyase a la verga, que le voy a decir a su hermano y va a tener problemas. Ándale, Martita, dame chance. No le voy a decir a nadie. Mire, le doy un trago. Aquí traigo de la buena —dijo Efrén, levantando una botella de licor.
—Ya le dije que no. Váyase, por favor. No quiero problemas.
—¿Me vas a abrir o no, hija de tu puta madre? Yo sé que tú sabías que Chayo andaba de puta. También tú de seguro andabas igual.
—Cuñado, váyase. Le juro que yo no sabía nada y tampoco le he dado razón para que venga a decirme esas cosas. ¿Cómo de que no? ¿Acaso crees que no me doy cuenta cuando te veo ese culo? Ya no te hagas pendejada y déjame culiarte.
—Ya, cuñado, váyase. No quiero problemas con usted —dijo Martha mientras se alejaba de la puerta y dejaba a Efrén hablando solo.
Ella volvió al cuarto donde yo esperaba. Cuando salió, Carmen salió de su cuarto y preguntó:
—¿Qué pasa, mami?
—Nada, hija. Tu tío que anda borracho. Vete a dormir, que ya es tarde.
—Ok —dijo mi princesa y volvió a su cuarto.
De fondo podíamos escuchar cómo Efrén seguía tocando y hablando, pero esta vez nadie le contestaba.
—¿Y ahora? —le pregunté.
—Es mi cuñado. Desde que se fue Chayo empezó a tomar y tiene días que está chungando, pero no dice nada cuando está mi marido. Ahí sí se queda callado el perro. ¿Por qué dice que sabes que te ve el culo? —le pregunté.
—Bueno, te voy a decir. A veces me hacía la disimulada cuando estaba él y pues me ponía shorts o vestido y dejaba que me viera un poquito. Tú sabes, uno es mujer y le gusta sentirse deseada. Me gustaba pensar que se cogía a Chayo pensando en mí. Pero neta que yo nunca le di entrada. Todo era así como inocente. Y no me acostaría con él antes, cuando se bañaba, menos ahora que se volvió borrachín.
—¿Cómo no? —le dije a mi suegra mientras le ponía una mano en su nalga—. Si con este culo cualquiera se vuelve loco.
—¿Qué pasó? ¿Ya se durmió tu amigo? —dijo coqueta mientras miraba mi verga flácida.
—Me cortaron la inspiración —le contesté.
—Déjame te ayudo —dijo mientras se agachaba y se metía mi verga en la boca para empezar a darme una buena mamada.
Qué rico me chupó la verga mi suegra. Pude comprobar que la sangre es parecida: si bien son putas, madre e hija les encanta el sexo suave y sus mamadas son igual.
Puse mis manos sobre su cabeza y empecé a penetrarla por la boca. Ella se dejaba hacer mientras apretaba mi verga con su boca. No aguanté mucho y descargué 3 chorros de leche en su garganta.
—Ay, qué rico —dijo ella mientras se saboreaba los labios—. Me la hubieras dado en mi culo —me respondió—. La próxima vez ninguna gota se queda afuera. Quiero dormir con mi culo lleno.
Ya era tarde, eran alrededor de las 3:40 de la madrugada cuando todo acabó.
—Ya me voy, ya no se oye a nadie —le dije a Martha.
—Espérame, voy a ver —corrió hacia la puerta y alcanzó a ver a Efrén tirado en la calle. Seguramente se había acabado su botella.
—Vete —me dijo mientras me daba un beso—. Apunta mi número, pero no me escribas hasta que yo te mande mensaje. Cuando te pregunte por pollo, sabrás que estás hablando conmigo. Luego ya sabes, “celos”, me revisa mi teléfono.
—Ok, comadrita —le contesté mientras le daba otro beso y le apretaba la nalga.
Y así partí rumbo a mi casa con mi pito seco pero contento. Tal vez no tuve suerte con mi princesa, pero pude probar a mi comadre. Llegué alrededor de las 4:30 a mi casa. Algunas personas ya estaban saliendo rumbo al trabajo o al molino.La noche había estado ocupada.
Así terminó este relato. Disculpen la tardanza, pero la verdad no es fácil escribir mis recuerdos. Casi no tengo tiempo. En los siguientes relatos les cuento cómo volví a dormir con Carmen mientras iba a clases de computación y cómo se une Mireya a la historia. Espero les haya gustado.


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