Cómo me cogí a mi comadre, la prima de mi esposa
Después de una noche familiar.
Era la peda familiar de fin de año en casa de mis suegros. La música a todo volumen, tequila y cerveza fluyendo como agua, y todos perdiendo la cabeza. Los niños ya se habían quedado fritos en sus habitaciones desde las once, roncando con la barriga llena de pastel. Laura, mi esposa, y Luis, el marido de Sarahi, se habían pasado de lanza con el alcohol: se desplomaron en el sofá del salón como sacos de papas, roncando fuerte, con las botellas vacías tiradas por todos lados. Nadie iba a despertar hasta la mañana.
Pero Sarahi y yo seguíamos en la cocina, echándonos tragos hasta las cuatro de la madrugada. Ella traía una falda corta negra que se le subía cada vez que se movía, y una blusita ajustada que le marcaba las tetas duras. Yo ya estaba caliente desde que la vi bailando pegada a mí en la sala horas antes. Nos mirábamos con esa cara de “ya sabemos qué va a pasar”.
De repente, Sarahi sacó el celular y dijo: —Oye, Harry, vamos a hacer un TikTok o un live rápido, para que vean que todavía estamos vivos aquí en la peda.
Se paró frente a la encimera, puso música de fondo en el teléfono y empezó a mover las caderas como si estuviera en un antro. Yo me acerqué por detrás, fingiendo que era parte del baile, y me pegué a su culo. Sentí cómo mi verga ya estaba dura y se le clavó directo entre las nalgas, a través de la falda y mis jeans. Ese arrimón fue eléctrico: ella se arqueó un poquito, empujando hacia atrás, y soltó un gemidito bajito que solo yo escuché.
—Ay, cabrón… ¿ya la tienes tiesa? —susurró, sin dejar de mover el culo contra mí mientras grababa. Yo le contesté al oído: —Desde que te vi con esa faldita, no pienso en otra cosa que en metértela.
El live duró como dos minutos, pero fue suficiente para que la tensión explotara. Apagó el celular, se dio la vuelta y me besó con lengua, saboreando a tequila y deseo. Le subí la falda de un jalón y vi que no traía nada debajo: su panochita ya estaba empapada, los labios hinchados y brillantes de jugos.
—Harry… cógeme rápido que nadie nos vea —me suplicó, con la voz temblorosa y cachonda—. Métemela ya, por atrás, aquí mismo.
La volteé de espaldas, le levanté la falda hasta la cintura y le separé las nalgas. Su panochita se abrió como flor, chorreando. Me bajé el cierre, saqué la verga tiesa y goteando precum, y se la restregué entre los labios antes de empujar de un solo golpe. Entré hasta el fondo, sintiendo cómo su panochita caliente me apretaba como un puño mojado.
—Ay, sí… así, cabrón, dame duro —gimió, apoyando las manos en la encimera. Empecé a bombearla fuerte por atrás, mis huevos chocando contra su clítoris con cada embestida. El sonido era puro porno: el plaf-plaf de la carne contra carne, sus gemidos ahogados y el ronquido lejano de Luis y Laura en la sala. Le agarré las caderas y la embestí como loco, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de mi verga.
—Más rápido… cógeme más rápido, que me voy a correr —jadeó—. Quiero sentir tu lechita caliente llenándome la panochita.
La saqué un segundo, la giré y la subí a la encimera. Le abrí las piernas al máximo y volví a metérsela, esta vez cara a cara. Ella me abrazó el cuello y empezó a darme sentones salvajes: subía y bajaba sobre mi verga, tragándosela entera con cada movimiento, sus tetas rebotando bajo la blusa. Le chupé un pezón mientras ella se movía, y le metí un dedo en el culo para que sintiera más.
—Dame sentones, prima… móntame como puta —le gruñí. Ella aceleró, dando sentones profundos y rápidos, su panochita chorreando jugos por mis bolas. —Voy a correrme… ay, Harry, me estoy viniendo… ¡lléname!
Se corrió temblando toda, su panochita apretándome tan fuerte que no aguanté. Le metí la verga hasta el fondo y exploté dentro de ella: chorros gruesos y calientes le llenaron la panochita, saliendo un poco por los lados mientras seguía bombeando. Ella dio un último sentón fuerte, ordeñándome hasta la última gota, y se quedó ahí jadeando, con mi leche goteándole por los muslos.
Nos quedamos un rato así, mi verga todavía dentro, palpitando. Afuera se oían los ronquidos de las parejas y el silencio de los niños dormidos. Nadie se enteró de nada.
Nos limpiamos rápido con servilletas, bajamos la falda, nos dimos un beso con sabor a sexo y ella se fue a la sala a acostarse al lado de Luis como si nada. Yo me senté junto a Laura, fingiendo que había estado recogiendo vasos todo el rato.
Pero su panochita seguía llena de mi leche, y los dos sabíamos que esto no iba a ser la última vez.
Fin.


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