Con el chico venezolano del lavadero de autos
Una mujer sale de la monotonía y se folla a un puberto que la ponía claiente. .
Tengo 38 años, soy abogada y me la paso en juzgados y oficinas con trajes caros y tacones de aguja. Mi nombre es Patricia, pero en el mundo corporativo soy «la doctora Ramírez». El cuerpo me lo he mantenido con pilates, dietas de nutricionista y una cuenta bancaria que lo permite.
Tengo un marido que me adora, un tipo de 50 años, director de un banco, que cree que coger es meter su verga floja tres veces y quedarse dormido. Hace años que no siento nada. Estoy aburrida, saturada de hombres con maletín y conversaciones sobre acciones.
Lo único que me excita es lo prohibido, lo bajo, lo que huele a sudor y a calle. Me encantan los muchachos de estrato uno y dos, esos que miran con hambre y que saben coger como si les fuera la vida en ello.
Ese viernes mi auto estaba hecho un desastre de polvo y mugre. Lo llevé a uno de esos lavaderos de carros de mano de obra barata, en el sur de la ciudad. Allí estaban ellos, un grupo de muchachos bronceados por el sol, con el torso descubierto y pantalones cortos. Y entonces lo vi a él. Se llamaba Brayan, o algo así. Tenía 16 años, quizás 17. Flaco, pero con unos brazos largos y marcados, una piel canela y unos rasgos finos, de una belleza casi indígena.
Se movía con una gracia felina, con una seguridad que no correspondía a su edad. Mientras enjabonaba mi capó, sus ojos se clavaron en mí. No era una mirada de sumisión, era de depredador. Me sentí como un trozo de carne fresco tirado en la selva.
Cuando terminó, me acerqué a darle la propina. Le extendí un billete. Nuestros dedos se rozaron. Su mano era áspera, callosa. «Gracias, doctora», dijo, y su voz era un susurro ronco que me vibró entre las piernas. «El carro queda como nuevo», añadió, pero sus ojos no miraban el coche, miraban mis pechos. Mi coño se contrajo.
«Gracias, chiquito», le respondí, dejando caer la palabra «chiquito» con toda la carga de condescendencia y deseo que pude. Él sonrió. Entendió el mensaje. «Si alguna vez necesita algo más… un servicio especial, avíseme», dijo casi en un susurro. Esa fue mi perdición.
No pude pensar en otra cosa durante todo el fin de semana. El lunes por la tarde, volví. Fingí que el carro se había ensuciado de nuevo. Brayan no estaba. Me dije que era una estupidez, que era una locura. El martes, volví. Allí estaba él. Me miró y sonrió, como si supiera que volvería. Me acerqué. «¿En serio ofreciste un servicio especial?», le pregunté, con el corazón martilleándome. «Sí, señora. Para clientes VIP», respondió, sin apartarme la mirada. «Sube al carro», ordené.
Manejé sin rumbo, con el pánico y la excitación peleándose en mi cuerpo. Él no decía nada, solo me miraba, con una sonrisita pícara. Su mano reposaba en mi muslo, y cada vez que movía los dedos, un escalofrío me recorría la pierna. Terminé en un motel de mala muerte, de esos que alquilan por horas. El olor a desinfectante y a perfume barato me dio náuseas y me puso cachonda a la vez.
Dentro de la habitación, antes de que pudiera decir nada, él me agarró. «Ahora mando yo, perra», dijo, y me empujó contra la pared. Me besó con una ferocidad que me quitó el aliento, un beso de hambre, de deseo primitivo. Me arrancó la blusa, los botones salieron volando. Desabrochó mi sostén con los dientes y mis pechos cayeron libres. Se lanzó sobre ellos, chupándolos, mordiéndome los pezones hasta que grité. «¡Así, hijueputa, así!», gemí, usando las palabras que nunca se me atrevería a decir en mi mundo.
Me arrodilló y me bajó la falda y el calzoncito de un solo tirón. «Qué rica está la doctora», dijo, antes de hundir su cara entre mis piernas. Me comió el coño como un animal sediento, lamiendo, chupando, metiendo la lengua hasta el fondo. Mis piernas temblaban, el orgasmo se me acercaba como un tren. Justo cuando estaba a punto de explotar, se detuvo. Se paró y se desabrochó el pantalón. Cuando se lo bajó, me quedé sin aire. Su verga era enorme, negra, recta, de unos 19 centímetros al menos. Era una obra de arte, una herramienta de destrucción de masas. «Ahora vas a mamármela toda, perra rica», ordenó.
La agarré con ambas manos. Era pesada, caliente. La metí en mi boca, intentando tragarla hasta el fondo. Me la embistía en la garganta, haciéndome ahogar, con lágrimas salándome las mejillas. «Mírame a los ojos cuando me la chupas», me gritó. Lo hice. Ver su cara de muchacho de pueblo mientras me usaba su boca era lo más perverso y excitante que había vivido.
Me tiró en la cama, boca arriba. Abrió mis piernas y se colocó entre ellas. «¿Está lista la doctora para que le dé su medicina?», dijo, y sin más, me la clavó de un solo golpe. Grité. Era tan grande que sentí que me partía en dos. El dolor se mezcló con un placer tan intenso que me nubló la vista. Empezó a coger, a darle duro, a fondo, con un ritmo salvaje, de los que solo saben los que nacieron para follar. El sonido de sus pelotas golpeándome el culo llenaba la habitación. «¡Te gusta, ¿verdad, pendeja?! ¡Te gusta que te la dé este chico del pueblo!», gritaba. Yo solo podía gemir y pedir más. «¡Sí, hijueputa, sí, rompeme, cógeme, cógeme!».
Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me la metió por el culo. «¡Ahhh, carajo, sí, por el culo!», grité, sintiendo cómo me abría, me rompía, me poseía. Me agarraba del pelo como si fuera una yegua, dándome sin piedad. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su verga palpitaba dentro de mí. «¡Me voy a venir, perra!», rugió. Y entonces, sentí sus latidos violentos y su leche caliente inundándome por dentro. Se derrumbó sobre mí, los dos jadeando, bañados en sudor y semen.
Nos quedamos en silencio por un largo rato. Luego, se levantó, se vistió y me miró. «Fue un gusto, doctora. La próxima propina va por mía». Se fue y yo me quedé tirada en la cama de un motel de mala muerte, con el culo roto, el cocho hecho un desastre y la mente en blanco. Sabía que era una perversa, una depravada. Y sabía que volvería a buscarlo.


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