Convencí a mi esposa que cogiera con mi jefe
Cómo convencí a mi esposa a qué accediera a coger con mi jefe en nuestra casa..
La noche era cálida en su departamento del centro. Ana yacía desnuda sobre la cama, su cuerpo voluptuoso brillando con una fina capa de sudor. Sus pechos grandes y firmes subían y bajaban agitados, los pezones oscuros endurecidos por la excitación. Tenía una cintura estrecha que contrastaba con unas caderas anchas y un culo redondo, carnoso, que se movía hipnóticamente cada vez que arqueaba la espalda. Sus muslos gruesos y su coño depilado, ya hinchado y brillante de jugos, temblaban mientras Carlos, su esposo, la follaba con fuerza.
Carlos embestía profundo, su polla dura deslizándose dentro de ella con un ritmo constante y salvaje. Ana gemía alto, sus uñas clavándose en la espalda de él.
— ¡Ay, sí! Más fuerte… estoy cerca… — jadeaba ella, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba como una ola imparable.
Carlos aceleró, sabiendo perfectamente el momento. Justo cuando los músculos internos de Ana comenzaban a contraerse alrededor de su verga, cuando sus ojos se ponían en blanco y su boca se abría en un grito silencioso, se inclinó sobre su oído y susurró con voz ronca:
— Quiero verte cogiendo con otro hombre, Ana… Quiero ver cómo te mete la polla otro mientras yo miro… Cómo te hace suya delante de mí.
Ana se tensó. El orgasmo la golpeó con fuerza, pero sus ojos se abrieron con sorpresa y un toque de molestia. Se corrió igual, su coño apretando y soltando chorros calientes alrededor de la polla de Carlos, pero después lo empujó suavemente.
— Carlos… otra vez con esa mierda… Sabes que no.
Él sonrió, besándole el cuello mientras ambos bajaban del clímax.
— Solo es una fantasía, amor. Me excita tanto imaginarte siendo follada por otro…
Pasaron las semanas. Cada vez que follaban, Carlos repetía la misma jugada. Cuando Ana estaba al borde, cuando su cuerpo voluptuoso se retorcía y sus tetas rebotaban con cada embestida, él soltaba la frase:
— Déjame verte cogida por otro… Quiero ver tu cara de puta mientras te llenan el coño…
Al principio ella se enojaba. Luego empezó a callarse. Después, algo cambió. En una de esas sesiones, mientras Carlos la penetraba por detrás, agarrando sus caderas anchas y viendo cómo su culo se sacudía, Ana llegó al orgasmo y, justo en el momento en que él susurró la fantasía, ella gimió más fuerte de lo normal. Su coño se inundó aún más. Esa noche, por primera vez, no lo negó de inmediato. Solo respiró agitada y se quedó pensando.
Las siguientes veces fue peor (o mejor). Ana empezó a excitarse visiblemente con las palabras. Cuando Carlos se lo decía, sus gemidos se volvían más guturales, su coño chorreaba más, y una vez incluso llegó a susurrar un tímido:
— …cállate… pero no pares de follarme…
Hasta que una noche, mientras él la tenía contra la pared de la ducha, follándola de pie con sus piernas envolviéndole la cintura, Ana estaba a punto de correrse. Sus tetas grandes rebotaban contra el pecho de él, el agua cayendo sobre sus cuerpos.
— Quiero verte cogiendo con otro… — gruñó Carlos.
Ana explotó. Su orgasmo fue brutal. Y entre gemidos entrecortados, con la voz rota de placer, dijo:
— Está bien… Joder… Sí… Me excita pensarlo… Acepto. Pero solo si tú lo quieres de verdad.
Carlos casi se corre dentro de ella en ese instante.
Un viernes por la noche, Carlos invitó a su jefe, el señor Raúl Mendoza, a cenar en su departamento. Raúl era un hombre de unos 48 años, alto, de complexión fuerte, con cabello entrecano y una presencia imponente. Nunca había conocido a Ana. Carlos le había dicho que su esposa estaría trabajando hasta tarde, pero que su “sirvienta” se encargaría de atenderlos.
Ana aceptó el rol. Se vistió exactamente como él le pidió: un uniforme de sirvienta sexy, negro y blanco, extremadamente corto. La falda apenas cubría la mitad de sus nalgas redondas y firmes; si se inclinaba un poco, se le veía el tanga negro de encaje. La blusa era escotada, casi transparente, y sus enormes pechos amenazaban con salirse con cada movimiento. Medias negras hasta los muslos, tacones altos y un delantalito que no ocultaba nada. Se maquilló provocativa: labios rojos, ojos ahumados. Se veía como una puta de lujo disfrazada de sirvienta.
Los hombres se sentaron en la sala a tomar whisky. Ana servía las copas, se inclinaba para dejar los bocadillos, y cada vez que lo hacía, Raúl no podía evitar mirar. Primero con disimulo. Luego abiertamente. Sus ojos se clavaban en el escote profundo donde sus tetas se apretaban, en el movimiento de sus caderas anchas al caminar, en cómo la falda se levantaba dejando ver la curva inferior de su culo.
— Tienes una sirvienta… muy profesional — comentó Raúl con voz gruesa, sin apartar la mirada del culo de Ana mientras ella recogía unos vasos.
Carlos sonrió, sintiendo cómo su polla empezaba a endurecerse.
— Es muy servicial. Hace todo lo que se le pide.
La noche avanzó. Las copas siguieron. La conversación se volvió más suelta, más masculina. Raúl empezó a hacer comentarios cada vez más directos:
— Qué culo tiene la muchacha… Perdón, pero es imposible no notarlo.
Ana, al principio nerviosa, empezó a sentir calor entre las piernas. Sabía que su esposo la observaba todo el tiempo. Cada vez que se inclinaba frente a Raúl para servirle, sentía la mirada del hombre quemándole la piel. Su coño comenzó a mojarse.
Pasada la medianoche, después de varias rondas, Carlos se levantó.
— Voy al baño. Ana, atiende bien al señor Mendoza.
Cuando Carlos salió de la sala, Raúl ya no se contuvo. Agarró a Ana por la cintura cuando ella pasó cerca.
— Ven aquí, preciosa… — murmuró, atrayéndola hacia él. Sus manos grandes subieron por sus muslos gruesos hasta meterse bajo la falda corta, tocando directamente su tanga empapada—. Estás mojada, puta…
Ana jadeó, pero no se apartó. Miró hacia la puerta donde sabía que Carlos estaba mirando escondido.
Raúl no esperó más. La sentó sobre la mesa, le abrió las piernas y le arrancó el tanga de un tirón. Su boca atacó el coño hinchado de Ana, lamiendo con hambre sus labios mayores y chupando su clítoris hinchado. Ana gimió fuerte, agarrándose a la mesa, sus tetas saliéndose del escote.
— ¡Ahhh… señor…!
Carlos observaba desde el pasillo, la polla fuera, masturbándose lentamente.
Raúl se puso de pie, se bajó los pantalones y sacó una polla gruesa, venosa y más larga que la de Carlos. Sin decir nada, la frotó contra el coño mojado de Ana y empujó. Entró de un solo golpe hasta el fondo. Ana gritó de placer, sus ojos abriéndose como platos.
— ¡Joder… qué grande…!
Raúl empezó a follarla con fuerza sobre la mesa. Las tetas de Ana rebotaban salvajemente dentro de la blusa medio abierta. El sonido de sus caderas chocando contra el culo carnoso de ella llenaba la sala. Ana gemía como una perra en celo, completamente entregada.
— ¿Te gusta que te folle un hombre de verdad mientras tu marido mira? — gruñó Raúl, sin saber del todo la situación, pero intuyéndola.
Ana solo pudo gemir:
— ¡Sí…! ¡Más fuerte…!
Carlos entró en ese momento a la habitación. Raúl ni se inmutó; solo sonrió con arrogancia y siguió embistiendo el coño de Ana sin parar.
— Llévala a tu habitación, jefe — dijo Carlos con la voz temblorosa de excitación—. Fóllatela como se merece.
Raúl levantó a Ana en brazos como si no pesara nada. Sus piernas envolvieron la cintura del hombre mientras él caminaba hacia la habitación de invitados. La polla seguía dentro de ella, follándola en el aire con pasos cortos pero profundos.
Una vez en la cama del jefe (la habitación de invitados que esa noche era de Raúl), la tiró boca abajo. Le levantó la falda corta hasta la cintura y le abrió las nalgas. Su polla gruesa entró de nuevo en el coño chorreante de Ana desde atrás. La follaba con embestidas brutales, haciendo que su culo rebotara y se sacudiera con cada golpe.
Ana gritaba de placer, su cara hundida en las sábanas.
— ¡Me está cogiendo…! ¡Carlos… me está cogiendo tan rico…!
Carlos se sentó en una silla al lado de la cama, masturbándose mientras veía cómo su voluptuosa esposa era follada salvajemente por su jefe. Raúl le agarraba las caderas anchas, le daba nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en su piel blanca, y le tiraba del cabello para arquearla más.
Cambió de posición. Puso a Ana a cuatro patas, de frente a Carlos, para que su marido viera perfectamente la cara de puta que ponía su esposa. Raúl la penetraba profundo, su polla entrando y saliendo brillante de los jugos de ella. Las tetas grandes de Ana colgaban y se balanceaban con cada embestida.
— Mírala — le dijo Raúl a Carlos entre jadeos—. Tu mujer es una puta deliciosa. Tiene un coño que aprieta como ninguna.
Ana estaba perdida en el placer. Llegó al orgasmo gritando, su cuerpo voluptuoso convulsionando, el coño apretando la polla de Raúl con fuerza mientras chorros de su corrida mojaban las sábanas.
Raúl no paró. La folló durante casi una hora en diferentes posiciones: de lado, con las piernas de Ana sobre sus hombros, aplastando sus tetas enormes contra su pecho; de nuevo por detrás, corriéndose finalmente dentro de ella con un gruñido animal, llenándole el coño de semen espeso y caliente.
Cuando Raúl se retiró, el coño de Ana quedó abierto, rojo, chorreando la mezcla de sus jugos y la corrida del jefe.
Carlos se acercó, besó a su esposa en la boca mientras ella aún temblaba del placer.
— Gracias, amor… — susurró él.
Ana, con voz débil pero satisfecha, sonrió:
— La próxima vez… invitas a otro.


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