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Heterosexual, Intercambios / Trios

Convencí a mi mujer de hacer un trío.

Mi mujer no quería coger con nadie más que no fuera yo, pero yo no me iba a rendir tan fácil..
Ana era una mujer de curvas irresistibles: cintura estrecha, caderas anchas y unos pechos grandes, firmes y pesados que se movían hipnóticamente con cada paso. Su marido, Diego, era un hombre atractivo, de mandíbula marcada, cuerpo atlético y una sonrisa que siempre la hacía derretirse. Llevaban varios años casados y su vida sexual era intensa y apasionada, pero Diego tenía una fantasía que lo obsesionaba: ver a su esposa siendo follada por otro hombre.
Cada vez que intentaba hablarlo abiertamente, Ana lo rechazaba con ternura pero firmeza.
—No, amor. Te amo demasiado. Jamás podría estar con alguien que no fueras tú —le decía, acariciándole el rostro con dulzura.
Diego cambió de estrategia. Empezó a jugar con el momento justo antes del orgasmo. Cuando Ana estaba al borde, gimiendo y apretando las sábanas, él le susurraba al oído con voz ronca y cargada de deseo:
—Córrete pensando en que otro hombre te está follando… Imagina una polla diferente abriéndote el coño bien profundo…
Ana gemía más fuerte, su cuerpo traicionándola, pero nunca lo admitía en voz alta. Otras noches, Diego le vendaba los ojos con una corbata de seda negra. Mientras la penetraba lento y profundo, moviéndose con ritmo deliberado, le decía:
—Imagina que no soy yo… Imagina que es otro quien te está cogiendo tan rico, tan duro…
Con el tiempo, las negativas de Ana se volvieron más débiles. Las fantasías susurradas durante el sexo la excitaban cada vez más. Diego fue insistiendo con paciencia, combinando caricias expertas, lamidas largas en el clítoris hinchado y palabras cada vez más explícitas hasta que, una noche, mientras Ana se corría con fuerza, temblando y gritando, finalmente cedió entre gemidos entrecortados:
—Está bien… solo una vez… pero solo porque te amo y quiero darte eso que tanto deseas.
Diego sonrió triunfante, sabiendo que había ganado.
La oportunidad perfecta llegó una noche de fiesta familiar en su propia casa. Habían invitado a familiares y amigos. Todo transcurría con normalidad hasta que llegó Raúl, el hermano gemelo idéntico de Diego. Eran prácticamente iguales: misma altura, mismo cuerpo atlético, mismos rasgos atractivos. Solo quien los conocía muy bien podía notar pequeñas diferencias.
Diego vio a su hermano y una idea le cruzó la mente de inmediato. Cuando la fiesta empezó a terminar y la gente se fue despidiendo, Diego se acercó a Raúl discretamente.
—Hermano, no te vayas todavía. Quédate un rato más.
Raúl aceptó sin sospechar nada. Los tres se quedaron en la sala: Ana, Diego y Raúl. Bebieron unos tragos más, platicaron y rieron. El ambiente estaba relajado, cálido y cargado de alcohol.
—Baila con ella —le pidió Diego a su hermano de pronto.
Raúl miró a Ana, quien ya tenía las mejillas sonrojadas por el vino. Ella aceptó con una sonrisa tímida. Diego puso música suave, sensual, con un ritmo lento y cachondo. Las luces de la sala estaban bajas, creando una atmósfera íntima y cargada de tensión sexual.
Mientras Ana y Raúl bailaban pegados, Diego se acercó por detrás de su esposa. Presionó su cuerpo contra el de ella, y Ana sintió claramente la erección de su marido entre sus nalgas. Pero entonces Diego, con un movimiento sutil, guio las caderas de Ana hacia adelante, haciendo que el miembro erecto de Raúl quedara presionado directamente contra su vagina, solo separados por la fina tela del vestido y los pantalones.
Ana soltó un jadeo suave al sentir la dureza caliente rozando su coño.
Diego le besó el cuello y le susurró al oído con voz baja y excitada:
—Amor… ahora no solo vas a coger conmigo… vas a coger con dos “yo”.
Sus manos subieron y apretaron con fuerza sus pechos grandes por encima del vestido, masajeándolos mientras besaba y mordía suavemente su cuello. Ana tembló entre los dos cuerpos idénticos.
Raúl abrió los ojos sorprendido, pero Diego le guiñó un ojo con complicidad. El gemelo, excitado por el cuerpo voluptuoso de su cuñada, empezó a moverse lentamente, frotando su verga dura contra el coño de Ana. Ella gimió bajito, confundida y tremendamente mojada.
Entre los dos la desnudaron por completo. Ana quedó solo con tacones, su cuerpo curvilíneo expuesto: pechos pesados y redondos, cintura estrecha y un coño depilado, ya hinchado, brillante y chorreando de excitación.
Diego se sentó en el sofá amplio y jaló a Ana para que se sentara a horcajadas sobre él. Ella deslizó su coño empapado sobre la verga gruesa de su marido, bajando centímetro a centímetro hasta que lo tuvo completamente enterrado. Empezó a cabalgarlo con movimientos lentos y profundos, gimiendo mientras sus enormes tetas rebotaban pesadamente en la cara de Diego.
—Así, mi amor… móntame rico —gruñó Diego, chupando uno de sus pezones duros y sensibles.
Raúl se acercó por el lado derecho. Ana giró la cabeza hacia él, con los ojos vidriosos de pura lujuria y los labios entreabiertos, hinchados de deseo. Sin pensarlo dos veces, tomó la polla idéntica de su cuñado en su mano suave y caliente. La verga de Raúl era gruesa, venosa y palpitante, exactamente igual a la de su marido. Ana la apretó con fuerza, sintiendo cómo latía contra su palma, y empezó a masturbarla con movimientos lentos y firmes, subiendo y bajando la piel mientras su pulgar rozaba la cabeza hinchada, extendiendo el líquido preseminal brillante y viscoso que ya brotaba en abundancia.
Raúl gimió profundamente y le agarró el cabello con una mano, guiándola suavemente.
Ana se inclinó un poco más hacia un lado sin dejar de cabalgar la polla de Diego, que entraba y salía de su coño empapado con un sonido húmedo y obsceno. Abrió la boca y envolvió la cabeza gruesa de Raúl con sus labios calientes y húmedos. Chupó con ganas, succionando fuerte mientras su lengua giraba alrededor del glande, lamiendo cada gota de ese líquido salado y viscoso que manaba de la punta. Bajó más, tragando centímetro a centímetro hasta que la verga de su cuñado tocó el fondo de su garganta. Se atragantó un poco, pero no se detuvo; al contrario, empujó más profundo, con los ojos llorosos de placer, mientras saliva espesa escapaba de las comisuras de sus labios y chorreaba por toda la polla de Raúl.
Mientras chupaba con hambre a su cuñado, Ana giró ligeramente la cabeza hacia Diego y, sin sacar completamente la verga de su boca, lo besó con pasión salvaje. Su boca aún estaba llena de la saliva mezclada con el presemen caliente y salado de Raúl. Diego no dudó: abrió los labios y recibió el beso profundo, sus lenguas enredándose en un intercambio obsceno y sucio. Ana le pasó el líquido caliente y viscoso directamente a la boca de su esposo, quien lo tragó con un gemido ronco y excitado, saboreando el gusto de su propio hermano en los labios de su mujer. El beso fue largo, húmedo y pervertido: lenguas lamiéndose con hambre, saliva intercambiándose entre gemidos, hilos gruesos de saliva cayendo entre sus bocas y goteando sobre los pechos grandes y pesados de Ana.
—Sabes a él… y me encanta, joder —susurró Diego contra sus labios, mordiéndole el inferior con deseo.
Ana sonrió con lujuria pura y volvió a la polla de Raúl. La tomó de nuevo en su mano, masturbándola con movimientos rápidos y apretados mientras lamía toda la longitud, desde los huevos pesados y llenos hasta la punta hinchada y brillante. Chupaba con hambre voraz, haciendo ruidos húmedos y obscenos: glug, glug, glug, mientras su mano libre seguía apretando y jalando la base con fuerza. Luego regresaba una y otra vez a besar a Diego, compartiendo más saliva babosa y presemen, besos cada vez más intensos y mojados, con hilos de saliva cayendo entre sus bocas y recorriendo los pechos de Ana.
Raúl gemía sin control, follándole la boca con suavidad pero cada vez más profundo, mientras Ana alternaba: chupada profunda a su cuñado, masturbación firme con la mano llena de saliva, y besos apasionados y sucios con su marido, pasándole todo el sabor y la humedad de la otra polla.
—Qué puta tan rica eres… chupando a mi hermano mientras me follas a mí y me besas con su sabor —gruñía Diego, excitadísimo, apretando sus caderas y follándola desde abajo con más fuerza.
Ana solo podía gemir alrededor de la verga de Raúl, su coño contrayéndose con fuerza alrededor de la de Diego, cada vez más mojada y ansiosa por más.
Después de varios minutos de ese placer triple, Diego la levantó y la puso en cuatro sobre el sofá. Raúl se colocó detrás de ella y, sin aviso, la penetró de un solo empujón profundo en su coño chorreante.
—¡Ahhh, joder! —gritó Ana, sintiendo cómo la verga idéntica la abría por completo.
Raúl empezó a follarla con fuerza salvaje, agarrándola de las caderas y embistiéndola sin piedad. Sus huevos pesados golpeaban contra el clítoris hinchado de Ana con cada embestida, produciendo un sonido húmedo y obsceno. Las nalgas redondas de Ana se sacudían violentamente, y sus tetas grandes colgaban y se balanceaban como péndulos pesados.
Diego se puso enfrente, le metió su verga gruesa en la boca y empezó a follársela con movimientos profundos, sujetándole la cabeza con ambas manos.
—Siente cómo te cogemos los dos, puta… dos pollas iguales para tu coño —le decía Diego con voz ronca.
Ana estaba en el cielo. Su coño chorreaba alrededor de la verga de Raúl, y sus gemidos quedaban ahogados por la polla de Diego.
Luego la acostaron de espaldas en el sofá, con la cabeza colgando hacia un lado. Diego se arrodilló entre sus piernas abiertas y le separó bien los muslos. La penetró en misionero profundo, follándola con estocadas largas y fuertes mientras le chupaba y mordía las tetas. Raúl, mientras tanto, le metía su verga en la boca desde arriba, follándole la garganta con movimientos lentos y profundos.
—Estás tan mojada… tu coño está hecho para que te follemos los dos —gruñía Raúl.
Ana tuvo su primer orgasmo así, temblando y apretando el coño alrededor de la verga de Diego, gritando alrededor de la polla de Raúl.
Después la pusieron de lado, en posición de cuchara. Raúl se acostó detrás de ella y la penetró lento pero profundo, follándola con movimientos circulares mientras le apretaba un pecho y le pellizcaba el pezón. Diego se puso enfrente, levantó una de las piernas de Ana y, con cuidado, metió también su verga en el mismo coño ya estirado. Ana soltó un grito largo y gutural al sentir cómo sus dos pollas idénticas la llenaban al mismo tiempo, estirando sus paredes vaginales al límite.
—¡Dios! ¡Me están partiendo el coño! ¡Dos vergas iguales dentro de mí! —gritó, perdida en el placer más intenso de su vida.
Los dos hermanos se movieron coordinados: cuando uno empujaba, el otro retrocedía. Ana se corrió de nuevo, su coño contrayéndose con fuerza alrededor de las dos pollas, chorreando jugos calientes por sus muslos.
Finalmente, la volvieron a poner en cuatro sobre el sofá. Raúl tomó el turno primero. La folló con fuerza salvaje, agarrándola de las caderas y embistiéndola sin piedad. Su verga entraba y salía del coño empapado de Ana a un ritmo brutal, haciendo que los jugos de ella salpicaran con cada golpe.
Raúl empezó a jadear más fuerte, sus embestidas volviéndose erráticas y desesperadas. Su rostro se contrajo de placer y gruñó con voz ronca y entrecortada:
—Joder… no aguanto más… me voy a correr en tus tetas…
Diego, que estaba al lado masturbándose lentamente mientras observaba, se acercó al oído de su hermano y le ordenó con voz firme, profunda y cargada de lujuria:
—Córrete dentro de mi mujer. Llénala toda. Mételes tu semen caliente hasta el fondo de su coño.
Esas palabras fueron el detonante definitivo. Raúl soltó un gemido animal, empujó su verga hasta el fondo del coño de Ana con toda su fuerza y se corrió violentamente. Chorros espesos y calientes de semen brotaron en abundancia, inundando las profundidades de Ana. Ella sintió cada pulsación poderosa, cada chorro espeso y caliente que la llenaba por completo.
Apenas Raúl terminó de vaciarse y se retiró lentamente, dejando que un hilo grueso de semen blanco escapara del coño abierto de Ana, Diego tomó su lugar de inmediato. Metió su verga en el coño ya rebosante y resbaladizo del semen de su hermano y empezó a follarla con más fuerza aún, usando la crema caliente como lubricante perfecto. El sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo del coño lleno resonaba en la sala.
—Ahora te lleno yo también, amor… vas a llevar el semen de los dos gemelos dentro de tu coño —susurró Diego con voz ronca.
La embistió unas cuantas veces más, profundo y salvaje, y con un rugido gutural se corrió profundamente dentro de ella, agregando su propia carga espesa y abundante. El semen de ambos hermanos se mezclaba dentro de Ana, rebosando por su coño abierto y chorreando por sus muslos en gruesos hilos blancos y calientes.
Ana tuvo un último orgasmo violento, temblando y gritando entre los dos cuerpos idénticos, su coño contrayéndose con fuerza alrededor de la verga de Diego mientras sentía cómo la llenaban completamente.
Los tres quedaron jadeando, sudados y exhaustos sobre el sofá. Diego besó a su esposa con ternura y le susurró:
—Te amo… y esto apenas empieza.
Ana, aún con las dos cargas calientes y espesas dentro de su coño, solo pudo sonreír con picardía, completamente rendida al placer prohibido que acababa de descubrir.

8 Lecturas/3 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: amigos, cogiendo, cuñada, cuñado, follando, hermano, hermanos, sexo
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