Crónicas del Edén (II)
Una Madre decide que todo debe contarse a través de un blog..
La tarde caía lenta, esa luz dorada que solo existe cuando el sol se despide y todo parece bañado en miel. Elena estaba sentada en la silla de mimbre, la única que habían comprado cuando llegaron a la cabaña, hace ya seis años. Seis años desde que Leo cabía en el hueco de un solo brazo. Seis años desde que su cuerpo había hecho el milagro de parirlo y ahora lo miraba jugar en el patio completamente desnudo, igual que ella, igual que Miguel cuando está, aunque hoy Miguel no estaba. Miguel nunca estaba en estas horas doradas.
El calor del atardecer le acariciaba la piel. Podía sentir el aire en cada parte de su cuerpo: en los pechos turgentes con la suavidad de la juventud, en el vientre plano que apenas recordaba haber estado hinchado, en los muslos ligeramente separados por la postura relajada de quien está en su territorio. La silla de mimbre crujió cuando cambió de posición, y el ruido le recordó que estaba ahí, en el límite entre el adentro y el afuera, entre la vigilia y ese estado de ensoñación que le daba mirar a su hijo.
Él estaba en el centro del patio, absorto en la tarea infinita de los niños: hacer caminar una ramita por el borde de una piedra. Leo, con sus seis añitos recién cumplidos, gobernaba ese mundo con la seriedad de un dios. Su cuerpo, tostado por el sol del verano, era una colección de curvas perfectas: la espalda inclinada, las nalgas redondas apretadas por la concentración, los pies descalzos hundiéndose apenas en la tierra blanda. Y entre las piernas, colgando, el Piquito. Flácido, inocente, pequeño.
Elena lo miraba y, a sus veintidós años, pensaba en el blog.
Esa conversación con Luna no se le iba de la cabeza. «Crónicas del Edén», había dicho. «Poesía corporal». «Hay un público para eso». Las palabras resonaban en su mente como una música nueva, una posibilidad que antes ni siquiera había imaginado. Escribir. Contar. Compartir su verdad con otras madres que quizás, en el silencio de sus casas también sentían lo mismo pero no se atrevían a nombrarlo.
¿Qué escribiría hoy? ¿La ducha de la semana pasada? ¿Esa mañana en que Leo se despertó con el Piquito tan duro que parecía un dedo acusador y ella lo había saludado con una sonrisa? ¿O tal vez esto mismo, esta escena tan simple, tan cotidiana, tan llena de amor: una madre que mira a su hijo jugar?
Pero mientras pensaba en el blog, sus ojos no dejaban de mirar. Bajó por la espalda de Leo, recorrió la curva de sus nalgas, se detuvo un instante en esa zona donde el sol aún no había tostado del todo, y luego, como imantada, descendió hasta la verguita de su hijo. Esa pequeñez colgante, ese capullo cerrado, esa promesa de hombre que ella había visto nacer, crecer, endurecerse. La mirada se posó allí, y se quedó.
Entonces pasó.
Ese calor. Ese reconocimiento íntimo. Esa punzada en el bajo vientre que Elena conocía tan bien pero que nunca, jamás, nombraba como lo que era. Su cuerpo, ese territorio autónomo que a veces parecía tener voluntad propia, comenzó a responder. No era ella quien decidía; era esa parte de sí misma, esa traidora silenciosa, esa vagina que se humedecía sin permiso, sin aviso, que emanaba olores sin consultar con la mente que seguía pensando en párrafos bonitos para un blog.
—Ay, no —susurró para sí, pero no era una protesta. Era un reconocimiento. Una aceptación. Como quien dice «ahí está otra vez».
La humedad creció, caliente, pegajosa. Elena sintió cómo sus labios se ablandaban, cómo todo su centro se preparaba para algo que no iba a ocurrir, para un contacto que no llegaría, para una satisfacción que su cuerpo reclamaba pero su mente, esa mente que ahora mismo planeaba frases para desconocidas, se negaba a autorizar. Las piernas, ligeramente abiertas por la postura en la silla, dejaban que el aire rozara esa zona, y cada caricia del viento era un recordatorio de lo que estaba pasando abajo.
—Leo —llamó al al niño.
Él levantó la cabeza. La ramita quedó olvidada en la piedra. Sus ojos, esos ojos que había heredado de Miguel, buscaron a su madre. Ella estaba en la silla, con los brazos abiertos. Y las piernas también abiertas. Una invitación total.
—Vení, hombrecito —dijo, y los brazos se abrieron un poco más, y las piernas también, como si quisiera recibirlo entero, como si quisiera que él cupiera en cada espacio de ella.
Leo sonrió. Esa sonrisa amplia, sin dudas, sin preguntas, que solo tienen los niños felices. Dejó la ramita donde estaba, seguro de que al volver la encontraría, y echó a correr hacia ella. Sus pies descalzos levantaban pequeñas nubes de polvo. Su pene flácido se balanceaba con cada zancada, un pequeño péndulo de inocencia. Y ella lo veía venir, sintiendo cómo la humedad entre sus piernas se hacía más intensa con cada paso que él daba.
Llegó. Se lanzó. El impacto fue el de un cuerpecito de veinte kilos contra un cuerpo maternal. Los brazos de Elena se cerraron alrededor de él, y las piernas también, envolviéndolo, atrapándolo. La cabeza de Leo quedó apoyada en su hombro, su aliento cálido en su cuello. El cuerpecito desnudo, todavía caliente por el sol de la tarde, se acomodó contra ella.
La cadera de Leo, en esa postura de abrazo, quedó justo contra la vagina de Elena. Esa zona blanda y húmeda que ella no podía controlar, recibió la presión que la estremeció. La piel del niño, suave y tibia, rozó la piel de ella, en el lugar exacto donde la humedad hacia de las suyas. Fue un roce mínimo, accidental, inevitable por la posición. Pero para Elena fue como si un cable pelado tocara agua.
El tiempo se detuvo.
No posó nada o todo pasó a la vez. La respiración de Leo en su cuello, rítmica, tranquila. El peso de su cuerpo contra el de ella. El calor que irradiaba su piel. Y allí, en ese punto de contacto, la humedad reconociendo la presencia, las terminaciones nerviosas disparando señales que ella traducía inmediatamente a otro idioma: «Es amor. Es ternura. Es la vida que vuelve a mí. Es mi hijo abrazándome, nada más.»
Pero el cuerpo no traducía. El cuerpo sentía. Y lo que sentía era una pulsación profunda, rítmica, casi orgásmica, que acompañaba cada latido de su corazón. Cada vez que Leo respiraba, su pequeño abdomen presionaba ligeramente contra ella, y esa presión era un masaje involuntario que su vagina registraba con una precisión encantadora.
Elena cerró los ojos. Decidió no pensar. Decidió solo sentir. «Es tan hermoso», pensó, mientras su cuerpo seguía mojándose sin que ella pudiera hacer nada para detenerlo. «Es tan puro. Este momento. Este abrazo. Esto es lo que quiero contar en el blog.»
Y mientras lo pensaba, su mano bajó sola por la espalda de Leo, recorriendo cada vértebra, cada pliegue, hasta llegar a sus nalgas. Allí se detuvo, acariciando suavemente, sintiendo la redondez perfecta, la suavidad de la piel, el calor que irradiaba. Era una caricia de madre, nada más. Una caricia de las que dicen «estoy aquí, sos mío».
Leo estaba cómodo, seguro, amado. Para él, ese abrazo era solo eso: un abrazo. El lugar más seguro del mundo. El cuerpo de su madre, ese territorio conocido, ese olor a ella que lo había acompañado desde que tenía memoria y que ahora se sentía más fuerte.
Para Elena, la humedad era ahora un charco cálido entre sus piernas. Podía sentir cómo empapaba la piel, cómo se deslizaba lentamente por el muslo interior en un hilo invisible. Cada vez que Leo se movía, aunque fuera un milímetro, el roce renovaba la sensación, y ella contenía la respiración para no gemir.
—Te quiero tanto, mi hombrecito —susurró en su oído.
—Yo también, mami —respondió él, apretándose más contra ella.
Ese «mami» fue como una descarga. La palabra dicha por él, en ese momento, con ese cuerpo presionado contra el suyo. Elena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Lágrimas de emoción, de esa emoción que ella llamaba «la prueba de que esto es real, de que esto es amor». Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras su vagina seguía latiendo, mientras el hilo de humedad seguía creciendo, mientras su mano seguía acariciando esas nalgas pequeñas.
El tiempo seguía suspendido. El sol se había puesto del todo, pero ninguno de los dos lo notó. La luz se había vuelto azul, luego gris, y la noche comenzaba a llegar con sus primeros mosquitos y su frescor. Pero ellos seguían ahí, abrazados, ella en la silla de mimbre, él parado sobre ella, los dos desnudos.
—Mami, tengo sueño —murmuró Leo al fin, rompiendo el hechizo.
Elena abrió los ojos. La noche había llegado sin que ella lo notara. Respiró hondo, sintiendo cómo su cuerpo comenzaba a descomprimirse, cómo la humedad empezaba a enfriarse contra su piel, cómo el mundo real volvía lentamente.
—Vamos a la cama, mi amor —dijo.
Dejaron de abrazarse. Al hacerlo, sintió cómo el Piquito, aún flácido, rozó su vagina por última vez. Una última punzada. Un último latido de esa traidora silenciosa que ya empezaba a calmarse.
Leo caminó hacia la cabaña, bostezando, su cuerpecito perdiéndose en la penumbra. Elena se quedó un momento más en la silla, sintiendo el aire fresco en la piel mojada, sintiendo el rastro de lo que había ocurrido. Se llevó una mano a la concha, fue apenas un roce, y la retiró húmeda. Se miró los dedos y estaban mojados.
—Mañana empiezo el blog —dijo en voz alta, como si sellara un pacto—. Esto tiene que contarse.
Se levantó, sintiendo cómo el hilo frío de su propia excitación le recorría el muslo al caminar. Entró a la cabaña, donde Leo ya se había acostado en la cama grande, esperándola como todas las noches que Miguel no estaba. Se acostó a su lado, lo abrazó de nuevo, sintiendo otra vez ese calor, ese olor, esa presencia.
Pero ahora, mientras cerraba los ojos, su mente ya no estaba en el abrazo. Estaba en el blog. En las palabras. En las otras madres que la leerían y sentirían, por fin, que no estaban solas.
La humedad, ya fría, se secaba lentamente contra su piel. Pronto sería solo un recuerdo. O el germen de un texto.
Afuera, la noche cerrada sobre el Edén. Adentro, una madre y su hijo, desnudos, abrazados. Y entre las piernas de ella, esa traidora silenciosa que ya descansaba, satisfecha por hoy, esperando la próxima vez que Leo corriera hacia sus brazos abiertos.
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Usuaria: EdénFeliz_22
Usuaria: SombraLunar77
[20:47] EdénFeliz_22: LUNAAAAA 🌙✨
[20:47] SombraLunar77: Oooole, qué energía! Aquí la reina de la noche. ¿Qué pasa, corazón?
[20:48] EdénFeliz_22: Que lo voy a hacer. EL BLOG. Ya me decidí.
[20:48] SombraLunar77: ¿EN SERIO? 😱😱😱 Pero cuéntame todo, mujer! ¿Qué pasó? ¿Tuviste una revelación?
[20:49] EdénFeliz_22: Jajaja algo así. Me dije: «Esto no me lo puedo guardar, esto tiene que volverse palabra».
[20:50] SombraLunar77: Uy uy uy… se me pone la piel de gallina. Cuenta, cuenta, que yo aquí con mi café y el peque ya durmiendo (por fin 🙌).
[20:51] EdénFeliz_22: Pues estábamos en el patio. Miguel otra vez fuera, claro. Yo en mi silla de mimbre y Leo jugando con una ramita en una piedra.
[20:52] SombraLunar77: Muy tranquilos. 🥰 Eso es vida. Eso es libertad.
[20:52] EdénFeliz_22: Exacto. Y yo lo miraba, porque mira, cuando lo ves así, jugando, concentrado, con ese cuerpecito tostado por el sol… no sé, se me llena el corazón.
[20:53] SombraLunar77: Te entiendo perfectamente. Hay momentos que son poesía pura.
[20:54] EdénFeliz_22: Pues eso. Y mientras lo miraba, pensaba en lo que me dijiste. En el blog. En escribir. En compartir todo esto con otras mamás que sientan lo mismo.
[20:55] SombraLunar77: Jajajaja cuéntame sobre el Piquito, ese personaje secundario que siempre se roba la escena 🤭
[20:55] EdénFeliz_22: Jajaja! Lunaaaaa! El Piquito siempre está. Pues eso, lo miré. Y de repente… uf.
[20:56] SombraLunar77: ¿Uf? Qué uf? Cuenta, mujer, que me tienes en ascuas.
[20:57] EdénFeliz_22: Pues que lo miré y… no sé. Me entró una cosa. Una emoción muy fuerte. Como de esas que te agarran de golpe y no sabes de dónde vienen.
[20:58] SombraLunar77: Ay, sí. A mí me pasa a veces. Con el mayor sobre todo. Los ves y piensas: «Dios mío, esto es mío, yo lo hice».
[20:59] EdénFeliz_22: ESO. Exacto. «Yo lo hice, yo lo parí, yo lo he visto crecer». Y me acordé de cuando cabía en un brazo nada más, y ahora tiene seis años y está ahí, tan hermoso, tan libre…
[21:00] SombraLunar77: 🥺🥺🥺 Me estás emocionando, eh.
[21:01] EdénFeliz_22: Pues no sabes lo que pasó después. Lo llamé. Le dije «vení, hombrecito». Y él vino corriendo, con esa sonrisa que tiene, esa confianza total…
[21:02] SombraLunar77: Ay, las carreras de los niños. Mi peque viene y se tira a mis brazos como si yo fuera la única persona en el mundo.
[21:03] EdénFeliz_22: ¡Sí! Exactamente así. Se lanzó a mis brazos y nos quedamos abrazados un montón de tiempo. No sé cuánto. El sol se puso y todo.
[21:04] SombraLunar77: ¿Ves? Eso es lo que la gente no entiende. Esos abrazos largos, sin prisa, sin ropa de por medio. Eso es la maternidad real.
[21:05] EdénFeliz_22: Tú lo entiendes, Luna. Por eso te cuento. Porque es tan natural… es como volver al principio, a cuando estaba dentro de mí.
[21:06] SombraLunar77: Es que es eso. Es volver. El útero es el primer hogar, y los brazos son el segundo. No hay nada más sagrado.
[21:07] EdénFeliz_22: Y mientras lo abrazaba… no sé cómo explicarlo. Sentía tanta paz. Tanta conexión. Como si en ese abrazo cupiera todo el amor del mundo.
[21:08] SombraLunar77: ¿Y el Piquito? Jajaja no me digas que no hizo acto de presencia.
[21:08] EdénFeliz_22: Jajaja siempre. Pero así, tranquilamente. Apoyado. Nada del otro mundo. Lo importante era el abrazo, de verdad.
[21:09] SombraLunar77: Claro, claro. A veces lo importante es el momento, no lo que pase con ciertas partes. Aunque siempre están, jajaja.
[21:10] EdénFeliz_22: Pues en eso estábamos, en ese abrazo, y yo pensaba: «Esto es lo que quiero contar. Esta paz. Esta conexión. Esto que siento ahora mismo».
[21:11] SombraLunar77: Y ahí nació el blog.
[21:11] EdénFeliz_22: Ahí mismo. Con él en brazos, con su cabecita en mi hombro, con su olor… dije: «Mañana empiezo».
[21:12] SombraLunar77: Me encanta. Me encanta, Elena. Vas a llegar muy lejos. Hay mucha gente necesitada de leer cosas así, cosas reales.
[21:13] EdénFeliz_22: ¿Tú crees? A veces pienso si no será una locura.
[21:14] SombraLunar77: ¿Locura? Locura es criar con pañales puestos y vergüenza del cuerpo. Locura es no poder abrazar a tu hijo como te sale. Eso es locura. Lo tuyo es verdad.
[21:15] EdénFeliz_22: 🥺 Gracias, Luna. De verdad. No sabes lo que me ayuda hablar contigo.
[21:16] SombraLunar77: Para eso estamos, hermana. Madres que se entienden. Y ahora, cuando tengas el blog, vas a tener a cientos de hermanas más. ¿Ya sabes cómo lo vas a llamar?
[21:17] EdénFeliz_22: «Crónicas del Edén», como me dijiste. Me gusta. Es nuestro terreno, nuestro lugar.
[21:18] SombraLunar77: PERFECCIÓN. 🏆 Me encanta. Y el primer post, ¿ya lo tienes?
[21:19] EdénFeliz_22: Casi. Quiero escribir sobre este abrazo. Sobre la luz de la tarde. Sobre la ramita en la piedra. Sobre cómo vuelve a uno la vida cuando te abrazan así.
[21:20] SombraLunar77: Hazlo. Y cuando lo publiques, me pasas el link corriendo. Yo seré tu primera seguidora, tu primer comentario, tu primer like. 💖
[21:21] EdénFeliz_22: Jajaja prometido. Te voy a dedicar el post, eh.
[21:22] SombraLunar77: Ay, no me hagas llorar. Con lo maquillada que estoy. 😂
[21:23] EdénFeliz_22: Jajaja anda, vete a dormir. Mañana las dos a lo nuestro: tú con el monstruo, yo con mi hombrecito y con las palabras.
[21:24] SombraLunar77: Besotes, Edén. Y suerte con el blog. Vas a ver qué bien sale todo. Un abrazo gigante (y al Piquito también, jajaja) 😘💋
[21:25] EdénFeliz_22: Lunaaaaa! Jajaja. Besos! 💖✨
[Usuario EdénFeliz_22 se desconectó – 21:26]
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