De paseo con mi hija Carla
(っ◔◡◔)っ Les contaré cómo un viaje de padre-hija terminó convertido en un viaje de ardientes amantes. 😍..
Incesto Padre-hija | Tabú | 10 años
Les contaré cómo un viaje de padre-hija terminó convertido en un viaje de ardientes amantes.
🆂upongo que ustedes han leído cientos de cuentos por el estilo, razón por la que trataré de que este les guste, siendo lo más honesto posible.
A mí, desde mi propia niñez, siempre me gustaron las niñas y mujeres caucásicas. Siempre que conocía a una niña de cabello negro y piel blanca, me embobaba como caricatura. Claro que con el paso de las décadas todo eso se me olvidó, hasta que, a mis 33 años, cuando Carla tenía al rededor de 8, empecé a verla tan bonita que recordé toda mi niñez y de paso, me asusté. Me asusté porque ¿Qué iba a hacer yo cuando ella siguiera creciendo y poniéndose más y más bonita? Ni Diana —su madre— ni yo esperábamos que Carla se pareciera más a su padre y a mi madre que a nosotros mismos. Pero mi esposa ya no estaba para cuando la belleza de Carla empezó a ser un problema para mí. Ella murió cuando Carla tenía 4.
Pasar tiempo juntos era el sentido de nuestras vidas, después del trauma de la desaparición de Diana. Yo compartía la cama frecuentemente con Carla, pero hacía ya unos meses que había cambiado mi rutina matutina, de levantarme a orinar, a levantarme específicamente a pajearme. Pasar la noche pegado a semejante Diosa no era fácil. A veces hasta le daba la espalda toda la noche para que no sintiera mi pene encañonado. A veces me pegaba un par de pajazos en la tarde y antes de dormir para que no se me pusiera duro durante la noche y poder dormir abrazándola. No sé si se lo imaginen. Todo en una nena de diez años es suave. Su piel, su cabello, su voz, su forma de ser y su aroma. Su suavidad esclaviza tu mente.
Se nos había vuelto costumbre despertar y quedarnos ahí contemplándonos un rato, sonriendo. Después, sin saber cómo, no solo fueron cosquillas y juegos, sino que aparecieron las caricias y después los besos. En mi región se conocen como «picos», o sea: A boca cerrada. Primero se los daba en la cara, pero bastó con que ocurriera el primero en la boca, con tal adorable aprobación de ella, que luego siguieron y siguieron.
Como medida cautelar, le compré ropa de cama holgada, pero de nada me sirvió porque ella se la quitaba a media noche. Ya estaba acostumbrada a dormir solo en camisetita de esqueleto y pantaloneta, muy corta, si me preguntan; y algunas tenían aberturas muy amplias a los lados. Recuerdo el momento exacto en que las masturbadas que me pegaba por la tarde-noche dejaron de surtir efecto. Desperté a media noche y Carla estaba sentada en la cabecera jugando con su teléfono celular. Usaba sus rodillas como soporte. Su pantaloneta estaba completamente subida, por lo que podía yo ver su pierna hasta su nacimiento y su glúteo atlético. Por su puesto, su entrepierna debería estarse tragando entera la prenda. Pero no era solo su posición y lo linda que se veía, sino su aroma. Cuando abrí los ojos, su cadera estaba a centímetros de mi cara, y antes que ella notara que me desperté, aspiré las deliciosas emanaciones naturales de su piel como para embriagarme. Se me puso «como para partir panela».
Al poco tiempo hicimos un viaje. Al fin se había presentado la oportunidad de tomar vacaciones. Dejar la maldita rutina, mi trabajo y su colegio, darle vacaciones a Ruth —la señora de servicio— e irnos a atravesar en carro medio país, descansando de pueblo en pueblo hasta llegar a la costa. Supongo, ya le había dado a Carla el lugar de Diana. Solo faltaba consumarlo.
En las quedadas en los pueblos, los juegos de cosquillas y sesiones de besitos ‘inocentes’ se volvieron más largas e intensas. Pero seguía sin ser capaz de tocarla más que en el rostro, las manos o el dorso para hacerla reír. Sabía que el momento llegaría, no obstante, toda vez que había dejado de hacerme la paja. Era como una declaración formal, no verbal sino instintiva. Como el momento llegaría inevitablemente, suponía que le ‘guardaría’ todas las ganas, la potencia y hasta los fluidos a mi Carla.
El tercer día de viaje, acercándonos a la costa, tuve una visión reveladora de mi hija. Yo conducía a gran velocidad por una carretera recta y de cuando en cuando me quedaba viéndola a ella. Iba en el asiento del copiloto, cantando y riendo, con los talones pegados a la cola. Pero ¡qué piernas! El fuerte viento que entraba por la ventana le empujaba la faldita de tenista hasta pegarla al espaldar del asiento. Pero a ella no el importaba, pues iba con papi. Cantaba con una sonrisa en su boca, usando un cepillo como micrófono. Usaba gafas oscuras que le quedaban tremendas y una pañoleta amarrada en la cabeza. El viento le empujaba la melena de pelo tanto o más de lo que hacía con la falda. Su cabello negro y largo era tan sano y nutrido que parecía estar permanentemente húmedo. Lo concluí sin darle más rodeos: Estaba enamorado de mi hija.
El primer día en la costa, lo pasamos de maravilla. Carla estuvo más contenta y juguetona que durante toda la travesía anterior. Jugamos mucho. Incluso me puso a correr detrás de ella, retándome a alcanzarla. El jueguito tenía connotación sexual, ambos lo sabíamos, aunque yo lo sabía de manera consciente. De cualquier forma, un hombre de 35 años persiguiendo a una nena de 10, es como un perro viejo tratando de alcanzar un gato joven. Ella se movía como si no tuviera peso. Bien pude verme ridículo.
A las diez de la noche estábamos exhaustos y acordamos volver al hotel. Teníamos suficiente energía y ganas de recorrer el distrito turístico, pero los pies no daban más. Yo, supe que había llegado el momento. Mi Carla cerró la puerta y se lanzó sobre la cama con las extremidades oponiéndose unas a otras. Gimió de alivio.
—¡Uff, qué día! —exclamó.
Yo me sentí de forma extraordinaria. 1% se lo repartían la duda y el miedo, por el hecho de que era mi hija; y 99% era ansiedad, como cuando eres un mocoso de 14 y estás a punto de perder la virginidad. Entré al baño a orinar y cuando me lo agarré se me salió de los dedos. ¡Así de lubricado venía! Me duché. Cuando volví a la habitación, la topé ya empezando a dormirse, pero ni siquiera se había quitado las sandalias. Estaba de costado, clavando media cara en el colchón y con la cola parada. Su faldita azul claro tenía el ruedo a la altura de la mitad de sus nalgas. Carla estaba ‘mirándome’ con su culo redondito, prolijo y blanco. En medio de sus piernas estaba apretada su concha, bien empacada en el parchecito de algodón de sus tanga blanca. Mi sexo me habló muy claro. Me dijo:
—Hágale.
Me miré la pita parada y luego su culito esplendoroso. Mi pita con el cabezón brillante. Su culo suave. Mi pita palpitando. Su culo dispuesto. Mi pita. Su culo. El culito sin igual de mi hija, suave y virgen. También cabía la posibilidad de no tocarla, jalármela en silencio ahí parado, donde estaba, llenar de semen el piso, lavarme e ir a dormir con ella. Pero no iba a ser así…
Siga leyendo, haciendo click aquí: Publicación original, del 26 de Abril de 2021
Hago esto porque sigo encontrando relatos míos, de Stregoika, plagiados por ahí por el mismo parásito sin talento. Aquí se hace llamar milena782, en otros sitios es milena88.
Stregoika ©2021


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