Donde Dejas de Irte
Kael no encajaba en ese barrio. No era solo una cuestión estética, aunque lo parecía. Las fachadas impecables, la pintura sin una sola grieta, los jardines recortados con precisión..
La pizzería que atendía desde hacía tiempo rompía la armonía.
Aun así, lo toleraban.
Durante años, lo toleraron.
Porque Kael sabía imponerse. No con violencia, sino con una autoridad natural, una presencia que exigía respeto. Ese mismo rasgo era el que, fuera de esas calles, definía su relación con Lara.
Lara no lo cuestionaba. Nunca lo había hecho.
Desde el inicio, su vínculo se había construido sobre un equilibrio asimétrico pero funcional. Kael decidía. Lara aceptaba. No como una debilidad, sino como una forma de descanso.
No era sumisión ciega. Era elección.
El auto se detuvo sin aviso. Simplemente, el motor murió.
Kael lo intentó dos veces más. Giró la llave. Nada.
Exhaló despacio.
No era un hombre que se alterara con facilidad. Abrió la puerta, salió, y el aire le golpeó con una quietud incómoda.
Demasiado quieto.
Caminó.
Cada paso hacia la pizzería le resultó ligeramente incómodo. Cuando llegó, lo entendió.
La puerta estaba cerrada.
No debía estarlo.
Se acercó al vidrio, y ahí estaba.
Local en venta.
Kael no parpadeó. Solo observó.
El teléfono vibró.
Lara.
Contestó sin apartar la mirada del vidrio.
—Kael…
Su voz no temblaba, pero tampoco era la de siempre. Había una pausa entre cada palabra, como si calibrara cada sonido antes de soltarlo.
—Estoy embarazada.
El silencio se expandió entre ambos, cargado de implicaciones y deseos no dichos. Kael cerró los ojos un segundo, procesando la noticia.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Hoy.
No hubo reproche. No hubo expectativa en su tono. Solo una aceptación tácita de lo que esto significaba para ambos. Kael asintió, aunque ella no pudiera verlo.
Su verga se puso dura solo de pensar en cómo sería tener una hija y meterle la verga en el culo, una sonrisa apenas perceptible curvando sus labios. La idea de poseerla de todas las maneras posibles, de marcarla como suya, lo excitaba profundamente.
— Será mía, como su madre. Completamente mía, murmuró, más para sí mismo que para ella, pero sus palabras fueron audibles en el silencio del apartamento.
Lara, aunque no podía ver su expresión, sintió el peso de sus pensamientos, la intensidad de su deseo. Sabía que Kael era un hombre de pasiones intensas y control absoluto, y eso la atraía tanto como la asustaba.
—Ya voy para allá.
—Sí —respondió Lara.
Vivían en un apartamento pequeño, no muy alejado, en un barrio circundante, de esos que parecen invasiones que nadie percibe cuándo se convirtieron en eso. Kael llegó veinte minutos después. La encontró sentada en el borde del sofá, las manos entrelazadas, la espalda recta. No estaba llorando. No estaba alterada. Estaba esperando, con una calma que solo los amantes pueden compartir en momentos de crisis.
Kael se sentó a su lado, su presencia llenando el espacio. La miró a los ojos, buscando respuestas en su mirada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, su voz suave pero firme.
Lara sostuvo la mirada. No apartó los ojos, aunque en el fondo de ellos había algo que no era miedo, ni duda, sino una forma contenida de vulnerabilidad.
Kael inclinó levemente la cabeza, su mano se apoyó sobre el muslo de ella, firme, sin titubeos, reclamando presencia más que consuelo. El contacto fue suficiente para anclarla.
—Dímelo —ordenó, sin dureza.
Lara respiró hondo. Sus enormes tetas se elevaron con lentitud.
—Estoy bien —respondió, su voz apenas un susurro.
Kael extendió la mano, acariciando suavemente su mejilla.
—Seremos padres, Lara. Y eso cambia todo.
Lara cubrió su mano con la suya, apretándola contra su piel.
—Y… ¿qué pasa con nosotros? —preguntó, su voz temblando ligeramente.
Kael sonrió, una sonrisa que prometía seguridad y pasión.
—Nada cambia, Lara. Seguiremos siendo nosotros. Seguiremos amándonos, cuidándonos. Y ahora, más que nunca, necesito que sepas que te protegeré, que protegeré a nuestro hijo.
Lara se inclinó hacia él, su frente tocando la suya.
—Te amo, Kael. Siempre lo he hecho.
Kael la besó, un beso profundo y lleno de promesas. Cuando se separaron, Kael la miró con intensidad.
—Sabes, he estado pensando… —comenzó, su voz bajando a un tono más íntimo—. ¿Te acuerdas de aquella vez que te encontré en el baño, dándote una buena paja?
Lara se sonrojó, pero no apartó la mirada.
—Sí, me acuerdo —respondió, su voz apenas audible.
—Fue jodidamente caliente —continuó Kael, su mano deslizándose por su muslo—. Me encanta verte así, completamente entregada, perdida en tu propio placer.
Lara tragó saliva, su respiración acelerándose.
—Y a mí me encanta cuando me miras así —admitió, sus ojos brillando con deseo.
Kael se inclinó más cerca, su aliento cálido en su oído.
—Tal vez deberíamos repetirlo. Aquí y ahora. Ver cómo te tocas para mí, ver cómo te corres solo con pensar en mí.
Lara asintió, sus dedos ya buscando el dobladillo de su vestido.
—Como quieras, Kael. Siempre lo hago por ti.
Kael no sonrió, pero su expresión se suavizó apenas.
Se giró.
Caminó hacia la ventana.
—El local está en venta —dijo, sin girarse.
Lara no respondió de inmediato.
—¿Qué?
—Lo cerraron. —Su voz era plana—. Ya no es mío.
Silencio.
Esta vez distinto.
Más profundo.
—Eso no puede ser —dijo Lara, dando un paso hacia él—. Nadie te avisó.
—No.
Lara tragó saliva.
—¿Qué vas a hacer?
Kael no respondió de inmediato.
—¿Tenemos ahorros? —preguntó Lara, con cautela.
Kael no respondió de inmediato.
—Suficientes.
No era una respuesta.
Su cuerpo ocupaba el borde del sofá con una presencia firme, pesada en el sentido más tangible de la palabra. No era fragilidad lo que proyectaba. Sus caderas anchas ancladas al asiento, las nalgas grandes y redondeadas marcando la tela, el torso erguido pese al cansancio evidente. Había algo en ella que no se desbordaba nunca. Ni siquiera ahora.
Tenía las manos apoyadas sobre el vientre sin darse cuenta.
Cuando la puerta se abrió, levantó la mirada de inmediato.
Kael entró sin prisa.
La observó una fracción de segundo. Y en esa fracción, el mundo de Lara se desdibujó, arrastrándola de vuelta al origen de todo. No era la primera vez que esa mirada la despojaba de todo.
Recuerdo la primera vez como si fuera ahora. No fue en una cama, ni siquiera en un lugar privado. Éramos adolescentes, y él me llevó al sótano de su casa, un lugar húmedo que olía a tierra y a abandono. La única luz era un bombillo desnudo que colgaba del techo, meciendo sombras largas y danzantes. No dijo nada. Simplemente me empujó contra la pared de ladrillos fríos. El golpe me robó el aire, pero el miedo fue reemplazado al instante por una descarga eléctrica que me recorrió entera. Sus manos fueron brutales, desgarrando la blusa que llevaba, no con pasión, sino con una impaciencia animal. No hubo besos, ni caricias. Solo el sonido de su cremallera bajando y la orden gutural: «Abre las piernas». Y las abrí. No porque quisiera, sino porque no sabía hacer otra cosa. Fue rápido, doloroso y sucio. Y cuando terminó, se arregló los pantalones y me dejó allí, temblando, con el semen goteando por mis muslos y la certeza de que jamás pertenecería a nadie más.
Luego vino el baño. Hacía meses que éramos una cosa, un solo ser disfuncional. Me encontró sentada en el borde de la bañera, con las piernas abiertas y los dedos trabajando furiosamente entre mis pliegues. No me excusé. No me avergoncé. Él se apoyó en el marco, con los brazos cruzados, y me observó en silencio. El único sonido era el de mi respiración agitada y el húmedo chapoteo de mi propia mano. No dijo «qué haces» ni «detente». Dijo: «Así no». Se acercó, me apartó la mano con rudeza y la reemplazó con la suya. Sus dedos eran más grandes, más fuertes, conocían mi cuerpo mejor que yo misma. «Así», susurró en mi oído, entrando y saliendo de mí con un ritmo que me robó el aliento y me hizo arquear contra su palma. «Así es como te vienes. Cuando yo quiero. Como yo quiero». Y me vine, gritando su nombre, no por placer, sino porque mi cuerpo había aprendido que su voluntad era la única que importaba.
Volvió a sí misma con el eco de su propio grito resonando en su cabeza. Kael seguía allí, de pie en la puerta, su presencia llenando el apartamento de la misma manera que había llenado el sótano y el baño. Con la misma autoridad indiscutible que la había poseído por primera vez y que, ahora, también poseería a la hija que crecía dentro de ella.
—De pie —dijo, su voz más rasposa, más desesperada de lo que pretendía.
Lara obedeció sin vacilar. Pero esta vez, Kael no caminó hacia ella con calma. Cruzó la distancia en dos zancadas, su mano agarrando su brazo con una fuerza que la hizo gimiar. No era una caricia. Era un ancla.
—El local se ha ido —dijo, sus ojos fijos en los de ella, como si buscara un refugio—. Se lo han llevado todo. Todo.
El pánico, una emoción que casi nunca le permitía asomar, brillaba en sus pupilas. Lara lo vio. Y por primera vez, no sintió miedo, sino una oleada de un instinto protector y feroz.
—Kael…
—Cállate —rugió él, y su otra mano se enredó en su pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para obligarla a mirarlo—. No necesitas que te explique nada. Solo necesito que estés aquí. Que seas mía. Que no me jodas.
La besó. No fue un beso, fue una mordida. Sus labios se aplastaron contra los de ella con una violencia casi dolorosa, sus dientes chocando, su lengua invadiéndola como si quisiera devorarla, absorberla para no sentirse solo en su ruina. La empujó hacia el sofá, no con cuidado, sino con la brusquedad de un hombre que se ahoga y agarra lo primero que encuentra.
Cayó sobre ella, su peso aplastándola contra los cojines. Con un movimiento torpe y urgente, levantó su vestido y se desabrochó los pantalones. No hubo preliminares. No hubo palabras de deseo. Solo el sonido de la cremallera y el jadeo de Kael. Se introdujo en ella de un solo golpe, seco y profundo, haciéndola gritar más por sorpresa y dolor que por placer.
Pero Lara lo aceptó. Abrió las piernas más, arqueó la espalda para recibirlo, para que su desesperación encontrara un refugio en su cuerpo. Cada embestida de Kael era un golpe contra la impotencia, un intento de recuperar el control que le habían arrebatado. No hacía el amor a Lara. La usaba. La usaba para olvidar, para castigarse, para sentir que, aunque todo lo demás se le estaba yendo de las manos, ella todavía era suya.
—Mía —gruñía con cada embestida, su voz rota—. Solo mía.
—Córrete para mí, Lara —ordenó, su voz un gruñido bajo—. Déjame sentir cómo te vienes en mi verga.
Lara obedeció, su cuerpo estallando en un orgasmo intenso, sus músculos internos apretándose alrededor de Kael. Él eyaculó con un grito ahogado contra su cuello, un espasmo final que lo dejó vacío y temblando sobre ella. Se quedó allí, sin moverse, respirando contra su piel, el peso de su cuerpo siendo ahora el de su completa derrota. Lara no dijo nada. Solo le acarició la espalda, sintiendo cómo los temblores poco a poco cesaban, reemplazados por un silencio pesado y ominoso. El problema seguía ahí, afuera, esperando. Pero por unos minutos más, habían logrado escapar de él.
Se quedaron así por un momento, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones entrecortadas llenando el silencio del apartamento. Kael se retiró lentamente, una sonrisa satisfecha curvando sus labios.
—Te amo, Lara —murmuró, besándola suavemente en los labios.
Lara sonrió, sus ojos brillando con una mezcla de amor y satisfacción.
—Y yo a ti, Kael. Siempre lo he hecho.
—No nos vamos a mover de aquí todavía.
Lara pareció sorprenderse apenas, sus ojos buscando una salida.
—¿No?
—No.
—Entonces… ¿qué hago yo?
Kael se acercó aún más. Su voz, firme y autoritaria, no dejó lugar a dudas.
—Te quedas aquí. Mantendrás la casa ordenada, es tu deber, como siempre lo ha sido. Y descansas. No es una sugerencia, Lara. Es una orden.
Lara frunció levemente el ceño, una muestra mínima de resistencia.
—No necesito—
—Sí necesitas —continuó él, cortándola con un gesto imperioso de la mano—. Porque si esto avanza como creo, no voy a tener tiempo para preocuparme por si estás bien o no. Y no quiero que nada se interponga en mi camino. ¿Entendido?
Lara asintió, su cabeza inclinándose ligeramente en un gesto de sumisión.
—Sí, Kael.
Pausa.
—Y necesito que estés bien.
—Está bien —dijo de nuevo.
Lara sintió cómo el control de Kael se solidificaba en el aire, una orden que no solo concernía a su bienestar, sino que sellaba su nuevo propósito. Él no esperaba una discusión. No la necesitaba. La decisión ya estaba tomada, y su cuerpo, su presencia, era la única confirmación que requería.
Se acercó a ella, no con la urgencia de antes, sino con una lentitud deliberada. Sus ojos recorrieron su figura, desde sus pies descalzos hasta su vientre, donde ahora descansaba su mano con una posesión casi paternal. Luego, sus dedos subieron, trazando la línea de su cadera, la curva de su cintura, hasta posarse sobre su pecho. Sintió el latido de su corazón bajo la palma, un ritmo que parecía sincronizarse con el suyo.
—Vas a criar a mi hija —dijo, su voz un murmullo bajo y grave—. Y la criarás como a ti. Entendiéndome. Respetándome. Necesitándome.
Lara tragó saliva, el nudo en su garganta era una mezcla de miedo y una excitación que no se atrevía a nombrar. Asintió, incapaz de articular otra palabra.
—No saldrás mucho —continuó Kael, su mano deslizándose desde su pecho hasta su cuello, donde sus dedos se cerraron con una suavidad que era más amenazante que cualquier grito—. No es por encerrarte. Es para protegerte. Para proteger lo que es mío. Afuera no hay nada para ti. Todo lo que necesitas está aquí. Bajo mi techo. Bajo mi mano.
La declaración era tan absoluta que le robó el aliento. No era una sugerencia, ni siquiera una imposición marital. Era una redefinición de su existencia. Ella ya no era Lara. Era la madre de su hija, la extensión de su voluntad.
—Pero no te preocupes —añadió Kael, notando el temblor casi invisible en sus labios—. No te aburrirás. Tendrás mucho que hacer. Preparar el nido. Cuidar tu cuerpo para que esté perfecto para mí otra vez. Y, sobre todo, aprenderás a esperar.
Se inclinó y sus labios se posaron en los de ella. No fue un beso de pasión, sino de marcaje. Un sello. Breve, firme, inconfundible. Cuando se retiró, sus ojos la fijaron con una intensidad que la desarmó por completo.
—Ahora, ve a la habitación —ordenó—. Quiero verte desnuda en nuestra cama. Esperaré. Quiero mirarte un rato. Acostumbrarme a la idea de que eres mía. De que siempre lo has sido. Y de que, a partir de ahora, no tienes adónde ir.


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