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Heterosexual

Dos guitarras

La primera vez no sonó bien. Mauricio arrancó como siempre, seguro, con un riff que le nacía solo. Carlos tardó en entrar. Cuando lo hizo, las guitarras chocaron. No era desorden: era orgullo. Cada uno marcaba su territorio..
Se miraron. Sonrieron apenas. Carlos apoyó dos dedos sobre la mano de Mauricio.

—Un poco más lento.

 

Mauricio aflojó. El sonido perdió empuje, pero dejó de empujar al otro. Entre una nota y la siguiente apareció algo nuevo: espacio.

 

Al día siguiente, con café ralo y pan duro, Mauricio dijo:

—No estuvo tan mal.

Carlos lo pensó un momento.

—No —dijo—. No estuvo.

 

Mauricio entendió que eso, en boca de Carlos, era un elogio.

 

Por la tarde ensayaron sin apuro. No tocaban para gustar. Tocaban para escucharse. Mauricio bajó el volumen. Carlos sostuvo el pulso. Repitieron una vez más. Después otra. Nadie aplaudió. Nadie miró.

 

Lucía estaba detrás de la barra. Secaba vasos con movimientos lentos, casi distraídos. No los observaba de frente, pero no se iba. Cada tanto levantaba la cabeza como si comprobara que seguían ahí. Lucía era una mujer que sabía cómo llamar la atención. Su uniforme, un vestido negro ajustado que resaltaba cada curva, abrazaba su cuerpo como una segunda piel. El escote en V revelaba un generoso valle entre sus senos, y la falda corta mostraba sus piernas largas y torneadas cada vez que se movía. Sus zapatos de tacón alto realzaban su figura, haciendo que cada paso fuera un despliegue de confianza y sensualidad. Lucía no solo servía tragos; lucía cada momento, cada gesto, con una naturalidad que era tanto una bendición como una tortura para los hombres que la miraban.

 

Lucía sabía cuándo estaba siendo mirada. Lo había aprendido trabajando de noche, rodeada de hombres que confundían atención con derecho. Aun así, algo en esas dos guitarras le resultaba distinto. No eran músicos queriendo impresionar. Eran dos hombres tratando de no estorbarse.

 

Mauricio la notó recién en la tercera canción. Carlos también, pero siguió tocando. Lucía dejó un vaso limpio boca abajo. Luego otro. Se apoyó en la barra, escuchando sin darse cuenta.

 

Mauricio erró un acorde y frenó.

—Perdón.

Carlos negó con la cabeza.

—Dejalo así.

 

Lucía sonrió apenas. No dijo nada. Pero no volvió a los vasos.

 

Esa noche hubo más gente. No mucha, pero suficiente. Escuchaban. Mauricio tocaba mejor cuando no miraba a Lucía, y peor cuando lo hacía. Ella lo sabía. No lo evitaba.

 

Cuando el bar cerró, cerca de las cuatro, el sonido se fue apagando de a poco, como si alguien bajara un fader invisible. Las conversaciones se disolvieron. Quedó un silencio largo, todavía vibrando.

 

Carlos guardó la guitarra sin apuro. No dijo nada. Se hizo a un lado, como quien entiende que la música ya había terminado para él esa noche.

 

Lucía no se levantó enseguida. Se quedó en el sofá, descansando el peso del cuerpo, mirando el lugar vacío como si todavía hubiera algo que escuchar. Mauricio se acercó sin pensarlo demasiado, con la misma cautela con la que había tocado las últimas canciones.

 

Lucía estaba con una pierna cruzada sobre la otra, mostrando sus muslos firmes y bronceados. Su falda, más corta de lo habitual, revelaba más de lo que ocultaba, y Mauricio no podía apartar la vista.

 

 

Mauricio se sentó a su lado, con el corazón latiendo fuerte en su pecho. Lucía lo miró con una sonrisa que era a la vez invitadora y desafiante. —Les fue bien hoy, ¿verdad? —preguntó, su voz un ronroneo suave que envuelto en el silencio del bar vacío.

 

—Sí —respondió Mauricio, su voz apenas un susurro—. Estuvo… bien.

 

Lucía se inclinó hacia él, y el movimiento hizo que su escote se abriera aún más, ofreciendo una vista tentadora. —A mí también me gustó —dijo, su aliento cálido en la oreja de Mauricio—. Y creo que a ti te gustó algo más que la música.

 

Mauricio tragó saliva, sintiendo cómo el deseo se acumulaba en su vientre. —Lucía, yo…

 

Ella lo interrumpió, poniendo un dedo sobre sus labios. —Shh. No digas nada. Solo siente.

 

Y con eso, se movió, sentándose a horcajadas sobre él. La falda se subió, revelando más de sus muslos, y Mauricio podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela. Lucía comenzó a moverse lentamente, balanceándose sobre él, sus caderas trazando un ritmo que era puro pecado. Mauricio jadeó, sus manos encontrando sus caderas, apretando la carne firme.

 

Carlos, desde su esquina, observaba con una mezcla de fascinación y anhelo. Sabía que este momento era inevitable, que la tensión entre ellos había estado creciendo desde la primera noche. Y aunque una parte de él deseaba ser el centro de atención, otra parte se deleitaba en ver a su amigo finalmente liberar esa pasión reprimida.

 

Lucía se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en las rodillas de Mauricio, arqueando la espalda y empujando sus senos hacia adelante. La vista era hipnótica, y Mauricio no pudo resistir. Sus manos subieron por sus costados, acariciando la piel suave y caliente, hasta que sus pulgares rozaron la curva inferior de sus senos.

 

Lucía gimió, un sonido bajo y gutural que resonó en el pecho de Mauricio. —Sí… así —murmuró, sus caderas moviéndose más rápido ahora, buscando la fricción, el placer.

 

Mauricio, perdido en la sensación, dejó que sus pulgares se movieran hacia arriba, acariciando la piel sensible justo debajo de sus senos. Lucía jadeó, su cabeza cayendo hacia atrás, exponiendo su cuello. Mauricio no pudo resistir y se inclinó, besando y mordisqueando la piel suave, saboreando el sabor salado de su deseo.

 

El deseo de Mauricio crecía con cada movimiento de Lucía, con cada gemido que escapaba de sus labios. Quería verla, verla toda. Quería ver esas enormes tetas que había vislumbrado tantas veces, que había imaginado en sus sueños más oscuros y eróticos. Y ahora, en la quietud del bar vacío, con la luz tenue y el aire cargado de deseo, sentía que finalmente podía tenerlo todo.

 

Sus manos, temblorosas y ansiosas, se movieron hacia el escote de su vestido. Los dedos rozaron la piel suave y caliente, y Lucía se estremeció, un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. —Sí… —susurró, su voz un ruego desesperado—. Tócame. Tócame toda.

 

Mauricio, con una audacia que no sabía que poseía, deslizó los tirantes del vestido por sus hombros. La tela negra se deslizó, revelando centímetro a centímetro la piel bronceada y perfecta. Lucía se movió, ayudándolo, y el vestido cayó, amontonándose en su cintura, dejando al descubierto sus senos llenos y pesados. Eran perfectos, redondos y firmes, con los pezones duros y oscuros, pidiendo atención. Mauricio los miró, hipnotizado, y luego, con una reverencia casi religiosa, se inclinó y tomó uno en su boca. Lucía gritó, un sonido de puro placer que resonó en el silencio del bar. Sus manos se enredaron en el pelo de Mauricio, apretando, guiándolo, pidiéndole más.

 

Carlos, desde su esquina, observaba con los ojos muy abiertos, su respiración entrecortada. Ver a Lucía así, tan vulnerable y tan poderosa al mismo tiempo, era una visión que lo dejaba sin aliento.

 

Lucía, con las manos en el pelo de Mauricio, lo guio hacia el otro seno, pidiendo la misma atención, el mismo placer. Y Mauricio obedeció, moviendo su boca, su lengua, sus dientes, explorando cada centímetro, saboreando cada rincón. Sus manos, mientras tanto, se movían por su cuerpo, acariciando, apretando, explorando.

 

Lucía, perdida en el placer, comenzó a moverse más rápido, sus caderas buscando la fricción, el alivio. Y Mauricio, sintiendo cómo su deseo crecía, cómo su miembro se endurecía, decidió dar el siguiente paso. Con una mano, levantó la falda de Lucía, revelando un par de bragas de encaje negro que apenas cubrían su sexo. Con un dedo, trazó el contorno del encaje, sintiendo cómo Lucía se estremecía bajo su toque.

 

—Por favor… —gimió Lucía, su voz un ruego desesperado—. Por favor, tócame. Tócame toda.

 

Mauricio, con el corazón latiendo fuerte en su pecho, deslizó un dedo dentro de las bragas, encontrando la humedad, el calor, la necesidad. Lucía gritó, un sonido de puro éxtasis, y se movió contra su mano, buscando más, pidiendo más.

 

Y mientras Mauricio exploraba, acariciaba, daba placer, Carlos, desde su esquina, se perdió en su propia fantasía, imaginando ser él quien estaba allí, quien tenía el honor y el privilegio de tocar, de explorar, de dar placer.

 

Carlos salió. Había aprendido, con los años, a reconocer cuándo sobraba.

 

Se sentó en la banqueta de la vereda, la guitarra apoyada entre las piernas, sin abrir el estuche. Desde ahí podía ver el reflejo del interior del bar en el vidrio: sombras que se movían despacio. No necesitaba ver más.

 

Encendió un cigarrillo. Pensó en Mauricio. En cómo tocaba cuando recién se conocieron. Sonrió. Esa noche había tocado distinto. Mejor, tal vez. Más atento.

 

Carlos se preguntó cuándo había empezado a medir la música de otro como si fuera propia. No sintió celos.

 

Desde adentro llegó una risa apagada. Carlos bajó la mirada.

 

No le molestaba que Mauricio estuviera con Lucía.

 

Apagó el cigarrillo con el zapato. Se levantó despacio. Pensó en el ensayo de la tarde siguiente.

 

Esperó. No por obligación.

 

Mauricio, con el corazón latiendo fuerte en su pecho, se sintió como si estuviera en un sueño, un sueño del que no quería despertar. Sus dedos, aún dentro de las bragas de Lucía, exploraban cada rincón de su humedad, cada pliegue. Lucía, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, se movía contra su mano, buscando más, pidiendo más.

 

 

—Más… —gimió, su voz un ruego desesperado que resonaba en el silencio—. Más profundo. Más fuerte.

 

Mauricio, perdido en el éxtasis de su toque, obedeció. Introdujo un segundo dedo, estirándola, preparándola, sintiendo cómo sus músculos internos se apretaban a su alrededor. Lucía gritó, un sonido de puro placer que lo encendió aún más. Con la otra mano, acarició sus senos, apretando, masajeando, pellizcando sus pezones duros hasta que ella se retorció bajo su toque.

 

Lucía, con las manos enredadas en el pelo de Mauricio, lo guio hacia su boca, besándolo con una intensidad que lo dejó sin aliento. Sus lenguas se enredaron, explorando, saboreando, mientras sus cuerpos se movían al unísono, una danza de deseo y necesidad. Mauricio, sintiendo cómo su miembro se endurecía aún más, decidió dar el siguiente paso. Con una mano, bajó las bragas de Lucía, revelando su sexo desnudo, húmedo y listo.

 

—Te quiero… —susurró Lucía, su voz un ruego desesperado—. Te quiero dentro de mí.

 

Mauricio, con el corazón latiendo fuerte en su pecho, se desabrochó los pantalones, liberando su miembro erecto. Lucía, con una sonrisa traviesa, se levantó ligeramente, posicionándose sobre él. Con una lentitud agonizante, se dejó caer, tomando su miembro dentro de ella, centímetro a centímetro, hasta que lo tuvo todo adentro.

 

Ambos gritaron, un sonido de puro éxtasis que resonó en el silencio del bar. Lucía comenzó a moverse, sus caderas balanceándose, sus músculos internos apretando y soltando, llevándolo al borde del éxtasis. Mauricio, perdido en la sensación, se movía con ella, empujando, buscando, encontrando un ritmo que los llevaba cada vez más alto.

 

Lucía, con los senos moviéndose al ritmo de sus movimientos, se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en las rodillas de Mauricio, arqueando la espalda y exponiendo su cuello. Mauricio, hipnotizado por la visión, se inclinó, besando y mordisqueando la piel suave, saboreando el sabor salado de su deseo. Con una mano, acarició sus senos, apretando, masajeando, pellizcando sus pezones duros hasta que ella se retorció bajo su toque.

 

—Más… —gimió Lucía, su voz un ruego desesperado—. Más fuerte. Más rápido.

 

Mauricio, perdido en el éxtasis de su toque, obedeció. Aumentó el ritmo, sus embestidas más profundas, más fuertes, más rápidas. Lucía gritaba, sus gemidos llenando el aire, su cuerpo moviéndose al ritmo del suyo, buscando, pidiendo, encontrando el placer en cada empuje.

 

La piel trigueña de Lucía brillaba bajo la luz tenue del bar, un resplandor que parecía capturar cada rincón de su cuerpo. Mauricio, perdido en la sensación de su carne suave y caliente, no podía apartar la vista. Cada centímetro de ella era una tentación, una promesa de placer que lo dejaba sin aliento. Sus manos recorrieron su espalda, sintiendo la curva de su columna, la firmeza de sus músculos, la suavidad de su piel. Lucía se estremeció bajo su toque, un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, haciéndolo temblar de deseo.

 

—Más… —gimió, su voz un ruego desesperado que resonaba en el silencio del bar—. Más fuerte. Más profundo.

 

Mauricio, con el corazón latiendo fuerte en su pecho, obedeció. Sus embestidas se volvieron más intensas, más rápidas, cada movimiento llevándolo más cerca del éxtasis. Lucía, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, se movía con él, sus caderas balanceándose, sus músculos internos apretando y soltando, llevándolo al borde de la locura.

 

En medio del éxtasis, Mauricio sintió una oleada de poder, una sensación de control absoluto que lo hizo sentir invencible. Y con esa sensación, las palabras escaparon de sus labios, crudas y sin filtro. —Eres una puta… —susurró, su voz un gruñido bajo y peligroso—. Una puta hermosa y sucia. Lucía, al escuchar las palabras, abrió los ojos, sorprendida. Pero en lugar de ofenderse, una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios. —Sí… —gimió, su voz un ruego desesperado—. Soy tu puta. Tu puta sucia y hermosa.

 

Mauricio, encendido por su respuesta, aumentó el ritmo, sus embestidas más profundas, más fuertes, más rápidas. Lucía gritaba, sus gemidos llenando el aire, su cuerpo moviéndose al ritmo del suyo, buscando, pidiendo, encontrando el placer en cada empuje. La piel trigueña de Lucía brillaba de sudor, reflejando la luz en un baile de sombras y destellos que hipnotizaba a Mauricio.

 

—Dime que te gusta… —ordenó Mauricio, su voz un gruñido bajo y peligroso—. Dime que te gusta ser mi puta.

 

Lucía, con los ojos llenos de lujuria, asintió. —Me gusta… —gimió, su voz un ruego desesperado—. Me gusta ser tu puta. Me gusta que me folles así, fuerte y profundo. Me gusta que me uses.

 

Mauricio, perdido en el éxtasis de sus palabras, aumentó el ritmo, sus embestidas más intensas, más rápidas, llevándolos a ambos al borde del éxtasis. Lucía gritaba, sus gemidos llenando el aire, su cuerpo moviéndose al ritmo del suyo, buscando, pidiendo, encontrando el placer en cada empuje.

 

El ritmo de sus cuerpos se volvió frenético, una danza de deseo y necesidad que los llevaba cada vez más alto. Mauricio, con las manos firmemente agarradas a las caderas de Lucía, la embestía con una intensidad que los dejaba sin aliento. Cada empuje era una afirmación de poder, una declaración de posesión que resonaba en cada rincón del bar vacío.

 

Lucía, con los senos moviéndose al ritmo de sus movimientos, arqueaba la espalda y exponía su cuello. Mauricio, con una mano, acariciaba sus senos, apretando, masajeando, pellizcando sus pezones duros.

 

—Más… —gimió Lucía, su voz un ruego desesperado—. Más fuerte. Más rápido. Fóllame como a una puta.

 

Mauricio, encendido por sus palabras, obedeció. Aumentó el ritmo, sus embestidas más profundas, más fuertes, más rápidas. Lucía gritaba, sus gemidos llenando el aire, su cuerpo moviéndose al ritmo del suyo, buscando, pidiendo, encontrando el placer en cada empuje. La piel trigueña de Lucía brillaba de sudor.

 

El clímax de Lucía llegó como una ola, un estallido de placer que la sacudió de arriba abajo. Gritó, un sonido de puro éxtasis que resonó en el silencio del bar, su cuerpo convulsionando, sus músculos internos apretando y soltando, llevando a Mauricio al borde del abismo. Y con un último empuje, profundo y potente, Mauricio se dejó ir, su orgasmo explotando dentro de ella, llenándola, marcándola, poseyéndola por completo.

 

Ambos se quedaron así, unidos, sus cuerpos temblando, sus respiraciones entrecortadas, sus corazones latiendo al unísono. Lucía, con la cabeza apoyada en el hombro de Mauricio, susurró: —Gracias… Gracias por darme esto.

 

Mauricio, con una sonrisa satisfecha, acarició su pelo, su mano deslizándose por su espalda, sintiendo la suavidad de su piel, la calidez de su cuerpo. —Gracias a ti… —respondió, su voz un susurro cargado de emoción—. Gracias por dejarme ser parte de esto.

 

Lucía, recuperando el aliento, se levantó lentamente, sus movimientos gráciles y sensuales. Se arregló el vestido, ajustándolo para cubrir su cuerpo, pero no antes de que Mauricio tuviera una última visión de su piel trigueña, de sus curvas perfectas, de su belleza irresistible. Con una sonrisa coqueta, se inclinó hacia Mauricio y le dio un beso suave en los labios. —Hasta la próxima… —susurró, su voz un promesa tentadora.

 

Cuando Mauricio salió, más tarde, Carlos no preguntó nada. Se limitaron a caminar unos metros juntos. El amanecer empezaba a borrar la noche, pintando el cielo con tonos suaves de rosa y naranja que se reflejaban en las aceras húmedas. La ciudad, aún adormecida, respiraba una calma que contrastaba con la tormenta de emociones que ambos habían vivido.

 

—¿Mañana tocamos? —preguntó Mauricio, su voz aún ronca por el esfuerzo y la pasión.

 

Carlos asintió, una sonrisa cansada pero satisfecha en su rostro. —Sí. Pero tranquilo. No hay prisa.

 

Mauricio sonrió, y por un momento, esa simple complicidad fue suficiente. El peso de la noche, con sus secretos y sus placeres, parecía haber forjado un vínculo aún más profundo entre ellos. Cada paso que daban, cada respiración, era una afirmación silenciosa de que, juntos, podían enfrentar cualquier desafío.

 

Mientras se separaban, cada uno sumido en sus propios pensamientos, el teléfono de Mauricio vibró en su bolsillo. Lo sacó y vio un mensaje de Lucía. Su corazón dio un vuelco al leer las palabras:

 

«Esto es solo el comienzo, Mauricio. Hay mucho más que quiero explorar contigo.»

 

Mauricio sintió una oleada de anticipación y deseo. Las palabras de Lucía eran una promesa, una invitación a un mundo de posibilidades que apenas comenzaban a desvelarse. Cerró los ojos por un momento, dejando que la imagen de Lucía, su cuerpo, su pasión, llenara su mente. Sabía que esto era solo el principio, el primer capítulo de una historia que prometía ser intensa, erótica y profundamente satisfactoria.

 

Con una sonrisa que era a la vez de satisfacción y de expectativa, Mauricio guardó el teléfono y se dirigió a su hogar, listo para enfrentar un nuevo día, un nuevo amanecer, con la certeza de que, en algún lugar, Lucía lo esperaba, lista para explorar juntos los rincones más profundos y placenteros de su deseo.

 

Y así, con el cuerpo agotado pero el espíritu renovado, Mauricio se sumergió en un sueño profundo, sabiendo que el día siguiente traería nuevas melodías, nuevos ritmos, y, sobre todo, nuevas aventuras de éxtasis

y sumisión con Lucía, su musa y su amante.

13 Lecturas/22 enero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amante, amigo, celos, metro, mujer, orgasmo, puta, sexo
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