Dos Rayitas y una Erección
A los 12 años, el embarazo de su madre le trajo muchas preguntas. Su cuerpo, mientras tanto, ya había encontrado algunas respuestas..
Elena lo supo antes de que el test se lo confirmara. Lo supo por el cansancio que le llegaba después del mediodía, por el modo en que sus pechos habían crecido de pronto, doliéndole con una intensidad que reconocía de doce años atrás. Pero sobre todo lo supo por el deseo.
Un deseo diferente al habitual. Más hondo, más animal, más cerca de la superficie de la piel. Sus pezones, sensibles, buscaban fricción contra las sábanas por las mañanas. Su sexo amanecía húmedo, palpitante, con una conciencia propia que le recordaba a los veinte años, cuando el cuerpo era una urgencia constante.
Y también, lo supo por la forma en que miraba a Leo.
No era una mirada nueva. Elena llevaba años mirando a su hijo, registrando cada cambio, cada centímetro ganado, cada nueva textura en su piel. Pero ahora esa mirada venía acompañada de algo más: un calor en el bajo vientre, una contracción leve, un pensamiento que pasaba veloz y dejaba estela.
Se permitía sentir. Se permitía observar la forma en que los músculos de la espalda de Leo se definían bajo la luz de la tarde, la curva incipiente de sus glúteos cuando caminaba desnudo hacia la ducha, la manera en que su pija colgaba en reposo con esa pesadez nueva, más densa que un año atrás.
Todo eso lo registraba. Todo eso lo guardaba en algún lugar de su cuerpo que ahora, con el embarazo recién iniciado, latía con más fuerza.
Esperó una semana para hacer el test. No por duda, sino por el placer de la certeza demorada, de saberse dueña de un secreto que aún no necesitaba compartir. Y también, quizás, para prolongar este estado de excepción, esta conciencia agudizada de su propio cuerpo y del cuerpo de los que la rodeaban.
Cuando las dos rayitas aparecieron Elena sonrió ante el espejo del baño. Se miró y apoyó una mano en el vientre plano. La otra mano, casi sin pensarlo, bajó a su sexo. Se tocó con suavidad, sintiendo la humedad que ya estaba ahí, esperando. Cerró los ojos y se vino en silencio, apoyada en el lavabo, mientras el test positivo descansaba sobre el lavado.
—Otra vez —dijo en voz baja, cuando pudo hablar—. Vamos a ver qué pasa esta vez.
La decisión de cómo decírselo a Leo le ocupó varios días. No porque temiera su reacción —Leo nunca se escandalizaba por nada—, sino porque quería que el momento fuera perfecto. Quería que él entendiera, desde el primer segundo, que esto sería algo hermoso.
Finalmente, eligió una tarde de sábado. Miguel había salido a hacer algún recado —ella no recordaba cuál, nunca recordaba los recados de Miguel— y la casa estaba en silencio. Leo estaba en el jardín, tirado boca abajo en el pasto, leyendo un cómic.
Elena se quedó un momento en la puerta, observando. La curva de su columna, la hendidura entre sus nalgas, la forma en que una pierna estaba flexionada y la otra estirada, ofreciendo una visión parcial de sus hermosos huevos colgando libres contra el pasto. Doce años, pensó. Doce años y ya es casi un hombre. Y es mío.
Sintió esa humedad otra vez. La aceptó. Respiró hondo. Y salió al jardín con dos vasos de limonada.
Se sentó a su lado, también desnuda, también en el pasto. La costumbre. Leo levantó la vista, sonrió, aceptó el vaso. Elena bebió un sorbo, pero no tenía sed. Tenía otra cosa. Una tensión en el vientre, un latido entre las piernas, una conciencia aguda de su propia desnudez y de la de él.
Observó su perfil. La mandíbula que empezaba a definirse. El bozo incipiente sobre el labio. Los hombros que se ensanchaban. Pero también, desplazando la mirada hacia abajo sin disimulo, el pene de Leo, que en esa posición boca abajo quedaba parcialmente visible entre el muslo y el pasto. Blando. Grueso. Pesado. Con ese color rosado en la punta que tanto le gustaba.
—Leo.
—¿Mmm?
—Tengo algo que contarte.
Él bajó el cómic. La miró. En sus ojos no había alarma, solo atención. Esa capacidad de estar presente que Elena amaba tanto.
—¿Qué pasa?
Elena se tomó su tiempo. Dejó el vaso en el pasto, se recostó sobre un costado, apoyó la cabeza en la mano. Quería que él la viera entera. Quería que viera sus pechos, ligeramente más hinchados que de costumbre, los pezones más oscuros, más presentes. Quería que viera la curva de su cadera, el triángulo oscuro de su pubis, la forma en que sus muslos se juntaban y separaban.
—¿Te acordás cuando eras chiquito? Antes de que viviéramos acá. Cuando estábamos solos en la cabaña.
Leo asintió. Elena continuó, construyendo el momento, alargándolo, saboreando cada palabra.
—En esa época éramos solo nosotros dos. Yo te tenía a vos, y vos me tenías a mí. Y eso era todo lo que necesitábamos.
—Sí.
—Bueno, ahora va a pasar algo parecido. Pero diferente.
Hizo una pausa. Leo esperaba. Ella sintió, más que vio, cómo el pene de él comenzaba a moverse. Un leve cambio de posición. Un principio de erección que empezaba a levantar su peso del pasto.
—Vas a tener un hermano. O una hermana. Estoy embarazada.
Las palabras flotaron en el aire. Leo parpadeó. Su verga, mientras tanto, siguió creciendo. Ya no estaba blando. Ya era una curva ascendente, una promesa.
—¿Un hermano?
—Sí.
Leo miró su vientre. Plano todavía. Luego bajó la vista, casi sin querer, al espacio entre ellos. Vio su propia erección, ya evidente, ya innegable. Vio que Elena también la miraba.
Elena no desvió la mirada. Dejó que él viera que ella veía. Dejó que el silencio se llenara de esa verdad: su cuerpo respondiendo, el de ella también, los dos sabiéndolo.
—Vení —dijo al fin, palmeando el pasto a su lado—. Sentate acá.
Leo se incorporó. Su erección se alzó completa, firme, apuntando ligeramente hacia arriba. Caminó los dos pasos que lo separaban de su madre y se sentó junto a ella. Cuerpo contra cuerpo. Piel contra piel. Su pene, erecto y caliente, quedó apoyado contra el muslo de ella.
Elena sintió ese contacto como una descarga. La sangre le bajó a su sexo con una intensidad que la mareó. Su vagina se contrajo, vacía, buscando. Humedeció el interior de sus muslos y comenzó a emanar olores.
Le pasó un brazo por los hombros y lo atrajo hacia sí. La erección de él presionó más firmemente contra su pierna. Ella no se apartó. Al contrario, abrió ligeramente las piernas, permitiendo que ese calor se alojara más cerca de su concha.
—¿Querés sentir algo? —preguntó, y tomó la mano de Leo y la apoyó sobre su vientre—. No se siente nada todavía. Es muy chiquito. Pero está ahí.
La mano de Leo permaneció quieta. Elena sintió el calor de esa palma. Sintió también, con una claridad absoluta, cómo el pene de su hijo latía contra su jugosa vagina. Cada latido era un pequeño empuje, una declaración.
Comenzó a hablar. Su voz era más baja ahora, más íntima. Contó cómo era tenerlo a él en su panza. Las patadas, las noches en vela, la certeza de que nunca volvería a estar sola. Mientras hablaba, su mano libre descendió, casi sin conciencia, y se posó sobre su propio muslo. Muy cerca del de él. Muy cerca de donde su pene latía.
—Y cuando naciste —dijo, y su voz tembló ligeramente— te puse en el pecho y supe que te amaría para siempre.
Su mano, como si tuviera voluntad propia, se deslizó un centímetro. Ahora rozaba la base del pene de Leo con el dorso de los dedos. Un roce apenas. Casi nada.
Leo contuvo el aliento. Pero no se apartó.
—¿Y ahora? —preguntó, y su voz también temblaba.
—Ahora también te tengo a vos. Y vamos a tener a este. Y vamos a ser más.
Su mano ya no rozaba. Ahora envolvía. Sus dedos rodearon la base de la verga de su hijo, sintiendo el calor, el grosor, la textura de la piel estirada. No hizo ningún movimiento. Solo sostuvo. Solo estuvo ahí.
El silencio se llenó de otra cosa. Del olor de ambos, mezclándose. Del olor de ella, más denso por el embarazo, que Leo empezaba a percibir y que, sin saber por qué, le hacía bien.
—¿Y si no me gusta? —preguntó él, pero su voz ya no era de miedo. Era otra cosa. Era entrega.
—Te va a gustar —dijo ella, y mientras hablaba, su mano comenzó a moverse. Un movimiento lento, de arriba abajo, apenas un deslizamiento sobre la piel—. Porque es tuyo también. Porque va a salir de mí, como saliste vos. Y porque vos vas a estar ahí, desde el principio.
Su mano seguía. El movimiento era hipnótico, regular, como un latido. Leo cerró los ojos. Apoyó la cabeza en el hombro de ella. Su respiración se aceleró.
—Va a ser como si fuera un poco tuyo también —susurró Elena, cerca de su oído—. ¿Entendés?
Leo asintió. No podía hablar. Su cuerpo entero era esa sensación, esa mano, esa madre.
Elena sintió cómo se acercaba. Conocía cada signo: la respiración, la tensión de los músculos, el temblor de los muslos. Apretó el ritmo, justo lo necesario.
—Dale —susurró—. Dale, mi amor. Conmigo.
Y Leo se vino. Sin aviso, sin poder contenerlo. El semen brotó caliente, espeso, cayendo sobre el pasto, sobre su propio vientre, sobre la mano de ella que seguía bombeando, que no se detuvo hasta que drenó la última gota.
Elena sintió el calor en los dedos, en la palma. Sintió cómo el cuerpo de Leo se relajaba, cómo su peso se abandonaba contra ella. Y sintió, también, su propia necesidad, un vacío palpitante que pedía ser llenado.
Con la mano libre, la que no estaba manchada, acarició el cabello de su hijo.
—Bien —murmuró—. Muy bien.
Pasaron unos minutos así. Leo recuperando el aliento, Elena sosteniéndolo. Luego él se incorporó, miró su propio semen en el pasto, en su piel, en la mano de ella.
—Mamá…
—No digas nada. Está bien.
Elena se llevó la mano a la nariz. Inhaló. Ese olor. Su hijo. Su semen. Suyo.
—Andá a bañarte —dijo—. Yo limpio acá.
Leo asintió. Se levantó. Su pene, todavía medio erecto, brillaba húmedo. Caminó hacia la casa. En la puerta, se volvió.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿El bebé… va a ser como yo?
Elena sonrió. Una sonrisa que era muchas cosas.
—Va a ser mejor —dijo—. Porque te va a tener a vos.
Leo desapareció dentro de la casa. Elena se quedó en el pasto, con la mano llena de semen, la concha palpitante, el vientre aún plano pero ya habitado.
Lentamente, se llevó los dedos a la boca disfrutando el sabor de su hijo. Salado, denso, vivo.
Cerró los ojos. Su otra mano bajó a su sexo. Se tocó con furia, con hambre, con los dedos aún húmedos del semen de Leo. Se vino en segundos, mordiéndose el labio para no gritar, mientras el sol de otoño seguía cayendo sobre el jardín.


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