• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Ninguna valoración todavía)
Cargando...
Heterosexual

El Contrato de Carne

La justicia tiene un precio, y para Isla, ese precio era su propio cuerpo. Acusada de homicidio por vengar a su hermana, se encontraba atrapada en un sistema que no la protegería a menos que alguien con poder interviniera..

Beckett nunca había olvidado a Isla. Aunque la última vez que la había visto fue en el entierro de su hermana, siete años atrás. Apenas una niña, con la cara rígida y los ojos abiertos de par en par.. Aquella mirada lo había marcado. Y ahora, años después, ella estaba de nuevo frente a él, pero no como víctima, sino como acusada de homicidio.

Él debía mantener la distancia. No podía hacerlo.

Tras insistir durante semanas, Beckett consiguió algo que no figuraba en ningún manual: que Isla fuera trasladada a una celda individual, apartada del resto. El argumento fue formal —“su seguridad está en riesgo”—, pero en realidad respondía a una necesidad más íntima, más peligrosa.

Él mismo la llevó hasta esa celda. El gesto fue sencillo: una mano que guía, un roce que se prolonga unos segundos más de lo necesario. Isla no se apartó. Caminaba junto a él, en silencio, observándolo. Y aunque su paso era ligero, había en su mirada un peso extraño: respeto, curiosidad, algo que rozaba la devoción.

Beckett habló de cosas triviales mientras cruzaban los pasillos —los horarios de la estación, las rutinas de los oficiales—, pero cada palabra sonaba como una confesión disfrazada. Isla lo escuchaba con atención, como si quisiera grabar cada sílaba en su memoria.

Ya en la celda, Beckett se sentó a su lado en un colchón que ocupaba la pared de extremo a extremo. Al hacerlo, sus rodillas se tocaron. Ninguno retiró el contacto. De pronto, la conversación se volvió más íntima. Recordaron el interrogatorio. No las preguntas. Recordaron la forma en que ella abrió su boca para él, el sonido húmedo trabajándolo en silencio, mientras él intentaba mantener la compostura. El cruce de miradas cuando al fin se atrevió a verla: ella con los labios brillantes, él temblando de placer y vergüenza.

Isla sonrió de nuevo, con esa misma expresión, como si reconociera que el hambre que los había unido aquella vez seguía intacta. La necesidad de sentirse vista, deseada, usada.

Las palabras fluían como si fueran confesiones. Beckett, por primera vez en años, no estaba actuando como policía.

—¿Me necesitas porque te sientes culpable? —preguntó Isla, con media sonrisa, con un tono inocente que no encajaba con la dureza de su mirada.

Beckett quedó inmóvil. Esa frase lo atravesó como un rayo.

—Quizás —respondió al fin, su voz más baja de lo que pretendía.

Isla no dijo nada. Tampoco se apartó cuando él avanzó apenas unos centímetros, hasta que sus labios rozaron la piel de su mejilla: un contacto ligero, húmedo, intencionado. Beckett dejó escapar una respiración temblorosa, y supo en ese instante que había roto algo que nunca podría recomponer.

Lo que empezó como una caricia juguetona se volvió más urgente. Beckett tomó el mentón de Isla con firmeza, obligándola a mirarlo de frente. Sus bocas se encontraron al instante: un beso ardiente, profundo, que borró cualquier rastro de formalidad.

Las manos de Beckett buscaron su cintura, palpándola con avidez, mientras ella, rendida al impulso, se dejaba hacer. Sus dedos no pedían permiso; se deslizaban seguros, bajando el vestido hasta los muslos. Isla arqueó la espalda, sorprendida por la brusquedad, pero no lo detuvo.

La piel contra piel encendió un calor inmediato: muslos, caderas, senos presionados con urgencia. Beckett recorrió con la lengua el cuerpo expuesto de Isla, saboreando cada estremecimiento. Ella gemía bajo su boca, mordiéndose los labios para no dejar que el sonido rebotara demasiado en las paredes.

—Hoy es el día de tu presentación… —murmuró Beckett, levantando la mirada entre caricias, la respiración agitada—. Y ya me perteneces.

Isla asintió, temblando bajo sus manos. No respondió. No hacía falta. La pasión explotó en gemidos ahogados, en movimientos desesperados, en un ritmo que los dejó exhaustos, tendidos sobre el colchón angosto, con la respiración entrecortada y la ropa a medio despojar.

 

Afuera, el mundo seguía esperando. Pronto llegarían los invitados: un hombre influyente y su esposa, la pareja con el poder suficiente para inclinar el juicio. Y lo harían allí mismo, en esa celda que olía a deseo, donde Isla todavía no había terminado de recomponerse.

Era una prueba de fuego para Isla.

Daniel y Lacey eran una pareja joven. Él, empresario de una familia política, orgulloso de su apellido; ella, devota ama de casa, con un encanto discreto y la sonrisa dócil que las buenas familias esperaban de una esposa.

Beckett conocía bien a Daniel. Lo había salvado en más de una ocasión de pequeñas desviaciones de la rectitud legal, lo que había sellado entre ambos una amistad hecha de silencios y favores. A ojos de Daniel —y de su mujer— Beckett era un hombre ejemplar, de refinado gusto, cuya presencia otorgaba prestigio.

La llegada estaba fríamente calculada. Los oficiales de turno apenas se asomaron cuando Beckett los condujo hasta la celda apartada. Nadie cuestionó los motivos legales que mantenían a Isla encerrada: no era eso lo que habían venido a discutir, aunque justamente ese era el punto en que Daniel podía ayudar.

Beckett presentó a Isla como si fuera una aparición. La luz tenue resaltaba su piel todavía arrebatada, los labios húmedos, las ropas ajustadas como si hubieran sido acomodadas con prisa. Para cualquiera con ojo entrenado, había señales, pero Beckett confiaba en que Daniel y Lacey verían lo que él quería que vieran.

 

Durante la conversación trivial sobre negocios, Beckett se mantuvo en su papel. Daniel hablaba con entusiasmo de sus proyectos de expansión agrícola, mientras Lacey lo escuchaba en silencio, más que esposa parecía una sombra sumisa. Beckett, sin embargo, sentía que la verdadera escena ocurría bajo la mesa invisible: Isla, a su lado, probada en fuego, convertida en un riesgo delicioso que lo hacía temerario.

Daniel fue el primero en apartar la charla trivial.
—Bueno… a lo que vinimos. —Se inclinó levemente hacia Isla, con un aire de cortesía paternal—. Debes de haber tenido una vida difícil.

—Sí… supongo —respondió ella con una media sonrisa tímida.

El comentario, lanzado con inocencia, resonó de manera distinta en cada uno. Daniel lo entendió como resignación; Lacey, como la entereza de una joven fuerte; Beckett, en cambio, lo recibió como una declaración velada de docilidad, de disposición a dejarse moldear. Exactamente lo que buscaba en su amante oficial.

Beckett tomó entonces la palabra, acomodándose con naturalidad sobre el colchón, dueño de la escena:
—Es cierto. La vida de Isla ha sido dura. Pero también es prueba de algo que siempre he creído: quien no apetece no come… y consigue lo que de verdad merece.

La frase cayó como una sentencia. Daniel asintió con gesto prudente, sin saber si debía estar de acuerdo o guardar silencio. Lacey esbozó apenas una sonrisa cortés. Isla, en cambio, se estremeció de un modo casi imperceptible.

Lo que parecía un comentario social era también un dictamen íntimo. Beckett decía que Isla merecía la libertad que él estaba negociando, sí, pero también que su destino estaba marcado por ese apetito, por el deseo que la había llevado hasta esa celda… y que ahora él controlaba.

 

La mano de Beckett se posó entonces sobre la de Isla con una delicadeza engañosa. El pulgar acarició su piel en un vaivén lento, casi paternal, y sin embargo cargado de un filo imposible de disimular. Una caricia pública y privada a la vez, tan ligera que podía pasar por gesto afectuoso… y tan cargada que para Isla fue como un recordatorio: la conversación era de negocios, pero el verdadero pacto era sobre su cuerpo.

Beckett posó la mano sobre el hombro de Isla, sus dedos recorriendo perezosamente la piel tersa, un trayecto lento que no la desnudaba, pero sí contenía la promesa de hacerlo. La presión se volvió más firme, como un recordatorio silencioso de a quién pertenecía ese cuerpo.

—Mirar no basta —dijo con cadencia, como si dictara un artículo de ley—. El deseo necesita roce.

Lacey y Daniel intercambiaron una mirada rápida. Beckett lo notó y sonrió con un gesto frío, deliciosamente calculado.

—Acérquense.

Isla permaneció quieta, obediente en su docilidad erótica, con la respiración entrecortada, como si entendiera que ser ofrecida era el verdadero privilegio. Lacey se inclinó hacia adelante, sin poder ocultar el rubor que le coloreaba el rostro. Daniel, en cambio, se acomodó en el borde de la silla, incapaz ya de disimular la tensión en su pantalón.

Fue él quien habló, con la voz más grave de lo habitual:
—Yo puedo sacarte de aquí, Isla… —la frase se quebró un instante antes de recomponerse—. Pero a cambio, te quiero a ti.

Las palabras quedaron suspendidas, densas, como un contrato firmado en el aire.

Beckett lo miró con descaro, satisfecho, como quien sabe que la transacción estaba siendo sellada exactamente como la había planeado. Su mirada bajó hasta la entrepierna de Daniel y, con tono bajo e imperioso, marcó el siguiente paso:
—Déjalo salir.

Daniel obedeció, liberando su erección, gruesa y palpitante, que saltó como un animal contenido demasiado tiempo. Lacey soltó un suspiro excitado; Beckett, en cambio, lo observó con calma, con la serenidad de quien evalúa una herramienta antes de usarla.

 

—Eso… —murmuró, como si la escena entera fuera una prueba que apenas comenzaba.

El rubor en el rostro de Isla era intenso, pero sus labios entreabiertos dejaban escapar un jadeo que se mezclaba con la obediencia de su postura. Ella era la pupila, la aprendiz, y lo sabía: todo lo que ocurriera allí sería bajo el mando de Beckett.

Beckett se situó detrás de ella, la envolvió con la sombra de su cuerpo y la sostuvo con firmeza. Sus manos, precisas, se colocaron a ambos lados de la boca de Isla: el índice y el corazón de cada mano forzaron la apertura, estirando sus mejillas hasta dejarla expuesta, ofrecida.
—Así —susurró Beckett, con un filo de crueldad deliciosa—. Como la muñeca que eres para mí.

De la garganta de Isla brotó un gemido ahogado, mitad protesta, mitad rendición, un sonido húmedo y obsceno que excitó aún más a los presentes. Daniel, incapaz de resistir la orden implícita, se acercó y acercó su verga, gruesa, pesada, palpitando con ansiedad.

—Métela —dictó Beckett sin mirarlo—. Enséñale lo que significa ser usada.

Daniel obedeció, empujando la cabeza contra esa cavidad forzada. La verga entró de golpe en la boca abierta de Isla, llenándola, tensándola hasta las lágrimas. El vaivén fue inmediato, brutal, húmedo, con la saliva brotando y deslizándose por su barbilla.

Beckett sonrió, los dedos aún marcando las mejillas de su amante. Se inclinó hasta rozar con sus labios el oído de Isla.
—Traga —ordenó, con la voz baja, sofocada de placer.

Isla gimió alrededor del grosor que la llenaba, un sonido que vibró contra el miembro de Daniel y lo hizo jadear. Lacey observaba, fascinada, con una mano perdida entre sus muslos.

Fue entonces cuando Daniel habló, entre embestidas, su voz ronca y áspera por el esfuerzo:
—Yo… puedo sacarte de aquí —su respiración se quebraba con cada empuje—. Tengo jueces, contactos, fiscales… puedo borrar tu nombre de cualquier registro.

La confesión sonó como una súplica y una amenaza al mismo tiempo. Sus caderas se hundían más en la garganta de Isla mientras cada palabra arrancaba un nuevo espasmo de saliva.
—Pero a cambio… —continuó, apretando la mandíbula—. A cambio eres mía. Aquí y fuera de aquí. Mi firma por tu cuerpo.

Beckett dejó escapar una carcajada breve, seca, y hundió los dedos aún más en las mejillas de Isla, obligándola a tragar hasta las arcadas.
—¿Lo oyes, muñeca? —susurró, cruel—. Te negocian como un tratado. Y yo… yo soy el notario.

 

Lacey tembló, incapaz de apartar la vista. Isla, sofocada, aceptaba con cada espasmo lo que ya era un pacto sellado en su carne.

Los labios de Isla estaban rojos, hinchados, la saliva brillaba en su barbilla mientras la verga de Daniel entraba y salía sin tregua. Beckett, detrás, la sostenía erguida, manteniendo el gesto de posesión: dedos en las mejillas, boca abierta, toda ella convertida en instrumento.

Pero al levantar la mirada, Beckett encontró a Lacey. El temblor de sus muslos, la respiración agitada y el modo en que se mordía el labio inferior la delataban. Beckett no apartó los ojos de ella cuando se inclinó sobre Isla y le acarició el cuello como si fuera un trofeo.

—Mírala —dijo Beckett con un deje de burla—. ¿No es hermosa cuando obedece?

Lacey no respondió, solo tragó saliva. Fue entonces cuando Beckett, sin soltar a Isla, guió una de las manos de su aprendiz hacia arriba, obligándola a cubrir su propio pecho.

—Aprende a tocarte para ellos —le ordenó, la voz ronca—. Que vean lo que es tuyo… y lo que es mío.

Isla obedeció torpemente, apretando sobre la tela de su blusa, un roce primero tímido, después más atrevido. El ritmo con el que era follada por Daniel la empujaba a olvidar la vergüenza. No tardó ni cinco minutos cuando ya, descaradamente, sobaba sus grandes tetas con la mano, jadeando al mismo tiempo que se llenaba la boca.

La respiración en la sala se tensó. Isla comenzaba a apretar su pecho con fuerza, desesperada, y Beckett con un tirón brusco jaló su blusa hacia abajo, haciendo que sus pezones se asomaran. Fue ahí, en ese segundo, que abrió los ojos y volteó a mirar.

Daniel, sorprendido, sacó la verga un instante y se quedó contemplándola, embelesado, lamiéndose los labios como si quisiera saborear lo que estaba viendo. Lacey, a su lado, respiraba agitada, incapaz de apartar la vista.

Los pezones erectos de Isla, expuestos bajo la tela rasgada, eran como una confesión involuntaria. Su piel ardía, su garganta dolía aún del uso, pero dentro de ella se agitaba una emoción imposible de ordenar. Vergüenza, sí; un pudor desgarrado. Pero también una punzada de orgullo, una exaltación amarga: la de saberse el centro de aquella escena, la carne disputada, el privilegio reservado solo para quienes Beckett decidiera.

En su mente, la idea golpeaba con fuerza: soy la transacción. Cada jadeo de Daniel, cada suspiro de Lacey, lo confirmaba. Y sin embargo, en medio de ese trueque, en medio del juego cruel que la ofrecía como moneda, Isla descubría algo más: el vértigo de ser el secreto compartido, la llave que abría puertas a pactos y ambiciones.

La mirada de Daniel sobre sus pechos la llenaba de un calor inesperado, una sensación contradictoria de dominio y de exposición. Lacey, con los labios entreabiertos, la observaba como si quisiera probar de esa piel arrebatada. Isla, atrapada entre manos ajenas, comprendió que su docilidad no era solo sumisión; era poder en bruto, poder disfrazado de entrega.

 

Beckett sonrió con calma: justo lo que quería, Isla convertida en espectáculo, Daniel y Lacey atrapados en la red de su juego. Beckett, con la calma calculada de quien sabe que todo ocurre bajo su voluntad, aflojó la presión de sus manos sobre el rostro de Isla y la acomodó suavemente, dejándola inclinada hacia delante, la blusa caída, sus tetas que subían y bajaban con el ritmo de su respiración entrecortada.

Daniel, todavía con la verga húmeda y rígida, no pudo evitar arrimarse otra vez, rozándole los labios con la punta, ansioso de volver a hundirse en esa boca.

Fue entonces cuando Beckett miró directamente a Lacey, esa tensión que llevaba varios minutos acumulándose entre sus muslos, y habló con un tono casi doméstico, como si pidiera algo trivial:

—Dale un masaje en la espalda, ¿quieres? —dijo, haciéndose a un lado y cediéndole espacio.

Lacey abrió los ojos sorprendida, normalmente solo recibía órdenes de Daniel, pero la orden sonó como una invitación imposible de rechazar. Sus manos temblaron apenas al posarse sobre la piel tibia de Isla, primero con timidez, luego con un roce más firme, recorriendo los omóplatos, bajando hasta la curva de la cintura.

El contacto arrancó un gemido leve en Isla, un gemido que se confundió con el jadeo cuando Daniel, sin esperar más, volvió a empujar su verga dentro de su boca, esta vez sujetándole la nuca con ambas manos. Beckett observaba la escena con deleite: Isla arqueada entre la fuerza del hombre y la caricia femenina, Lacey descubriendo el terreno prohibido con un estremecimiento propio, y Daniel cada vez más descontrolado, follando esa boca abierta que Beckett había ofrecido minutos antes.

Beckett sonrió, satisfecho: ahora ya no era solo él el dueño de Isla, también era el titiritero que había logrado arrastrar a Daniel y a Lacey dentro de su red, exactamente bajo sus reglas.

Entonces habló, sin elevar la voz, como si dictara una cláusula invisible:

—¿Lo ves, Daniel? —dijo, mientras el ritmo de la embestida hacía vibrar la garganta de Isla—. Esta mujer no es solo una puta dócil. Es mi llave. Con ella me aseguro tu voto, tu silencio y tu lealtad.

Daniel apretó más fuerte la nuca de Isla, un gruñido escapando de su garganta, pero no desvió la mirada de Beckett.

—Y tú, Lacey —continuó él, mirándola directamente mientras las manos de ella se atrevían ya a bajar sobre las caderas de Isla—. Tú acabas de convertirte en testigo. Estás dentro. Desde hoy compartes la deuda.

Lacey tragó saliva, las mejillas encendidas, sin saber si retirarse o hundirse más en ese cuerpo ajeno que acariciaba. Beckett dejó que la tensión se estirara unos segundos antes de concluir, con la calma implacable de un notario firmando sentencia:

 

—Isla es el contrato. El acuerdo. Mientras ella respire bajo mis órdenes, ninguno de ustedes podrá escapar de lo que hemos sellado aquí.

Isla gemía ahogada, su boca ocupada por la verga de Daniel, los labios tensos por el ritmo implacable con que él la penetraba. Lacey, obedeciendo la indicación de Beckett, seguía con sus manos en la espalda, recorriendo cada músculo. La piel ardía bajo sus dedos, y ella se descubría a sí misma disfrutando de esa tibieza.

Fue entonces cuando, casi sin darse cuenta, sus manos descendieron hasta la cintura y, como si una fuerza invisible la empujara, cruzaron hacia el frente. El roce fue lento, expectante, hasta encontrarse con el relieve de los pechos enormes de Isla: los cuales sus manos no podían abarcar, un pecho enorme, tan distinto al suyo.

—Eso… —susurró Beckett con una sonrisa torcida, como si evaluara—. Así está bien.

Lacey se atrevió a más: apretó con suavidad, tanteando, fascinada por la ingenuidad del cuerpo que tenía entre manos. Beckett no apartaba los ojos, midiendo cada reacción, disfrutando cómo Isla se arqueaba como una muñeca dócil mientras Daniel la follaba con cada vez menos control.

La boca de Isla era la boca de una puta experta y lograba abarcarla por completo; sus labios se estiraban al máximo, humedecidos y rojos, mientras la verga de Daniel entraba y salía, eso sí con dificultad por su tamaño, rozándole las comisuras, haciendo que la baba se deslizara por su barbilla. Beckett observando, Daniel perdido en esa cavidad estrecha y húmeda que lo apretaba como ninguna otra, e Isla sometida, ofrecida, mientras Lacey comenzaba a probar el terreno de su propia transgresión.

La boca de Isla apenas daba abasto. Sus labios rodeaban aquella verga gruesa mientras sus ojos, sumisos, se habían fijado en los testículos de Daniel cuando le golpeaban la barbilla: gordos, colgantes, cubiertos de un vello oscuro y rizado que enmarcaba la base palpitante. Era como si esa visión la mantuviera en trance, obligada a contemplarlos.

Entonces Daniel, sin aflojar el vaivén, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada breve, cínica, de quien sabía exactamente qué estaba pactando.

—Ya está, Beckett —gruñó entre jadeos—. Considera esto firmado. En menos de veinticuatro horas la saco de esta pocilga, y no me mires así… tendrás que darle posada.

 

El comentario, lanzado con la verga todavía hundida en la garganta de Isla, sonó como una declaración tan obscena como legal, como si su semen fuera rúbrica y el cuerpo de ella, contrato.

Beckett, detrás, sostenía aún su control. Lacey no apartaba sus manos de los pezones apenas erizados que quedaban a su alcance. La esposa tenía un cuerpo contrastante, no era tan joven como Isla, pero era una esposa trofeo, sus nalgas carnosas y firmes, moldeadas como sus piernas fuertes, se movían apenas al inclinarse hacia la muchacha, como si todo en ella reclamara también protagonismo.

Beckett lo notó, y con el mismo tono de mando que antes, añadió:

—Tócala, quiero ver hasta dónde llegas.

La orden se quedó flotando, superpuesta al vaivén con que Daniel seguía ahogando a Isla en su verga. Él apenas sonrió, sin detenerse, lanzando esa frase cínica que rompía el silencio como un contrato leído en voz alta:

Beckett entrecerró los ojos, calibrando. La escena no se interrumpió: Isla jadeaba alrededor de la carne dura, Lacey exploraba sus pechos como si midiera un tesoro ajeno, y aun así él encontró espacio para responder con una calma helada, de socio que acepta condiciones.

—La tendrá. Una cama limpia y discreta. Pero si cumples lo prometido… no me traigas problemas, Daniel.

 

Los dos hombres se midieron sin apartar las miradas, como si el trato hubiera quedado sellado justo allí, en la garganta saturada de Isla.

Isla, agotada, fue soltada apenas un instante para que respirara, abrazando los muslos de Daniel como si buscara refugio en ellos; sabía que no iba a tardar mucho más, que esa verga palpitante estaba ya a punto de estallar en su boca.

Lacey, en cambio, sintió un vuelco dentro de sí. Esa “firma” cínica de Daniel, esa réplica fría de Beckett, la hicieron estremecerse como si fuera parte de algo mayor, un pacto que de pronto también la incluía. Sus manos seguían aferradas a los pechos pesados de Isla, pero ahora no solo los exploraban: los acariciaba con una especie de devoción, como si al tocarlos confirmara que también ella tenía un lugar en esa negociación silenciosa.

Daniel apenas sonrió, jadeando mientras apretaba la nuca de Isla contra su sexo de nuevo.

Isla lo sentía temblar, aferrada a sus muslos, con la saliva todavía escurriendo por su barbilla. El aire en la habitación se espesaba con jadeos y con el roce húmedo de dedos sobre piel.

Daniel miró a su esposa por encima de la cabeza de Isla, con la verga aún tensa y húmeda de su boca. Una sonrisa torcida le cruzó el rostro.

—¿Qué te creías, Lacey? Aquí nadie es esposa. Aquí eres trofeo… o puta. Eso vinimos a firmar, ¿no? Tú también lo sabías.

El golpe de sus palabras retumbó tanto como el de su cuerpo tensándose contra Isla. Beckett no intervino: sonrió satisfecho, como si cada línea de ese contrato no escrito se cumpliera tal cual lo había planeado.

 

Lacey se mordió el labio, la humillación mezclándose con un ardor que la atravesaba. Sus manos, lejos de apartarse, apretaron con más fuerza los senos de Isla, como si esa declaración de Daniel no la echara atrás, sino que la confirmara en su sitio.

Lacey bajó la mirada, casi avergonzada, pero no retiró las manos. Al contrario: las hundió con más decisión en los senos blandos de Isla, masajeándolos con hambre, como si en ese gesto reconociera lo inevitable. La humillación que Daniel le imponía no era nueva; en su intimidad se había acostumbrado a ser tratada así, como trofeo, como puta. Nadie lo sabía, nadie debía saberlo. ¿Cómo explicar los secretos que ocurrían detrás de sus muros? ¿Está mal? ¿Está bien? ¿Quién podría decir que no la excitaba?

¿Cómo no excitarse escuchando a una chica más joven succionar aquella verga con desesperación? ¿Cómo no estremecerse al oír los gemidos húmedos, los borbotones de saliva, el ritmo implacable que anunciaba el orgasmo cercano de su propio esposo… mientras se reconocía en Isla, a esa edad en que jamás habría imaginado que terminaría de rodillas frente a él?

La boca de Isla lo devoraba, succionando cada vez más fuerte, y el jadeo de Daniel retumbaba como un tambor cercano al clímax.

Beckett observaba, erguido, con la calma de un espectador que sabe que la escena ya le pertenece. Sonrió, casi solemne, y dijo con voz baja, grave:

 

—No sé ustedes, pero para mí esto representa un cambio trascendental en mi vida.

Los jadeos de Daniel se hicieron más roncos, más cercanos al estallido. Isla lo sentía en su garganta, en sus labios hinchados, en el pulso que palpitaba en la carne dura que no dejaba de embestirla. La muchacha se aferraba a sus muslos, tragando y babeando, con los ojos clavados en los testículos que golpeaban su barbilla, como si esa visión fuera el ancla que la mantenía sometida.

Lacey, presa de la excitación, apretaba sus pechos contra los de Isla, amasando esas tetas enormes que se le escurrían entre las manos, rozando con sus labios el cuello de la joven sin atreverse aún a morder. El olor a saliva, a sudor y a sexo llenaba la habitación, cada movimiento cargado de electricidad sucia, de algo que ya no tenía vuelta atrás.

Daniel gruñó, inclinando la cabeza hacia atrás.

—Mierda… —su voz rota, un aviso—. Va a salir…

Fue entonces cuando Beckett se inclinó apenas, con esa calma que lo volvía más perturbador que la misma escena. No apartaba la mirada de la verga que desaparecía y volvía a aparecer entre los labios rojos de Isla, brillando por la baba. Con cinismo, como quien sella un pacto al pie de la página, soltó:

—Dime, Daniel… ¿cuál es la razón por la que no quieres cogerte a estas putitas?

 

La pregunta flotó en el aire como un sello definitivo, mientras el cuerpo de Daniel se tensaba, a punto de vaciarse en la boca de Isla, como si esa fuera la única firma posible.

Daniel soltó una carcajada ronca, seca, mientras Isla lo devoraba con toda la garganta, la saliva chorreando como un testimonio obsceno.

—¿La razón? —bufó, sin detener el vaivén de sus caderas—. Porque no son nada más que putas. No necesitan que las “coja”… con abrir la boca ya cumplen su papel.

La frase cayó como un golpe en medio del cuarto, tan brutal como el latido que hacía temblar la verga en la boca de Isla. Lacey gimió quedo, excitada por esa crueldad, como si estuviera acostumbrada a esa voz que la rebajaba y, en vez de humillarla, la arrastraba más adentro del juego.

Daniel gruñó entonces, todo su cuerpo arqueándose, y el orgasmo lo atravesó con una violencia que lo dejó clavado entre los labios de Isla, descargando sin clemencia hasta el fondo de su garganta. La muchacha tragó como pudo, con los ojos nublados, atrapada en esa mezcla de asfixia y devoción.

El silencio siguiente fue pesado, sólo roto por los jadeos de todos. Isla se quedó sentada, el esperma aún escurriendo de sus labios rojos, la mirada perdida, temblorosa.

Beckett fue el primero en moverse. Se inclinó despacio, con esa calma suya de depredador, y llevó una mano hacia el vientre de Isla. Deslizó los dedos sin prisa hasta su pubis, rozando el vello húmedo, el calor que delataba la excitación acumulada.

 

—Ahora me toca comprobar si también aquí sabe obedecer… —murmuró, casi como un notario firmando el acta final.

Beckett la tomó por la cintura con una firmeza tranquila, como si no hubiera apuro en la manera de reclamar lo que ya le pertenecía. Isla, todavía de rodillas en la cama, abrazaba los muslos de Daniel como si buscara sostenerse en medio del temblor que le había dejado la corrida en la garganta. Tenía los labios rojos, húmedos, una estela blanca todavía escurriéndole por la comisura.

Daniel, con la respiración áspera, se echó hacia atrás, riendo bajo, satisfecho, y le dio una palmada en la cabeza, casi paternal pero teñida de desprecio.

—Trágatelo todo… —murmuró, como si todavía necesitara marcarla—. Así se hace.

Lacey, que había quedado sin sus senos entre las manos cuando Beckett tiró de Isla hacia sí, soltó un gemido frustrado, mordiéndose los labios. Los pezones todavía endurecidos bajo la tela clamaban por atención, y esa privación la encendía más. Miró a Daniel como pidiendo dirección, pero él solo alzó la vista, disfrutando del espectáculo como quien se reclina después de haber firmado un contrato ventajoso.

Beckett bajó una mano, lenta, hasta la entrepierna de Isla. La yema de sus dedos rozó el calor húmedo que la delataba, y la muchacha se estremeció como si la hubieran descubierto. Él sonrió, con esa mueca pragmática de quien constata un hecho.

—Calladita… —le susurró, mientras la obligaba a abrir un poco más las piernas—. ¿Así que todo esto y ni una palabra? ¿Qué es lo que te pasa, Isla? ¿Te da vergüenza que te encuentren tan mojada?

Ella bajó la cabeza, casi encogida, pero su respiración temblaba

—Vamos… dímelo —insistió, presionando sus labios contra su oído, la voz grave, morbosa—. Quiero escucharte reconocer lo que estás sintiendo.

Su otra mano la guió, firme, haciendo que se inclinara un poco más hacia delante. Daniel miraba desde atrás, con la verga todavía húmeda de saliva y semen, masajeándola con una mano, excitado por esa transición de poder.

Beckett la empujó suavemente hacia abajo, colocándola contra el colchón, se posisionó frente a ella, le quitó lo que le quedaba de ropa, alineó su miembro, duro y pulsante, contra la entrada brillante de Isla. La frotó despacio, haciéndola sentir cada roce, cada insinuación, mientras ella apretaba los labios, jadeando sin atreverse a soltar palabra.

—¿Todavía piensas quedarte muda? —le gruñó, rozando la punta en círculos, hasta arrancarle un sollozo entrecortado.

Y entonces, con un movimiento firme, la penetró. Isla se arqueó al instante, un grito ahogado escapándosele mientras su cuerpo lo recibía, caliente y húmeda hasta el fondo.

Daniel soltó otra carcajada seca.

 

—Ya está… trato cerrado.

Beckett la sostuvo con ambas manos en la cintura, marcando un vaivén lento, casi calculado. Su pelvis chocaba contra las nalgas de Isla con un golpe húmedo y sonoro, llenando el cuarto de ese ritmo inconfundible. La muchacha se arqueaba con cada embestida, la cara hundida en la colcha, el cabello negro desordenado cubriéndole media mejilla.

Al principio fue despacio, como probando hasta dónde podía abrirla, pero pronto empezó a empujar más fuerte, cada vez más adentro, hasta que Isla dejó escapar un gemido ronco que ya no pudo contener. Ese sonido, desesperado y húmedo, era la confesión que Beckett le había exigido.

—Así… —gruñó él, con un golpe más profundo que la hizo temblar—. Eso es lo que quería oír.

La tensión entre sus muslos se hacía visible, la tela de su ropa interior—un encaje negro a medio bajar, todavía prendido en una pierna—rozaba contra su piel cada vez que Beckett la tomaba más hondo. Esa prenda colgando como vestigio, medio olvidada, la hacía ver aún más vulnerable, más expuesta.

Daniel, aún con la verga húmeda, observaba con una sonrisa torcida, acariciándose sin prisa, dejando que la escena lo volviera a inflamar.

Lacey, mientras tanto, no soportó quedar al margen. Se deslizó hacia Isla, con las mejillas encendidas, y acarició el costado de la joven, subiendo hasta rozar sus propios senos contra la cama. Con dedos ansiosos alcanzó nuevamente las tetas de Isla, atrapando un pezón tenso y oscuro que lamió de inmediato, desesperada por tener algo en la boca.

Isla jadeó aún más alto, atrapada entre la dureza de Beckett abriéndola  y la lengua húmeda de Lacey atrapándole el pezón.

El ritmo se volvió más violento. Beckett la empujaba con golpes secos, cada vez más fuertes, haciendo que sus caderas resonaran contra ella. Su voz grave, entrecortada, marcaba el compás:

—Mírate… abierta, gimiendo, y todavía con esas bragas colgando como si fueras inocente.

 

El contraste entre el tono práctico de Beckett, el gemido suplicante de Isla y la sumisión ansiosa de Lacey encendía aún más el aire en la habitación, hasta volverlo insoportable.

Beckett seguía empujando con firmeza, cada embestida calculada, haciendo que el cuerpo de Isla se arquease contra la cama. Su respiración era entrecortada, su cabello pegado al sudor de la frente, mientras Lacey seguía acariciando sus senos, y Daniel se mantenía al margen, observando con los ojos brillantes.

—Habla —gruñó Beckett, con voz grave, cercana a su oído—. Quiero oírlo.

Isla, temblando, los ojos entrecerrados por la intensidad del movimiento, apenas podía formar palabras. La sensación la desbordaba: cada golpe de cadera, cada roce húmedo de su ropa interior apenas colgante, cada lengua de Lacey contra su piel, la llevaba al límite.

—S-sí… —jadeó, su voz temblorosa—… más… así… —su cuerpo se tensó de repente, un temblor recorriendo su espalda y muslos—… oh, oh, oh…

El grito se convirtió en un gemido largo, húmedo, que escapó sin control. Beckett lo notó al instante: sus movimientos se hicieron más intensos, más profundos, casi desesperados por mantenerla en ese clímax que se apoderaba de todo su ser.

—Eso… di lo que sientes —ordenó Beckett, con un filo de crueldad y excitación contenida—.

Isla arqueó la espalda más aún, la boca abierta, los labios húmedos brillando al reflejo de la luz. Sus palabras salieron entrecortadas, entre jadeos y sollozos de placer:

—Te… necesito… siento… me haces… ¡ahhh!

El orgasmo la recorrió por completo, cada fibra de su cuerpo temblando con intensidad, mientras Beckett mantenía su ritmo, como marcando la posesión de aquel clímax. Lacey apretaba sus senos y recorría la piel de Isla, su excitación evidente, y Daniel apenas podía mirar, aun con el efecto de su propio clímax reciente.

 

En ese instante, Isla ya no solo sentía el placer físico; sentía el peso del acuerdo implícito: su entrega, verbalizada y física, sellada bajo la voluntad de Beckett, con todos los presentes como testigos silenciosos de su sumisión y poder compartido.

Beckett no se detuvo. Incluso mientras Isla temblaba sobre la cama, respirando con dificultad, él mantenía sus manos firmes sobre su cintura, controlando cada movimiento, cada estremecimiento. Su ritmo no se volvió más suave; al contrario, la recorría con precisión, como quien acaricia y domina a la vez.

—¿Aún estás conmigo? —susurró Beckett. Quiero que me digas que sí. Que todo esto… te pertenece.

Isla gimió de nuevo, débil, apenas capaz de formar palabras, pero obedeciendo:

—S-sí… es tuyo… —su voz temblaba, pero había claridad en ella, un reconocimiento del juego que Beckett dirigía.

Cada empuje hacía que Isla se contorsionara, mezclando placer y sumisión.

—Habla más —insistió—. Dime cómo me quieres, cómo me necesitas. Cada palabra tuya me pertenece tanto como tu cuerpo.

Isla se arqueó, tragó saliva, y susurró entre jadeos:

—Te… necesito… más… quiero que… sigas…

Beckett sonrió, satisfecho. El orgasmo anterior no la había debilitado: la había abierto a la obediencia, al juego, al pacto implícito que ellos compartían. Él sabía que, mientras pudiera mantener su control, Isla seguiría entregándose, verbalizando su sumisión, sintiendo su placer como un recordatorio de la autoridad que él ejercía.

 

—Muy bien —dijo Beckett—. Esto no ha terminado. Este es solo el primer movimiento. Y tú, mi aprendiz… aprenderás a disfrutar cada segundo.

Beckett tomó a Isla por la cintura, ajustando su agarre mientras la penetraba con firmeza, marcando un ritmo pausado al inicio, calculado, para que cada embestida dejara claro quién marcaba el control. Isla gimió, arqueando la espalda contra él, dejando escapar un jadeo que se mezclaba con la respiración agitada de Lacey y Daniel.

Daniel, recién liberado de su clímax, se recostó un instante, observando, todavía palpitante, la reacción de Isla bajo las manos de Beckett. Lacey se reincorporó rápidamente, como buscando su lugar en la escena, pasando sus manos por los costados y muslos de Isla, palpando, tanteando, recuperando la complicidad que siempre había tenido con Daniel, pero ahora modulada por la presencia dominante de Beckett.

La ropa interior de Isla, apenas desplazada, se adhería a su piel húmeda, dejando al descubierto el roce del cuerpo de Beckett y el contacto de Lacey en su espalda y hombros. Cada movimiento de Beckett era acompañado de una instrucción suave pero insistente:
—Habla… dime lo que sientes — mientras la penetración continuaba—. No te calles ahora.

Isla, jadeando, apenas lograba articular palabras, su voz rota por la excitación y la entrega:
—Lo… siento… me… me haces sentir… todo…

El ritmo se aceleró, Beckett aumentando la intensidad, sus manos firmes en la cintura de Isla, obligándola a moverse con él. Lacey seguía explorando, tocando y acariciando, mientras Daniel observaba y ocasionalmente guiaba la mano de Lacey, consolidando la dinámica grupal.

Isla empezó a verbalizar sus sensaciones con mayor claridad, su voz temblando de placer:
—Sí… así… no… puedo más… —gemía entre jadeos y respiraciones cortas.

Y fue en ese momento, con la presión combinada de Beckett y el contacto de Lacey, mientras Daniel la observaba, que Isla alcanzó un segundo orgasmo profundo, su cuerpo temblando, gimiendo con fuerza, los músculos apretándose alrededor de Beckett.

El clímax se centró en Isla: su cuerpo tembló, sus gemidos rompieron el silencio mientras Beckett seguía dentro de ella, marcando el ritmo y la intensidad que la llevaban a ese momento de entrega absoluta. Cada movimiento, cada roce, era suyo, y solo suyo. Beckett sintió cómo su deseo se liberaba al contenerla y guiarla, y cómo la energía de Isla llenaba todo el espacio entre ellos.

Daniel, ya recuperado de su propio clímax anterior, se quedó observando, respirando con fuerza, apreciando la escena sin tocarla, consciente de que el momento pertenecía únicamente a Beckett e Isla.

Lacey se acercó lentamente, observando la entrega de Isla, y con delicadeza, apoyó un beso breve en sus labios, un gesto silencioso de complicidad y reconocimiento. No intervenía, no reclamaba protagonismo, solo estaba allí, testigo y cómplice, cerrando el círculo de la tensión que Beckett había orquestado.

El cuarto se llenó de respiraciones entrecortadas, gemidos de placer y susurros, con Isla todavía temblando y jadeando, mientras Beckett la sostenía firme, ambos compartiendo la calma posterior al clímax que solo le pertenecía a ella. El silencio que siguió era intenso, cargado de poder, posesión y entrega, marcando la consumación del pacto que habían sellado.

El cuarto se fue calmando mientras los cuerpos recuperaban la compostura. Beckett se apartó un poco de Isla, que respiraba con dificultad, el cabello desordenado cayendo sobre sus hombros. Con movimientos precisos, comenzaron a vestirse: Beckett ajustó la camisa, los pantalones, mientras Isla hacía lo propio con su ropa interior y su vestido arrugado. El ambiente seguía cargado, pero ya no era solo sexual; había un peso de resolución, de fin de un capítulo.

Daniel, con su cinismo intacto pero la formalidad de la ocasión, se encargó de las gestiones finales: los papeles, las firmas, los permisos. En menos de 24 horas, Isla estaría libre de esa celda, y todo se haría dentro del marco legal que él podía garantizar. Cada gesto suyo recordaba que, aunque había jugado con su deseo, también mantenía el control de la parte legal, sellando el pacto.

AL momento de la liberación

Isla caminó a su lado mientras abandonaban el lugar. Sus pensamientos eran claros y serenos: el asesino de su hermana estaba muerto, ella lo había matado, y ahora lo único que debía hacer era vivir con Beckett. Ser su compañera, su puta personal por no estar en la cárcel, no le parecía malo. Él era guapo, seguro, cariñoso cuando quería, protector, y le ofrecía más de lo que ella podía imaginar. ¿Qué más podía pedir? Su afecto sería la moneda que intercambiaría por su mundo, y Beckett le daría mucho más que eso.

Al llegar al apartamento, mientras se acomodaban entre las sombras y la luz tenue, Isla no pudo evitar un estremecimiento: la tensión entre ellos seguía allí, latente, una promesa silenciosa de lo que aún estaba por venir. Beckett la tomó de la cintura, rozando sus labios contra los de ella con suavidad, recordándole que su vínculo no se limitaba a la protección o la política. La entrega, el deseo y la complicidad estaban solo comenzando.

 

El silencio que siguió no era vacío: estaba cargado de expectativas, de planes, de cuerpos que se habían encontrado y reconocieron su lugar. Isla cerró los ojos un instante, sonriendo con una mezcla de aceptación y anticipación. Todo lo demás podía esperar. Lo que importaba era esto: su libertad, Beckett, y el extraño pacto que los unía.

42 Lecturas/23 marzo, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: confesiones, culo, follando, hermana, mayor, orgasmo, semen, sexo
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
Después de esto, me gusta mas mi trabajo 1
Después del Cine
Cuando mi sobrina pasó a ser mi amante
Mi mujer, y yo nos pervertimos en los carnavales, ella por su lado y yo por el mío. En los recientes carnavales, a los que yo nunca había asistido, la
Pamela
UN SECRETO A VOCES
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.416)
  • Dominación Hombres (4.354)
  • Dominación Mujeres (3.193)
  • Fantasías / Parodias (3.534)
  • Fetichismo (2.880)
  • Gays (22.625)
  • Heterosexual (8.646)
  • Incestos en Familia (18.899)
  • Infidelidad (4.628)
  • Intercambios / Trios (3.231)
  • Lesbiana (1.188)
  • Masturbacion Femenina (1.058)
  • Masturbacion Masculina (2.019)
  • Orgias (2.156)
  • Sado Bondage Hombre (469)
  • Sado Bondage Mujer (197)
  • Sexo con Madur@s (4.539)
  • Sexo Virtual (273)
  • Travestis / Transexuales (2.506)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.637)
  • Zoofilia Hombre (2.276)
  • Zoofilia Mujer (1.690)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba