El Evangelio de Casandra.
Una historia ajena de iniciación incestuosa sirve a Elena como espejo y estímulo, mientras los cuerpos y las curiosidades en la mesa del Edén responden, gota a gota, al nuevo estándar de verdad que acaban de conocer..
Sobre la mesa de madera rústica, el desayuno estaba servido en el Edén.
Sentada desnuda y radiante, estaba Elena. A su derecha, Miguel, desnudo y con su aire sereno, untaba mermelada en una tostada para Lara. A su izquierda, Leo. Su hijo, también desnudo, tenía esa turgencia matutina que el sueño no había logrado disipar. Su verga, plena y erecta, descansaba sobre el muslo, apuntando hacia la mesa como un mástil de proa orgulloso. Elena, de vez en cuando, pasaba la mano por su espalda o rozaba con su cadera aquella firmeza, como quien acaricia el lomo de un animal favorito mientras conversa.
—El universo nos ha enviado, con el rocío de la mañana, un regalo.—anunció Elena, tomando su taza de café con ambas manos—. Una historia que confirma que no estamos solos. Que el amor verdadero, en sus formas más audaces, florece en otros jardines secretos.
Lara, con la boca llena, la miró con interés. Miguel alzó una ceja, curioso. Leo, cuyo mástil dio un leve espasmo ante el tono emocionado de su madre, se inclinó hacia adelante.
—¿Otra familia como la nuestra? —preguntó, su voz aún ronca por el sueño.
—¡Incluso más valiente! —exclamó Elena, sacando su teléfono con una sonrisa de triunfo—. Una niña, Casandra. Doce años. Un padre magnífico, corpulento, un gigante con mucho amor para dar. Y una amiga… pelirroja, desarrollada. —Hizo una pausa, saboreando cada detalle—. ¿Adivinan el secreto?
Miguel dejó de untar. Un presentimiento le cruzó por la mirada. Lara, inocente, dijo:
—¿Que jugaban a las escondidas y la niña los encontró?
—¡Casi! —rió Elena, su mano bajando a acariciar el muslo de Leo, sus dedos rozando la base de su erección—. La niña los encontró, sí. A su padre y a su amiga… dándose amor. Un amor adulto, completo. Besándose, tocándose… él con su virilidad imponente, ella ofreciendo su boca y su cuerpo joven y floreciente.
Leo tragó saliva. Su mirada se fijó en el teléfono como si pudiera ver la escena. Su pene, sensible a cada palabra, se tensó aún más, una gota de líquido pre-seminal asomando en la punta y brillando a la luz de la mañana. Miguel observó esa gota, luego miró a Elena. Su rostro era inescrutable.
—¿Y qué pasó? —preguntó Lara, ahora completamente absorta.
—¡Lo mejor! —continuó Elena, bajando la voz a un tono confidencial y excitado—. Casandra, después del shock inicial, tuvo una epifanía. Una revelación de amor. Le preguntó a su padre… —Hizo otra pausa dramática, mirando a cada uno— «Si te pidiera lo mismo, ¿lo harías conmigo?».
Un silencio cargado cayó sobre la mesa. Solo se oía el crujido de una tostada entre los dientes de Lara. La mano de Elena en el muslo de Leo se detuvo, presionando levemente.
—¿Y él? —preguntó Leo, en un susurro ronco.
—Él, como el padre amoroso y valiente que es, comprendió que era un llamado del corazón de su hija —declaró Elena, con un brillo de lágrimas falsas y genuina emoción en los ojos—. Le dijo: ‘No puedo negarme. Eres mi hija. Ven con Papá’. Y la tomó, la besó… y la inició en el misterio más sagrado entre un hombre y una mujer. Con pastillas dulces que ayudan a disfrutar, con caricias, con palabras de amor… la penetró, la llenó de su semilla, y le prometió que, cuando sea adulta, la preñará con su hijo.
Miguel bajó la mirada a su café. Su «oruga», que había estado en reposo, dio un pequeño latido, una reacción involuntaria a lo gráfico del relato. Lara, confundida por la palabra «preñar», preguntó:
—¿Eso es como cuando las perritas tienen perritos?
—Sí, cielo —dijo Elena, con dulzura—. Pero entre humanos, es el acto de amor más alto. Crear vida juntos.
Leo no podía disimularlo. Su respiración era entrecortada. La historia, la crudeza, la ilegalidad glorificada, la imagen de una niña de doce años siendo penetrada por su padre… todo se mezclaba en su cabeza con la sensación de la mano de su madre en su pierna y la vista del cuerpo desnudo de su hermana pequeño comiendo plátano. Su pene palpitaba, dolorosamente erecto, la gota en la punta creciendo.
—Es… fuerte —masculló Miguel, finalmente.
—¡Es la verdad desnuda! —corrigió Elena, entusiasta—. Es el amor que se atreve a nombrarse, a vivirse, sin las cadenas de una moral hecha para debilitar los lazos de sangre. ¡Casandra lo entendió! Ella escribe con una claridad… Aquí, escuchen esto: —Y comenzó a leer fragmentos de la carta, con voz teatral— «Mi cuerpo dejó de temblar ante las caricias de mi padre… Era extrañamente intoxicante de sentir… Te amo, Papá… Yo te amo más, hija».
Con cada frase, Leo se estremecía. Lara imitaba los gestos serios de su madre. Miguel observaba la gota que ahora colgaba, clara y espesa, del glande de su hijo, a centímetros de la tostada de Elena.
—¿Y no es malo, mami? —preguntó Lara, con la curiosidad de quien busca una regla clara.
—¿Malo, mi vida? —Elena dejó el teléfono y tomó la mano de Lara—. Lo malo es el secreto, el miedo, la culpa. Lo malo es mentir. Lo que hicieron Casandra y su padre fue hermoso, fue deseado, fue un regalo mutuo. Es más honesto que mil familias que se besan en la boca en público y por dentro están podridas de odio.
Al decir esto, su mirada se posó en la verga de Leo. Con un movimiento natural, como si fuera parte del desayuno, extendió el dedo índice y capturó la gota brillante de la punta. Luego, sin apartar la mirada de los ojos de su hijo, se llevó el dedo a la boca y lo chupó lentamente.
—Dulce —murmuró—. La excitación de la verdad es siempre dulce.
Lara, viendo el gesto, miró su propio dedo manchado de mermelada. Luego miró a Leo, cuya verga aún estaba firme y brillante.
—¿Puedo probar yo? —preguntó, con la curiosidad simple de quien quiere comparar sabores—. A ver si es más dulce que esto.
El silencio fue absoluto. Miguel contuvo la respiración. Leo miró a su madre, paralizado entre el deseo y el tabú. Elena sonrió, una sonrisa ancha y permisiva.
—Otro día, mi vida —dijo, como una promesa—. Hoy la verdad es sólo para mis ojos… y mi boca. Pero es bueno que preguntes. La curiosidad es la llave de todos los jardines.
La conversación derivó entonces en otros temas, en risas, en más café. Pero la energía en la mesa había cambiado. Leo estaba pensativo, su excitación ahora era un problema incómodo y palpable. Miguel masticaba en silencio. Y Elena, satisfecha, disfrutaba de su tostada.
La verga de Leo seguía allí, erecta e impertinente, palpitando levemente sobre su muslo. La gota que su madre había probado había sido reemplazada por otra, una perla clara y tensa que pendía de la punta, desafiando la gravedad. Él intentaba ignorarla, concentrándose en su taza, pero cada pequeño movimiento, cada roce de su propio muslo, le recordaba la evidencia de su excitación. Había sido provocada por la historia de una niña cogida por su padre, y ahora era un problema físico en medio del desayuno familiar.
Miguel veía la erección de su hijo, veía la mirada satisfecha de su esposa, veía los ojos curiosos de su hija que volvían una y otra vez al “mástil” brillante. Masticaba su tostada lentamente, como si cada bocado fuera de aserrín. Su propia “oruga” permanecía flácida y ajena, un testigo neutral y avergonzado. Pensó en Casandra, en los doce años, en el viagra, en la sangre en las sábanas. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero lo ahogó con un trago de café hirviendo.
Fue Lara quien dejó su plátano a medio comer y se deslizó de su silla. Descalza, se acercó a la cabecera de la mesa donde estaba Leo. No dijo nada. Se detuvo a su lado, a la altura de su hombro, y simplemente miró. Sus ojos azules, enormes y despiadadamente analíticos, escudriñaron la erección de arriba abajo: las venas azuladas, el glande rojizo e hinchado, la gota translúcida que se formaba y temblaba.
Leo se puso rígido.
—Lara… volvé a tu sitio —murmuró, sin convicción.
—¿Te duele? —preguntó ella, ignorando la orden.
—No.
—¿Por qué está así, entonces? ¿Es por la niña del cuento de mami?
Sí, era por la niña del cuento. Por la imagen de un padre penetrando a su hija, que su propia madre había servido con entusiasmo. Y ahora su hermana menor, de seis años, interrogaba a su verga como a un criminal.
—Es… por el calor —mintió Leo, desviando la mirada.
—A la oruga de papi no le pasa eso con el calor —replicó Lara. Dio un paso más cerca. Extendió un dedo, no para tocar, sino para señalar la gota—. ¿Eso es lechita? ¿La que quería probar?
—No. Todavía no —la voz de Leo era un hilo de angustia.
Elena observaba la escena sobre el borde de su taza, como si fuera la obra de teatro más fascinante. No intervino. Estaba midiendo la tensión, el aprendizaje. Miguel dejó su taza con un golpe seco.
—Lara, dejá a tu hermano. Terminá de desayunar.
Pero su tono carecía de autoridad. Era la queja de un espectador, no la orden de un padre.
Lara dio un paso decisivo. Con la rapidez de una lagartija, su manita se abalanzó. No agarró la verga, como hubiera hecho en un “juego”. Pasó el dedo índice por la parte inferior del glande, recogiendo la gota de líquido preeyaculatorio antes de que cayera.
El contacto fue eléctrico para ambos. Para Leo, fue una caricia prohibidísima. Para Lara, fue la conquista de un territorio nuevo: el sabor previo, el anticipo.
Se llevó el dedo a la boca rápidamente, antes de que alguien pudiera detenerla. Sus pequeños labios se fruncieron en una mueca de concentración gourmet.
—Es salado —anunció, con sorpresa—. Y un poco… pegajoso. No es dulce como la mermelada.
Leo cerró los ojos, una ola de calor y vergüenza quemándole la cara. Su pene, estimulado por el roce fugaz, dio un pulso fuerte, liberando otra gota inmediatamente.
—¡Mirá, hace más! —exclamó Lara, encantada con el fenómeno.
Esta vez fue Elena quien actuó. Con un movimiento fluido, se levantó y se interpuso entre su hija y su hijo.
—Ya basta, hija —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. El desayuno es para comer, no para catas. Leo, andá a darte una ducha fría. Ese mástil necesita un descanso, se ve agotado de tanto… pensar.



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