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Heterosexual, Incestos en Familia, Infidelidad

El inicio sexual de mi nena 1

—Ahhhhh, mgh, ahhh, papii… papiii… qué rico… mgh, qué rico tocas mi conchita…ahhh, papi… —.

El inicio sexual de mi nena 1

No creí lo que mis ojos estaban viendo. ¿Por qué mi pequeña nena de 11 años estaba totalmente desnuda con las piernas abiertas sobándose su pequeña raja rosada y mojada?

Hola, esta es la historia de cómo mi pequeña hija y yo comenzamos nuestra relación incestuosa desde que ella tenía apenas 11 años de edad. No sabía que las niñas a esa edad ya empezaban a tener fuertes deseos carnales, pero me alegra que haya ocurrido; de no ser así, jamás hubiese podido disfrutar de los increíbles placeres que el incesto con mi hija me brindó y me sigue dando.

Todo comenzó hace algunos años. Me llamo Carlos, tengo 43 años y vivo con mi esposa Marisa, de 40, y mi hija Sonia, que actualmente tiene 16 años; vivimos en la Ciudad de México. Soy un macho semental fornido, un poco rechoncho, con el pecho y torso llenos de pelos. Sí, desde que entré a la adolescencia, el vello en mi familia ha estado presente, tanto en mi papá como en mis dos hermanos, pero sin duda la mejor herencia que nos dejó ese hombre ha sido nuestra gran dotación; tan solo yo cuento con una vergota gorda y peluda de 23 con dos pesados testículos del tamaño de una bola de béisbol repletos de pelos. Tal vez ese fue el motivo por el cual mi esposa se terminó quedando conmigo, aunque mi gusto por su coño no duró para siempre; supongo que mi gran tamaño ya le lastimaba un poco, sin mencionar que tenía desórdenes hormonales que bajaban considerablemente su libido. No me malinterpreten, amo a mi esposa, pero soy hombre y tengo mis necesidades. Varias veces pensé en serle infiel y buscar una puta fuera de casa, pero no era capaz de hacerlo.

Sin embargo, todo eso cambió de golpe un día cuando descubrí algo que me heló por completo. En aquel entonces, mi esposa trabajaba en una casa de empeño y casi no estaba en casa, de modo que siempre que cambiaba de turno, yo tenía que hacer un espacio en la oficina para cuidar de nuestra pequeña hija, mi querida Sonia, de aquel entonces 11 años. Al ser hija única, siempre había sido mi princesa. Tenía muchas discusiones con Marisa porque la consentía demasiado desde que era más pequeña, convirtiéndose en una niña muy caprichosa y mimada por su papi, de modo que casi siempre se me pegaba a mí como un chicle, diciéndome «papi» todo el tiempo y sentándose en mi regazo mientras observaba sus caricaturas en la televisión.

Un día debía regresar a casa temprano para cuidar de Sonia; su madre estaba en el segundo turno y entraba a la 1:30 de la tarde a su trabajo. Yo, por mi parte, me enfoqué en terminar la mayoría de mi trabajo en la empresa para salir de ahí a más tardar a las 11:30 de la mañana para llegar a tiempo a casa, pero no creí que fueran demasiados documentos por revisar y firmar. El punto es que salí de mi trabajo a la 1:50. Marisa me llamó por teléfono ese día molesta porque se supone que debía llegar antes de que ella se fuera a laborar y traté de explicarle el porqué, hasta que me dijo que dejaría a la niña encerrada en la casa y se iría, por lo que yo debía llegar lo más rápido para asegurarme de que no le pasara nada malo a Sonia mientras estaba solita en casa. Me hice 30 minutos de camino hasta que por fin aparqué el auto enfrente de mi casa.

Supongo que mi hija pensó que no llegaría en un largo rato porque abrí el portón y luego la puerta principal, entrando a mi hogar. Iba a ir directo a revisar a Sonia, que debía estar en su habitación, cuando empecé a escuchar gemidos y jadeos desde ese lugar. Rápidamente me alarmé pensando que tal vez mi pequeña se había caído y se había lastimado mientras estaba sola, por lo que me apresuré a subir las escaleras, viendo que su puerta estaba entreabierta. Los gemidos se hacían más intensos y sonoros, cosa que me preocupó y me dejó confundido a la vez; parecían quejidos diferentes a los del dolor. Cuando me asomé, me quedé sin aliento; en medio de la cama, mi niña estaba totalmente desnuda con el cuerpo sudado y las piernas abiertas, sobándose con su pequeña mano su carne dulce mojada. «¡¡¿Mi hija se estaba estimulando su coño?!!» Ese fue el primer pensamiento que se me cruzó por la mente luego de poder reaccionar ante tal escena. Después de eso vino la confusión: «¿Cómo era que una niña de esa edad sepa de esas cosas?»; «¿Acaso mi pequeña ya estaba en la edad en que su cuerpo cambiaba por completo para ser mujer?».

No sabía si aquello era completamente normal o no; solo sé que debía irme y no hacerla sentir incómoda con mi presencia. Mi niña incluso pasaba sus deditos a través de su raja rosada sin vello púbico aún con rapidez mientras su boca estaba abierta gimiendo fuertemente, pensando que no había nadie en casa. Aquello también me preocupaba; su hija podía lastimarse. Ella acariciaba sus labios vaginales y sus piernas temblaban mucho. Aquello me dejó todavía más cohibido; realmente no podía creer lo que estaba viendo. Fue en ese entonces cuando de su boca salió un gemido que me tensó aún más.

—Ahhhhh, mgh, ahhh, papii… papiii… qué rico… mgh, qué rico tocas mi conchita…ahhh, papi… —dijo la niña mientras movía su mano aún más rápido, comenzando a arquear su cuerpo.

¿Mierda, su hija estaba pensando en él mientras se masturbaba? No entendí el porqué, pero aquel gemido junto con la escena me puso a mil sin que pudiera controlarlo. Tal vez fueron los meses sin sexo que mi esposa me estuvo negando todo este tiempo; no había podido descargarme y mi cuerpo reaccionó primitivamente ante aquel visual, pero ahora tenía una gran erección dolorosa dentro de mis pantalones que podría romperlos si me movía un poco. No supe qué fue lo que pasó por mi mente en ese momento, solo sé que desabroché aquellos pantalones de vestir y tiré de ellos junto con mis boxers hasta mis tobillos, liberando mi gran vergota de 23 cm, comenzando a masturbarme mientras veía a mi hija estimular su pequeño coñito virgen, ahora rojo de tanto toqueteo. Mierda, se veía delicioso; quería pasarle la lengua entre esos pliegues y hacer delirar a mi nena de placer total. Mi mente se nubló, mi mano se movía rápidamente sobre el tronco de mi vergota curveada hacia la derecha mientras el presemen goteaba como grifo en fuga en el piso.

Vaya, sí que tenía demasiado semen acumulado; no se había corrido en dos meses. Iba a dejar el piso en un desastre cuando se corriera, cosa que no tardó en llegar, puesto que mi hija rápidamente abrió por completo sus piernas, alzándolas al aire mientras gritaba, soltando sus chorros pequeños, orgásmicos. ¿Wow, una niña podía tener un squirt a esa edad? Aquello me perturbó de una manera placentera que tuve que taparme la boca con la mano libre que me quedaba para no ser oído por mi hija, disparando chorros y chorros de esperma caliente, abundante y espeso en la puerta de la habitación.

—Ahh, maldición… —dije tratando de recuperarme de aquel intenso orgasmo. La niña, por su padre, respiraba entrecortado, calmándose poco a poco, quedando exhausta en la cama. Pasaron alrededor de 2 minutos cuando mi hija se paró y comenzó a ordenar su cuarto y a vestirse.

Rápidamente, me subí los pantalones silenciosamente y me fui hacia abajo con cuidado de no hacer ruido para salir de la casa. Iba a hacer como si apenas hubiera llegado; maldita sea, había dejado el rastro de semen en la puerta de su hija. ¿Por qué había hecho eso? Se había masturbado viendo a su hija hacerlo de igual manera. Se sentía mal y culpable, era un mal padre, un mal padre; no quería ni ver a su hija a la cara. Cuando volví a entrar a casa, grité.

—¡¡Sonia ¡¡Estoy en casa!!! —no pude evitar soltar un tono serio. Observé desde las escaleras que mi hija había bajado ya vestida.

—¡¡Papi ¡¡Llegaste!! ¡¡Te extrañé mucho, papito!! —dijo la niña rápidamente, corriendo para abrazarme. Yo me tensé demasiado, me sentía mal, así que, sin poder evitarlo, aparté a mi hija.

—Sonia… Papá está cansado, nena… Tiene que ir a dormir… ¿Puedes estar solita un rato mientras duermo? —dije mirándola a la cara, cosa que me hizo sentir aún más mal.

—Ahh… sí, papi… Está bien, voy a cuidarme solita —dijo la niña desconcertada por cómo la aparté.

—Bueno cariño… —dije para después subir las escaleras, pasando por el cuarto de mi princesa, viendo la puerta en donde había todavía mi semen derramado en la puerta; debía limpiar eso antes de que Marisela lo vea. Me dirigí a mi habitación, que compartía con mi esposa, y me acosté en la cama suspirando y pensando. Hasta que de tanto pensamiento se me fundió el cerebro y me quedé dormido.

¿En qué me había metido?

Continuará…

78 Lecturas/2 abril, 2026/0 Comentarios/por Pefimavk3456
Etiquetas: hermanos, hija, incesto, infiel, madre, mayor, padre, sexo
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