El Intruso en el Edén
Descubre la tensión insoportable entre el deseo devorador de una madre y la necesidad de mantener las apariencias de una familia normal. Cuando la puerta del baño se cierra, no es solo para bañar al niño..
Para Elena con tan sólo 20 años, la presencia de Miguel, despatarrado aún en la cama, era una molestia. Los fines de semana a ella se le hacían eternos. Su cuerpo desnudo, que de lunes a viernes se movía con total libertad, ahora se veía condicionado por el peso de la mirada se su marido.
Leo, como todas las mañanas, se deslizó de su camita y fue directo a la de ellos. Pero hoy había dos cuerpos. Dudó un instante pero luego, impulsado por el hábito, se arrastró sobre la cama y se acurrucó no en el centro, sino firmemente contra el costado de Elena, dándole la espalda a la figura ronca de su padre.
—Buenos días, hombrecito —susurró Elena, enterrando la nariz en su cabello. Su mano trazó el camino habitual: nuca, espalda, la curva suave del glúteo. Miguel gruñó, semidormido, y dio media vuelta.
El ritual matutino se vio forzado a la intimidad del cuarto de baño. Elena cerró la puerta con el codo. Leo, de pie en el borde de la bañera, esperaba.
—¿Hoy también, mamá? —preguntó, con esa voz clara que a Elena le encantaba.
—Siempre, mi amor. Es importante.
Elena se arrodillaba, y con un aceite de almendras que olía a tierra húmeda, comenzaba a masajearle los pies, los tobillos, las pantorrillas. Sus manos subían, lentamente, deliberadamente.
—¿Y el Piquito hoy está despierto? —murmuró, como quien pregunta por el tiempo.
Leo miró hacia abajo. La estimulación táctil y la atención exclusiva hacían su efecto, un efecto puramente fisiológico que Elena interpretaba como una conexión.
—Sí… un poco.
—Déjame ver —susurró ella. Con las yemas de los dedos, sin tocarlo directamente, hizo círculos en el aire a milímetros de su piel. Lo observaba con esa devoción absorbente, memorizando el tamaño, la turgencia, el latido casi imperceptible. La pulsación húmeda entre sus propios muslos era la prueba de que su amor era tan físico como espiritual. El placer estaba en la posesión visual, en la certeza de ser la causante, en el control absoluto del estímulo. Aunque por dentro deseaba con todas sus fuerzas acariciarlo, agarrarlo, masturbarlo y devorarlo a besos.
El desayuno fue tenso. Miguel parecía un gigante torpe y sudoroso en la cocina. Leo, sentado en su trona, no dejaba de mirar a Elena, buscando en sus ojos la confirmación de su mundo.
—Mamá, ¿puedo tomarte la leche de tu taza? —pidió, inocentemente. No era por la leche. Era por el solo hecho de beber donde ella había bebido.
—Claro, cielo.
—Mamá, ¿me haces el dibujo en la pancita? —Era otro juego: ella, con miel o mermelada, dibujaba soles o estrellas en su abdomen y luego las “limpiaba” con su lengua, en un lento y meticuloso acto que a Miguel le parecía una tontería cariñosa.
—Después, hombrecito. Ahora papá está aquí.
Miguel masticaba su tostada con un ruido que a Elena le parecía insoportable.
La presencia de Miguel se volvió un muro contra el que chocaba cada uno de sus deseos y hábitos en el hogar. Cuando Leo, jugando desnudo en el pequeño jardín, corrió hacia ella excitado y le dijo: “¡Mamá, mira, el Piquito quiere saludarte fuerte!”, Elena tuvo que contenerse. En un día normal, lo habría celebrado, lo habría tocado bajo la excusa de secarle el sudor. Hoy, solo pudo lanzar una mirada rápida, febril, y decir: “Qué bien, mi amor. Es la fuerza del bosque en vos”. Y volvió a sentir esa humedad entre sus piernas, una humedad que Miguel, su marido, su legítimo compañero sexual, quien realmente podía satisfacer sus necesidades físicas, no provocaba en ella desde hacía meses. Para Elena, el sexo con Miguel era como un trámite. Él buscaba un abrazo, un momento de conexión con su joven esposa; ella veía en su deseo un fastidio que interrumpía su ensoñación.
La tarde se hizo pesada como el plomo. Miguel intentó jugar con Leo a la pelota, pero el niño perdía interés rápidamente, volviendo siempre al lado de Elena, buscando el contacto piel con piel que su padre no ofrecía. Elena observaba la escena con una mezcla de desprecio y triunfo. Cada vez que Miguel intentaba acercarse a ella, ponerle una mano en el hombro, robarle un beso, su cuerpo se tensaba. Su mente gritaba: Él no entiende. Él no ve. Él es el forastero que quiere entrar al templo con los zapatos sucios.
El momento más insoportable llegó con el baño. Era el sábado, el “baño ceremonial”. Miguel, queriendo ayudar, o quizás intentando que debía reclamar un espacio, anunció:
—Hoy lo baño yo.
El aire se cortó. Leo se aferró a la pierna de Elena.
—No quiero. Quiero que me bañe mamá.
—Yo soy tu papá, también puedo bañarte —dijo Miguel, con una sonrisa forzada.
Elena intervino, su voz era seda sobre acero:
—Miguel, es nuestro momento. Es… especial. Tú descansa. ¿No has trabajado toda la semana?
Los tres desnudos, en la puerta del baño intercambiaron miradas. En los ojos de Miguel pasó algo: no era celos, era el atisbo de una comprensión horrible, demasiado grande para asimilarla. Vio la posesividad feroz en los ojos de su mujer, la devoción absoluta en los de su hijo, y se sintió excluido de un modo que no era meramente afectivo.
—Como quieras —murmuró, retirándose. Un escalofrío, igual al que sintió el día que la vio observar al niño, le recorrió la espalda.
La cerradura del baño giró con un clic que sonó a tranca puesta en el paraíso. El mundo de fuera quedó reducido a un rumor lejano. Dentro, el aire era vaporoso y olía a limón silvestre y a tierra mojada. Era su atmósfera.
Elena apoyó la espalda contra la puerta de madera, como si con su cuerpo sellara definitivamente la entrada. Dejó escapar un suspiro largo, tembloroso, que no era de alivio, sino de liberación de una presión física insoportable. Todo el día había sentido ese hormigueo húmedo entre sus piernas, una ansiedad lujuriosa que la quemaba por dentro cada vez que veía a Leo, cada vez que sentía la mirada torpe de Miguel interponiéndose entre ellos.
Ahora, por fin, estaban solos.
Leo, de pie en el centro del pequeño cuarto de baldosas, la miraba. No con impaciencia, sino con mucha expectativa. A sus cuatro años, sabía que cuando mamá cerraba la puerta así, con ese gesto lento y definitivo, algo iba a pasar.
—Mi osito valiente —murmuró Elena —. Hoy nos tuvieron separados todo el día. Mi cuerpo te extrañó.
Se acercó y se arrodilló frente a él. Sus manos, que habían estado contenidas, reprimidas, temblaban ahora abiertamente. Tomó el frasco de aceite de almendras, pero esta vez no lo usó en sus pies. Vertió un chorrito dorado y cálido directamente en la palma de su mano y la frotó contra la otra. El aroma terroso y dulce se esparció, mezclándose con el vapor.
—Hoy no es un masaje cualquiera —anunció, y sus ojos verdes brillaban con lágrimas de pura necesidad—. Hoy es la ceremonia de volver a lo nuestro. De limpiar la presencia ajena.
Sus manos engrasadas no empezaron por sus piernas. Fueron directas, con una certeza hambrienta, a su pequeña cintura. Las posó allí y comenzó a deslizarlas, con una presión firme y lenta, sobre sus caderas, sus muslos. Era un tacto posesivo, demarcador. Como si con cada centímetro que sus palmas recorrían, estuviera reclamando: Mío. Esto es mío.
Leo se mantuvo quieto, respirando profundamente. La intensidad de su madre era palpable, un campo de fuerza a su alrededor. Bajo sus manos, su piel respondía con calor. Y, como un fiel reflejo de la energía concentrada en la habitación, su pene comenzó a erguirse. No de golpe, sino con una lentitud solemne, hasta quedar completamente erecto, un mástil pequeño y firme en medio del vapor.
Elena dejó de respirar al verlo. Una oleada de calor la inundó, concentrándose en un latido profundo y húmedo entre sus propios muslos. Aquello no era ya la mera curiosidad de un niño. Era una ofrenda. La ofrenda que él le traía después de la sequía del día.
—Ahí estás… —susurró, con la voz quebrada—. Ahí está mi Piquito, diciéndome que también me extrañó. Que también sufre cuando no estamos juntos.
Esta vez, no hubo círculos en el aire. La necesidad era demasiado grande, la abstinencia del día había erosionado todo pudor. Con una reverencia que era a la vez tierna y devoradora, inclinó la cabeza. Su rostro quedó a escasos centímetros de su pequeña erección. Cerró los ojos e inhaló profundamente, aspirando el olor limpio, infantil, mezclado con el aroma del aceite. Un gemido leve, involuntario, vibró en su garganta.
Luego, extendió las manos. Con las yemas de los dedos, ahora temblorosas pero decididas, tocó. Fue una exploración minuciosa, hambrienta. Con el pulgar y el índice, rodeó suavemente la base del pequeño pene, midiendo su calor, su firmeza. Con la palma, acarició la piel tensa del vientre bajo, sintiendo el latido de la sangre allí concentrada. Cada contacto era un mensaje táctil: Te reconozco. Te reclamo. Eres mío.
—Mami… —murmuró Leo, y su voz sonaba extraña, entrecortada por una sensación nueva—. Se siente… mucho.
—Es el amor, hombrecito —jadeó Elena, sin apartar las manos—. Es todo el amor que no pude darte hoy, acumulado, buscando salir. ¿Sentís cómo late? Es mi corazón, latiendo en vos.
Y entonces, llevada por un impulso que ya no podía contener, hizo lo que había anhelado todo el día. Se inclinó un poco más y, con los labios entreabiertos, depositó un beso. Fue un beso suave, prolongado, casi devoto, justo en el vello suave del pubis, a un centímetro de la base de su erección. Fue un acto de adoración pura, un sello de pertenencia absoluta. Al hacerlo, una contracción violenta de placer la recorrió, empapando aún más su vagina.
Leo sintió el calor de sus labios, el temblor de su cuerpo tan cerca, y una oleada de confusión dulce y poderosa lo invadió. No entendía, pero sentía que era el centro de algo inmenso y sagrado. Su pequeña erección palpitó, como respondiendo.
Elena alzó la vista. Sus ojos estaban nublados por las lágrimas y por una especie de éxtasis.
—Ahora —dijo, levantándose—, el baño.
Tomó a Leo en brazos—él se aferró a su cuello, su erección presionando contra su costado—y juntos entraron en la bañera de zinc llena de agua caliente.
El agua los cubrió, uniendo sus pieles. Elena se sentó, reclinándolo contra su pecho, como en los viejos tiempos, pero nada era igual. Su mano, bajo el agua turbia por el aceite, no se limitó a enjabonar. Recorrió su estómago, sus muslos, y luego, con una lentitud agonizante, volvió a posarse en su pene. Ahora, bajo el agua, el tacto era diferente, más íntimo, más fluido. Con los dedos, hizo un movimiento suave, de vaivén, sobre la piel fina del miembro erecto, simulando una caricia que no era de limpieza, sino de consagración.
—El agua bendice lo nuestro —murmuró al oído de Leo, mientras su otra mano se apretaba contra su propio sexo, bajo el agua, frotándose en círculos rápidos y secretos al ritmo de sus caricias a él—. Lava lo de afuera… y santifica lo de adentro. Lo nuestro. Para siempre.
Leo, aturdido por el calor, por el contacto, por los susurros, se dejó llevar. Su cuerpo respondía con estremecimientos involuntarios. Para Elena, esos estremecimientos eran la música celestial de su triunfo. Finalmente, cuando sintió que la ola de su propio orgasmo secreto, callado y violento, estaba a punto de romper, detuvo sus manos. Abrazó a Leo con fuerza, ahogando su rostro contra su pecho.
—Quedó sellado —jadeó, con la voz ronca de llanto y placer—. Nadie puede entrar aquí. Nadie. Este lugar, este momento, es solo nuestro. Siempre.
Al salir, mientras los secaba con una toalla áspera, Elena notó que la erección de Leo cedía, dejando su piel sensibles y brillante. Ella sonreía, una sonrisa de paz profunda y posesión satisfecha. En el espejo empañado, su rostro aparecía relajado, rejuvenecido. Había recuperado su territorio. Había saciado, por un momento, el hambre devoradora de su devoción.
Afuera, Miguel llamó a la puerta.
—¿Todo bien?
—Perfecto —respondió Elena, con una voz clara, dulce, la voz de la madre ejemplar—. Perfecto, amor. Ya salimos.
Y al decirlo, acarició la mejilla de Leo, que la miraba con ojos somnolientos y completamente entregados.


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