El juego más difícil: NO MOVERSE
¿Cuánto durarías detrás de una niña seca y de una mujer húmeda?.
## El sello
### (Edén, una tarde cualquiera)
—
La tarde caía sobre el Edén como un telón pesado. En la sala, las cortinas estaban entreabiertas, dejando entrar esa luz dorada del atardecer que todo lo vuelve más bonito, incluso lo que no debería serlo.
En la alfombra, dos cuerpos femeninos estaban en cuatro. El de Lara, pequeño y terso, con esa piel de durazno que solo tienen los niños. El de Elena, unos centímetros más atrás, ofrecía un paisaje distinto: caderas más anchas, nalgas más pesadas, carne más madura. Entre las piernas de Lara, el agujerito asomaba como un botón cerrado, virgen de todo menos de roces. Entre las de Elena, en cambio, la humedad ya brillaba, un hilo transparente que colgaba hacia la alfombra.
Detrás de ellas, los hombres.
Miguel, arrodillado tras Elena. Su pene, ese viejo conocido, erecto pero sin urgencia. La punta apoyada en la entrada de su mujer, rozando apenas, esperando la señal. Leo, detrás de Lara. Su pene, en cambio, estaba en máxima tensión. La punta presionaba contra el agujerito de su hermana, y cada vez que Lara respiraba, el contacto se intensificaba un milímetro. Leo tenía los ojos cerrados.
—Listos —dijo Elena, con voz de directora de orquesta—. Sello. Quietos. Sin moverse.
Los hombres obedecieron. Las puntas se hundieron apenas en las entradas. Un milímetro. Dos. La presión justa para sentir el límite sin cruzarlo. Para Lara, la sensación era esa mezcla de cosquilla y calor que ya conocía. Para Elena, la promesa de siempre, ese casi que nunca terminaba de ser.
El silencio se instaló. Solo se escuchaban las respiraciones. La de Leo, agitada. La de Miguel, controlada. La de Lara, curiosa. La de Elena, satisfecha.
Cada latido del pene de Leo contra ese agujerito diminuto era una descarga que le subía por la columna. Quería empujar, hundirse esos dos centímetros que lo separaban del interior de su hermana. Sabía que no debía, pero el cuerpo no entiende de deberes. El líquido preseminal iba humedeciendo la entrada de Lara. Cada vez que ella respiraba, su culito se contraía apenas, y ese movimiento mínimo era como un masaje en la punta de su pene. Leo mordió el labio inferior hasta casi sacarse sangre.
—¿Sentís, mami? —preguntó Lara, con los ojos entrecerrados—. El de Leo late mucho hoy.
Elena sonrió, apoyó la mejilla en el suelo para mirar a su hija de costado.
—Sí, mi amor. Leo está muy nervioso.
—No estoy nervioso —dijo Leo, pero su voz sonó quebrada, y su pene dio un latido más fuerte contra el agujerito de Lara.
—Se mueve solo —dijo Lara, maravillada—. Late y se mueve solo. ¡Me encanta, mami!
—Cuando los hombres están muy excitados, el pene late —explicó Elena—. Es la sangre que bombea.
—¿Y el de papá?
Elena sintió la punta de Miguel en su entrada. Quieta. Firme. Esperando.
—El de papá también late, pero más despacio. Él tiene más práctica para controlarlo.
—Porque soy viejo —dijo Miguel.
Pasaron los minutos. Cinco. Diez. El sol se fue corriendo en el cielo, la luz cambió de dorada a naranja. Los hombres seguían quietos. O intentaban.
Miguel empezaba a sentir esa presión incómoda en la base del vientre, el peso que crece cuando el semen lleva mucho tiempo queriendo salir. Su pene, quieto contra la entrada de Elena, recibía el calor húmedo de ella como una tentación constante. Cada latido era un «empuja», cada segundo una batalla.
—Miguel —dijo Elena sin mirarlo—. ¿Estás bien?
—Sí —mintió.
Pero no era cierto. La quietud era peor que el movimiento. Cuando se movía podía distraerse, pensar en el ritmo, en no acelerar. Quieto, solo estaba él y esa entrada húmeda y caliente a un milímetro de ser suya.
A su lado, Leo estaba peor. Tenía los ojos apretados, la mandíbula tensa, los músculos del cuello marcados como cuerdas. El pene latía con una violencia que le dolía. Cada latido contra el agujerito de Lara era un pequeño empujón involuntario.
Lara estiró una mano hacia atrás sin moverse de su posición. Sus dedos encontraron el muslo de Leo, luego subieron buscando la base de su pene, caliente, tensa, latiendo. Leo gimió.
—Late más fuerte cuando lo toco —dijo ella, maravillada. Siguió acariciando la base mientras la punta seguía presionando su agujerito y el líquido preseminal seguía humedeciéndola.
—Leo —dijo—. Se te hunde solito.
—Shhh —susurró él, con la voz rota.
Elena intervino, pedagógica:
—Cuando los hombres tienen muchas ganas y no pueden terminar, empiezan a tener lo que se llama «dolor de huevos». Es la presión acumulada. Como cuando tenés muchas ganas de hacer pis y no encontrás baño. Pero en ellos es peor.
—Ah —dijo Lara, procesando—. Leo, ¿te duele mucho?
Leo asintió. No podía hablar.
—¿Y vos, papi?
Miguel tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era un susurro:
—Sí, cielo. Duele.
Lara frunció el ceño.
—¿Y por qué no terminan, entonces? Así no les duele.
Silencio. Elena sonrió, esa sonrisa suya que todo lo medía.
—Porque vos no querés que terminen todavía, ¿o sí?
—No —dijo Lara—. Todavía no. Me gusta sentir rico en mi culito. Me gusta sentir el de papá, aunque sea más despacio. Me gusta que estén ahí, quietos, calientes. Quiero un ratito más.
—Ahí tenés la respuesta —dijo Elena, mirando a los hombres por encima del hombro—. Lara quiere un ratito más.
Miguel apretó la mandíbula y siguió quieto. La punta de su pene, apoyada contra la humedad de Elena, era un recordatorio constante de lo que no podía tener. Los testículos empezaban a doler de verdad, ese dolor sordo y profundo que los hombres conocen cuando el sexo se alarga demasiado sin final.
Leo gemía. Un gemido bajo, involuntario, que intentaba disimular. Su verga estaba tan dura que parecía a punto de romperse. La punta, enrojecida, latía con cada latido del corazón. El agujerito de Lara seguía recibiéndolo, presionándolo, calentándolo.
—Mirá, mami —dijo Lara, señalando hacia atrás.
Elena miró. El pene de su hijo, ese animal adolescente, había pasado del rojo al violáceo. Sangre acumulada, presión, dolor. Las venas marcadas como ríos en un mapa. Un hilo de líquido preseminal se escurría por la punta, humedeciendo el agujerito de Lara.
—Se le está saliendo juguito —dijo Lara—. Me moja.
—Es líquido preseminal —explicó Elena, y se rio.
—¿Duele más cuando sale?
—Preguntale.
—Leo, ¿duele más?
Leo negó con la cabeza. No podía hablar. Pero no dolía más. Dolía igual.
Pasaron cinco minutos más. El dolor de Miguel ya era insoportable. Sentía los testículos como dos piedras, como si alguien estuviera apretándoselos desde adentro. A su lado, Leo estaba al borde del colapso. Su cuerpo temblaba.
—Ya —dijo Lara de repente, y se sentó—. Me cansé.
El movimiento fue tan abrupto que la punta de Leo perdió contacto. Su pene quedó en el aire, erecto, violáceo, temblando, con un hilo de líquido preseminal que se estiró y se rompió como una telaraña.
Miguel también se separó. Su pene, menos urgente pero igualmente dolorido, bajó medio centímetro, como un suspiro.
Elena se quedó un momento más en cuatro, sintiendo la humedad en su entrada, el vacío que dejaba la ausencia de la punta de Miguel. Luego se dio la vuelta y se sentó en la alfombra, con las piernas abiertas.
—Buen juego —dijo.
Lara asintió, feliz, y se levantó de un salto.
—Me voy a bañar —anunció—. Huelo feo. Y tengo el juguito de Leo en el culo.
Salió corriendo.
Los hombres quedaron en el suelo. Leo, arrodillado, con las manos cubriéndose la entrepierna, respirando entrecortado. Miguel, recostado contra el sillón, con los ojos cerrados, masajeándose los testículos con una mano.
Compartían el mismo dolor. Físico. Insoportable.
Y ninguno decía nada. Porque no había nada que decir.


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