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Heterosexual

El Legado

En 1979, Helena y José, estudiantes de Cine, decidieron concebir un proyecto que no pudiera ser archivado como un simple ejercicio académico. No buscaban escandalizar por capricho, sino tensionar una discusión que, a su juicio, se había vuelto cómoda: la representación del cuerpo femenino en el cine.

Su propuesta era arriesgada y deliberadamente incómoda. Querían filmar una película para adultos que no reprodujera los códigos habituales del género, sino que los desmontara desde dentro. La escena explícita no sería el fin, sino el argumento. Helena sostenía que el verdadero problema no era la desnudez ni el acto sexual, sino la concepción de quien está mirando.

José, más escéptico, temía que el experimento terminara absorbido por la misma lógica que pretendían cuestionar. “El mercado digiere cualquier rebeldía”, repetía. Pero aun así, aceptó el desafío: si iban a fracasar, al menos sería intentando incomodar de verdad.

Durante semanas analizaron referentes. Revisaron desde el cine de autor europeo hasta el underground neoyorquino. Helena insistía en invertir la dirección de la mirada: no filmar el cuerpo como objeto, sino como sujeto que devuelve la observación.

El proyecto comenzaría con entrevistas a los dueños de la granja que habían alquilado como locación: una pareja de ancianos que, según les dijeron, estaba dispuesta a hablar sobre el deseo, la moral y el papel de la mujer en la pornografía contemporánea. Helena y José imaginaban un prólogo casi documental, una conversación que enmarcara la obra dentro de una reflexión crítica. Querían que el espectador comprendiera que lo que estaba a punto de ver no era una provocación vacía, sino un experimento: una confrontación directa entre teoría y carne, entre discurso y experiencia.

Para Helena, el proyecto tenía una dimensión que excedía lo cinematográfico. No se proponía únicamente registrar una escena pornográfica, sino inscribir su propio cuerpo —y su propia voz— dentro de una tesis: que la explicitud no es incompatible con el consentimiento ni con la autoría cuando quien se expone define las condiciones de esa exposición. En ese sentido, su intervención aspiraba a funcionar como demostración empírica de un argumento crítico previamente elaborado.

Helena fue más lejos de lo que incluso José había anticipado. Al comienzo hablaba de desnudarse ante la lente como un gesto simbólico: exponer el cuerpo para cuestionar la mirada. Pero, a medida que afinaba su argumento, sintió que ese gesto resultaba insuficiente. Si su tesis defendía la posibilidad de ejercer control sobre la representación y sobre el sentido de lo explícito, entonces debía asumir el riesgo completo de encarnarla.

Decidió que sería la protagonista de su propia película.

No se trataba de una provocación gratuita ni de una concesión al morbo. Para ella, la coherencia entre teoría y práctica exigía atravesar el límite que separaba la reflexión del acto. La escena íntima que proponía no debía filmarse como espectáculo ni como clímax, sino como un espacio de negociación visible, de consentimiento explícito y de autoría compartida. La cámara no ocultaría los acuerdos ni las pausas; los integraría como parte esencial de la narrativa.

Su obsesión no era la exposición del cuerpo en sí, sino la demostración de que podía definir las condiciones de esa exposición. Quería evidenciar que el control no residía únicamente detrás de la cámara, sino también delante de ella. Que la protagonista no fuera objeto pasivo de una mirada, sino sujeto que la organiza, la interpela y, en cierto modo, la dirige.

José temía que el gesto fuera leído superficialmente, que el público redujera la complejidad del proyecto a la mera existencia de una escena sexual. Helena, en cambio, insistía en que precisamente allí estaba el desafío: si el espectador esperaba consumir una imagen predecible, la película debía devolverle una experiencia incómoda, reflexiva, incluso frustrante en sus expectativas.

Para ella, protagonizar la escena no era una renuncia a la crítica, sino su punto culminante. Era afirmar que la explicitud, cuando está atravesada por consentimiento consciente y control narrativo, puede convertirse en argumento antes que en mercancía. Y en esa decisión —arriesgada, discutible, pero deliberada— Helena creyó encontrar la forma más contundente de sostener su tesis.

José, por su parte, adoptaba una posición más analítica que performativa. Entendía el proyecto como un experimento formal destinado a interrogar los códigos del género y a confrontar a sus compañeros con los presupuestos morales y estéticos que sostenían sin examinarlos. Ambos confiaban en que el dispositivo conceptual —entrevista, contextualización, performance consciente— bastaría para encuadrar la experiencia dentro de un marco interpretativo estable. Presuponían que la fricción se produciría en el plano discursivo. No contemplaban que el cuerpo, al entrar en escena, pudiera desbordar el esquema que pretendía contenerlo.

Las entrevistas resultan desconcertantes. Los ancianos no hablan en términos sociales ni culturales, sino rituales. Describen el deseo como una fuerza, un fuego que debe protegerse de la banalidad moderna. Mencionan la responsabilidad de custodiar aquello que otros trivializan. Helena, intentando mantener la compostura profesional, siente que cada respuesta la desarma más de lo que esperaba.

Ellos rondaban los setenta y muchos. No era fácil precisar la edad exacta. Se llamaban Aurelio y Matilde. Llevaban más de cincuenta años casados y nunca habían vivido fuera de esa granja. Allí habían criado hijos, enterrado padres y visto arder y renacer cosechas.

Helena colocó la grabadora sobre la mesa.

—Queremos hablar sobre la representación del cuerpo femenino —explicó—. Sobre la idea de que una mujer puede decidir mostrarse, decidir quién la mira. Que la exhibición, cuando es voluntaria, es una forma de poder.

Aurelio no respondió de inmediato. Se pasó el pulgar por el borde de la taza y miró a su esposa antes de hablar.

—Ustedes hablan de mostrar —dijo al fin— como si el cuerpo fuera un cartel. Como si bastara con decir “yo decido” para que todo lo demás se acomode.

José intervino:

—No es solo mostrar. La mujer no es objeto si define las condiciones. Si elige al espectador, si controla el encuadre.

Matilde sonrió apenas, una mueca que no era burla, pero sí distancia.

Aurelio levantó la mirada hacia Helena.

—La mujer no es débil —dijo—. Nunca lo ha sido. Pero cuando se entrega de verdad, cuando deja que un hombre la tome como corresponde, algo cambia. El cuerpo tiene memoria más vieja que cualquier discurso.

Helena sostuvo la mirada.

—Ustedes creen que siempre están pensando, decidiendo. Pero cuando el deseo es fuerte —cuando es el fuego del que hablamos— la mujer deja de calcular. Y en ese instante no manda la teoría. Manda el cuerpo.

José apoyó los codos en la mesa.

—Eso no implica sumisión natural. Implica placer. Y el placer no cancela la autonomía.

Aurelio lo miró sin hostilidad, pero con una firmeza que no admitía concesiones.

—Muchacho, una cosa es disfrutar. Otra es ser atravesada por algo que te supera. Cuando una mujer es penetrada por el hombre que la sabe leer, por el hombre que la toma sin titubeos, ya no se pertenece como antes.

El silencio se volvió espeso.

Helena sintió el impulso de objetar con argumentos académicos, con referencias y citas. Sin embargo, la crudeza del anciano no tenía tono de amenaza; hablaba como quien describe la lluvia o la siembra.

—¿Está diciendo que la mujer cambia de dueño? —preguntó finalmente, manteniendo la voz estable.

—Estoy diciendo —respondió Aurelio— que el sexo verdadero no es democrático. No es una reunión donde todos opinan. Es una corriente. Y cuando esa corriente es fuerte, alguien guía y alguien se deja guiar. No porque sea inferior, sino porque así funciona la naturaleza del fuego.

Matilde intervino entonces, apoyando la mano sobre la mesa.

—Yo elegí a este hombre —dijo con serenidad—. Y lo he elegido todos los días. No porque me obligue, sino porque sé lo que pasa cuando dejo de resistirme. Ustedes hablan de empoderamiento como si fuera estar siempre arriba, siempre conscientes. A veces el poder es soltar.

Helena no estaba convencida. No aceptaba esa visión como verdad universal. Pero tampoco podía reducirla a simple ignorancia.

Para demostrar que su propuesta no es una simple provocación vacía, Helena decide protagonizar una escena inicial que combine discurso y cuerpo: un acto performativo de exhibicionismo cuidadosamente planeado, pensado como declaración artística sobre la autonomía femenina. La cámara se enciende. El granero, apenas iluminado por la luz filtrada del atardecer, se convierte en escenario.

La cámara se enciende con un leve zumbido eléctrico. El encuadre es fijo, casi austero. No hay música. Solo el crujido leve de la madera del granero y el aire que entra por las rendijas.

Helena está vestida con un pantalón oscuro, camisa clara abotonada hasta el cuello. No hay artificio en su aspecto. Se sitúa frente al lente, de pie.

Al comenzar, sus manos tiemblan ligeramente. No por frío, sino por la conciencia aguda de estar siendo observada —no solo por el lente, no solo por José. Siente el pulso acelerado en la garganta, la piel erizada, la contradicción entre el discurso seguro que había ensayado y la vulnerabilidad real que ahora la atraviesa. Cada respiración le pesa. Hay una tensión eléctrica entre su voluntad de controlar y el vértigo de perder ese control. El silencio alrededor no es vacío; es expectante.

—Esta imagen —comienza, mirando directamente a cámara— no es una invitación. Es una decisión. Estoy aquí porque quiero estar. Me muestro porque elijo hacerlo. La mirada que me alcanza es una mirada que yo convoco.

Su voz suena firme, pero ella misma percibe el esfuerzo que implica sostener esa firmeza. La teoría avanza con claridad; el cuerpo, en cambio, responde con impulsos menos previsibles.

Da un paso atrás, dejando que el cuerpo entero entre en cuadro. El gesto es deliberado, casi pedagógico.

—Se ha dicho que el cuerpo femenino, cuando se exhibe, pierde poder. Yo sostengo lo contrario: que el poder reside en la elección.

Helena, con movimientos lentos y deliberados, lleva sus manos al botón superior de su camisa. Los dedos, ligeramente húmedos, rozan el algodón mientras desabrocha cada botón con una precisión que parece estudiada. La tela se abre, revelando un sostén de encaje blanco que contrasta con su piel. Sus pechos, firmes y juveniles, se asoman tímidamente, pero con una promesa de lo que está por venir. Helena siente la brisa fresca del granero acariciar su piel desnuda, provocando un escalofrío que recorre su espina dorsal.

José, detrás de la cámara, observa con una mezcla de fascinación y respeto. Sus ojos recorren cada movimiento, capturando cada detalle. Siente una tensión en su propio cuerpo, una anticipación que se mezcla con la responsabilidad de registrar este momento sin interferir.

Aurelio, con una expresión indescifrable, mira a Helena como si fuera un objeto de placer, sin rastro de humanidad en sus ojos. Para él, ella es solo un medio para satisfacer un deseo antiguo y primario. Matilde, por su parte, observa con una mezcla de curiosidad y comprensión, recordando quizá sus propios momentos de vulnerabilidad y poder.

Helena desabrocha el sostén, dejando que caiga al suelo. Sus pechos, ahora completamente expuestos, son redondos y perfectos, coronados por pezones rosados que se endurecen con el frío. Ella siente una oleada de calor en su abdomen, una mezcla de excitación y nerviosismo. Sus manos tiemblan ligeramente mientras se lleva una a un pecho, acariciando suavemente, como si estuviera explorando su propia piel por primera vez.

Los ancianos y José contienen la respiración. La escena es intensa, cargada de una electricidad palpable. El silencio en el granero es absoluto, roto solo por el leve susurro de la ropa al caer al suelo.

Helena baja las manos a su cintura, desabrochando el botón de su pantalón. Con un movimiento fluido, se deshace de la prenda, dejando al descubierto unas bragas de encaje a juego con el sostén. Su abdomen es liso y firme, con un ombligo perfecto que parece invitar a ser explorado. Ella pasa las manos por su piel, sintiendo cada curva, cada pliegue, cada imperfección que la hace única.

José ajusta la cámara, asegurándose de capturar cada detalle. Su corazón late con fuerza, y siente una gota de sudor correr por su sien. La escena es más intensa de lo que había imaginado, y se pregunta si Helena está sintiendo lo mismo.

Aurelio, con una sonrisa casi imperceptible, se inclina ligeramente hacia adelante, como si quisiera capturar cada detalle de Helena con sus propios ojos. Para él, ella es una puta para usar y disfrutar. Matilde, en cambio, parece reflexiva, como si estuviera recordando momentos similares de su propia juventud.

Helena, con un último movimiento, se deshace de las bragas, dejando que caigan a sus pies. Su vagina, ahora completamente expuesta, es un lugar de misterio y promesa. Ella siente una humedad creciente, una señal de su propio deseo. Sus dedos se deslizan suavemente por su monte de Venus, acariciando con delicadeza, explorando cada pliegue con una curiosidad casi clínica.

El aire en el granero parece cargado de electricidad. José, Aurelio y Matilde observan en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos y deseos. Helena, con los ojos cerrados, se sumerge en sus propias sensaciones, dejando que su cuerpo guíe sus movimientos.

Por un instante, guarda silencio. El silencio pesa. No es ausencia de sonido, sino acumulación de expectativa. Siente que la escena ya no está completamente bajo su control conceptual. No porque algo externo intervenga, sino porque el propio acto la ha desplazado.

Helena no recuerda con claridad en qué momento dejó de pensar como directora y actriz. Los ancianos no irrumpieron; se acercaron con la misma lentitud con la que habían hablado del fuego, del sexo como un legado.

José intentó intervenir. Dio un paso, pronunció su nombre. Pero la anciana lo sostuvo con la mirada. Y José, inexplicablemente, dudó.

El anciano fue quien se aproximó a Helena.

No había en su gesto urgencia ni torpeza. Sus manos, marcadas por el tiempo, no la sujetaron como quien toma algo, sino como quien verifica una temperatura. La rozó primero en los brazos, en los hombros, como si estuviera confirmando que ella estaba allí por voluntad y no por miedo.

Helena debería haberse apartado.

Lo sabía.

El proyecto no contemplaba aquello. Nada de lo que habían planificado incluía perder el control de la escena. Sin embargo, lo que comenzó a sentir no fue amenaza, sino una extraña coherencia. Como si todas las palabras escuchadas durante la entrevista —sobre custodiar el deseo, sobre no trivializarlo— empezaran a adquirir sentido físico.

El anciano acercó su rostro al suyo. No hubo órdenes, no hubo violencia explícita. Sus manos, rugosas y marcadas por el tiempo, recorren su piel con una familiaridad que desarma cualquier resistencia. Helena siente el calor de su tacto, una mezcla de aspereza y ternura que la sorprende. Sus ojos, fijos en los de él, buscan una respuesta que no encuentra en palabras, solo en la intensidad del momento.

Aurelio, con una confianza que raya en la arrogancia, desliza sus manos por la espalda de Helena, atrayéndola hacia sí. Ella siente la presión de su verga contra su abdomen. No hay palabras, solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas. El anciano la guía con firmeza, pero sin violencia, hacia una paja de heno en el rincón del granero. Cada paso es una afirmación, una declaración de su dominio natural sobre la situación. La guía hasta quedar sentada sobre la paja.

Aurelio, con una sonrisa casi imperceptible, se para frente a ella, se desabrocha el cinturón, liberando su verga aún flácida. Aurelio, con una voz ronca y autoritaria, le susurra al oído: «Abre la boca, zorra.» Helena, en un estado de confusión y sumisión, obedece sin pensar. Aurelio, con una sonrisa perversa, le acerca su verga a la cara.

Con una mano, agarra su miembro, y con la otra, sujeta la cabeza de Helena, guiándola hacia su entrepierna. «Bebe, puta,» ordena, y comienza a orinar en su boca. Helena, con los ojos muy abiertos, siente el chorro cálido y amargo inundar su boca, su garganta. Trata de tragar, de no ahogarse, mientras las lágrimas se escapan de sus ojos.

Aurelio, con un gemido de satisfacción, libera su vejiga completamente, asegurándose de que no quede ni una gota. Helena, con la boca llena y los ojos llorosos, se siente humillada y usada, pero también extrañamente excitada. El acto es brutal, degradante, pero también una afirmación de su sumisión, de su elección de participar en este juego perverso.

Cuando Aurelio termina, su verga ha comenzado a erectarse. Helena, con una mezcla de curiosidad y desafío, se deja llevar. Su mente, dividida entre la teoría y la práctica, lucha por mantener el control. Pero su cuerpo, traidor y obediente, responde a cada estímulo. Aurelio la recuesta suavemente sobre la paja, sus movimientos precisos y calculados. Sus manos exploran cada curva, cada pliegue, con una pericia que desmiente su edad.

El anciano se coloca entre sus piernas, abriéndolas con una presión suave pero insistente. Helena siente la humedad entre sus muslos, una respuesta involuntaria a la cercanía y al deseo. Helena observa, fascinada y temerosa como la verga del anciano ha adquirido una dureza que cualquier jovencito envidiaría, mientras él se posiciona en su entrada.

Con un movimiento lento y deliberado, Aurelio penetra a Helena. Ella siente la invasión, el estiramiento, el calor que se expande desde su centro. Cada embestida es una afirmación, una declaración de su poder sobre ella. Helena, con los ojos cerrados, se abandona a las sensaciones, dejando que su cuerpo responda por sí mismo.

Aurelio, con un ritmo constante y profundo, la toma con una intensidad que la deja sin aliento. Sus manos, firmes en sus caderas, la sujetan con una posesión que no deja lugar a dudas. Helena, con cada movimiento, siente que se deshace, que se disuelve en una mezcla de placer y confusión.

La mecánica del acto es brutal y hermosa, una danza de cuerpos que se encuentran y se separan, siempre en busca de más. Aurelio, con cada embestida, reafirma su dominio, su creencia en una fuerza natural que lo excede todo. Helena, en cambio, procesa cada sensación como una elección, una decisión consciente dentro de su propio marco teórico.

El placer, intenso y abrumador, la invade. Helena siente cada fibra de su ser vibrar, cada terminación nerviosa encenderse. Su cuerpo, traidor y obediente, responde con una humedad creciente, con espasmos que la sacuden por completo. Aurelio, con un gruñido, alcanza su propio clímax, liberándose dentro de ella con una intensidad que la deja sin aliento.

En ese instante, el tiempo se detiene. Helena y Aurelio, unidos en un abrazo tenso y sudoroso, se miran a los ojos, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Para Aurelio, es una afirmación de su poder, de su dominio natural. Para Helena, es una confrontación, una prueba de su teoría en la práctica.

El anciano se retira lentamente, dejando a Helena en un estado de confusión y satisfacción. Ella se incorpora, con el cuerpo tembloroso y la mente en ebullición. Sabe que ha cruzado una línea, que ha dejado de ser solo directora y actriz para convertirse en algo más. Algo que, por ahora, no puede definir.

José, desde su posición, observa en silencio, capturando cada detalle con la cámara. Su rostro es una máscara de concentración, pero sus ojos reflejan la intensidad del momento. Siente una mezcla de admiración y envidia, de respeto y deseo. La escena, cruda y explícita, es más de lo que había imaginado.

Matilde, con una expresión indescifrable, observa a la pareja con una mezcla de curiosidad y comprensión. Para ella, es un recordatorio de su propia juventud, de los momentos en que se dejó llevar por el deseo, por la fuerza natural que lo excede todo.

Helena, en ese instante comprendió algo que la descolocó más que cualquier contacto: no estaba siendo arrastrada; estaba eligiendo no detenerlo.Lo que la perturbó no fue el acto en sí, sino la respuesta de su propio cuerpo.

Cuando todo terminó, no hubo aplausos ni discursos. Solo respiraciones que regresaban a su ritmo habitual.

Y lo más perturbador era reconocer que el deseo no se había agotado.

José, con una urgencia palpable, libera su erección, dejando que la verga salga de su confinamiento con un salto. El dolor en su entrepierna se transforma en una necesidad abrumadora. Aurelio, al pasar a su lado, nota la excitación del joven y, con una sonrisa sabia, le susurra: «A las putas no se les pregunta, se toman, se consumen, no cometas el error de ponerlas a nuestro nivel.» Con un brazo firme sobre los hombros de José, lo guía hacia donde Helena yace recostada, su cuerpo aún tembloroso y sudoroso.

Helena, con los ojos muy abiertos, observa la escena desarrollarse ante ella. Ve el rostro de José, deformado por el deseo y la lujuria, y su verga erecta, lista para la acción. No puede anticipar lo que está por venir, pero su cuerpo, traidor y obediente, ya no le pertenece. La teoría se desmorona ante la práctica, y ella lo sabe.

José, actuando con una ferocidad que no sabía que poseía, voltea a Helena con fuerza. Las nalgas de Helena, firmes y redondas, se presentan ante él, perfectas y tentadoras. La piel, perlada de sudor, brilla bajo la luz tenue del granero. José, con una sonrisa perversa, se posiciona detrás de ella, su verga rozando la entrada prohibida.

Aurelio, con una voz que no admite réplica, instruye: «No te afanes muchacho, la puta tiene otros huecos.» José, siguiendo la orden, se inclina sobre Helena, su aliento caliente en su oreja. «Vas a gritar, zorra,» susurra, y con un solo y brutal movimiento, penetra su ano.

Helena grita de dolor, un sonido agudo y desgarrador que resuena en el granero. Su cuerpo se tensa, cada músculo en alerta, mientras José comienza a moverse con embestidas rápidas y profundas. El dolor es intenso, abrasador, pero también hay un placer oscuro, una sensación que la descoloca aún más.

«Música para mis oídos,» murmura Aurelio, sentándose nuevamente junto a Matilde, que observa la escena con una mezcla de satisfacción y nostalgia. José, con cada embestida, se aferra a las caderas de Helena, sus dedos clavándose en su carne. La saliva se escapa de su boca, cayendo sobre la piel de Helena, mezclándose con el sudor y creando un rastro viscoso.

Helena, con lágrimas en los ojos, siente cada movimiento, cada invasión. Su cuerpo, traidor y obediente, responde con una humedad inesperada, una respuesta involuntaria al acto brutal. José, con un gruñido, acelera el ritmo, su verga deslizándose con facilidad en el ano de Helena, ahora lubricado por su propio fluido.

El granero se llena con los sonidos de su encuentro: los gritos de Helena, los gruñidos de José, el sonido húmedo de la carne contra la carne. Aurelio y Matilde observan en silencio, sus expresiones indescifrables, pero sus ojos brillan con una satisfacción primitiva.

José, con un último y profundo empujón, alcanza su clímax, liberándose dentro de Helena con un gemido gutural. Se retira lentamente, dejando a Helena en un estado de confusión y satisfacción. Ella se incorpora, con el cuerpo tembloroso y la mente en ebullición. Sabe que ha cruzado una línea, que ha dejado de ser solo directora y actriz para convertirse en algo más. Algo que, por ahora, no puede definir.

El silencio en el granero es pesado, cargado de expectativa. Helena, con una respiración aún entrecortada, se levanta lentamente, recogiendo su ropa con movimientos mecánicos. Cada gesto es una afirmación, una declaración de su elección. Sabe que Aurelio ha demostrado su punto, que ha llevado su teoría a la práctica. Pero también sabe que ha dejado al descubierto una vulnerabilidad que no puede ignorar.

Por un instante, guarda silencio. El silencio pesa. No es ausencia de sonido, sino acumulación de expectativa. Siente que la escena ya no está completamente bajo su control conceptual. No porque algo externo intervenga, sino porque el propio acto la ha desplazado.

45 Lecturas/23 marzo, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: anal, culo, exhibicionismo, joven, jovencito, puta, sexo, vagina
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