• Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (6 votos)
Cargando...
Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

El Origen.

Acá vas a encontrar el principio de la historia que ya conoces. .

Elena no recordaba después si fue el calor o el silencio lo que la despertó. La cabaña era un horno a esa hora de la siesta. Del techo, el ventilador giraba lento, empujando aire caliente de un lado a otro sin refrescar nada.
Elena tenía diecisiete años recién cumplidos, pero se sentía más vieja. Leo, su hijo de ocho meses, dormía a su lado en la cama grande, con esa respiración honda de los bebés que han llorado mucho y de repente se rinden. Había pasado la mañana inquieto, con ese calor que a todos ponía de mal humor. Ahora, por fin, descansaba.
Elena lo miró. Le pasaba seguido. En los momentos de silencio, cuando Miguel no estaba y la cabaña se volvía una burbuja, ella se quedaba mirando a Leo. Era suyo. Lo había parido sola, con dieciséis años, en un hospital donde las enfermeras la miraban con lástima y una vieja le dijo «qué pena, tan jovencita». Pero no era pena lo que Elena sentía. Era otra cosa. Una mezcla de orgullo y miedo, de amor y de «¿y ahora qué?».
Miguel estaba de viaje. Siempre estaba de viaje. Se habían mudado a esa cabaña hacía tres meses, lejos de todo, de todos. Miguel decía que era mejor así, que la ciudad no era lugar para criar un niño, que necesitaban naturaleza, aire puro, libertad. Elena no preguntaba mucho. A los diecisiete años, con un bebé y un marido que le llevaba trece, había aprendido que preguntar no cambiaba las cosas.
Leo se movió en sueños. Elena contuvo la respiración, esperando que no se despertara. Pero no lloró. Solo se estiró un poco, arqueando la espalda, y la sábana que lo cubría resbaló hacia abajo. Quedó desnudo. Elena lo había visto desnudo cientos de veces. Lo bañaba todos los días, lo cambiaba, lo limpiaba. El cuerpo de Leo no tenía secretos para ella. Pero esa tarde, con la luz de la persiana marcándole rayas en la piel, algo la hizo mirar de otra manera.
Quizás fue la postura. Leo estaba boca arriba, con las piernas abiertas en esa forma que tienen los bebés cuando están relajados. Quizás fue la luz, que dibujaba sombras donde antes no veía nada. Quizás fue el silencio, o el calor, o la soledad, o todas esas cosas juntas. Elena miró.
Entre las piernas de Leo, diminuto, apenas un brote, estaba su sexo. Unos centímetros de piel suave, arrugada, todavía inútil para cualquier cosa que no fuera hacer pis.
Elena lo miró un rato largo. No pensó nada. O pensó demasiadas cosas al mismo tiempo. Solo miró. Sintió algo raro en el estómago, un calor que no era el de la siesta, una opresión suave en el pecho. Después apartó la vista. Miró el techo, el ventilador, las vigas de madera. Contó los segundos. Respiró hondo.
Cuando volvió a mirar a Leo, ya era otra vez su bebé, su hijo, su razón de vivir. Se dijo que era el calor, el cansancio, las hormonas revueltas del postparto que tardaban en irse. Se dijo que todas las madres miraban así a sus hijos, con esa mezcla de ternura y algo más que no tenía nombre. Se dijo que estaba loca por pensar que había algo raro en simplemente mirar.
Se levantó despacio para no despertarlo. Fue a la cocina, se sirvió agua bien fría, bebió de golpe apoyada en la mesada. Miró por la ventana el monte, los árboles, el cielo implacable. En la otra habitación, Leo seguía durmiendo. Elena volvió a la cama. Se acostó de costado, de espaldas a él, y cerró los ojos. Trató de dormirse. No pudo. Sintió el calor del cuerpecito de Leo contra su espalda. Sintió su respiración rítmica, su olor a bebé mezclado con el sudor de la siesta. Sintió ganas de darse vuelta y abrazarlo, de sentir su piel contra la suya, de perderse en ese calor.
No se dio vuelta. Se quedó inmóvil, con los ojos cerrados, escuchando el ventilador, escuchando a Leo, escuchando su propio corazón que latía más fuerte de lo normal. Pasó el tiempo. No supo cuánto.
Cuando abrió los ojos, la luz había cambiado. El sol ya no entraba directo por la persiana, sino que se volvía ese dorado suave del atardecer. Leo seguía dormido, igual que antes. Elena se dio vuelta despacio. Lo miró otra vez. Ahora el sexo de Leo estaba cubierto por la sábana, que él había vuelto a enredar entre las piernas. Solo se veía su carita, su manito, su ombligo diminuto. Elena sonrió.
—Mi amor —susurró—. Mi hombrecito.
Lo abrazó con cuidado, pegando su cara a su cabeza. Aspiró su olor. Cerró los ojos. Esa noche, cuando Miguel llamó por teléfono desde donde estuviera, Elena no le contó nada. No supo qué contar. ¿Qué había pasado? Nada. Una mirada. Un pensamiento que se fue antes de tomar forma. Nada.
—¿Todo bien? —preguntó Miguel, con esa voz que usaba para cumplir.
—Todo bien —dijo Elena.
—¿Y Leo?
—Duerme.
—Bueno, me avisan si pasa algo.
—Sí. Colgó.
Se quedó un rato con el teléfono en la mano, mirando la pantalla que se apagaba. Después volvió a la habitación, se acostó al lado de Leo, y se durmió abrazada a él, como todas las noches. Como todas las noches, pero diferente.
_________
Esa semana, Elena empezó a mirar más. No era algo que decidiera. Pasaba.
Cuando bañaba a Leo, sus manos tardaban un poco más en enjabonarlo. Cuando lo cambiaba, sus dedos rozaban donde antes pasaban de largo. Cuando lo tenía en brazos, su piel buscaba la de él de maneras que antes eran solo prácticas.
Eran apenas segundos, apenas roces, apenas miradas que se demoraban un instante más de lo necesario. Pero Elena sabía. En algún lugar de su cabeza, muy al fondo, escondido debajo de capas y capas de «es mi hijo», «es amor», «es natural», una vocecita le decía que eso no era normal.
Que las madres no miraban así. Que las manos no se demoraban así. Que algo estaba cambiando. Elena acallaba esa vocecita con trabajo. Se repetía frases: «Es el vínculo». «Es la cercanía». «Es que Miguel no está nunca». «Es que estamos solos». «Es que esto es el Edén».
El Edén. Ese nombre se le ocurrió una tarde, mientras miraba a Leo jugar desnudo en el patio. La cabaña, el monte, el río, ellos dos solos, sin ropa, sin nadie que los viera. Era como el paraíso, sí. Un paraíso donde no había vergüenza, donde todo era permitido, donde el amor podía ser todo lo grande que quisiera.
El Edén. Empezó a llamarlo así, primero en su cabeza, después en voz alta. «Vamos al Edén», le decía a Leo cuando salían al patio. «Aquí en el Edén», decía cuando lo abrazaba en la cama grande. La palabra lo hacía todo más bonito. Más puro. Más aceptable.
Una tarde, mientras Leo gateaba detrás de una pelota, Elena lo vio detenerse, sentarse, y llevarse la mano al sexo. Se tocó un rato, sin ninguna intención, simplemente porque estaba ahí. Porque los niños se tocan, es parte de descubrir el cuerpo.
Elena sintió un vuelco. Lo miró más de lo que debería. Vio su manita moviéndose, su carita concentrada, su pequeño sexo que empezaba a ponerse firme de esa manera que tienen los bebés a veces, sin razón, sin excitación, solo porque sí.
Cuando Leo levantó la vista y la vio mirándolo, le sonrió. Elena le devolvió la sonrisa. Se acercó, lo alzó, lo abrazó. Sintió el pequeño cuerpo caliente, la piel sudada, el roce de su sexo contra su cadera.
—Mi hombrecito —susurró—. Mi amor.
Esa noche, mientras Leo dormía, Elena se tocó por primera vez pensando en él. Fue rápido. Terminó casi antes de empezar, con el corazón latiendo fuerte y una culpa que le quemaba el pecho. Pero también con algo más. Con una certeza nueva. Con la confirmación de que lo que sentía no era solo «amor de madre».
Se quedó despierta mucho rato, mirando el techo, sintiendo a su lado el calor de Leo, escuchando su respiración tranquila. Pensó en Miguel, tan lejos, tan ausente. Pensó en su soledad. Pensó en lo mucho que quería a su hijo. Y entonces, sin decirlo en voz alta, sin permitirse formularlo como pensamiento completo, tomó una decisión: no iba a parar. Iba a dejarse llevar. Iba a ver a dónde la llevaba esto que sentía. Porque si el Edén era un lugar donde todo estaba permitido, entonces ella era su diosa. Y podía hacer lo que quisiera.
A la mañana siguiente, cuando Leo despertó con el sol, Elena lo abrazó más fuerte que nunca.
—Vamos a jugar, hombrecito —dijo—. Te voy a enseñar un juego nuevo. El juego nuevo se llamaba «las cosquillas que crecen».

Elena lo inventó mientras secaba a Leo después del baño, con la toalla entre las manos y esa humedad que ya no la sorprendía, que aceptaba como parte del clima del Edén. El sol entraba por la ventana pequeña del baño, iluminando las gotas de agua en la piel de Leo, haciéndolo brillar como si estuviera cubierto de miel.

—Vamos a jugar —dijo, y su voz sonó más grave de lo normal, más íntima—. Te voy a hacer cosquillas, pero van a ir creciendo. Y cuando paren, vos tenés que pedir «más». ¿Entendés?

Leo asintió con esa seriedad de los niños que reciben instrucciones para un juego importante. Se quedó quieto, expectante, mientras Elena dejaba la toalla a un lado y se arrodillaba frente a él en el piso de madera.

Empezó por los pies. Cosquillas suaves, de las que hacen reír, de las que terminan en risa fácil. Leo se retorció, chilló, pidió que parara aunque en realidad quería que siguiera. Elena sonrió, pero su sonrisa era distinta a la de otros juegos. Tenía algo de concentración, de ceremonia.

Subió por las pantorrillas. Los dedos de Elena, suaves y húmedos todavía por el baño, recorrían la piel de Leo con una lentitud que no era propia de las cosquillas. Las cosquillas de verdad son rápidas, impredecibles, buscan la risa fácil. Estas no. Estas buscaban otra cosa.

—¿Crece? —preguntó Elena.
—Sí —respondió Leo, riendo todavía, sin entender del todo.

Las manos de Elena subieron por los muslos. Allí se detuvieron un instante, como si dudaran, como si consultaran con algo más profundo que su voluntad. Y entonces siguieron.

Cuando sus dedos rozaron el sexo de Leo, fue apenas un roce. La yema de un dedo contra la piel más suave, más tierna, más vulnerable. Leo no se rió. No era una zona de cosquillas. Pero tampoco se quejó. Miró a su madre con curiosidad, preguntándose si eso también era parte del juego.

—¿Duele? —preguntó Elena.
—No —dijo Leo.

Elena sintió que el corazón le latía en la garganta. Su propia vagina, esa traidora silenciosa, ya estaba húmeda otra vez, lista, expectante. Pero no podía apurarse. Esto era un juego. Tenía que parecer un juego.

Volvió a las cosquillas en la panza, en las axilas, en el cuello. Leo volvió a reír, a retorcerse, a pedir que parara. Pero cuando Elena se detenía, él pedía más, exactamente como ella le había enseñado. El juego funcionaba.

Y entonces, otra vez, las manos bajaron. Otra vez rozaron. Otra vez se detuvieron un poco más. Esta vez, cuando los dedos de Elena tocaron el sexo de Leo, él ya no estaba flácido. Esa pequeña verguita, ese brote de apenas cuatro años, se había puesto firme. El cuerpo responde antes de que la mente entienda.

Elena contuvo el aliento.

—Mirá —dijo, como si mostrara un descubrimiento—. El Piquito se despierta cuando jugamos.

Leo miró hacia abajo. Vio su propia erección, esa que aparecía a veces cuando se tocaba solo, cuando se despertaba, cuando hacía pis. No le pareció extraño. Era su cuerpo. Era normal.

—¿Por qué? —preguntó.

Elena lo miró a los ojos. En ese momento, por un instante, algo en ella dudó. Una lucecita diminuta, un eco de esa vocecita que había acallado durante semanas, le dijo: «esto es distinto, esto es más, esto no es solo mirar». Pero la lucecita se apagó cuando Leo sonrió. Esa sonrisa confiada, total, de quien está en el lugar más seguro del mundo.

—Porque te quiero mucho —dijo Elena—. Y cuando una mamá quiere mucho a su hijo, el cuerpo del hijo también quiere a la mamá. El Piquito te saluda de parte mío.

Era una explicación absurda. Pero Leo tenía cuatro años, y para él, las explicaciones de su madre eran la verdad del mundo. Asintió, aceptando.

—¿Seguimos jugando? —preguntó.

Elena asintió. Y siguió.

Esta vez, sus manos ya no fueron tímidas. Acarició el muslo de Leo con la palma abierta, sintiendo el calor de su piel, la suavidad que solo tienen los niños. Subió despacio, muy despacio, hasta que su mano cubrió por completo ese pequeño sexo erguido. No lo apretó. Solo lo sostuvo, como quien sostiene un pájaro, sintiendo los latidos, la firmeza, la vida.

Leo se quedó quieto. No sabía qué sentir. No era desagradable, pero tampoco era como las cosquillas. Era otra cosa. Una sensación nueva que no sabía cómo procesar.

—¿Te gusta? —preguntó Elena, y su voz temblaba.

Leo dudó un segundo. Luego asintió. Porque cuando su madre preguntaba si algo le gustaba, siempre quería que dijera que sí. Había aprendido eso mucho antes de entender por qué.

Elena sonrió. Una sonrisa amplia, luminosa, de esas que muestran todos los dientes. Y mientras sonreía, su otra mano bajó por su propio cuerpo, buscando su propia humedad, su propio centro, ese lugar que llevaba horas, días, semanas reclamando atención.

Se tocó mientras sostenía a Leo. El contraste era abrumador: una mano sosteniendo la verguita diminuta de su hijo, la otra mano metida entre sus propios labios, buscando su propio placer. Cerró los ojos. No quiso ver lo que estaba haciendo. Solo quiso sentirlo.

—Seguí quietito —susurró—. Así, mi amor. Así nomás.

Leo obedeció. Se quedó inmóvil, mirando a su madre con los ojos muy abiertos, sin entender por qué respiraba tan fuerte, por qué su cara se ponía roja, por qué de sus ojos salían lágrimas que no eran de tristeza.

El orgasmo llegó como una ola. Elena lo sintió venir desde muy lejos, desde algún lugar profundo que había estado esperando este momento sin saberlo. Cuando estalló, todo su cuerpo se tensó, su mano apretó sin querer el sexo de Leo, y un gemido escapó de sus labios, un sonido que en otra circunstancia habría sido de dolor, pero que en ese momento era de algo mucho más complicado.

Abrió los ojos.

Leo la miraba con esa mezcla de fascinación y desconcierto que tienen los niños cuando los adultos hacen cosas que no entienden. No preguntó nada. No sabía qué preguntar.

Elena soltó suavemente el sexo de Leo. Se miró la mano, la que había estado dentro de ella, y vio los dedos brillantes, mojados. Se los llevó a la nariz, olió. Olió a ella, a su deseo, a lo que acababa de pasar.

—Es nuestro secreto —dijo—. ¿Entendés? Esto que pasó hoy, el juego, el Piquito, todo. Es solo nuestro. Papá no tiene que saberlo.

Leo asintió. Los secretos con mamá eran importantes. Lo había aprendido desde que tenía memoria.

—¿Estuvo bueno el juego? —preguntó Elena.

Leo asintió de nuevo. No sabía si había estado bueno, pero su madre sonreía, y cuando su madre sonreía así, todo estaba bien.

—Entonces mañana jugamos otro rato —dijo Elena, y lo abrazó con una fuerza que era a la vez protección y posesión—. Te voy a enseñar más cosas. Cosas lindas. Cosas que solo nosotros podemos tener.

Leo se dejó abrazar. El olor de su madre, ese olor a ella, lo envolvía todo. Cerró los ojos y se durmió así, en sus brazos, sin saber que acababa de cruzar una puerta de la que quizás nunca podría volver.

—

Elena lo dejó en la cama grande, arropado con la sábana fina, y se quedó un momento mirándolo. Dormía con la boca abierta, respirando hondo, agotado por la intensidad del juego. Su Piquito, ya flácido otra vez, asomaba entre las piernas como un testigo silencioso.

Elena sintió que le faltaba el aire. No de culpa —la culpa había quedado sepultada bajo capas de justificación—, sino de una especie de vértigo. Acababa de hacer algo. Algo grande. Algo que cambiaba todo.

Necesitaba contarlo.

No a Miguel, claro. Miguel no entendería. Miguel era el mundo de afuera, el que no pertenecía al Edén. Necesitaba a alguien que sí entendiera. Alguien que le dijera que lo que acababa de sentir, lo que acababa de hacer, no estaba mal. Que era amor. Que era natural. Que era hermoso.

Se sentó frente a la computadora, la única que tenían, una notebook vieja que Miguel había traído de la ciudad para que ella pudiera «entretenerse». La pantalla iluminó su cara en la penumbra de la cabaña. Todavía jadeaba un poco. Todavía sentía el eco del orgasmo en el vientre.

Abríó el navegador. No sabía bien qué buscar. Escribió: «maternidad», «amor», «conexión». Nada. Demasiado genérico. Escribió: «madres que aman demasiado». Aparecieron artículos sobre sobreprotección, nada que ver. Escribió: «sentir cosas por tu hijo». El buscador dudó, como si no entendiera la pregunta.

Entonces encontró un foro. Se llamaba «JardinesSecretos.com». Un lugar para mujeres, decía el encabezado, donde compartir lo que no se comparte en otros lados. Elena se registró en segundos. Escogió un nombre: EdénFeliz_20. Veinte años, Edén feliz. Perfecto.

Entró a la sala de chat. Había varias: #MaternidadReal, #CrianzaNatural, #ConexiónProfunda. Eligió esta última. Y empezó a escribir.

> EdénFeliz_20: Hola. No sé si este es el lugar. Pero necesito hablar con alguien que entienda.

Esperó. Los segundos se hicieron largos. Ya iba a cerrar cuando apareció una respuesta.

> SombraLunar77: Hola, corazón. Aquí entendemos de todo. Contá.

Elena sintió un alivio tan grande que le dolió el pecho. Alguien había respondido. Alguien estaba ahí.

> EdénFeliz_20: No sé por dónde empezar. Es sobre mi hijo. Siento cosas… cosas muy fuertes. Y no sé si está bien.

> SombraLunar77: ¿Cosas como qué?

Elena dudó. No podía contar todo. No el juego, no el orgasmo, no la mano mojada. Pero podía contar un poco. Podía tantear el terreno.

> EdénFeliz_20: Como que lo amo demasiado. Como que cuando lo veo desnudo me da algo en el pecho. Como que no puedo dejar de mirarlo.

> SombraLunar77: Ay, querida. Eso se llama maternidad real. El amor de madre es el más grande que existe. Y si además lo crías sin ropa, sin vergüenza, sin los tabúes de siempre… es normal que sientas todo más intenso.

Elena leyó las palabras tres veces. «Maternidad real». «Sin tabúes». «Normal». Cada palabra era un bálsamo, una caricia, una confirmación.

> EdénFeliz_20: ¿Vos sentís así siendo madre?

> SombraLunar77: Con mis dos varones, sí. Y con la nena también, aunque diferente. Es que nadie te cuenta esto cuando sos madre. Nadie te dice que vas a mirar a tus hijos y te va a doler de amor. Que vas a querer comértelos a besos, abrazarlos hasta que duela. Y que a veces… a veces el cuerpo también reacciona. Porque el amor es una sola cosa, ¿entendés? No se puede separar en compartimentos.

Elena sintió que alguien le había puesto palabras a todo lo que ella no podía nombrar. «El cuerpo también reacciona». «El amor es una sola cosa». Era exactamente lo que necesitaba escuchar.

> EdénFeliz_20: Yo a veces me mojo. Cuando lo miro, cuando lo abrazo. Y no sé si eso está mal.

> SombraLunar77: Corazón, lo único malo es reprimir lo que sentís. Tu cuerpo te está diciendo que ese vínculo es real, es fuerte, es verdadero. No le pongas nombre de pecado a lo que es vida pura.

Elena apoyó la cabeza en el respaldo de la silla. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no eran de culpa. Eran de gratitud. Alguien en el mundo la entendía. Alguien le decía que no estaba loca, que no era un monstruo.

> SombraLunar77: ¿Cuántos años tiene tu hombrecito?

> EdénFeliz_20: Cuatro.

> SombraLunar77: Hermosa edad. Todavía no tiene vergüenza, todavía no le enseñaron que su cuerpo es malo. Aprovechá, mamá. Disfrutá cada abrazo, cada caricia, cada momento.

Elena asintió frente a la pantalla, como si Luna pudiera verla.

> EdénFeliz_20: Gracias. Gracias de verdad. No sabés lo sola que me sentía.

> SombraLunar77: Ya no estás sola. Acá estamos. Y cuando quieras, me escribís. Yo siempre estoy. Besotes, Edén. Y abrazá fuerte a tu hombrecito de mi parte.

> EdénFeliz_20: Lo voy a hacer. Gracias, Luna. Gracias.

Elena cerró el chat y se quedó mirando la pantalla. Por primera vez en meses, la opresión en el pecho había desaparecido. No estaba sola. Había alguien más. Alguien que sentía lo mismo. Alguien que le decía que estaba bien.

Miró hacia la cama, donde Leo seguía durmiendo, desnudo, vulnerable, confiado. Su hombrecito. Su amor. Su Edén.

Se levantó, apagó la computadora, y fue a acostarse a su lado. Lo abrazó por detrás, pegando su vientre a su espalda, sintiendo el calor, el olor, la vida. Cerró los ojos.

Mañana jugarían otra vez. Mañana le enseñaría otro juego nuevo. Y cuando terminara, volvería al chat, donde Luna la esperaba para decirle que todo estaba bien.

El Edén ya no era solo un lugar. Era una comunidad. Y ella, su diosa, acababa de encontrar sus primeras fieles.

—

101 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: baño, hijo, jovencita, madre, orgasmo, sexo, vagina, viaje
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
El Taxista Cubano
Mi primera vez a los 15 y con uno de 34
EL COMPARTIR DEL EQUIPO (PARTE 1)
Madre argentina IV
Mi sobrina del rancho
Mi vida sexual desde la cuna
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.385)
  • Dominación Hombres (4.219)
  • Dominación Mujeres (3.109)
  • Fantasías / Parodias (3.395)
  • Fetichismo (2.797)
  • Gays (22.365)
  • Heterosexual (8.446)
  • Incestos en Familia (18.582)
  • Infidelidad (4.563)
  • Intercambios / Trios (3.189)
  • Lesbiana (1.174)
  • Masturbacion Femenina (1.026)
  • Masturbacion Masculina (1.961)
  • Orgias (2.114)
  • Sado Bondage Hombre (462)
  • Sado Bondage Mujer (191)
  • Sexo con Madur@s (4.443)
  • Sexo Virtual (270)
  • Travestis / Transexuales (2.465)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.580)
  • Zoofilia Hombre (2.243)
  • Zoofilia Mujer (1.681)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba