El Origen.
Acá vas a encontrar el principio de la historia que ya conoces. .
Elena lo inventó mientras secaba a Leo después del baño, con la toalla entre las manos y esa humedad que ya no la sorprendía, que aceptaba como parte del clima del Edén. El sol entraba por la ventana pequeña del baño, iluminando las gotas de agua en la piel de Leo, haciéndolo brillar como si estuviera cubierto de miel.
—Vamos a jugar —dijo, y su voz sonó más grave de lo normal, más íntima—. Te voy a hacer cosquillas, pero van a ir creciendo. Y cuando paren, vos tenés que pedir «más». ¿Entendés?
Leo asintió con esa seriedad de los niños que reciben instrucciones para un juego importante. Se quedó quieto, expectante, mientras Elena dejaba la toalla a un lado y se arrodillaba frente a él en el piso de madera.
Empezó por los pies. Cosquillas suaves, de las que hacen reír, de las que terminan en risa fácil. Leo se retorció, chilló, pidió que parara aunque en realidad quería que siguiera. Elena sonrió, pero su sonrisa era distinta a la de otros juegos. Tenía algo de concentración, de ceremonia.
Subió por las pantorrillas. Los dedos de Elena, suaves y húmedos todavía por el baño, recorrían la piel de Leo con una lentitud que no era propia de las cosquillas. Las cosquillas de verdad son rápidas, impredecibles, buscan la risa fácil. Estas no. Estas buscaban otra cosa.
—¿Crece? —preguntó Elena.
—Sí —respondió Leo, riendo todavía, sin entender del todo.
Las manos de Elena subieron por los muslos. Allí se detuvieron un instante, como si dudaran, como si consultaran con algo más profundo que su voluntad. Y entonces siguieron.
Cuando sus dedos rozaron el sexo de Leo, fue apenas un roce. La yema de un dedo contra la piel más suave, más tierna, más vulnerable. Leo no se rió. No era una zona de cosquillas. Pero tampoco se quejó. Miró a su madre con curiosidad, preguntándose si eso también era parte del juego.
—¿Duele? —preguntó Elena.
—No —dijo Leo.
Elena sintió que el corazón le latía en la garganta. Su propia vagina, esa traidora silenciosa, ya estaba húmeda otra vez, lista, expectante. Pero no podía apurarse. Esto era un juego. Tenía que parecer un juego.
Volvió a las cosquillas en la panza, en las axilas, en el cuello. Leo volvió a reír, a retorcerse, a pedir que parara. Pero cuando Elena se detenía, él pedía más, exactamente como ella le había enseñado. El juego funcionaba.
Y entonces, otra vez, las manos bajaron. Otra vez rozaron. Otra vez se detuvieron un poco más. Esta vez, cuando los dedos de Elena tocaron el sexo de Leo, él ya no estaba flácido. Esa pequeña verguita, ese brote de apenas cuatro años, se había puesto firme. El cuerpo responde antes de que la mente entienda.
Elena contuvo el aliento.
—Mirá —dijo, como si mostrara un descubrimiento—. El Piquito se despierta cuando jugamos.
Leo miró hacia abajo. Vio su propia erección, esa que aparecía a veces cuando se tocaba solo, cuando se despertaba, cuando hacía pis. No le pareció extraño. Era su cuerpo. Era normal.
—¿Por qué? —preguntó.
Elena lo miró a los ojos. En ese momento, por un instante, algo en ella dudó. Una lucecita diminuta, un eco de esa vocecita que había acallado durante semanas, le dijo: «esto es distinto, esto es más, esto no es solo mirar». Pero la lucecita se apagó cuando Leo sonrió. Esa sonrisa confiada, total, de quien está en el lugar más seguro del mundo.
—Porque te quiero mucho —dijo Elena—. Y cuando una mamá quiere mucho a su hijo, el cuerpo del hijo también quiere a la mamá. El Piquito te saluda de parte mío.
Era una explicación absurda. Pero Leo tenía cuatro años, y para él, las explicaciones de su madre eran la verdad del mundo. Asintió, aceptando.
—¿Seguimos jugando? —preguntó.
Elena asintió. Y siguió.
Esta vez, sus manos ya no fueron tímidas. Acarició el muslo de Leo con la palma abierta, sintiendo el calor de su piel, la suavidad que solo tienen los niños. Subió despacio, muy despacio, hasta que su mano cubrió por completo ese pequeño sexo erguido. No lo apretó. Solo lo sostuvo, como quien sostiene un pájaro, sintiendo los latidos, la firmeza, la vida.
Leo se quedó quieto. No sabía qué sentir. No era desagradable, pero tampoco era como las cosquillas. Era otra cosa. Una sensación nueva que no sabía cómo procesar.
—¿Te gusta? —preguntó Elena, y su voz temblaba.
Leo dudó un segundo. Luego asintió. Porque cuando su madre preguntaba si algo le gustaba, siempre quería que dijera que sí. Había aprendido eso mucho antes de entender por qué.
Elena sonrió. Una sonrisa amplia, luminosa, de esas que muestran todos los dientes. Y mientras sonreía, su otra mano bajó por su propio cuerpo, buscando su propia humedad, su propio centro, ese lugar que llevaba horas, días, semanas reclamando atención.
Se tocó mientras sostenía a Leo. El contraste era abrumador: una mano sosteniendo la verguita diminuta de su hijo, la otra mano metida entre sus propios labios, buscando su propio placer. Cerró los ojos. No quiso ver lo que estaba haciendo. Solo quiso sentirlo.
—Seguí quietito —susurró—. Así, mi amor. Así nomás.
Leo obedeció. Se quedó inmóvil, mirando a su madre con los ojos muy abiertos, sin entender por qué respiraba tan fuerte, por qué su cara se ponía roja, por qué de sus ojos salían lágrimas que no eran de tristeza.
El orgasmo llegó como una ola. Elena lo sintió venir desde muy lejos, desde algún lugar profundo que había estado esperando este momento sin saberlo. Cuando estalló, todo su cuerpo se tensó, su mano apretó sin querer el sexo de Leo, y un gemido escapó de sus labios, un sonido que en otra circunstancia habría sido de dolor, pero que en ese momento era de algo mucho más complicado.
Abrió los ojos.
Leo la miraba con esa mezcla de fascinación y desconcierto que tienen los niños cuando los adultos hacen cosas que no entienden. No preguntó nada. No sabía qué preguntar.
Elena soltó suavemente el sexo de Leo. Se miró la mano, la que había estado dentro de ella, y vio los dedos brillantes, mojados. Se los llevó a la nariz, olió. Olió a ella, a su deseo, a lo que acababa de pasar.
—Es nuestro secreto —dijo—. ¿Entendés? Esto que pasó hoy, el juego, el Piquito, todo. Es solo nuestro. Papá no tiene que saberlo.
Leo asintió. Los secretos con mamá eran importantes. Lo había aprendido desde que tenía memoria.
—¿Estuvo bueno el juego? —preguntó Elena.
Leo asintió de nuevo. No sabía si había estado bueno, pero su madre sonreía, y cuando su madre sonreía así, todo estaba bien.
—Entonces mañana jugamos otro rato —dijo Elena, y lo abrazó con una fuerza que era a la vez protección y posesión—. Te voy a enseñar más cosas. Cosas lindas. Cosas que solo nosotros podemos tener.
Leo se dejó abrazar. El olor de su madre, ese olor a ella, lo envolvía todo. Cerró los ojos y se durmió así, en sus brazos, sin saber que acababa de cruzar una puerta de la que quizás nunca podría volver.
—
Elena lo dejó en la cama grande, arropado con la sábana fina, y se quedó un momento mirándolo. Dormía con la boca abierta, respirando hondo, agotado por la intensidad del juego. Su Piquito, ya flácido otra vez, asomaba entre las piernas como un testigo silencioso.
Elena sintió que le faltaba el aire. No de culpa —la culpa había quedado sepultada bajo capas de justificación—, sino de una especie de vértigo. Acababa de hacer algo. Algo grande. Algo que cambiaba todo.
Necesitaba contarlo.
No a Miguel, claro. Miguel no entendería. Miguel era el mundo de afuera, el que no pertenecía al Edén. Necesitaba a alguien que sí entendiera. Alguien que le dijera que lo que acababa de sentir, lo que acababa de hacer, no estaba mal. Que era amor. Que era natural. Que era hermoso.
Se sentó frente a la computadora, la única que tenían, una notebook vieja que Miguel había traído de la ciudad para que ella pudiera «entretenerse». La pantalla iluminó su cara en la penumbra de la cabaña. Todavía jadeaba un poco. Todavía sentía el eco del orgasmo en el vientre.
Abríó el navegador. No sabía bien qué buscar. Escribió: «maternidad», «amor», «conexión». Nada. Demasiado genérico. Escribió: «madres que aman demasiado». Aparecieron artículos sobre sobreprotección, nada que ver. Escribió: «sentir cosas por tu hijo». El buscador dudó, como si no entendiera la pregunta.
Entonces encontró un foro. Se llamaba «JardinesSecretos.com». Un lugar para mujeres, decía el encabezado, donde compartir lo que no se comparte en otros lados. Elena se registró en segundos. Escogió un nombre: EdénFeliz_20. Veinte años, Edén feliz. Perfecto.
Entró a la sala de chat. Había varias: #MaternidadReal, #CrianzaNatural, #ConexiónProfunda. Eligió esta última. Y empezó a escribir.
> EdénFeliz_20: Hola. No sé si este es el lugar. Pero necesito hablar con alguien que entienda.
Esperó. Los segundos se hicieron largos. Ya iba a cerrar cuando apareció una respuesta.
> SombraLunar77: Hola, corazón. Aquí entendemos de todo. Contá.
Elena sintió un alivio tan grande que le dolió el pecho. Alguien había respondido. Alguien estaba ahí.
> EdénFeliz_20: No sé por dónde empezar. Es sobre mi hijo. Siento cosas… cosas muy fuertes. Y no sé si está bien.
> SombraLunar77: ¿Cosas como qué?
Elena dudó. No podía contar todo. No el juego, no el orgasmo, no la mano mojada. Pero podía contar un poco. Podía tantear el terreno.
> EdénFeliz_20: Como que lo amo demasiado. Como que cuando lo veo desnudo me da algo en el pecho. Como que no puedo dejar de mirarlo.
> SombraLunar77: Ay, querida. Eso se llama maternidad real. El amor de madre es el más grande que existe. Y si además lo crías sin ropa, sin vergüenza, sin los tabúes de siempre… es normal que sientas todo más intenso.
Elena leyó las palabras tres veces. «Maternidad real». «Sin tabúes». «Normal». Cada palabra era un bálsamo, una caricia, una confirmación.
> EdénFeliz_20: ¿Vos sentís así siendo madre?
> SombraLunar77: Con mis dos varones, sí. Y con la nena también, aunque diferente. Es que nadie te cuenta esto cuando sos madre. Nadie te dice que vas a mirar a tus hijos y te va a doler de amor. Que vas a querer comértelos a besos, abrazarlos hasta que duela. Y que a veces… a veces el cuerpo también reacciona. Porque el amor es una sola cosa, ¿entendés? No se puede separar en compartimentos.
Elena sintió que alguien le había puesto palabras a todo lo que ella no podía nombrar. «El cuerpo también reacciona». «El amor es una sola cosa». Era exactamente lo que necesitaba escuchar.
> EdénFeliz_20: Yo a veces me mojo. Cuando lo miro, cuando lo abrazo. Y no sé si eso está mal.
> SombraLunar77: Corazón, lo único malo es reprimir lo que sentís. Tu cuerpo te está diciendo que ese vínculo es real, es fuerte, es verdadero. No le pongas nombre de pecado a lo que es vida pura.
Elena apoyó la cabeza en el respaldo de la silla. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no eran de culpa. Eran de gratitud. Alguien en el mundo la entendía. Alguien le decía que no estaba loca, que no era un monstruo.
> SombraLunar77: ¿Cuántos años tiene tu hombrecito?
> EdénFeliz_20: Cuatro.
> SombraLunar77: Hermosa edad. Todavía no tiene vergüenza, todavía no le enseñaron que su cuerpo es malo. Aprovechá, mamá. Disfrutá cada abrazo, cada caricia, cada momento.
Elena asintió frente a la pantalla, como si Luna pudiera verla.
> EdénFeliz_20: Gracias. Gracias de verdad. No sabés lo sola que me sentía.
> SombraLunar77: Ya no estás sola. Acá estamos. Y cuando quieras, me escribís. Yo siempre estoy. Besotes, Edén. Y abrazá fuerte a tu hombrecito de mi parte.
> EdénFeliz_20: Lo voy a hacer. Gracias, Luna. Gracias.
Elena cerró el chat y se quedó mirando la pantalla. Por primera vez en meses, la opresión en el pecho había desaparecido. No estaba sola. Había alguien más. Alguien que sentía lo mismo. Alguien que le decía que estaba bien.
Miró hacia la cama, donde Leo seguía durmiendo, desnudo, vulnerable, confiado. Su hombrecito. Su amor. Su Edén.
Se levantó, apagó la computadora, y fue a acostarse a su lado. Lo abrazó por detrás, pegando su vientre a su espalda, sintiendo el calor, el olor, la vida. Cerró los ojos.
Mañana jugarían otra vez. Mañana le enseñaría otro juego nuevo. Y cuando terminara, volvería al chat, donde Luna la esperaba para decirle que todo estaba bien.
El Edén ya no era solo un lugar. Era una comunidad. Y ella, su diosa, acababa de encontrar sus primeras fieles.
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