El semen es Pintura, la Pintura es Juego, el Juego es Vida.
Una niña descubre que la leche de su hermano puede ser pintura y su madre la ayuda a conseguirla….
Miguel había salido hacía una hora. La casa estaba en silencio, ese silencio denso de las tardes de calor que parece pesar y mucho.
Lara estaba aburrida. Se lo había dicho a su madre cinco veces en los últimos veinte minutos. Había dibujado, había jugado con sus muñecas, había molestado al gato. Nada la satisfacía.
Pero había algo que sí. Esa sensación, esa cosquilla que a veces aparecía cuando pensaba en ciertas cosas. No sabía explicarlo bien pero su cuerpo había empezado a pedir. A recordar que se puede salir del aburrimiento. Se tocó distraídamente mientras miraba por la ventana. El roce de sus dedos contra la piel, contra ese pliegue diminuto que tantas sensaciones lindas le había dado, le arrancó un suspiro.
Y entonces tuvo una idea. Su culito iba a sacarla del aburrimiento.
Salió disparada hacia el salón, donde Elena estaba sentada en el sillón, leyendo algo en su teléfono. Desnuda, como siempre. Como todos.
—Mami —dijo Lara, trepándose a su regazo con la agilidad de un mono—. Tengo una idea.
Elena levantó la vista, sonriente. Siempre le gustaban las ideas de Lara. Siempre había algo especial en ellas que le servía para el blog.
—Decime, hija.
—¿Te acordás cuando pintamos con acuarelas? Las que se mezclan con agua.
—Sí.
—Bueno. Podríamos pintar con otra cosa.
Elena arqueó una ceja. Su mente, siempre entrenada para leer entre líneas, ya empezaba a vislumbrar por dónde iba.
—¿Con qué, cielo?
Lara se inclinó hacia adelante, como si fuera a contar un secreto. Sus ojos brillaban con esa mezcla de travesura y descubrimiento que tanto le gustaba a Elena.
—Con la leche de Leo.
El silencio se hizo en la habitación. Fue un silencio de reconocimiento. De esas ideas que, en cuanto se dicen, parecen tan obvias que dan pena no haberlas tenido antes.
Elena sintió calor en su vagina. Ese calor que siempre aparecía cuando sus hijos —cuando su familia— daba pasos hacia adelante en el camino de la naturalidad.
—¿Y cómo haríamos para conseguir esa leche? —preguntó, con una voz que ya era cómplice.
Lara se encogió de hombros.
—No sé. Pero Leo tiene mucha. La otra vez con papá salió un montón. Alcanzó para todo mi cuerpo.
Elena rió. Una carcajada que denotaba amor y ternura por las palabras de la pequeña.
—Es cierto. Tu hermano produce mucha leche. Es muy generoso con eso.
—Entonces —dijo Lara, concluyendo con esa lógica aplastante de los seis años—, podemos pedirle un poco. Para pintar.
Elena la abrazó. La apretó contra su pecho sintiendo un orgullo que no podía explicar con palabras. Su hija. La que había entendido, mejor que nadie, que en el Edén todo era posible, que los cuerpos eran territorio de juego y descubrimiento, que no había vergüenza en pedir lo que se quería.
—Vamos a hablar con tu hermano —dijo, levantándose con Lara en brazos—.
—¿Y si no quiere? —preguntó Lara, con un dejo de preocupación.
Elena sonrió. Esa sonrisa que Lara conocía bien. La sonrisa de las cosas que siempre salen como mamá quiere.
—Va a querer, mi amor. Tu hermano siempre quiere lo mejor para nosotras.
Subieron las escaleras. La puerta de la habitación de Leo estaba entreabierta. Elena empujó sin llamar, como siempre.
Leo estaba sentado en la cama, con una revista en las manos. Una revista de coches, o de música, algo de chicos. Su verga, vaya uno a saber por qué, estaba firme. Erguida. Apuntando al techo con esa terquedad que lo caracterizaba. Un mástil bien duro, como decía Lara.
—Hola, Leo —dijo Lara, entrando primero—. Te queremos hacer una pregunta.
Leo levantó la vista. Vio a su hermana en brazos de su madre y las dos sonreían. Y supo. Supo lo que venía. No los detalles, pero sí la certeza de que, una vez más, su cuerpo iba a dejar de ser suyo.
—¿Qué pasa? —preguntó, con una voz que intentaba sonar normal.
Lara se trepó a la cama sin pedir permiso. Se sentó a su lado, cruzando las piernas, y señaló su erección con la naturalidad de quien señala un objeto cotidiano.
—Necesitamos tu leche —dijo—. Para pintar.
Leo parpadeó.
—¿Para qué?
—Para pintar —repitió Lara, como si fuera obvio—. Como acuarelas. Quiero hacer un dibujo con la leche.
Leo miró a su madre. Elena sostenía la mirada, impasible. No había sorpresa en sus ojos. No había duda. Solo esa expectativa tranquila de quien sabe que las cosas van a pasar como tienen que pasar.
—Es una idea genial, Leo —dijo Elena, acercándose—. Tu hermana es una artista. Quiere usar materiales orgánicos, naturales. Y vos tenés el mejor material de la casa.
—Mamá…
—No, escuchá —Elena levantó una mano, suavemente, deteniendo cualquier objeción—. No es solo por el juego. Es por la conexión. Por compartir. Tu cuerpo produce algo hermoso, algo vivo. ¿Por qué no convertirlo en arte?
Leo sintió que el aire se volvía espeso. Su pene, ese traidor, seguía firme. Más firme aún, si cabía, con la presencia de ellas.
—¿Cómo… cómo lo harían? —preguntó, y era una pregunta retórica, porque ya sabía la respuesta.
—Bueno —dijo Elena, sentándose al otro lado de la cama—. Primero tenemos que conseguir la leche.
Se miraron. Lara, con sus ojos grandes llenos de curiosidad. Elena, con esa mezcla de ternura y determinación. Leo, con la certeza de que no había salida.
—¿Me ayudás? —preguntó Lara, y era una pregunta genuina, sin malicia, sin doblez. Solo una niña que quería pintar y había encontrado un material fascinante.
Leo cerró los ojos. Asintió.
No dijo nada. No hacía falta.
Lo que pasó después, Elena lo registraría en su memoria con la precisión de una cronista, aunque nunca, nunca, aparecería en el blog.
Las manos de Lara fueron las primeras en tocar. Pequeñas, suaves, torpes. Se envolvieron alrededor de la verga de Leo con esa mezcla de determinación y desconocimiento que solo los niños tienen.
—Me encanta —dijo, moviendo la mano arriba y abajo sin mucho ritmo.
—Más despacio, mi amor —dijo Elena, cubriendo la mano de Lara con la suya—. Así, mirá.
Y entonces fueron dos manos. La pequeña de Lara y la experta de Elena, moviéndose juntas sobre la pija caliente de Leo. Un mecanismo de dos tiempos, de dos edades, de dos intenciones distintas pero convergentes.
Leo mordió su labio inferior. Miró al techo. Ese techo que tantas veces lo había visto en situaciones como esta, testigo mudo de su rendición.
El semen salió a los pocos minutos. Un chorro blanco, espeso, que cayó sobre la mano de Lara y sobre la sábana.
—¡Salió! —gritó Lara, fascinada—. ¡Mami, salió!
Elena sonrió. Retiró las manos y observó cómo Lara examinaba aquel líquido blanco, cómo lo estiraba entre los dedos, cómo se reía con los hilos elásticos que se formaban.
—¿Ya podemos pintar? —preguntó Lara.
—Todavía no, cielo. Necesitamos más. Para un cuadro grande hace falta un poco más de pintura.
Lara asintió, seria, entendiendo la lógica. Y volvió a poner las manos sobre el pene de Leo.
Elena notó que Leo ya no estaba presente. Su cuerpo seguía ahí, respondiendo, produciendo. Pero su mirada se había ido a algún lugar lejano, algún lugar donde esto no estaba pasando.
Eso no le gustó.
—Leo —dijo, con una voz que era un latigazo suave—. Mirá. Mirá lo que estamos haciendo.
Leo bajó la mirada. Vio a Lara, con sus manitas embadurnadas de semen, moviéndose sobre él. Vio a su madre, observando, guiando, disfrutando.
—Es hermoso, ¿no? —dijo Elena—. Tu hermana buscando. Vos dando. Nosotras compartiendo.
Leo no respondió. Pero su pene sí. Se puso más firme, más duro, como si quisiera demostrar algo.
—Otra vez —dijo Lara, y sus manos se movieron con más soltura.
El segundo chorro fue más abundante. Lara lo recibió en las manos, en los brazos, en la pancita. Se rió con las cosquillas, con el calor, con la sorpresa de tanta cantidad.
—¡Mami, mirá, me llenó toda!
Elena la miró, radiante. Luego miró a Leo, que respiraba entrecortadamente.
—Una más —dijo—. Para que alcance bien.
Esta vez, Elena tomó el control total. Sus manos expertas, las que conocían cada centímetro de ese cuerpo desde que era un bebé, trabajaron con una precisión que daba miedo.
Lara observaba. Miraba cómo su madre tocaba, cómo apretaba, cómo acariciaba ciertos puntos que hacían que Leo respirara más fuerte.
—¿Dónde hay que tocar para que salga mucha? —preguntó.
—Aquí —dijo Elena, señalando el frenillo—. Y aquí —los huevos—. Y también así —un movimiento de muñeca que arrancó un gemido de Leo.
La tercera eyaculación fue torrencial. Un verdadero volcán, como decía Lara. La leche salió con fuerza, empapando las manos de Elena, las de Lara, el vientre de Leo, las sábanas.
—Ya —dijo Elena, satisfecha—. Ahora sí tenemos suficiente.
Lara recogió todo lo que pudo en sus manos y bajó de la cama de un salto.
—¡Vamos a pintar! —gritó, y salió corriendo hacia su habitación.
Elena se quedó un momento mirando a Leo. Estaba tirado en la cama, respirando con dificultad, con el pene aún semierecto, cubierto de su propio semen. Tenía la mirada perdida, ida, como si no estuviera ahí.
—¿Estás bien, hijo? —preguntó.
Leo asintió, mecánicamente.
—Bien.
Elena se inclinó y le dio un beso en la frente.
—Gracias, mi amor. Tu hermana está muy feliz. Vas a ver qué lindo cuadro hace.
Salió de la habitación y bajó al cuarto de Lara.
Elena encontró a Lara en su habitación, sentada en el suelo sobre un papel enorme. La niña había dibujado un sol sonriente, una casa, flores. Todo trazado con los dedos, usando el semen como pintura blanca que ahora se mezclaba con crayones rojos y amarillos.
—Mami, mirá —dijo Lara, señalando orgullosa—. Hice una familia.
Elena miró el dibujo. Tres figuras: una grande, una mediana, una chica. Sosteniéndose las manos. Todas con el sol arriba, todas sonriendo.
Lara tenía semen en las manos, en los brazos, en la pancita. Estaba feliz. Completamente feliz. Canturreaba mientras mezclaba colores, sin preguntas, sin nada que no fuera la alegría de crear.
Elena sintió un calor hondo, visceral, que le llegó a la vagina como una descarga. Ver a su hija así, cubierta de la leche de su hermano, pintando una familia feliz mientras olía a sexo y a infancia, le arrancó un gemido que apenas pudo disimular.
Necesitaba una verga. Necesitaba sentir una dura, gruesa, verga enterrada hasta el fondo en sus entrañas. Su mano bajó sola, buscándose, encontrándose ya húmeda, empapada.
—Qué lindo, mi amor —dijo, con la voz rota—. Qué linda familia.
Lara sonrió sin mirarla, concentrada en su obra de arte.
Elena pensó en Leo. En su pija firme. En cómo había respondido tres veces. En cómo su mirada se había ido pero su cuerpo no. En cómo todavía estaba ahí arriba, probablemente dormido, agotado, con las sábanas manchadas.
Su dedo encontró el clítoris y apretó.
—Seguí pintando —dijo—. Mamá te mira un ratito.
Lara asintió, feliz. Y Elena se quedó ahí, de pie en la puerta, mirando a su hija pintar con semen mientras se tocaba, sintiendo que el Edén era exactamente esto: una niña feliz, un hijo hermoso y una madre ardiendo.


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