Elegir el fuego
Hera Karlsdottir siempre había escuchado que el deseo debía ocultarse, domarse, disolverse bajo capas de prudencia y vergüenza. Pero el deseo no se dejaba amansar; latía en su pecho, terco, imposible de acallar..
A sus veinticinco años acumulaba más cicatrices en el alma que en la piel. Su vida había sido un catálogo de oportunidades desperdiciadas: amores fugaces, promesas que sonaban mejor al susurrarse en la cama que al cumplirse bajo la luz del día.
Aceptó sin pensarlo la invitación al festival más importante de su vida. No imaginaba que el viaje la conduciría, casi por accidente, hasta un castillo perdido entre montañas, un lugar que olía a historia, a secretos… y a promesas indecentes. Allí, la noche no ofrecía descanso: se hablaba de juegos prohibidos en salones iluminados por candelabros; de anfitriones que apostaban cuerpos en vez de monedas; de habitaciones donde las reglas cambiaban con cada beso; de desafíos que podían ganarse con un roce en el lugar exacto o perderse por un gemido antes de tiempo.
Era un refugio y una trampa. No había contratos ni promotores, sino miradas que desnudaban más rápido que las manos, manos que sabían exactamente qué hacer con un cuerpo dispuesto, y voces que podían arrastrar a cualquiera hasta la rendición. Hera lo sintió desde el primer instante: algo se agitaba bajo la superficie, y no todo sería dulce.
Sus amigas lo entendieron incluso antes que ella. Aquella noche sería de conquista y de riesgo. Allí, la supervivencia no dependía de la fuerza, sino de la piel, de las miradas, de la voz baja en el oído.
Hera aún no sabía que, cuando llegara el amanecer, nada de lo que viviera esa noche quedaría atrás. Que cada roce, cada jadeo y cada secreto formarían parte de una historia que no se podría contar… pero que la marcaría para siempre.
Hera se había apartado del bullicio del salón principal buscando un poco de aire. El castillo parecía cambiar con cada puerta que cruzaba: las risas quedaban atrás y el silencio ganaba terreno, interrumpido solo por el eco suave de sus pasos sobre la alfombra.
Llegó a un pasillo estrecho, iluminado por candelabros antiguos. Las paredes estaban cubiertas de espejos con marcos dorados, de pronto tras una puerta abierta donde la vio.
No estaba frente a ella, sino en un rincón invisible desde su posición: Leira, su amiga, de espaldas a la pared, con el vestido abierto a la altura de los muslos. Frente a ella, un hombre alto, de hombros anchos y barba recortada, la sujetaba por las caderas con una seguridad que no dejaba espacio a dudas. Hera lo reconoció: se llamaba David, tenía 42 años y, durante la cena, le había contado a Leira que tenía dos hijos, que ya no era un hombre casado… y que prefería no perder el tiempo en cosas que no fueran auténticas.
Ahora, auténtico era todo lo que había en esa escena. La mano de David se deslizaba bajo la falda de Leira, sus dedos exploraban sin prisa, como quien conoce cada curva y cada punto exacto que busca. La boca de él devoraba su cuello, arrancándole suspiros que Leira intentaba ahogar mordiéndose los labios.
Hera sintió el calor subirle por el pecho. Quiso apartarse, pero sus pies no respondieron. El reflejo era un imán: veía cómo David inclinaba apenas la cabeza para murmurar algo contra el oído de Leira, algo que hizo que ella soltara una risa breve, temblorosa, antes de aferrarse con más fuerza a su chaqueta.
La luz de las velas parpadeaba, y en el espejo, los cuerpos parecían moverse en cámara lenta. Hera comprendió entonces que esa noche no sería un simple juego; sería una invitación a cruzar líneas de las que no se regresa igual.
Entonces, ocurrió.
David alzó la cabeza, no hacia Leira, sino hacia Hera. Sus ojos se encontraron. No hubo sorpresa, ni molestia: solo una ligera curva en la comisura de sus labios, un gesto mínimo que parecía decirle te veo.
Leira, absorta, no notó nada. Pero David sí. Y sin apartar la mirada de Hera, intensificó sus caricias. Sus dedos se movieron con mayor firmeza entre los muslos de Leira, arrancándole un jadeo que resonó en el pasillo. Hera sintió que su pulso se aceleraba, no solo por lo que veía, sino porque él la estaba incluyendo en la escena sin pronunciar palabra.
El pasillo parecía más estrecho, el aire más denso. David se inclinó hacia Leira, besándola con hambre. El mensaje era claro: sabía que tenía público, y eso lo excitaba. Hera sintió un calor distinto, más profundo, y un estremecimiento que no sabía si era de incomodidad o de algo mucho más peligroso.
David se apartó apenas y, sin dejar de mirar, tomó a Leira por los hombros y la guió hacia el suelo. Ella se arrodilló con un movimiento dócil, la falda deslizándose hasta abrazar sus piernas. Un instante después, él desabrochó su pantalón con la naturalidad de quien sabe que no necesita esconder nada.
Cuando el miembro de David se adentró en la boca de Leira, Hera contuvo el aliento. No había en él prisa, sino un dominio sereno, como si cada avance fuera medido y deliberado. La mano de David reposaba en la nuca de Leira, marcando el ritmo, profundo, constante, y sus ojos seguían fijos en Hera, presidiendo la escena como si ella fuera la verdadera destinataria de ese acto.
Hera sintió la presión del deseo golpearle el vientre. En el silencio pesado del pasillo, llevó una mano bajo su vestido, rozándose con la urgencia de quien no pide permiso. La tela húmeda bajo sus dedos le confirmó que no había vuelta atrás: estaba participando, aunque no hubiese dado un solo paso hacia ellos.
David, sin apartar la mirada, profundizó el movimiento, su respiración volviéndose más grave. No necesitaban palabras. Hera estaba excitada por sí misma. No era solo la escena frente a sus ojos, era el descubrimiento de que podía desear sin disculparse, sin filtros, sin miedo a que alguien la juzgara. Sentía el pulso acelerado en cada rincón de su cuerpo, como si el castillo se hubiese convertido en un espacio donde nada estaba prohibido.
David dominaba completamente a su amiga. Su mano firme en la nuca de Leira marcaba el compás, guiando cada movimiento con una precisión que parecía coreografiada. Hera no podía apartar la mirada: le costaba entender cómo el miembro de él desaparecía por completo entre los labios de su amiga, y, sin embargo, Leira parecía disfrutarlo, dejando escapar un leve gemido ahogado que se perdía contra su piel.
Ese contraste la fascinaba: la intensidad del acto, el control absoluto de David y la aparente entrega de Leira. No era una lucha, era un juego en el que ambos conocían las reglas… y ella, desde la distancia, se descubría queriendo formar parte.
Su propia mano, oculta bajo el vestido, se movía con un ritmo que imitaba el de David, como si su cuerpo quisiera acompasarse al de él. Cada vez que él la miraba en el espejo, Hera sentía un latigazo de placer que no nacía de la vergüenza, sino de la certeza de estar rompiendo un límite.
El ritmo de David se volvió más firme, más profundo, y cada vez que su miembro desaparecía por completo en la boca de Leira, sus ojos encontraban los de Hera. No había sonrisa ni gesto exagerado, solo una intensidad que la atravesaba.
Hera sintió que sus movimientos bajo el vestido respondían a esa mirada, como si él marcara su placer a distancia. La mano de David en la nuca de Leira apretó ligeramente; ella emitió un gemido sordo, y Hera lo sintió en la piel, como si fuera suyo.
Él no le pedía que se acercara, y ella tampoco se iba.
Le hablaba sin palabras: mírame, siente, no apartes los ojos.
Y ella respondía con la respiración acelerada, con el temblor en sus piernas, con la mano que no se detenía.
Cuando sintió que estaba a punto de rendirse por completo, él inclinó apenas la cabeza, un gesto casi imperceptible, pero que le llegó como una orden: ahora. Hera obedeció sin pensar. El placer la envolvió de golpe, caliente y abrumador, arrancándole un suspiro que temió que resonara en el pasillo.
David no sonrió. Solo sostuvo su mirada un segundo más, como si hubiera escrito su nombre en un lugar que nadie más podía ver… y luego volvió a perderse en el control absoluto de su amiga arrodillada.
Hera aún respiraba agitada, la espalda apoyada contra la pared, la mano todavía tibia entre sus piernas. Podría haberse retirado, dejar que la oscuridad del pasillo cerrara ese momento como un paréntesis secreto… pero no quería. No podía.
Volvió a mirar el espejo. David seguía moviéndose con esa cadencia segura, profunda, y cada vez que su pelvis avanzaba, los labios de Leira se abrían para recibirlo como si no existiera nada más en el mundo. La imagen era hipnótica.
Hera, sin apartar la vista, dejó que su vestido cayera un poco sobre sus hombros, revelando la curva suave de sus pechos bajo el encaje. Sabía que él la vería. Y lo hizo: sus ojos se alzaron al instante, anclándose a los de ella, como si ese gesto fuera la confirmación de que el juego no había terminado.
En ese intercambio mudo, Hera le ofrecía más: el leve roce de sus dedos contra la piel expuesta, el arqueo apenas perceptible de su espalda, el brillo húmedo de sus labios entreabiertos. No buscaba provocar a Leira, ni arrebatarle el lugar. Era otra cosa. Una invitación paralela, un desafío silencioso para ver hasta dónde podían sostener esa conexión sin romperla.
David no cambió el ritmo, pero su mirada se volvió más oscura, más directa. Su mano libre descendió por el costado de Leira, marcando una presión que parecía destinada tanto a ella como a la espectadora. El mensaje era claro: podía seguir observando… o acercarse.
Hera sintió un vuelco en el estómago. No sabía si él realmente la llamaba o si solo la tentaba desde su trono invisible, pero entendió que no estaba dispuesta a quedarse quieta mucho más tiempo.
Hera dio un paso.
No fue rápido ni vacilante: fue medido, como quien entra a un territorio que sabe prohibido pero inevitable. Sus tacones apenas hicieron ruido sobre la alfombra, y cada metro que acortaba parecía tensar más el hilo invisible que la unía a David.
Leira levantó un instante la vista, como si hubiera sentido el movimiento a su alrededor. Su expresión no fue de sorpresa ni de celos; más bien parecía reconocer que algo nuevo estaba entrando en juego. Con los labios aún ocupados, sus ojos se encontraron con los de Hera solo un segundo antes de cerrarse otra vez, entregándose al vaivén que David marcaba con precisión inquebrantable.
Hera ya estaba lo bastante cerca para sentir el calor de sus cuerpos, para escuchar el sonido húmedo y rítmico que hasta entonces le había llegado filtrado por el espejo. David no dejó de moverse, pero su mano libre se alzó y tiró con suavidad del tirante del vestido de Hera, bajándolo hasta la mitad de su brazo. No hubo palabras, solo esa acción lenta y segura que no admitía duda sobre lo que pedía.
Ella entendió. Bajó el otro tirante por sí misma y, con un gesto deliberado, retiró el sostén. Sus pechos quedaron al descubierto, plenos, la piel tibia iluminada por el temblor de las velas. Los pezones estaban erguidos, tensos, como si también quisieran acercarse a él.
—Son hermosas —dijo David, con una voz grave que parecía vibrarle en el pecho más que en los labios.
Su mano derecha se separó un momento de la nuca de Leira para posarse sobre uno de ellos. El contacto fue firme pero medido, abarcando la curva completa antes de rozar el pezón con el pulgar. Hera sintió una descarga que le subió por la espalda y le dejó un nudo dulce en la garganta.
El calor se propagaba entre ellas como una corriente invisible. Hera podía sentir la temperatura del cuerpo de Leira a través del aire mismo, el temblor de su respiración mezclándose con el suyo. David seguía moviéndose dentro de su amiga con una cadencia segura, y la mano que sujetaba su pecho parecía medir cada reacción, como si jugara a conocerla de memoria en segundos.
Entonces, sin dejar de mirarla, David inclinó ligeramente la cabeza hacia Hera. Abrió apenas los labios y dejó caer un hilo de saliva que se perdió entre sus pechos. La tibieza del líquido se mezcló con el calor de su piel, y Hera contuvo un gemido, sorprendida por lo visceral del gesto. No hubo repulsión, solo una oleada de deseo que le subió como fuego por la garganta.
El contacto se volvió más intenso. La mano de David apretó, moldeó, y su pulgar rodeó su pezón con lentitud antes de pellizcarlo suavemente. Leira, aún arrodillada, parecía percibir la nueva dinámica: su entrega se volvió más profunda, más rítmica, como si el calor de Hera también la estuviera alcanzando.
David la mantuvo en la mirada mientras su mano abandonaba el pecho para recorrerle el vientre, bajando con una seguridad que la hizo contener la respiración. Sus dedos se detuvieron justo en el borde de su ropa interior y, con un movimiento lento, se adentraron, encontrando la humedad en la que ella ya había explotado.
Hera soltó un suspiro ahogado. La presión de sus caricias era firme y medida, acompañando el vaivén de su pelvis que seguía llenando la boca de Leira. El contraste la desarmaba: sentía la fricción de sus dedos y, al mismo tiempo, el sonido húmedo y rítmico de lo que ocurría frente a ella.
En un instante, David tiró suavemente de ella hacia adelante, acortando la distancia hasta que Hera pudo sentir el calor de su abdomen contra el suyo. No dijo nada, solo guió su mano libre hasta la nuca de Leira, como si quisiera que ella también formara parte de esa dominación. Hera, en un gesto instintivo, acarició el cabello de su amiga, sintiendo el movimiento de su cabeza acompasado con las embestidas.
El calor subía como una marea. Los dedos de David en su interior se movían con una destreza que le arrancaba pequeños gemidos, y cada mirada que le dirigía era un recordatorio de que podía elegir quedarse, dejarse llevar, rendirse al momento.
Y, por un instante, estuvo tentada. Muy tentada.
Podía ser tan simple como decidir que él también era suyo esa noche. Bastaba con dejar que su cuerpo dictara el siguiente paso.
Pero algo dentro de ella —un orgullo, un instinto, una intuición— le recordó que la elección debía ser plena, y que David, por ahora, ya había sido elegido por Leira. La provocación y el juego habían sido deliciosos, pero había más por descubrir, más por elegir.
Con un último contacto, se apartó despacio, recuperando su vestido sobre los hombros. David la dejó ir sin resistencia, aunque sus ojos le prometían que aquello no había terminado.
Hera caminó por el pasillo con el pulso acelerado, la piel ardiendo y la certeza de que, en ese castillo, aún había puertas que no había abierto.
De regreso al salón, el aire olía a vino y a madera vieja. La iluminación era tenue, salpicada por velas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes. Un murmullo de risas y exclamaciones llenaba el espacio. En el centro, una mesa larga cubierta con un mantel oscuro estaba repleta de cartas y dados; a su alrededor, un grupo variopinto jugaba con la ansiedad cómplice de quienes ya habían bebido lo suficiente como para perder el pudor.
Hera se acercó, atraída más por la energía del juego que por las reglas que apenas alcanzaba a comprender. No importaba: bastaba con seguir el flujo de los demás. Las apuestas eran simples: cartas y dados decidían quién debía cumplir una prueba. Algunas consistían en besos fugaces, otras en caricias discretas… y unas cuantas, en desafíos que robaban la respiración.
Cuando perdió su primera mano, el murmullo cambió de tono. Un hombre de barba oscura y manos grandes se levantó de su asiento. Vestía una camisa abierta en el cuello, el cabello ligeramente desordenado y una sonrisa que no revelaba sus intenciones. Se acercó con pasos tranquilos, como si el tiempo le perteneciera.
—Mi premio —dijo, sin esperar respuesta.
La tomó de la mano y la condujo hasta un espacio libre junto a la mesa. La música —un ritmo lento y grave, casi hipnótico— comenzó a envolverlos. Sus dedos se apoyaron en la espalda baja de Hera, presionando con firmeza, obligándola a acercarse hasta que apenas quedaba aire entre sus cuerpos. Sus caderas marcaban el compás, guiando las de ella como si fueran una sola.
No entendía las palabras que le susurraba al oído, pero no importaba: el tono, grave y pausado, le provocaba escalofríos que le recorrían la columna. Su aliento tibio le rozaba la piel y el olor de su perfume, cálido y especiado, la embriagaba.
Hera, sin apartar la mirada de sus ojos oscuros, sintió una idea abrirse paso entre la música y el calor. La voz le salió más baja de lo que esperaba, como si fuera un secreto compartido:
—¿Me dejas probar?
Él sonrió, sin apartar su mirada de la de ella. Aflojó apenas la presión de sus manos, como si le cediera el control, pero sin dejar de marcar el compás. Hera deslizó sus dedos por su brazo, notando la fuerza contenida bajo la tela. Luego se atrevió a colocar una mano sobre su pecho, sintiendo el latido pausado, casi desafiante, de alguien que sabía exactamente el efecto que causaba.
—Con cuidado… —susurró él, en un idioma que Hera apenas entendió, pero cuyo tono era inconfundible: una advertencia disfrazada de caricia.
Ella giró la cadera, guiando ahora el baile, acercando su muslo al suyo, rozándolo con un movimiento que ya no tenía nada de inocente. Él no se resistió; al contrario, su mano volvió a su espalda baja, empujándola un poco más, hasta que sintió su dureza rozándole. Hera respiró hondo. El salón parecía desvanecerse, las risas y las cartas ya no existían.
Sin romper el contacto visual, él entrelazó sus dedos con los de ella y la condujo, no hacia su asiento, sino hacia un pasillo lateral. Las sombras eran más densas allí, y las voces quedaban amortiguadas. El sonido de la música llegaba como un eco lejano.
—Aquí… —murmuró él, deteniéndose junto a una pared de piedra. No la besó todavía; en cambio, dejó que su cuerpo la acorralara, que la respiración se mezclara, que el calor se apoderara de ambos. Su rodilla se deslizó entre las piernas de Hera, presionando con precisión calculada.
—Me encanta la idea de follar contigo —le dijo él, tan cerca que Hera sintió el roce de sus labios sin que la hubiera besado.
La crudeza de sus palabras le atravesó el pecho como un golpe seco, mezclando un escalofrío con un calor urgente. No era una propuesta; era una declaración, un hecho que él ya daba por seguro. Sus manos se afianzaron en las caderas de Hera, inmovilizándola contra la pared mientras su rodilla seguía presionando entre sus piernas.
Ella no contestó de inmediato. Lo miró a los ojos, como si quisiera medir hasta dónde estaba dispuesta a seguirle el juego. Él, en cambio, ya estaba dentro de ese terreno donde la duda no existe: acercó su boca a la oreja de Hera y dejó que su respiración la envolviera.
—Podríamos hacerlo aquí mismo —añadió, más bajo, con esa voz grave que parecía saber cómo entrar bajo la piel
Hera tragó saliva. Sentía el pulso en las sienes, en el cuello, en el bajo vientre. No quería que él supiera hasta qué punto la tenía atrapada, pero también sabía que esa era la esencia del juego: él lo sabía de todas formas.
Su mano se aventuró hasta el muslo de Hera, ascendiendo lentamente, como si el tiempo fuera parte de su estrategia.
Él no esperó más. Se inclinó y la besó con una firmeza que no admitía dudas. Hera, lejos de resistirse, se dejó arrastrar de inmediato por ese impulso, abriendo la boca para recibirlo. Su lengua buscó la de él con ansiedad, enredándose en un ritmo que pasó de exploración a conquista en segundos.
El sabor de su aliento la envolvía; había algo oscuro, casi salvaje, en la forma en que él respondía. Una de sus manos subió por la espalda de Hera, atrapándola con fuerza, mientras la otra se apoyaba en la pared, cercando cualquier posibilidad de escapar… no que ella quisiera hacerlo.
Hera sintió cómo el calor subía por su cuerpo, empujándola a acercarse más, a apretar su pecho contra el de él, a sentir cada movimiento, cada cambio en la presión de sus labios. La lengua de él no sólo respondía, sino que guiaba, marcando el compás del beso como si ya supiera que ella estaba dispuesta a seguirlo a donde él quisiera.
Sin dejar de besarla, sus dedos se deslizaron por la curva de su cintura, bajando lentamente, como tanteando un territorio que él sabía que iba a reclamar.
El beso se volvió más voraz, casi un forcejeo de placer, hasta que él se apartó apenas, sus labios aún rozando los de ella. Su mirada era un desafío abierto, y Hera lo sostuvo, respirando agitada.
—Me encanta la idea de follar contigo —le había dicho antes, y ahora lo confirmaba sin palabras.
Él llevó las manos a su camisa y, sin apartar los ojos de ella, comenzó a desnudarse. Cada botón que caía dejaba al descubierto la tensión de sus músculos, el calor de su piel. Hera no se movió, observando, sintiendo cómo el pulso le golpeaba en las sienes. Cuando finalmente se despojó de todo, el deseo en su mirada se hizo más pesado, más directo.
Ella no esperó invitación. Dio un paso adelante, luego otro, hasta que la distancia se volvió mínima. Sin dejar de mirarlo, se arrodilló. No lo hacía como Leira, con sumisión, sino con la seguridad de que era ella quien estaba eligiendo. Su mano tomó su verga con firmeza, sintiendo su calor, su peso, y él soltó un gemido grave.
Hera sonrió apenas. Abrió la boca y lo recibió lentamente, saboreando el poder que ese gesto le daba. No era sólo él quien la dominaba: ella decidía el ritmo, la profundidad, el modo en que su lengua lo envolvía. Sus manos descansaban en sus muslos, pero la mirada no se rompía; seguían hablándose sin palabras, en un juego de posesión mutua.
Él respiraba cada vez más rápido, una mano enredada en su cabello, guiándola, probando hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Y Hera, lejos de retroceder, profundizó, sintiendo cómo él se tensaba bajo su control.
Él la sostuvo unos segundos más, la respiración agitada, hasta que, con un movimiento brusco pero preciso, la levantó del suelo. Hera sintió cómo sus manos la aferraban por las caderas con fuerza, guiándola hacia una de las columnas del salón. Su espalda chocó contra la piedra fría y el contraste la hizo jadear.
Él no pidió permiso. La giró con dominio, presionando su pecho contra la superficie, y con un solo movimiento le levantó el vestido. Hera escuchó el sonido seco de la tela al rasgar un poco por la prisa. Sintió cómo la sujetaba firme, como si temiera que escapara… aunque ella no pensaba hacerlo.
Su cuerpo respondió antes que su mente: arqueó la espalda, separó apenas las piernas, cediendo el paso. Cuando la penetró, el aire se le escapó en un gemido ahogado que se perdió entre las risas lejanas del resto del salón. La presión era intensa, profunda, y cada embestida la empujaba contra la columna, arrancándole sensaciones que se mezclaban entre placer y una peligrosa pérdida de control.
Hera no pensaba en Leira, ni en David, ni en nada más que en esa conexión cruda y directa. Sabía que él la dominaba físicamente, pero también que estaba allí porque ella lo había querido, porque lo había elegido. Sus uñas se clavaron en la piedra mientras él aceleraba, y sus gemidos se volvían más abiertos, más descarados.
Él marcaba el ritmo con fuerza, cada embestida más profunda que la anterior, sujetándola por las caderas como si quisiera fundirla contra la piedra. Hera sentía el calor expandirse por su vientre, un pulso intenso que le recorría las piernas y le hacía temblar. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas.
De pronto, ella tomó aire y, sin pensarlo, se separó apenas de la columna. Él intentó retenerla, pero Hera giró con decisión, quedando frente a frente. Lo miró con una mezcla de desafío y deseo puro, y sin apartar los ojos de los suyos, se impulsó para subirse sobre él, rodeándolo con las piernas.
Ahora era ella quien marcaba el movimiento. Apoyó las manos en sus hombros y comenzó a moverse a su ritmo, sintiendo cómo él intentaba recuperar el control, pero dejándose guiar por su cadencia lenta al principio, luego más rápida, más intensa.
Cuando sus cuerpos se estremecieron juntos, él la sujetó con fuerza y, sin previo aviso, la apartó apenas para descargar en su boca. Hera no se resistió. Lo sostuvo con la mirada mientras sentía el calor espeso del semen llenarle la lengua. Un hilo descendió por la comisura de sus labios hasta su mentón, y ella lo dejó correr, sin prisa por limpiarse.
Con un gesto pausado, tragó parte y dejó otra gota resbalar hasta su cuello. Entonces, aún respirando agitada, preguntó en un susurro que fue más provocación que curiosidad:
—¿Cómo te llamas?
—Iván —respondió él, mirándola como si no entendiera si aquello había sido un acto de entrega o de dominio.
Hera sonrió apenas. Sin decir nada más, bajó la falda, pero no se limpió. Con el rostro aún marcado por lo ocurrido, se dio media vuelta y caminó de regreso al salón.
La luz y el ruido del juego la envolvieron otra vez. Entre las risas y las copas alzadas, distinguió a Leira junto a un pequeño grupo de mujeres que no había visto antes. Una de ellas, alta y pelirroja, la miró de arriba abajo con una sonrisa ladeada, como si hubiera notado el brillo en su piel… o las huellas en su rostro. Hera se acercó, sintiendo que esa noche todavía tenía mucho que ofrecerle.
Y Hera, con el sabor de Iván aún en su lengua, ya estaba pensando en cuál sería el próximo que querría probar.



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