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Heterosexual

Eligiendo quedarse

Marta llegó sin saludar. Apoyó el casco sobre la mesa con un golpe seco. Julián tardó en levantar la vista. Estaba contando la plata de la billetera, armando montoncitos, como si no tuviera apuro..
Julián tardó en levantar la vista. Estaba contando la plata de la billetera, armando montoncitos, como si no tuviera apuro.

 

—Pensé que no venías —dijo.

 

Marta no contestó. Se sentó frente a él.

 

El silencio fue incómodo, pero no nuevo. Julián guardó el dinero, fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de café. Le acercó una.

 

Marta empujó la taza apenas.

 

—Me ofrecieron irme —dijo—. A otra ciudad. Trabajo fijo.

 

Julián asintió.

 

—Está bien.

 

Nada más.

 

—¿Está bien para quién? —preguntó ella.

 

—Para yi. Es una buena oportunidad.

 

Marta respiró hondo. Ya habían estado ahí. Él siempre hablaba como si no fuera con ella.

 

—Pensé en irme sin decir nada —dijo—. Para no tener que escuchar esto.

 

Julián levantó la vista.

 

—Capaz era mejor.

 

Marta lo miró fijo.

 

—¿Mejor para quién? ¿Para mí o para que tú no tengas que decir nada?

 

Julián tomó un sorbo. El café estaba caliente; no apartó la boca enseguida.

 

—No sé qué querés que diga.

 

Ahí se le terminó la paciencia.

 

—Algo —dijo—. Que te importe. Que te moleste. Que te dé bronca. Algo que no suene a que da lo mismo si estoy o no.

 

Julián sostuvo la mirada. Dejó la taza con cuidado.

 

—No voy a frenarte.

 

Marta soltó una risa corta.

 

—No te pedí que me frenes. Pero esperaba algo mejor que eso.

 

Él abrió la boca. No salió nada.

 

Marta se puso de pie. Al agarrar el casco, los dedos le temblaron.

 

—¿Sabés qué es lo peor? —dijo desde la puerta—. Que para ti quedarte no cuesta nada. Para mí sí.

 

Lo miró una última vez.

 

—Vives de la teta de tus padres.

 

Salió y cerró.

 

Julián se quedó solo. La taza intacta frente a él.

 

Pasaron semanas sin hablar.

 

Se conocían desde chicos. Del mismo barrio, no de las mismas casas. Julián siempre tuvo todo resuelto. Marta aprendió temprano a arreglárselas sola. Fueron amigos durante años. Después hubo besos que no se repitieron, silencios que nadie aclaró. Nunca fueron pareja. Nunca volvieron a ser solo amigos.

 

Marta se fue. Julián no llamó.

 

El día antes de viajar, Marta volvió.

 

Golpeó la puerta. Tenía llaves, pero no las usó.

 

Algo cayó adentro. Pasos arrastrados.

 

—Ya voy —dijo Julián.

 

Cuando abrió, tardó un segundo en entender.

 

—¿Marta?

 

Ella no respondió. Él la abrazó fuerte, sin pensar. Demasiado.

 

—Estás borracho —dijo ella.

 

—Un poco —respondió—. Pensé que ya no estabas.

 

Marta lo separó.

 

—Sueltame.

 

Él obedeció. Recién entonces pareció verse: el pelo revuelto, los ojos rojos. En la mesa, botellas vacías. Un vaso con hielo derretido.

 

—¿Desde cuándo? —preguntó ella.

 

—Desde ayer.

 

Marta entró. Caminó despacio.

 

—Dijiste que te ibas —dijo Julián.

 

—Lo sé.

 

—Hoy.

 

—No me fui —dijo ella—. No pude.

 

Julián se pasó la mano por la cara.

 

—Pensé que no iba a volver a verte.

 

—Yo también.

 

Se miraron. No había reproche. Tampoco alivio.

 

—Entonces, ¿por qué estás acá? —preguntó Julián.

 

—Ahora quiero saber si esto… —hizo un gesto amplio con la mano— si esto tiene algún sentido.

 

Julián tragó saliva.

 

—No sé prometerte nada —dijo—. No sé hacerlo bien.

 

—No te pedí promesas.

 

—¿Entonces qué querés?

 

Marta lo miró fijo.

 

—Quiero que, por una vez, no te escondas —dijo—. Que no me abraces como si me estuviera yendo, sino como si me estuviera quedando.

 

Julián se quedó callado. Dio un paso hacia ella.

 

—Me asusta —dijo.

 

—A mí también —respondió Marta—. Pero igual estoy acá.

 

Él dudó un segundo. Después habló:

 

—No quiero que te vayas.

 

Ella no sonrió.

 

 

—Decilo bien.

 

Julián se acercó despacio. Cuando sus bocas se tocaron, no fue un roce: fue un apoyo pleno, seguro, una presión que se acomodó de inmediato, como si hubieran estado esperando ese punto exacto.

 

Los labios se abrieron casi al mismo tiempo. La lengua de Julián entró sin prisa, encontrando la de Marta con una naturalidad que desarmó cualquier resto de duda. Se tocaron lento, húmedas, reconociéndose. No había urgencia ni ensayo: había continuidad.

 

Marta llevó una mano al cuello de él. Los dedos se le cerraron ahí, firmes, no para atraerlo, sino para sostenerlo. La otra mano bajó por su brazo, despacio, hasta detenerse en la muñeca, sintiendo el pulso bajo la piel. Julián respondió apoyando la palma en su espalda, abierta, cálida, marcando presencia más que dirección.

 

El beso se profundizó sin acelerarse. Las lenguas se buscaron una y otra vez, rodeándose, presionando apenas, retirándose lo justo para volver. Cada movimiento encontraba respuesta. Cada pausa era solo respiración compartida.

 

Julián deslizó los dedos por el costado de Marta, lento. Marta arqueó apenas el cuerpo hacia él, lo suficiente para decir sí sin decir nada. Sus bocas no se soltaron.

 

El aire se volvió corto. Respiraban entre besos, rozándose los labios, volviendo a unirse de inmediato. No había torpeza ni exceso. Había comodidad.

 

El beso cambió sin avisar.

 

La calma se tensó primero en las manos. Los dedos de Marta dejaron de sostener para buscar. Se cerraron en la nuca de Julián, tirando apenas, marcando una dirección. Él respondió de inmediato, profundizando el beso, abriendo más la boca, entrando con la lengua con una urgencia que ya no se cuidaba.

 

Las respiraciones se volvieron irregulares. El ritmo se rompió. Las bocas se separaban apenas para volver a encontrarse con más fuerza, como si cada segundo sin contacto fuera una pérdida.

 

Julián deslizó las manos bajo la camiseta de Marta. La tela cedió rápido. Sus palmas encontraron su espalda directa, piel tibia, y se quedaron ahí un instante, afirmando. Marta arqueó el cuerpo hacia él, sin romper el beso, y empezó a desabrocharle la camisa a ciegas, botón por botón, sin apuro pero sin pausa.

 

La ropa dejó de ser algo que estaba puesto. Fue algo que estorbaba.

 

La camiseta de ella cayó al piso. Después la camisa de él, desplazada por manos impacientes. Julián recorrió con los dedos los costados de Marta, subiendo, bajando, como si necesitara confirmar que era real, que estaba ahí y no se iba. Marta respondió igual: manos firmes, explorando, pegándolo más a ella.

 

El beso ya no era solo boca. Era cuerpo contra cuerpo, presión, calor. Las lenguas se buscaban con insistencia, se rozaban, se enredaban, sin cuidado.

 

Julián la empujó suavemente hacia la mesa. Marta no se resistió. Sus manos, que hasta entonces habían explorado con urgencia, ahora se movían con una intención clara. Julián deslizó las manos por la espalda de Marta, desabrochando su sujetador con una destreza que hablaba de deseo contenido. El sujetador cayó al suelo, dejando al descubierto sus pechos, que se alzaban con cada respiración acelerada. Julián los tomó con ambas manos, sintiendo su peso y calor, mientras sus pulgares rozaban los pezones endurecidos, arrancando un gemido bajo de Marta.

 

Marta, sin romper el contacto visual, buscó la cintura de Julián, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos por la anticipación. El pantalón cayó, seguido por el bóxer, liberando su erección. Marta lo miró, sus ojos brillando con un deseo que no necesitaba palabras. Se inclinó hacia adelante, sus labios encontrando la punta de su verga, húmedos y cálidos. Julián dejó escapar un gemido gutural, sus manos apretando los bordes de la mesa mientras Marta lo tomaba en su boca, lenta y profundamente. La sensación de su boca, cálida y húmeda, envolviendo su verga, era casi insoportablemente placentera. Marta movía su cabeza en un ritmo constante, su lengua trazando círculos alrededor de la sensible punta. Julián podía sentir cada movimiento, cada roce, como una descarga eléctrica que recorría su cuerpo. Sus caderas comenzaron a moverse involuntariamente, empujando más profundo en su boca, pero Marta lo mantuvo firme, controlando el ritmo con sus manos en sus muslos.

 

Marta levantó la vista, sus ojos fijos en los de Julián mientras continuaba su tortuosa exploración. La combinación de su boca y su mirada era demasiado. Julián podía sentir la tensión construyéndose en su interior, el calor extendiéndose desde su ingle. Sabía que no podía durar mucho más. Con un esfuerzo monumental, retiró suavemente a Marta, sus manos temblando mientras la ayudaba a levantarse.

 

Ella se puso de pie, su respiración entrecortada, sus labios hinchados y brillantes. Julián la atrajo hacia él, sus cuerpos presionándose juntos, piel contra piel. Podía sentir los latidos de su corazón, rápidos y fuertes, alineados con los suyos. Sus manos recorrieron su cuerpo, memorizando cada curva, cada línea, mientras sus bocas se encontraban nuevamente, hambrientas y desesperadas.

 

El beso se profundizó, sus lenguas enredándose en un baile frenético. Julián la levantó, sus piernas envolviéndose alrededor de su cintura mientras la llevaba hacia el sofá, sin romper el contacto. Se dejó caer sobre él, Marta a horcajadas sobre él, sus cuerpos alineados en una promesa de más. Sus manos exploraron, tocaron, sintieron, mientras sus bocas se movían juntas en un ritmo antiguo y familiar.

 

Julián la sostuvo con fuerza, sus manos firmes en su trasero, mientras Marta se movía contra él, su deseo palpable. Sus bocas se separaron solo lo suficiente para que Julián pudiera susurrar contra sus labios, «Quiero sentirte.» Marta asintió, sus manos buscando la cintura de sus bragas, deslizándolas hacia abajo con una urgencia que hablaba de necesidad.

 

Julián la ayudó, sus dedos rozando su piel sensible mientras retiraba la última barrera. Marta se levantó ligeramente, sus piernas nuevamente envueltas alrededor de su cintura, y Julián se posicionó en su entrada, sintiendo el calor y la humedad que lo esperaba. Con un movimiento lento y controlado, Julián la bajó sobre él, su verga deslizándose dentro de ella, llenándola completamente.

 

Marta dejó escapar un gemido gutural, su cabeza cayendo hacia atrás mientras se ajustaba a la sensación de él dentro de ella. Julián la sostuvo firme, sus manos en sus caderas, guiándola en un ritmo lento y profundo. Cada movimiento era una exploración, una reafirmación de su conexión. Marta comenzó a moverse, sus caderas balanceándose contra las de Julián, sus pechos rebotando con cada empuje.

 

Julián bajó la cabeza, capturando un pezón en su boca, chupando y mordiendo suavemente mientras continuaba moviéndose dentro de ella. Marta arqueó la espalda, empujando su pecho hacia él, pidiendo más. Julián obedeció, sus manos y boca explorando cada centímetro de su piel, mientras sus cuerpos se movían juntos en una danza primitiva.

 

El ritmo se aceleró, sus respiraciones se volvieron más rápidas, más superficiales. Marta se movió más rápido, sus caderas encontrando las de Julián en un empuje desesperado. Julián podía sentir cada contracción, cada pulso de placer, mientras se acercaban al borde. Sus manos se apretaron en sus caderas, guiándola, sosteniéndola, mientras el mundo se reducía a la sensación de sus cuerpos unidos.

 

Julián continuó moviéndose dentro de Marta, su ritmo lento y profundo, saboreando cada sensación. Marta se movía con él, sus cuerpos sincronizados en una danza de placer. Julián podía sentir cada contracción, cada pulso de su interior, mientras se acercaban al borde. De repente, Marta se tensó, su cuerpo arqueándose mientras alcanzaba el orgasmo, sus gemidos llenando el aire. Julián la sostuvo firme, sus manos en sus caderas, mientras ella se estremecía contra él, su cuerpo sacudido por olas de placer.

 

Cuando Marta se relajó, Julián la levantó suavemente, separando sus cuerpos. Marta lo miró, sus ojos llenos de deseo y confianza. Julián la giró con cuidado, colocándola de rodillas en el sofá, su trasero expuesto a él. Con una mano, Julián acarició su espalda, sintiendo su piel cálida y suave. Con la otra, guió su verga hacia su ano, sintiendo la resistencia inicial.

 

Marta se tensó, un gemido de incomodidad escapando de sus labios mientras Julián presionaba contra su entrada. Julián fue paciente, sus dedos explorando su cuerpo, distrayendo su mente del dolor. Lentamente, con cuidado, comenzó a empujar, sintiendo cómo su cuerpo se abría para él, milímetro a milímetro. Marta jadeó, sus manos apretando las almohadas del sofá mientras Julián se movía más profundamente.

 

El dolor inicial se transformó en una sensación de plenitud, de ser completamente llena. Julián se movió lentamente, permitiendo que Marta se adaptara, sus manos explorando sus caderas, su espalda, sus pechos, distrayéndola con sensaciones de placer. Marta comenzó a moverse contra él, sus caderas encontrando su ritmo, buscando más.

 

Julián aceleró, sus movimientos se volvieron más rápidos, más profundos, mientras Marta se empujaba contra él, pidiendo más. Sus manos encontraron sus pechos, apretándolos, sintiendo su peso y calor, mientras continuaba moviéndose dentro de ella. Marta jadeó, sus gemidos llenando el aire, mientras Julián la llevaba más y más alto.

 

El placer se construyó, cada empuje, cada roce, llevándolos más cerca del borde. Julián podía sentir la tensión en su propio cuerpo, la necesidad de liberarse. Con un último empuje profundo, Julián se dejó ir, su cuerpo sacudido por el orgasmo, su semen llenando su ano.

 

Marta se estremeció, su propio orgasmo siguiendo al de Julián, su cuerpo sacudido por olas de placer. Julián se quedó dentro de ella, sus cuerpos unidos, mientras ambos se recuperaban, sus respiraciones entrecortadas llenando el silencio.

 

Julián se retiró despacio de su ano y ambos quedaron sentados en el sofá, uno al lado del otro, todavía jadeando. Las rodillas apenas se tocaban. Marta apoyó los antebrazos en los muslos, con la cabeza baja. Julián se pasó una mano por la cara.

 

El departamento olía a alcohol y a sexo. Botellas volcadas, el vaso abandonado sobre la mesa, la ropa desparramada sin cuidado. Ninguno hizo el gesto de ordenar nada.

 

Julián se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas. Tenía la respiración irregular, pero la cabeza clara por primera vez en horas.

 

Marta fue la que rompió el silencio.

 

—Creo que perdí el trabajo —dijo.

 

No lo dijo con dramatismo. Lo dijo como quien suelta un peso para ver si el otro lo sostiene o lo deja caer.

 

Julián giró la cabeza. La miró de verdad. No con preocupación, sino con atención. Se inclinó apenas y la besó, corto, directo, una sonrisa mínima todavía en los labios cuando se separó.

 

—No te preocupes por eso.

 

Marta lo miró, tensa de inmediato.

 

—No voy a ser una mantenida.

 

Julián sonrió otra vez, distinto. No burlón. Seguro.

 

—Jamás permitiría que lo fueras —dijo—. Ni tu lo permitirías. Lo sabemos los dos.

 

Ella sostuvo la mirada. El cuerpo le seguía vibrando, su ano le dolía, pero la cabeza ya estaba en otro lugar.

 

—No es tan fácil —dijo.

 

—Nunca lo fue —respondió él—. Pero esta vez no te estoy hablando desde el sillón, mirando el piso.

 

Marta exhaló despacio. Se recostó contra el respaldo. Lo miró de costado.

 

—¿Y ahora qué?

 

Julián se acomodó a su lado. No la abrazó como quien retiene. Apoyó el brazo detrás de ella, dejándole espacio.

 

—Ahora nos quedamos —dijo—. Hoy. Mañana vemos cómo se hace el resto.

 

Marta cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, soltó una risa corta, incrédula, con un resto de furia que no sabía dónde acomodar.

 

—Igual… —dijo, y negó con la cabeza—. Igual no puedo creerlo.

 

Julián giró apenas hacia ella.

 

—¿El qué?

 

Marta lo miró, y la risa volvió, más abierta esta vez, casi desbordada.

 

—Que después de toda la vida —dijo—, después de años de cerveza, charlas estupidas, silencios raros… —hizo una pausa mínima, como midiendo la frase— me lo metiste por el culo.

 

Lo dijo sin crudeza real. Más como una acusación absurda. Como si se burlara de los dos.

 

Julián abrió la boca, sorprendido, y después se rió. No una risa cómoda. Una risa nerviosa, liberada.

 

—Dicho así suena bastante mal —respondió.

 

—Dicho de cualquier forma suena raro —replicó ella—. Éramos mejores amigos, Julián. No personas que hacen eso.

 

—Capaz éramos exactamente eso —dijo él— y nunca lo quisimos mirar.

 

Marta apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.

 

—¿En qué momento se nos fue tan a la mierda?

 

—No sé —contestó—. Pero no fue recién.

 

Ella lo miró de costado.

 

—No —admitió—. No fue recién.

 

Se quedaron un instante en silencio. Ya no incómodo. Más bien ese silencio donde las cosas bajan de temperatura sin enfriarse del todo.

 

—Igual —dijo Marta—, eres un idiota.

 

—Eso ya lo sabía.

 

—No —insistió—. Un idiota específico.

 

Julián se encogió de hombros.

 

Marta se quedó un segundo más sentada, como si el cuerpo todavía no hubiera terminado de acomodarse a lo que acababa de pasar. Después apoyó las manos en el sofá y se puso de pie con cuidado, torciendo un poco el gesto.

 

—Me duele el culo —dijo, sin drama, casi con fastidio práctico.

 

Julián levantó la vista y asintió, serio, como si fuera la conclusión lógica de una ecuación larga.

 

—Sí —respondió—. Tiene sentido.Tengo una verga demasiado grande.

 

Marta lo miró, a medio camino entre la risa y el reproche, negó con la cabeza y caminó despacio hacia el baño, juntando la ropa suya del piso sin demasiada coordinación.

 

—Voy a ducharme —anunció—. Si me caigo, es tu culpa.

 

—Yo ordeno un poco —dijo Julián—. O por lo menos hago que no parezca una escena del crimen.

 

Marta no contestó. Entró al baño y, a los segundos, se escuchó el agua.

 

Julián se quedó de pie en el living, desnudo, mirando el desorden como si fuera un mapa nuevo. Juntó botellas, corrió el vaso de la mesa, levantó ropa sin saber bien de quién era qué. El alcohol le había bajado del cuerpo, pero no del todo de la cabeza.

 

El agua seguía corriendo cuando se acercó al baño. No tocó la puerta. Se apoyó en el marco.

 

—Marta —dijo.

 

—¿Qué? —respondió Marta desde adentro, la voz amortiguada por el ruido de la ducha.

 

—Tu eres psicóloga —empezó—. Rec

ién graduada y todo eso.

 

—Ajá… —dijo ella, desconfiada—. ¿A dónde va esto?

 

Julián respiró hondo.

 

—Creo que puedo hablar con mi prima. Julián respiró hondo.

 

—Creo que puedo hablar con mi prima.

 

Hubo un silencio breve. El agua siguió cayendo.

 

—¿Con esa prima? —preguntó Marta.

 

—Sí —dijo él—. Con ella.

 

Marta asomó la cabeza apenas por detrás de la cortina. El pelo mojado pegado a la cara. Lo miró como si estuviera evaluando si era una broma.

 

—¿Estás hablando en serio?

 

—Sí —respondió—. No para acomodarte nada. Ni para salvarte. Pero… —se encogió de hombros— podría ayudarte a moverte. A conocer gente. A no arrancar de cero.

 

Marta lo observó largo rato. Después volvió a meterse bajo el agua.

 

—No quiero favores —dijo—. Y menos los que vienen con tu apellido.

 

—No es un favor —replicó Julián—. Es una conversación. Después decides tu.

 

Ella cerró los ojos un segundo, dejando que el agua le cayera en la cara.

 

—Es raro que me digas esto ahora.

 

—Todo es raro ahora —dijo él—. Pero no quiero usar lo que pasó para hacerme el generoso. Te lo diría igual.

 

Marta apoyó la frente contra la pared del baño.

 

—Sabés que esa mujer es… —empezó, y no terminó la frase.

 

—Lo sé —dijo Julián—. Justamente por eso.

 

Ella sonrió apenas, sola, del otro lado de la cortina.

 

—Nunca pensé que después de acostarme contigo iba a terminar pensando en tu prima famosa —dijo—. La terapeuta estrella.

 

Julián soltó una risa baja.

 

—La vida tiene un sentido del humor bastante retorcido.

 

—Sí —admitió Marta—. Pero no me arrepiento.

 

Él no respondió enseguida.

 

—Yo tampoco —dijo al final.

 

El agua seguía corriendo. Marta se pasó la mano por el cuerpo, despacio, como si estuviera volviendo a reconocerse.

 

—Después hablamos —dijo—. No hoy.

 

—Cuando quieras.

 

«LEER Devórame (Reboot)»

 

Julián sonrió y volvió al living.

 

Cuando Marta salió del baño, envuelta en una toalla, el departamento ya no estaba tan desordenado. No ordenado del todo. Pero habitable.

 

El resto del día fue más raro que intenso.

 

A Julián lo terminó durmiendo la borrachera y se levantó tarde, con dolor de cabeza y la boca pastosa. Limpió lo que pudo, abrió ventanas, pasó un trapo por la mesa, pero el olor a trago seguía ahí. Marta apareció envuelta en una camiseta vieja de él, desnuda de la cintura para abajo, como si no hubiera motivo para corregir eso.

 

—Te duele la cabeza —dijo ella.

 

—Mucho.

 

—Te lo merecés.

 

Se dijeron eso como siempre. Pero después se miraron un segundo más de la cuenta. Marta sonrió de costado. Julián bajó la vista.

 

Pasaron el día así. Café, algo para comer, la televisión prendida sin que ninguno mirara de verdad. Se cruzaban por el departamento sin pudor pero con una atención nueva. Marta notó que no había arrepentimiento. Tampoco euforia. Lo que había era una calma rara, pesada, que no sabía todavía dónde poner.

 

Los días siguientes se fueron armando solos.

 

No volvieron a ser amigos como antes, pero tampoco hicieron un anuncio de nada. Pasaban casi todo el tiempo juntos. Salían a caminar, compraban comida, hablaban de cosas prácticas: cuentas, horarios, lugares posibles para mandar currículums. El cuerpo ya no estaba todo el tiempo en primer plano, pero el sexo siguió apareciendo casi todas las noches, sin ceremonia.

 

Marta entendió rápido que lo del culo no había sido un accidente ni una locura del momento. Era algo de Julián. Algo que él sabía hacer, que pedía sin pedir, que esperaba sin imponer. A ella le llevó un par de noches acomodarlo en la cabeza. Después el cuerpo se le fue adelantando. No lo habló mucho.

 

Se miraban demasiado. No con ganas, sino con preguntas.

 

La tensión ya no era sexual. Era otra cosa.

 

Julián no llamó a su prima. Eso Marta lo notó al tercer día. Al quinto, también. No lo dijo, pero lo registró. Él estaba conteniéndose. Esperando una señal que ella no daba del todo. Y ella estaba aprendiendo a tolerar que alguien quisiera ayudarla sin tomar el control.

 

En vez de quedarse esperando, Marta empezó a moverse. Mandó CVs, escribió correos, retomó textos que había dejado a medias. Se levantaba temprano. Salía sola. Volvía con novedades, buenas o malas. Quedarse no había sido un sacrificio pasivo. Había sido una decisión. Eso la afirmaba. Y cambiaba algo entre ellos.

 

Luego, Julián mencionó a su prima otra vez. No como oferta. Como referencia.

 

—Ella hizo de las relaciones su territorio —dijo.

 

Marta lo escuchó en silencio.

 

—No quiero que me soluciones nada —dijo.

 

Julián asintió.

 

No hablaron de ser pareja. No hablaron de futuro.

 

Con el paso de los días, el sexo dejó de ser una descarga y se volvió otra cosa.

 

No era una reconciliación ni una prueba. Era un modo de estar juntos sin tener que explicar nada. Cogían después de discutir, después de caminar horas sin decir demasiado, después de reírse de alguna boludez mínima. No borraba los problemas, pero los acomodaba. Los volvía a poner del mismo lado.

 

Marta entendió que no estaba usando el cuerpo para tapar nada. Al contrario: era la forma más honesta que habían encontrado de seguir siendo amigos sin mentirse. Julián, por su parte, dejó de vivirlo como un exceso. No había culpa ni épica. Había continuidad.

 

Una noche, sin pelea previa, Marta fue la que lo dijo.

 

—Hablá con tu prima.

 

Julián levantó la vista, sorprendido.

 

—¿Estás segura?

 

—No para que me salve —aclaró—. Para escuchar. Yo decido después.

 

Julián no sonrió enseguida. Asintió. Esa misma noche mandó el mensaje.

 

La invitación fue simple. Un día, una hora, su casa. Nada formal.

 

Cuando la prima llegó, Marta entendió de inmediato por qué Julián hablaba de ella como hablaba. No era solo la fama ni el aplomo. Era la forma de mirar. Como si todo lo que no se decía también contara. Marta se presentó sin exagerar nada. Psicóloga recién graduada. Sin trabajo fijo. Quedada por elección.

 

La prima los observó a los dos. No hizo preguntas innecesarias.

 

—Así que ustedes —dijo—.

 

No lo dijo como juicio. Lo dijo como constatación.

 

Julián alcanzó vasos. Marta se sentó derecha, tranquila. No necesitaba impresionar a nadie.

 

Hablaron un rato. De trabajo, de enfoques, de gente difícil. En un momento, la prima miró a Julián y después a Marta, como si viera algo que ellos todavía estaban terminando de entender.

 

—Bueno —dijo—. Esto da para más de una charla.

 

Marta asintió.

 

Julián se recostó contra el respaldo de la silla, soltando el aire.

 

Ahí, en ese living, con los tres sentados, sin promesas ni finales cerrados, Marta supo que no se había quedado por miedo. Y Julián supo que, por primera vez, no estaba dejando pasar algo importante.

 

No sabían qué iban a ser.

 

Pero estaban ahí.

 

Y eso —por ahora— era suficiente.

 

(Para quien quiera leer más sobre la prima y su mundo, su historia aparece en Devórame (Reboot).)

5 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amigos, baño, culo, metro, orgasmo, semen, sexo, verga
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