Enseñar Matemáticas tiene muchas satisfacciones
La frase del título no es mía, pero la satisfacción yo se la di al profesor..
Después de haber hecho algunas compras para hacer los adornos navideños se me ocurrió comprar una paleta e irme a descansar a las bancas de la plaza. El sol ya picaba, así que busqué una reconfortante sombra. Sólo había una con un lugar libre, el lugar central, con dos personas sentadas en los extremos. Así, sin pedir permiso me senté. A mi derecha estaba una señora, también acalorada y con bolsas de compras y a la izquierda un señor canoso leyendo en su Kindle, inclinado, casi dándome la espalda pues uno de los pies estaba en el costado de la banca.
Al poco tiempo, la señora se fue y pensé en moverme hacia el extremo que ella dejó libre, pero en ese momento escuché que el señor se carcajeaba y volteé a verlo expresando “¿Ma?”, mas se dio cuenta y volteó a verme desorientado, ¡entonces lo reconocí! Se trataba del maestro Bedolla, el ídolo de mi hijo pues aprendió mucho con él y, francamente le cambió la vida. Bueno, yo creo que a casi todos los alumnos que pasaron por sus manos.
–¡Buenos días, maestro Bedolla! ¿Está muy divertido lo que lee? –pregunté cuando me vio.
–Sí, la verdad, el escritor Ibargüengoitia es sorprendente –dijo, pero cesó su rictus alegre, casi de golpe pues trataba de reconocerme y se puso de pie.
–Soy la mamá de Moncho, mi hijo estuvo con usted en los talleres de Matemáticas para la olimpiada, hace como diez años –dije al levantarme, y él se quedó pensando y viéndome tratando de recordarlo.
–¡Ah, Ramón! –dijo al recordarlo, pues mi hijo fue seleccionado dos veces para el concurso nacional– Sí ya me acuerdo de usted y su esposo, más de usted, que la primera vez no quería dejarlo ir a Mérida porque estaba “muy lejos y Ramón era un niño”, dijo parodiando mi voz quebrada pues en ese momento al que se refería yo quería llorar. ¿Cómo está su hijo? –preguntó.
–Moncho está muy bien, ya va a casarse –dije, pero me di cuenta que me miraba por todas partes–. El ya creció y yo ya engordé –aseguré dándome una vueltecita para satisfacer su mirada libidinosa que ya me empezaba a calentar pues según dijo después, este fue el momento en que mis feromonas comenzaron su tarea.
–¿Gorda…? ¡No, está muy bien! Mejor que antes. Su marido ha de estar feliz con un hijo tan inteligente y una esposa muy b…bella –dijo mirando mis caderas y callando la palabra “buena” pues la cambió por “bella”.
–¡Gracias profe! Sí, de allí, y de aquí, también engordé –contesté poniéndome de perfil para resaltar mis nalgas y me sobé la panza–¡Qué se toma!
–De usted, lo que quiera invitarme, pero yo pago, tengo suficiente liquidez… –indicó con verdadero doble sentido pues su olfato había recibido la petición de mis sustancias bioquímicas emanadas que simplemente le decían “cógeme”.
–¿De verdad…? –pregunté puyándolo, al fin que sí me calentó su manera de mirarme el cuerpo.
–Si tiene tiempo, la invito a mi estudio, ya lo conoce. Ahí hay de todo: café, té, refresco y vinos variados, lo que elija –ofreció, y yo asentí con la cabeza, pero omití decir que yo quería tomar leche, ¡así de excitada estaba yo!
–¿Sigue dando clases a los seleccionados en el mismo lugar? –pregunté, pues antes de formarse la selección, los talleres a todos los concursantes se daban en la Universidad o en el Tecnológico, y después que se hacía el concurso estatal, las clases a la delegación se daban en el estudio del profesor Bedolla.
–Sí, aunque ya somos varios quienes entrenamos a los alumnos. Permítame ayudarla –dijo tomando uno de los paquetes que yo traía.
–¿Quiere? –le ofrecí de mi paleta –, aquí no tiene de mis babas –dije ofreciéndole de la base.
–Sí quiero, no me vaya a dejar sin chupar paleta, aunque me gusta chupar con babas y pelos… –dijo en obviedad que le gustaba el sexo oral y le dio una mordida a donde yo había lamido; sentí humedad en mi panocha por lo que dijo ya que a mí me fascina el 69…
Fuimos al estacionamiento del tercer nivel del sótano de la plaza comercial por su auto, la paleta se acabó y chupé el palito seductoramente antes de colocarlo en el cenicero. Él maestro Bedolla me lamió los labios y yo lo abracé para besarnos. Otro beso más y me acarició una teta, sentí riquísimo y me fui con la mano a acariciarle el crecidísimo bulto en el pantalón. Él metió su mano bajo mi falda, yo abrí las piernas y él llegó a mi mojadísima pantaleta. Era evidente lo que queríamos desde que le modelé de perfil…
–¡Vámonos de aquí! –le dije cuando pasaron por detrás unas personas. Yo temblaba de ganas por seguir con ese juego, pero no en ese lugar–. Tienes razón –dijo al prender el auto–. Perdón, recuérdame cómo te llamas, ¿Ramona…?
–¡Ja, ja, ja..! No Ramón es mi hijo, y también mi marido. Me llamo Mar –dije acariciándole la pierna–. ¿Eres casado? –pregunté, ya tuteándolo.
–Era, hace dos años me divorcié –confesó y ahora él fue quien me acarició la pierna.
–Seguro que te dejaron por infiel, se nota que te gustan las mamás de los alumnos… –señalé como obviedad.
–No, vieras que sólo de vez en cuando tenía aventuras, y fue con algunas dos que tres de las maestras de secundaria y preparatoria, pero con las mamás no, tú serás la primera –aseguro y yo sonriéndome me mordí el labio inferior ante la promesa.
–Recuerdo que había una maestra, joven y muy frondosa que te ayudaba y se notaba que quería contigo, ¿qué fue de ella? ¿Pasó por tu estudio? –pregunté, recordando que mi amante usa su estudio para trabajar, pero también para coger.
–¡Ja, ja, ja! Ya hubiera querido yo, pero nunca me dejó ir muy lejos, ella temía embarazarse. Lo más que hubo fueron besos, caricias en el sexo y chupadas una ocasión que nos tocó salir juntos con los alumnos –aceptó, y recordé que casi siempre iban otros profesores al concurso nacional encabezando la delegación estatal.
–¿Y para qué son los condones? –pregunté.
–A mí no me gusta usarlos, prefiero salirme antes. Espero que no te moleste eso –dijo mirándome con seriedad pues ya era claro a lo que iríamos a su estudio.
–No te preocupes, estoy ligada desde que tuve a Ramón, si no, ya tendría muchos críos –dije para calmarlo– mi marido es muy fogoso.
–¡Y cómo no serlo con una hembra tan hermosa! –dijo antes de colocar todos mis paquetes y bolsas en la cajuela cuando llegamos al estacionamiento de la unidad habitacional donde se encuentra su estudio.
Entramos al edificio, subimos al primer piso y recordé el lugar cuando llevábamos a mi hijo a sus clases intensivas. Entramos y pude ver cómo estaba el interior, ya que nunca había entrado yo.
–¿Qué quieres tomar? –ofreció.
–Sírveme lo que quieras, antes de tomar lechita en biberón… –le confesé ya muy caliente.
El maestro Bedolla me trajo un Caribe cooler muy frío y lo sirvió en dos vasos. Brindamos y comenzamos el morreo desnudándonos a la par. “¡Salud!, por tu belleza!” dijo cuando me tuvo encuerada. Nos acabamos la bebida y me llevó a la recámara pues “Aquí hay muchos libros”. Me acostó en la cama y se montó en mí en posición de 69.
–Ahora toma tu lechita y yo chuparé paleta con pelos –dijo al acomodarse.
–A ver si te gusta el sabor, ya te dije que mi marido es muy fogoso y hoy en la mañana no fue la excepción –le advertí para que supiera a qué atenerse.
–Veré si el atole que haces con él es sabroso… –dijo al ponerse a mamar– y suspendió al poco tiempo– Estás más rica que la maestra que no me dejó hacer más con ella– comentó y seguimos mamando por un buen rato.
–¡Ya va a salir tu lechita, preciosa! –gritó antes de venirse y me llenó la boca de semen.
–¡Qué rico! –dije antes de limpiarme lo que se me resbaló fuera de la boca y relamí de mis dedos–. A ti, ¡qué te pareció el atole? –pregunté quitándole uno de mis vellos que se le había quedado en los labios.
–Rico, por la variedad de sabores que se pueden catar en tu vagina. Por ejemplo, el olor fuerte que delata mucha actividad, de tres o más veces al día –precisó, y sí, tiene razón, no hay día que no me cojan más de dos veces, además de usar cuatro vergas diferentes a la semana–. También se distingue un toque de esperma, supongo de tu marido. Y lo más rico fue lo del final: ríos de tu flujo que indicaba que mi lengua hacía un trabajo agradable para ti.
–¡Vaya que fue muy agradable! Te cuento que a mi marido no le gustó mi sabor y durante doce años no quiso hacerme el sexo oral y yo ignoraba que era eso, pero, y aquí viene un secreto que no deberás contar, me topé con un señor quien me lo hizo por primera vez y fue tan rico como tú ahorita –confesé.
–¡Qué bien que tuviste esa oportunidad para que no te quedaras sin conocer el Paraíso! –exclamó.
–Pues lo conocí hace muchos años, y esa boca no la he dejado ir. Afortunadamente, mi marido se atrevió desde hace un par de años para darme gusto a mí de esa manera. Algún día te contaré por todo lo que he pasado, afortunadamente siempre feliz –precisé.
–¿Qué posición te gusta más para hacer el amor? –preguntó, supongo que para complacerme una hora después, pues fue mucho el semen que tragué.
–Si se trata de darme gusto en la fornicación, es la de perrito porque lo siento adentro y me gusta que me den nalgadas con el vientre. Pero “hacer el amor” es algo que incluye ternura y amor por ambas partes. En ese caso, es importante respirar lo mismo que la pareja y con las bocas cerca, para ello sólo hay dos maneras: misionero o sentada en sus piernas, de frente y bien incrustada, sea por la panocha o por el culo, pero con el palo hasta adentro –expliqué, recordando a mi marido y a mis dos amantes.
Platicamos un poco más, el maestro mamando y dándome besos entre frase y frase; yo jugando con las bolas y el tronco, hasta que se puso duro.
–Ya lo despertaste… –dijo y me lamió el pabellón de la oreja calentándome fácilmente al sentir su lengua en mi cara y su crecida verga en mi mano.
–¿Te repusiste tan pronto? –pregunté agitándole el tronco duro.
–Sí, pero fue con ayuda de la pastilla azul que tomé en la cocina –confesó
Ya se imaginan lo que siguió: me puso de pie dándole la espalda; me inclinó; me tomó de las caderas y me empaló la panocha de un solo envión que sentí riquísimo. Empezó con el chaca-chaca y gritó lo clásico de todos mis hombres “¡Qué nalgas tan lindas!” seguido de una sonora nalgada. Nunca falta… Lo gozamos viniéndonos juntos, y agotados caímos a la cama…
–¿Quieres bañarte? –me preguntó.
–¿Aún te queda algo de pastillita para que me encules allí? –pregunté, recordando mis finales de sesión con Bernabé.
–Probémoslo… –dijo y me tomó de la mano para irnos a la ducha.
Fue posible lograrlo. ¡Bendito Viagra! Claro, hubo más nalgadas, eso es invariable cuando te cogen de perrito. Al terminar, me enjabonó. Me enjuagó y me secó antes de vestirme.
–¿Sigues teniendo el mismo teléfono que hace diez años? – pregunté y marqué el que yo tenía desde entonces.
–Sí, pero yo no tengo el tuyo, tengo el de tu marido –dijo y en eso sonó su teléfono, era mi llamada.
–Ahora ya lo tienes, ponle mi nombre y, si hoy te puse alegre, envíame un mensaje y nos ponemos de acuerdo cuando quieras compañía como la de hoy.
–No sólo alegre, me alegro que dar clases de matemáticas, me haya dejado esta gran satisfacción que tú me diste hoy. Espero que tú también estés satisfecha de mi trabajo contigo, no sólo con lo que le enseñé a tu hijo.
Salimos a su auto y me dejó a la entrada de la privada donde vivo. Sólo nos despedimos de mano, lo demás ya no fue necesario.


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¡Mar, sigues conociendo más vergas! ¿Yo, cuándo?
No sé, pero sí será…
¡Ja, ja, ja…! Pues clases de lo que sea, pero generalmente son las alumnas quienes obtienen y dan la satisfacción al profesor, no he sabido de alguna madre de alumnos, hasta hoy, pero sí, debe haber muchos casos.
Claro que sí, aquí en SST hay varios relatos de ese asunto. De cualquier manera yo soy uno de los casos, y ya van dos veces.
¡Exactamente como te lo dije, mi amor! Quieres verga y te anuncias, feronómicamente hablando. A quien te ve o te huele se le para la verga automáticamente.
Debo reconocer, y esto lo podrá corroborar Tita, que no es cualquier verga la que quieren, no importa que se las paren a muchos, ellas van por alguien en especial, y los restantes pueden quedarse frustrados.
Pues en ese lugar donde estábamos al aire libre, a la orilla de la fuente dedicada a un músico nacional muy connotado, el perfume de mis ganas sólo podía ser para él, ¡y funcionó!
¿Y aprendiste Matemáticas? Se me hace que sólo te enseñó el 69. ¿Cuándo nos vemos para recorrer toda la numeración?
Cuando quieras, y sin saltarnos números
¡¿Qué creen?! ¡El maestro Bedolla me habló ayer! Me dijo que ya leyó este relato (yo le había mencionado que lo escribí y le di la dirección) Y dijo que se la pasó leyendo casi todos los que escribí. «Con razón me abordaste tan rápido, eres una experta en conquistar corazones (bueno, no dijo «corazones», dijo «vergas»). Me invitó para vernos en su estudio nuevamente, claro que dije que sí. Allí me mostró que los había copiado para pasarlos a su Kindle con el fin de leerlos y releerlos con calma. Si, cogimos, pero también me tomó varias fotos «pera recordarme».
Le pedí que escribiera lo de este día y lo publicara, pero dijo que él no iba a publicarlo, que lo publicara yo. Así que, en cuanto me lo envíe, lo pongo. Estén pendientes…
¡Uf! si a los dos les gustó, vas a aprender chorros de Matemáticas, por las tres vías,
A mí me han gustado algunos de mis profes, pero ninguno de los maestros de mis hijos me echó los perros. Sí, se me quedaban viendo el tetamen y se les caía la baba. La verdad, yo no les hacía más porque no quería tener problemas, aunque estuviera con los calzones mojados y ellos con el notorio monte del pito parado. ¡Qué tonta! ¿Verdad?
Yo, como maestra, obviamente me he tirado a varios colegas, entre ellos a quien hoy es mi amasio. Pero como alumna sí me encamé a Eugenio en la maestría.
Como mamá no hubo chance, los profesores eran mis colegas y como tal me trataban (ya me había tirado a uno)