HOMENAJES A SUPERSTICIONES | Hey Babe, sube y brilla!
Una joven de 12 años piensa desnudarse por dinero .
①
🅴l nombre de Theresa O’Brian había visto la luz demasiadas veces en la estéril oficina del director Roy, en el hogar para jóvenes St Raphael de Brooklyn. Ningún otro nombre de algún huérfano, en expediente alguno, se había asomado tanto fuera de ese archivador metálico. Al contrario, y de forma honrosa, los demás expedientes hacían las veces de guardapolvo dentro del frío mueble. Pero quedarse a la sombra no era el destino de Theresa O’Brian. Había llegado a los tres años a esa institución, y justo como se lo recordaba su avinagrado director, ya había sido devuelta de hogares adoptivos unas 19 veces. Según le aseveraba él, ella iba volver loco al psiquiatra. Pero Theresa no era arcilla para moldear, y ahí estaba en la oficina, con sus pies subidos en el escritorio. Roy le mostraba el periódico, extendiéndolo como una acusación, señalando la foto que habían impreso de ella, correspondiente al asalto que perpetró la menor a un estudio de televisión donde emitían un directo. Había echado a perder con su irrupción, una presentación nada menos que de Geraldine Hunt. Pero no sentía vergüenza, ni el peso de culpa alguna sobre sus jóvenes hombros. En cambio, se preguntaba como Roy veía aquella proeza no como algo para celebrar sino como un delito. Como fuera, el rostro de Theresa ya estaba en los diarios.
—Has faltado a clase once veces —Le reclamo Roy a la niña.
—¡Y aún así he sacado buenas calificaciones! —Alegó ella, pero él la ignoró y siguió:
—Estás por cumplir 13 años, Theresa, y ya no estarás a mi responsabilidad. Y no quiero verte en Millview —sentenció Roy, usando su dedo como cañón.
Habían hablado de ese tema específico cientos de veces. Al principio era escabroso para Theresa, pero con la repetición pasó a ser solo aburrido. Millview era un instituto correccional para niñas, justo a donde Theresa estaba por calificar para irse, al cumplir los 13.
Durante esa rutinaria sesión de reprimenda, Roy le recalcó casi todo lo de costumbre a Theresa. Le echó en cara su comportamiento, sus huidas del instituto, su hábito de fumar, robar, maquillarse y de vestir de manera inapropiada. Casi siempre andaba con la cara pintarrajeada, en patines ya fuera en uso o colgados de un hombro, y con escasos shorts de mezclilla que no le tapaban del todo las nalgas. Muchas veces, los accesorios de sus atuendos eran robados. Y para colmo, Theresa había fraguado y ejecutado aún más pillerías: se había colado en la Academia de Interpretación Artística de Brooklyn, haciéndose pasar por mimada niña rica, solo para aproximarse unos fantasiosos pasos más a su sueño de oro, de ser actriz.
②
🅻a colorida y extravagante apariencia de Theresa servía de buen augurio a lo que sería el estilo de los 80’s, década que apenas iba a comenzar. Las vitrinas de los distritos comerciales de Brooklyn siempre eran una deliciosa tentación para ella. Solía probarse pulseras, collares y pañoletas, distraer a los vendedores con su divertido baile mientras se veía al espejo y finalmente salir corriendo como alma que llevare el diablo. Algo cotidiano para Theresa.
En una de sus habituales huidas, que al contrario de miedo, estaban cargadas de risueña diversión, Theresa se asombró de que su perseguidora fuere tan persistente. La joven empleada del corriente almacén corría tanto como podía, aún sobre esos altos tacones. Pero no tendría oportunidad de alcanzar a su ágil presa, que iba como un rayo sobre sus patines color de rosa. Theresa decidió parar y esconderse entre las canastas de madera, llenas de botellas de bebida gaseosa, en un camión distribuidor. No por necesidad, sino porque disfrutaba de burlarse de su desesperada víctima. Mientras la empleada seguía corriendo y gritando «¡Encuéntrenla!», Theresa robó una botella y bebió tranquilamente. Tiró el envase tras haber tomado el último sorbo y emergió de nueva cuenta. Ya nada parecía amenazante en aquellas mojadas y vencidas calles, en medio de edificios muy altos. Sin pensarlo, había terminado en medio de calles que con toda seguridad, eran la morada nocturna de habitantes de calle, viciosos y mantenidos. Se fijó en los contenedores de basura ultrajados, los cestos usados para hacer fuego que respiraban ollín, las paredes grafiteadas con logos ilegibles y el chiquero en el piso, que el viento tocaba como si fuera prado. El aroma no era mejor que lo que podía verse. Súbitamente, los gritos lacónicos de la empleada del almacén resurgieron de la nada. Todavía iba por allí quejándose de haber sido robada. Theresa espabiló y patinó nuevamente, sin tener hacia dónde más, que forzando y metiéndose por una puerta cualquiera. Y así estuvo dentro del desordenado almacén del viejo teatro de Brooklyn.
Allí intervino el destino con su mano caprichosa. Theresa avanzó en medio de utilería teatral, vestuario colgado que hacía volar la imaginación, y viejos afiches roídos y mohosos, que invitaron alguna vez al público a ver las puestas en escena. Ella siguió entrando sin temor alguno y, tras pasar por una puerta más, sintió que se orinaba al descubrir a dónde se había metido. Delante suyo se abría el inmenso teatro, cuya magnitud apenas era apreciable, debido a la penumbra. La muchachita soñadora se llenó de euforia y patinó hacia el escenario, en medio de las filas de asientos vacíos, gritando un agudo «¡hola!» y disfrutando del prolongado eco, que le resultaba gracioso. Una vez sobre las tablas, se vio a sí misma de la forma que solo había considerado en entrañables anhelos. Vio hacia el inmenso auditorio y, sin dudar, extendió los brazos y estilizó su pose. Con todo el poder de su imaginación de niña de doce años, encendió los chorros de luz directo sobre ella, puso música pop (aquella canción que interpretare Hunt en vivo y que Theresa arruinó). Mezcló la canción con la algarabía de un público enloquecido por verla. Bailó armoniosamente sobre sus patines de un extremo a otro, a lo largo y ancho del escenario. Hasta olvidó por un instante que estaba inmersa en una plácida fantasía. Pero algo la sacó de su interpretación: Una de las luces dejó de ser imaginaria y pasó a volverse perniciosamente real, siguiéndola cual estrella de teatro. Theresa se encogió y se lanzó a esconderse. La Luz siguió buscándola por unos segundos y, al no tener éxito en encontrarla, su operador hizo saber su existencia mediante su ronca voz de viejo tuberculoso y harapiento:
—¡Qué siga la función, preciosa!
—¿Quién eres tú? —gritó Theresa— ¿Qué es lo que quieres?
—¡Termina con tu número, nena!
Esa voz reseca y cortada no podía inspirarle nada bueno a Theresa.
—¡Llamaré a la policía, cretino! —gritó ella.
Pero este sujeto no se intimidó y se paró delante de la luz, lo que permitió a Theresa no ver sino una humeante silueta. Patinó buscando la salida y la encontró, pero allí fue alcanzada por el hombre. Acababa de llegar allí mientras gritaba «¡no te vayas, espera!». Delante de la puerta, él le afirmó en tono de celebración y con los ojos desorbitados:
—¡Tienes una gran presencia escénica!
Su rostro era redondo y evocaba, no lo que Theresa imaginaba, por su voz y las circunstancias. Parecía más bien un payaso despintado y loco, pero inofensivo. No obstante, la puerta seguía cerrada y ella no reparó en hacerse valer. Sacó su navaja y amenazó al sujeto.
—Aléjese de mí o voy a sacarle las tripas —sentenció ella.
—Está bien, está bien. Si lo tomas tan en serio… —se rindió él y dio un paso atrás.
—Degenerado.
—No, nada de eso. Solo quiero hablar contigo.
—Háblale a mis pies, no tienen orejas —terminó ella.
Entonces salió y se perdió de allí, sin sospechar que este pintoresco sujeto la seguiría en secreto y de cerca.
③
🆃heresa se daba lo que, dentro de su conocimiento, era la gran vida. Recibía instrucción de prestigiosas maestras profesionales de artes escénicas. Clases de ballet, interpretación y canto. No tenía cómo juzgar que aquello era un poco plástico, ya que no había tenido otra experiencia con la qué comparar. Les enseñaban incluso a respirar, para administrar el aire en sus pulmones como si fuese oro. Y para los artistas lo era. Para ñadir un dosis de más de magia, siempre había alguien en el salón tocando el piano, aunque no estuvieran bailando. Pero Theresa hacía parte de ello gracias a una diablura suya. Una artimaña que no habría de durar mucho. Las semanas pasaron y el pago de la colegiatura nunca llegó, puesto que la madre de Theresa era imaginaria. La encargada había empezado a presentarse en medio de clases a interrumpir sus ensayos solo para cobrarle, de lo que Theresa se hartó. Pronto la niña volvió a estar más tiempo en la calle, fumando y robando fruslerías, que en la Academia.
Tirada en un andén, oyendo radio y masticando goma, detectó en sus bolsillos la desvencijada tarjeta de presentación que ese sujeto del teatro le había dado. La tomó y la ojeó: Decía «Sammy Cohen, buscador de talentos», al pie de un gracioso auto-retrato. Theresa llevaba un buen tiempo juzgándolo. Cada vez le parecía menos probable que fuera peligroso y, al contrario, buena falta le hacía un amigo. Torció la boca por varios minutos y al fin se decidió a ir a verlo. Reconstruyó en su memoria el trayecto de su última huida, tras robar unas pulseras, y encontró la entrada trasera del teatro de Brooklyn.
El viejo la estuvo siguiendo durante el resto del día que se conocieron, y ató cabos sin esfuerzo. Primero la vio bailar en el escenario, luego la vio vender artículos robados y por último, entrar a la Academia de Interpretación Artística de Brooklyn. No tenía mucho sentido, excepto que la chica fuera una casi como él, alguien olvidado por el mundo pero cuyos sueños no habían muerto. Por eso la abordó por segunda vez, se presentó y le pasó la tarjeta.
—Sammy, puedes reírte de mí, si quieres, todos se ríen de mí —le dijo Theresa a su nuevo amigo, queriendo dar lástima.
Pero él se pasó de largo su intención y aceptó. La vio de arriba a abajo y rió. Resignada, ella se sentó a su lado y continuó:
—La vida es una broma.
Sammy aguzó la mirada como si escuchara a la máxima filosofa de la historia.
—Todo lo que pido es llegar a ser actriz —siguió ella—. Me inscribí en esa elegante escuela de teatro, y fue inútil. Ni siquiera consigo el dinero de la colegiatura. Voy a tener qué robarlo.
—No tienes qué robar —replicó Sammy—. Eres fantástica ¡eres preciosa! ¡Tienes eso!
—Tengo ¿qué?
—¡Eso! —insistió él, y le compartió un trago.
La lengua y garganta de Theresa casi se queman.
—No sabes ¿eh? No sabes que lo tienes. No se puede oler ni sentir. Ni verlo. Tú lo tienes —insistió Sammy.
—¿Yo lo tengo?
—Lo veo muy claro. Haz la trampa, así debes conseguir las cosas ¡actuando! Enséñales lo que tienes…
—¿Qué dices?
—Lo que tienes, les bailas ¡enséñales la piel!
El consejo fue celebrado y aceptado por ella, mediante un apretón de manos.
④
«¡Ojalá te rompas una pierna!» habría de decirle Sammy a Theresa, poco antes de salir a hacer números de baile, canto y comedia en la calle. Pero para eso faltaba un tiempo. «Ojalá te rompas una pierna» eran los mejores deseos que se le podían manifestar a un actor. Era decirle cuán bueno era y que si se quebraba una pierna por hacer bien su papel, sería digno de él. Cosas de gente consagrada a las tablas, como Sammy, justamente. Él había sido actor reconocido hacía décadas. Pero el tiempo se había tragado ya todo su recuerdo y también a quienes pudieran reconocerlo. Luego, pasó a ser cuidador del teatro, en lo que duró nada menos que 20 años. Y esa ya era otra etapa sepultada en la historia del viejo Sammy, puesto que iba a completar otra década de ser un simple invasor de los bastidores del teatro, algo muy cercano a un indigente.
Theresa se había presentado en su sombría vida como un haz de luz que traía de vuelta todo lo hermoso que había olvidado que el mundo tenía. Ensimismado en su vejez, su grave afección respiratoria y las épocas consecutivas de éxito y olvido, Sammy Cohen le había dicho algo más a Theresa: «Haz la trampa, enséñales la piel».
Theresa, esa misma noche, organizó un espectáculo para los chicos del hogar para jóvenes St Raphael de Brooklyn. Los chicos estaban enloquecidos en el sótano del orfanato, arrojando sus míseros billetes a la mesa donde Theresa bailaba. Bebían licor barato y fumaban en simultáneo de gritar piropos y animar a Theresa a desvestirse. Se oían gritos de «Adelante, Thes», con silbidos y aullidos de lobo. Las prendas caían a la mesa, una por una, y la figura esbelta de Theresa cobraba lucidez a través de la delgada seda. Los muchachos se emocionaban cada segundo un poco más. Solo quedaba una prenda: Un camisón enorme que ni siquiera era de ella. Theresa se dobló para agarrarlo por el ruedo con las manos cruzadas y todos en su improvisado auditorio, descruzaron las piernas e irguieron la espalda. Theresa se enderezó y se quitó el camisón. El grito de victoria del público terminó abruptamente cuando vio que ella no había quedado desnuda, sino que vestía uno de los leotardos de la academia, de color piel, y había dibujado círculos sobre sus senos y escrito la palabra «fin» en su trasero. Hubo un segundo de silencio y en seguida, un diluvio de disgustados abucheos. La mayoría dejó ver su profunda decepción y se tiró sobre la mesa a recoger su dinero.
—¡No somos tontos, niña! —le dijo uno de ellos.
Pero Theresa no quería darse por vencida, y ver el dinero irse así, sería un fracaso insoportable. Así que gritó muy fuerte a su corriente audiencia, solicitando su permanencia.
—Lo haré —añadió.
Agarró el tirante de su leotardo, con la entera disposición de bajárselo y dejarlo sobre la mesa, con todo lo demás. Dio el jalón, primero a un hombro y luego el otro. Nuevamente un aullido generalizado llenó el sótano. Pero Roy, el director, apareció como un toro a través de la luz que se colaba por la puerta por donde había entrado, y que de paso ahuyentó a todos. Theresa quedó sobre la mesa, acurrucada y semidesnuda.
FIN
Este es un homenaje a la pelíula Hey Babe, rise and Shine! (1983).
Homenaje por Stregoika
2023
En las imágenes: Yasmine Bleeth, de 12 años, como Theresa. Si llegaron a no salir, aquí está la galería:
https://imgbox.com/HJLTS11k
Curiosidades:
Los tardíos años setenta habían tenido un boom por el amor underage y el erotismo tween en el cine, por las películas Pretty Baby, de USA; y Piccole Labbra, de Italia; ambas de 1978. Un moment d’égarement (film, 1977), también tocó la temática de una chica menor de dieciocho que seduce al papá de su mejor amiga y logra tener sexo con él. Yasmine Bleeth audicionó para ser Violet en Pretty Baby, pero su familia no quiso al fin que Yasmine apareciera desnuda a los 12 años en una película. La gloria le quedó a Brooke Shields.
La Colección de tributos a películas que tocan este tema incluye a
🔗HOMENAJES A SUPERSTICIONES | Piccole Labbra
y
🔗HOMENAJES A SUPERSTICIONES | Pretty baby.








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