Inicié el año cogiendo
En la reunión de fin de año se nos pasaron los tequilas, pero los dos que no caímos por los efectos del alcohol, sino que caímos en la infidelidad..
A Gerardo, mi marido, se le ocurrió invitar a nuestro amigo Carlos para a cena del año viejo, quien es un hombre de nuestra edad, también profesor, estudiamos juntos en la licenciatura. Ya habíamos tenido algunos morreos Carlos y yo cuando éramos estudiantes (como con algunos otros de la generación, incluido mi marido).
Carlos se divorció hace año y medio y desde entonces se mantuvo retraído de las amistades. “Debemos ayudarle a concluir su duelo”, dijo mi marido y sugirió invitarlo a pasar el fin de año con nosotros. Obviamente no me negué, pues siempre hemos sido buenos amigos y, si Carlos necesitaba un apoyo emocional, con gusto se lo daríamos.
Es conveniente aclarar que en mi juventud tuve muchas propuestas de noviazgo, pero en ese momento yo no tenía la intención de amarrarme a nadie. Desde los 15 años perdí mi virginidad con mi primo Diego, quien ha sido el amor de mi vida, pero el destino nos impidió unirnos en matrimonio porque él eligió el sacerdocio, aunque eso no ha impedido que continuemos con nuestro amor y que lo consumemos carnalmente una o dos veces al año. Siempre he sido muy caliente y he tenido morreos, y más, con varios hombres.
Particularmente en mis estudios de licenciatura y maestría sí tuve relaciones sexuales, coito incluido, con dos hombres. Uno era casado y de verdad lo amé. Otro, fue Eugenio, uno de mis profesores de la maestría, lamentablemente él también estaba casado. Los restantes fueron besos, manoseos y, a veces, chupadas de sexo. Seguramente varios me consideraban una “putita calienta vergas” porque nunca les permití penetrarme. Carlos y Gerardo estaban entre aquellos a quienes, en su respectivo momento, nos manoseamos bajo las ropas. Pero todo pasó hace tres décadas.
Cinco personas cenamos, Gerardo, Carlos, mi hija Lucy, su esposo y yo. Comimos las doce uvas y fuimos a la sala. Después de los abrazos, mi hija y yo nos pusimos a recoger los trastos y los lavamos. Lucy colocó en recipientes una parte de lo que sobró de la cena para llevárselo y otra para dejarlo. Cuando mi hija y su marido se retiraron nos quedamos los tres brindando y bailando. Una mujer, caliente por el Tequila, para dos machos. El baile se daba con tranquilidad, al inicio, los morreos sólo eran con mi marido, pero conforme pasaba el tiempo y se subían los tragos, mi marido ya no quiso levantarse en su turno y comenzaba a cabecear. Entonces los morreos eran con Carlos y mis pantaletas estaban muy húmedas, también se notaba (y se sentía) humedad en el frente del pantalón de Carlos.
–Creo que ya debemos descansar –le sugerí a Gerardo quien ya estaba tan borracho que no se levantaba a bailar.
–¡No!, tú sigue bailando con Carlos, parece que está feliz, ya no se le ve sombrío –exigió mi esposo.
Cada vez que me tocaba bailar con Gerardo, prácticamente lo tenía que soportar yo para que él no se cayera por lo tomado que estaba. En cambio, con Carlos, no era así ya que él se mantenía tomando un poco sólo cuando Gerardo lo obligaba a brindar, y mientras bailaba me abrazaba fuertemente para sentir mi pecho y sus manos bajaban con frecuencia a mis nalgas. A mí me basta un trago de tequila para ponerme cachonda, a eso súmenle el tacto de Carlos. “No, nos puede ver mi marido”, le reclamaba sin energía a Carlos cuando sentía sus manos en las nalgas y en mis chiches, pero con ganas de sentir más. “No nos ve, ya está muy perdido”, respondía. “¿Entonces no me ve si hago esto?”, dije viendo hacia Gerardo, pero bajando mi mano para sentir el garrote muy erecto de Carlos.
“Sigues estando bonita y cada vez más buenota”, me decía Carlos pasando sus manos por lo donde podía sin que nos vieran. “¿No te parece que estoy gorda?”, le pregunté cuando su mano subió desde mi pubis hasta mi pecho, deslizándola en mi panza. “Siempre has sido una ‘gordibuena’ muy hermosa”, contestaba. Así estuvimos un par de piezas musicales más hasta que mi marido cayó dormido en el sillón. Lo vimos, sonreímos y nos besamos tallando nuestros pubis. “Ayúdame a llevarlo a la recámara”, le pedí a Carlos y el asintió.
Prácticamente lo arrastramos. Lo acostamos, le quitamos los zapatos y calcetines. Con muchos trabajos, también le retiramos los pantalones y la camisa. Tapado con las cobijas, y colocado en un extremo de la cama, quedó roncando. Sentada en la cama comencé a desatar el cinturón del pantalón de Carlos quien estaba de pie. Él comenzó a quitarse la camisa y la camiseta. Al bajarle la trusa, el pene saltó como impulsado por un resorte perfumando a macho el aire cercano a mi cara, no pude evitar abrir la boca cuando vi una gran gota de presemen en el glande húmedo por las caricias que le di a la verga durante el baile, y lo mamé desesperadamente, jalándole el escroto desde su base. Tan absorta estaba en mi trabajo con el miembro de Carlos, que no me di cuenta cuando éste me quitó la blusa y el sostén y tomé conciencia cuando me amasó las chiches y besaba mis cabellos. Suspendí la mamada y me puse de pie para quitarme la falda y la tanga.
Así, de pie, tomé el falo de Carlos y lo coloqué entre mis labios inferiores, me colgué de su cuello y él me penetró de una sola metida hasta el fondo. Yo solté un leve quejido al sentir cómo se resbalaba veloz en mi vagina, pero ya no pude callar mis gritos al sentir un orgasmo tras otro con los trepidantes viajes que Carlos hacía en mi interior hasta que en un grito él se vino con tres chorros calientes que sentí y quedé en sus brazos porque perdí el conocimiento.
Carlos me acostó y se mantuvo con el pene dentro, así lo sentí al volver en mí. Nos besamos y salió el pene. Sentí cómo resbaló en el periné y mis nalgas el semen con mi flujo.
–Ya es hora de que te vayas –le dije al oído concluyendo con un beso en su oreja.
–Sí, que descansen –contestó antes de darle unas mamadas y caricias a mis tetas.
Se vistió y salió de la recámara, cerrando la puerta, Poco tiempo después escuché cerrar la puerta de la entrada a la casa. Quedé con ganas de más y le bajé los calzones a mi marido para mamarle la verga, la cual fue creciendo en mi boca. Al tenerla erecta, me monté y lo cabalgué, embadurnándolo del atole que yo traía. Me desmonté y me acomodé en un 69. “Ahora no puedes reclamar, chuparé tu verga llena de mí y de Carlos. Tú chuparás la leche de tu amigo”, pensé y lo dije en voz baja. Gerardo no reaccionó, pero yo seguí meneando mi panocha en su cara viniéndome otras dos veces, saboreando en el palo y los pelos lo que me escurrió al cabalgarlo. Luego me puse a su lado y lamí su cara para limpiarlo. ¡Qué banquete me di! Pues su cara olía y sabía a puro sexo…
Horas más tarde se despertó y, aún mareado, se subió sobre mi cuerpo, bastaron sólo unas cuantas movidas y se vació en mí; al bajarse, me fui otra vez con mi cara sobre su desvaída verga y comencé a chuparla para extraer lo que hubiese quedado en ella. Gerardo ni se inmutó, sólo se comenzó a revivir el miembro, pero él seguía dormido.
A las diez de la mañana me levanté, sólo me puse una bata encima. Tomé la ropa sucia y la llevé al cesto para lavarla después. Fui a poner orden en la sala. Vi qué podría recalentar de la cena para que desayunáramos y fui a llamarlo. Abrí la regadera para temperar adecuadamente el agua.
–¡Qué resaca! ¿Hay cervezas? –preguntó tocándose la sien.
–Sí, hay dos en el refrigerador. Si quieres meto otras –contesté ayudándolo a levantarse.
–¡Estoy desnudo! ¿Y Carlos? –preguntó tratando de recordar.
–Uh, él se fue en cuanto me ayudó a subirte, No te preocupes, no dormiste con él, fui yo quien te quitó la ropa y te hice otras cosas que tú no me permites… –confesé sonriente.
–¿Qué me hiciste? –preguntó ya de pie.
–Te chupé esta ricura para montarme en ti hasta que me vine –le dije moviéndole el falo.
–¡Qué cochina! ¿De verdad me lo chupaste? –dijo extrañado pues no recordaba.
–También te puse mi panocha en la cara, pero tú no reaccionaste –le dije quitándome la bata y le acerqué mi pepa a su pene… Al menos no hubo queja de tu parte –le dije abrazándolo para llevarlo a la regadera.
Gerardo estaba como zombi, al grado de que tuve que bañarlo y secarlo. Cuando le secaba las piernas, me metí a la boca su pene y él se retiró.
–¡No, no seas cochina! –insistió.
–Por lo que veo tendré que volverte a emborrachar para lamerla, chuparla y parártela como me gusta antes de metérmela –le dije retirándome para sacar la ropa de los cajones –¿También quieres que te vista? –le pregunté al darle su ropa limpia.
–¿No te dio asco cuando hiciste el sexo oral con tu marido u otra persona? –preguntó mientras se vestía.
–A mí no, ni a ellos, pero me decepcioné cuando no me dejaste hacerlo contigo. Pero ya te la chupé sin que rezongaras… –le dije.
–¿No te das cuenta que ahí hay muchos microbios patógenos? –cuestionó como si estuviera hablándole a sus alumnos.
–También en la boca y en la piel los hay, pero tenemos defensas para gozar con los besos, las caricias y las chupadas –contesté añadiéndole información que sí sabe, pero no sé por qué reminiscencias le teme.
–Te amo, Ishtar… –dijo dándome un beso y se hincó para lamer mi clítoris.
En eso sonó su teléfono y yo me comencé a vestir. Era Carlos, quien le preguntó cómo había amanecido y para agradecerle haberla pasado muy bien en nuestra compañía. Durante el desayuno me preguntó si yo me emborraché.
–Sabes que con una copa de Tequila me pongo arrecha, pero traté de comportarme, aunque no creo que le haya hecho algo desagradable a Carlos mientras bailábamos… –dije poniendo cara de cínica– ¿O sí? ¿Acaso te reclamó cuando te habló? –dije soltando una carcajada.
–No, no me dijo nada, sólo que la había pasado muy bien. Además, él es muy discreto, siempre ha sido así. Recuerdo que cuando estudiábamos, una noche, entre tragos, platicábamos, éramos cuatro o cinco, y platicamos sobre las mujeres de la generación.
–¿Y qué contaste de ti? ¿A cuántas te cogiste? –pregunté.
–Sólo a una, pero la embarazó otro. Lo que sí coincidieron todos es que tú nunca cediste pues no pasaban de besos y manoseos contigo, aunque todos estábamos seguros que tú si tuviste algo más con un compañero casado –dijo.
–¡Anda! Si no me metí con ningún soltero, te consta porque te dije que no, ya mero que le iba a decir que sí a un casado… –dije sin preguntar a quién se refería, ¿para qué?, yo sí sabía a quién me tiré.
La plática siguió por otra parte, pero en mi mente quedaba el recuerdo de ese compañero a quien sigo viendo una o dos veces al año para hacer el amor. Recordé qué él y José fueron dos de mis invitados a la mesa donde convivimos para la graduación. Dos personas, además de Diego, con quienes he sido feliz por completo en la cama, y lo sigo siendo.
El día transcurrió recorriendo casas de los familiares para desearles un feliz año. Al regresar a casa, preparé algo ligero para merendar.
–¿Qué te dijo Carlos cuando me quedé dormido en la sala? –preguntó y me quedé pensando que quizá escuchó los requiebros mientras me acariciaba el frente de abajo hacia arriba, o tal vez no escuchó, pero si vio las manoseadas de ambos.
–¡Qué iba a decirme!, si no nos habíamos dado cuenta que dormías. Cuando nos enteramos le pedí que me ayudara a llevarte a tu cama. Una vez allí, ya no bajé, él se despidió y se fue. Yo te desvestí y me acosté.
–¿Entonces, no me chupaste? –preguntó creyendo que era mentira.
–¡Claro que sí! Yo traía muchas ganas y estaba muy mojada, ya sabes cómo me pone el Tequila. Así que, viéndote el pene escuálido, no me quedó otra más que ponerlo al tiro como yo sé que no falla, de algo sirve la experiencia anterior…
–No lo recuerdo, quizá no me vine cuando te sentaste en mí –aseguró.
–Pues piensa lo que quieras, pero a mí me supo muy rico cuando me puse en 69, y te aseguro que no era sólo mi venida lo que chupé en tu palo y escurrió en tu vello, ni lo que te embarré en la cara, que por cierto también te limpié a lengüetazos –le dije sin mentir.
–¿Sabe rico? –preguntó con timidez.
–¡Riquísimo!, sobre todo cuando tiene leche de burro, deberías probarla –sugerí.


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