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Heterosexual, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

Iris, una niña muy promiscua II – Un cumpleaños y un inesperado nuevo amigo

El festejo de Enid resultó ser un delicioso regalo para mí y un vecino morboso..
Era un sábado por la tarde repleta de olores intensos: tacos al pastor, vino barato, licores fuertes y el perfume de olor empalagoso a caramelo quemado que usaba una prima con celulitis. La casa de mi tía Isabel estaba llena de familia: padres, hijos, sobrinos, primos y tíos, todos conviviendo en el mismo espacio para celebrar el cumpleaños de Iris Enid, que cumplía diez años.

Pero regresemos un par de horas atrás, a los preparativos. Eran las 3 de la tarde y, como siempre, me tocó el rol de “responsable logístico de abastecimiento doméstico”: ir a la tienda por refrescos, platos desechables, servilletas y todo lo que los adultos olvidan “cuidadosamente”. Montado en mi bicicleta, salí del fraccionamiento privado donde vive mi tía. La zona es tranquila, segura, y casi todos nos conocemos.

Cumplí rápidamente con las compras, y mitad del camino de regreso me desvié. Quería pasar por la casa de un vecino que siempre me había intrigado: un padre soltero de unos cuarenta y tantos, con dos hijas deliciosas de 9 y 12 años. Su casa se divisaba perfectamente desde mi habitación en el tercer piso —con binoculares podía ver el porche, la entrada, incluso a las niñas cambiando de ropa o bañándose en el segundo piso. Lo curioso era que nunca llevaba mujeres a casa, ni prostitutas, ni salía mucho. Pues trabajaba desde ahí y parecía vivir aislado. Me olía algo raro.

El coche estaba parqueado en la entrada, como siempre. La calle estaba desierta. Me bajé de la bici, miré a todos lados y me metí por la reja lateral del patio trasero. Los arbustos altos y espesos me cubrían. Me acerqué a una ventana abierta, pegado a la esquina de la casa.

Y lo vi.

A unos metros de la ventana abierta, estaba sentado frente al ordenador, de perfil hacia mí. Se masturbaba frenéticamente con la mano derecha. La polla era gruesa, no muy larga —unos 14 cm—, venosa, con el prepucio retraído y el glande brillante de precum. Las bolas peludas colgaban pesadas mientras bombeaba. En la pantalla oro puro: pornografía infantil. En el vídeo: una niña de unos 8 o 9 años siendo sodomizada por un adulto. El tipo, un señor gordo, la agarraba de las caderas y del cabello negro, empujando profundo en su culo, mientras ella lloriqueaba con voz aguda y gemía ahogada mientras el sujeto le metía profundo toda la verga por el culo. El sonido salía bajo pero claro: carne golpeando carne, las nalguitas de la nena rojas por los golpes, quejidos infantiles y el hombre gruñendo como animal.

Mi verga se puso tiesa al instante, goteando dentro del short. Me quedé paralizado un segundo, disfrutando el espectáculo. Me bajé el short, agarré mi polla dura y me puse a jalarla al ritmo del video, imaginando que era Iris la que estaba ahí recibiendo. Continué un par de minutos. Luego toqué la ventana tres veces con los nudillos.

El hombre se volteó como si le hubieran dado un balazo. Horror puro en la cara. Volteó el monitor para esconder el video, se tapó torpemente la pija con la mano y luego con los calzoncillos. Tardó tres segundos en articular palabra.

—¿¡Qué carajo haces aquí!?

La voz le temblaba más de miedo que de enojo.

—Nada, viejo. Solo me dio curiosidad saber qué hacías todo el día encerrado. Ahora lo sé —reí bajito—. Te vi jalándotela viendo cómo le daban verga por el culo a esa pequeña zorra.

 

Pasó de horror a confusión total. Los ojos bien abiertos, como si no creyera lo que oía.

 

—No es lo que parece…

—Claro que sí. Te vi con mis propios ojos. Pero no te preocupes, no le diré a nadie. Quiero proponerte algo mejor.

 

Se quedó callado, respirando agitado, procesando. Después de unos segundos, más calmado pero tenso:

—¿Qué propones?

—Mira, wey. Hoy es el cumpleaños de mi sobrina puta. Cumple diez años. La casa de mi tía Isabel está a dos calles. Llega como a las 6 pm. Les diré que te encontré y te invité a la fiesta. Todos te conocen y les caes bien. Convivimos un rato con la familia hasta que se pongan pedos y se relajen. Habrá gente por toda la casa, menos arriba, en el cuarto de la nena. A eso de las 8 pm la subimos y la estrenamos juntos. Ellos estarán ocupados bebiendo, cantando y hablando como idiotas, nadie se dará cuenta de que falta la cumpleañera.

-Hice una pausa para que sus dos neuronas procesaran.-

—Pero hay un trato: a cambio, me dejas cogerme a tus hijas cuando quiera. Y todo queda en secreto absoluto. ¿Qué dices?

 

Se quedó en silencio unos segundos eternos, la cara roja, la respiración pesada. Luego, con voz baja y temblorosa:

—Estás loco… ¿Y si nos descubren?

—No nos descubrirán. La casa estará llena de borrachos gritando y bailando. Nadie sube al segundo piso. Y si lo hacemos bien, nadie sospechará un carajo.

 

Tragó saliva. Miró hacia la pantalla apagada, luego a mí.

—¿Cuánto tiempo tendría con ella?

—El que quieras, viejo. Cuando quieras. Mientras mantengas la boca cerrada y cumplas.

Otro silencio. Luego, casi en un susurro:

—Va. Está bien. Llegaré a las 6. Pero no me vuelvas a asustar así, cabrón.

—Mientras cumplas y esas dos golfas a las que llamas hijas estén ordeñandome y enfundando mi polla con sus culos o boquitas cuando yo quiera no tendrás que preocuparte de nada, viejo.

Sonreí satisfecho. Salí de la ventana luego de guardar mi polla dura y a medio trabajo. Alcancé a oír su suspiro tembloroso de alivio mezclado con excitación.

Mientras pedaleaba de regreso a la casa de mi tía, ya imaginaba la carita de mi pequeña Iris cubierta del semen mío y del vecino, sus ojitos llorosos pero curiosos, y a él gimiendo mientras en conjunto le rompemos el culo a sus dos hijas en su propia casa.

 

La noche iba a ser inolvidable.

 

Llegué a la casa de mi tía Isabel con las bolsas de refrescos, platos y vasos desechables. un par de horas después el patio trasero estaba lleno: mesas plegables con manteles de plástico, sillas de jardín, unas luces navideñas jodidas colgadas aunque no fuera Navidad, y música viejita sonando a todo volumen desde un bocina Bluetooth. El olor a carne asada se mezclaba con humo de cigarro, tequila barato y sudor de tanta gente apretada. Iris Enid, la cumpleañera, corría por la sala con su vestido corto de princesa rosa, riendo mientras sus primos la perseguían con globos. La vi de reojo y sentí mi verga lubricarse y endurecerse dentro del short. Diez añitos de pura tentación fresca, con ese cuerpo que ya empezaba a curvarse en todos los lugares correctos.

 

Me saludaron todos como si nada. Mi tía Isabel me dio un abrazo fuerte que olía a perfume floral y ajo de los tacos. “¡Gracias por los refrescos, mi amor! Ven, toma un vaso de vino”. Le sonreí y me puse a convivir, vino en mano, observando todo: niños jugando inocentemente en el centro de la sala, unos familiares sentados en los sofás, sonidos colados de un idiota vomitando en el baño, en la oscuridad de la cocina un tío pedo treintañero manoseando y besando a una sobrina de dudosa legalidad sentada sobre la barra, un escenario hermoso.

 

A las 6 en punto llegó el vecino. Lo vi desde la ventana del porche: camisa polo azul, pantalón de vestir, cara de “soy un padre decente”. Entró con una sonrisa forzada, abrazó a mi tía y le dio un beso en la mejilla. “Gracias por invitarme, me encontré con tu sobrino y me dijo que pasara”. Ella le dio la bienvenida como si fuera familia, le sirvió un plato de tacos y nadie sospechó nada. Él me miró de reojo, nervioso, y yo le guiñé el ojo disimuladamente.

 

La fiesta avanzó rápido. Los adultos se pusieron pedos en menos de una hora: tíos contando chistes malos sobre políticos, primas bailando reggaetón moviendo sus culos para el deleite visual de los tíos en la sala con vasos en la mano, mi tía sirviendo más vino y gritando “¡salud por la cumpleañera!”. La música subía de volumen, las risas se volvían más fuertes, y la gente empezaba a dispersarse: unos en el patio fumando, otros en la cocina platicando, algunos ya bailando pegaditos en la sala. Nadie prestaba atención real a lo que pasaba en los rincones.

 

A las 8 pm el ambiente estaba en su punto máximo: borrachos cantando “Las mañanitas” por tercera vez, globos reventando, niños corriendo por todos lados. Y entonces Enid subió a su cuarto para jugar con su teléfono. Le hice un gesto al vecino: “Arriba”. Subimos las escaleras sin que nadie notara —la música tapaba los pasos y las risas ahogaban cualquier ruido. El cuarto de Iris estaba al fondo del pasillo, puerta entreabierta, luces tenues de una lámpara rosa. Ella estaba sentada en la cama, todavía con el vestido corto de princesa, jugando con su teléfono y moviendo las piernas alegremente.

 

Entramos y cerré la puerta con llave. El vecino se quedó parado en la entrada, respirando pesado, los ojos clavados en ella como si no pudiera creer que estuviera pasando. Iris nos miró confundida pero contenta.

 

—Tío, ¿qué hacen aquí? —preguntó con esa voz dulce y curiosa.

 

Me acerqué despacio, le acaricié la mejilla y le dije bajito:

 

—Él es el vecino, me ayudará a darte tu regalito especial, mamita. Pero recuerda: secretito ehh. Si dices algo, no hay más juegos ni regalos.

 

Ella asintió, emocionada, con los ojos brillantes. El vecino se sentó en la cama, por detrás, temblando. Yo le subí el vestido despacio, revelando sus muslos morenos y las braguitas blancas con dibujitos. El vecino se acercó más y le olió el cuello, gimiendo bajito como un animal. Yo la despojé de sus bragas.

 

Iris nos miraba un tanto inquieta, quizá un pelín incómoda por el hecho de que un desconocido le estuviese oliendo el cuello como un degenerado. No tardó en mover los labios y preguntar con tono nervioso, pero con una emoción pícara visible en su rostro:

 

—¿Qué van a hacer, tío?

 

Le puse un dedo en los labios.

 

—Shh. De rodillas en el suelo y abre la boquita como me encanta.

 

Ella obedeció arrodillándose al segundo. Saqué mi verga dura y la acerqué a su cara. El vecino hizo lo mismo, su polla gruesa y venosa ya lubricada por precum temblando de anticipación. Iris miró las dos vergas, abrió la boca y empezó a lamer y chupar la mía primero, torpe pero ansiosa.

 

El vecino se masturbaba viendo, luego, desesperado, se acercó y le metió la punta en la comisura de la boca. Ella con mucho esfuerzo empezó a chupar y mamar las dos al mismo tiempo como una prostituta profesional. Evidentemente nuestro entrenamiento dió resultados.

 

Saliva chorreando por su barbilla, sonidos húmedos y gemidos ahogados de los tres resonando en la habitación. El delicioso olor a niña, a sudor y a la colonia dulce de mi sobrinita impregnaba toda la recámara. La verga se me ponía cada vez más gruesa y dura por los olores.

 

Los sucios sonidos de la pequeña cumpleañera succionadome la polla, la textura húmeda, caliente, resbaladiza, apretada y babosa de su boquita. La sensación de la verga del vecino y la mía rozandose dentro de la boquita estrecha de la pequeña lechera, en conjunto me empujaba cada vez más cerca de soltar mi «leche dulce» en lo más profundo de la garganta de Iris.

 

Yo estaba extasiado, y, a juzgar por los gemidos reprimidos del vecino, podría apostar a que él también lo estaba disfrutando al máximo. La chiquilla comenzó a alternar entre chupar una verga y lamer la otra, mi camarada ya en confianza le agarró el cabello y comenzó a empujarle más profundo la verga en la garganta, y en mis turnos, sentía como los gemidos de mi chaparrita vibraban en mi polla. Conduje las pequeñas manos de Enid a mis pelotas. Ella me miró con sus ojitos lagrimosos y lentamente comenzó a masajearme las bolas, las cuales ya estaban húmedas por la saliva de ella de estar mamando nuestras pijas por varios minutos. Rápidamente comenzó a masajear también los huevos del vecino.

 

Abajo se escuchaba la música y las risas. Alguien con claros signos de embriaguez en la voz gritó “¡Iris, baja a bailar!”. Ella se asustó un segundo, mirándome a los ojos, esperando mi siguiente acción, como una perra entrenada espera su siguiente orden. Yo le agarré la nuca y empujé más profundo.

 

—Sigue, mi amor. Nadie nos va a interrumpir.

 

El vecino no aguantó. Eyaculó primero: chorros espesos en su lengua, en su mejilla, en el vestido de princesa. Iris tosió, tragó un poco y el resto corrió por su mentón. Yo empujé más fuerte, follando su boquita hasta que exploté dentro: semen caliente llenándole la garganta, ella tragando como podía, lágrimas en los ojos pero sonriendo.

 

La limpié con mi dedo y se lo di para que lo tragara, después le dí un beso en la frente.

 

—Muy bien, mamita. pero no creas que eso es todo, muñequita.

 

El vecino me miró con una cara roja de placer, de emoción y complicidad. Entendió perfectamente qué era lo que iba a pasar a continuación.

 

Abajo la fiesta continuó como si nada. Nadie subió, la música seguía sonando fuerte al igual que las carcajadas y los gritos de los niños jugando.

 

Al parecer la noche no había terminado para nadie todavía.

 

Levanté a Iris y la acosté sobre la cama, le dí la vuelta despacio. Cara al colchón, culo en alto, piernas abiertas y brazos estirados hacia adelante como siempre me gusta ver a mi pequeña zorrita.

 

Le subí el vestido de nuevo, ésta vez a la altura de los hombros, dejando al descubierto sus tetitas. Mis dedos masajearon su chocho ya mojado. Ella apretó los labios para no gemir. El vecino metió la mano por el otro lado, tocándole la espalda. Su verga comenzaba a ponerse dura de nuevo. Lo miré, me miró de vuelta, ví su sonrisa depravada y no pude evitar esbozar la misma expresión en mi rostro. cubierto en sudor y emocionado le dije:

 

—Tú adelante, yo atrás.

 

Él, con una mirada excitada, despeinado y con la polla de piedra asintió sin rechistar.

 

Yo le separé las nalguitas a Iris y le metí un dedo despacio en el culo, sintiendo lo apretado y caliente de sus paredes mientras el vecino se masturba viendo. Iris se tensó y gimió, pero mantuvo la sonrisa. El vecino le acariciaba los costados y las pequeñas tetas mientras con la otra mano se agarraba la verga y se la restregaba a Enid en la carita. Abajo, mi verga estaba dura otra vez, arrojé mis shorts a un rincón y me acomodé sobre la cama para colocarme detrás de ella, con mi verga rozando y presionando contra su culo. Ella se movía sutilmente, frotándose contra mí, mirándome de reojo mientras le lamía la verga al vecino con una cara y sonrisa dignas de una verdadera perra en celo…

 

 

(Continuará…)

14 Lecturas/31 enero, 2026/0 Comentarios/por eloraculo
Etiquetas: baño, cumpleaños, follando, navidad, padre, primos, semen, vecino
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