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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Incestos en Familia

La bendi de papa. Parte 4. Abriendo puertas a la lujuria

El control, la perversión y el secreto se intensifican. Alejandro sella su pacto con la MILF vecina, Luisa, como nueva niñera. Pero es la Seño Romi, la maestra embarazada, quien descubre los «códigos de amor» de Sophia, llevando el juego de Alejandro a un límite peligroso: un encuentro inesperado. .
El control, la perversión y el secreto se intensifican. Alejandro sella su pacto con la MILF vecina, Luisa, como nueva niñera. Pero es la Seño Romi, la maestra embarazada, quien descubre los «códigos de amor» de Sophia, llevando el juego de Alejandro a un límite peligroso: un encuentro inesperado. La bomba de tiempo de la lujuria paternal está por explotar.

 

Dos días después, el lunes por la mañana. La rutina familiar se sentía tensa, como una cuerda a punto de romperse. Mariana se movía por la cocina con la hostilidad silenciosa que se había vuelto habitual, preparando el desayuno con movimientos bruscos. La pelea del viernes había dejado un sabor agrio, una distancia palpable que solo alimentaba mi perversión y mi vínculo secreto con Sophia.

 

Yo estaba en la sala, fingiendo mirar el noticiero, pero mi atención estaba completamente en mi bendi. Sophia, mi princesita, estaba lista para ir al jardín de infantes. El contraste entre su inocente uniforme—un pintorcito rosa chicle y una pollera azul—y la bomba de lujuria que habíamos detonado el viernes me hacía vibrar. Su pelo, recién lavado, olía a frutilla, pero yo sabía que bajo esa dulzura se escondía un rastro de mi semen y orina que solo ella y yo compartíamos.

 

Mariana me miró de reojo desde la cocina, sin decir una palabra. Su rostro estaba duro.

 

—Ya le preparé el desayuno a Sophia —dijo, sin mirarme—. Que se apure, se va a hacer tarde.

 

—Ya va, ya va —respondí con una tranquilidad forzada, odiando su tono. La tensión entre nosotros era un combustible más para mi locura.

 

Sophia se acercó a mí, con esa energía hiperactiva de las mañanas. El pintorcito apenas cubría su culito perfecto, y yo sabía lo que llevaba debajo: una bombachita de algodón blanco, limpia, pero lista para ser profanada.

 

—Papi, ¿me llevás vos hoy? —preguntó, abrazándome con fuerza.

 

Su olor dulce me golpeó, y la imagen de su boquita succionándome y su sapito chorreando me hizo reaccionar al instante. Mi pija, que ya estaba dura, palpitó. Necesitaba dejarle mi marca, mi pomadita, en su ropa interior limpia. Era mi forma de poseerla, de llevar nuestro secreto al jardín.

 

—Obvio, mi amor. Papi te lleva. Pero esperá un segundo, ¿dale? —dije, acariciándole la cintura por encima del pintorcito. Mi mano bajó un poco, rozando su nalga. Ella sonrió, ya entendiendo que venían los «mimos secretos».

 

Mariana seguía en la cocina, pero estaba atenta. Lo noté en el silencio con que revolvía el café.

 

—Sophia, vení a desayunar. ¡Ahora! —gritó Mariana, con el tono de impaciencia que Sophia tanto odiaba.

 

Sophia frunció el ceño, apretándose más a mí.

 

—No quiero, Papi. Quiero quedarme con vos.

 

—Dale, mi vida, es un ratito. Después Papi te da más mimos. Pero antes, vení. Papi te tiene que poner un perfumito especial, un secreto.

 

La llevé a un costado, detrás del sillón, un ángulo que le daba la espalda a Mariana, aunque ella podía escuchar todo. Me bajé un poco la bragueta, sin sacar la Chota, pero lo suficiente para que la punta, ya mojada de pre-cum, estuviera disponible.

 

—Mirá, mi amor. El juguetito de Papi está triste porque no te va a ver en todo el día. ¿Le das un besito chiquito para que no llore y te regale un poquito de pomadita para que te lleves al jardín?

 

Ella no dudó. Se arrodilló entre mis piernas y, con la destreza que ya había adquirido, acercó su boquita a mi ingle y lamió el glande que asomaba. Era un beso rápido, pero suficiente para mojar su lengua y su boca con mi pre-cum.

 

—¡Mmm, sabe salado, como un palito de queso, Papi! —susurró, con esa adoración que me derretía.

 

—Así es, mi vida. Es tu pomadita secreta para que seas la más hermosa. Ahora, date vuelta, mi amor.

 

Ella se dio vuelta, dándome la espalda, su culito perfecto bajo la tela fina de su bombacha de jardín. La bombachita estaba tirante, inmaculada.

 

—Mmm… Para, amor, hay que tener cuidado, puede venir mamá, debe estar por terminar el desayuno…

 

—¡Pero, papito, dale! Vos me prometiste pomadita antes de ir al jardín —me dijo haciendo un puchero sincero.

 

—Sí, amor, pero acordate que lo que hacemos es re secreto. Si alguien nos ve, vamos a tener problemas.- Le acaricie su carita y le di un suave beso con lengua.- Asi que no podemos asi no mas aca, papi se muere de ganas de darte pomadita como el otro dia, pero si mama nos ve, vamos a tener problemas.

 

—Ya sé, mi vida. Papi tiene una idea. Date vuelta, mi amor.

 

Ella me miró, sonriendo, y se dio vuelta, pegando su culito a mi ingle.

 

—Poné la manito en la bragueta, mi amor. Hacé de cuenta que me estás acomodando el pantalón. Y cuando nadie mire, abrís un poquito la bragueta y metés el dedo para tocar la Chota y sacar un poquito de pomadita mágica, ¿dale? Así te la ponés en la bombachita sin que nadie se dé cuenta. Es nuestro juego de espías, nuestro secreto super secreto.

 

Sophia asintió, sus ojos brillando con la emoción de la travesura y la complicidad.

 

—¡Sí, Papi! ¡Me gusta el juego de espías!

 

Puso su manito en mi bragueta, y yo me reí por lo bajito, viendo cómo su dedo pequeño se colaba con una torpeza adorable, buscando mi Chota que ya estaba dura, latiendo de excitación. Mariana gritó desde la cocina.

 

—¡Sophia, dale, que se enfría el café con leche! ¡Cinco minutos más y te vas sin desayunar!

 

—¡Ya voy, Mami! —respondió Sophia, sin dejar de acariciarme el glande con la punta de su dedo. El roce de su piel de bebota en la parte más sensible de mi pene me hizo apretar los dientes para no gemir.

 

Ella sacó su dedo, ahora brillando con pre-cum, y con un movimiento rápido, lo frotó contra la tela de su bombachita, justo en el centro de su culito.

 

—Listo, Papi. Ya tengo mi perfume de pomadita —susurró, radiante de orgullo.

 

—¡Sos una genia, mi amor! La más rápida y la más viva. Y ahora andá a desayunar, mi vida, y acordate de sonreírle a Mami, para que no sospeche nada.

 

—Sí, Papi. Y cuando volvemos, ¿me das más pomadita en la carita?

 

—Toda la que quieras, mi amor. Toda para mi princesita. Ahora, andá a tomar el café con leche. Yo ahora voy. — Sophi se fue moviendo la colita de forma coqueta, como siempre, dejando ver ese culito que con sus 3 añitos, próximamente 4, envidiaría cualquier pendeja de 14 o 15, paradito, durito, gordito. Y si supieran el olorcito que tiene.

 

Cuando me bajo la pija, entré a la cocina. Mariana ni me miraba, Sophia estaba sentadita comiendo una tostada con mermelada. Sonreía feliz, como si esperara con ansiedad el momento en que subimos al auto para que la lleve. Me acerqué y le puse una servilleta para que no se manche.

 

—Listo, así evitamos que aparezca el ogro gritón… — dije en clara referencia a Mariana, pero sin nombrarla. Sophia se rió de mi chiste…

 

—Qué gracioso sos, Papi —dijo Sophia, su risita cristalina contrastando con el silencio tenso de la cocina.

 

Mariana pegó un portazo al dejar la cafetera en la mesada. —Dejate de pavadas y apurate, Sophia. Te estoy diciendo que es tarde —su voz era un látigo, llena de esa bronca que me daba asco.

 

Me paré frente a Mariana, interponiéndome un poco entre ella y la nena. —Dejala tranquila, boluda. ¿No ves que está comiendo? Andá a cambiarte vos, que te tenés que ir a laburar.

 

—No te metas —me espetó, mirándome con un odio seco que me hizo hervir la sangre.

 

—Me meto si te ponés a gritarle a la pendeja —le contesté, bajando un poco la voz para que Sophia no se asustara. Me acerqué a ella, sintiendo el perfume barato y el olor a frustración que Mariana arrastraba—. ¿Por qué no te calmás un toque? No ganás nada con ponerla nerviosa.

 

Ella me sostuvo la mirada un segundo, sus ojos inyectados. Luego, como si se rindiera, agarró su cartera y las llaves. —Hacé lo que quieras. Total, la pendeja siempre hace lo que vos decís. Me voy.

 

—Andate, andate tranquila. Yo la llevo al jardín —dije, sintiendo una victoria mezquina. Cuanto más rápido se fuera, mejor. El olor a su presencia me estaba arruinando la mañana. Además, te aviso, hoy voy a hablar con la vecina, con Luisa, para que sea la niñera de Sophia. Luisa tenía fama de ser una mujer del barrio que se acostaba con todos, pero su esposo se había mandado una cagada y había caído en cana por muchos años, y estaba sola a cargo de una chica de 13 años con la misma fama que su mamá, y un niño de 5 años al que todos dicen que es un putito abusado por su papá.

 

—¿Luisa? ¿La vecina? ¿Y para qué querés a esa, si sabés cómo es? —Mariana se detuvo en el umbral de la puerta, girando para mirarme con desprecio—. Está bien que no te importe nada, pero ¿ponerle esa mina de niñera a Sophia?

 

—No te hagas la moralista, Mariana. Te recuerdo que vos tampoco sos un ejemplo de nada, y mirá cómo terminamos —le espeté, y el recuerdo de la pelea y el semen me vino a la mente, dándole una sonrisa sutil que ella no captó—. Además, tiene experiencia con chicos. Es la mejor opción, vive al lado. No vamos a andar gastando plata en una agencia.

 

—A mí no me hables así, forro. Yo me voy. Hacé lo que se te cante con la plata, como siempre. Pero si esa puta le enseña algo raro a Sophia, te juro que te mato.

 

—Tranquila, que la única que le está enseñando cosas raras sos vos con tus gritos y tus golpes. Andate y dejame tranquilo. Te aviso que cuando vuelvas, si Luisa acepta, ya no va a haber tiempo para que la pendeja se quede sola con vos.

 

Mariana bufó, tomó aire con la boca abierta como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. Me miró una última vez, con una mezcla de furia e impotencia, y se fue, dando un portazo que hizo temblar los vidrios.

 

Me acerqué a Sophia, que había estado observando la escena con atención. Dejó su tostada a medio comer y me miró.

 

—Papi, ¿mamá se va a ir por mucho tiempo? ¿Y quién es la putita? —preguntó, usando la palabra que me había escuchado decir en mi juego sucio, con una candidez que me hizo reír.

 

—No, amor, no hay ninguna putita. Mamá se equivocó… y tampoco se va a ir a ningún lado mamá, va a seguir trabajando y estudiando, y vos vas a estar con Luisa cuando yo esté trabajando —le hice upa mientras hablábamos, y la acomodé sobre mi pija levantando un poco su pollerita—. Además, seguro viene con sus hijos y vas a poder jugar con ellos. —Para mis adentros pensaba qué lindo sería jugar con Brenda, la hija de Luisa, y sus enormes tetotas. Y me llamaba la atención lo que se comentaba: que el nene tan chiquito era un buscón de chota.

 

—¿Va a venir a jugar Juanse a casa? ¿Y Brenda? —dijo entusiasmada mientras se movía despacio en mi pija.

 

—Seguramente, porque no siempre tiene con quién dejar a Juanse, y si necesita que venga Brenda yo no tengo problemas. ¿Vos jugás con Juanse a veces en el patio, no? — Le pregunté mientras besaba su cuellito, por detrás de las trenzas hermosas que le había hecho cuando despertó.— ¿Juegan juntos a las muñecas?

 

—Sí, Papi, Juanse viene con sus muñecas, y jugamos juntos a las muñecas; hace juegos raros, igual, parecidos a los que hacemos nosotros cuando Mami no está, pero con las Barbies y los bebotes. —Mi hija me daba información interesante del vecinito.

 

—¡Pero! ¡Es un juego muy divertido, ese, hijita! —Subí mi mano por sus muslitos y acaricié arriba de la bombachita—. No tan divertido como nuestro juego secreto, pero es muy divertido… ¿Es con el que bailan, no? ¿Que ponen esa música fea, y mueven la cola como perritos? —Sabía que se juntaban a bailar reggaetón y urbano; odio esa música, pero me encanta ver cómo las pendejas mueven el culo. También sé que Sophia ama bailar, y odia que le diga «bailar como perrito» al perreo—. ¿Te gustaría aprender a bailar como perrito?

 

—¡No, Papi! ¡No es como perrito! Es perreo, es para mover la colita lindo. ¡A mí me encanta bailar esa música, Papi! Quiero ir a aprender a bailar con Juanse. ¿Me dejás que te muestre un poquito? —dijo, bajándose de mis piernas y dándose vuelta.

 

El pintorcito se levantó, y ella, parada en la mesa del desayunador, entre mis piernas, comenzó a mover su culito en pequeños círculos, un movimiento instintivo, cargado de una inocencia sexualmente cargada. Era la versión de una niña de tres años imitando lo que veía. Su bombachita, con mi pre-cum seco, se frotaba justo donde yo quería.

 

—¡Así, Papi! ¿Ves que no es como perrito? Es perreo, así se hace en el jardín. Juanse baila re bien. ¿Me llevás a casa de Juanse, Papi?

 

—¡Uf, mi amor! ¡Sos una genia bailando, mi princesita! Mové más esa colita, mi vida. Mové más ese duraznito. Papi te va a enseñar a moverlo mucho mejor, ¿dale?. Pero antes, a desayunar. Se te hace tarde para el jardín. Después hablamos de ir a bailar con Juanse, ¿sí?

 

La tomé en brazos y la llevé de vuelta a la silla, dándole un beso en la boca, un beso rápido y lleno de lengua, saboreando su aliento a mermelada y ternura.

 

—¡Mmm, qué beso de novios más rico, Papi! —dijo, secándose la boca con el puño.

El más rico, mi amor. Porque tiene el gusto de mi princesa. Y ahora, a comer. Y mientras comés, papito quiere que sigas perreando despacito y sin hacer ruido —le dije mientras sacaba mi pija del pantalón y le acariciaba las nalgas, mientras me masturbaba con su hermosa cola—. Vos desayuná, papi te va a poner pomadita en la bombachita, pero tenés que hacer silencio para que la bruja no se entere… ¿Dale?

 

Mientras Sophia mordía su tostada, movía su culito despacio, como le había pedido. El pintorcito se levantaba con cada perreo infantil, dejando a la vista la bombachita de algodón que ya olía a mi pre-cum de la mañana. Yo estaba de pie, a su lado, mi pene duro en mi mano, a centímetros de su duraznito.

 

—¡Así, mi amor! ¡Qué bien perreás! Sos la reina del perreo, mi princesita —le susurraba al oído, la voz ronca de excitación, mientras mi pulgar acariciaba la costura de su bombacha, justo en la raja.

 

Ella se rió, feliz por el halago. —No es perreo, Papi. Es cola-cola… ¿Sigue saliendo la pomadita, Papi?

 

—Sí, mi vida. Está saliendo toda, como una cascada. Pero para que salga mucha, tenés que mover más la cola-cola, mi amor. Como te enseñó Juanse. Y hacer silencio, ¿dale? Si la bruja escucha, la pomadita se esconde.

 

Sophia asintió, concentrada en el juego y en su tostada. Empezó a mover su colita con un poco más de brío, un contoneo inocente que me hacía vibrar. La bombachita se hundía en su raja con cada movimiento.

 

—¿La Chota está contenta, Papi? —preguntó, sin dejar de moverse, con la boca llena de mermelada.

 

—Muy contenta, mi amor. La Chota se vuelve loca con tu cola-cola. Está a punto de explotar de amor, para darte toda su pomadita.

 

Saqué mi pija por completo. Estaba hinchada y brillando. Acerqué mi glande a su bombachita, rozando la tela justo donde se hundía en la raja. El roce era exquisito. Sophia gimió, un sonido bajo y dulce, y empujó su culito hacia mí, buscando más contacto.

 

—¡Mmm! ¡Qué cosquillas, Papi! ¡Ahí, ahí! —dijo, apurando el último bocado de su tostada.

 

—¿Querés que Papi te la ponga en el culito? Toda la pomadita de amor, ¿sí? Mirá qué lindo duraznito tenés. Papi quiere dejarte todo pegajoso de amor.

 

—¡Sí, Papi! ¡Ponemela toda, Papi! ¡Quiero sentir la pomadita caliente! —dijo con la voz temblorosa de anticipación, parando su cola-cola un momento para que yo apuntara mejor.

 

Con una mano, levanté un poco el pintorcito para tener mejor acceso a la parte superior de su bombachita. Con un movimiento rápido y preciso, pegué mi pene a su culito. El glande, húmedo, se acopló a la tela de algodón que ya estaba marcada por sus nalguitas.

 

Empecé a frotar mi verga contra su bombacha, un movimiento rítmico que seguía el ritmo que ella había marcado con su cola-cola. Ella volvió a moverse, instintivamente, ayudando a la fricción. El placer era insoportable.

 

—¡Así, mi amor! ¡Movete, movete! ¡Hacé más cola-cola para Papi! —jadeaba, sintiendo la textura suave de su algodón, el calor de su piel de bebé.

 

Ella obedeció, perreando con más determinación. Yo sentía que iba a explotar.

 

—¡Acá va, mi vida! ¡La pomadita! ¡Toda para mi chanchita caliente!

 

Con un gemido ahogado y brutal, me vacié. El semen caliente salió con fuerza, chorreando inmediatamente sobre su bombacha. La tela se empapó al instante, y el líquido espeso se escurrió por la raja, llegando a sus muslos. El olor a semen fresco, dulce y salado, se mezcló con el aroma a mermelada y el dulzor infantil de su piel.

 

Ella soltó un grito ahogado de placer, asustada por la intensidad. —¡Ay, Papi! ¡Mucha pomadita! ¡Está toda mojada mi cola-cola! ¡Me quemó un poquito!

 

—¡Sí, mi amor! ¡Toda para vos! ¡Mirá qué linda te dejó Papi! ¡Sos la chanchita más sucia de amor del universo! —dije, sintiendo cómo las últimas gotas se escurrían por mi pene y caían sobre ella.

 

La giré de repente, su carita roja de excitación. —Ahora, mi amor. ¡Mirá!

 

Pegué mi pija chorreante a su boca. Ella, con la inocencia de un cachorrito, lamió el glande para limpiar lo que le quedaba, probando el sabor a su propia excitación y mi eyaculación.

 

—¡Mmm, rica, Papi! ¡Un montón! —dijo, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar.

 

—¡Sos una mamona! —le dije, dándole un beso rápido y profundo, mezclando nuestros fluidos. —Ahora andá a lavarte la boquita, y vamos al jardín. Pero no te saques la bombachita, mi amor. Tenés que llevar la pomadita de Papi al jardín para que nadie te moleste. Es tu armadura secreta.—¡Sos una mamona! —le dije, dándole un beso rápido y profundo, mezclando nuestros fluidos. —Ahora andá a lavarte la boquita, y vamos.

 

Salimos de la casa y nos subimos al auto. Ella se sentó en el asiento de atrás, sujetada por el cinturón, con su mochila rosa a un lado. Yo arranqué el motor y pusimos algo de música infantil.

 

Mientras manejaba hacia el jardín, le dije:

 

—Mi amor, ¿te acordás de la pomadita que te puso Papi?

 

—Sí, Papi. La siento calentita y rica —dijo ella, sonriendo en el espejo retrovisor.

 

—Genial. Pero antes de llegar al jardín, Papi necesita un favorcito. Es parte del juego de la pomadita secreta.

 

—¿Cuál, Papi?

 

—Necesito que te saques tu bombachita y me la des a mí. Yo la voy a guardar en un lugar especial para que la pomadita siga haciendo su magia. ¿Podés hacer eso para Papi?

 

Ella se movió un poco en el asiento.

 

—¿Ahora, Papi?

 

—Sí, mi amor. Estamos por llegar. Papi no va a mirar. Solo estirate y sacala con cuidado, y me la pasás por arriba del asiento.

 

Ella hizo un ruido de esfuerzo por unos segundos. Luego, un pequeño trozo de tela rosa voló sobre mi hombro y cayó en el asiento del pasajero.

 

—¡Listo, Papi!

 

Tomé la bombachita, la olí disimuladamente y luego la enrollé, guardándola en el bolsillo de mi campera.

 

—Sos la princesa más valiente de todas. Ahora la pomadita de Papi tiene su armadura para cuidarte todo el día. Cuando volvamos a casa, Papi te la va a devolver.

 

Llegamos a la puerta del jardín. Apagué el motor.

 

—Bueno, mi mamona. Ya llegamos. Dale un beso a Papi y portate bien. No te olvides de tu secreto. Que nadie te vea que no tenes bombachita eh!!!

 

Nos dimos un beso en la boca en el auto y luego la llevé de la mano a la puerta del jardín. Estaba su seño, la seño Romi, una pendeja embarazada que estaba muy fuerte y que ya tenía dos hijos gemelos de la edad de Sophia.

 

—Hola, Sophia, qué bueno que viniste, bonita. Hoy vamos a hacer un montón de juegos re lindos —dijo la seño Romi, agachándose, dejándome ver dos tetas de pendeja preñada enormes y lecheras. —Y él debe ser tu papi, del que tanto hablas, ¡mucho gusto, señor!

—Hola, Seño Romi. Sí, soy el padre de Sophia. Un gusto —le respondí, tratando de no mirar demasiado su escote, aunque era casi imposible. Su figura de embarazada, con la panza redonda y los pechos hinchados, me resultó extrañamente atractiva. Me recordaba, aunque de otra forma, la fecundidad de mi bendi al recibir mi semen.

 

La seño Romi se enderezó, sonriendo con esa dulzura profesional. —Sophia es una nena muy especial. Siempre habla de su «Papi». Es una dulzura.

 

—Sí, lo es —dije, sintiendo el peso de la bombachita impregnada en mi bolsillo. Me despedí rápidamente de la maestra y me agaché para darle un último beso a mi hija.

 

—Te amo, mi mamona. Acordate, sos la princesa más linda y fuerte. Te veo a la salida.

 

—Te amo, Papi —dijo Sophia, dándome un beso lleno de lengua, rápido, justo como le había enseñado. Su mirada brillaba con la complicidad de nuestro secreto.

 

Mientras me daba vuelta para irme, Sophia me tomó de la mano un segundo y me susurró, lo suficientemente alto para que la seño Romi lo escuchara:

 

—No te olvides de guardar bien la pomadita, Papi. Es nuestro secreto para que mi cola-cola esté fuerte.

 

La Seño Romi, que estaba por tomar la mano de Sophia, se detuvo. Sus ojos se fijaron en mí, luego en Sophia, y finalmente en el bolsillo de mi campera donde yo había guardado la bombachita. Su sonrisa profesional se congeló un instante, reemplazada por una expresión de leve confusión e interrogación.

 

—¿La pomadita? —preguntó la Seño Romi, con un tono neutro pero inquisitivo, sin dejar de mirarme.

 

Me reí, forzando una carcajada sonora para disimular. —Sí, un juego. Cosas de ella. Le pongo crema de coco para la piel, a ella le encanta el olor y le dice «pomadita secreta». Manías de niños, ¿viste?

 

La Seño Romi asintió lentamente, pero su mirada siguió fija en mí. No parecía convencida.

 

—Claro, los niños y sus ocurrencias —dijo, finalmente tomando la mano de Sophia. —Bueno, mi amor, vamos a jugar.

 

Me di la vuelta, caminando hacia el auto. Mientras me alejaba, pude escuchar a la maestra preguntarle a mi hija:

 

—¿Y qué perfume tan rico traés hoy, Sophia? Huele como a dulce y algo más…

 

Mi sonrisa se amplió. La pomadita ya estaba haciendo su trabajo.

 

Me subí al auto y me dirigí a casa. En el camino, llamé a Luisa, la vecina, para concretar la entrevista de niñera.

 

—Hola, Luisa. Soy Alejandro, el papá de Sophia, tu vecino. ¿Tendrías un momento para que hablemos sobre el cuidado de mi hija? Mariana y yo estamos buscando a alguien de confianza.

 

La voz de Luisa sonó ronca y cansada al otro lado de la línea. —¡Ay, sí, claro! Justo estaba pensando en eso. Vente ahora si querés, estoy sola. Me encantaría cuidar a tu bendi. Además, así Juanse tiene con quién jugar.

 

—Perfecto. En diez minutos estoy ahí.

 

Colgué y me reí para mis adentros. La vecina iba a ser la niñera. El círculo se cerraba perfectamente. El jardín estaba sembrado con mi pomadita, y en casa, mi bendi estaría bajo el techo de una mujer cuya reputación prometía un ambiente aún más perverso.

 

Diez minutos después, golpeé la puerta de Luisa. La casa era pequeña, pero ordenada. Me abrió ella, vestida con un jogging ajustado y una remera blanca que dejaba ver un escote generoso y un cuerpo aún voluptuoso a pesar de los partos y los años. Su pelo rubio teñido y su mirada pícara le daban un aire de mujer que había vivido mucho.

 

—¡Pasá, Ale! —dijo con una voz suave y acogedora, muy diferente a la furia de Mariana. —Ponete cómodo. ¿Querés un mate o un café?

 

—Un mate está bien, gracias.

 

Me senté en el sillón mientras ella se dirigía a la cocina. Pude ver a Juanse, el niño de cinco años, jugando en el piso con unas muñecas, pero de una forma extrañamente adulta, murmurando frases que sonaban como diálogos de telenovela.

 

—¡Juanse, saludá al vecino! —le ordenó Luisa.

 

El niño levantó la vista, me dio una sonrisa forzada y volvió a sus muñecos. El niño parecía demasiado afectado, tal como me habían dicho.

 

Luisa regresó con la pava y el mate. Nos sentamos y fuimos directo al grano, aunque su mirada se detenía en mi entrepierna de vez en cuando, y yo sentía la bombachita de mi bendi en el bolsillo de mi campera como un talismán caliente.

 

—Mira, Luisa, con Mariana tenemos horarios complicados, y con el estudio de ella, necesitamos a alguien fijo. Sería de lunes a viernes, desde la una de la tarde hasta las seis de la tarde, que es cuando volvemos.

 

—Perfecto. Mi hija, Brenda, está en el colegio a esa hora, y a Juanse lo tengo acá. Sophia se va a sentir como en casa. Yo soy responsable, Alejandro. Con los chicos soy muy dedicada.

 

—Me preocupa la confianza y que Sophia esté cómoda —dije.

 

—Sophia ya conoce a Juanse, vienen a jugar al patio a veces. Y yo no tengo problemas, además me vendría genial la plata. ¿Cuánto ofrecen?

 

Le ofrecí un buen sueldo, que aceptó al instante con un brillo en los ojos.

 

—¡Genial! Acepto. Mañana mismo puedo empezar, para que se acostumbre a estar acá.

 

.—Perfecto. Mañana empezas, y puede ser en casa tambien, te voy a dejar una llave.

 

—Sí, Ale, mejor en tu casa. Es más grande y tenemos más espacio para los chicos. Además, yo pensaba… ¿Tendrías algún problema si Brenda, mi hija mayor, también viene a veces? Es una chica que necesita enderezarse un poco y me vendría bien que empiece a trabajar, aunque sea ayudándome a cuidar a Sophia y Juanse, bajo mi supervisión, claro.

 

—¿Brenda? No, para nada. Me parece perfecto que le des una mano. Además, si mi bendi tiene a alguien más para jugar, mejor. Con que esté cerca y te ayude, está bien.

 

—¡Gracias, Alejandro! Te lo agradezco mucho. Es buena pendeja, solo que está en una edad difícil.

 

—Dale, Luisa. Entonces, mañana a la una en mi casa.

 

Nos quedamos en silencio un momento. Luisa me miró con una sonrisa.

 

—Así que… ¿la bruja ya no se va a quedar sola con tu bendi?

 

—¿Cómo sabés…? —pregunté, sorprendido.

 

Nos quedamos en silencio un momento. Luisa me miró con una sonrisa.

 

—Así que… ¿la bruja ya no se va a quedar sola con tu bendi?

 

—¿Cómo sabés…? —pregunté, sorprendido.

 

Ella se encogió de hombros, echando una bocanada de humo de un cigarrillo que no había notado que estaba fumando.

 

—Acá se escucha todo, Ale. Y tu mujer… es un poco gritona. La escuché el viernes a la noche. Y hoy a la mañana, otra vez.

 

Me reí, un poco avergonzado, pero más excitado por el hecho de que ella era testigo de la tensión familiar.

 

—Sí, Mariana no tiene filtro. Pero bueno, por eso necesito a alguien que le dé un poco de paz a mi bendi.

 

—Tranquilo. Acá va a estar en paz. Y si la querés venir a ver un ratito en tu descanso, o querés venir a almorzar, sos bienvenido. En esta casa siempre hay lugar para un hombre.

 

Esa invitación me golpeó. Era una invitación abierta, descarada.

 

—Lo tendré en cuenta, Luisa.

 

Me levanté, dándole la mano para sellar el trato. Justo en ese momento, Juanse se acercó a mi pantalón, mirando algo que colgaba del bolsillo de mi campera.

 

—¿Qué es eso, señor? ¿Es un pañuelo de color de bebé? —preguntó Juanse, señalando donde yo tenía la bombachita de Sophia.

 

Me puse tenso. Luisa ni lo notó.

 

—No, mi vida. Es un pañuelo de mi trabajo —mentí, forzando una sonrisa. Pero Luisa me miró con una sonrisa perversa; enseguida notó que era una bombachita de nena, y estaba sucia de semen.

 

—-Veo que sos como era mi mi marido, jajaja. Ya te dije, de acá se escucha todo, pero no te preocupes, soy una persona discreta, y mis hijos también —me dijo, sonriendo con una mirada perversa—. ¿Puedo ver el «pañuelo»?

 

 Luisa era una MILF, una hembra de barrio. No era muy linda, pero tenía dos enormes tetotas y un culazo que debía oler hediondo y excitante. Siempre con calzas que le marcaban el papo y dejaban ver su tanga. No era linda como Mariana, pero era un hembrón, de esas hembras que parecían no tener límites. Todos sabíamos que era promiscua, que su marido abusó de sus hijos. Y decían que vendía a su hija por dinero, y que su pequeño hijo probablemente también iba por ese camino.

 

—Bueno, si sos discreta, mejor. Porque la verdad es que me gustaría que trabajes en casa haciendo varias cosas que Mariana no sabe hacer bien… si me entendés… — Dije sonriendo.

 

—¿Sí? ¿Qué cosas? Eso tiene otro precio. Pero bueno, supongo que la hermosa Sophia todavía no puede reemplazar a su madre en ciertas cosas — Me dio un mate corto y medio lavado mientras me contestaba.

 

— Jaja. El dinero no es problema, más si sos una persona discreta… y si Mariana no está en casa, no tiene ganas de ocupar su lugar como la hembra de la casa… entonces necesito una hembra de verdad que prepare a mi hembrita… — Le dije mientras pasaba el «pañuelo» frente a los ojos de Juanse, que miraba.

 

— Ah, mirá, bueno. Mi hija y yo podemos ayudar entonces a cuidar a Sophia, ser un buen ejemplo para ella, y cuidar de vos si querés — Dijo mientras miraba la bombachita de Sophia, y la olía—. Mmm, ¡rico!… Juan, hijito, anda un rato a la pieza que tenemos que hablar con Don Alejandro.

 

El niño, Juanse, se levantó sin protestar y se fue a la habitación. Luisa apagó el cigarrillo en un cenicero y me devolvió la bombachita, mirándome a los ojos con esa sonrisa de depredadora que me había cautivado desde el principio.

 

—Mirá, Alejandro. Seamos claros. Sé que no buscás solo una niñera para tu bendi. Y sé que esa bombachita no es un pañuelo. No te preocupes por mi discreción, en serio. Lo que pase en tu casa, o acá, queda entre nosotros. Yo no soy como tu mujer, que grita por todo y parece que te castra las ganas.

 

Acerqué mi silla, sintiendo el calor que emanaba de ella. —Me parece que me entendés muy bien, Luisa. Mariana y yo estamos en un momento… de mierda. La casa se siente fría. Y la verdad es que… necesito que alguien me cuide a mí también, que me dé un poco de paz. A veces, la calentura me pasa factura, y la nena no tiene la culpa.

 

Luisa se inclinó hacia adelante, apoyando los codo en sus rodillas, haciendo que su escote se abriera aún más. El olor a humedad y perfume de barrio me nubló el juicio.

 

—Y claro que sí, Ale. Un hombre como vos, que tiene esa… energía, necesita un escape. Una mujer que lo entienda, que lo calme. Mi trabajo va a ser que Sophia esté perfecta y feliz, pero también que vos llegues a casa y no sientas esa tensión que te come. Cuando Mariana no esté, o incluso si está pero está en sus cosas, yo puedo encargarme de que te relajes.

 

Tomó mis manos, dándoles un apretón sugestivo. —No solo voy a cuidar de tu bendi. Yo voy a ser la reina de tu casa, la que pone orden y la que te saca esa bronca. Te merecés una mujer que te mime, que te haga sentir que sos un hombre deseado y fuerte. Y yo, Ale, soy una mujer que sabe cómo cuidar a su patrón. Soy buena en eso. Muy buena.

 

Me reí, sin poder disimular mi excitación. Ella estaba yendo directo al grano.

 

—¿Y qué incluye ese cuidado extra, Luisa? Porque si tengo que estar tranquilo y concentrado en mi trabajo, necesito que mi casa sea un remanso. Que no haya problemas.

 

—El cuidado incluye todo lo que necesites para sentirte en paz. Que te reciba con una sonrisa, con un buen guiso, con la ropa limpia… Y si tenés una calentura que no te deja pensar, Ale, yo tengo toda la tarde libre. Vos venís a almorzar, o cuando vuelvas del trabajo, y yo te la calmo rapidito. Sin gritos, sin dramas, sin preguntas. Lo que un hombre necesita, yo se lo doy.

 

Luisa deslizó una de sus manos por mi antebrazo, su uña rozando mi piel. —Y te aclaro algo, Alejandro. Mi hija, Brenda, va a venir a ayudar. Es buena chica y ama a los nenes. Pero si vos estás acá en casa, yo la mando a ella con los chicos a jugar al patio o a la pieza de tu bendi. Tendríamos tiempo a solas para charlar sobre tu estrés y encontrarle una solución. ¿Me entendés?

 

—Te entiendo perfectamente, Luisa. Y me parece un plan excelente. Parece que vas a ser la mejor niñera que podríamos haber encontrado. Y también… mi mejor aliada.

 

—Así es. Yo te cuido la casa, te cuido la nena, y te cuido esa pija caliente que tenés que se nota a kilómetros que te está volviendo loco. Mañana a la una en tu casa, Ale. Traé esa llave. Vamos a empezar a cuidarte como te merecés.

 

—Mmm, sí, perfecto, igual me gustaría tomarte una pequeña prueba, si no te ofende, claro —dije mientras acariciaba una de sus grandes tetas de hembra de barrio, de mamá luchona, rozando el pezón por arriba de la ropa—. Si Juanse no se incomoda… con los ruidos.

 

—Ay, Ale, qué atrevido sos —susurró Luisa, sin retroceder, apretando mi mano contra su pecho. Su respiración se aceleró y sus ojos brillaron con picardía. —Juanse está en la habitación y la puerta está cerrada. Si escucha algo… bueno, él sabe que mamá está hablando de trabajo con el vecino. Además, está acostumbrado a que su mamá a veces hable un poco «fuerte» con los «patrones» —soltó una risa ronca, llena de malicia—. Pero ¿una prueba? Si querés una prueba de mi discreción y de lo que te puedo ofrecer, no tengo problema, Alejandro. Soy muy profesional cuando se trata de complacer.

 

Su mano libre se deslizó por mi muslo hasta el bulto en mi pantalón, justo donde mi pija, ahora completamente dura, palpitaba bajo la tela. Sentí el calor de su palma a través de la tela y jadeé.

 

—¿Te parece que en el sillón está bien? Acá en el living —me propuso, inclinándose para besarme la mejilla, rozando mis labios. Su aliento olía a mate y a cigarrillo, una mezcla vulgar y profundamente excitante.

 

—El living… me parece perfecto, Luisa —logré decir, sintiendo cómo mi control se desmoronaba. La imagen de mi bendi en el jardín con mi semen impregnado en su bombacha, y la inminente profanación con esta MILF de barrio en su propia casa, me hizo vibrar.

 

Me levanté, sujetándola de la cintura, atrayéndola a mi cuerpo. Su vientre bajo, ya abultado y suave, se frotó contra mi entrepierna. Me guio con un paso rápido y seguro, sin alejarse mucho, hacia el sillón más grande que dominaba la sala.

 

Mientras nos hundíamos en el viejo sofá de tela gastada, Luisa se dio vuelta, sus ojos fijos en mi erección.

 

—¿Ves, Ale? Discreción total. Acá nadie nos va a molestar —dijo, y sin esperar mi respuesta, desabrochó mi pantalón con una velocidad pasmosa. —Ahora, mostrame ese patrón caliente que tenés. Quiero ver de qué está hecho el futuro dueño de mi cola.

 

Mi pija, hinchada y mojada de pre-cum, salió disparada, liberando una tensión insoportable. Luisa la agarró con ambas manos, frotando su mejilla contra el glande antes de acercar su boca.

 

—¡Mmm, qué rico huele el patrón! Mucho mejor que el que huele en el «pañuelo» —murmuró, y sin más, empezó a chuparla con una avidez salvaje.

 

Mientras me chupaba, la miré. Su remera se había levantado un poco con el movimiento, dejando ver la línea oscura de su ombligo y una franja de vello grueso bajo el elástico de su bombacha, visible a través de la tela ajustada. El pensamiento de que ella sabía que yo deseaba oler su culo de madre de barrio me excitaba más que el sexo en sí.

 

Retiré mi miembro de su boca con un gemido y la empujé suavemente sobre el sillón, quedando arrodillado frente a ella.

 

—Esperá, Luisa. Quiero olerte un poco primero. Demostrame que sos la mamá luchona más sucia del barrio —jadeé, y con un movimiento rápido, le bajé el pantalón de jogging y la bombacha a la altura de las rodillas, exponiendo su ano arrugado y la humedad de su concha. El aire se llenó con el olor acre y almizclado de su entrepierna.

 

Luisa no se resistió. Simplemente sonrió, cerrando los ojos. —Dale, Ale, disfrutá. No todos los días un patrón me lame el orto en mi propio living. Pero hacelo rápido, que a Juanse no le gusta que la mamá tarde con el «vecino».

 

Empecé a olerle el culo a la mina de la nueva niñera de Sophia. Olía la diferencia de clase social, de rango; la turra se entregaba por unos mangos más. A tal punto de turra que no le importó que el pequeño Juanse nos estuviera espiando como un boludo. Ninguno de los dos dijo nada, pero sabíamos que miraba. Yo no me detuve, y ella tampoco. Solo puse mi nariz en su culo, mientras la mina se lo abría, ofreciéndome ese orto enorme, gordo y muy sexy.

 

—Dios, qué rico olés… me parece que vas a tener que cuidarme mucho… Decime que puedo meter mi pija sin forro acá… —dije metiendo mi dedo en su concha mojada— se te re moja el papo, Luisa, increíble cómo pide pija esta concha.

 

—¡Claro que podés, Ale! Poneme tu pija donde quieras. Yo no uso forro con nadie, estoy limpita y me gusta sentir la chota adentro. Metémela en el culo, fuerte, que necesito sentirte bien adentro. ¡Dame tu leche, patrón! —Luisa gimió, empujando su cadera hacia arriba, invitando a la penetración anal.

 

La lujuria en su voz y el olor fuerte de su cuerpo me enloquecieron. El hecho de que su hijo estuviera probablemente espiando solo le añadía una capa más de perversión a la escena, confirmando mi juicio sobre la naturaleza depravada de esa casa.

 

—¡Me encanta esa idea, turra! Vas a ser mi reina sucia, mi niñera caliente —dije, sintiendo cómo mi pija se endurecía aún más con la idea—. Y escuchame bien: decís que no usás forro con nadie, pero desde hoy, si te cojo yo, es porque solo yo puedo ir sin forro adentro tuyo. Es una nueva cláusula de tu contrato, ¿entendés?

 

—¡Lo que vos digas, Ale! ¡Es un honor ser tu putita sin forro! —chilló ella, los ojos brillantes de deseo.

 

Escupí en mi mano y mojé bien mi glande y su culo.

 

—¡Dale, Ale! ¡No te hagas rogar! —gritó ella, alzando su voz. Pude notar una sombra moverse cerca de la puerta entreabierta de la habitación de Juanse. No me importó.

 

Apoyé mis manos en sus caderas y, sin preámbulos, empujé mi pija contra su ano. Era estrecho, pero cedió con un gemido de dolor y placer de parte de ella.

 

—¡Mmm, qué rico orto de mamita luchona! ¡Esto es para mí! —empecé a embestirla con fuerza, sintiendo la fricción cruda y sin forro.

 

Ella gritaba, pero no de dolor, sino de una excitación salvaje. —¡Sí, Ale! ¡Más fuerte! ¡Sacame la bronca! ¡Dame leche! ¡Quiero tu semen en mi culo!

 

La embestí una y otra vez, con ritmo, pero sin ceder a la urgencia. Me detuve a mitad de una embestida y la miré a los ojos, que estaban cerrados y llenos de lágrimas de placer.

 

—Abrí los ojos, Luisa. Quiero que me mires mientras te lleno ese orto caliente —ordené, y ella obedeció. Sus pupilas estaban dilatadas y su respiración era un jadeo constante.

 

Volví a embestir, más lento, torturándola con la lentitud. La fricción de mi carne sin forro contra sus paredes interiores era una sensación primitiva y adictiva. La vi morderse el labio para contener un grito.

 

—Aguantá, Luisa. Vamos a disfrutar esto. Sos la perversión que necesitaba para mis noches libres. Negra villera, que rico aprieta este agujero —susurré, acentuando cada palabra con un empuje.

 

Empecé a pensar en el contraste entre la inocencia sucia de mi bendi y esta hembra de barrio, esta puta que se entregaba para cuidar a mi hija. Ella era el engranaje perfecto en mi vida perversa. En mi mente, las imágenes de Sophia perreando en la mesa se mezclaban con el rostro de Luisa, gimiendo bajo mí.

 

Aumenté la velocidad, las embestidas volviéndose profundas y potentes. Ella gritaba mi nombre y el suyo en un coro de lujuria y desesperación.

 

—¡Dame, Ale! ¡No me aguanto más! ¡Quiero tu leche ya! —rogó, y la aceleración de su voz fue la señal que estaba esperando.

 

Me detuve en seco, la pija hirviendo dentro de ella. Apreté mis manos en sus caderas, sintiendo cada embestida en lo más profundo de su ano. El dolor inicial se había transformado en un placer crudo que ella no podía contener. La miré, mis ojos fijos en los suyos, que estaban nublados por el placer.

 

Mientras la penetraba con furia, moví mi cabeza ligeramente hacia la puerta entornada de la habitación de Juanse. La sombra del niño se había hecho más grande y definida; estaba claramente mirando. La imagen del niño observando a su madre, la mamá luchona, siendo sodomizada por el vecino en su propio living, sin que ella lo supiera, era la gota que rebalsaba mi perversión.

 

—¡Decime que soy tu patrón, turra! ¡Decime que tu culo es mío ahora! —susurré, pero mi mirada estaba pegada al umbral de la puerta, asegurándome de que el niño viera el dominio, la crudeza y el semen que venía.

 

Luisa apretó las piernas alrededor de mi cintura, sus uñas arañando mi espalda. —¡Sí, Ale! ¡Sos mi patrón! ¡Soy tu puta! ¡Metémela toda, patrón! ¡Llename de tu leche!

 

Empecé a bombear de nuevo, más rápido, más brutal, asegurándome de que el chasquido húmedo de mi cuerpo golpeando el suyo fuera audible. Cada embestida era un mensaje directo al niño que espiaba: Mirá cómo cojo a tu mamá, Juanse. Mirá el dueño de su culo.

 

La sujeté por la cintura y la levanté un poco, sus piernas colgando. Mis rodillas quedaron sobre el sillón y ella quedó a la altura perfecta para que el niño viera la unión de mi pija y su culo. Me aseguré de que su rostro estuviera mirando directamente hacia la puerta de la habitación de Juanse.

 

—¡Vas a sentir toda la leche del patrón, Luisa! ¡Acá va todo el poder que tu culo necesita! ¡El semen de tu nuevo dueño! —grité, y ella se descontroló, aullando de placer, su cabeza echada hacia atrás.

 

Ella no tenía idea de que no solo me oía, sino que me veía. Mi pija estaba a punto de reventar. Aumenté la velocidad al máximo, los gemidos de Luisa y mis gruñidos llenaron la casa. En mi mente, era la liberación de toda la rabia contra Mariana, de la tensión con Sophia, y una declaración de mi dominio perverso sobre esta nueva pieza en mi juego.

 

Con un último embate profundo y violento, grité y me vacié por completo dentro de ella. Sentí el chorro caliente de mi semen golpear sus paredes anales. Era un chorro largo y abundante, tanto que el líquido espeso se escurrió de inmediato, manchando el sillón y la parte superior de sus muslos, justo donde el culito se unía a las piernas.

 

Luisa se convulsionó bajo mí, gritando en un éxtasis final. Su cuerpo se relajó, y su respiración se hizo pesada. Me quedé un momento dentro de ella, sintiendo el calor de mi semen y el hedor de su cuerpo, y mirando fijamente a la sombra inmóvil en la puerta.

 

Saqué la pija despacio. Estaba cubierta de mierda, semen y humedad. La bombacha de mi bendi estaba en la mesa, caliente por la humedad de su coño.

 

Luisa me miró con una sonrisa exhausta y victoriosa. —Qué buen patrón sos, Ale. Una prueba excelente.

 

Me limpié la pija con la bombacha que ella se había sacado.

 

—Sobresaliente, Luisa. Sos la putita perfecta.

 

Me levanté y me abroché el pantalón. La sombra en la puerta se había desvanecido.

 

—Ya sabés, Ale. Acá nadie vio nada. Pero mañana, el patrón puede volver por más.

 

—Mañana a la una en mi casa. Toma esa llave.

 

—Entendido, Alejandro. Hasta mañana.- me dijo tirada en la mesa con el culo chorreando leche, mientras yo tomaba otra vez la bombachita de Sophia, y me la guardaba más cuidadosamente.

 

.

 

—Ahhh, me olvidaba, ¿Juanse va a un baile en una academia donde aprende reggaetón y urbano, no? —le pregunté.

 

—Sí, Ale, va a la academia que queda a dos cuadras de acá. Y… ¿por qué la pregunta? —respondió Luisa, con la voz aún áspera por el orgasmo reciente, tratando de recomponerse en el sillón.

 

—Porque la bendi quiere aprender a bailar, y a mí me encanta llevarla, además me gusta mucho ver a las nenas bailar… vos me entendés…

 

—Ah, con razón… Sí, es un lugar re bueno, Ale. Ahí aprenden de todo, tienen varias profesoras jovencitas y unos profes jovencitos, todos bien gays. Y Juanse es re fanático. Y claro, si a Sophia le gusta, la puedes llevar, además sé que a vos te gusta ver a las nenas bailar, se te nota en la cara, Ale.

 

—Perfecto, Luisa. Lo voy a tener en cuenta. Mañana a la una en casa, entonces.

 

Antes de ir para la puerta me acerqué y vi al pequeño Juanse, el muy putito estaba con un disfraz de princesa, de hecho, era el vestido de la princesa Jasmín que Sophia no había encontrado el viernes. Lo miré y le sonreí, me acerqué lentamente y le dije al oído: —Así que vos también sos princesita? ¿Te gustó lo que viste? —Él solo asintió en silencio—. ¡Qué bueno! Si un día querés, podés probar lo que acaba de sentir mamita… prometo regalarte mucha ropita de princesa… —Al escuchar eso sonrió inocentemente.

 

Volví a casa y tomé unos mates mientras hacía cosas de laburo, aproveché a mirar un poco Instagram, y seguir a Brenda, la pendeja hija de Luisa, una pendeja re tetona como la madre, con 12 añitos, estaba tremenda. Siempre se mostraba presumiendo las gomas, con calzas bien clavaditas en el papo. También iba a la escuela de baile.

 

Después entré a la página de la escuela de baile, y me pasé mirando las fotos y videos de las pendejitas bailando, la pija me chorreaba de solo mirar. No me toqué porque íbamos a tener tiempo solos con Sophia, y quería darle su “pomadita”, pero tenía pensado ser un muy buen padre que lleva a su hija a baile y disfrutar de ese espectáculo. Incluso había un videito del pequeño Juanse, moviendo su culito en un perreo que mostraba lo putito que era ese nene. Claramente iba a tener que darle una ración de pija.

 

Mientras revisaba la página, me entra un mensaje de WhatsApp de la seño Romi. Me llamó la atención, todavía faltaba un rato para ir a buscar a Sophia. Me asustó un poco, por ahí le había pasado algo a mi reinita.

 

Mensaje de texto: Querido Papi, hoy Sophia me estuvo contando algunas cosas que pasan en casa, y me gustaría poder charlar con usted en privado a la hora de la salida para que me dé más detalles. Seño Romi.

 

Sentí que enloquecía. Pensé que todo mi mundo iba a desmoronarse, ¿qué le habrá contado Sophi? Me puse muy nervioso. Traté de mantener la calma y bajar la ansiedad. Si alguien me denunciaba, si iba a la cárcel, era policía, iba a terminar todo muy mal. Y si iba a la cárcel… iba a terminar peor.

 

Respondí: Seño Romi, gracias por su mensaje. En un ratito estoy por ahí así hablamos. Saludos, Ale, papá de Sophia.

 

Salí de mi casa sintiéndome como un criminal a punto de ser desenmascarado. La adrenalina de la mañana con Luisa y la perversión con Sophia se había transformado en un miedo frío. La Seño Romi. Embarazada de seis meses. Con la panza redonda y los pechos lecheros enormes, y ahora, inquisidora.

 

Llegué al jardín quince minutos antes de la hora de la salida. El portón de entrada estaba abierto, y la música infantil se filtraba desde el interior. Me acerqué al aula de mi *bendi*, la sala de cuatro, donde la Seño Romi daba clases. Pude verla a través del vidrio. Estaba sentada en un banquito bajo, ayudando a los chicos con la pintura. Mi *bendi* estaba con un pincel en la mano, concentrada.

 

Toqué la puerta suavemente. La Seño Romi levantó la vista, y su rostro, aunque profesional, llevaba esa seriedad que solo puede significar problemas. Se levantó con la dificultad de su embarazo, su cuerpo inclinado hacia adelante por el peso de la panza. Abrió la puerta y salió al pasillo.

 

—Señor Alejandro —dijo, cerrando la puerta del aula a sus espaldas, creando una burbuja de privacidad tensa. Su voz era baja, pero firme. Me miró directamente a los ojos, y el aroma a tiza y pintura se mezcló con su perfume floral, y el olor a leche que me imaginaba que tenía.

 

—Hola, Seño Romi. Me llamó la atención tu mensaje. ¿Pasa algo con Sophia? —pregunté, forzando un tono de padre preocupado. Sentía la bombachita de mi *bendi* quemándome el bolsillo, un recuerdo húmedo y culpable.

 

Ella se cruzó de brazos bajo su escote generoso, resaltando la plenitud de su figura. —Sí, Alejandro. Sophia es una nena muy dulce, pero… hoy me contó algunas cosas que me inquietaron. Cosas que no me parecen propias de su edad.

 

—¿Cómo cuáles? —tragué saliva.

 

—Estábamos en el rincón de juegos, y ella estaba con una muñeca. Me dijo que estaba jugando a que la muñeca tenía que guardar el \»perfumito\» del papá en la ropa interior para que nadie la moleste. Y que el \»perfumito\» era una \»pomadita\» mágica.

 

Ella hizo una pausa, y su mirada se volvió más intensa, fijándose en mi chaqueta. Era evidente que no había olvidado la escena de la mañana.

 

—Le pregunté qué era esa \»pomadita\» y ella me dijo que sabía a \»palito de queso salado\» y que se ponía muy caliente cuando el papá la ponía en su \»cola-cola\».

 

Mi corazón se aceleró. La *bendi* no tenía filtro. Había repetido nuestro código secreto, nuestra perversión, a una maestra embarazada y responsable.

 

—Mirá, Seño Romi, es… es una tontería. Un juego que inventamos. Yo le digo \»pomadita\» a la crema de coco que usa para la piel. Es una forma de crear un vínculo, ¿viste? Yo soy muy cariñoso con ella, soy su padre, y su madre y yo estamos separados… —mentí con una fluidez que me asustaba, forzando una sonrisa.

 

La Seño Romi me interrumpió, alzando una ceja. —Alejandro, la crema de coco no huele a… a lo que olía Sophia hoy. Y un \»palito de queso salado\» es una descripción muy específica para la boca de una nena de esa edad. Además, mi preocupación principal es otra.

 

Me incliné un poco, simulando interés. —Decime, Romi, ¿qué es lo que te preocupa de verdad?

 

—Sophia me dijo que si su mamá grita o la castiga, el papá la castiga a la mamá… y que por eso, el papá se va a quedar con ella… y que la mamá no se va a ir. Y que la mamá, tu esposa, la pega… ¿Eso es verdad, Alejandro? ¿Hay violencia en tu casa?

 

Ella había pasado de mi perversión a la violencia doméstica, y eso era un arma de doble filo que podía usar a mi favor.

 

—Mirá, Romi, no te voy a mentir. Mariana y yo estamos en crisis. Es verdad que ella tiene un temperamento fuerte y que a veces le grita a Sophia. De ahí a pegarle… no sé. Pero sí, la pone nerviosa y eso me saca de quicio. Por eso, para proteger a mi *bendi*, acabo de contratar una niñera, la vecina, Luisa. Para que Sophia no tenga que estar sola con la tensión de Mariana y no escuche gritos. Estoy haciendo todo para que mi hija esté bien.

 

Su expresión se suavizó un poco. La panza, enorme bajo la remera, me recordaba su vulnerabilidad.

 

—Entiendo. Mirá, Alejandro, a mí me da la sensación de que… tu hija está buscando un escape, algo donde sentirse segura. Y si esa \»pomadita\» es parte de su juego, no me meto en sus códigos, pero por favor, te pido que seas cauteloso con lo que le decís y hacés. Su imaginación es muy fértil.

 

Me acerqué un poco más a ella. Su perfume se hizo más fuerte. —Te lo agradezco, Romi. Te juro que lo único que quiero es que Sophia sea feliz. Y si tengo que hablar más claro con ella sobre sus \»juegos\», lo haré. Me da pena que se asuste por los gritos de su mamá.

 

Ella suspiró, agotada. —Yo, como docente, estoy obligada a preguntar. Pero como madre, entiendo la complejidad de una separación. Y como mujer… veo que estás lidiando con mucho estrés.

 

—Más de lo que pensás —dije, bajando mi voz a un susurro íntimo.

 

Nos quedamos en silencio un instante. La miré a los ojos, y luego a su escote, y luego a su panza.

 

—Romi… la verdad es que… estoy muy nervioso. Me siento muy vulnerable con todo esto. Me encantaría que me des algún consejo. Como profesional y como mujer.

 

Ella sonrió levemente, una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Mi consejo es que te enfoques en darle estabilidad emocional a Sophia. Y que… te cuides vos también. Las tensiones nos pasan factura.

 

Justo en ese momento, la puerta del aula de arte se abrió.

 

—¡Seño Romi, Seño Romi! ¡Ya terminamos la flor de la primavera! —gritó un niño.

 

—Ya voy, mi vida. Esperame un segundo.

 

Se volvió hacia mí, con prisa. —Ya tengo que entrar, Alejandro. Pero si querés, podemos seguir charlando un ratito más mientras los chicos se quedan con la otra Seño, y Sophia termina la actividad de arte. Mañana no estoy, porque tengo turno con el obstetra. Pero si te parece, antes de la salida, podemos hablar cinco minutos más…

 

—Perfecto, Romi. Hablemos cinco minutos más. Justo tengo que contarte algo más de lo que hace su mamá.

 

Ella asintió, su rostro serio y su enorme panza cerca de mí. —De acuerdo. Dame quince minutos y te llamo para que entres. Los chicos están en la sala de arte.

 

Se dio vuelta, y antes de entrar, su mano rozó mi brazo. Un toque breve, pero suficiente para encender mi esperanza perversa de que esta *seño* embarazada también podría ser una válvula de escape.

 

Quince minutos después, la puerta del aula de arte se abrió de nuevo y la Seño Romi me hizo una seña. Entré al pasillo y ella me esperó a unos metros de la sala, cerca de un bebedero, donde la privacidad era casi total.

 

—Gracias por esperar, Alejandro —dijo, cruzándose de brazos, pero esta vez, su postura era menos defensiva y más confidencial.

 

—No hay problema, Romi. Entiendo que estás ocupada y que esto es importante. Quería contarte, como te dije, que Mariana no está bien. El encierro, la crisis… todo la está volviendo loca.

 

Ella me miró, y por primera vez, su expresión se relajó, revelando una tristeza que no parecía profesional.

 

—Te entiendo más de lo que pensás, Alejandro. La vida de pareja con hijos, a veces, es muy dura. Mi marido… él trabaja mucho. Viaja mucho. Yo tengo a los gemelos, y ahora la beba en camino… y me siento sola, la verdad.

 

Me acerqué un paso, sintiendo una conexión inesperada con esta mujer que representaba todo lo que yo estaba profanando.

 

—Lo lamento mucho, Romi. Es muy difícil estar sola en un momento así. Tres hijos… es mucha responsabilidad.

 

Ella sonrió con ironía. —Responsabilidad es la palabra. Mi marido es buen padre, sí, pero no está. Y a veces, una necesita que los hijos le den ese amor que el compañero no te da. A veces los abrazo fuerte, a veces les pido que me acaricien el pelo, o que duerman conmigo, y me doy cuenta de que busco en ellos el contacto y la ternura que me faltan. No sé si me explico, pero sé lo que es necesitar que un hijo te dé amor de una forma… intensa y particular.

 

Mi corazón dio un vuelco. Esta mujer, la que me podía hundir, me estaba dando la clave para mi defensa, y la puerta a una nueva perversión.

 

—Me parece que sí, Romi. Me parece que te entiendo muy bien. Yo, al estar solo con Sophia, busco que ella se sienta mi prioridad. Y sí, inventamos juegos, le doy \»pomadita\» para que se sienta fuerte… Pero jamás la lastimaría. Solo busco su amor incondicional, su ternura, porque es lo único que me queda.

 

Ella me miró con una compasión que me desarmó.

 

—Lo sé. Y por eso, quiero ayudarte, Alejandro. Si Sophia dice esas cosas, como el \»palito de queso salado\» y que la \»pomadita\» se pone \»caliente\», es porque lo ve como un código de amor con su papá. Pero esos códigos, ¿sabés qué? No pueden salir de casa. El mundo es… cruel. La gente no entiende la intensidad del vínculo entre un padre y su hija cuando hay crisis.

 

Se inclinó hacia mí, bajando aún más la voz. Su voz era un susurro cómplice.

 

—Yo puedo ayudarte a enseñarle a Sophia a ser más discreta. A que tenga esa intensidad con vos, pero que guarde el secreto en el jardín. Yo sé cómo hablarle, cómo plantearle un \»juego de espías\» para que no cuente cosas que no está bueno que salgan de casa. Yo te cubro, Alejandro. Pero vos tenés que confiar en mí y asegurarte de que lo que hagan, por más inocente que sea para ustedes, no se preste a malas interpretaciones.

 

Tomé su mano, que estaba tibia y suave. —Romi, no sabés cuánto te agradezco. Es un alivio enorme. Por favor, decime cómo. ¿Cómo podemos hacer para que ella entienda?

 

Ella me devolvió el apretón, su mirada llena de un entendimiento profundo, casi erótico.

 

—Mirá, mañana no estoy, tengo control. Pero mirá, para hablar tranquilamente con Sophia y que entienda bien que el \»juego mágico\» es un secreto, necesito un lugar con más intimidad. ¿Te parece si venís hoy mismo a mi casa, con Sophia? Sería más fácil. Así conoce a mis gemelos, jugamos un rato y yo puedo hablar con ella en un lugar más privado. Y de paso, charlamos un poco más vos y yo, mientras los nenes están entretenidos. Me hace bien hablar con alguien que me entienda. Alguien que también sienta que el mundo lo está dejando solo.

 

Mi corazón latía con fuerza. Ir a su casa *hoy mismo*. El riesgo era altísimo, pero la oportunidad…

 

—Sería genial, Romi. Me encantaría. Hoy mismo, entonces. ¿A qué hora te viene bien para merendar?

 

—Ahora, a la salida, ¿te parece? Tipo cinco y media. Tomamos unos mates, y los nenes juegan. Te mando mi dirección por mensaje al celular, apenas salga.

 

—Perfecto, Romi. Sos mi salvación. A las cinco y media estoy ahí.

 

—De nada, Alejandro. Ahora andá a buscar a tu *bendi*, que ya terminó de dibujar. Nos vemos en un rato en mi casa.

 

Mientras me decía esto, su mirada bajó rápidamente, escaneando el pasillo y deteniéndose brevemente en el aula donde estaba Sophia. Luego, su vista se clavó en mi entrepierna, donde la excitación persistente por la mañana y la conversación con ella era evidente, y luego volvió a mi bolsillo, donde yo había guardado la bombacha de Sophia.

 

—Y por cierto, Alejandro… —dijo, bajando la voz hasta un susurro cargado de electricidad. Su mano, de forma casual, se apoyó un segundo en la curva de mi hombro, apretando ligeramente—. Te sugiero que seas muy, muy cuidadoso.

 

—¿Cuidadoso con qué, Romi? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

 

Ella sonrió con una tensión evidente. —Con los «códigos de amor» que manejan. Sobre todo, cuando la nena… está tan liviana de ropa. Es una niña, Alejandro. Su inocencia no se va a proteger sola. Y si vas a traerla a casa, asegurate de que tenga toda su ropita puesta. No queremos que los gemelos… o el mundo, noten algo que no deben. ¿Verdad? Viene sin bombachita, ¿no es así? Yo te cubro con las preguntas, pero tenés que ser más discreto.

 

Me quedé helado. Ella lo había notado. Había visto que Sophia no llevaba bombachita, o al menos lo había inferido por la forma en que se movía y mi nerviosismo. Mi perversión no tenía límites, pero ella lo había captado y usado como un dardo. Había una nueva capa de complicidad.

 

—Entendido, Romi —respondí, con la voz apenas un hilo, asintiendo para que supiera que el mensaje había sido recibido. Ella no solo era mi cómplice; era una potencial depredadora en el juego, y eso lo hacía infinitamente más excitante.

 

Me dirigí a la puerta de la sala de arte, pero no pude resistirme y me di vuelta, mirándola intensamente. La miré de arriba abajo, me detuve en su escote, y vi algo que me llamó la atención: un colgante de una mariposa, con colores rosas y violetas. Luego la miré, y me di cuenta de todo.

 

—Hasta esta tarde, Romi, llevo facturas.

 

Salí del aula y los niños salieron corriendo de la sala de arte. Sophia apareció de la nada y vio que estaba con la Seño Romi. Me miró extrañada:

 

—Papito, ¿todo bien? ¿Estabas con la seño?

—Sí, mi amor. Estaba hablando con la Seño Romi. Nos invitó a merendar a su casa, así podés ir a jugar con sus gemelos, Bauti y Benja —dije, arrodillándome y alzándola en brazos, besándole la frente.

 

—¿En serio, Papi? ¡Sí, me encanta jugar con Bauti y Benja! ¡Son re divertidos! —respondió mi bendi, abrazándome fuerte por el cuello.

 

La Seño Romi salió un momento del aula, asegurándose de que la escuchara. —A las cinco y media los espero, Alejandro. Te mando la dirección. ¡Chau, Sophia! Portate bien.

 

—¡Chau, Seño Romi! —gritó mi princesita, moviendo la mano.

 

Caminamos hacia el auto. Apenas entramos, cerré la puerta y me subí al asiento del conductor.

 

—Contame, mi amor. ¿Qué pasó hoy con la Seño Romi? La vi que te preguntó algo del «perfume» y la «pomadita» —dije, encendiendo el motor.

 

Sophia se acomodó en el asiento de atrás. —Ay, Papi, ¡la Seño Romi es re chismosa! Me preguntó qué olor rico traía. Y yo le dije que era la pomadita de novios para que mi cola-cola esté fuerte, como vos me dijiste. Y le dije que sabía a palito de queso… ¿Hice bien, Papi?

 

Me reí, sintiendo el calor de la excitación. Mi bendi no tenía filtro, ¡era perfecta!

 

—Hiciste re bien, mi mamona. Pero mirá, la Seño Romi no tiene que saber todos nuestros secretos, ¿dale? La pomadita es nuestro juego de espías, solo para vos y para Papi. ¿Te acordás que la Seño Romi te dijo que no tenías la bombachita puesta? —le pregunté, mirándola por el espejo retrovisor.

 

Ella se puso seria. —Sí, Papi. Me dijo que tenía que ponerme toda la ropita, que sino me iba a resfriar. ¿Pero vos dijiste que no pasaba nada?

 

—No pasa nada, mi amor. Pero es para que la gente no se meta en nuestro juego. Escuchame bien: nos invitó a merendar para que vos juegues con sus gemelos, pero este es otro secreto.

 

—Genial. Y mirá qué sorpresa te tengo: te anoté en la escuela de baile, mi amor. Donde va Juanse. ¡Vas a ser la reina del perreo!

 

—¡¿En serio, Papi?! ¡Ay, te amo, te amo! ¡Quiero ir ya!

 

—Vas a ir, mi vida. Y te voy a llevar yo para ver cómo movés esa colita preciosa. Además, te cuento que la vecina, Luisa, va a ser tu niñera. Así, cuando Papi esté laburando, podés ir a jugar con Juanse a la casa de al lado, o ellos vienen a la nuestra.

 

—¡Qué bueno! Juanse me enseña a bailar como perrito… —dijo, riendo.

 

—Como perreo, mi amor. Y si te portás bien, le decimos a Luisa que te deje con Juanse para que practiquen mucho.

 

Llegamos a casa. Apenas abrí la puerta, Sophia corrió al living, tirando su mochila al sillón.

 

—¡Dale, Papi! ¿Me podés dar pomadita?

 

Me reí, sabiendo que la excitación de la mañana y la conversación con la maestra la habían puesto más caliente que nunca.

 

—Claro que sí, mi chanchita caliente. Pero hoy el premio va a ser especial. Papi tiene la pomadita de novios, pero antes, Papi te va a dar tambien  un baño con su otro juguito de la chota, para que vayas con un olor único a lo de la Seño Romi.

a—¡Dale, Papi! ¿Me podés dar pomadita?

 

Me reí, sabiendo que la excitación de la mañana y la conversación con la maestra la habían puesto más caliente que nunca.

 

—Claro que sí, mi chanchita caliente. Pero hoy el premio va a ser especial. Papi tiene la pomadita de novios, pero antes, Papi te va a dar también un baño con su jugo amarillo de la chota, para que vayas con un olor único a lo de la Seño Romi.

 

—¡Ay, sí, Papi! ¿El jugito amarillo que me diste el viernes en la cama? ¡Ese me encantó! Era re calentito y me dejó mi cola-cola súper mojada. ¿Me das mucho juguito amarillo hoy? —preguntó, con los ojos brillando de la anticipación.

 

—Te voy a dar todo el que quieras, mi amor. Hoy vamos a hacer un bañito mágico para que te sientas la princesa más caliente de todas.

 

La llevé al baño. Cerré la puerta con llave.

 

—Dale, mi amor, sacate el pintorcito y el resto de la ropa. Papi te va a preparar tu bañito mágico.

 

Ella se desnudó sin pudor, quedando completamente en cueros. Su duraznito se veía más húmedo que de costumbre. Me bajé el pantalón, sacando mi Chota que ya estaba dura.

 

—Mirá, mi vida. Papi te va a dar el jugo amarillo de su Chota para que la Seño Romi se dé cuenta que sos la bendi más mimada y más caliente de todo el jardín.

 

Me senté en el inodoro, y le pedí a Sophia que se pusiera de rodillas frente a mí. Ella se inclinó, su sapito precioso a la altura de mi cara.

 

—Acercame ese duraznito hermoso, mi vida. Papi tiene que probar si todavía tenés el sabor de la mañana.

 

Ella se dejó tocar y oler. Acerqué mi nariz y olí. El aroma era una mezcla de semen seco, orina y su dulzura natural, con un toque salobre y dulce a la vez. El olor a humedad infantil me embriagó.

 

—¡Mmm, qué rico huele esta cola-cola! ¡Sos una mamona! —dije, sintiendo cómo el olor de su humedad me subía a la cabeza. Sin más, me incliné y le di un lametón largo y húmedo en el clítoris, saboreando el dulce sabor de su excitada inocencia. La piel era suave, el sabor ligeramente ácido y profundamente dulce.

 

Ella gritó, con la voz aguda de placer. —¡Ay, Papi, qué rico! ¡Sigue saliendo pomadita! ¡Me gusta mucho cuando me das besitos en el sapito y en el duraznito! —dijo, empujando su cadera hacia mi boca con una necesidad desesperada.

 

Introduje mi lengua, masajeando su duraznito. El tejido era delicado y sensible. Sentí el pulso de su pequeña excitación contra mi lengua. El sabor se hizo más intenso a medida que ella se mojaba más, una mezcla embriagadora de niña y mujer.

 

—¿Sí, mi amor? ¿Te gusta que Papi te dé besitos? Papi ama el olor de tu sapito, es el mejor perfume de todos. Voy a hacer que tu sapito explote de amor, mi vida.

 

Aumenté la velocidad. Mi lengua se concentró en el pequeño botón de su clítoris, alternando lametones lentos con rápidos golpecitos. Ella empezó a jadear, sus gemidos volviéndose más rápidos y urgentes.

 

—¡Más, Papi! ¡Más! ¡Se siente re lindo! —suplicaba, temblando.

 

Introduje un dedo en su pequeña hendidura, sintiendo el calor y la humedad pegajosa que ya chorreaba. El contraste entre la aspereza de mi barba y la suavidad de su duraznito la hacía retorcerse.

 

—Así, mi princesa. Sentí cómo tu sapito se pone más y más caliente. Mirá cómo Papi te mima —le susurraba entre jadeos, notando cómo su duraznito se hinchaba y se oscurecía ligeramente. El olor a su excitación era abrumador, dulce y almizclado, el sabor más adictivo del mundo.

 

Intensifiqué el ritmo de mi lengua. Ella comenzó a temblar visiblemente, aferrándose a mis hombros con una fuerza sorprendente. Su respiración se detuvo por un segundo, y luego soltó un grito que se ahogó en un jadeo. Su cuerpo se arqueó violentamente, los músculos de sus muslitos se tensaron al máximo.

 

—¡Papi! ¡No puedo! —gritó, su voz aguda y rota.

 

En el pico de su orgasmo, su esfínter se liberó. El pequeño chorro de su propia orina, caliente y salobre, se disparó incontrolablemente sobre mi cara y cuello, coincidiendo con el temblor final y la liberación de su placer.

 

—¡Papi! ¡Se me salió la pipí! —gritó, con la voz entrecortada por el placer y la sorpresa.

 

Me levanté, sintiendo el calor del jugo amarillo de mi bendi en mi cara, mezclado con su humedad. El olor se hizo más fuerte, pero no me importó.

 

—¡Sí, mi vida! ¡Así, mi mamona caliente! ¡Tu sapito te hizo pipí de lo mucho que quiere pomadita de Papi!

 

Me limpié el rostro con el dorso de la mano. Me puse detrás de ella, arrodillado.

 

—Y ahora Papi te va a dar el jugo amarillo más grande para tu bañito.

 

Acomodé mi Chota entre sus nalguitas, sin penetrar, solo frotando el glande contra su duraznito húmedo por el pipí.

 

—Movete un poco, mi amor. Hacé un poquito de cola-cola para que el jugo amarillo salga con fuerza.

 

Sophia obedeció, todavía temblando por el orgasmo y el pequeño escape de orina.

 

—¡Ahora, mi vida! ¡El baño de jugo amarillo! —grité, concentrándome.

 

Empujé y el chorro caliente de mi orina salió con fuerza, golpeando su culito. El jugo amarillo, denso y tibio, se esparció por sus nalgas y muslos, cubriéndola con una capa brillante que se mezcló con su propia orina.

 

Sophia gritó de placer. —¡Ay, Papi! ¡Qué calentito! ¡Mucha jugo amarillo! ¡Me está mojando toda!

 

—Toda para mi chanchita caliente, mi amor. Ahora, date vuelta. Papi te va a terminar de bañar con su jugo amarillo de amor.

 

La giré y la senté en el fondo de la bañera. Levanté mi Chota y apunté a su cabecita.

 

—Mirá cómo Papi te baña la carita, mi vida. Para que la Seño Romi vea el brillo.

 

Lancé un chorro más corto sobre su pelo y su carita. Ella se rió, su carita goteando orina tibia.

 

—¡Me pica la nariz, Papi! ¡Pero huele rico!

 

—Así, mi vida. Ahora sí estás lista. Con este baño mágico de jugo amarillo, vas a ser la más caliente y la más discreta en la casa de la Seño Romi. Sos la princesa de Papi.

 

Me limpié y la ayudé a secarse el exceso de jugo amarillo y su orina..

Le sequé su duraznito y su sapito con la toalla. Su piel olía a la mezcla inconfundible de orina infantil y la humedad de mi cuerpo. La vestí con ropa limpia, pero sin ropa interior, siguiendo el juego secreto de la mañana.

 

—Ahora, mi amor, ponete el vestidito más lindo. Vamos a ir a la casa de la Seño Romi a merendar.

 

—¡Sí, Papi! ¡Quiero ir ya!

 

La llevé a la cocina y le di un vaso de jugo de naranja. Mientras ella bebía, la cargué y la senté en mi regazo.

 

—Escuchame bien, mi vida. El jugo amarillo ya hizo su magia y te dejó con un olor re rico. Ahora, la pomadita de novios la vamos a guardar para cuando volvamos, ¿dale?

 

—¿Por qué, Papi? Yo quiero ahora —dijo, haciendo un puchero.

 

—Porque la Seño Romi es muy amiga de Papi, y como vio que sos la chanchita más caliente y la más mamona, seguro que nos va a pedir que le mostremos el juego de la pomadita secreta.

 

—¡¿En serio, Papi?! ¡Qué divertido! ¿La Seño Romi nos va a mirar?

 

—Seguramente, mi vida. Y para que te dé mucha vergüenza y seas más caliente, Papi te va a guardar la pomadita de novios. Cuando volvamos, te doy toda la pomadita que quieras. ¿Dale?

 

—Dale, Papi. ¡Quiero que la Seño Romi vea cómo me das besitos en el sapito!

 

—Vamos a ver, mi amor. Ahora apurate que tenemos que cambiarnos bien. Sos la princesa más valiente y caliente de todas. Y la Seño Romi lo va a notar por el olorcito a jugo amarillo que tenés.

 

—¡Sí, Papi! Vamos a cambiarnos y a la casa de la Seño Romi.

 

—Así me gusta. Y acordate, mi amor, el juego de la pomadita es nuestro secreto más grande. La Seño Romi solo puede verlo, ¿entendés? Es un secreto de espías para que nadie se meta.

 

—¡Entendido, Papi! ¡Juego de espías!

 

Mientras me alistaba, busqué la imagen de la mariposa que Romina llevaba en su colgante. La reconocí de inmediato. Ese símbolo identificaba a Romina como alguien con preferencias hacia niños y niñas. La maestra de mi hija era una pedófila, y acababa de descubrirlo. Era evidente que algo drástico iba a suceder.

 

Me encantaría conocer sus opiniones y experiencias. Les dejo mi correo para ello, y por supuesto, ¡si les interesa escribir algo juntos!  [email protected]

 

En breve voy a abrir mi Blog para relatos, donde voy a publicar todo lo que vaya escribiendo y otras historias. Saludos!!!

 

1298 Lecturas/6 enero, 2026/1 Comentario/por arcangel_perverso
Etiquetas: anal, colegio, gays, madre, mama, mayor, papa, sexo
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1 comentario
  1. Alejandra699 Dice:
    6 enero, 2026 en 3:24 pm

    Por favor siguiente parte espectacular

    Accede para responder

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