La Deuda más Hermosa que Existe
Ella 6 años. Él 48. La edad no importa cuando el amor es real..
La tarde caía sobre la casa de los Flores. Miguel llegó cansado después de haber estado horas recorriendo comercios y comprando cosas. Dejó las llaves en la entrada y se desnudó allí mismo. La ropa quedó en el suelo. Fue al salón y se dejó caer en el sillón sin saludar, sin mirar, sin ganas de nada.
Lara lo observaba desde el suelo, donde dibujaba. Había algo en su padre que le llamaba la atención. Una tristeza, un peso. Pero también había otra cosa: su cuerpo desnudo, su pene flácido descansando sobre un muslo.
—Papá —dijo, levantándose—. ¿Estás triste?
Miguel levantó la vista. Su hija, desnuda, con un crayón amarillo en la mano, lo miraba.
—Cansado nomás, princesa.
Lara asintió. Se trepó a su regazo.
—Yo te curo —dijo.
Miguel sonrió. La abrazó. Sintió su peso, su calor. Y entonces sintió también que el cuerpecito de Lara, sentada justo sobre su entrepierna, lo presionaba suave contra su pija porque no había ropa de por medio.
Su cuerpo respondió. El pene empezó a crecer. En segundos estaba firme, erecto.
Lara lo sintió. Esa dureza contra su culito.
—Papá —dijo—. Tu oruga se despertó.
Miguel quiso levantarla, disculparse, huir. Pero no pudo. En ese momento, desde la cocina, apareció Elena.
Vio la escena: su hija en el regazo de Miguel, la erección presionando contra el culito de Lara, la mano de la niña que empezaba a toquetear el pene.
Sonrió.
—Qué lindo —dijo, acercándose—. Papá necesitaba mimos, ¿no?
Lara asintió.
—Tiene la oruga bien grande —dijo—. ¿Viste, mami?
—Sí, mi amor —Elena se sentó en el brazo del sillón—.
Miguel la miró con ojos de súplica. Elena no los vio.
—¿Querés ayudar a papá a sentirse mejor? —preguntó a Lara.
—Sí —dijo Lara.
—Entonces dale. Vos sabés cómo.
Lara se incorporó sobre las piernas de Miguel, se acomodó y volvió a sentarse. Buscó el punto exacto donde su culito encontraba la punta.
—Ay —dijo—. Qué rico.
Miguel contuvo el aire. La piel de su hija rozándole el glande. El movimiento de ella, que empezó a balancearse.
—Así, mi amor —dijo Elena—. Movete como más te guste.
Lara se movió. Vaivenes cortos de su cadera sobre la verga de su padre. El glande de Miguel deslizándose por la hendidura, presionando donde a ella le gustaba.
—¿Te gusta, papá? —preguntó Lara.
Miguel tragó saliva.
—Sí.
—¿Ya no estás triste?
—No.
Lara siguió moviéndose.
Elena observaba. Su mano bajó a su propia entrepierna. Ver a su hija montada sobre su padre, ver cómo la niña buscaba su placer mientras consolaba a Miguel, era una de las imágenes que más le gustaban.
Lara disfrutaba. Le encantaban estos momentos. La presión, el roce, las cosquillas profundas.
—Más duro —pidió—. Pone la oruga más dura.
Miguel apretó los músculos. Su pene se puso más firme. Lara lo sintió.
—Así —dijo—. Así me gusta.
En el piso de arriba, Leo escuchaba. La puerta de su habitación estaba abierta. Las voces, los movimientos, los gemidos de Lara subían claros.
Sabía lo que estaba pasando. Lo sabía porque había pasado con él. Su pene estaba firme otra vez.
Escuchó pasos en la escalera.
Elena apareció en la puerta. Lo miró, sonriente.
—¿Escuchaste? —preguntó.
Leo asintió.
—Lara está abajo con tu papá. Los dos muy contentos.
—Sí.
—Pero acá arriba hay otro que necesita cariño, ¿no?
Se acercó a la cama. Se sentó a su lado. Su mano encontró el pene, lo envolvió, lo apretó.
—¿Escuchaste cómo gemía tu hermana? —susurró—. Estaba tan contenta con su papá… igualmente, estoy segura que exagera.
Leo miraba el techo. Su cuerpo respondía.
—Pero vos también necesitás —continuó Elena—. Por eso estoy yo.
Apretó más. El ritmo cambió.
—Pensá que cogemos —dijo—. Pensá en cómo me movería sobre esta pija. En cómo rebotarían mis tetas con cada machetazo de esta verga.
Leo cerró los ojos. La imagen apareció sola.
—Ya sé que te gusta pensar en eso —dijo Elena—. No tengas vergüenza.
Su mano se movía firme.
—Decime cuándo.
Leo apretó los puños.
—Ya —dijo.
Elena apretó, aceleró. El semen salió en chorros. Mientras él temblaba, ella se inclinó y le susurró:
—Te adoro, hijo.
Abajo, en el salón, Lara sintió el momento. La verga de su padre empezó a palpitar. Entonces el chorro salió copioso como ella lo esperaba. Miguel apretó los dientes, cerró los ojos y largó todo sobre su panza, sobre su mano, sobre el sillón.
Fue por los pasos. Los pasos de Elena bajando las escaleras.
Miguel había escuchado esos pasos y su cuerpo había reaccionado. No por el juego. Sino porque sabía que Elena venía, que iba a verlos.
—Papá —dijo Lara—. ¿Ya terminaste?
Miguel respiró hondo. Bajó la vista y vio a su hija, todavía montada sobre él, con su culito rozando un pene que empezaba a ablandarse.
—Sí, princesa.
—Pero yo… yo… —dijo Lara—. Yo quería seguir.
Miguel no supo qué decir.
—Perdón —dijo.
Lara se quedó quieta. Procesando. Su culito ya no sentía la presión. Solo el roce de una piel que se enfriaba.
Desde la escalera, la voz de Elena:
—¿Qué pasó acá?
Lara giró la cabeza. Su madre bajaba los últimos escalones, con una sonrisa. Detrás de ella, Leo apareció también, desnudo, su verga floja pero no dormida del todo.
—Papá terminó —dijo Lara—. Y yo quería seguir jugando.
Elena se acercó. Miró a Miguel en el sillón, con el pene flácido y la mano llena de semen. Miró a Lara, todavía montada.
—Ah —dijo—. Pasa a veces. Los papás se apuran. Se emocionan y terminan antes de que todos estemos listos.
Se agachó y pasó una mano por el pelo de Lara.
—Pero no importa. Porque después siempre hay más. ¿O no, Miguel?
Miguel asintió.
—Claro que hay más —dijo Elena—. Tu papá te debe una. Bien larga, para que vos también termines contenta.
Lara la miró.
—¿Me la debe?
—Te la debe —confirmó Elena—. Y las deudas se pagan siempre.
Lara sonrió. Se bajó del regazo de Miguel y fue hacia su madre, que la abrazó.
—Vení —dijo Elena—. Vamos a lavarte ese culito.
Subieron las escaleras.
Miguel se quedó solo en el sillón. Miró su mano llena de semen, su pene flácido.
Leo, desde la puerta, lo miró un segundo. Sus miradas se cruzaron. No dijeron nada.
Arriba, el agua empezó a correr. Y las risas de Lara y Elena bajaron por la escalera.
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Entrada del blog: «Créditos y Deudas: Cuando el amor se equilibra»
Publicado el 24 de febrero, 23:47
Por Elena 🌿
Queridos cómplices de esta hermosa aventura:
Hoy quiero contarles una historia que me tiene el corazón llenito. Una de esas tardes en que la vida familiar se despliega en toda su complejidad y belleza, y una madre (esta madre) puede sentarse a observar y pensar: «Esto es lo que siempre soñé».
Todo empezó con Miguel llegando a casa después de un día agotador. Mi hombre, mi compañero de ruta, venía con esa pesadez en los hombros que da el mundo de afuera. Se desnudó en la entrada (como hacemos siempre, como debe ser) y se dejó caer en el sillón sin fuerzas.
Y entonces pasó lo más hermoso.
Lara, mi pequeña de seis años, lo vio. Vio a su papá cansado, triste, y con esa intuición que solo los niños tienen, se levantó y fue hacia él. «Papá, ¿estás triste?», preguntó. Y sin esperar respuesta, se trepó a su regazo y dijo: «Yo te curo».
¿Pueden creerlo? Una niña de seis años, con esa sabiduría del cuerpo que hemos cultivado en casa, sabía exactamente qué necesitaba su papá. No con palabras complicadas, no con discursos. Con presencia. Con calor. Con ese instinto que les decimos que no se pierde cuando criamos en libertad.
Lo que pasó después fue una danza hermosa entre padre e hija. Lara, sentada sobre él, empezó a moverse. Buscaba, exploraba, encontraba. Y Miguel, que estaba rendido, se dejaba llevar. Esa conexión piel con piel, esa forma que tienen los niños de recordarnos que el contacto cura, que el roce es medicina, que el amor se expresa mejor con el cuerpo que con mil palabras.
Yo los observaba desde la puerta. Vi cómo Lara encontraba el punto justo, cómo ajustaba sus caderitas para que el roce fuera perfecto. Vi cómo Miguel, poco a poco, iba soltando la tensión del día. Cómo sus ojos se cerraban, cómo su respiración se hacía más honda.
Y vi también, cuando todo terminó, la carita de Lara. No estaba del todo satisfecha. Había dado, había curado a su papá, pero su propio cuerpo había quedado con una energía que no terminaba de cerrarse. Eso, mis amores, es algo que en el Edén entendemos muy bien: a veces el que da también necesita recibir. A veces las cuentas del amor quedan a medio pagar.
Porque mientras todo esto pasaba abajo, arriba estaba Leo. Mi chico grande, mi hombre de 19 años, escuchaba. Su cuerpo, que es pura vida, pura energía, pura potencia, también había despertado.
Subí a su habitación y lo encontré así: con ese mástil firme que tanto conocen, esperando. Y me senté a su lado. Porque una madre, queridas, está donde sus hijos la necesitan. Y Leo necesitaba que lo acompañara, que lo ayudara a cerrar su propio círculo.
Le hablé mientras lo tocaba. Le dije que pensara en lo que quisiera, que se dejara llevar. Y en sus ojos vi ese destello que me mata: la entrega, la confianza, el amor más puro. Cuando terminó, cuando su leche generosa empapó su vientre, le susurré lo de siempre: «Te adoro, hijo». Porque es verdad. Porque lo adoro.
Cuando bajé, me encontré con Lara un poco frustrada. Su papá había terminado, y ella quería seguir jugando. ¿Cuántas veces nos ha pasado, madres? Que los tiempos del amor no siempre coinciden.
Me acerqué, la abracé y le expliqué: «Pasa a veces. Los papás se apuran, se emocionan, y terminan antes de que todos estemos listos. Pero no importa. Porque después siempre hay más. Tu papá te debe una».
Y eso, mis amores, es una de las cosas más hermosas de la vida en familia: las deudas de amor existen. Y se pagan. Con paciencia, con presencia, con la certeza de que siempre hay una próxima vez para completar el círculo.
Lara entendió. Sonrió. Subimos a bañarnos, y entre risas y agua, me pidió que le contara cómo era cuando yo era chica. Y yo le conté que fui feliz a su edad pero no de la manera en la que ella lo es. Y ella me escuchó. Y el Edén, una vez más, siguió girando.
Hoy confirmé algo que ya sabía: el amor en libertad no es lineal. No siempre todos terminan contentos al mismo tiempo. Hay ritmos, hay energías, hay deudas que se acumulan y se pagan después. Y eso está bien. Eso es la vida real.
Lo importante es que nadie se queda sin su momento. Que todos saben que pueden pedir, que pueden esperar, que pueden confiar en que el amor del otro va a volver a encontrarlos.
Eso es el Edén. Eso es lo que construimos cada día.
Para mis comentaristas queridos
LunaLunar77, mi hermana del alma, gracias por estar siempre. Esta entrada va dedicada a vos, que entendés que el amor tiene muchas formas y todos los tiempos. 🌙
Veronicca, vos que siempre ves la poesía en lo cotidiano: hoy la protagonista fue Lara, con su intuición de curandera. ¿No es hermosa esa imagen de la niña que consuela al padre con su cuerpo? Beso grande. 💖
Marion Maxwell, lo de «dos llamas gemelas» que dijiste la vez pasada me quedó dando vueltas. Hoy vi eso mismo: Miguel y Lara, dos llamas que se encontraron en el sillón. Sublime. 🔥
Axayacatl, «profundo, delicado y delicioso» aplica perfecto a la escena de hoy. Gracias por ponerle palabras a lo que a veces no sé nombrar. 💫
Invisible, siempre atento a las edades: hoy Miguel (48), Lara (6), Leo (19) y yo (35) estuvimos todos en sincronía. El Edén funciona, mi querido observador. 🕵️♀️
Regueton, preguntabas por los momentos donde el deseo no se completa. Hoy Lara te habría entendido perfecto. A veces la mecha queda prendida. Pero eso también es parte. 🔥
JHB, vos que celebrás cada historia con tanto entusiasmo… hoy hubo tres descargas, todas con su propia música. Espero que la hayas disfrutado. 😉
Pitoinsaciable, fiel entre las fieles, siempre pidiendo más de Leo. Hoy te lo dedico especialmente. Ese momento arriba, con su mástil firme y mi mano… fue todo para él. Y para vos. 😘
Marito997 y Luis3, gracias por el apoyo incondicional. Siempre están. Siempre los leo. 💪💖
Xhicojoveen y RicardoTorres, mis jóvenes de 18. Hoy Lara les enseñó algo: el consuelo puede venir de los lugares más inesperados. Ustedes también pueden ser ese consuelo para alguien. Con respeto, con presencia, con amor. Un abrazo fuerte. 🌟🚛
worth.dp666, preguntabas la vez pasada si me mojo cuando escribo. Hoy, mientras escribo esto, te digo que sí. El cuerpo siempre responde a la verdad. 💦
jesusxpx, 5 estrellas para vos también. Tu apoyo es arte. 🌟
El profe de TS, espero y deseo que siempre sigas expresando tu buena onda en mi blog😘


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