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Heterosexual

La soledad tiene tu perfume

NOTA DEL AUTOR: ESTA ES UNA HISTORIA FICTICIA Y CUALQUIER PARECIDO A LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA. LO SIGUIENTE HA SIDO ESCRITO SIMPLEMENTE PARA ENTRETENER..

Ya hace un año que te fuiste, Mariana.

A la fecha que escribo esto, aún te extraño y sigo teniendo mis sentimientos por ti. Te siento, te huelo, te vivo, te recreo.

No puedo olvidar cómo nos conocimos aquella noche en el billar y que hicimos “click” demasiado rápido. Fue como si estuviésemos destinados a conocernos. Almas gemelas suspendidas en el tiempo al ver la mirada por primera vez. Fue como si pudiera ver el universo a través de tus ojos, mientras que tú descubrías los secretos del universo a través de los míos.

Tú tenías 15 y yo 19 y sin importarnos la edad, decidimos escribir nuestra historia de amor.

Escucho canciones y todas me suenan a ti, me da miedo caminar por la plaza porqué tu recuerdo me asalta inmediatamente. Tal vez por eso es que ya no salgo de casa y entonces te recuerdo y al hacerlo me duele en lo más profundo de mi ser.

Recuerdo nuestra primer cita, nuestro primer helado, nuestro primer beso… y por supuesto, el primer polvo.

Me recuesto y entonces lo recuerdo todo y lo recreo en mi mente: Aquella tarde en tu casa. Una tarde de Enero, hacía demasiado calor y tus padres preparaban el asado. Recuerdo bien haber estado ayudando a preparar las cosas mientras te besaba de manera juguetona y sonreirás (en ese entonces), por mí.

Jugábamos a la casita en tu cocina, tu padre fuera (en el jardín) solo se reía por cómo parecíamos (dos locos enamorados, nos llamaba), aquel momento en el cual quise quedarme toda la eternidad y entonces cuando te miré a los ojos, esos ojos cafés, grandes como la vía láctea, supe entonces que no podría vivir sin ellos.

Observe tu nariz aguileña y tus labios, delgados y escondidos, tu lunar (cerquita de tu boca) que besaba cada cuanto podía.

Aquel pelo ondulado color café que poseías y entonces supe lo afortunado que yo era al tener un ser tan bello como un ángel.

Comimos y reímos, jugábamos y nos divertíamos, era tan perfecto ese momento que me hubiera encantado quedarme por siempre ahí.  Luego tus padres salieron un rato y nos dejaron solos.

Recuerdo que estuvimos un rato hablando de fútbol y tu escuela, entonces me dijiste: “ven bebé, acompáñame arriba”, dándome la mano y jalándome hacia ti.

Subimos a tu recámara y recuerdo bien ese momento. El momento dónde te late el corazón a mil por hora, el momento donde sabes que puedes salir siendo hombre y entregarte a la mujer que más amas pero también el morbo de no ser correcto (por diferencia de edad, sus padres confían en mí, etc).

Entramos y observé entonces tu habitación por primera vez. Era pequeña y tenías demasiados libros en tus estantes, tu suelo de madera y tu espejo, tu cama matrimonial y entonces me dijiste: “Ven amor, recuéstate un rato conmigo”, estirándome tu mano. La sujeté y entonces me jalaste y comenzaste a darme besos. Besos tiernos, inocentes y llenos de pasión.

Nos suspendimos en el tiempo y el lugar. Nos perdimos en el tiempo.

Los besos subieron de intensidad y entonces comencé a besar tu cuello, tus lunares en el mismo. Gemías en voz baja y acariciabas mi cabello.

Entonces me levanté y dije: “ya regreso, amor. Necesito refrescarme” y salí de tu habitación.

Dentro del baño, me miré al espejo y me dije: “debes contenerte, Emilio”, sus padres confían en ti y seguro es una prueba.

Me lavé la cara y me peiné y regresé contigo y fue entonces mi sorpresa.

“¿Todo bien amor?”, dijiste con voz tierna, “¿te refrescaste bien?”. Yo únicamente me quedé mirándote, veía tu cuerpo desnudo. Tú estabas recostada y abriste tus piernas para yo poder contemplarte.

En ese momento me hundí en ti y comencé a besarte. Sentía calor, deseo, pasión, amor. Contigo lo sentía todo.

Te besaba y tocaba tu vagina y tu gemías y me besabas el cuello. Yo introducía mis dedos en ti y jugaba con tu útero y tú solo me abrazabas y gemías más duro. “Sigue papito, no pares”, comentabas.

Después de eso me desnudé y entonces chupé tu vagina. Me acerqué y contemplé y entonces devoré como si fuese mi último alimento. Jugaba con aquellos labios y aquel clítoris tan precioso que era de la mujer que amaba.

Estuve pegado 5 minutos y me retiré, me subí en ti y te penetré.

Te abracé y besé, tocaba tu cabello, tu piel blanca, te contemplaba. Eras mi mujer.

Las embestidas eran suaves y el amor inmenso, “soy toda tuya”, me susurraste al oído.

Cambiamos de posición y te coloqué arriba mío. El sol se reflejaba en ti de una maceta tan espectacular que veía tu cabello brillar y tus ojos entre el resaltar.

Tomaste mis manos y las colocaste sobre tus pechos y comenzaste a dar brincos. Me levantaba para besarte y besar, succionar y jugar con tus pechos, así seguimos durante 5 minutos cuando comencé a eyacular dentro tuyo.

Gemí como un león y tú me besabas la cabeza. Nuevamente quedamos suspendidos en el tiempo, espacio y materia. Únicamente existía nuestra energía fluyendo entre nosotros. Solo tú y yo. Abrazados sentados, fusionados.

  • Te amo – me dijiste al oído
  • Eres mi niña preciosa. Yo te amo más – te respondí con ternura
  • No quiero que te vayas nunca – seguiste diciendo
  • Nunca me iré de tu vida. Hasta que la muerte nos separe – te respondí besando tu frente

Como olvidarte, Mariana. Tatuaste mi mente y mi persona. Llegaste para quedarte y no entiendo cómo superarte si prometimos una vida.

Olvidarte es olvidar tus sueños, es olvidar nuestros planes, nuestros hijos, nuestras metas. Es olvidar todo y aún no estoy dispuesto a hacerlo.

No recuerdo cuántos cigarros llevan tu nombre, tu recuerdo, tus risas pero sí sé que cada cigarro lleva dolor puro de mí.

Me ha dolido demasiado verte con otro cuando yo intenté recuperarte. Tal vez no sea hoy, ni mañana… Solo espero que algún día me recuerdes y digas: “ese loco me entendía, hizo todo por verme feliz, lucho por nuestro futuro juntos e incluso hizo lo imposible por verme siempre y darme todo sin pedir nada a cambio. Me entendía y me escogía incluso en mis peores días. En definitiva, hizo de todo por mí… Y lo dejé ir”.

Fin.

42 Lecturas/23 marzo, 2026/0 Comentarios/por Hartmann
Etiquetas: amo, baño, escuela, hijos, mujer, padre, papito, vagina
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