La Sombra del Pasado
Desde que tengo memoria, el sexo ha sido más que un simple juego en mi familia. A los cinco años, mis tíos fanáticos me sentaron frente al televisor, me quitaron mi ropa y me explicaron, con la emoción desbordada, que aquello era la manera correcta en la que debíamos expresarnos, era una pasión here.
Desde que tengo memoria, el sexo ha sido más que un simple juego en mi familia. A los cinco años, mis tíos fanáticos me sentaron frente al televisor, me quitaron mi ropa y me explicaron, con la emoción desbordada, que aquello era la manera correcta en la que debíamos expresarnos, era una pasión heredada. Desde entonces, la sombra de aquel primer día nunca me ha abandonado. A lo largo de los años, el sexo fue mi refugio y mi conexión con el mundo. En la escuela, en el barrio, incluso en las reuniones familiares, siempre encontraba alguien con quien compartir esa afición. Fue así como conocí a Alejandro. Él no era el típico niño alto y atlético que todos admiraban en el colegio, sino más bien bajo de estatura, pero con un cuerpo bien trabajado por el ejercicio constante. Desde pequeños, compartimos muchas cosas, pero la más esencial fue el sexo, el experimentó sus primeras veces conmigo y yo fui su maestra en todo lo que me gustaba que me hicieran. Con el tiempo, nuestra amistad se volvió más fuerte, hasta que un día, sin darnos cuenta, cruzamos esa línea invisible que separa el cariño fraternal del amor.
Ahora, con 18 años, creí que había encontrado en él la misma pasión que me movía en la infancia, pero en una forma diferente. Hace apenas una semana nos casamos. La ceremonia fue hermosa, casi de ensueño. Recuerdo cada detalle: los pétalos de rosas blancas esparcidos por el pasillo, las luces tenues que iluminaban el salón con un brillo dorado y las risas de nuestros familiares mientras brindaban por nosotros. La recepción fue todo lo que imaginé, un momento de alegría pura, una celebración de nuestro amor.
Sin embargo, la luna de miel tomó un giro inesperado.
Decidimos ir a un lugar de descanso alejado del bullicio de la ciudad. No era el típico destino romántico que las parejas eligen para su viaje de bodas; de hecho, probablemente éramos de los pocos que lo escogían con ese propósito. Pero para nosotros tenía sentido. Buscábamos tranquilidad, naturaleza y un tiempo a solas, sin distracciones. La primera noche fue como lo habíamos soñado: nos dejamos llevar por la pasión, por el deseo acumulado en los meses de preparación para la boda, por la emoción de comenzar una vida juntos. El sexo no fue diferente, nosotros ya nos entendíamos a la perfección y disfrutábamos de cada centímetro de piel del otro. Nos dormimos abrazados, con el sonido del viento meciendo las hojas de los árboles y el susurro lejano del río acompañándonos en la oscuridad.
A la mañana siguiente, decidimos hacer algo diferente: Alquilamos un pequeño bote y fuimos a navegar. No éramos expertos, pero nos pareció una idea divertida. El sol brillaba alto en el cielo cuando preparamos nuestras cosas y nos dirigimos al pequeño muelle que habíamos visto el día anterior. El aire era fresco, con un leve aroma a madera húmeda y tierra mojada. Alejandro, con esa energía inagotable que siempre tuvo, insistió en hacer alguna travesura en el bote, convencido de que eso traería un ápice de locura a nuestra luna de miel.
Yo reí, disfrutando de su entusiasmo. El calor era intenso, sofocante, de esos que se pegan a la piel y te hacen sentir atrapado en tu propia ropa. Apenas habíamos avanzado unos metros en el bote y ya podía sentir cómo las gotas de sudor resbalaban por mi espalda, pegando mi blusa a la piel. Alejandro, en cambio, parecía disfrutarlo. Estaba sentado al otro extremo de la embarcación, con los brazos apoyados en los bordes de madera, dejando que el sol dorara su piel.
El río era ancho y de un azul profundo, con apenas un par de ondulaciones provocadas por la brisa ocasional. A los lados, la vegetación se alzaba espesa y verde, como si nos estuviera observando desde la sombra. Solo se oía el chapoteo del agua contra el bote y el sonido lejano de algunos pájaros ocultos entre los árboles.
—Te estás derritiendo —comentó Alejandro con una sonrisa burlona.
Me reí, pero era cierto. El sol no tenía piedad y la humedad lo hacía todo peor. Me recogí el cabello en un moño improvisado y me desnudé por completo.
—No pensé que haría tanto calor —dije, estirando las piernas para apoyarlas en el borde del bote—. Si seguimos así, creo que me voy a tirar al agua.
Alejandro arqueó una ceja, desafiándome.
—No te atreverías.
—¿Ah, no?
Sin pensarlo demasiado, me levanté con cuidado, tambaleándome un poco por el movimiento del bote, y me incliné sobre el agua. Se veía tentadora, fresca, como un escape perfecto del calor abrasador. Pero justo cuando iba a lanzarme, Alejandro se apresuró a sujetarme de la muñeca.
—Espera, loca —dijo entre risas—. Si te lanzas, nos vamos a quedar sin alguien que reme de vuelta. Mejor chúpame un rato.
Bajé la pantaloneta que traía y el terminó de liberarla por sus pies. Tomé la verga con muchas ganas y la metí a mi boca, observando cómo se hundía poco a poco. Lo metía profundamente, me resultaba muy fácil hacerlo y placentero, llevaba muchos años de práctica y muchos penes también. Además, su verga era totalmente conocida por mí.
Alejandro se inclinó hacia mí y, con una sonrisa juguetona, susurró:
—Espero que lo único que te tragues todo.
El rugido de un motor rompió la quietud del río como un trueno en un cielo despejado. Hasta ese momento, el único sonido había sido el leve chapoteo de mi saliva sobre el pene de Alejandro y el ocasional canto de un pájaro oculto en la espesura de la selva que nos rodeaba. Pero aquel estruendo no pertenecía a la naturaleza.
Me puse de pie de inmediato, sintiendo cómo el bote se balanceaba bajo mis pies. Alejandro volteó su mirada, entrecerrando los ojos por el reflejo del sol en el agua. A lo lejos, una lancha rápida se acercaba a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de espuma blanca.
—¿Quiénes son? —pregunté en un susurro, aunque mi voz apenas se oyó sobre el estruendo del motor.
Alejandro no respondió. Su expresión, antes relajada y juguetona, se había tensado. Su verga se había ablandado en un instante: estaba alerta, midiendo la situación, esperando el momento adecuado para reaccionar.
No tuvimos tiempo de mucho más.
La lancha chocó con nuestro bote con un impacto seco, haciendo que todo se sacudiera violentamente. Alejandro se tambaleó y casi cae al agua, pero logró sujetarse del borde. Yo me aferré a él, y al final ambos caímos en el piso al interior del bote.
Tres hombres saltaron a nuestro bote. Lo hicieron con la facilidad de quien ha hecho esto muchas veces antes, con movimientos rápidos, calculados. No parecían simples pescadores ni turistas perdidos. Llevaban ropas oscuras, gastadas por el sol y la humedad. Uno de ellos tenía una cicatriz profunda que le cruzaba la mejilla derecha; otro tenía el rostro cubierto con una pañoleta raída y unos ojos tan fríos como la corriente del río. El tercero, el más alto y fornido, se paró frente a Alejandro y le empujó el pecho con una mano gruesa y curtida.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo con voz ronca, como si hubiera pasado años fumando tabaco barato.
Mi corazón martillaba en mis oídos. Miré a Alejandro, esperando una respuesta, pero él solo apretó la mandíbula.
—No queremos problemas —dijo con calma, levantando las manos ligeramente.
—Eso dicen todos —respondió el hombre con una sonrisa torcida.
La lancha seguía flotando a nuestro lado, balanceándose levemente con la corriente. Pude ver que había alguien más en ella, una figura que no se movía, como si solo estuviera observando. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Uno de los hombres, el de la pañoleta, se inclinó sobre nuestras cosas. Revolvió la bolsa donde llevábamos algo de comida, sacó la botella de agua que habíamos traído y la abrió de un tirón para beber un largo trago. Luego la tiró al suelo del bote, como si no valiera nada.
—¿Qué hacen por aquí, tan solos? —preguntó el de la cicatriz, observándome con una mirada que me hizo estremecer. Ahí fue que reaccione ante mi desnudes e intente cubrirme estúpidamente mis pechos con mis manos.
Alejandro dio un paso adelante, poniéndose instintivamente entre él y yo.
—Solo estamos de luna de miel —respondió, su voz más firme esta vez—. No tenemos dinero, solo vinimos a pescar.
Los tres hombres se rieron. Una risa seca, sin alegría, la clase de risa que no augura nada bueno.
—Qué romántico —dijo el de la cicatriz, mirando a los otros dos con burla—. Una pareja de recién casados, solos en el río… Eso es un golpe de suerte, ¿no creen?
Mis manos temblaban. No sabía si por el miedo, el calor o la rabia de sentirnos atrapados. Miré alrededor, buscando alguna posible salida, pero la orilla estaba lejos. El agua oscura se extendía a nuestro alrededor como una trampa líquida.
El hombre más alto miró a Alejandro de arriba abajo y luego le hizo una señal con la cabeza.
—Quítate la camisa, lo justo es que estes tan desnudo como lo está tu esposa.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Para qué?
El hombre se movió tan rápido que apenas lo vi venir. Su puño se estrelló contra el estómago de Alejandro con tal fuerza que él se dobló hacia adelante, ahogando un gemido de dolor.
—No hagas preguntas. Solo haz lo que te digo.
Mi instinto fue correr hacia Alejandro, pero el hombre de la cicatriz me detuvo con una mano en el brazo. Su agarre era tan fuerte que sentí cómo mis huesos crujían.
—Tranquila, preciosa —susurró, inclinándose hacia mí—. Todavía no es tu turno.
El miedo que sentí en ese momento fue diferente a cualquier otro que hubiera experimentado antes. EL hombre alto parecía ser el líder, fue quien empezó a dar todas las indicaciones, se veía muy serio a diferencia de los otros dos, a quienes les señalaba que buscaran cosas de valor en cada rincón del bote, cosas que no iban a encontrar porque no habíamos llevado nada a nuestro pequeño paseo matutino.
Una vez terminada la inspección inicial, pude percibir que los otros se referían a aquel hombre alto como Alan, y le indicaban que no habían encontrado nada, creo que eso fue lo peor, si hubieran encontrado algo quizás nos habrían dejado en paz. Alan entonces nos miró, nos ordeno darnos la vuelta y acostarnos boca abajo. Obedecimos. Me sentí observada por esos hombres, sabía que estaban mirando mi trasero. Tengo un lindo trasero, redondo y grande, pero bien adaptado a mi figura.
Alan, chasqueó la lengua y giró la cabeza hacia el de la cicatriz, algún gestó le hizo y aquel hombre se abalanzó sobre mí.
—Toda tuya —le dijo con voz ronca, cargada de autoridad.
Sentí como me abría el trasero con sus manos y como su boca y lengua se apoderaban de mi vagina y mi ano, me lamía con desespero, quien sabe hace cuanto que no tenía a una mujer como yo a su alcance. Sentí un ardor cuando me metió sus dedos dentro de mi vagina con demasiada fuerza, pero no me moví. Para ser sincera entre el miedo a ser lastimados y asesinados a la sensación de que lo que iba a pasar era una simple violación había mucha diferencia y quizás después sí nos dejarían en paz, así que debía colaborar.
—Esta buenísima esta puta —respondió el de la cicatriz con un tono burlón—. Solo estoy divirtiéndome un poco, galán. No seas tan amargado. —Dijo dirigiéndose a Alejandro, que había volteado la mirada y miraba con atención la violación de su esposa.
Alejandro lo fulminó con la mirada, su mandíbula apretándose mientras exhalaba pesadamente.
—No lo hagas —gruñó e intento apresurarse sobre aquel hombre—. ¿Quieres que todo se vaya al carajo por tu maldita falta de control? —Alzó la voz Alan y Alejandro volvió a su posición, sabía que no teníamos escapatoria. Con mi mano derecha tome la mano de Alejandro y en mi rostro él pudo percibir la tranquilidad que me invadía y así se calmó.
El de la cicatriz sonrió y así lo escuché, pero percibí en esa risa un permiso de su jefe para hacerme lo que quisiera, y no supe como sentirme al respecto.
—Veamos qué tan valiente es la señorita. —Dijo con sus dedos profundamente en mi interior, debían ser al menos 4 de ellos
Sentía la mirada de los otros dos, expectantes.
—Eres un maldito perro callejero. —Le dije aparentando furia.
El hombre de la pañoleta, que hasta el momento había estado revisando nuestras cosas con aire distraído, dejó escapar una risita.
—¿Qué pasa, perro? ¿Te vas a dejar llamar así?
El hombre al que llamare perro de acá en adelante comenzó a follarme con su mano, me violaba con tal rudeza que mis gemidos no se hicieron esperar, bufaba con cada arremetida que me daba.
Alejandro, respiraba con dificultad, parecía muy molesto.
—Levántate y no hagas nada estúpido. Le dijo Alan
Alejandro, sujetándose el abdomen con una mano, se incorporó despacio. Su mirada se cruzó con la mía por un instante, y en ese breve segundo entendió que yo lo estaba disfrutando.
Alan volvió a dirigir su atención a su gente.
—Terminen y vámonos.
El de la cicatriz bufó, pero obedeció. El de la pañoleta simplemente se encogió de hombros y también se acercó.
—Ya está húmeda. —Dijo el Perro
Pude darme cuenta de que Alan y Alejandro hablaban detrás, no alcanzaba a entender lo que se decían el uno al otro, simplemente noté que estaban conversando. Luego Sentí cuando perro se acomodó sobre mí, escuché los sonidos propios de una cremallera abrirse, de un cinturón desabrocharse y me preparé. Lo siguiente fue sentir como una verga de buen tamaño me penetraba, gemí como siempre, como la puta que era.
Volteé mi rostro y vi que el hombre de la pañoleta se estaba desnudando, cuando dejo a mi vista su pene me pareció un pene muy lindo, era promedio, quizás mas pequeño que el que tenía en mi interior, pero era muy bonito a la vista de esos que te dan ganas de meterte a la boca de un bocado. Pero por la posición me resultaba imposible, además no quería mostrarme con ganas, debía seguir mi papel de abusada.
Perro me violaba sin piedad y sentía su barriga chocar con mi espalda, pero mis ojos no dejaban de ver la verga del otro, me tenía hipnotizada. Sentí como perro se salió de mí y tomándome del pelo me obligo a ponerme de pie. El hombre con la verga linda se acomodó en el borde del bote y caminé hacia él, el me rodeo con sus brazos y me montó sobre su verga, la sentí ingresar en mi interior con suavidad, lo abracé y me dejé llevar, yo era la que me movía de arriba abajo enterrándome esa verga con decisión.
Todo era sincronía hasta que siento nuevamente a perro detrás de mí, se aprovechó de mi posición y apunto su verga a mi ano, hizo presión. Soy una asidua recurrente del sexo anal y apenas mi agujero posterior hizo contacto con su verga se abrió ligeramente y eso excito a perro que de un solo movimiento me la dejo ir por lo menos hasta la mitad. Lancé un grito y abracé fuerte al hombre que tenía frente a mí. Juntos empezaron a moverse mientras uno entraba le otro salía, yo solo tenía apoyados en el piso del bote tres de los dedos de mi pie izquierdo, solo me mantenía de pie realmente por la fricción de ambos hombres.
El ano me estaba doliendo, lo que me hizo dar cuenta que la verga de Perro era más grande que la de Alejandro, a pesar de eso no me queje, yo solo gemía mientras estos dos hombres utilizaban mis agujeros al mismo tiempo. Era curioso sentir como en mi vagina la verga entraba y salía con serenidad, a buena velocidad pero con movimientos ordenados y firmes mientras que en mi ano, Perro me violaba sin piedad, me metía la totalidad de su verga en mi interior, sentía sus manos arañándome mis caderas mientras violentamente entraba y salía de mí.
Perro fue el primero em venirse, no lo note hasta que se salió y su semen comenzó a brotar de mi abierto ano, sentía como me caía por los muslos, luego sentí las manos del otro hombre en mi cola, me acarició y me acercó, pasaron unos pocos minutos hasta que el comenzó también a venirse en mi interior y en ese momento lo besé, nuestras lenguas se unieron en un baile frentico mientras sentía su semen invadirme por dentro.
—Espero haberte preñado preciosa. —Me dijo y luego se fue. Me di la vuelta y allí estaba Alejandro, completamente desnudo junto a Alan. Alejandro se acercó a mí, note su verga erecta, se acerco tanto que esta descansó sobre mi abdomen.
—Feliz aniversario mi amor. —¿Qué si fue una sorpresa?, si, lo fue, sin embargo mi reacción fue una sonrisa, Alejandro me conocía, me conocía a la perfección. Le plante un beso enorme y su verga se aplastó contra mí.
Pase una mano por mi vagina, el semen de aquel hombre descansaba en el exterior de mis labios. Me arrodillé y metí la verga de mi esposo en mi boca, chupé con ganas la verga del hombre que amaba con todo mi corazón.
—Acércate Alan —Escuche decir a Alejandro
—Tranquilo señor, ya cumplimos y creo que los dejaremos solos.
—Dale, si quieres puedes disfrutar también y el otro de tus hombres, el que está en la lancha
—¿Está seguro señor?
—Por supuesto, mi esposa necesita verga.
Vi como Perro se iba hacia la lancha de donde habían salido y se acercaba otro hombre, mucho más joven, quizás era hasta menor que yo, algo le dijo Alan a lo lejos y no alcance a escuchar, el jovencito me miraba mamando la verga de mi esposo.
Ambos se acercaron y en el camino liberaban sus penes.
No tuve que recibir más instrucciones. Chupe estas tres vergas con devoción.
—¿Quién quiere ir primero? —Dijo Alejandro
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