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Heterosexual, Infidelidad

Las cosas que dije y las que callé

Stella me invita a pasarla con ella en mi cama. Ya que estaba muy borracha y pasada con la mariguana, me hizo unas confesiones, como si yo fuese su exesposo Cornelio..
Un viernes en la tarde, recibí una llamada de Stella, la exesposa de mi amigo Cornelio para que pasáramos el sábado juntos, en mi casa. Obviamente yo acepté, pero de inmediato se corrigió con una pregunta “¿O puedes desde el viernes en la noche?”. “Sí, como quieras”. “Bien, El viernes, cuando venga Cornelio por los niños, le pediré que me deje en tu casa”. Supongo que la intención de ella era dejarle claro con quién iba a coger ese fin de semana.

Pero no era exactamente así, pues el sábado en la tarde, después que fuimos a comer, me pidió llevarla a su casa ya que había quedado de pasar la noche allí, y parte del domingo, con Carlos, su primer amante, quien se retiraría un poco antes de que regresara Cornelio a dejar a los críos. Obviamente, su exesposo sería recibido en la misma cama, húmeda y con los vellos desprendidos del fragor de su amorío reciente, para cubrirla después de limpiarle las verijas y tomar el atole preparado en esos dos días de lujuria.

Cuando llegó Stella la recibí con una copa de vino blanco frío y unos bocadillos de carnes frías. Ella colgó su bolso en el respaldo de la silla y se sentó a comer pues aún no cenaba. “Gracias, les di de merendar a los niños, pero yo no tomé nada”, me dijo. Al rato, ya satisfecha y entonada por la mitad de la botella de vino que se tomó, me pidió que le subiera la temperatura al calentador.

–Estos días ha hecho mucho frío y no me quiero enfermar al quitarme los trapos –dijo después que accedí a su petición.

–Ponte todo lo cómoda que quieras –le pedí, ayudándola a deshacerse del saco.

–Por ahora, así está bien –dijo después de haberse levantado un poco la falda para quitarse las medias.

–¡Qué pantaletas tan coquetas se ven!, aunque sea sólo un poco de la vista… –dije sonriendo al mirar un encaje en el triángulo.

–Al rato te las enseño bien y te las pondré en la nariz, y como gorro te colocaré mi brasier, deja que el ambiente se caldee más –prometió sonriente.

Efectivamente, así fue el preámbulo al desnudarnos. Ella siguió tomando y de su bolso sacó dos carrujos de mariguana, ofreciéndome uno, el cual no acepté. “Igual de maricón que Cornelio”, dijo ante mi negativa.

–Mejor para mí, sólo me quedaban estos dos, pero mañana en la tarde Carlos me llevará más –precisó al llevárselo a la boca y se lo encendí.

Se acostó en el sofá, subiendo sus pies sobre mi regazo, envolviendo mi pene entre sus plantas. Tomé uno de los pies para comenzárselos a besar y a lamerle los dedos, mirando la maraña de vellos de su panocha, donde sobresalía el clítoris entre los pelos.

–¡Qué rico me haces! Ahora en el otro –ordenó acomodándose mejor y, al abrir las piernas, vislumbré su raja arrebolada con los labios interiores morenos y serrados abiertos–. ¿De veras no quieres? Aunque sea dale las tres– exhortó ofreciéndome su bacha.

–Sólo una fumada… –le advertí llevándola a mis labios. Aspiré sin introducirme el humo, pero comencé a toser agitadamente y le regresé su canuto.

Por querer engañarla, tuve el ataque de tos y sí aspiré una pequeña bocanada. Ella reía de mí, tomo el porro y siguió fumando. Soltaba su rosario de risitas al voltear a verme. Por fin acabó de fumar y dejó consumirse la colilla que produjo más humo

–¡Me siento en las nubes! –dijo estirando los brazos hacia arriba, los bajó y los extendió hacia mí–. La mari me emborracha rico y me pone muy caliente… Ven…

–Es rico cogerlas así –dije cuando la penetré al extenderme sobre ella.

–Mámame las tetas… –pidió inclinando mi cabeza hacia su pezón.

Me moví lentamente y ella me jaló de las nalgas para que la penetrara al máximo. Cambié mi boca de pezón y aceleré el ritmo para hacerla venir. “¡Así, puto, asíii…!”, gritó al venir su primer orgasmo de una gran serie, donde me dejé llevar hasta que ya no pude contener mi eyaculación.

–¡Qué rica estás Stella! –grité al venirme.

–Tú también estás muy rico, calientas bien el interior de mi vagina con tu amor –señaló tropezando las palabras–. ¡Gracias por dejarme coger con otros, mi amor! ¿Te gusta tu esposa, Cornelio? –dijo y entendí que había caído en trance confundiéndome con su exesposo.

–Sí, me gusta que mi esposa sea muy puta y me enseñe el amor que aprende con otras vergas ¿Por qué tuviste que coger con otros? –le pregunté sin salirme de su cuerpo.

–Con Carlos me sentí mujer, pero con Guillermo aprendí a serlo completamente, en particular a mamarles la verga hasta sacarles el semen y poder hacer felices a todos los hombres que quise probar, y también regresé a hacer lo mismo a los machos que ya había probado… –reveló cínicamente.

–¿Por qué sigues cogiendo con otros, Nena? –pregunté como seguramente le reclamaría Cornelio

–Ya sabes, todos cogen de manera especial. Por ejemplo, con Guillermo aprendí “Armas al hombro”, pero él, al inclinarse para besarme me doblaba en dos como si fuera yo una hoja de papel. Allí mismo, viéndome yo el espejo en el techo del hotel, el macho se volvía a erguir y me tomaba de las piernas abriéndome como un compás para mirar en todo su esplendor cómo se hundían mis labios al penetrarme con el movimiento de entrada y ver cómo se resbalaban muy babosos en su falo al movimiento de salida. Yo también me quedaba arrobada mirando ese resbalar del amor muy húmedo; lo recuerdo con mi pierna estirada y sostenida en una de sus manos, mientras que la otra me la abría para dejarla a la altura del colchón. ¡Qué cogidas tan deliciosas!

–¡Qué buena vista tenías! ¿Te gustaba ver cómo te cogían? ¿Te gusta cómo te fornico yo? –pregunté al sentir en mi verga el perrito de su vagina.

–¡Pinches machos inseguros!, él como tú y otros siempre preguntan si me gusta. “¿Te gusta cómo te hago el amor, mi mujer?”, me preguntaba Guillermo, aún con el gesto de pareja exprimida y el falo exangüe resbalando hacia el exterior de mi panocha. “¡Me fascina, mi amor! sobre todo cómo te crece el palo cuando tienes ganas de mí” le contestaba, satisfecha del trabajo que hacía mi perrito para extraer todo el semen posible, así como te hago a ti y a mis otros amados.

–¿Te gusta de perrito, putita? –pregunté volteándola bocabajo.

–Aunque no lo creas, la posición de perrito, pocas veces la había hecho con Carlos y contigo. Pero con Guillermo fue una variedad de modos y siempre muy rico –confesó Stella.

–¿Quién te cogió primero de esa forma? –pregunté poniéndola de pie ante la luna del espejo y me acomodé en esa posición.

–El primero fuiste tú, en nuestra Luna de miel. ¿Te acuerdas que me pusiste frente al espejo, como lo hiciste ahora, para lo mismo que todos, no falla: mirar cómo se balanceaban mis tetas al ritmo de sus embestidas –dijo como una orden para zarandarla al ritmo de mis pasiones.

–¡Así, Cornelio, cógeme! –me gritaba, en su alucinación de que yo era Cornelio

Sus gritos y el movimiento rítmico con el que sus tetas se agitaban

Ya en el descanso, le pregunté sobre las variantes que en la posición de perro le hacían Carlos y Guillermo, pero yo no.

–Una de las que más me gustaba era con Guillermo de pie a la orilla de la cama y yo sobre ella, inclinada sobre mis rodillas, con los pies y la grupa fuera del borde. me tomaba de las muñecas y comenzaba a “atornillarme”, luego venía el jaloneo y el golpeteo entre mis nalgas y su pubis. ¡Ay, dios, yo me deshacía toda convertida en flujo, una venida seguida de otra! Claro que gritaba festejando la fiesta que su pene hacía dentro de mí. Guillermo y Carlos también se deshacían transformando en semen una gran parte de sí mismos.

–¿Mojaban la cama? –pregunté pensando en que se escurriría una buena porción de fluidos corporales.

–¡La cama, mis piernas, sus pies y el piso! Haz de cuenta que habías tirado una tasa llena de atole tibio desde mi vagina. Así era el chorreadero que dejábamos –explicó exaltada por el recuerdo.

–Una vez que se fue el agua nos llevaste, a mí y a los niños a unos baños públicos, donde pedimos un cuarto de baño familiar, ¿recuerdas? –pregunté porque recordé que Cornelio me comentó esa anécdota.

–Sí, y me armaste un “pancho” porque, según tú, notaste un gesto de sorpresa del dependiente cuando nos asignó el baño. Esa vez te dije “¡Estás pendejo!” y ya no te pelé.

–Es que sentí que el dependiente te iba a preguntar “¿El mismo de siempre?” –eso fue lo que me dijo Cornelio que le pareció le iba a preguntar, pero al ver que llegaron los niños, sólo levantó las cejas y preguntó “¿Cuántas toallas?

–Pues sí, tenías razón. Era el baño al que íbamos Guillermo y yo. Incluso un par de veces llevé a Carlos para echarnos un porro en el vapor –dijo y de inmediato buscó un cigarro de mariguana en su bolso.

–Hace poco derribaron esos baños porque habían quedado dañados en el temblor de hace tres o cuatro años.

–Lástima, allí cogí muy rico con varios de mis machos… –dijo Stella al prender el segundo cigarro–. También contigo, no te hagas… Sí, el administrador ya me conocía, y quizá él creía que yo era una puta que llevaba a mis clientes a ese lugar pues no fueron pocos hombres, ni pocas veces –le dio una fumada a su cigarro y me lo pasó–. Seguramente se asombró al ver a los niños. Vete a saber qué pensaría…

–Cuéntame de las mejores veces que estuviste allí –le pregunté antes de darle una fumada amplia a la bacha, expulsando inmediatamente el humo en las tetas de Stella.

–¡Huy, mi amor, son muchas! Con Carlos la pasaba muy bien, aunque no se viniera. Siempre tenía yo adentro su palo, seguro que se echaba uno o dos viagras cuando cogíamos pachecos. Métemelo… –me pidió con gesto de beoda puta, calentándome con su petición.

–Cuéntame, Nena puta… –le susurré al abrochármela y Stella lanzó un quejido meloso al sentir mi falo.

–Es que… me sentaba en su regazo –señaló, girando en mi palo–, y me columpiaba –explicó y se comenzó a columpiar–, nos alternábamos el cigarro hasta que se acababa –decía y me ofrecía la bacha, la cual tomaba yo, le daba un jalón y se la regresaba expulsando el humo en su nuca–. ¡Qué buena la traes, mi amor! Así la tenía Carlos mientras fumábamos –contaba entre carcajadas.

–¿Cómo te fue con Ociel? –pregunté.

–Una vez que le pedí su especialidad, darme por el culo, me dijo que primero lo enjabonara en todo el cuerpo usando los pelos de mi pepa como estropajo. ¡Ja, ja, ja! Lo embadurné de jabón pajeándome con su cuerpo, más en la cara –confesó.

Al terminar su cigarro, se puso a llorar. “¡Perdóname Cornelio, pero me gusta ser muy puta! ¿Me perdonas, mi amor?”, gritó. Yo la abracé y seguí moviendo mi verga mientras ella sollozaba. Empalada, la llevé a la cama y me la cogí frenéticamente hasta venirme. Nos quedamos dormidos varias horas. Al despertarse, me dijo “¿Qué tienes de comer? Tengo mucha hambre”. Al parecer ya no me veía como si yo fuera Cornelio.

–Sólo carnes frías, pero ahorita pido lo que quieras –le ofrecí junto con una copa de vino.

Cuando llegó la comida ella la devoró con prontitud y se acabó una botella de vino ella sola. Seguimos tomando, bailamos sin ropa hasta cansarnos. Al día siguiente, nos despertó el teléfono de Stella. Era Carlos, para precisar la hora de verse. “En media hora llegó. Espero que lleves una dotación de la verde para mí y mis amigas”

–Vamos a bañarnos, porque me tengo que ir –ordenó Stella.

Me levanté y fui tras ella. Ya que el agua estuvo a la temperatura adecuada, adecuada para Stella, pero caliente para mí. Nos metimos a bañar. Stella me enjabonó muy bien el pene y los huevos, se inclinó ofreciéndome las nalgas y ordenó “Culéame”. Su movimiento de remolino era excelente y me vine con bastante brío. “¿Te gustó?”, preguntó sonriente y satisfecha… “¡Verdad que sí!”, aseguró al mirar mucha lefa que escurría en el agua parda de su excremento.

 

5 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Ber_El
Etiquetas: baño, cogiendo, confesiones, culo, hotel, orgasmo, semen, vagina
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