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Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

LAS NIETAS DE MIS HIJAS

Un abuelo que se jubila y se va a vivir a casa de su primera hija para ser el abuelo que nunca había sido, pero todo se tuerce y en vez de eso, se termina por follar a sus lindas nietas….

LAS NIETAS DE MIS HIJAS:
Cuando me mudé a vivir a casa de mi hija Yezabel con sesenta y cinco años, creí que ya no podría sentirme tentado físicamente por mi hija, pero, en cambio aquella mórbida fijación filial luego se iba a trasladar a mi nieta mayor. En esos momentos ni siquiera pensaba en nada de eso, solo quería vivir una vida tranquila, lejos del centro, poner un negocio familiar e intentar ser un buen y listo abuelo.
Después de jubilarme de la empresa donde trabajaba de supervisor general… Mi vida pasó a una nueva etapa, pero ya no tenía a la madre de Yezabel que había fallecido de cáncer hace más de diez años. Y la casa me parecía tan grande que decidí venderla, mis hijas me decían que querían que me fuera a vivir con una de ellas, porque tenían espacio de sobra, y así con el dinero que habría ganado vendiendo la vieja casa podría hacer un buen negocio o con Yezabel o con Maritza. Pero como mi segunda hija vivía en la sierra fría del centro del país, me decidí por mi hija primogénita.
Viviría con ellas y mi yerno ahora en una buena zona urbana al este del caos limeño, cerca quedaba un parquecito, y a lo mejor ponía un negocio en el área o la misma casa que ahora me abría sus puertas.
Cuando toque el timbre era muy temprano de un día sábado, me abrió mi hija y nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto hace décadas. En ese mismo momento salía Sergio rumbo al trabajo loen su auto azul Mazda, tenía que ir hasta el centro de Lima, porque era sub gerente de una empresa de telefonía móvil, y se la pasaría trabajando hasta pasado el mediodía.
Solo me había aparecido en casa de mi hija con una caja con mis viejos libros, y un maletín de ropa necesaria que iba a necesitar para por lo menos una semana. Necesitaba ver si podía acostumbrarme a la rutina de la casa. Saber si era útil en algo más que solo estar ahí siendo el abuelo de buen corazón.
Dejé mis cosas en la habitación al fondo del pasillo como me había dicho mi hija, y me puse cómodo porque ya estaba pegando fuerte el sol. Por un momento pensé en mi vieja fijación mórbida por ella, y cuando la volví a ver no sentí para nada aquello que había enterrado en mí cuando ella solo era una linda, delgada y simpática adolescente.
Oí su voz que venía desde la sala y que llamaba a sus dos únicas hijas. Gabriela y Viviana, la primera iba a cumplir 15 a mediados de diciembre, y la segunda era una preciosa nena con la carita más inocente de todas, pero su cuerpecito ya estaba tomando sus formas. Conocía más superficialmente a la menor, pero con Gaby habíamos compartido más momentos en reuniones familiares. Aunque hace tres años había perdido contacto con mis hijas, porque me había decidido hacer un cambio drástico en mi vida.
Pensé que la buena onda con Gaby seguiría manteniéndome en confianza con ella, pero no se sintió muy contenta cuando me vio y nos saludamos. Yezabel puso paños fríos diciendo que las niñas no estaban acostumbradas a levantarse muy temprano un día sábado. Eran las siete de la mañana, y no me parecía para tanto porque a mí edad a veces a las cuatro y media ya estoy listo para empezar el día. Viviana me abrazó y su tierna voz mes conmovió más de lo que hubiera creído. -Abuelito, ¿vas a vivir ahora con nosotras? Decía efusiva y olvidando a su padre.
—Asi es hijita, y como Gaby no quiere hacer de niñera, a lo mejor te quedas con el abuelo mientras yo estoy fuera.
—¿Pero qué quieres decir mamá? Preguntó Gaby algo molesta.
—Voy a volver a trabajar con Sergio.
Yezabel no trabajaba desde el sexto mes que tenía en el vientre a la pequeña Viviana. Y ahora podría trabajar de nuevo, mientras a mí me encargaría hacer de niñera. Pero ¿Y el negocio que haría en casa? Aún no vendía la casa, y aún no sabía que podría emprender una vez tuviese el dinero, así que tome la noticia con tranquilidad.
Tenía mis propios ahorros, y también tenía la pensión, así que no me preocupaba. Pero no quería que mis hijas supieran aquel monto ni nadie que solo quisiera aprovecharse de un viejo amable como yo.
—Bueno, haz lo que quieras mamá, pero que conste que no pienso hacer tu trabajo en casa y, eso incluye cuidar a la boba de Vivi.
—No le digas así a tu hermanita. —No soy boba ¿cierto mamá?
La pequeña era toda inocencia ante nuestros ojos, y yo me reía ante su pedido tierno.
—Por supuesto bebé que no lo eres. Eres bella y una campeona. Dije cargándola unos segundos y luego poniéndola sobre mis rodillas.
Gaby puso cara de burla, y yo pensé que ya era costumbre suya. Habían bajado las dos en pijamas anchas de una sola pieza, y por un instante -antes de sentarnos a desayunar-, pude observar las largas, y blancas piernas que dejaba ver mi nieta.
Yezabel sirvió la mesa, y comenzamos a hablar de todo lo que mi hija había estado planeando, incluso antes de haber aceptado irme para su casa. Confiaba en mí, nunca le había puesto una mano, y estaba segura de que a pesar un poco renegón como todo hombre de mi edad, era un hombre intachable.
—Vas a volverte el héroe que mis niñas necesitan. Me susurró cuando ya las dos niñas se habían puesto a ver la TV en la sala de estar.
Se despidió de mí con un beso cerca de los labios, y luego la vi alejarse meneando la cola calle abajo. Dijo que volvería para almorzar juntos en la calle junto a Sergio y las niñas.
—Puedes quedarte viendo el fútbol o haciendo ejercicios en el sótano… Ahí tenían un mini gimnasio con las máquinas más modernas, según me decía, pero que yo aún no había visto con mis propios ojos.
Bueno, haré lo que quiera, me dije, y lo que yo quería era pasar más tiempo con mis sobrinas. Así que me decidí en ir a sus cuartos y molestarlas, por supuesto en buena onda.
Subí por las escaleras con energía, con mis zapatillas de goma que hacían el menor ruido a cada paso; quizás por eso, Gaby no me escuchó cuando abrí su puerta, y siguió en lo suyo como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Ella tenía los ojos cerrados, y los auriculares puestos. Gemía bajito, y se metía dedo con fruición.
Yo me quedé pasmado, y no me pude mover, bueno, solo mi erección se izo como una bandera dentro de mi shorts azul.
Gaby seguía con la pijama, pero debajo no tenía nada. Estaba echada en la cama boca arriba, y con las piernas separadas y dobladas. Tenía un lindo bello púbico, pero me parecía que debía ya afeitarse.
Chupó el dedo anular izquierdo y luego la bajó a su culito, acarició su ojete virgen y presionó con cuidado para no hacerse daño. Mientras tanto, el dedo de su mano derecha había bajado el ritmo, y ahora se penetraba lento.
Cuando el dedo anular entró totalmente en su culito, Gaby pegó un grito, y aceleró su dedo derecho hasta que le temblaron las piernas. Si no hubiera cerrado los ojos, no hubiera podido verla hasta acabar y no la hubiera grabado al menos diez segundos con el celular.
Pensaba que me iría antes de que mi nieta abriera los ojos, pero cuando di un paso atrás, su voz me dio un susto de muerte. —Abuelo ¿qué haces aquí?
La miré cubrirse avergonzada, pero no respondí y solo me fui deprisa, deseando que no hubiera notado mi erección.
En el pasillo Viviana se cruzó conmigo, y puso cara de asombro por lo raro que me vería, evité su mirada y seguí camino escaleras abajo para darme un baño frío.
Mientras me bañaba, alguien había tocado la puerta unas tres veces. No oí nada más, y creía que era Gaby que había venido a arreglar las cosas, hasta que salí de bañarme. Me sequé y salí desnudo para cambiarme de ropa y trusa. Pero ahí estaba sentada sobre la cama, no era Gaby si no Viviana la que me miraba sin disimulo la entrepierna. El no haberme masturbado, hizo que mi pito reaccionara y comenzara a despertar, pero actuando rápido cogí otra toalla limpia y me cubrí con ella para luego sentarme en la cama.
—Pero cariño, no puedes entrar sin tocar la puerta, y si tocaste, no puedes entrar sin el consentimiento de la otra parte. ¿Entiendes?
La niña dijo que sí, pero que estaba preocupada por la hinchazón que su abuelito tenía en la parte baja, le señaló sus piernas, y sin malicia ni disimulo se acercó para tocarle la entrepierna.
Mi polla aún mantenía una semi erección, pero cubierta por la toalla blanca al borde de mi cintura. Al oír aquello mi mente mórbida hizo que se me pudiera dura totalmente.
—Mira abuelito, tengo una crema para la hinchazón. Dijo inocente la niña, que de repente perdí el control de toda mi mente, y recordé todos los relatos de incesto y pederastia que había leído en mi juventud.
—Quieres curar al abuelo ¿Sí? Ella asintió alegre.
Con el corazón desbocado me quité la toalla que ocultaba su vulgar fisonomía, y le pedí a la niña que lo masajeara bien con ambas manos. Usó la crema, torpe con sus manos, de arriba a abajo, pero luego yo mismo le pedí que un poco de saliva en la hinchazón también daba buenos resultados.
—No lo hagas así, mejor echa la saliva directo de tu boca -le dije impaciente y corrompido-. Si lo haces bien te llevaré a comer helados, pero no debes decirle a nadie de esto. Porque mami no quiere que comas nada helado.
Viviana aceptó, y se puso boca a la obra. De empezar escupiendo su mano para frotarlo a mamar su verga. El anciano la animaba a seguir, le decía que le gustaría si lo hacía así todas las mañanas cuando despertaba con una erección gigantesca. La pequeña reía, le prometía hacerlo y no decir nada. Pero quería todos los dulces para ella sola, y también más propina.
—Abuelo ¿cuando se bajará la hinchazón?
<<Ya falta poco pequeña, ya falta poco… Así, usa tu lengua, y ahora mueve más rápidos tu mano. Voy a echar mi leche en tu boca y vas a beberla toda, y no quiero un no por respuesta>>.
La niña asentía, no sabía de lo que hablaba este, su abuelo. Solo sintió que ahora la sujetaba de la nuca y que no quiso que se apartará cuando varios chorros de lefa inundaron su tierna boca de caramelo. La pequeña no pudo más que tragarse casi toda mi corrida, y aunque sintió arcadas y ganas de vomitar, pudo contenerse y mirarme expectante a lo que yo decía. La felicité, y le dije que así debía hacer siempre que quisiera bajarme la hinchazón.
Tres minutos después Viviana estaba cambiándose de ropa para salir con toda la familia. Y recordó que no debía decir nada, y que el abuelo ahora estaba en deuda con ella. ¿Y no querría solo dulces sino algo más, la pequeña «Vivi» quería sentir esa sensación dada por otra persona?
UNA CHARLA PICANTE CON GABRIELA
De vuelta en casa, pensé que lo mejor sería retirarme a descansar temprano como ya era mi costumbre, y no quedarme sentado viendo una forma de tentar a mi suerte, porque de aquella hinchazón ya se había olvidado la pequeña «Vivi» y no tenía la menor gana de hacer tal cosa otra vez.
Echado dentro de mi alcoba, pensé en mis mejores momentos de juventud, y sentí como se hinchaba mi pecho de orgullo. Era el más codiciado y envidiado por las chicas y chicos, pero yo solo tenía ojos para Raquel, porque era la mujer más buena y decente que había conocido nunca. Y yo que era un mujeriego, sabía que solo con ella podía tener algo serio, sin que luego se dijera nada malo ni ella buscara tener conflictos por las cosas que por supuesto ya sabía que se decía de mí.
Mi meditación se volcó en una especie de frío por todo mi ser al oír golpecitos en mi puerta: -No puede ser -me dije creyendo que me daría un infarto-, ¿será Vivi?
Ya eran las 9 de la noche, y la pequeña debía estar en cama, quizás su mami le estaría contando un cuento en estos momentos, así que sudando nervioso abrí la puerta. Apenas la abrí un poco, y vi a una advenediza, Gabriela metiéndose en mi recámara con el iPhone mío en sus manos.
Se me había olvidado pedírselo, y más pensaba en una forma de evitar la tentación inocente de mi otra nieta. Además estaba cansado y solo quería dormir. Sin pensar mucho, intenté disimular mi bostezo cuando ella me miraba algo apenada e intentaba decir algo, pero tardaba en decidirse, hasta que finalmente dijo: -No creas abuelo, que por haberme dado el iPhone voy a olvidar de haber entrado a mi cuarto sin mi permiso y haberme visto haciendo tal cosa. Pero si te perdono Abu…
—Oh sí Gaby, se me olvidó pedirte el iPhone, mañana voy a recibir una llamada muy importante, y necesito estar al pendiente. Tal vez ya me hayan conseguido un comprador de mi vieja casa -dije mirándola con ternura y volviendo a mirar hacia la ventana-, pero espero que ya hayas pasado todas tus fotos con tus amigas y tu nuevo novio.
—Entonces, ¿solo me la prestaste cierto? Dijo poniendo cara triste. Yo asentí mirándola con curiosidad.
Y luego dijo: -Bueno, lo dejo acá en la mesita de noche, pero, ya pronto cumpliré los quince años, y me hace mucha ilusión tener un celular más moderno y que saque bellas fotos. Por favor abuelo, ¿Podría ese ser mi regalo por mis quince años?
Yo miraba el techo, adormilado, casi no estaba ahí. Me había acostumbrado a dormir ya a esa hora, y despertaba un cuarto para las cinco para ejercitarme un poco antes de salir a dar una vuelta por el parque, y volver trayendo el pan. Pero era triste, porque ya nadie me esperaba en casa, y no me sentía tan viejo cómo antes, poco a poco me sentía más lejos de esa depresión que había ennegrecido mi alma.
Enseguida Gaby se dio cuenta que me había quedado dormido, y sentándose en mi costado, trató de despertarme, pero fue inútil. Yo mismo no quería seguir con la conversación y prometerle algo de lo que no estaba seguro que hacía bien. Primero debía charlarlo con mi hija y yerno. Luego podría hacer esa promesa, total, era más fácil comprarla un móvil que ropa atrevida u otra cosa de niñas de la que sabía muy poco.
Muy pronto dejó de insistir y salió de la pieza algo dolida por mi indiferencia. Me dolía hacer eso a la más alta y bella de mis nietas, pero así era la cosa. Nunca había sido fácil tratar conmigo, pero si la cosa se mezclaba con sexo, entonces sería yo el que estuviera metido en problemas.
+++
La mañana siguiente, era un domingo tan bello que no podía dejar de sonreír a mis anchas. Me levanté temprano como de costumbre e hice mi calentamiento y estiramiento. Luego bebí mucha agua, y bajé al sótano. Llevaba ropa deportiva, y quería quemar las grasas de mi barriga chelera. Pero también necesitaba salir a correr, así que solo estuve ahí media hora. Salí a trotar por los alrededores de la urbanización y me di cuenta de que era un lugar sumamente tranquilo. Solo me crucé con otros viejos como yo regando sus plantas o barriendo su entrada.
Cuando volví a casa, mi hija se encontraba ya despierta y hacía hervir agua. —Traje el pan, mantequilla y mermelada. Dije agitado, y ella se llevó una gran sorpresa al verme bañado en sudor. —Oh papá, eres increíble, gracias.
Me voy a bañar, respondí y desaparecí de ahí sin notar que sus ojos me observaron de un modo casi indecente.
Al volver ya eran las ocho de la mañana, las nenas se habían levantado con mala cara, porque les gustaba despertarse a las 10 am. Todos los domingos pero, ahora decían que era mi culpa. Yo me reí de ello, y mi hija me apoyó con sus risas. Sergio leía el periódico, y pronto sentados en la mesa tomamos el desayuno como cualquier familia normal en el mundo.
Por un momento noté que Viviana se agachaba para ver debajo de la mesa, y que Gaby me miraba con ternura, quizás quería volver a pedirme el iPhone o hablarme mejor de sus planes de su fiesta por sus quince años. Así que lo decidí, se lo iba a regalar sin consultarlo con nadie, pues ya no era una niña como Viviana, y además tampoco iba a decir nada de que ya tenía una enamoradito.
—Entonces que hacen los domingos? Pregunté mirando a Sergio y Yezabel.
—Sacaremos la parrilla del sótano, y tú me enseñarás a hacer la mejor carne de res.
—Vendrán una pareja de amigos de aquí cerca, y pasaremos una agradable tarde. Dijo mi hija alegremente.
—Bueno, yo espero una llamada. Ojalá no interrumpa nada, pero si es urgente si tendré que salir un momento a Lima.
No había prisa, porque lo primero que hacían los domingos por la mañana era lavar la ropa de toda la familia y hasta Viviana ayudaba a tender. Pero como yo me encontraba en el patio sobre una perezosa, luego vi que Gaby salía a acompañarme, y me explicaba sin más que siempre había sido una buena chica, y que aquel chico del parque era apenas su primer enamorado. Sí, no estaba bien que se dejara manosear por él en la calle, porque la gente iba a hablar, pero confiaba en que su abuelo la apoyara.
—Abuelo, por favor no le digas a mamá nada de lo que me viste hacer, por favor te lo suplico. Te prometo que haré todo lo que me pidas, seré buena, y sacaré buenas notas. Ya termina el año, y cumpliré 15 años.
—Te volverás toda una hermosa señorita, y te volverás el orgullo de tus padres. ¿Cómo van tus calificaciones en la escuela?
A Gaby no le hizo gracia que cambiara de tema, y poniendo una cara larga de desánimo, respondió:
—No muy bien abu Javier, soy muy mala en mate y no quiero desaprobar  -roja de la pena exclamó-. Pero en serio, no entiendo nada a ese profesor.
—Muy bien, si ese es el caso yo te ayudaré a estudiar todas las mañanas. Y para ello debes levantarte muy temprano, a las cinco de la mañana en la mesa del comedor y no quiero un no por respuesta.
—¿Acaso mi regalo de cumpleaños de vería comprometido si fallo? Dijo apenada. —Tú lo has dicho, pero todo tiene una solución, y recuerda que ya me debes dos.
—Haré lo que digas abuelo y, estudiaré duro si tú me ayudas desde ahora. -dijo poniéndose encima de mis piernas, y rodeándome con sus brazos. Sus cariños intentaban suavizarme un poco, tal vez, pero no estaba seguro. Solo sabía que sus palabras me habían sonado morbosas, y que sus nalgas ahora chocaban con mi polla.
—Muy bien Gaby, ahora levanta y vuelve con tus quehaceres. No vaya ser que te griten tus padres… La incomodidad de mi inminente erección aún no era tan notoria, supuse, cuando se levantó y no noté nada raro en su rostro, solo su sonrisa, y su mirada baja.
—Puedo acompañarte si sales esta tarde, abu, las tardes son muy aburridas cuando me quedo sola en mi cuarto. Dijo cuando volteó para entrar a la casa. Su silueta de costado era provocadora e inconcientes sus rasgos dulces e ingenuos que confundían mi interior.
Aunque ya era una especie de monstruo, no me negué a llevarmela conmigo, pero luego no estaba seguro de lo que ambos estando juntos seríamos capaces de hacer en la soledad y oscuridad de unas cuatro paredes. Gaby sonrió y se alejó de mí con una sonrisa tímida, por un momento vi en ella a Raquel, la mujer de la que me había enamorado profundamente.
Creí que mi hija armaría un gran alboroto cuando Gaby le dijo que iba a acompañar a su abuelo a lo de la venta de su casa. <<Pero lleva tus tareas de matemática que tienes que hacer. ¡Pobre de ti Gaby que desapruebes el curso! Mira que no te llevo con nosotros de viaje a tu tía Maritza>>. Pero a Gaby poco le importaba aquello. Sería mejor que la dejaran sola, así podría tener mayor privacidad cuando hiciera pasar a su enamorado a su habitación.
Por la tarde, mi yerno y yo armamos la parrilla, y la encendimos para empezar a cocer las costillas de res. Mis nietas habían ayudado a su madre en los condimentos y haciendo la ensalada. Era muy lindo ver todo aquello, la unión familiar que hace mucho no vivía, la emoción me llevó a ocultarme al baño general de la primera planta para no quebrarme de emoción frente a mi hija, Sergio y Viviana. Pocos segundos noté que un cuerpo desnudo se movía en la ducha, dándome la espalda. El cristal transparente, pero opaco por el agua y el vapor me hizo notar esas firmes nalgas de una mujercita ya bien desarrolladas. Era Gabriela la que se estaba dando un baño, quise apartar la mirada, pero noté que hacía movimientos raros en una situación normal. Movía sus caderas en modo circular, y su mano izquierda se movía en su entrepierna en un vaivén candente. Su otra mano apretaba uno de sus pechos. Mi emoción se había cortado enseguida, y mi sorpresa y turbación se había convertido en excitación. Si ella volteaba, seguramente me vería con una gran erección en mis shorts. Salí de ahí, temeroso de lo que pudiera pasar y apuré el paso a mi pieza, solo que ahí el infierno quemaba más fuerte. Mi rostro desencajado y triste lo había dicho todo al encontrarme con mi ángel de la muerte, y que al verme me sonrió y, dijo después de verme desolado y turbado.
—Abuelito, debe dolerte mucho ¿no? Déjame echarte más saliva, porque ahora mismo no tengo la crema.
—Mejor lo dejamos para otro día, corazón -dije avergonzado -, es que ahora le toca a Gaby echarme la crema, y ya debe estar por venir. Anda vete a jugar con tus muñecas, si no viene te pediré yo mismo que lo hagas.
Viviana se sintió decepcionada, porque solo quería estar un momento con su abuelo; al menos eso fue lo que había leído en su carita descompuesta. Cuando cerró la puerta me puse mi mejor ropa de calle, y me apuré a salir sin hacer ruido para que la niña no me viera huir por el pasillo. Solo pude enviarle un mensaje a Gaby al WhatsApp, porque me tenía agregada, y así era como se había pasado las fotos a su móvil. No necesite respuesta, porque ella ya me esperaba cerca de la salida con la mochila al hombro. Le pedí a Sergio que me prestara su coche porque tenía que llegar pronto al centro. <<No te preocupes por la gasolina yerno querido que te lo voy a dejar tanqueado antes de volver>>. Sergio accedió con tranquilidad, y me pidió que me llevara unas cuantas latas de cerveza cusqueña, y en seguida le pidió a Gaby que no me estorbara demasiado, y que se pudiera a estudiar. Cuando salíamos cerca del mediodía, llegaron sus queridos amigos y vecinos, acompañados de otros dos críos.
—Aquel chico debe tener tu edad, se ve guapo ¿no? Y la niñita debe ser la gran amiga de Vivi ¿ O no? Seguro.
—Tú que sabes abuelo, si no me gustan los niños -Y luego de ver cómo la veía, corrigió-, o sea como ese niño.
—Parecía muy tímido, nada que ver con el chico ese que te besaba y te manoseaba toda. Dije sin girar a mirarla.
—Ya por favor abuelo, olvida lo que viste, y más bien dime, ¿a qué hinchazón se refería Viviana que yo tenía que bajar?
Me quedé medio pasmado, mi reacción fue la de frenar en seco que mi nieta se lastimó un poco la cabeza. Me disculpé, y le dije que no era nada: — Solo le dije eso como excusa para que me dejara mudar de ropa. Tenía que apurarme para salir y Viviana quería jugar conmigo.
—Entonces, ¿Vivi te vio desnudo o qué? …moví la cabeza afirmativamente y ella lanzó un por dios como hacen los chicos ahora.
Parecía ofuscada, decepcionada de su abuelo y de su ingenua hermanita que quería tomarle la delantera en todo y quedarse con todo lo que ella hubiera querido vivir primero. Mis pensamientos me invadían, sentía una medio erección dentro de mis pantalones ajustados.
Acaricié la frente de Gaby, el golpe no era para tanto, pero aproveché para acariciar todo su rostro, y pedirle que no se lo dijera a nadie. —Será mejor que nadie sepa lo que te cuento ni yo diré nada de lo que tú hagas. Todo debe quedar entre nosotros. ¿Está bien Gaby?
—Pero abuelo, no es justo, hubiera querido ser yo la primera en verte así; además que tú ya me viste todo.
Mientras decía esto mi sobrina Gaby, parecía muy abochornada, y no podía mirarme fijamente a la cara. Oía los latidos de su corazón, y aquella invitación oculta me excitaba sobre manera. Estaba decido en entrar a ese mundo de perversión que solo había leído y visto en otros casos, pero nunca había vivido en carne propia.
Gabriela ya era toda una mujer hermosa, tenía el cuerpo como de su abuela, era tan alta como mi hija Yezabel y aún así sus padres no la dejaban salir más que a hacer trabajos de la escuela, y no podía tener enamorado. Yo sabía si secreto, y ella no conocía todos los detalles de lo mío con Viviana. ¿Si lo supiera no sabía cómo podría reaccionar? Pero ahora tenía una rendija abierta por donde podía entrar para penetrar el hondo de su mente y cuerpo.
GABY QUIERE VER DESNUDO A SU ABUELO Y
Seguí la ruta hacia el centro de Lima por la autopista Ramiro Prialé, y llegamos por fin cerca de las dos de la tarde. Luego giré hacia un cálido y lindo restaurante y me estacione con cuidado. Gaby tenía hambre, y aquí podíamos comer antes de llegar a mi casita que quedaba en Cercado de Lima. A sólo unos pasos de donde nos detuvimos. Gabriela estaba contenta de salir de aquella aburrida urbanización, y de comer en un restaurante medianamente lujoso.
—No tienes que preocuparte de los precios, solo pide lo que quieras comer -dije mirándola a los ojos, mientras ella también volteaba a verme de costado.
Su sonrisa era mágica, gracias abuelo dijo, dándome un fuerte abrazo. Mientras entrábamos me pidió que le tomara una foto en la entrada. Había una linda cosplayer agitando los brazos y animando a los transeúntes a entrar a ese ya atestado restaurante.
Pidió Sushi, ceviche y pota frita. Sabía que le encantaba los mariscos desde niña, y aproveché la oportunidad para llevarla donde también antes había traído a mis hijas. La contemplé comer con énfasis, sin una máscara de por medio. Esa espontaneidad era lo que más me atraía de Gaby, y al mismo tiempo sentí que estaba de nuevo frente a mi primer gran amor. La mujer con la que me había casado hace tantos años, y que ya ni contaba, desde que Raquel había fallecido.
Mi ánimo mejoró, aproveché para pedirme unas cervezas negras heladas y bebí, sin quitarle ojo a Gaby. Comía con fruición, y hablábamos de cosas insignificantes, lo que un abuelo podría hablar con su nieta. Aunque en el fondo quería decirle otras cosas, morboso como era, quería ruborizarla de preguntas, y tal vez llegar a hacerle una proposición.
Cuando acabamos de comer y beber, Gaby fue a buscar un lavabo, y yo pagué la cuenta con una tarjeta de ahorros.
Muy pronto estuvimos de nuevo sentados dentro del coche, y doblamos unas cuantas veces antes de llegar a la casita en el jirón…
Entramos a mi casa aún en venta, y Gaby se vio asombrada de ver lo diferente que era a lo que había imaginado.
— Aún están allí, los sillones para sentarnos, pero hay que quitar los plásticos. Dije fuerte para que me oyera porque había corrido con las llaves para que ella misma abriera la puerta.
Se comportaba a veces de ese modo, sin clase, sin pretención de ser una chica de la alta, porque en realidad, vivía más en una clase media trabajadora. Quizás como padre no había hecho tan bien las cosas, sino ahora tendríamos que estar viviendo en Barranco, y ellas yendo a los mejores colegios del país. Pero ese ya no era el caso. Aún así, en el futuro, había prometido que iba a hacer que ambas niñas fueran a las mejores universidades, y logren ser todo lo que ellas se propongan.
Esa era una parte de mí, pero desgraciadamente, no era toda mi parte. Una parte de mí, de repente se había vuelto un monstruo que codiciaba ahora la inocencia y la virtud de sus nietas. Si hubieran dado solo nietos varones nada de esto hubiera estado pasando ni pasaría jamás.
En los muebles acolchados de la sala de estar nos recostamos un momento. Solo el ideal para despejarnos y acostumbrarnos al lugar. Cuando me quedé dormido, nunca pensé que Gabriela iba a creerse tanto la dueña de la casa. Se había metido a bañar en el jacuzzi, se había tomado una fotos medio indecorosas para su edad con mi iPhone, y había vuelto a la sala, envuelta solo en una toalla blanca que ajustaba bien el contorno de sus voluptuosa forma. No reaccioné hasta que ella estaba sobre mí, sentada encima de mi paquete, y empujando mi pecho para que yo despertase. Habían pasado cerca de dos horas, y cuando volvió mi alma al cuerpo. Noté bajo mis pantalones una fuerte erección, y sus nalgas aplastado hasta mis bolas.
Sentí el calor en mi cuerpo, la agitación como si soplara un huracán dentro de mi cuerpo, y tal vez, dentro del suyo mismo. Su rostro inocente pronto cambió, y su sonrisa del lado izquierdo, su mirada coqueta fija en mí, me hizo saber que quería jugar con fuego, e iba a quemarse conmigo.
Pensé que estaba soñando y que era el sueño más hermoso de todos, sobretodo cuando ella se quitó la toalla y la tiró a un sillón individual.
—Noto que alguien se ha despertado, y no eres solo tú. Abuelo, ¿anda enséñame eso que puja por salir de tus pantalones?
Corrió el cierre, y metió su mano más hábil dentro de mi trusa oscura para sacarme la polla enhiesta. Chupaba y chupaba, yo no podía creerlo, se le iba la vida en ello, así como se me iba la vida a mí. Pensé que iba a darme un ataque en cuanto me corriera. Tuve miedo de morir, y entonces desperté.
Cuando volví de aquel sueño erótico, Gaby no estaba conmigo. La busqué, por todas partes hasta que la encontré en el jacuzzi, enjabonado su cuerpo juvenil, sus generosos pechos. Hice correr la mampara de vidrio sin siquiera llamar, como si todo fuera la continuidad de mi sueño y no sentí mayor turbación al hacerlo. Ella se sobresaltó al comienzo, pero luego viendo que a mí me daba lo mismo, se calmó y me pidió con dulzura que me metiera a refrescar mi cuerpo con ella a su lado.
—Si no hubieras estado tan ocupado abuelo, de niña varias veces nos hubiéramos bañado juntos. Pero nunca es demasiado tarde, ¿verdad que no? Además, yo también quiero verte desnuda.
Yo no dije palabra, solo me desnudé sin quitarle ojo a sus movimientos corporales. Esos pechos y pezones eran lo mejor. Ella se sorprendió al ver mi polla, no estaba del todo erecta, ni del todo flácida. El momento era excitante, pero, de algún modo, yo mismo no podía salir de mi asombro. Todo aquel cuadro pecaminoso parecía ser tan surreal, y sin embargo, me daba cuenta que, mis genes lascivos se habían repartido bien entre mis dos nietas.
—Abuelo, ¿acaso te gustan tanto mis pechos? Pareciera que no hubieras visto uno nunca en la vida.
Yo no respondí, solo me metí en la bañera cerca de ella, y llevé mi boca a sus senos bien formados y de pezones erectos. Jugué con mi lengua, chupé con mi boca y mordisqueé con mis dientes suavemente para placer de mi Gaby que se sentía morir de la excitación. Gaby parecía quejarse, como si quisiera impedirme gozar de sus maravillosos senos bien formados, me empujaba, pero yo parecía estar en otro mundo. Hasta que la oí llorar. Me detuve en seco, y sequé sus lágrimas. Le pedí perdón y la abracé fuerte de un modo que se calmó para luego pedirme que la tratara con más respeto, y no fuera brusco con ella.
—No soy una más de tus putas, abuelo —dijo poniendo cara triste—, pero si tú te lo propones puedes hacer que yo haga lo que tú quieras. Solo pido paciencia, además que me des las cosas que me hacen falta.
—¿Cómo un iPhone?
—Sí —respondió enseguida Gaby—, y también quiero la mejor fiesta de quinceaños posible, y en un lugar grande y bonito.
Yo le prometí lo primero, pero, después veríamos lo demás. No la pensaba presionar ni nada.
—Ahora lo mejor será que aprovechemos este jacuzzi. Uno se relaja tan bien acá, no imaginas todas las veces que estuve aquí con una mujer, y por supuesto lo hice después de que falleciera tu abuela.
La conversación siguió, así como también las caricias. Sabía que ninguno de los dos había planeado nada de esto, que solo nos habíamos dejado llevar. Quizás el aburrimiento nos había llevado a salir de aquella urbanización en crecimiento y muy alejado de la metrópoli limeña, lo que nos había llevado a cometer tremendo delito inmoral. Pero aun así, yo no le veía nada malo, ni Gaby creía que era el fin del mundo. Solo éramos quizás dos cuerpos demasiado calientes, y tan calientes éramos que habíamos dejado de pensar en nada. Las consecuencias tampoco habían sido pensadas, si el sexo se daba y no había preservativos a la mano. Pero sí habían preservativos en la maletera del coche del abuelo, pero Gaby aún no quería llegar a ese punto.
Cuando el abuelo la llevó de nuevo a la sala de estar entre sus brazos, pensó que ahí podría follarsela a gusto, pero, una llamada urgente arruinó sus planes. Dejaron de besarse apasionadamente, y luego de quitar sus manos de esos pechos juveniles, contestó con un simple: Aló, ¿con quién hablo?
Gaby se sintió herida por la intromisión o acaso reaccionó a esa locura y volvió a ser una buena chica, porque enseguida fue a ponerse la ropa que había dejado en la bañera.
Esa llamada si que me traían buenas noticias, alguien había accedido a comprar la casa mañana mismo en la mañana, y no necesitaba ir a verla, porque ya antes la había visto, y le había encantado. Salté de alegría, y se lo dije a Gaby en cuanto volvió a la sala. Nos abrazamos, apretujamos con indecencia, y nos quedamos mirando por un par de segundos. Su mirada lasciva se conectaba con la mía, y no pude negarme a su petición de despedir la casa, sin mostrarme desnudo y erecto ante ella.
Nos desnudamos al mismo tiempo, pero tenía el pene medio flácido. Y ella parecía un poco avergonzada de mostrarse con la vulva sin rasurar.
—Si quieres dejar de ser virgen, ahora es el momento -le dije sin pensar en las consecuencias ni en nada.
Ella asintió con la cabeza, se arrodilló frente a mí, bajo mis piernas, mientras yo quedé sentado en el sofá.
—Deberíamos darnos prisa de volver a casa, no queremos que los papis sospechen cualquier tontería.
*CENSURADO
Gaby cogió mi polla con su mano derecha, y la acercó a su boca, se la metió hasta la mitad, y comenzó a mamar. Luego mi polla se puso dura, gruesa y ahora sí la veía muy grande para poder metérsela toda.
—Whoa! ¿Qué pene tan grande tienes abue? No sé si me entre toda, a lo mejor sería mejor que…
—Puedes llamarme por mi nombre cuando estemos a solas. Y creo que tienes razón, aún no es el momento de tomar tu virginidad. Pero lo haré, tomaré tu primera vez la noche de tu fiesta, arriba en una habitación especial que yo mismo acondicionaré para la ocasión especial. Mientras tanto el resto estará bailando abajo en el gran salón, bajo las luces y el fuerte sonido de estéreo.
Gaby dejó de mamar, y dijo: —Nadie se dará cuenta de nada. Es el crimen perfecto. Sonrió y luego volvió a meterse mi polla todo lo que pudo. Sintió arcadas, se la sacó de la boca con una buena dosis de semen en su boca, y me la escupió sobre la verga.
Enseguida me di cuenta que todo aquello era producto de varias horas frente a su laptop, viendo seguramente pornografía y eso me hizo recordar que yo también me perdí en el camino de ese modo. Antes de eso, había sido tan ingenuo e iluso. Al final me daba cuenta, de que había sido tan estúpido, enamorándome. Porque ellas solo querían a alguien capaz de entregarles una noches enteras de buen sexo, y tener los medios que requieren sus deseos.
Jadeé como un animal a punto de explotar, poco a poco mi semen había estado saliendo de mí, y Gaby había estado jugando y tragándose. Pero ya no podía más, necesitaba expulsarlo fuerte sobre su cara, y bañarla con mi leche. Un facial, quería grabarla haciendo eso. Saqué mi iPhone y puse en modo de grabar video. Gaby se sorprendió al inicio: —Pero abuelo, nadie más debe ver lo que hacemos—, pero acto seguido sonrió, y siguió mamando hasta que no pude más y me corrí bestialmente primero dentro de su boca, luego, se la saqué y masturbado me yo mismo. Expulse los últimos chorros en su faz sonriente. Saco la lengua, luego me besó la polla.
—Vamos, esparce toda la corrida por tu carita como si fuera una crema de esas que usan las mujeres. Pero no debes de lavarte la cara hasta que lleguemos a casa. ¿De acuerdo?
Gaby asintió y obedeció sin objetar nada. Cuando terminó se puso de pie, y sentándose en mis piernas, me abrazó y nos besamos.
Cuando volvimos a casa al caer la noche, mi hija me regañó un poco por haberles preocupado. Pero todo se calmó en cuanto les di la buena noticia. Había conseguido un comprador fijo, y ahora sí iba a vender la casa a un precio un poco menor al medio millón de soles. La ubicación comercial, había ayudado mucho a que se diera la venta.
—Mañana mismo la venderé, y espero a que Gaby vuelva a acompañarme. Apenas dije para desembarazarme de sus preguntas, aduciendo a que me sentía muy cansado.
—Debiste pasarla con nosotros suegrito, pero ya será para la próxima vez. Soltó Sergio mientras ya me iba alejando por el pasillo.
++++
Al otro día Gaby no pudo acompañarme a hacer lo que pensaba hacer con ella, pero, en su cambio, mi propia hija estaba ahí para ser testigo ocular del monto que iba a ganar por la casa. No podía evitarlo, así que Gaby se quedó en casita haciendo sus tareas. Le dije que volvería con el iPhone como adelanto de su regalo por su cumple, y que quitara esa carita de tristeza. Sin pensarlo ella se me abalanzó y pegó sus tetas en mi pecho para luego llenarme de besos. Sentí sus pezones duros y lo supe no llevaba brassier. La muy bandida quería calentarme, y con ese shorcito que llevaba bien ajustado y corto, sí que se la daba fácil ponerme en apuros.
—Lo quiero de color rosa si es posible querido, Javier…
Como pude me aparté de ella, no fuera que viniera Viviana y nos viera manoseando nuestras carnes calientes. La pequeña era muy curiosa, y siempre estaba metiéndose en mi pieza. Le di un beso dulce en los labios, y apuré el paso para irme pronto de esa casa mórbida. —Por fin -me dijo Yezabel-, qué estabas haciendo ¿y viste a Gaby quería decirle algo y no estaba en su cuarto?
Negué con la cabeza, sin darle importancia. Me prendí en el móvil, y le dije que si no podía acompañarme, pues me iba solo que ya se estaba haciendo tarde.
—No, no no bueno, si lo que iba a decirle no tiene importancia. Vámonos ya.
Subimos en un bus por última vez, apenas tuviera el dinero iba a comprarme una camioneta de doble cabina para que entrara toda la familia. Y atrás podría llevar lo que necesitara, sobre todo si me hacía feriante o algo por el estilo. Un negocio independiente era lo que necesitaba. Yezabel pensaba ya confiarme a sus hijas, pero yo quería hacerme un poco de rogar; además no había porque desesperarse. Muy pronto, tendría a mis dos sobrinas comiendo de la palma de mi mano, ¿y por qué no, mamando también mi polla?
+++
La venta se dio casi en un abrir y cerrar de ojos, me quería regatear algo, pero fui convincente en mi posición de que la casa muy pronto iba a costar incluso más. Y si no la vendía hoy, tal vez con los días me iba a desanimar por completo.
Al final, no puso más pegas, y la señora compradora y yo llegamos a un acuerdo. Nos estrechando la mano, y hasta brindamos con un vino barato ante un notario. Mi hija estuvo atenta a mis movimientos, y hasta creyó que la señora esa me anduvo coqueteando. Me reí de mi hija, total, que le importaba si era verdad.
Volvimos a casa, y de inmediato fuimos a por la camioneta. La quería negra, de todo terreno, dos cabinas. Pero luego, me dije que compraría una Toyota Hilux plateado, porque me salía más cómodo. Luego, le dije a Yezabel, que iba a comprar un iPhone a su hija Gaby, la quinceañera tenía excelentes notas y no podía quedarse atrás que otras nenas en cuanto a la tecnología. —No sé qué quieres decir exactamente papá, pero bueno, hay razón. Ya pronto se convertirá en una mujercita, y no podremos evitar que salga más y se consiga un novio.
—Por supuesto cariño, eso es el crecimiento personal; pero, de mí depende de que esa niña no se pierda tan fácilmente. Seré peor que una estricta nana, y estaré siempre vigilante.
Mi hija rió, y me pidió que no exagerara; además se decía que yo también estaría ocupado en mis asuntos, y no podría cuidarlas en cuanto mi negocio prosperara. —Bueno, todo a su debido tiempo. Aún no ha pasado nada, así que no nos hagamos ideas. Ya me ayudarás a pensar después, acerca de lo que debo emprender como negocio.
Volvimos a casa, el tráfico estaba insoportable pasado el mediodía, así que nos metimos a comer a un bonito restaurante por La Molina, especialistas en comida japonesa. El sushi era el favorito de mi esposa, y ahora de Yezabel, mi hija. Mientras comíamos, hablábamos del futuro que podríamos darle al dinero.
 —Papa, es tu dinero. Ahora ni yo ni Maritza necesitamos una herencia. Pero siempre es bueno ahorrar, y me gustaría que también pienses en tus cuatro nietas. Sería genial que ellas si fueran a la universidad, y no se quedaran como nosotras a medias.
—Tienes razón hija, igual me gustaría ayudarte con los gastos de la casa, y por supuesto que voy a invertir bien mi dinero. Espero estar aun vivo para cuando mis nietas se graduén de la uni, y por supuesto, que yo voy a poner mi granito de arena para que ellas cumplan todas sus metas.
—Pero, no nos adelantemos tanto, y no me salgas negativo ahora papá, que siempre me has apoyado en todo, y sabes bien que te quiero mucho. Confío en ti, y ya veremos luego que podemos montar como negocio.
Volvimos a casa, luego de comprar frutas, unas botellas de pisco, whisky y unas bebidas energéticas. Cuando llegamos ya era cerca de las tres cinco de la tarde, y mi angelical sobrina Gaby nos esperaba en la entrada de la cochera.
Llevaba puesta un vestido amarillo de tirantes en las que sus pechos resaltaban como dos lindas montañas.
—Woah! Abuelo, me gusta tu nueva nave gris. ¿Me enseñarás a manejarla alguna vez?
—Hija, ahora no, estamos exhaustos y yo solo quiero meterme en la bañera.
Entró y yo me quedé afuera, y cuando se alejó de mí vista, saqué la caja con el iPhone y mi nieta casi se muere del gusto. Estaba recontenta, y quería plasmar el momento sacándonos una foto. Y luego se estiró de pies, y me besó dulce como hubiera besado a su padre en los labios. Un beso casto. Un beso que me hinchó el pecho. También tener dinero puede ayudar a uno a conseguir el amor.
Entramos, y vimos a Viviana atenta en la TV. Un dibujo animado de esos de ahora, sin sentido alguno hacía reír a la peque. Nos sentamos en los sillones, y ayude a mi sobrina a vincular sus datos personales del viejo celular con el nuevo. Debía usar el mismo número, y le dije que debía guardar en una carpeta segura todo las fotos y vídeos comprometedoras entre nosotros. Ella sonrió, y me dijo que no me preocupara. Me dio un beso y se fue a su cuarto para chatear más tranquila con su enamorado.
Yezabel me escribió al móvil, diciendo que iba a ponerse a dormir, y que la despertase media hora antes de que llegara Sergio del trabajo. Faltaban dos horas para eso, así que decidí quedarme en la sala, haciendo compañía a la menor de mis nietas. —Abuelo, ya me aburro de ver dibujos, ¿puedo jugar en tu celular? Y te dejo ver a ti los canales qué quieras.
Accedí a la proposición de Viviana, me gustaba ver el fútbol y el resumen al menos no estaba mal. Ella estaba entretenida y no hizo líos cuando después de unos minutos me fui al baño, pero en realidad, subí al cuarto de Gabriela. Entré sin más, la puerta estaba entreabierta, y ella estaba acostada boca abajo, con los codos sobre la cama, y las piernas cruzadas hacia arriba. Su vestido se había subido un poco, y se veían sus lindas bragas blancas. Tenía un cuerpazo, y yo no veía la hora de hacerla mía. Pero debía ser paciente, sino iba a ser que se asustara y no me iba a dejármela tan fácil.
Me acerqué como un leopardo acechando a su presa, y luego separando sus piernas, froté mi mano derecha por encima de su vulva. Gaby me miró de reojo, suspiró y me dejó hacer como si así lo hubiéramos convenido por su regalo.
Admiré a más no poder su cuerpo sensual, en crecimiento y mis manos la adoraron como un patético Papa del Vaticano. La besé, usé mi lengua para acariciarla, movido por la lujuria. Y luego, me atreví a bajar sus bragas hasta las rodillas. Su corazón latía desbocado, me creía un pervertido. Me aprovechaba de todo el asunto. Un abuelo no debería hacer jamás esto. Pero Gabriela ya no era una niña, yo mismo me había encargado de hacerla más una mujer.
Gimió, tenía que resistirse, intentaba no hacer demasiado ruido, pero la hacía sentir una corriente eléctrica como nunca antes había sentido. Solo había visto a mujeres retorciéndose en un potente orgasmo, pero vivirlo era muchísimo mejor. Era casi como la gloria, o quién sabe si aún mejor. Pero yo mismo estaba anonadado con su vulva, se había rasurado, a sabiendas de que volvería con su iPhone nuevo para sellar nuestro pacto morboso. ¿Y yo podría hacer lo que quisiera? Oh claro, también tendría que pagar para que ella tuviera una gran fiesta de quinceaños por si fuera poco. Solo así, Gaby me daría su primera vez, no antes. Faltaban unas semanas para ello, mientras tanto no pensaba morir de hambre. Al menos podría degustar de su coño, y la suavidad de su boca. Y toda la calidez que emana su cuerpo. Me sentí a la entrada del paraíso, mientras ella lo disfrutaba.
 Cuando se cansó de estar en esa posición, decidió ponerse boca arriba, y dejando a un lado su móvil. Me dijo que ahora le tocaba a ella hacerme feliz. —Además, si quieres puedes volverte a correr en mi boca -dijo sin quitar la mirada de mi polla-, supongo que mi hermanita aún no ha probado tu leche, ¿o sí? Yo negué con la cabeza, pero mi polla me contradecía, agitándose de arriba a abajo.
Abrió la boca, y me dijo que no fuera brusco, que no hiciera mucho ruido, y que me la follara hasta correrme dentro. Pensé que Viviana nos atraparía haciendo algo indebido si dejábamos sin seguro la puerta, pero eso parecía ser más excitante. Después de todo, Viviana ya me había mamado la polla, y si ahora quería unirse a nosotros; quizás Gaby no podía hacer nada para evitarlo.
—Ahí voy cariño, trata de no vomitar, respira por la nariz profundo, y no lo muerdas.
Tenía mis rodillas a ambos lados de su cabeza, y apunté mi verga erecta en su boca abierta. Parecía ansiosa, tenía los ojos vidriosos y me miraba con una especie de súplica. No debía ser brusco, debía hacer que le gustara mamar más que a su hermana. En unos meses si era posible, hasta podría estar tragándose mi lefa. Quizás podría ser el mismo día de su fiesta de cumpleaños; después de haberla desvirgado con todo mi amor.
Al comienzo me sentí mal conmigo mismo, y mientras la usaba como una vagina, fui sintiéndome más un maldito degenerado. Metía y sacaba, ella se ponía roja, y trataba de contener las arcadas. Tampoco era que la estaba metiendo toda la polla, pero igual, Gaby hacía lo posible para acostumbrarse a darme el mayor de los placeres.
Cansado me tiré en la cama, quería ahora que ella misma por sí sola se comiera mi polla, y me hiciera correr. <<Esta vez quiero correrme en tus tetas, y en tu cara. Pero debes acostumbrarte al sabor de mi leche, porque de ahora en adelante lo vas hacer más seguido>>. Dije cuando ella puesta de costado a la altura de mi verga, la cogía y se la llevaba a la boca para mamármela.
No soy un visionario, pero, lo que menos temía sucedió. Viviana se apeó en busca de su hermana, y al ver lo que hacíamos sin la menor vergüenza; entró para poder ayudar a su hermana mayor a bajar la hinchazón del abuelo.
La cara de sorpresa y turbación que puso Gaby fue un poema; quizás pegó un grito mudo, que no pudo ser al tenerla atragantada por mi polla, y no la quise dejar salir de ella. Contuve su cabeza con mis manos, y comencé un fuerte mete y saca. Viviana se subió a la cama y se posó al otro costado extremo de la cama. Apegada a la pared, veía con atención, lo bruto que me había puesto al tenerla presente. Hasta que Gaby empezó a golpear mis muslos con sus manos. Ahahahah ahhhhhhah.
Me sentí en la misma cima de los pedófilos, cuando Viviana agarró mi polla con ambas manos y se lo llevó a la boca. Su tierna y dulce boca de caramelo. Gabriela no podía evitarlo, aún estaba tratando de contenerse las ganas de vomitar, y respirar mejor. Aunque era la mayor, también era la más sensible, al verla a los ojos me di cuenta de que lloraba, y me miraba con cierta ira por dejar que su hermanita estuviera chupando de mi verga. Pero no quería que ello terminará así. Rodeé su cintura con una mano, y la atraje a mí para besar sus labios. Ella se negaba a ello, mientras tanto Viviana parecía muy entretenida haciéndome un buen oral.
Gabriela no podía creer lo que estaba viendo, perpleja como estaba me dejó hacer con el resto de su cuerpo todo lo que quería. Pero no quería verme, ni besarme. Chupé sus pezones y las mordisqueé como un enfermo. Y recorrí con mis manos cada parte de su cuerpo. No había mucho tiempo, y Viviana no era muy buena aún para hacerme correr; quizás era por su pequeña boca o por su falta de experiencia. No quedaba mucho tiempo, pronto Yezabel habría de despertar para hacer la cena. Me senté en la cama, y atraje a mis nietas bajo mis rodillas. —Ahora chupenmela al mismo tiempo.
Las di instrucciones, debían usar más lengua, escupirmela, debían ser más guarras. Y tragarse la leche que iba saliendo poco a poco. Debían tomar mucha aire y atragantarse ellas mismas como si sus vidas dependiera de ello. Hacían lo posible, debo reconocerlo, Gaby lo hacía como una autómata, y Viviana lo hacía como un juego de niñas. Al final, la sincronización fue un éxito. Lamían bien de arriba y abajo mi gruesa polla. Hasta llego a sentir sus bocas llenas de mis bolas. Me lo ensalivan bien, y mientras una de ellas me masturba con sus manos, la otra mamaba como lo haría una novata con grandes anhelos de ser algún día una actriz porno.
Cinco minutos antes de despertar a Yezabel, sentía mi polla a punto de explotar por completo. —Abran la boca ya -dije y tomé mi iPhone para grabar el último minuto con ellas sometidas a mis bajos instintos-. Ya me vengo. Oh síii.
Descargué mucho más de lo que hubiera hecho solo con una de ellas. Mi leche bañó sus rostros sonrosados, alegre por el lado de Viviana, y algo decepcionado por parte de Gaby, pero aún así ella sacó la lengua al sentir el primer chorro sobre su barbilla. Viviana la imitó, y esta vez mi leche fue a parar a su boquita, la tercera descarga cayó en la frente de Gaby, y la siguiente en su boca. Viviana no quería ser menos, y en cuanto su mayor hermana se fue al baño a limpiarse, ella se aferró a mis caderas y me limpió la polla hasta dejarla sin ningún rastro de semen.
—Oh mi vida —le dije conmovido—, me haces tan feliz. Gracias por bajarme la hinchazón. Te quiero.
—Si tanto me quieres. ¿Por qué no me compras también un iPhone? —Dijo risueña—. O mejor otra cosa, pero ya te lo diré después.
Acto seguido dio un salto y desapareció de mi presencia. Segundos después, reaccioné a tiempo, y salí del cuarto de mis nietas, cuando Yezabel se apeaba al pasillo desde su habitación, y me miró: —Gaby ya me despertó, gracias por nada.
Unos segundos más tarde, y me hubiera visto saliendo de la recámara de sus hijas, y no me cabe duda de que algo malo pensaría. No podía ser tan apegado a ellas de inmediato, debía ir poco a poco con ellas; sobre todo con Viviana que era la más ingenua.
Pasaron los días con apática normalidad, y al fin llegó el día de la fiesta de quinceaños de Gabriela. Me había hecho gastar cerca de cinco mil soles todo el asunto, y mis padres se sentían impresionados de tamaña recepción dentro del club y otra al aire libre. Hubo música con banda en vivo, buena comida, una animadora, barra libre para los adultos. Y muchos adolescentes invitados, entre ellos estaba el enamorado de Gaby, sí, el mismo que le metía mano en el parque.
—Te presento al chico que me gusta —dijo algo avergonzada—, se llama Alan.
Oír ese nombre me pareció «bufonesco», algo propio de gente populista. Creo que en realidad, solo estaba pensando en otro Alan; además de que no me agradaba la idea de compartir el cuerpo y cariño de mi nieta. Yo le deba todo lo que quería y no necesitaba a nadie más. Y debía recordarle que me lo había prometido, aunque eso le diera mucha pena.
El muchacho parecía no tan confiado esta vez en mi presencia, y después de recibir mi apretón de manos fuertes, apartó la mirada y se alejó un poco de mí y mi nieta.
+++++
DE CÓMO DESVIRGUE A LA MAYOR DE MIS NIETAS
 —Esta noche te haré mía, Gaby. No puedes negarte ahora que recibiste todo lo que querías —dije mirándola a los ojos con malicia, luego de que Alan entrara al local acompañado de su guapa hermanita—. Yo te convertiré en mujer, y serás mía. Solo así te podrás librar de mí, y de nuestro trato.
Mi nieta se sonrojo, pero apegada a mí, en un abrazo, al fin pudo decir: —Es lo único en que he estado pensando todo este tiempo, abu, Javier. Solo espero que me trates con cuidado, porque será mi primera vez y sé que la tienes muy grande.
—Seguro tu novio también quiere ya detonarte. Espero no le hayas dicho que eras virgen, porque luego va a llevarse una gran decepción.
—No me importa, él también ya ha tenido varios ligues anteriormente y yo porque no podría darme un gustito ¿no?. Además no es precisamente famoso por su fidelidad.
—Hay mucho alcohol de todo tipo para todos en la fiesta. Procura que tu novio se emborrache pronto o deberé esperar mucho para tenerte para mí a solas y sin que nadie nos moleste.
Gaby que creía que sería el centro del universo por estar festejando sus quince años, no tenía idea de mis pervertidos planes. Mi nieta apenas sería el platillo de entrada. Ya había visto lo buena que estaban otras chiquillas invitadas, y si perdían la cabeza o no estaban ahí sus padres para salvarlas, nadie iba a impedir de que me las llevara a mi antro oculto que había acondicionado dentro de aquel club. Incluso la misma hermanita de Alan podría caer en mis manos de caer borracho él antes siquiera de poder ponerle una mano a Gaby. Solo después de que yo la desvirgara podría hacerle lo que quisiera. Antes no, pensaba. Viviana estaría por ahí, quizás podría utilizarla como carnada, y lo haría con gusto porque ya me había demostrado bien que era una buena mascota mama pollas.
Había contratado a un buen DJ y estaba seguro que haría un buen trabajo haciendo que todos los chicos enloquecieran con sus bailes obscenos y juegos de alcohol. Habían algunos padres que fueron llevados a una reunión aparte para que no molestaran la diversión de los más chicos.
La música estaba alta, y pronto los chicos habían perdido la timidez inicial. Las chicas se movían descontroladas como excitadas por el reguetón, y perreaban como una buenas putitas. Por supuesto, que eso fue después de la entrada de la quinceañera siendo presentada oficialmente como una mujercita ante la sociedad. Gabriela ya no era una niña, su voluptuoso molde de mujer la delataba a pesar de ponernos su mejor carita de mosca muerta. Me la ponía dura a mil, y lo único en que pensaba era en hacer realidad mis más morbosas fantasías.
Cuando ya había bebido ella lo suficiente, se acercó a mí envalentonada de carácter y me susurró sentada a mis rodillas—: Abuelo, será tuya si así lo deseas, siempre y cuando no vuelvas a tocar a mi hermanita Vivi. ¿Sí?
—Si no qué? —dije riéndome, y le agarré las tetas sin importar si alguien nos miraba—. No te preocupes Gaby, la pequeña estará bien, aún no está lista para eso. ¿Entiendes? Solo debe aprender más a chuparla y con el tiempo quién sabe.
Gaby me miró algo perturbada, pero asintió y alejó mis manos de sus tetas algo incómoda de sentir mi erección en crecimiento. Después le di instrucciones de hacer beber seguido a su novio y que Viviana distrajera a su hermanita y no la fuera a cagar.
—No creo que la cague. Ambas dormirán en un cuarto arriba que preparó mi mamá, pues porque Alan no se irá hasta el día siguiente, después de salir de su borrachera. A sus papas les dijo que se iban a quedar en casa.
Esa era una noticia de gran importancia, cuando llegara el momento solo tenía que subir adónde las niñas estuvieran durmiendo. Pero por ahora ellas andaban revoloteando por los alrededores de la fiesta como unas bellas mariposas. Alina se llamaba ella, tez morena, tenía el cabello casi hasta la cintura y se lo había hecho ondular, porque según supe después era lacia natural.
La fiesta estaba en todo su esplendor, y luego la animadora organizó un concurso de bebidas. Alan podría participar sin problemas, porque ya había terminado la secundaria y le gustaba mucho embriagarse. —No se podía esperar gran cosa de los que escuchaban ese tipo de música que denigraba a las mujeres. Pero al pensar en esto, me sentía un grandísimo hipócrita. Gaby había aceptado mi iPhone y la fiesta de su quinceaños para que yo tuviera el honor de desvirgarla, y no iba a desaprovechar de disfrutarlo cada maldito segundo que pasara con ella.
Alan estaba tan ebrio que apenas podía ponerse de pie, sentado en unos sillones y acompañado de otros chicos, apenas y podía balbucear el nombre de Gaby, y luego se durmió un rato.
Gaby me mandó un mensaje cuando ya se encontraba en esa habitación acondicionada para llevar a cabo nuestro encuentro pecaminoso. Yo salí por la puerta de atrás, y también me metí en esa puerta que parecía sellada del todo.
Al vernos a los ojos, la sentí nerviosa, no fueron más que un par de segundos y luego se dio la vuelta. Y me dejó admirar su esbelto trasero, ya esas anchas caderas como la de su madre. Beber un poco de los tragos la habían envalentonado y ahora sin pensar más, comenzó a quitarse la pantimedias y luego su rosado calzoncito.
Me acerqué a ella con el deseo de hacerla mía cuanto antes y bruscamente la arrebate su peinado y dejé caer su cabello sobre sus hombros desnudos. El cierre del vestido estaba en medio de sus buenos pechos, y apuré la mano para poder comérselas con un hambre tan salvaje que se me puso dura la polla. Gaby observaba mis movimientos, se apretaba a mí, toqueteaba mi erecta polla que pugnaba por salir de mis pantalones.
Nuestras lenguas entrelazadas y nuestras manos ardiendo del deseo prohibido. Mi nieta se dejaba llevar, se dejaba hacer, se dejó caer en la cama ya desnuda, y cerró los ojos totalmente entregada a mí. Tenía que saborear ese coñito antes de desvirgarla, tenía que succionar ese clitoris antes de se corriera. Los gemidos de Gaby eran tímidos, pero entonces me dije que no había forma que alguien nos escuchara y que mejor se dejara ser.
Viviana ya había subido con Alina y se habían dispuesto a dormir; aunque antes mi pervertida nieta la hizo ver cosas para adultos en su tableta. Alina era más alta que Vivi, pero Viviana era más puta, pero no había dejado de ser una ingenua. Ella solo seguía mis órdenes, y sabía que tal vez sería lindo que pudiera hacer un vídeo con ellas dos juntos.
—Quince años no se cumplen todos los días Gaby, pero dime la verdad. ¿Alan ya te había insistido para coger?
Gaby respondió con una afirmación de cabeza, y desvío su mirada para la ventana clausurada que teníamos a nuestra izquierda. —Pero nunca encontramos el tiempo; además el jamás me iba a comprar nada por tener sexo, quizás solo los condones.
Me eché reír al oír esto. Era obvio que las cosas que habían pasado entre nosotros le había dado la confianza para tomar esta decisión. Sabía del dinero que manejaba y de lo que había cobrado por vender mi casa. Jamás se hubiera entregado a un abuelo pobre y tacaño.
—Pero, abuelo —siguió ella ahora sí mirándome a los ojos—. Espero que tengas suficiente conmigo y no volvamos a repetir aquello con mi hermanita. Se supone que debería de cuidarla, y cuando pasó de verdad que no sabía qué hacer ni pensar. Debí evitarlo ¿no crees?
Le dije que hablaríamos después, pero Gaby no estaba muy contenta con eso. Tenía que mentir, así que lo hice y le prometí que no volvería a tocar a Viviana.
Habla de todo esto, me había bajado la erección, así que la mandé a hacerme una buena mamada—: Chupa ahora que por tu culpa se me ha bajado… Gabriela era muy obediente, y me la chupo como lo hacen en los videos porno. Sin asco y tragándose un poco de mi semen. Entonces la detuve porque estaba casi por correrme.
—Ahora sí bebé, dime en qué pose quieres que te DESVIRGUE? —Pero a Gaby no le importaba, así que la puse en cuatro, y llevé mi verga a la entrada ya bien húmeda de su cuca—. Agárrate bien… Creo que lancé un alarido y empuje, metiéndosela hasta la mitad.
Gaby bajo su cabeza hasta apoyarlo en una almohada, y así me dio una buena toma de todos sus encantos. Luego se la metí toda y ella fue esta vez la que lanzó el alarido.
—Sacala, sacala un momento que duele abu… Creo que gimoteaba como algunas en su primera vez.
Pero la cogí bien de las caderas y le pedí que respirara fuerte, y que ya se iba a acostumbrar. Acaricié su espalda, sus nalgas. Tenía el cabello bien negro y brillante. Me puse como loco cuando me decidí a cogerla de sus cabellos para jalarla mientras me la follaba. A Gaby no le había gustado esto, y a pesar de que ya empezaba a gustarle un poco mis embestidas, había vuelto a gimotear. Aquello me excitaba tanto, nuestra diferencia de tamaño y peso era notorio. Imagínese ahora sí me follara a una peque como Viviana, la destrozaría de verdad. Pero Alina era otra cosa, suponía.
No pude aguantar mucho más y me corrí dentro de Gaby. Para cuando eso pasó, ella ya estaba totalmente echada boca abajo en la cama, y aferrándose fuerte a las esquinas de la cama, resistiendo todo mi peso y la brutalidad con que me la follaba. Todo su maquillaje se había corrido, y tenía los ojos rojos. Había sido mis más maldita experiencia carnal.
(La historia continúa con mis otras dos nietas de parte de mi segunda hija)
pueden escribirme a [email protected]
17 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por J L Van Freak
Etiquetas: amigos, cumpleaños, hermana, hermanita, incesto, madre, mayor, sexo
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