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Heterosexual, Infidelidad, Lesbiana

Los abrazos de año nuevo (3)

Como ya dije, en este cambio de año se me acumularon las felicitaciones que debo dar y otras que no estaban en la lista. Aquí cuento de mi novia, su esposo y otro más (un joven ya usado antes por mi novia)..
Una vez que felicité al padre Chema, regresé a casa. Aún dormía mi marido, me metí bajo las sábanas, tomé mi leche matutina en biberón de carne, y en cuanto mi cornudo se acostó me monté sobre su cara y tallé mis labios inferiores en su cara.

–¡Estás muy mojada mamita…! –gritó y se puso a chupar–. ¡Y muy rica!

–A lo mejor la leche que me metiste en la noche se cambió por vino con el acto de contrición que hice. ¡Tómala gozoso, que ya está santificada! –le dije en mi calentura.

Ramón dijo que estaba tan sabrosa como la que toma de su amigo Pedro, allí mismo. ¡Chupó riquísimo y yo me vine mucho! Temía desmayarme pues habían sido bastantes los orgasmos de esa mañana.

Para el viernes, después de comulgar muy de mañana, a mi regreso, comencé a preparar los bocadillos que me comprometí a hacer para festejar en la noche el inicio de año con los trabajadores de la cuadrilla que dirigen Pedro y mi marido, la cual, además de estos dos, está formada por una decena de trabajadores cuyas edades van de 22 a 38 años. La reunión sería en la casa de Pedro y mi novia Dalita. Es decir, habría unas 25 personas al considerar un acompañante por persona. Obviamente, al concluir la reunión Dalita, nuestros maridos y yo nos quedaríamos para hacer el prau-prau entre nosotros.

Llegamos a las nueve de la noche, tal como estaba programado. Se comió, se tomó y bailó sin tropiezos, pero pasadas las once, se dieron cuenta que el hielo y las cervezas se estaban agotando y Pedro le ordenó a Fermín, el más joven de los trabajadores, quien toma muy poco o casi nada, que fuera a comprar uno o dos cartones de cervezas y dos bolsas de hielo a la tienda de don Senén, dándole las llaves de la camioneta.

–Ya está cerrado todo –replicó el joven y tomó las llaves.

–Hay que tocarle en su casa, que te acompañe Dalita para que no tengas problema –ordenó Pedro, quien ya estaba muy “alumbrado”.

–Acompáñame –me dijo Dalita tomándome de la mano.

El ambiente estaba en lo máximo, ya había yo bailado con varios de los muchachos, particularmente con Fermín, uno de los dos chicos que, me dijo mi novia Dalita, ya habían cogido con ella anteriormente cuando terminó una reunión similar porque Pedro se quedó dormido de borracho, y como mi novia estaba muy caliente con la bailada… Dalita se acercó a nosotros y, en voz baja le dijo a Fermín “Caliéntala con tus encantos, como a mí, apriétala…”, y sí, en el baile Fermín me puso una franeleada tremenda. En las vueltas metía su pierna entre las mías y sentí una crecida y caliente tranca que se me antojó y le sonreí como puta. También el mozo tuvo la oportunidad de pasar su mano sobre mi pecho sin que se percataran los demás. Sí, con dos piezas bailadas me dejó con las pantaletas mojadas.

Cuando fuimos a media cuadra, al baldío donde se estaciona la camioneta, Fermín abrió la puerta, entramos y la volvió a cerrar.

–¿Qué no vamos a sacarla? –le pregunté a Dalita, refiriéndome a la camioneta.

–Sí, mi amor, pero primero se la sacamos a Fermín para que te eche un “rapidín”, ya le dije –me contestó abriendo la puerta de la doble cabina y recorrió el asiento para que me subiera atrás.

También Fermín entro por el otro lado hacia el asiento trasero, e inmediatamente me abrazó. Mientras me besaba y yo correspondía, me bajó los calzones, abrí las piernas y sentí en mi encharcada panocha cómo me entraba ese portento de verga. “Así, papacito, cógeme así…” le decía acoplándome al movimiento y correspondiendo a sus besos, comencé a gritar por los orgasmos que su enjundia me sacaba. Dalita veía la escena con su mano bajo la falda, pajeándose y mordiéndose los labios. En menos de diez minutos ya estaba yo en el cielo y bien servida. Dalita había ido a abrir la puerta del baldío. Fermín se pasó adelante sin meterse la verga y sacó la camioneta. Dalita se subió adelante y, mientras él conducía, Dalita le limpiaba el palo, el cual se lo metió antes de bajar para tocar en la casa del señor Senén.

Yo me quedé reponiendo fuerzas pues sentía que había tenido encima una máquina de fornicar. Busqué mis calzones, húmedos desde el baile, cuando los encontré me limpié con ellos los borbotones de semen que escurrían de mi raja. Antes de que me repusiera completamente, los cartones de cervezas y las bolsas de hielo, estaban en la caja de la camioneta. En menos de lo que duraron las dos mamadas que Dalita le dio a Fermín en el palo, estábamos enfrente de la casa. Yo baje los hielos y ellos las cervezas. De inmediato se fueron a guardar la camioneta y en veinte minutos estaban de regreso.

–¿Tan rápido? –le pregunté a Dalita.

–Fue suficiente, ¿Tú hubieras aguantado dos palos seguidos? –contestó con los ojos semicerrados que mostraban una relajación total.

–Vamos a que descanses un poco –dije y la llevé a la recámara y cerré la puerta con seguro.

La acosté, le subí la falda, le bajé los calzones y me comencé a dar un festín con el atole que hicieron.

–¡Yo también quiero mamar! –exigió y me quité los calzones para disfrutar un 69.

Dalita quedó dormida. Al tratar de subirle los calzones me percaté que estaban llenos de lefa y por mi urgencia no me había dado cuenta de eso, estaban igual que los míos. Los metí en el cesto de ropa sucia y saqué otros dos limpios de su cómoda; se los puse, me puse otros y salí de la recámara.

–¿Qué pasó, tortilleras, ya se amaron? –preguntó mi marido cuando me vio salir, pues seguramente olió algo de sexo en mi cara ya que no me limpié.

–Nos acariciamos, sí, pero estamos muy cansadas de haber preparado todo para la reunión, además de bailar bien mucho. Pero sí queremos que nos den mucho amor Pedro y tú, así que ya no tomen.

Dos horas después se acabó todo, comida y tragos, así que los invitados se comenzaron a ir hasta que solamente quedamos los cuatro. Pedro y Ramón ya estaban muy tomados, pero aún de pie. Ramón se fue sobre Dalita, y Pedro sobre mí. Todos quedamos encuerados en la sala. Yo miraba cómo mi esposo se daba un banquete con las tetas de Dalita, en tanto que yo sentía la lengua de Pedro lamiendo mis pelos de la panocha y con sus manos él apretaba mis nalgas.

–¡Qué rica y mojada estás, mamita! –decía Pedro al lamerme.

–Es porque hace rato estuvieron haciendo sus tijeritas en la recámara –respondió Ramón–, me lo dijo Mar –y se bajó a chupar la pepa de Dalita.

No cabía duda que aún había resabios de la leche que nos surtió Fermín pues ambos nos mamaban clítoris y labios con verdadero deleite. Lo que siguió fue tirarnos en el sillón y cogernos con todo el calor que habían acumulado en el baile.

Una vez que se vinieron, cambiaron de pareja para que les limpiáramos la verga con la boca. Para mí fue delicioso saborear los restos del atole que hicieron mis dos amores, y supongo que fue similar para Dalita.

–¡Ahora vamos a la alcoba para verlas haciendo un 69, tortilleras putas! –ordenó mi marido, y lo secundó Pedro, llevándonos de la mano a la cama.

Las dos sorbíamos con gran placer la leche y los jugos en la panocha de nuestra amada. Los machos se la jalaban con lentitud y luego cambiaron las manos de pene para jalársela con más lujuria. Nosotras los mirábamos y poníamos más empeño en darles la función porno que habían pedido. La lengua recorría desde la raja de la panocha, subía por el periné y llegaba al ano que quedaba muy expuesto al separar las nalgas de la amada con las manos. Lo cierto es que esas dos cogidas recibidas hoy, más el cansancio por el trabajo, nos dejó agotadas y dormimos a rienda suelta. Dalita y yo al centro, ella dándole pecho a mi marido y yo abrazándola de cucharita, sintiendo la verga de Pedro en mis nalgas.

Como a las diez de la mañana, Dalita y yo despertamos y bajamos por nuestro desayuno de lechita, ella con mi marido, a quien estimuló metiéndose sus huevitos juntos a la boca; yo inicié lamiendo los huevotes de Pedro y, alternándolos, me metía uno por uno. Luego siguió la mamada formal para extraer el semen. Una vez concluida la ordeña, nos besamos para compartir la leche que aún quedaba en la boca, al tiempo que jugábamos con las tetas. Descansamos besándonos y acariciándonos el rostro.

Al levantarnos, nos metimos a la ducha. Nos bañamos y secamos una a la otra. Nos vestimos y escampamos un poco la sala y salimos al mercado más cercano donde compramos tortillas, aguacate, cecina y barbacoa para desayunar. También compramos dos cervezas grandes y heladas porque ya no quedaban en la casa.

Cuando regresamos, ellos aún seguían en la cama.

–¡Levántense, putos! Aún hay que barrer la casa y lavar los trastos, no los tenemos solamente para tirárnoslos cuando se nos pegue la gana –les gritó Dalita.

–¡Vengan a mamarnos la verga, putas lesbianas! –replicó Pedro.

–¡Mámensela ustedes, nosotras ya tomamos la lechita suya! ¡Mejor métanse a bañar! –le contestó su esposa.

Desayunamos y prendimos la televisión para enterarnos del secuestro, que los noticieros de cadenas comerciales llamaban “captura”, del presidente venezolano “sin bajas” por parte de los gringos, pero nada informaban de los daños que dejaron en ese país, así que cambiamos a ver a los yotubers que no repetían lo que las agencias informativas estadunidenses dictaban. En efecto, nos enteramos que habían sido bombardeadas zonas habitadas por civiles y sí había personas asesinadas.

Con pesar por lo escuchado, comimos casi en silencio y sin más interés por la fornicación, aunque los teníamos encuerados, ellos no hicieron el intento, ni nosotras por desvestirnos para continuar cogiendo en ese momento, tal como nos propusimos para ese fin de semana.

Ya en la noche, después de tomar pan y café, sí nos quitamos la ropa y comenzamos con los arrumacos, olvidándonos de las malas noticias y de las amenazas que Trump le hacía al vapor a todo el mundo: Groenlandia, Cuba, Colombia, México e Irán de manera explícita.

Mi marido me echó un palo, Pedro hizo lo mismo con Dalita. Luego, mientras se reponían, cambiamos de pareja para limpiarnos haciendo 69. ¡Qué rico era saborear el atole en esos palos! Obviamente a ellos les fascinaba limpiar la cuca llena con la lefa del esposo. Dormimos de la misma manera en que lo hicimos la noche anterior. Ramón despertó primero y se subió en Dalita, quien protestó

–No, cógeme por el culo –le dijo y se montó hasta que quedó completamente incrustada.

Yo miraba calentándome por la escena y recordando que, desde el jueves que me atendió el padre Chema por la puerta de atrás, no había recibido una enculada. La trepidación de Dalita despertó a su marido, quien de cucharita trató de penetrarme.

–Ponme aceitito antes, no seas salvaje, puto, tú palote me puede lastimar –protesté.

Pedro tomó el lubricante y procedió a lo que le pedí poniéndome bocabajo.

–Ya te vi que quieres mamar mis chiches saltarinas… –le dijo Dalita y se inclinó para llenarle la boca a mi marido.

–Ya estás lista para la enculada, mamacita –me dijo Pedro y procedió a cogerme por el culo.

Sólo gemidos, guarradas y golpes de nalgas contra pubis se escuchaban, además de las aceptaciones y gozos. “¡Así, papacito, méteme todo tu garrote, rómpeme bien el culo!”, le decía yo a Pedro, quien no dejaba de gritarme “¡Qué ricas nalgas y culito apretado tienes, mamacita!” Por el otro lado, de Ramón sólo se escuchaban los “chup-chup” al cambiar de chiche, y Dalita, entre vuelta y vuelta que le daba al remolineo de sus nalgas ensartadas en la verga de mi esposo, le decía a éste “Mama, mama, querido putito”.

Después de que sentí el calor del semen que descargó Pedro en mis tripas, me abrazó para rodarnos y descansar de cucharita. Yo quedé feliz y se lo mostré con apretones de mis nalgas en su pene. También Dalita ya estaba bien alimentada de las proteínas que le extrajo a Ramón y ambos reposaban jalando aire hacia sus pulmones. A los pocos minutos, levanté a Pedro de la cama para llevarlo a la ducha. Tres minutos después, nos alcanzaron mi novia y mi marido, Ella llegó tal y como yo había entrado: escurriendo semen con un tinte café por las piernas. De inmediato, bajo el agua de la regadera, nos usaron otra vez por allí, pero ahora cada quien a su esposa.

–¡Qué fácil te entró, mi amor! Al rato vas a tener las medidas interiores de Dalita… –señaló mi marido.

–Yo creo que sí, porque a los dos les gusta usarme por allí –dije omitiendo que la verga de Pedro es más gruesa y Dalita lleva muchos más años usándola por el culo.

Nos vestimos y salimos del brazo de nuestro respectivo consorte a comer algo. Fuimos al cine donde las damas dábamos besos y manoseos a todos aprovechando la oscuridad y estar sentados hasta la última fila. Al salir del cine, cada pareja se fue a su casa.

En la noche, me eché un par de ordeñas más en la pucha y el lunes me levanté con mi leche de biberón, como me gusta.

26 Lecturas/10 enero, 2026/0 Comentarios/por Mar1803
Etiquetas: cogiendo, culito, culo, mama, mamada, padre, semen, sexo
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