Los recuerdos más calientes: mi excuñada y el masaje prohibido
Recuerdos prohibidos con mi excuñada: masajes inocentes que escalaron a caricias intensas en la sala, mientras mi ex dormía cerca. Al día siguiente, solos en casa, sexo apasionado en el sillón: penetración, oral y clímax mutuo, todo en secreto. El riesgo y el placer, inolvidables..
Los recuerdos con mi excuñada siguen siendo los que más me aceleran el pulso. Fueron los de mayor riesgo, los que tenían todo que perder.
En esa época yo aún vivía con mi ex en la casa familiar. No había llegado nuestro hijo todavía. Vivían con nosotros mis dos hijas pequeñas, mi excuñada (tres años menor que nosotros) y mi exsuegro. Ella tenía un cuerpo que quitaba el aliento: delgada, con unas tetas 34D que desafiaban la gravedad y le provocaban dolores de espalda constantes. Mi ex, en cambio, era más rolliza, de senos modestos (38C), y solo se quejaba del cansancio en las piernas tras largas horas de pie.
Era un domingo de verano asfixiante. Volvimos del mercado y de misa agotados. Nos dejamos caer en la sala, con el ventilador zumbando y la tele de fondo. Todos en bermudas y camisetas ligeras. Mi ex empezó a masajearse las pantorrillas, quejándose. Aproveché la ocasión: fui por el frasco de aceite de lavanda con sándalo y me arrodillé frente a ella.
Empecé por los tobillos, subiendo despacio por las pantorrillas, presionando con los pulgares los músculos tensos. Ella suspiró, cerró los ojos. El aroma del aceite llenó la habitación. Mis manos subían y bajaban, cada vez más arriba, rozando el interior de los muslos. Sentí cómo se relajaba… y cómo yo me endurecía. Terminó quedándose dormida, respirando profundo. Las niñas también se habían quedado traspuestas en el sillón. El exsuegro había salido a ver a sus amigos.
Solo quedábamos mi excuñada y yo.
Ella estaba sentada en el sillón, arqueando la espalda una y otra vez, buscando alivio. Me acerqué con las manos aún brillantes de aceite.
—¿Te duele la espalda? —pregunté en voz muy baja.
Asintió, mordiéndose el labio inferior.
Sin pedir permiso, tomé sus manos y empecé a frotarlas: palmas, muñecas, antebrazos. Movimientos lentos, firmes, profundos. Diez minutos así, mientras mi ex roncaba suavemente al fondo.
Luego pasé a los hombros, sobre la tela de la camiseta. Mis dedos encontraron el elástico del brasier y, con disimulo, lo deslizaron hacia abajo. Ella no se resistió. Al contrario: se inclinó ligeramente hacia adelante, dándome espacio.
Me senté detrás, en el respaldo del sillón, y metí las manos por las mangas. Mis palmas cubrieron sus hombros, bajaron por la espalda, subieron de nuevo. El calor de su piel traspasaba la tela. Ella se recargó un poco contra mi pecho. Su respiración cambió.
El episodio de la tele terminó. Silencio. Solo el ventilador y nuestra respiración.
Deslicé una mano por dentro de la manga, rozando el lateral de su teta. Cambié de lado y, con la otra, levanté despacio la parte delantera de la camiseta. Mis dedos encontraron abdomen suave, costillas, y por fin la curva inferior de sus pechos. Los abarcé. Pesados. Perfectos.
Ella se tensó un segundo… y luego se derritió contra mí. Sus pezones ya estaban duros cuando los atrapé entre los dedos. Los masajeé en círculos lentos. Su respiración se volvió jadeante, entrecortada. Sentí cómo se mordía el labio para no gemir.
Mi erección presionaba contra su espalda baja. Pasaron más de treinta minutos así: manos en sus tetas, besos suaves en la nuca, sus caderas moviéndose apenas, buscando fricción. Hasta que una de las niñas se removió y mi ex abrió los ojos.
Volteó, adormilada.
—¿Te dolía la espalda? —murmuró—. Bueno… ya hay que comer.
Se levantó como si nada. Prepararon la comida entre bromas. El día siguió su curso. Por la noche llegó el exsuegro borracho y todos nos fuimos a dormir.
Mi ex me dijo en la cama, ya desnudos:
—Está bien que ayudes con tus masajes… pero modéralos un poco, ¿sí?
Esa noche cogimos con una intensidad brutal. Ella estaba desatada.
Al día siguiente todos salieron temprano. Mi excuñada se quedó con las niñas y las llevó al colegio. Yo, como jefe de zona, podía escaparme cuando quisiera. A las ocho de la mañana ya estaba de vuelta en casa, con un short y una camiseta vieja. Ella llegó poco después y se quedó paralizada al verme.
—Pensé que te tocaba supervisar todo el día —dijo, con una sonrisa nerviosa.
—Hoy no. Mañana me toca guardia de 24 horas… así que dormiré solo.
Me acerqué. Tomé sus manos.
—O mejor… termino tu masaje de ayer.
Ella sonrió, traviesa.
—Vale… aún te faltó bastante.
La llevé al sillón. Me senté y la coloqué de espaldas a mí, entre mis piernas. Saqué el aceite. Le quité la playera sin prisa. Sus tetas se liberaron, pesadas y firmes. Las masajeé desde atrás mientras besaba su espalda, mordía suavemente los lóbulos de sus orejas, el cuello. Ella suspiraba, se arqueaba.
Le subí la faldita hasta la cintura. Sus calzones blancos de algodón. Los bajé lo justo para dejar sus nalgas al aire. Abrió las piernas. Mis dedos encontraron su clítoris hinchado, su entrada ya mojada. La acaricié en círculos lentos, escuchando cómo su respiración se volvía gemido ahogado.
La levanté apenas y la senté sobre mí. Se deslizó despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuve completamente dentro. Se arqueó como gata en celo y empezó a moverse, subiendo y bajando, apretándome. Gemidos suaves, susurros:
—No pares… así…
Nos vinimos casi al mismo tiempo, temblando.
Se quedó sentada sobre mí unos minutos, contrayéndose alrededor. Luego se giró, nos besamos con lengua, profundo, volviendo a encendernos.
La tumbé. Separé sus piernas. Bajé mi boca a su vulva: sabor a nosotros dos, salado, dulce, caliente. Lamí despacio, recorrí sus pliegues, jugué con el clítoris, bajé hasta su ano, lo acaricié con la punta de la lengua mientras mis manos apretaban sus nalgas.
Ella se retorció, jadeó.
Después me montó frente a frente, en flor de loto. Nos movíamos lento, profundo. Succcioné sus pezones mientras ella se arqueaba, gritaba bajito y un chorro caliente me bañaba los testículos. Eyaculé dentro de ella otra vez, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor.
Terminamos abrazados, sudorosos, oliendo a sexo y a aceite de lavanda. Ella se duchó rápido para ir por las niñas. Yo acomodé todo y salí antes de que alguien sospechara.
Cuando volví por la tarde, con mi ex ya en casa, solo cruzamos una mirada y una sonrisa cómplice. Nadie más supo nunca.
Ese día quedó grabado como uno de los más intensos y peligrosos de mi vida.


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