¿Mamá no conocía el limite de Papá?
Es la primera noche en años que Elena elige el silencio. No porque haya aprendido algo, sino porque no sabe cómo seguir mintiendo. Y esa, quizás, es la grieta más profunda que ha aparecido en el Edén..
La casa estaba en silencio cuando Elena entró. Ese silencio denso de las tardes de calor, cuando hasta los pájaros se rinden. Venía de la compra, las bolsas marcándole los dedos, el sudor pegándole el vestido a la piel. Dejó todo en la cocina y se secó la frente con el dorso de la mano.
—¿Miguel? —llamó, sin mucho énfasis. Mientras se desnudaba.
Nadie respondió.
Caminó por el pasillo. Las baldosas frescas bajo sus pies descalzos. Y entonces, al doblar la esquina, lo vio.
O mejor dicho: los vio.
Lara estaba sentada en el suelo, con las piernas abiertas en una V perfecta. Su piel dorada brillaba de sudor. Y entre sus piernas, en el pliegue diminuto de su culito, en el surco que dividía sus nalgas redondas y suaves, había una mancha blanca. Espesa. Brillante. Cayendo en hilos lentos hacia el suelo.
Lara la tocaba, la estiraba, se reía. Hilos elásticos que se rompían y volvían a formarse. Una fascinación total, absorbente, la de quien ha descubierto un material nuevo y maravilloso.
—Mami, mira —dijo Lara al verla, levantando la mano llena de semen—. La lechita de papá. Está caliente todavía.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No por la escena en sí —había visto muchas escenas, las había narrado, las había celebrado—. Sino por algo que no sabía nombrar. Algo en la disposición de los cuerpos. Algo en la cantidad de semen. Algo en la mirada de Miguel.
Porque Miguel estaba allí.
Tirado en el suelo, a un par de metros de Lara. De espaldas. Un brazo sobre los ojos, el otro abandonado a lo largo del cuerpo. Su pecho subía y bajaba con violencia, como si acabara de correr una maratón. Su pene, aún semierecto, yacía sobre su muslo, cubierto de una capa brillante que también goteaba. Había más semen en su vientre, en su propia piel. Estaba empapado.
Pero lo peor era su postura. No era la postura del que descansa después del juego. Era la postura del que ha sido arrasado. Del que ya no puede más.
Elena procesó la imagen completa. Lo hizo con esa rapidez fría que tenía para estas cosas, la misma que usaba para tomar notas mentales, para encontrar el ángulo narrativo, para convertir la realidad en palabras.
Lara: feliz, radiante, empapada de semen, explorando su cuerpo con la curiosidad de siempre. El semen estaba en sus muslos, en su pancita, en sus manos. Había mucho. Demasiado.
Miguel: destruido. No agotado físicamente. Destruido. Como si algo dentro de él se hubiera roto para siempre.
Y entonces Elena hizo la pregunta. La única que podía hacer. La que su mente de cronista, siempre buscando los límites del relato, necesitaba formular.
—Amor —dijo, y su voz fue suave, casi tierna—. No entraste, ¿no?
Miguel no respondió. No movió el brazo de sus ojos. Pero todo su cuerpo se tensó. La mandíbula, visible bajo la piel, se contrajo. Los dedos de la mano abandonada se cerraron lentamente, hasta formar un puño.
El silencio se alargó.
—Miguel —insistió Elena—. No entraste, ¿verdad?
Lara, ajena a la tensión, seguía jugando con la leche de su padre. Se había llevado un dedo a la boca y chupaba con ese entusiasmo que la caracterizaba.
—Sabe diferente hoy —comentó, con naturalidad—. Más rica. ¿Por qué, mami?
—Ahora no, cielo —dijo Elena, sin mirarla. Sus ojos estaban fijos en la figura inmóvil de Miguel—. Miguel. Mírame. Decime que no entraste.
Pasaron segundos. Eternidades. Finalmente, Miguel movió el brazo. Lo apartó de sus ojos lentamente, como si pesara toneladas. Parpadeó ante la luz. Y luego la miró.
Fue una mirada que Elena no había visto antes. En veinte años de matrimonio, en veinte años de construir el Edén juntos, nunca le había visto esa expresión.
No era culpa. No era vergüenza. No era miedo.
Era incredulidad. Pero no incredulidad hacia lo que acababa de pasar. Incredulidad hacia ella. Hacia la pregunta que acababa de hacer.
—¿Eso es lo que pensás? —dijo al fin. —. ¿Eso es lo que crees que haría?
—No es lo que creo —respondió Elena, rápida, defendiéndose—. Es lo que pregunto. Para estar segura. Para que me lo digas tú.
Miguel negó con la cabeza. Un movimiento lento, agotado. Sus ojos se desviaron hacia Lara, que ahora se había levantado y caminaba hacia ellos.
—Mira lo que hiciste —dijo Miguel, señalando vagamente a la niña, a sí mismo, a todo—. Mira lo que hicimos. Y me preguntas eso. Como si yo fuera…
No terminó la frase. No podía. O no quería.
Lara llegó hasta ellos y se plantó frente a su madre, mostrándole las manos.
—Mami —dijo—. La leche de papá me gusta mucho. Me hace cosquillas en la tripa cuando me cae.
Elena la miró. Durante un instante, solo un instante, algo titubeó en su interior. Vio a su hija de seis años, cubierta de semen. Vio a su marido, derrumbado en el suelo, preguntándose quién era ella para pensar eso de él. Vio el rastro blanco en el suelo, en los muebles, en la piel de ambos.
Y luego, como siempre, su mente encontró el camino de vuelta. La traducción. La narrativa.
—Mi amor —dijo, acariciando el pelo sudado de Lara—. Pero ahora vamos a limpiarnos, ¿sí? Hay que cuidar el cuerpo.
—¿Y papá? —preguntó Lara, señalando a Miguel.
—Papá necesita descansar. Ha sido un día muy especial para él también.
Lara asintió, satisfecha con la explicación. Y mientras Elena la llevaba hacia el baño, la niña iba contando, con lujo de detalles, cómo había sido el juego, cómo papá la había ayudado a que sintiera cosas ricas en su culito muchas veces, cómo la leche había salido como un volcán.
Elena asentía, sonreía, hacía los comentarios adecuados. Pero su mente estaba en otra parte.
En la mirada de Miguel.
Esa incredulidad.
Esa acusación silenciosa.
¿De verdad pensaba que ella podía creer eso de él? ¿De verdad no entendía que la pregunta era solo eso, una pregunta, una necesidad de tener claro el relato, de saber exactamente qué había pasado para poder contarlo bien?
En el baño, mientras el agua corría y Lara cantaba una canción de gatitos, Elena se miró al espejo.
—No entraste —susurró, como confirmándose a sí misma—. No entró.
Porque si Miguel hubiera entrado, todo sería diferente. Ese era el límite. El único que reconocían. El que separaba el «juego» de algo que ni siquiera ella podía nombrar.
Miguel no había entrado. Lo había dicho con su silencio, con su mirada, con su incredulidad. No había entrado.
Entonces, ¿por qué se sentía tan vacía?
—
Más tarde, cuando Lara dormía y la casa había recuperado su silencio habitual, Elena bajó al salón. Miguel seguía allí. No se había movido. Seguía en el suelo, mirando el techo.
Elena se sentó a su lado. Apoyó la cabeza en su hombro.
—Lo siento —dijo.
—¿Qué? —preguntó él, sin mirarla.
—Lo siento por haber preguntado. No debí hacerlo.
—No.
—Es que vi todo eso y…
—Ya.
Silencio.
—Miguel.
—Qué.
—¿Estás bien?
Él tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó hueca, como si hablara desde muy lejos.
—No lo sé. ¿Tú crees que estoy bien?
—Podrías estarlo. Es solo que…
—¿Solo qué, Elena?
—Nada. Déjalo.
Pero no lo dejó. Se incorporó y lo miró.
—Ella es feliz, Miguel. Lo viste. Estaba radiante. ¿No es eso lo que queremos? ¿Niños que conozcan su cuerpo, que sepan lo que les gusta, que puedan pedirlo sin vergüenza?
Miguel cerró los ojos. No respondió nada.
Elena suspiró. Se levantó y lo miró desde arriba.
—Mañana te sentirás mejor. Siempre te pasa. Después te entra la culpa, pero luego se te pasa. Ya verás.
Elena subió a su cuarto, se acostó y apagó la luz. Cerró los ojos. Y en la oscuridad, sus últimas palabras antes de dormir fueron:
—Qué estúpida que fui.


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