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Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

MARCELITA 2026 – Capítulo 01

La dulce historia de amor entre una niña y un hombre (M32 / g8-9yo).
–NOTA DEL AUTOR–

He decidido compartir en este nuestro foro mi obra maestra: MARCELITA, una versión 2026 COMPLETA y AUMENTADA, pero con la misma esencia que la original. No diré que es todo realidad, pero hay cierta inspiración en una historial de la vida real.. ¡Espero que la disfrutéis!

Capítulo 01:

El amor es algo sumamente sorprendente y, más aún, las cosas que suceden en él. Dicen que para el amor no hay edad, pero lo que no se espera es este tipo de amor entre una niña pequeña y un hombre adulto; sin embargo, en ocasiones el deseo más prohibido y la lujuria triunfan..

Marcelita era una pequeña de 4to. de primaria; vivía con su aún joven madre de 34. En el colegio, los niños de su edad, o incluso mayores, buscaban cualquier excusa para acercársele en el receso o a la hora de la salida. Era un tanto tímida, pero tenía una increíble sonrisa encantadora adornada por unos labios preciosos y que iluminaba cualquier habitación en la que entrase, unos bellos ojos café y de cabello castaño claro y liso, que le caía hasta la mitad de la espalda.. el sueño de cualquier hombre que aprecia la belleza femenina. Con su piel blanca y delicada, parecía una muñequita de porcelana.. Su cuerpo era el de una niña a punto de cumplir 9 años. Con su 1.34mts de estatura y apenas 26kg. de peso, Marcela era más bien de cuerpo flaquito y aún sin curvas; con un pecho completamente plano y una pancita infantil que la hacía parecer aún más pequeña y vulnerable. Sus piernas finas y sus caderas estrechas acentuaban aún más su delgada figura, mientras que su respingón culito y sus movimientos gráciles la hacían parecer una verdadera princesa. Con un cuello muy estilizado y un rostro afilado, Marcela era toda una muñeca que se ganaba miradas.

Desde que tenía cinco años se había criado sola con su madre Camila, ya que su padre tuvo que trasladarse hacia otro país por temas de expansión empresarial y con el tiempo sobrevino el divorcio. Solo lo veía una o dos veces por año. Su rutina era la de cualquier niña de su edad: entre semana se levantaba muy temprano para ducharse, cepillar su cabello, vestirse con su uniforme y tomar un breve desayuno porque la madre siempre le insistía en que debía hacerlo para mantener las defensas altas, etc. A Marcela le encantaba algunos días adornar su cabellera con algún lacito rosa, simplemente porque sí, resaltando un toque de inocencia infantil. Cada mañana, su madre la llevaba al colegio personalmente.

A las tres menos cuarto de la tarde, Camila recogía a su hija luego de clases y tras compartir la comida se iban juntas al trabajo que Camila tenía de tarde que era de auxiliar contable en un despacho de abogados. Allí, la niña aprovechaba por lo general para avanzar con sus tareas o simplemente distraerse en el ordenador de Camila. Al llegar las ocho de la tarde, ambas, madre e hija, se desplazaban a su domicilio para completar así una singular rutina que llevaban con mucha tranquilidad. Marcela generalmente le platicaba todo a su madre..

Camila llevaba unos pocos meses laborando en ese despacho, pero se le daba muy bien y en la oficina todos les tenían mucho cariño a ella y a su hija. Camila había pillado ese trabajo por las tardes para poder generar los ingresos extra y así poderse dar una buena vida con su niña. En fin, este trabajo le permitía a Camila compaginar bien con sus labores de administradora de empresas en otra compañía por las mañanas y el hecho de prácticamente ser madre soltera.

En una tarde cualquiera de viernes, Marcela se había encerrado en su habitación tan pronto llegó a casa. Camila se percató de ello, pero no le dio mayor importancia. La niña inmediatamente se sostuvo contra su pecho la falda a cuadros que llevaba por parte baja de uniforme escolar y se tumbó en su cama con las piernitas abiertas. Sin siquiera quitarse la blusa y los zapatos, se tocaba torpemente su rajita que se le marcaba por encima de sus delicados pantis blancos de algodón mojados justo en la parte que hacía contacto con su pequeño tesorito, sintiéndolo palpitar bajo sus dedos.. Con la otra mano, sostenía el móvil que había debido de robar del bolso de Camila de camino a casa. En la pantalla del teléfono se proyectaba una película porno. Sin saber realmente porqué, la respiración de la niña se entrecortaba y esta percibió unos calores que le recorrían toda su espina dorsal. Sus hermosos ojos cafés se iluminaban con la clásica escena de una veinteañera haciéndole sexo oral a un hombre robusto de unos 40. Al ver esto, Marcela mordió su labio inferior mientras deslizó su mano por debajo del elástico superior de sus braguitas. Sus deditos se desplazaban torpemente sobre su clítoris hinchado, explorando aquella nueva y exquisita sensación..

En eso apoyó el teléfono en una almohada y sin dejar de tocarse, con su otra mano desabrochó desesperadamente su blusita escolar blanca. Con la camisa abierta en la parte del tórax y una infantil camiseta interior a la vista, pellizcaba sus diminutos pezones erectos a través de la delgada tela..

Tomó nuevamente el móvil y adelantó un poco la peli. Ahora el hombre bombeaba a la chica por detrás. Esto hacía que la respiración de la niña se acelerara y esta soltaba unos gemiditos apenas audibles. Marcelita no sabía muy bien qué hacer o cómo tocarse, pero percibía una sensación muy rica y agradable al pasar sus deditos por encima de sus delicados labios vaginales. Marcela se estaba masturbando por primera vez en su vida, al menos la primera vez consciente de ello. Antes ya había percibido alguna sensación parecida al rozarse casualmente con algún mueble o montar en bicicleta, pero nunca lo había explorado más allá. La cara de éxtasis de ambos protagonistas de la peli porno se podía apreciar en pantalla. Marcela se estremecía con cada embestida, imaginando que era ella la que recibía todos aquellos golpes de verga en su estrecha y virgen conchita. Sin querer, su mano se deslizaba dentro de la húmeda braguita, rozando sus diminutos y lisos labios vaginales, que ya comenzaban a secretar los primeros jugos de su pre-pubertad. Estaba tan cachonda que no podía resistirlo. Sus ojos se nublaban de placer. Jamás se había sentido así antes. Se sentía tan bien. Y todo esto era nuevo para ella..

Camila siempre la había reprimido de alguna manera diciéndole que no era adecuado que las niñas de su edad se tocaran sus partes íntimas. Fue Lucía, una compañerita de Marcela, quien esa mañana le había mostrado un video parecido en los baños del colegio. Y había sido nada más llegar a casa para que Marce diera rienda suelta a algo hasta ahora desconocido. Había estado aguantándose toda la tarde las ganitas..

De vuelta en aquella infantil habitación, las braguitas de la niña ya estaban a la altura de sus tobillitos, con el resto del uniforme escolar aún puesto y todo desordenado. La habitación olía a sexo y a inocencia, una mezcla extraña pero excitante para una niña de su edad. Su pequeño cuerpo temblaba de placer mientras sus deditos se deslizaban torpemente por los suaves y húmedos pliegues de su coñito virgen. No sabía cómo masturbarse, pero se dejaba llevar por sus instintos más primitivos. Su lengua rosada y pequeña lamía sus labios con ansia, saboreando el dulce sabor de su propia excitación. Ahora se mordía los labios con fuerza para ahogar sus gemiditos de placer, consciente de que su madre podría oírla en cualquier momento..

Ya ni siquiera veía la pantalla del móvil. Poco a poco se acercaba al lumbral de lo desconocido. Una pequeña gota de sudor bajaba por su pálida frente. Podía sentir como si quisiera hacerse pis. La niña se retorcía sobre la suave almohada de su cama de princesa, que aún conservaba un toque infantil. Sus piernitas flacas y suaves se agitaban con cada descarga eléctrica de placer que recorría su pequeño cuerpo. Estaba tan mojada que podía sentir cómo su flujo se filtraba a través de sus nalgas y muslitos. Sus diminutos pezones se endurecían bajo la delgada camiseta de tirantes que aún llevaba puesta. Eran tan pequeños y sensibles que la menor brisa que entraba por la ventana abierta de la habitación de la pequeña la hacía estremecer.. Estaba tan cerca del borde que podía sentir cómo su pequeño cuerpo se tensaba, a punto de explotar en su primer orgasmo. Sus deditos se movían más rápido sobre su clítoris hinchado y sensible, frotando sin descanso aquel botoncito que le daba tanto placer.. Cuando, de la nada, tres golpes en la puerta interrumpieron ese vaivén de nuevas sensaciones:

Camila: -«¡Mi amor, ya está la cena listaaa!». Como pudo, se incorporó y con voz entrecortada atinó a responder: – «Vale mamá. Me… me estoy poniendo el pijama, ah… ahora voy». Apenas volviendo en sí, Marcela se subió las braguitas rápidamente, se arrancó el uniforme escolar y se vistió con un pijama de princesitas de Disney y a toda prisa bajó a cenar. Sin que la madre se percatase, Marcelita colocó hábilmente el móvil robado en el bolso.

A pesar de que la cena transcurrió sin mayores contratiempos, la niña pequeña no podía dejar de pensar en lo que había experimentado en su habitación. Su cuerpo aún temblaba ligeramente y sentía su coñito hinchado y sensible después de su casi primer orgasmo. Se sentía tan excitada y confundida por todas esas nuevas sensaciones. Durante la cena, Marcela se movía nerviosa en su asiento, cruzando y descruzando las piernas tratando de aliviar el hormigueo constante en su entrepierna. Sentía su flujo resbaladizo empapando aún más sus delgadas bragas de algodón, que se pegaban molestas a sus sensibles pliegues vaginales. Estaba segura de que su madre se daría cuenta de su excitación y olor si se acercaba demasiado a ella..

La niña intentaba centrarse en la conversación, pero su mente se desviaba una y otra vez hacia imágenes de la película porno que había visto. No entendía muy bien lo que estaba sintiendo, pero sabía que le encantaba. Quería experimentar más de esas sensaciones nuevas y placenteras, pero a la vez sabía que no estaba bien quizá para una niña de su edad.

– «Mi niña, tienes la carita coloradita», dijo Camila. Marcela se sonrojó aún más al escuchar el comentario de su madre sobre su rostro. Sentía que su madre estaba a punto de descubrir su secreto más íntimo. La niña se removió inquieta en su asiento, cruzó y descruzó las piernas para tratar de ocultar su excitación. La pequeña tragó saliva y con voz temblorosa intentó disimular su nerviosismo. Era consciente de que no podía permitir que su madre se enterase..

– «Sí ma, es que a la hora del receso hemos estado un rato jugando y corriendo al sol», respondió la niña con agilidad. En esa zona los primeros días de septiembre suelen ser muy cálidos y soleados, por lo que Camila no le dio mayor importancia. Terminaron de cenar y se fueron a sus respectivas habitaciones a descansar después de un intenso día. Esa noche a Marcelita le recorrían las imágenes que había presenciado en el móvil de su madre. Acababa de descubrir un nuevo mundo. Su mente de 8 años estaba llena de preguntas y curiosidades sobre aquello..

Mientras se metía en la cama, la niña recordó que aún llevaba puestas las mismas braguitas que había usado durante todo el intenso día y durante ese momento especial en su cuarto. Con curiosidad, se bajó el pantalón largo del pijama, quedándose solo en braguitas. Se las quitó con morbo y acercó la prenda a su delicada nariz. Aspiró profundamente el aroma que desprendía; era un olor especial, mezcla del flujo de su virginal vaginita, sudor y hasta algunas gotitas de pis y restos de caquita. A pesar de que su madre no lo aprobaría, a Marcela le agradaba mucho aquel aroma celestial que despedían sus bragas sucias. La niña sabía que no podía meterlas así en el cubo de la colada, o su madre descubriría su secreto. Con astucia, ocultó las bragas debajo del colchón de su camita, sintiendo una satisfacción especial al hacerlo. Luego, se tapó con su edredón de princesas y se durmió profundamente, soñando y descansando apaciblemente.

A la mañana siguiente, Marcela se levantó temprano y se puso un vestidito de verano, lista para ir al parque y al centro comercial con su madre. Estaba llena de energía y emoción, como si nada extraordinario hubiera ocurrido la noche anterior. Volvía a ser la misma niña inocente y dulce que todos creían conocer. Ni rastros quedaban de la pequeña lujuriosa que se había tocado con tanto anhelo. Era la misma niñita encantadora de siempre, lista para disfrutar de un nuevo día de juegos y dulces. El fin de semana transcurrió con toda normalidad..

—

Al llegar el lunes mediodía, Camila ya esperaba a su pequeña hija a la salida del colegio para, luego de compartir una comida improvisada, dirigirse ambas al buró de abogados en el que la mujer trabajaba de tarde. A lo lejos apareció la figura inocente de Marcelita. Esta vez había optado por hacerse dos colitas en el cabello. Así, luego de comer patatas y hamburguesa, llegaron madre e hija a la oficina. Al entrar, en el pasillo principal se encontraron con un par de hombres de traje. Se trataba del dueño de la firma y de un nuevo empleado, un joven abogado recién contratado. El dueño de la firma saludó a Camila y aprovechó para presentarle a Fabián, el joven litigante:

Dueño: -«¡Camila! Mira, él es Fabián, de quien te había hablado. Me gustaría que trabajaran de la mano aprovechando tu experiencia administrativa para que vaya conociendo la empresa.» -«Vale, perfecto», respondió Camila con toda cotidianidad, y continuó:- «Mucho gusto, Fabián. Mi nombre es Camila y esta es mi pequeña princesa, se llama Marcela.» Mientras tanto, la niña, tímida por naturaleza, intentaba esconderse detrás de Camila. La presencia de aquellos hombres de traje la ponía nerviosa.

–»Mucho gusto Camila, ¡finalmente nos conocemos!», dijo Fabián. Se saludaron casualmente de besos en la mejilla. C: – «Hija, no seas descortés y saluda a Fabián.» – «Ho, hola» – alcanzó a vocalizar Marcela con voz finita. Fabián se inclinó para darle un besito en la mejilla derecha a la pequeña, que tuvo que ponerse de puntillas para alcanzarlo. Cuando los labios del hombre rozaron su suave piel, Marcela sintió una descarga eléctrica recorrer todo su cuerpo. Sus mejillas se sonrojaron aún más, y no sólo por la timidez.

Fabián, por su parte, echaba un disimulado vistazo a Marcelita mientras sostenía una trivial conversación con Camila. No podía evitar dejar que sus ojos se recrearan en la figura angelical de la pequeña. El uniforme escolar se ajustaba a sus formas infantiles, acentuando sus caderas estrechas y su trasero pequeño y respingón. La vista de la niña era hermosa, con aquellos enormes ojos inocentes y aquel cabello largo dividido en dos adorables coletas que enmarcaban su rostro de muñeca. El hombre recorría con su mirada la angelical figura de Marcela: sus brillantes zapatitos negros, sus calcetines blancos justo hasta debajo de las rodillas, sus delgados muslos, su falda escolar dejándole ver solo sus rodillas huesudas. Era una niña demasiado linda y encantadora, con un cuerpo que comenzaba a mostrar leves curvas infantiles. Se preguntaba cómo sería tocar ese cutis suave y aterciopelado, sentir cómo se sentía su piel bajo sus dedos. Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos impuros..

Mientras los tres caminaban hacia la oficina de Camila, Fabián no pudo resistir la tentación de acercarse a la pequeña Marcela mientras caminaban por el pasillo de la oficina detrás de su madre Camila. Con disimulo, se fue retrasando hasta quedar a unos pocos pasos de distancia de la niña. Luego, bruscamente, se aproximó aún más, hasta quedar justo detrás de ella. Mientras caminaban, Fabián pudo aspirar profundamente el dulce aroma que desprendía la pequeña Marcela. Era un perfume a infancia y pureza que lo embriagaba. Olía a jabón infantil, a champú de bebé y un toque sutil de su esencia natural. Fabián se sentía cada vez más atraído por la angelical figura de la pequeña, que lo cautivaba por completo. Se imaginaba cómo sería tomarla en sus brazos, sintiendo su cuerpecito suave y esbelto contra el suyo. La niña se sentía cada vez más nerviosa y acalorada mientras caminaba detrás de su madre y sentía los ojos de Fabián fijos en ella..

Los tres entraron a la pequeña oficina de Camila. Esta le desbloqueó a Marcela su ordenador para que lo utilizara mientras se ponía al día con Fabián, quien disimuladamente continuaba observando cada detalle de la niña quien estaba en su mundo con los ojitos fijos en la pantalla del ordenador. Era una niña demasiado hermosa, con un cuerpo menudo y frágil que lo atraía sobremanera..

Fabián recién había dejado la facultad luego de concluir con sus estudios de maestría en derecho internacional. Tenía 32 años, era de complexión atlética media y de 1.82 de altura. Venía de una acomodada familia de abogados, por lo que el tema económico jamás había sido un problema para él. Aun así, Fabián se había comenzado a labrar una prometedora carrera profesional por su propia cuenta. Era poco apegado a sus padres por el mismo sentido de independencia. Tenía relaciones ocasionales con mujeres tras su último noviazgo hace ya varios años; sin embargo, sentía que algo faltaba en su vida, pero no sabía qué.

A pesar de tener apartamento propio y ser un profesional joven, no entendía por qué se sentía incompleto. No lo comprendía y eso lo amargaba. Durante su vida amorosa, Fabián había tenido algunos roces con mujeres de diferentes edades, algunas mayores que él y otras mucho más jóvenes, pero en los últimos meses y tras largas horas en foros de Deepweb había descubierto una nueva fascinación que hasta el momento no había conseguido explorar en el mundo real: el gusto por las niñas…

«Muchas gracias por la inducción, Camila. Eres muy paciente conmigo, ¡te debo una! Ahora ya no estaré tan perdido con las cosas del trabajo, de verdad que estoy muy agradecido por tus atenciones, me has dedicado toda la tarde a resolver mis dudas y darme los mejores consejos. Tenemos que quedar algún día los tres para un café para devolverte el favor», dijo Fabián. «Estoy a la orden. Ya verás que muy pronto te sentirás más integrado a la compañía», respondió Camila, quien estaba genuinamente encantada con Fabián por lo profesional de este. «Te tomo la palabra del café, por nosotras encantada», remató Camila de forma inocente. Ambos adultos se despidieron con un formal apretón de manos, cosa que sorprendió a Camila puesto que más temprano el saludo había sido de beso en las mejillas, pero a Fabián ya no le importaba en lo absoluto acercarse de manera sexual a Camila si es que por algún segundo le interesó. Fabián tenía ya entre sus ojos a un único objetivo: la pequeña Marcelita. De ella se despidió también alargando su brazo para poder sostener por tan solo algunos segundos la delicada mano de la niña. «Mucho gusto Marcelita, nos vemos pronto guapa..» atinó a decir Fabián en un tono cordial, reprimiendo por completo sus intenciones. «Hasta pronto», respondió la niña, revelando una leve sonrisa a la que le faltaba un diente.

La niña sintió una mezcla de nerviosismo y extrañas cosquillas en su pequeño estómago al sentir los dedos fuertes y cálidos de Fabián envolver los suyos. No entendería del todo qué significaba aquella sensación, pero la sensación de su tacto quedó grabada en su piel suave y sensibles. La tarde transcurrió como cualquier otra para la pequeña Marcela, jugando y divirtiéndose. Sin embargo, Fabián no podía sacarse de la cabeza la imagen angelical de la niña. Estaba obsesionado con cada detalle de ella, desde sus enormes ojos llenos de inocencia hasta la forma en que caminaba con sus piececitos pequeños. Aquella noche, la mente de Fabián estaba nublada por la lujuria y los deseos más oscuros. No podía dejar de pensar en el cuerpo pequeño y frágil de la pequeña Marcela, en cómo se sentiría tocar cada centímetro de su piel suave y aterciopelada. Se masturbó con fuerza, imaginando que era la mano pequeña y delicada de ella la que envolvía su verga palpitante. Alcanzó el orgasmo con un gruñido de placer, pero no fue suficiente para saciar su hambre por la niña.

Tuvo que recurrir a una segunda sesión de masturbación, esta vez imaginando cada curva infantil de ese cuerpecito..

Finalmente, exhausto y satisfecho, pudo conciliar el sueño, pero la imagen de la niña no desapareció de su cabeza en ningún momento. Fabián sabía que necesitaba encontrar la manera de acercarse más a Marcela y ganarse su confianza.. El recién descubierto gusto de Fabián por las niñas comenzó una tarde de vacaciones de verano en la que ya había finalizado sus estudios de maestría, mismos que le habían hecho sacrificar gran parte de su vida social a tal punto de echar a perder su más reciente relación amorosa ya que no tenía tiempo para ella.

Hundido en una fuerte depresión tras acabar sus estudios y encontrarse con su vida casi vacía, Fabián cayó en las redes de la Deepweb en la que poco a poco fue encontrando contenido de tipo sexual que le dejaba con la boca abierta y con las bolas secas. En una de esas largas tardes/noches dio con un sitio web que ordenaba contenido sexual por lo que parecían ser las edades de sus protagonistas: 12-17 años, 5-11 años, etc. Fue tan fuerte el deseo provocado en él por este nuevo mundo que se propuso algún día hacer realidad sus más profundas fantasías con una jovencita. Para eso necesitaba replantearse cosas y hacer todo lo posible para que eso sucediera y qué mejor que ingresando al mundo laboral donde seguramente alguna compañera joven podría llegarse a topar. Decidió entonces organizar nuevamente su vida y, con las ideas más claras, se dedicó a buscar un buen trabajo hasta que meses después fue contratado por el buró de abogados en el que por azares de la vida coincidía con Camila y con la dulce Marcelita..

FIN del capítulo.

147 Lecturas/5 enero, 2026/0 Comentarios/por adrianam477
Etiquetas: colegio, hija, madre, mayor, mayores, padre, sexo, vacaciones
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