• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos)
Cargando...
Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

MARCELITA 2026 – Capítulo 10: La Velada Prohibida (Parte II)

La dulce historia de amor entre una niña y un hombre (M32 / g8-9yo)..
Como dos amantes, aunque intentando proyectar una imagen paterno-filial, Fabián y Marcela caminaban de la mano por los jardines del hostal, como intentando alargar la espera de lo que ambos entendían que estaba a punto de ocurrir.

Mientras transitaban por los bellos jardines del lugar, Fabián no dejaba de lanzar miradas furtivas y llenas de lujuria hacia la pequeña, sintiendo cómo su miembro comenzaba a endurecerse dentro de sus pantalones. La tensión sexual era palpable y, aunque intentaban disimular, ambos sabían que no podrían esperar más para darle rienda suelta a sus más profundos deseos y fantasías.

Después de algunos minutos caminando, Fabián decidió que ya no podía seguir conteniéndose. Con un movimiento repentino, guio a Marcela hacia el elevador y subieron en silencio. Al salir del ascensor, Fabián tomó en brazos a su adorada Marcela y la cargó como si de una recién casada se tratara. Juntos cruzaron el umbral de la habitación, ansiosos por descubrir las sorpresas que Fabián había preparado para esa noche especial.

Al ingresar, Marcela no podía creer lo que sus bellos ojos cafés veían. La luz era tenue y cálida gracias a las velas aromáticas y las lámparas que iluminaban el ambiente de manera íntima. El aroma de los inciensos y las velas creaba una atmósfera tan sumamente erótica.

Fabián hizo descender con cuidado a Marcela de sus brazos, y ambos quedaron mirándose con intensidad a los ojos. Por la diferencia de estaturas, Fabián se agachó para quedar a la altura de su princesita y, con un movimiento rápido y apasionado, le dio un beso lleno de amor y deseo en los labios.

Marcela interrumpió el beso al recordar que aún no se había puesto las plataformas de más de 12 centímetros que le había regalado Fabián. Con algo de torpeza, se las colocó en los pies, sintiendo cómo se elevaba del suelo esos centímetros extra. Con la ayuda de Fabián porque le quedaban grandes a pesar de tratarse de una talla para mujeres pequeñas, logró mantener el equilibrio y quedó lista para continuar con los preliminares.

Una vez que ambos estuvieron listos, Fabián tomó a Marcela de la cintura y comenzaron a bailar una danza lenta y sensual al ritmo de la música de fondo. Se miraban a los ojos con intensidad. Con la ventaja de las plataformas, la diferencia de estaturas entre Fabián y Marcela se había reducido considerablemente, lo que le permitía a Fabián tener un acceso más fácil y directo al cuello y hombros de la niña.

Mientras bailaban, Fabián no desperdiciaba la oportunidad de besar delicadamente la suave piel del cuello y la huesuda clavícula de Marcela, sintiendo cómo se estremecía con cada roce de sus labios sobre su piel.

Marcela se sentía en el cielo. Las atenciones y besos de Fabián la hacían sentir como una verdadera mujer, a pesar de su corta edad. Mientras bailaban, Fabián no dejaba de susurrarle al oído palabras de amor y deseo: «Te ves tan hermosa, mi niña.. No tienes idea lo mucho que deseo hacerte el amor..»

Fabián, guiado por sus más profundos instintos, comenzó a deslizar lentamente con dedos nerviosos los tirantes del vestido rojo por los hombros de Marcela. Centímetro a centímetro, el tejido aterciopelado fue revelando la piel suave y delicada del torso de la pequeña.

A medida que el vestido iba descendiendo, Fabián pudo apreciar el espectacular sostén de encaje que había escogido para su princesita, el cual resaltaba el tono rosado y joven de su piel. Fabián se separó ligeramente para apreciar el espectáculo. Luego, con movimientos lentos y deliberados, continuó bajando el vestido rojo hasta pasar por la barriguita y las caderas de Marcela, revelando el resto del conjunto de lencería..

Mientras Fabián se deleitaba con la visión de su princesita vestida con esas prendas tan sensuales, Marcela recordó su promesa y decidió, a su manera inocente, comenzar a modelar para él. A pesar de su complexión delgada, el cuerpecito de Marcela estaba empezando a tomar las formas características de una mujer.

La pequeña se giró despacio, permitiendo que Fabián admirara cada ángulo de su cuerpo. Sus movimientos eran torpes pero encantadores, llenos de una inocente sensualidad que sólo una niña de su edad podría poseer. Mientras modelaba, Marcela sentía la mirada intensa de Fabián sobre ella, lo que la hacía sonrojarse y sentir un extraño cosquilleo en el estómago. Después de todo, sabía que estaba siendo una niña buena y cumpliendo con su promesa.

Tras varios minutos de una espectacular sesión privada de modelaje, Fabián y Marcela se volvieron a besar, pero esta vez con una lascivia total. Sabían que esta vez realmente no había marcha atrás, que tenían todo el tiempo para dar rienda suelta a su amor.

Fabián, en un arranque de excitación, se deshizo rápidamente de su americana, dejando que una ansiosa Marcela, sin perder tiempo, comenzara a desabrocharle uno a uno los botones de la camisa.. Una vez que tuvo el torso de Fabián al descubierto, Marcela se sintió aún más atraída por él.

Con un dedito en su boca y esa infantil sonrisa pícara y traviesa, Marcela tomó a Fabián de la mano y lo guió hacia la cama que había sido decorada especialmente para ellos. El corazón de pétalos rojos y blancos se veía aún más hermoso y romántico a la luz de las velas. El deseo se intensificaba con cada paso.. Ver esa decisión de Marcela, guiándolo ella misma hacia el lecho de amor, fue el detonante de la erección máxima en Fabián.

En eso, la niña se giró y de la nada le preguntó a Fabián: «¿Te lo puedo chupar, mi amor? Tengo muchas ganas de probarlo y de dejarlo bien mojadito..» A pesar de su corta edad, Marcela estaba demostrando una curiosidad y un deseo sexual que lo dejaban boquiabierto. Con una sonrisa pícara y llena de lujuria, Fabián le respondió en un tono bajo y profundo: «Claro que sí, mi amor. Puedes hacer lo que quieras con él. Hoy podemos hacernos de todo.»

Al llegar a la altura de la cama, Marcela observó una caja que al parecer era de chocolates. M: «¡Ay, trajiste chocolateees, yo quiero, yo quieroooo!».

F: «Por supuesto, mi niña.» Marcela, con total curiosidad y forma de ser infantil propia de su edad, se abalanzó sobre la caja y sacó un par de chocolates. Eran chocolates negros y algunos con alcohol.

M: «Ay noo, son bien fuertes».

Marcela se metió uno a la boca, lo saboreó y luego se lo ofreció a Fabián, quien no dudó en recibirlo. Este a su vez lo saboreó y así se lo estuvieron pasando varias veces. Era un juego erótico e inocente a la vez. Luego Fabián tomó otro chocolate y se lo comenzó a pasar a Marcela por los hombros, el cuello, el rostro… para luego metérselo a su propia boca.

F: «Este me lo voy a comer solo yo, porque tiene gustito a ti».

M: «Ay, así no se vale.. Yo también quiero».

Pero Fabián ya estaba a otra cosa: sentado en la cama, acariciaba con avidez el cuerpo de su amada Marcela, que se mantenía de pie frente a él. Sus manos exploraban cada curva del pequeño cuerpo de la niña, desde la estrecha espalda hasta el respingón y suculento trasero, pasando por sus piernitas. Volvio a subir y ahora se centraba en acariciarle el pecho plano por encima del relleno del sujetador.

Mientras tanto, Marcela se mostraba ansiosa por explorar el cuerpo de Fabián. Con dedos torpes pero entusiastas, intentaba desabrochar el cinturón del pantalón de un Fabián que no pudo evitar sonreír ante la curiosidad de su princesita. Este la ayudó a terminar de desabrochar el cinturón y se lo quitó por completo, dejando a la vista la cinturilla de sus pantalones.

La niña continuaba su atrevida aventura y comenzó a desabrochar el botón del pantalón de Fabián, deseando liberar lo que había debajo. Con un movimiento rápido y algo torpe, le bajó la cremallera. Preso del deseo y la lujuria, Fabián no pudo contenerse más. De un solo movimiento, se terminó de bajar pantalón y bóxer, quedando completamente expuesto y desnudo frente a Marcela. Su polla, dura y palpitante, saltó hacia adelante, mostrando su tamaño considerable y su evidente deseo por la pequeña.

Inmediatamente después, con dedos ágiles y delicados Fabián fue desapuntando los tirantes del sujetador de encaje de los hombritos de la pequeña. Mientras lo hacía, Fabián no dejaba de observar fascinado cómo se iba revelando la piel suave y tersa del torso desnudo de Marcela, a medida que le bajaba el sostén hasta la altura de su barriguita. La nena quedó con su pecho plano y delicado libre de cualquier obstáculo.

Ella misma se apretó ambos pezones con sus manitas y extendió la mano y guio la de Fabián hacia su infantil pecho. Fabián estaba totalmente hipnotizado por esa niña de 9 años. El pene le latía sin control. Todo lo que sabía era que esa noche quería disfrutar de todos los encantos de esa pequeña. Separó sus palmas de las manos alrededor de su delgado tórax y la atrajo más cerca de él. Ella suspiró con anticipación, sabiendo muy bien lo que estaba a punto de hacer…

Fabián se inclinó sobre el cuerpo de su princesita y llevó su boca hasta uno de los diminutos pezones de Marcela. Con un gemido de placer, comenzó a lamer y chupar la pequeña aureola, sintiendo cómo se endurecía bajo su lengua. Al mismo tiempo, deslizó una mano por debajo de la delgada cintura de Marcela y sobre sus inexistentes caderas, para llegar a posarla sobre sus pequeñas y respingonas nalgas.

La nena no pudo contener un suspiro de placer y envolvió con fuerza sus bracitos alrededor del cuello de Fabián, acercándolo aún más a su cuerpo. Jadeaba levemente al sentir la experta lengua de su hombre explorando cada rincón de sus sensibles pezones, que comenzaban a endurecerse bajo sus caricias.

Fabián estaba en el paraíso, gemía deleitándose con el sabor y la textura de la piel de su amada Marcela. No pudo resistir la tentación de probar también la piel de esas axilas infantiles. Con delicadeza, le levantó los bracitos, se inclinó y comenzó a lamer la piel suave y libre de vello de las axilas de Marcela, sintiendo cómo sabía el sudor dulce y natural de la niña.

Después de saborear cada centímetro de ese torso prepúber, Fabián se puso de pie frente a ella. Impontente por la diferencia de estaturas, empezó a restregarle la verga dura y palpitante sobre el pecho plano a la niña. Lentamente, Fabián le iba pasando la punta del glande de arriba abajo, rozando la suave piel de las inexistentes tetas de Marcela.

Con cada roce, dejaba escapar gotas de líquido preseminal que mojaban aún más la piel de la pequeña, como si estuviera marcando su territorio. Fabián parecía completamente obsesionado con el pecho plano y joven de su princesita.

Luego, como simulando un imposible collar de perlas, ahuecaba el pecho de la niña con la verga en medio de este, como intentando en vano juntar ambas tetitas… Ahora rozaba la punta de su glande sobre los rosados y sensibles pezones de la niña, sintiendo cómo se endurecían al contacto con su miembro caliente.

Fabián, ahora sentado al borde de la cama, con ella de pie frente a él y ayudados por la diferencia de estatura, la tomó de las caderas, se la acercó entre las piernas y le comenzó a rozar la verga en la vaginita por encima del tanga de encaje hasta ponérsela entre los muslitos. Con un gruñido de placer y lujuria, Fabián comenzó a rozar su miembro largo y duro contra la íntima y vulnerable vagina de su princesita. Sus ojos se clavaban en los de ella.

Marcela no pudo evitar gemir de placer al sentir cómo el pene de Fabián se iba deslizando por entre sus piernas y entrando en contacto con su coñito húmedo. Comenzó a mover sus pequeñas caderas hacia adelante y hacia atrás, sintiendo la longitud entera del falo, tanto que la punta comenzaba a sobresalir por entre las nalgas de la pequeña.

Fabián gruñó de placer al sentir cómo la niña comenzaba a moverse sobre su miembro, frotando su vagina aún cubierta por el tanguita contra su verga.

Con voz cargada de lujuria, le susurró al oído: «¡Uff! Qué rico, mamacita. Fóllame así con tu apretada conchita…».

Marcela, con la respiración acelerada, respondió con inocente sensualidad: «Me gusta mucho, se siente bien mi Fabi…».

Después de unos momentos de intenso roce y besos cargados de lujuria, Fabián le rogó a Marcela que se diera media vuelta: «Ponte de espaldas, bebé».

La niña obedeció de inmediato, girando su cuerpo menudo y dejando su espalda y su pequeño trasero expuestos a la mirada hambrienta de Fabián. Una vez que la tuvo en esa posición, Fabián no perdió tiempo y colocó su miembro duro y palpitante entre las suaves y tersas nalgas de Marcela, sintiendo cómo se deslizaba entre los cachetes de su pequeño trasero. Al hacerlo, la punta de su pene iba apareciendo por el frente del cuerpo de la niña.

Marcela, sin poder contenerse, reanudó el movimiento de sus caderas. Comenzó a moverlas de adelante hacia atrás, sintiendo cómo la verga de Fabián se deslizaba entre sus nalgas y rozaba la entrada de su vagina por detrás. Al mismo tiempo, con una mano delicada, tomaba la punta de verga que le sobresalía por delante y comenzaba a masturbarla con suavidad.

Mientras tanto, Fabián no dejaba de acariciar y explorar con esmero el cuerpo de su princesita. Con una mano, jugueteaba con los diminutos pezones de la pequeña. Y con la otra mano, sostenía la estrecha cintura de Marcela.

El hombre, desesperado por sentir aún más, le susurró al oído con voz ronca y cargada de deseo: «¿Puedes juntar un poquito más las piernas, mi amor?». Marcela, obediente, aprisionó con fuerza el miembro duro y palpitante de Fabián entre sus suaves y delgados muslos.

El contacto era exquisito. La fina tela de encaje del tanga de Marcela se había humedecido con los jugos de su pequeña vagina, lo que hacía que la sensación fuera aún más placentera y resbaladiza para Fabián. A pesar de eso, la niña no detenía el movimiento de sus caderas, sino que comenzaba a balancearlas con más intensidad y deseo.

Fabián no podía evitar gemir de placer al sentir cómo la pequeña Marcela lo envolvía con sus muslos y lo apretaba con fuerza. Con la respiración agitada, apenas podía decir entre gemidos: «Mhhmm… Qué rico se siente, princesaaa… Me encanta tu colita, tus piernitas…».

Marcela sentía detrás de ella todo el deseo y la excitación que emanaba de Fabián. Le costaba mantenerse de pie con los zapatos de plataforma puestos, pero estaba tan perdida en un mar de sensaciones nuevas y placenteras que buscaba cómo mantener el equilibro con sensual dificultad.

Con los ojos semicerrados y mordiéndose el labio inferior, le dijo con voz entrecortada y gemidos: «Me gustas mucho, ¿me dejas chupártelo y dejártelo bien mojadito?».

Fabián, con un gruñido de placer, no lo pensó dos veces antes de responder: «Claro que sí, mi amor».

La niña giró el cuello en la misma posición y se besaron con una pasión desmedida, sus lenguas danzando en una coreografía de deseo y amor.

Ella misma rompió el beso y se dispuso a ponerse de rodillas para empezar la sesión oral.. Sin embargo, Fabián tenía otras ideas en mente. Con delicadeza, detuvo a Marcela antes de que se arrodillara frente a él y le dijo con voz cargada de deseo: «Mejor siéntate tú al borde de la cama y yo me quedo en pie, bebé».

Quería dejar a su princesita en una posición más cómoda para disfrutar de esa boquita y carita.. Fabián se levantó de la cama y cambió de lugar con Marcela, sentándola en el borde del colchón. Él se paró frente a ella. Con una sonrisa pícara, Fabián acercó su miembro palpitante a centímetros del rostro de Marcela, deseando ver su reacción.

La pequeña no se hizo esperar. Con curiosidad, tomó el falo de Fabián con sus manitas pequeñas y suaves, envolviéndolo con ternura. Al tacto, la niña no pudo evitar bajar despacio, descubriendo el brillante y húmedo glande de Fabián. Al hacerlo, Marcela no resistió la tentación a inhalar profundamente, llenando sus pequeños pulmones con el aroma intenso y varonil del pene de su hombre. Con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción, susurró: «Qué rico huele…» Estaba claro que la pequeña comenzaba a disfrutar y a descubrir los placeres del cuerpo de su amado novio.

Fabián miraba desde arriba con ternura y deseo cómo Marcela comenzaba a masturbar su miembro con manos inexpertas pero ansiosas. La excitación de Fabián era evidente. No podía resistirse a los dulces toquecitos de su princesita en su miembro..

Con delicadeza, pero con un impulso inevitable, Fabián tomó la cabecita de Marcela con ambas manos enredando sus dedos en su cabello sedoso, intentando dejar la tiara plateada en su lugar, y comenzó a acercar su verga hacia la boquita entreabierta de la niña.

Marcela, con los ojos cerrados y una sonrisa traviesa, pasó su lengua por todo lo largo del falo de Fabián, probando su sabor salado y masculino. Luego, abrió su boca todo lo grande que pudo, y tiró a Fabián de las nalgas, acercándolo hacia ella.

La punta del pene de Fabián se deslizó lentamente dentro de la húmeda y cálida boca de Marcela, sintiendo su lengua danzar alrededor del glande. La niña no dejaba de masturbar con sus manitas lo que no estaba dentro de su boquita. Fabián gruñó de placer. Con una voz cargada de deseo, le susurró: «Chúpalo, así bebé.. Aahh ahh qué deliciaaa».

Los pensamientos de forzarle el pene en su garganta a la niña se desvanecieron en la belleza del momento. La imagen de Marcela con su verga en la boca era simplemente deliciosa y erótica. Fabián no pudo evitar susurrarle con voz cargada de deseo: «Te ves absolutamente deliciosa, mi amor».

La niña se deleitaba con el sabor masculino y salado del pene. Con una sonrisa pícara y traviesa, Marcela le preguntaba con inocencia: «¿Te está gustando cómo te la chupo, mi bebé lindo?»

Fabián no podía ni responder, estaba en un estado de éxtasis, moviendo sus caderas hacia adelante y hacia atrás, follando con delicadeza la boquita de su pequeña. La sujetaba de la cabeza con fuerza, sintiendo la delicada tiara plateada cayendo al suelo y rompiéndose en medio del arrebato de pasión. La miraba directamente a los ojos, viendo cómo se saciaba con su verga. En solo segundos ya estaba a punto de alcanzar el clímax, pero con un movimiento rápido, sacó su pene de la boquita de Marcela en el último segundo, consiguiendo contenerse. No quería correrse aún, deseaba prolongar aquel momento lo máximo posible..

Marcela no dijo nada, simplemente se dio la vuelta sobre la cama y se tumbó boca arriba. Con una sonrisa traviesa y llena de inocencia, dejó que su cabecita colgara descuidadamente del borde del colchón. Fabián estaba de pie junto a la cama, mirándola con deseo y amor. Sin pensarlo dos veces, Fabián se agachó y la besó con pasión del revés, imitando el mítico beso de Spider-Man. Sus labios se fundieron en un beso intenso y cargado de sabor prohibido y emociones. Luego, Marcela abrió su boquita de par en par y sacó su lengua de manera obscena, haciendo una clara invitación.

Fabián entendió la señal y acercó su miembro palpitante a la carita de la niña. Con un gemido de placer, introdujo el glande dentro de la apretada boquita de Marcela. Al borde de la locura, Fabián recogió con delicadeza los cabellos de la pequeña que colgaban del borde de la cama y sujetó con fuerza su cabeza, comenzando a penetrarla con más intensidad.

Aprovechando la posición, se inclinó y deslizó la entrepierna del tanga de encaje a un lado, dejando expuesta esa pequeña y vulnerable vagina. Sin perder tiempo, Fabián hundió su rostro entre las piernas de Marcela y comenzó a comerle la panochita con avidez. Su lengua se deslizaba por los suaves y húmedos pliegues del coño de la pequeña, saboreando cada rincón de su íntima anatomía.

La escena era erótica. Fabián podía ver cómo la garganta de la pequeña se abultaba y se contraía cada vez que le metía y sacaba casi la mitad de su verga. Era una visión de una garganta profunda, tan profunda que la niña comenzaba a tener arcadas y estar al borde del vómito. A pesar del malestar, Marcela intentaba mantenerse fuerte y seguir complaciendo a su hombre en todo.

Cada vez que Fabián embestía, sus pesados testículos chocaban con fuerza contra la suave y pequeña nariz de la niña, causándole nuevas oleadas de arcadas. La saliva llena de burbujas comenzaba a escurrirse por las comisuras de la boquita de Marcela. También podía verse cómo la saliva mezclada con mocos salía disparada por sus pequeñas fosas nasales con cada embestida, en un espectáculo obsceno y excitante para Fabián.

Pero Fabián, preocupado por la posible incomodidad de Marcela, decidió cambiar de posición. Con una sonrisa amorosa, sugirió: «Mi niña, yo me tumbo y tú te pones sobre mí… Como haciendo un…».

«¿Un 69?» preguntó con inocencia y curiosidad Marcela, recuperando el aliento.

Fabián no podía creer lo rápido que su mujercita estaba aprendiendo sobre los placeres carnales. Con un gruñido de satisfacción, Fabián le hizo un gesto para que se acercara. Rápidamente, el hombre se tumbó boca arriba en la cama, y Marcela se subió sobre él del revés. Fabián aprovechó la oportunidad para tomarla de sus caderitas infantiles, sintiendo la suavidad y fragilidad de su piel. Acomodó a Marcela de tal manera que su brillante y mojada vagina quedara al alcance de su lengua sedienta.

Sin perder tiempo, le corrió el tanga sobre una nalga y comenzó a lamer y succionar la intimidad de su princesita, sintiendo los suaves pliegues y la humedad que emanaba de ella. Al mismo tiempo, Marcela comenzó a masturbarlo, envolviendo su miembro viril con sus manitas y moviéndolas de arriba a abajo con renovado vigor.

La habitación estaba llena de ropa suelta y desordenada, habían lanzado las prendas sin preocuparse demasiado por dónde caían. Los pétalos de rosa esparcidos por la cama y pegados en sus cuerpos por el sudor eran un recordatorio constante de la especial y única situación que estaban viviendo en ese momento.

Mientras tanto, Marcela entendía perfectamente el rol y la posición en la que había sido ubicada. Con deseo, retomó la felación. La pequeña comenzaba a saborear con más confianza y experiencia la verga de Fabián.

Fabián por su parte estaba completamente enfocado en dar placer a su adorada princesa en esa posición. Comenzó a morder y succionar con avidez las suaves y pequeñas nalgas de Marcela, dejando marcas de sus dientes en la piel delicada. Luego, escupía y lamía la zona, cubriendo cada centímetro de su trasero con su saliva. La lengua de Fabián se convirtió en un tornado que revoloteaba alrededor de esa vulva infantil de 9 años.

Lamía y chupaba sin descanso, buscando cada rincón y pliegue de su pequeña vagina. Quería degustar hasta la última gota de sus juguitos. Su lengua encontró rápidamente el diminuto botoncito del clítoris de la pequeña y comenzó a moverla alrededor de él, rodeándolo y estimulándolo sin piedad. La reacción de Marcela fue inmediata. Comenzó a gemir y a retorcerse de placer, ahogando sus gritos en la cabeza del miembro de Fabián. La lengua suave y húmeda de su hombre la hacía ver estrellitas, y por poco se orina de la intensa excitación que sentía.

Al mismo tiempo la niña le mamaba la verga como podía. Los ojos de Fabián se pusieron en blanco, y abrió la boca de par en par ante la intensa sensación de placer que lo recorría. La escena era sumamente erótica y sublime, con la niña y el hombre perdidos en un mar de sensaciones y deseos, explorando los límites de su amor prohibido.

Fabián, con un gemido contenido, gruñó: «Ahhh… Me vas a hacer acabar ya si sigues así con esa boquita, bebecita…».

En medio de ese hermoso 69, Marcela se sacó el miembro de Fabián de la boca. Con la respiración agitada y un hilo grueso de saliva conectando el interior de su boca con el glande hinchado, la niña logró decir con voz entrecortada: «¡No te vayas a correr todavía! … ¡Métemela ya, así de durita, por favorrr!».

La pareja se separó al instante, y Fabián se puso de pie junto a la cama. Al ver cómo Marcela se giraba, abriéndose de piernas en la clásica posición de misionero, con su boca aún brillando por la baba en su alrededor, no pudo evitar sentir una oleada de deseo.

«¿Te gusta mi coñito de niña pequeña?», le preguntaba Marcela a Fabián mirándolo con ojos de cachorrita mientras se tocaba su vagina brillante y húmeda con un dedito y con la otra mano se sostenía el tanga de encaje a un lado.

Fabián contestó con voz grave: «Me encanta, mi amor… Ese coñito es perfecto».

Marcela se sonrojó aún más al escuchar el piropo de Fabián. Pasó su dedito por los suaves y húmedos pliegues de su vagina, deleitándose con la sensación. Luego, lo introdujo lentamente dentro de su estrecho y mojado canal, comenzando a follarse a sí misma. Fabián se relamió los labios al verla masturbándose de esa manera.. Se acercó a Marcela con una mezcla de amor y deseo ardiendo en su mirada.

Comenzó a besarla con ternura y pasión, primero en su frente inocente y sudorosa, luego en sus ojos brillantes que lo miraban con anhelo. Sus labios rosados y suaves se unieron a los suyos en un beso profundo y largo, saboreando el dulzor de la saliva de su princesa.

Bajando por su mentón delicado, Fabián dejó un rastro de besos húmedos y apasionados. No pudo resistirse a probar la suave piel de su cuello, lamiendo y succionando la tierna carne, dejando más y más marcas de su deseo. Dio un beso chupetón a cada pezoncito sin entretenerse mucho.

Continuó descendiendo, adorando cada centímetro del cuerpo virginal de Marcela. Llegó a su estómago plano y gordito a la vez, el vientre de una niña de esas edades. No pudo evitar besar y lametear.

A medida que descendía, el aroma a bebé limpio inundaba sus fosas nasales, añadiendo aún más al inmenso placer que estaba experimentando. Marcela abrió las piernas aún más, sosteniendo la tanguita a un lado para darle espacio a Fabián. Este se posicionó entre sus muslos, con la cabeza justo frente a la pequeña vagina de la niña. Acercó su rostro a la íntima zona, inhalando profundamente.

Con un gruñido de deseo, Fabián presionó su boca contra la pequeña rajita de Marcela. La lengua de Fabián se deslizó en la cavidad púbica de su princesa de 4to de Primaria, saboreando cada rincón y pliegue. Lamió y chupó con avidez la suave y vulnerable carne, sintiendo las texturas únicas de su vulva, clítoris y vagina abierta. Cada secreto y particularidad de esa intimidad infantil era revelada por la exploración detallada de la lengua de Fabián.

Marcela estaba completamente perdida en un mar de sensaciones. Sus gritos de placer resonaban en la habitación del hostal. Fabián miró hacia arriba y vio el hermoso rostro de la niña: la mirada de Marcela estaba desencajada, sus ojos vidriosos y su boca abierta en un eterno gritó mudo de éxtasis. Sus mejillas sonrojadas y calientes, su frente húmeda y su pequeño mentón tembloroso, formando una imagen de pura inocencia y lujuria mezcladas..

La niña entonces al borde del deseo y entre gemidos decía: «¡Ahhh, Fabbbi! ¡Ahhh! ¡Siii! ¡Métemela ya! ¡Métemela toda! ¡Lléname con tu verga grande y rica mi amor..!

Fabián, al escuchar las palabras suplicantes de Marcela, no pudo contenerse más. Con un gruñido gutural se posicionó sobre el cuerpo menudo de la niña. Su miembro rígido quedó alineado en la entrada de la pequeña vagina de Marcela. La pequeña dio un pequeño brinco al sentir el glande presionando contra su entrada, una mezcla de miedo y excitación recorriéndola.

Dejaron de besarse por un momento, y Marcela puso una cara de miedo y duda.. Pero a pesar de la incertidumbre, las pequeñas manos de Marcela se aferraron con fuerza a las caderas de Fabián, jalándolo hacia ella con desesperación.

Fabián se dejó guiar por la fuerza infantil de Marcela jalándolo hacia ella. En eso Marcela no pudo evitar soltar una leve risita, una mezcla de nerviosismo y satisfacción. Sabía con total certeza por qué el pene de Fabián estaba tan duro, tan ansioso por penetrarla. Era por ella, por su cuerpo pequeño y maravillosamente tentador. Era por la emoción prohibida y erótica de lo que estaban a punto de hacer juntos.

Fabián comenzó a restregar con lentitud la punta de su miembro en la entrada vulnerable de la vagina de Marcela. Sentía cómo ese pequeño capullo rosado, de carne suave y húmeda, palpitaba. Estaba tan ansioso por probar la estrechez prohibida de Marcela una vez más.

Con una voz grave y llena de ternura, mirándola a los ojos le susurró: «Aquí vamos, mi amor… Si te duele mucho, avísame enseguida».

Marcela únicamente asintió con miedo.

Con cuidado, Fabián comenzó a presionar hacia adelante, tratando de penetrarla. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no lograba entrar en la vagina de la niña. Quizás eran los nervios del momento, la descomunal erección combinada con la emoción y el miedo que sentían ambos, pero la entrada de Marce se resistía a ceder..

Fabián decidió tomar medidas adicionales. Escupió en su mano y, con sus dedos, esparció saliva en la punta de su pene, humedeciendo aún más el glande. Luego, comenzó a juguetear con él en la entradita de la pequeña.

Marcela no pudo evitar gemir con intensidad al sentir la estimulación extra. Su cuerpo se estremecía de placer, sus caderas se movían instintivamente buscando más contacto. Fabián, animado por los gemidos de la pequeña, se dispuso a penetrarla una vez más. Con renovado esfuerzo, presionó hacia adelante, sintiendo cómo la entradita esta vez comenzaba a ceder..

Centímetro a centímetro, el glande de Fabián fue desapareciendo en el interior de la vagina de Marcela, hasta que finalmente, con un gemido al unísono de los dos de auténtico placer, la cabeza quedó enterrada en el coño de la niña.

Ambos cuerpos se estremecieron por la intensa sensación de la unión prohibida. Fabián comenzó a moverse con lentitud, sintiendo el apretadísimo coño de la nena envolviéndolo. Sin embargo, a causa de la excesiva lubricación natural de la pequeña y la falta de experiencia de Fabián en el arte de hacer el amor con niñas, su pene resbaló hacia fuera de la vagina de Marcela a los pocos segundos de haberla penetrado.

Cuando Fabián intentó penetrarla una vez más, decidido a no rendirse tan fácilmente, notó que la niña hacía esfuerzos por disimular el dolor que sentía. Sus uñitas se clavaban con fuerza en los brazos de él, dejando marcas en su piel. Fabián se sintió preocupado, pero decidió seguir adelante.

Con una nueva embestida, la entrada de la vagina de Marcela volvió a ceder. Fabián decidió esta vez dejar la cabeza dentro del estrecho coñito de la pequeña, sin moverse ni un solo milímetro. Quería permitir que se ajustara a la intrusión, que se acostumbrase a la presencia de su duro miembro dentro de su cuerpo.

Fue Marcela quien comenzó a mover sus caderitas, sintiendo cómo el miembro de Fabián se deslizaba más profundo en su interior. Con lentitud y determinación, la niña fue empujando hacia adelante, hasta que finalmente la cabeza del pene de Fabián atravesó por completo el umbral de su vagina. Comenzaron a gemir con intensidad, como si fueran dos gatos en celo.

Con voz entrecortada y llena de lujuria, Fabián exclamó: «¡Diossssss, qué cerradita estás mi amor…! Ricura, mmmmmhhm cómo me la aprietas, lindura…».

La sensación de estrechez y calidez era increíble, sobrecogedora. En ese preciso momento, Marcela levantó con decisión su cadera, al mismo tiempo que Fabián empujaba con vigor hacia adelante. Ambos movimientos, casi en accidental sincronía, provocaron que el miembro de Fabián se enterrara aún más profundo en el coño de la niña.

El gemido gutural lleno de placer de Fabián se mezcló con el agudo grito de dolor de Marcela, formando un dúo de sonidos que resonó en la habitación. Por el tono y la intensidad de sus reacciones, ambos supieron de inmediato que aquel había sido el momento exacto en el que Fabián había desgarrado por completo el delicado himen de su amada de 9 añitos. Una sensación única e irrepetible, un hito en sus vidas que los uniría para siempre en una relación prohibida. Fabián podía sentir cómo la sangre caliente de Marcela cubría su verga, mezclándose con los fluidos naturales que brotaban del coño de la pequeña..

Marcela, con lágrimas en los ojos, en un hilillo de voz, le preguntó: «¿¡Entró todita!?».

Fabián le acarició el rostro con ternura, tratando de tranquilizarla, y le respondió con voz grave: «No mi amor, aún nos falta la mitad…».

Aquella respuesta hizo que Marcela abriera los ojos como platos, incrédula. Bajó su mirada hacia su entrepierna constatando con sus propios ojos la cantidad de verga que aún asomaba fuera de su pequeño coño. Cerró los ojos con fuerza y dejó caer la cabeza de golpe en el colchón, mirando hacia el techo. Abrió la boca en un gemido mudo, tratando de contener un nuevo sollozo cuando sintió cómo Fabián empujaba aún más profundo, enterrando otro trozo de su miembro..

Sentía que la verga de Fabián le llegaba lo más profundo, como nunca algo le había llegado. Sentía que no aguantaría más, que en cualquier momento la partiría en dos. Pero a pesar del dolor y el miedo, no podía negar que una parte de ella se sentía llena de satisfacción al saber que por fin era la mujer de Fabián de verdad. Su juguete sexual particular..

Marcela no pudo evitar soltar otro fuerte grito ahogado cuando Fabián enterró aún más su verga. Ya no había dudas: estaban follando de verdad. La nena pasaba de agarrar con fuerza las caderas de Fabián a sujetar con la misma fuerza su espalda, arañando levemente la piel del hombre. Estaba completamente poseída, perdida en una nube de placer como si estuviera en trance.

Fabián se sentía el hombre más afortunado y feliz de la tierra. Por fin había logrado su sueño más prohibido junto a su adorada princesita. Estaba disfrutando cada segundo de la «desfloración completa» de Marcela, sintiendo cómo su estrecho coñito lo envolvía como un guante. Metió su lengua en la boca entreabierta de Marcela, enlazándose en una danza lingual. Mientras sus lenguas bailaban, Fabián continuó con el movimiento de sus caderas, entrando y saliendo de aquel sedoso coño.

En un arrebato de deseo, Fabián le levantó las piernas a Marcela, sosteniéndola con fuerza de sus zapatos de tacón. Comenzó a embestirla con más fuerza y rapidez.. Marcela, en medio de la pasión desbordada y las intensas embestidas, le rogaba entre gemidos y gritos ahogados: «Chúpame el cuello, mi amor».

Fabián, sin dejar de penetrarla con su gruesa verga, le preguntaba con curiosidad: «¿Por qué, mi niña?».

La niña, totalmente poseída por la lujuria del momento, le confesaba con desesperación: «Porque te amo y quiero que todos sepan cuánto te amo y que tengo dueño».

Estaba tan enamorada de Fabián que deseaba gritarle al mundo entero que era su hombre, su amante, su amor prohibido. Preocupado por la reacción que podrían tener los demás si veían una marca de dientes o una señal de posesión en el cuello de la pequeña, le advertía: «No puedo hacerlo, mi amor, te lo verán».

Pero Marcela estaba tan excitada y desesperada que movía con determinación sus caderas, alzándose para encontrarse con las embestidas de él. Su cuerpo menudo y suave se sacudía debajo del de Fabián en un vaivén erótico, tratando de excitarlo aún más. «No me importa», decía ella, mirándolo con ojos suplicantes y llenos de amor.

Con una mezcla de impotencia y deseo, Fabián le susurraba: «No bebé, no es prudente».

Marcela: «Bueno, hazme una marca con tu boca donde solo tú la veas»— los ojitos de ella eran de súplica. La verga de Fabián palpitó con renovado vigor al escuchar las súplicas de Marcela, sintiendo un aumento de excitación y deseo. Se sentía en la cima del mundo, como el hombre más afortunado de la tierra al tener a esta hermosa y apasionada niña rogando por ser marcada por él.

Con una sonrisa traviesa y llena de lujuria, Fabián comenzó a bajar lentamente dejando un rastro de besos húmedos y suaves en su piel, desde el cuello hasta el pecho. Con delicadeza le sacó la verga del estrecho y húmedo coño para poder seguir bajando más. Marcela se estremeció al sentir la mezcla de sensaciones: el vacío repentino en su interior y los besos apasionados de Fabián en su cuerpo. Estaba completamente entregada a él, lista para recibir su marca de posesión.

Cuando sintió la boca de Fabián en su tetilla izquierda, no pudo evitar soltar un gemido de placer: «Aaahhh». Estaba segura de que ahí sería el lugar donde Fabián dejaría su huella, su marca de posesión.

Sin embargo, Fabián no se detuvo. Siguió bajando por el cuerpo de Marcela y llegó al abdomen de la niña semicubierto por el sostén de encaje; comenzó a besarlo con ternura, chupando su pequeño y delicioso ombligo.

Luego, con lentitud y delicadeza, bajó un poco más. Sus dedos acariciaron suavemente los muslos de la pequeña. Marcela podía sentir su coño hinchado y palpitante, ansioso por ser probado por la lengua de Fabián. Abrió las piernas con desesperación al sentir que Fabián bajaba aún más.

Con un gruñido gutural, Fabián comenzó a lamer la raja empapada de Marcela, primero por encima del tanga. La niña podía percibir la saliva de Fabián filtrándose a través de la tela empapada ya por sus jugos.

Impaciente, Fabián apartó a un lado la prenda de encaje, exponiendo su pequeña y brillante panochita a su mirada hambrienta. Sin perder tiempo, comenzó a lamer y chupar con avidez el coño de Marcela, saboreando cada gota de sus jugos. Marcela se retorcía de placer, sintiendo cómo la lengua de Fabián se hundía en su estrecha rajita de niña.

En eso, Fabián subió sus besos hasta llegar al monte de Venus cubierto apenas por la delgada tela de la tanga. Con un movimiento rápido y seguro, Fabián bajó la prenda solo unos pocos centímetros, lo suficiente para revelar la piel suave de la ingle izquierda de la pequeña. Ese era el lugar perfecto para marcar a Marcela, nadie más podría ver esa marca.

Marcela, sintiendo la succión intensa y hambrienta de la boca de Fabián en su ingle, no pudo contenerse y exclamó con una voz cargada de amor y deseo: «Sí, mi amooor». Con esas palabras, la niña estaba dando su aprobación, su consentimiento al sitio elegido por su hombre.

Fabián chupaba y chupaba con una fuerza desmedida en la piel suave y sensible de la ingle de Marcela, determinado a dejar su marca en ella. Se separó por un momento para contemplar cómo iba quedando la marca de sus labios, pero no estaba satisfecho con el tamaño y la profundidad. Regresó su boca al mismo lugar y comenzó a succionar con todas sus fuerzas, decidido a dejar una marca indeleble.

La obscena succión resonaba en toda la habitación. Con sus dedos, Fabián estiraba levemente la piel de Marcela, asegurándose de que la marca quedara de buen tamaño..

«Aaahhh… Te amo, mi amor»—dijo la niña levantando la cabeza y viendo la enorme marca que tenía en toda su ingle izquierda.

Fabián se separó y contempló satisfecho su obra, una marca roja e hinchada en la piel de su amor. Le subió el tanga y le dio un último beso en la frente a su pequeña mujercita, y le dijo: «Eres mía, bebé».

Marcela se estremeció al escucharlo, sintiendo una mezcla de miedo y excitación. Con una sonrisa radiante le dijo: «Sí amor, tuya para siempre..»

Impulsado por esas dulces palabras, Fabián se subía otra vez sobre el cuerpo menudo y suave de Marcela, listo para continuar con su apasionada unión. Con lentitud y delicadeza, comenzó a penetrar nuevamente la estrecha y húmeda cavidad de la niña, sintiendo cómo esta lo envolvía en su sedoso interior.

Marcela no pudo contener un gemido ahogado al sentir la verga de Fabián llenándola por completo: «Aaahhh». Mientras tanto, Fabián dejaba escapar un gruñido ronco y profundo de placer, sintiendo cómo el coño de la pequeña lo apretaba y succionaba con avidez: «Mmmmgggghhhh».

El coro de gemidos y jadeos entre el hombre y la niña se iniciaba una vez más, llenando el aire con una sinfonía de placer y lujuria. Las caderas de Fabián comenzaban a moverse dentro y fuera del cuerpo de Marcela, aumentando gradualmente el ritmo de sus embestidas. La verga de Fabián estaba completamente lubricada por los abundantes jugos vaginales de la niña, facilitándole follar a Marcela con más desenfreno.

Marcela, por su parte, gemía y gritaba ahogadamente dentro de la boca de Fabián, sintiendo cómo este la besaba con pasión mientras la penetraba sin piedad.

La diferencia de edades parecía haber desaparecido, se había reducido a un simple número. Eran solo dos seres unidos en una danza primitiva y visceral de amor y deseo. Sus manos se entrelazaron, intensificando aún más la unión que compartían.

Con un movimiento seguro y fuerte, Fabián tomó las delgadas y suaves piernas de la pequeña y las colocó sobre sus hombros, aumentando aún más la profundidad de la penetración. Era una escena magnífica y erótica ver a la niña con sus enormes plataformas adornando sus piececitos, mientras Fabián la penetraba con fuerza.

Los movimientos de Fabián se volvieron sumamente francos, sacando por completo su verga del coño de Marcela solo para restregarla por toda su húmeda y sensible rajita, antes de enterrarla una vez más en su interior. La niña no podía dejar de gemir y gritar. Marcela apretaba con fuerza las sábanas con sus manitas, como si quisiera sujetarse de algo en medio de tanto placer. Volteaba su carita a un lado, abría su boca en un gemido ahogado y apretaba con fuerza sus ojitos, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía con cada embestida de Fabián.

Sin dejar de penetrarla con rudeza, se acercó y la besó con pasión, metiendo su lengua en esa boquita infantil. Al mismo tiempo, sujetó con fuerza ambas manitas de la niña y las colocó por arriba de su cabeza, pegándolas al colchón. Esto le permitió a Fabián moverse con aún más brusquedad, follando a Marcela como si no hubiera un mañana. La habitación se llenaba con los sonidos obscenos del cuerpo de Fabián chocando contra el de Marcela, combinados con los gemidos de los dos..

Luego de largos minutos de intensas y frenéticas embestidas, Fabián y Marcela, de manera sincronizada y casi graciosa, giraron sus cuerpos en el colchón. Con ese cambio de posición y ayudados por la fuerza de la gravedad, Fabián terminó de enterrar su verga hasta la base en el estrecho canal vaginal de la nena. Marcela podía sentir cómo la punta del miembro de Fabián alcanzaba el cuello de su subdesarrollado útero, provocando oleadas de placer por todo su cuerpecito.

Sentada sobre la verga de Fabián; sus manitas apoyadas con inocencia en los musculosos pectorales de su hombre. Su pequeño cuerpo se movía torpemente, su estrechita cadera infantil subiendo y bajando a un ritmo que aún no dominaba del todo. No eran movimientos súper rítmicos o profesionales, no. Eran movimientos sexys y llenos de un encanto inmaduro, propios de una chiquilla que descubría los placeres del sexo. Fabián la guiaba con sus manos a la altura de su cinturita adornada aún por el sostén de encaje, ayudándola a encontrar un ritmo que la hiciera sentir bien.

Luego de encontrar un ritmo deliciosamente sincronizado, Fabián colocó sus manos en los aún subdesarrollados pechitos de Marcela, acariciándolos con sus pulgares. Era una sensación increíblemente erótica sentir aquellos pezones pequeños y duros bajo sus dedos. Fabián se tomaba su tiempo para explorar y disfrutar cada curva y cada ángulo del cuerpecito de su preciosa nena.

A medida que seguía acariciando la piel suave y delicada de los pechitos de Marcela, Fabián fue deslizando sus manos por hacia abajo sintiendo la fuerza de esas caderas infantiles. Con un agarre firme, comenzó a acariciar el trasero de la niña, apretando y masajeando la carne suave y redondeada de su pequeño culito. Dejaba que Marcela dominara la acción, permitiendo que ella estableciera el ritmo mientras estaba sentada en su verga. Era demasiado excitante ver a su pequeña mujercita tomar el control.

Fabián sostuvo con fuerza los tobillos de la niña, sintiendo la textura de los enormes tacones de plataforma que aún llevaba puestos. Los tacones de aguja se clavaban en la cama, casi perforando el colchón de espuma con cada embestida de las caderas de Marcela.

Volvía a acariciar los pechitos llanos de la niña. Era demasiado lo que los dos amantes sentían, disfrutando cada segundo de este momento prohibido y único. En eso Fabián supo que quería tener una mejor visión de la escena. Quería grabársela en la mente para siempre, como un recuerdo eterno de este momento de pasión y conexión..

Después de asegurarse de que Marcela estaba completamente empalada en su miembro, se deslizó hacia el borde de la cama hasta que sus pies tocaron el suelo. Con cuidado, se sentó y le susurró al oído de la niña: «Abrázame con fuerza, bebé».

Marcela envolvió sus bracitos alrededor del cuello de Fabián, acercándose aún más a él. Los diminutos pezones duros de Marcela se apretaron contra el pecho peludo y musculoso de Fabián mientras este se ponía de pie, con cuidado de no salir del interior de su pequeña amante.

La niña abrió la boca en un gemido ahogado cuando la polla de Fabián se clavó aún más profundo dentro de ella. Fabián llevó a Marcela empalada por su polla hasta el enorme espejo de la habitación. Ambos necesitaban ver esta escena, grabársela en la retina para siempre. Al mirarse en el espejo, pudieron contemplar una vista aún más impresionante de lo que habían imaginado..

Allí, reflejados en el cristal, estaba el diminuto cuerpo de Marcelita envuelta en los brazos fuertes y musculosos de Fabián. Sus bracitos y piernas delgadas se aferraban con fuerza a él, como si temiera caerse. Solo la base de la verga de Fabián y sus pesados testículos eran visibles.

«¡Oh, Dios mío! Mira eso, bebé», dijo Fabián con voz cargada de lascivia.

El cuerpo de la pequeña Marcela parecía aún más delicado y frágil junto al de Fabián, su piel suave y pálida contrastando con la piel bronceada de él. Fabián no pudo evitar admirar cómo su pequeño culo redondo y firme era apretado por sus manos, marcando la suave carne con sus dedos.

Fabián se quedó quieto, completamente pasmado ante la increíble escena que tenía ante sus ojos. Podía sentir cada curva y cada línea de su pequeña figura, que se movía en pequeños círculos sobre su verga. Con cada movimiento podía sentir cómo su estrecha y húmeda vagina masajeaba la longitud del pene de su hombre, acariciándolo de una manera que lo hacía enloquecer de placer.

«Me da vergüenza… Llévame de vuelta a la cama mi amor», susurró Marcela en el oído de Fabián, sintiendo un poco de timidez ante la intensidad de la escena que habían presenciado en el espejo.

Fabián la llevó de vuelta a la cama con cuidado, sin salir nunca de su interior. Una vez en la cama, Fabián se tumbó boca arriba, dejando a Marcela sentada sobre su verga. Comenzó a entrar y salir de la estrecha y húmeda conchita de la niña, sintiendo cómo sus paredes internas lo envolvían.

Marcela comenzó a tomar de nuevo el control real de la situación. Con una sonrisa maliciosa y llena de lujuria, empezó a manipular sus músculos de la pelvis para aprisionar aún más fuerte la verga de su hombre. Mientras tanto, Fabián no dejaba de soltar gemidos y gruñidos de placer al sentir esas contracciones de la pequeña en su miembro. Podía sentir cómo los músculos internos de Marcela lo aprisionaban en un intento por llevarlo al clímax más intenso.

La pasión y el deseo se reflejaban en el rostro de Fabián que en medio de gruñidos alcanzaba a articular: «Ay, qué rico bebé lo que me haces… Uff… Me estás cogiendo delicioso mami». Estaba a punto de alcanzar un nivel de placer que nunca antes había experimentado..

Con desesperación, metió un dedo en la boquita de Marcela, quien de immediato lo lamió como una experta, dejándolo lleno de saliva y humedad. Ese simple acto, tan erótico y sugerente, hizo que Fabián perdiera por completo el control. Sus embestidas se volvieron más desesperadas y rápidas, golpeando con fuerza el fondo del coño de Marcela. La sostenía con firmeza de las caderas para evitar que se moviera demasiado, ya que quería tener el control total de la situación..

En ese preciso momento, Fabián ya no pudo contenerse más. Con un grito de puro éxtasis, exclamó: «¡¡Aaahhh, me vengo mi bebé!!». Su cuerpo se tensó por completo y su miembro comenzó a palpitar con fuerza dentro del estrecho coño de Marcela…..

La cantidad de semen que Fabián descargó en el interior de Marcela fue tanta que comenzó a desbordar por los costados, saliendo a borbotones de la diminuta vulvita de la niña. Fabián estaba experimentando el orgasmo más intenso y poderoso de su vida..

Mientras tanto, Marcela no dejaba de gemir y gritar de placer, sintiendo cómo el semen caliente de Fabián la llenaba por completo. En ese instante, Marcela dejó escapar un ahogado grito de placer, su cuerpo pequeño y delicado temblando de arriba a abajo.

«¡Qué ricoooo… ahhh!», exclamó la niña mientras sentía cómo su cuerpo se tensaba en un orgasmo muy intenso.

Fabián pudo sentir cómo Marcela se tensaba y se estremecía a su alrededor, sus paredes internas apretando y succionando su verga de una manera tan exquisita que aún podía sentir cómo su miembro duro y pulsante escupía leche dentro de ella. La habitación se llenó con gemidos ahogados de dos amantes que se besaban con una pasión y un fervor que resultaba impropio para alguien de la edad de la niña. Era un beso cargado de amor, deseo y conexión entre dos personas, aunque una fuera un adulto experimentado y la otra solo una inocente niña de 9 años.

En ese momento de máximo éxtasis, otra poderosa descarga de semen salió disparada desde la verga aún dura de Fabián, inundando aún más las profundidades del pequeño y vulnerable coño de Marcela. Si la pequeña hubiera tenido la edad suficiente, seguro que la semilla de Fabián la habría dejado embarazada.. Afortunadamente no era algo de lo que tuviesen que preocuparse aún.

Después de la intensidad del momento, Marcela se derrumbó sobre el pecho de Fabián, completamente agotada por la experiencia. En ese momento se escuchó un sonido húmedo y obsceno de «plop!» cuando la verga adulta y ahora flácida de Fabián salió de la estrecha y sensible panochita infantil de Marcela.

Solo habían pasado unos tres minutos desde que ambos alcanzaran el clímax, cuando la llama de la pasión comenzó a reavivarse una vez más. Recuperando el aliento despacio, Fabián y Marcela se miraron fijamente a los ojos. Los lindos deditos de la pequeña comenzaron a arrastrarse con curiosidad hasta la verga aún semidura y brillante de Fabián quien comenzó a besar a Marcela con ternura, depositando suaves besitos en sus mejillas sonrojadas, en su naricita respingona y en sus labios aún húmedos.

Mientras tanto, Marcela no dejaba de acariciar y explorar el cuerpo musculoso y bien formado de Fabián, pasando sus deditos por los brazos, el pecho y el abdomen definido del hombre. Sus caricias eran inocentes y seductoras a la vez..

En eso, Marcela se acordó y le pidió a Fabián permiso para quitarse las enormes plataformas de tacón que aún llevaba puestas. «Oye, ¿me puedo quitar los zapatos que me lastiman un poquito?», le preguntó la niñita algo ruborizada.

Fabián le respondió con una sonrisa complaciente y cariñosa, «Sí mi bebé, ponte más cómoda, pero no te quites el tanguita ni el sostén». Le dejó claro que las prendas sensuales debían permanecer.

La pequeña asintió con una sonrisa pícara y coqueta, comenzando a sacar lentamente las plataformas de sus piececitos lastimados por las correas. Al terminar de quitárselas, Marcela no dudo en subirse encima de Fabián, y fue bajando poco a poco sobre su rostro hasta quedar sentada sobre su boca. La niña se sostuvo la tanguita a un lado, dejando expuesta su pequeña y aún húmeda rajita sobre los labios de Fabián. Este, con la mirada perdida de deseo, podía sentir el aroma y la humedad residual del coño de Marcela sobre su boca. Sin poder contenerse, sacó su lengua y la deslizó por la tierna y brillante rajita de Marcela, sintiendo el delicioso sabor a jugo vaginal mezclado con su propio semen.. pero esto no lo detuvo en absoluto. En lugar de eso, introdujo su lengua unos centímetros en la estrecha cavidad, moviéndola dentro y fuera.

El placer que sentía Marcela era tan intenso que no pudo evitar lanzar un gemido de puro éxtasis: «¡Aaahhh!».

Mientras tanto, comenzó a menear sus pequeñas y delicadas caderas sobre el rostro de Fabián, buscando más de ese delicioso contacto. El movimiento provocó que más jugos mezclados con semen y el sabor metálico a sangre arterial comenzaran a bajar por la vagina de la pequeña.

Fabián, sintiendo cómo la pasión lo consumía una vez más, comenzó a jugar con el clítoris hinchado y sensible de la pequeña. Lo frotaba con la punta de su lengua en círculos.

El hombre podía sentir cómo su verga se ponía dura como piedra una vez más, lista para otra ronda de sexo caliente y prohibido.. En eso sintió cómo el cuerpo de Marcela se estremecía y temblaba de placer, llegando a un nuevo e intenso orgasmo.

La nena gritaba de éxtasis mientras su cuerpo se sacudía y bañaba el rostro de Fabián: «MMMMMMM… Ahhhh…».

Sin perder tiempo, Fabián disminuyó el ritmo de sus lamidas y finalmente dejó de estimular el coñito de la niña, permitiendo que esta pudiera recuperar un poco la compostura. Con cuidado, la levantó y la colocó en una posición de cuatro patas sobre el colchón, dejando su pequeño trasero en pompa y expuesto frente a él.

Fabián se puso de pie detrás de ella, mientras la niña apenas y se recuperaba. Sin pensarlo dos veces, corrió la tanguita sobre una nalga. Con su mano derecha, guió con decisión su verga venosa hasta la entrada de la húmeda vagina de Marcela, frotando el hinchado glande sobre toda la rajita sensible de la pequeña, incluyendo el cerradito ojete.

La niña no pudo evitar gemir otra vez al sentir el roce del enorme miembro de Fabián en su delicada intimidad. «Aaahhh…», se escuchó el suave gemido de Marcela, mientras su cuerpo se estremecía de anticipación.

Fabián no pudo contenerse más y, sin ningún miramiento, apoyó la punta de su verga en la entrada de la vagina de Marcela. Con lentitud y deliberada tortura, comenzó a enterrar su miembro dentro de esa húmeda cuevita infantil, sintiendo cómo los suaves músculos internos de la pequeña se estiraban y se aferraban a su palpitante falo en una cálida bienvenida de vuelta.

Fabián disfrutaba cada milímetro de la experiencia, saboreando la exquisita sensación en una posición tan excitante. Después de meter y sacar su verga de la estrecha y húmeda vagina de Marcela unas ocho o nueve veces, comenzó a aumentar el ritmo de sus embestidas. Sus caderas chocaban con fuerza contra el delicado trasero de la niña, y el típico sonido obsceno de aplauso llenaba la habitación. Ya no tenía reparos en el hecho de que la niña sólo tenía 9 años, y se concentraba únicamente en su propio placer y en explorar los límites de su perversa relación..

Marcela, lejos de sentirse intimidada por las potentes embestidas de Fabián, se sentía cada vez más excitada. Se sostenía con fuerza de las sábanas con sus pequeñas manos, no sólo para resistir los embates, sino para que estos fueran aún más profundos. Mientras tanto, Fabián no dejaba de susurrar palabras cargadas de deseo y admiración por la sensualidad de la nena. «Eres preciosa, mi Marcelita… Cómo me gusta tu traserito, tu espaldita, tu cuello, tu pelito…», le decía con voz ronca y llena de lujuria, adorando cada centímetro del cuerpo infantil que tenía bajo su control.

Sostenía con fuerza las pequeñas caderas de Marcela, dejando marcas en la suave piel de la niña mientras la penetraba una y otra vez, sin piedad. Mientras Fabián seguía embistiendo con fuerza, Marcela gemía fuerte y descontrolada cada vez que la verga de su hombre le llegaba hasta el fondo de su pequeño coño. La niña levantaba aún más sus nalguitas, exponiendo su respingadito trasero a los ojos hambrientos de Fabián. Este gruñía de placer y gloria al sentir esa cálida rajita aprisionando su polla como si quisiera exprimir hasta la última gota de semen en su interior.

La imagen de ese pequeño trasero siendo follado por la conchita, con la tanguita de encaje corrida a un lado y el sostén a juego bajado a la altura de la cinturita, era tan erótica y prohibida que Fabián no podía resistirse. Tomó a Marcela del cuello y la jaló hacia él con fuerza, deseando sentirla aún más cerca. Ella, como si supiera exactamente lo que su hombre quería, giró su carita para permitir que la lengua de Fabián entrara en su boca. El beso que compartieron en ese momento, cargado de deseo, era completamente impropio para una niña de la edad de Marcela. Su pequeña lengua se enroscaba alrededor de la de Fabián, recibiéndolo con ternura y anhelo mientras él seguía penetrándola profundamente.

Fabián sentía que estaba en el cielo, follándose a la niña más sexy que pudiese soñar. «Cómo me gusta tu aroma de pequeña mujercita», le susurró al oído, inhalando profundamente el dulce y apetitoso olor que emanaba de su piel. A veces, Fabián no sabía si realmente era él quien estaba pervirtiendo a la inocente niña, o si quizás era Marcela quien lo estaba llevando por un camino de lujuria y depravación sin regreso.

La pequeña gimió fuerte cuando Fabián arremetió con más brusquedad dentro de su vaginita. «Ahh ayy sí… Ahhh», gritaba Marcela.

Fabián gruñía como un animal en celo.. «¿Así te gusta, ehhh?», le preguntaba con voz ronca y llena de lujuria, acelerando aún más el ritmo de sus embestidas. Los minutos transcurrían y se convertían en horas, y la habitación comenzaba a llenarse del intenso aroma a sexo y sudor. El aire estaba cargado de testosterona y feromonas.

Fabián metió dos dedos en la boquita de Marcela, y ella comenzó a chuparlos con avidez, cubriéndolos por completo con su saliva. Era evidente que la niña sabía qué propósito tenían esos dedos dentro de su boca, y estaba dispuesta a lubricarlos adecuadamente. Cuando estaban muy mojados, Fabián decidió probar suerte y meter su dedo índice entre las pequeñas nalgas de la niña.

Marcela no pudo evitar soltar un fuerte suspiro de sorpresa y placer cuando sintió el dedo intruso presionando contra su estrecho y virgen ano. «AHH», gritó, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía..

Fabián estaba en su punto máximo de excitación, completamente consumido por el deseo de explorar cada centímetro de ese cuerpecito infantil. Jugueteaba con el pequeño y resistente esfínter de Marcela, sintiendo cómo este se negaba a ceder esta vez. A pesar de los esfuerzos de Fabián y de la lubricación aplicada, el ano de Marcela parecía más estrecho y firme que nunca, sin mostrar ningún signo de dilatación. Estaba claro que una doble penetración era algo que tendría que esperar.

Sin embargo, esto no detuvo a Fabián, que seguía penetrando con fuerza y profundidad la vagina de Marcela que ese preciso instante, comenzó a sentir una oleada de intenso placer que recorría todo su pequeño cuerpo. La niña no pudo evitar gritar de placer al sentir las caricias anales del dedo de Fabián. «¡AHHH, me corro, me corro otra vezzz!», exclamó Marcela, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía.

Ese momento de máximo éxtasis para Marcela fue también la señal que Fabián necesitaba para llegar a su propio clímax. Los espasmos y las contracciones de la vagina de la pequeña alrededor de su verga lo llevaron al límite..

Fabián no sabía la forma que elegiría para descargar su semen en esta ocasión, ya que había varias opciones tentadoras enfrente de él. Podría simplemente seguir bombeando dentro de la estrecha y palpitante vagina de la niña hasta que no pudiera contenerse más. O tal vez podría sacar su miembro de golpe y pintar la espalda y el cabello de la pequeña con su semen. Pero en la locura del momento, optó por una opción aún más perversa. Sacó de golpe su pene de esa vaginita y la volteó bruscamente de un tirón.

«¿Quieres sentir el sabor de tu panochita, bebé?», le preguntó Fabián con un tono cargado de lujuria y deseo. Antes de que Marcela pudiera responder, él ya había atrapado su cabeza con sus manos y estaba guiando su palpitante verga hacia su boca.

La cabeza hinchada del pene de Fabián chocó contra los labios de la pequeña, y sin esperar más, forzó su miembro dentro. Cuando Fabián metió su palpitante polla dentro de la boca de Marcela, sujetó firmemente su nuca con una mano, mientras que con la otra agarraba con fuerza la base de su pene. Sus movimientos de cadera se volvieron salvajes y bestiales, embistiendo sin piedad contra la cara de la pequeña..

La niña se estremecía y se ahogaba con cada embestida, pero no dejaba de chupar y succionar con fuerza, desesperada por complacer a su hombre. Mientras tanto, Fabián gruñía y gemía de placer, sintiendo cómo la lengua y los labios de la pequeña lo envolvían en una cálida y húmeda sensación. Estaba al borde.. Cuando Marcela intentó recuperar el aliento, Fabián aprovechó y retiró su pene de la boca de la niña, y comenzó a frotarlo por su hermoso rostro. Pasaba su miembro por sus suaves mejillas, su frente, incluso por sus ojos cerrados y su naricita respingona. La estaba pintando con su precum.

«Sigue chupando, bebé», le ordenó Fabián con voz temblorosa y llena de deseo. Nuevamente, guió el hinchado glande de su miembro hasta la altura de la boquita de Marcela, y no pudo evitar gemir al volver a sentir la cálida y apretada sensación de su interior. No se resistió a entrelazar sus dedos en la suave y sedosa cabellera de la niña, asegurándose de que no dejara de succionar ni por un segundo. Mientras tanto, Marcela obedecía las órdenes de su hombre. Estaba determinada a complacer a Fabián en todo.

Fabián no pudo contenerse más al sentir cómo la lengua de Marcela hacía círculos alrededor de su sensible glande. «¡AAAAHHH, estoy a punto de venirme en tu boquita, princesa… MHHMMMMM!», gruñó Fabián, sosteniendo con fuerza la nuca de la niña.

Sin esperar respuesta, hundió su verga hasta el fondo de la garganta de Marcela, sintiendo cómo esta se tensaba y luchaba por adaptarse..

Tres chorros de espesa leche salieron disparados contra la lengua y el paladar de la niña, llenando su boquita de un sabor salado y fuerte. La pequeña sólo podía emitir sonidos guturales y ahogados, mientras luchaba por no vomitar. Pese a sus esfuerzos, su pequeño cuerpo se sacudía y convulsionaba con cada chorro espeso y caliente de semen que Fabián descargaba dentro de ella.

A pesar de la repentina inundación, Marcela lograba tragar con valentía. Sin embargo, el cuarto chorro de Fabián fue demasiado para la pequeña, su boquita se llenó rápidamente con gruesas y glutinosas cuerdas de semen, y ella luchó por tragarlas lo más rápido posible. Pero antes de que pudiera hacerlo, el quinto chorro la hizo vomitar y estornudar al mismo tiempo, salpicando gotas de semen y bilis por toda su carita y la polla de Fabián.

Fabián la sostuvo fuerte, sin dejarla ir.. Cuando por fin la liberó, la niña jadeaba y tosía mientras un chorro más le caía en el pelito..

Fabián había caído a un lado de ella, completamente exhausto. Se tumbó junto a su pequeña amante y la rodeó con sus brazos. «Me vine un montón, princesa jejeje…», dijo Fabián con una sonrisa satisfecha.

La niña elevó su cabeza para tragar los restos de semen que quedaban en su boca, y luego se acurrucó contra el cuerpo de su hombre, sintiendo su calor y su fuerza. «¡Madre mía! ¡Estabas llenito!», exclamó Marcelita con asombro, limpiándose los restos de semen de su carita y chupándose los dedos para no desperdiciar ni una gota. La sesión de sexo había durado cerca de dos horas..

«¿Cómo haces para hacerme sentir así?», preguntaba la niña con asombro y cierta incredulidad en su vocecilla, aún sin poder creer del todo las cosas que hacía y decía en su nueva vida. Su carita estaba cubierta de una mezcla de fluidos: semen, saliva, mocos y maquillaje corrido, un reflejo de la pasión descontrolada que acababan de vivir.

Fabián la miraba con ternura y afecto, apartando con delicadeza los mechones de cabello sudados de la carita de la pequeña. Con una sonrisa llena de amor y satisfacción, le respondió: «Solo te amo con toda la pasión que mi corazón siente por ti, princesa. Eres una niña extraordinaria y única».

Marcela se incorporó sobre la cama. Se apoyó sobre sus codos, balanceando sus piernitas colgantes sobre el borde del colchón mientras preguntaba con inocencia: «Bueno ¿y ahora? ¿Qué hacemos ahora?».

«¿Quieres helado y galletas? – respondió Fabián con una sonrisa cansada pero afectuosa en el rostro. La niña no pudo contener su emoción y gritó con todas sus fuerzas: «¡SIIIIIIIIII!». Estaba agotada, pero también hambrienta después de todo lo que habían hecho juntos.

«Perfecto mi amor, solo con una condición», dijo Fabián con un tono malicioso y juguetón en su voz.

«¿Cuál?», preguntó Marcela.

Fabián se relamió los labios y con un tono de voz bajo y seductor dijo: «Quiero que vayas desnudita a lavarte.. Quiero verte caminar desnuda.»

«Eres un niño travieso»—dijo la nena, y se sonrojó ligeramente ante la petición de Fabián, sintiendo un pequeño aleteo de nerviosismo en su vientre. «Está bien, lo haré, ¿sabes por qué?» agregó la pequeña.

«No»—mintió, pues él sabía la respuesta.

M: «Porque te amo y quiero complacerte en todo».

F: «Hazlo, entonces».

Marcela se levantó de la cama con un pequeño gemidito, sintiendo el chasquido húmedo de su encharcada rajita. Caminó despacio y con dificultad hacia el baño, contoneando sus caderas de manera inconsciente y dejando un rastro de sus propios jugos vaginales, semen, sudor y leves rastros de sangre en el suelo.

Llegando a la puerta del baño, comenzó a bajarse lentamente aquella pequeña tanga de encaje usada durante toda la faena sexual, revelando su piel pálida y suave. Con un movimiento grácil, dejó caer la prenda al suelo y se quedó completamente desnuda. Su cuerpo joven y tembloroso, estaba aún sudadísimo por la intensa sesión de sexo. Las marcas en su cuerpo en forma de chupetones delataban la intensidad del encuentro.

Removió de su cinturita el sostén y se metió bajo el chorro de agua tibia, respirando hondo al sentir cómo el agua recorría cada centímetro de su piel marcada por los chupetones y mordidas de su amante. Mientras tanto, Fabián se incorporó con dificultad de la cama. Comenzó a caminar hacia el minibar, ansioso por preparar los deliciosos postres que había ofrecido a su querida Marcela.

Sacó del frigo el helado de chocolate y vainilla, así como las galletas de avena y chocolate que había comprado especialmente para su amada. Con destreza, comenzó a servirlos en dos cuencos, añadiendo una porción generosa de cada uno.

Mientras tanto, en el baño, Marcela se aclaraba el cuerpo con jabón y se lavaba el pelo con champú, sintiendo cómo los restos de su encuentro sexual se desvanecían por el drenaje. Se sentía renovada y fresca, lista para continuar disfrutando de la compañía de Fabián y de todas sus atenciones.

Unos minutos después, Marce apareció duchada. Vestía un pijama infantil de la película Frozen compuesto por una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos. Como su cabello aún estaba mojado y escurría agua, empapaba su camiseta, remarcando sus pequeños pezones a través de ella. Comieron helado entre risas y coqueteos, como dos amantes luego de consumar su pasión.

Al cabo de unos minutos, el cansancio los venció y se tumbaron plácidamente en posición de cucharita. Fabián, desnudo, se pegaba a la colita de su mujercita, separados únicamente por la tela del pijama. Sin embargo, pudo más lo exhaustos que estaban que se quedaron dormidos profundamente.

—–

Los rayos del sol que se colaban por la ventana despertaron a Fabián, quien aún desorientado, dio un delicado beso en la cabeza a Marcela, quien aún dormía plácidamente entre sus brazos. Al cabo de unos segundos, Fabián hizo el esfuerzo por ver el reloj… ¡Mierda, eran las 11:30 de la mañana! Se habían quedado dormidos y solo faltaba media hora para que Camila llegase a buscar a Marcela a casa de Fabián, quien dio un salto de la cama, despertando a su pequeña doncella.

Comenzó a coger las cosas, mientras la niña restregaba sus ojos inocentemente.

F: «¡Mi amor, ponte tus zapatos que nos vamos!».

De esa manera salieron a toda prisa del hostal, sin siquiera hacer check-out.

De camino, Fabián se acordó de ver su móvil. ¡Mierda! Había olvidado quitarle el modo ‘No Molestar’ y 22 llamadas perdidas de Camila asomaban en la pantalla del teléfono, así como incontables mensajes de WhatsApp. Fabián devolvió la llamada y le dijo a Camila que habían salido a desayunar y que se había dejado el móvil en casa.

«¡¿En casa?! Pero si yo estoy aquí afuera de tu casa, tengo 15 minutos tocando el timbre..», dijo Camila con evidente mosqueo.

F: «Digo, que lo dejé en el coche… Ya estamos llegando a casa, espéranos ahí».

Fabián la salvó por los pelos. Llegaron un poco agitados, pero tratando de disimular. Camila se quedó tranquila, aparentemente se la había vuelto a tragar. Marcela se abrazó a su madre. Fabián las invitó a pasar, pero Camila adujo cansancio. Madre e hija se despidieron de Fabián, quien entró a su casa con la enorme felicidad en su pecho de haber pasado la mejor noche de su vida al lado de su Marcelita y con la tranquilidad de que no habían sido descubiertos, o al menos eso creyó..

FIN del capítulo.

7 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por adrianam477
Etiquetas: baño, cogiendo, follando, follar, hija, madre, semen, sexo
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
Audición para ser putita Parte 6.
Mi compadre me vendió a sus dos hijas 2
Roberta de 16 años.
UN MATRIMONIO MUY ESPECIAL
Mi odisea,,
Una apuesta con el patron de mi novia
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.384)
  • Dominación Hombres (4.207)
  • Dominación Mujeres (3.094)
  • Fantasías / Parodias (3.382)
  • Fetichismo (2.796)
  • Gays (22.342)
  • Heterosexual (8.427)
  • Incestos en Familia (18.552)
  • Infidelidad (4.559)
  • Intercambios / Trios (3.183)
  • Lesbiana (1.173)
  • Masturbacion Femenina (1.025)
  • Masturbacion Masculina (1.958)
  • Orgias (2.109)
  • Sado Bondage Hombre (459)
  • Sado Bondage Mujer (191)
  • Sexo con Madur@s (4.428)
  • Sexo Virtual (270)
  • Travestis / Transexuales (2.463)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.577)
  • Zoofilia Hombre (2.241)
  • Zoofilia Mujer (1.681)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba