MARCELITA 2026 – Capítulo 12: «Mami, me duele la barriga..»
La dulce historia de amor entre una niña y un hombre (M32 / g8-9yo)…
Luego de varias horas de auténtico placer, suavemente se tumbaron y se quedaron en posición de cucharita, con el pene aún unido a las paredes anales de la niña. Ella tenía el pelito empapado de transpiración, todo el cuerpo cubierto de sudor y la cara totalmente mojada de transpiración y lágrimas, y el ligero maquillaje corrido.
Marcela giró la carita, Fabián la besó en la frente y luego unieron sus bocas en un beso que les hacía recuperar el aliento.
«Te amo mi amor lindo» susurró Marce.
«Yo también te re-adoro, mi niña preciosa», le dijo Fabián al oído, y tiernamente le retiró los cabellos mojados y pegados de su carita. Se miraron a los ojos y él la volvió a besar; mientras lo hacía, la acariciaba la pancita y el pechito con el dorso de sus dedos.
Estuvieron besándose así un largo rato hasta que, con un suave movimiento hacia atrás, la verga flácida de Fabián abandonó el culito de la niña en sonido de plop! Y con una risita cómplice se fundieron en el más dulce de los besos de lengua.
Ella era tan menudita, tan hermosa, vulnerable e inocente… Fabián estaba tan embelesado que se tumbó junto a ella nuevamente. Disfrutaban de un momento mágico de felicidad apacible..
En ese instante, los ojos de ambos se dirigieron hacia la puerta de la habitación. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que ya no estaban solos. La puerta se abrió por completo y allí, de pie, congelada, mirando en silencio con una expresión indescifrable en su rostro… ¡Estaba Camila!
Simplemente miraba fijamente a la pareja con una mezcla de shock, confusión y lo que parecía un atisbo de rabia contenida. Su mirada se clavó en el miembro aún húmedo y brillante de Fabián cubierto de restos, antes de subir lentamente hacia el rostro de la pequeña Marcela, que la miraba con ojos desorbitados y aterrados..
M: «¡Mamá!» F: «¡Camila!» – Los dos exclamaron al mismo tiempo.
Camila estaba paralizada, su cuerpo entero había perdido la capacidad de reaccionar. Sus ojos se paseaban por la habitación, contemplando la escena de devastación que tenía ante sí.
Si bien ya tenía sus sospechas, al parecer no salía de su asombro tras confirmarlo todo. Y es que la imagen era cuanto menos impactante: la ropa de los dos por todos lados y entremezclada, los pantalones de Fabián al lado del vestido de comunión de su hijita, ropa interior de los dos por todas partes, etc.
Su mirada se posó en los cuerpos sudorosos y entrelazados de su hijita y de su compañero de trabajo. La piel infantil de la pequeña, antes tan pura e inmaculada, ahora lucía brillante y enrojecida tras la más prohibida faena sexual. El semen de Fabián aún goteaba por entre las pequeñas y pálidas nalgas de Marcela, dejando un rastro innegable de lo que acababa de pasar.
Camila abrió la boca varias veces, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresar su indignación. Pero no había palabras que pudieran describir la repulsión y el horror que sentía ante la imagen de su hija junto al hombre en el que ella misma había confiado el cuidado de su pequeña. La imagen era demasiado dolorosa para procesarla..
«Camila, dé.. déjame explicarte…», logró balbucear Fabián, tratando de encontrar una excusa plausible, pero no había nada que explicar. Camila lo interrumpió y, para sorpresa de los dos amantes, luego de una profunda respiración, dijo con calma: «Calla, yo ya lo sospechaba. Vestiros y os espero en el salón.» Y cerró la puerta del cuarto a sus espaldas.
¿Había caído Fabián en una trampa? En el mejor de los casos, ¿este era el final de su relación con Marcela? O peor aún, ¿esto traería consecuencias laborales y hasta penales para Fabián? Este estaba helado, palidecido. Y qué decir de la pequeña Marcela, quien lucía desencajada.
Con total vergüenza se comenzaron a vestir en el mayor de los silencios. La niña sacó ropa limpia del armario, mientras que Fabián se apresuró a hacer su parte y cuando estuvo listo, la ayudó a terminar de vestirse.
Sin decir ni una palabra salieron a los pocos minutos de la habitación y, uno tras otro, caminaron por el pasillo rumbo al salón como la típica pareja de adolescentes sorprendidos en acción. Y allí estaba Camila en el salón, cruzada de brazos y con la mirada perdida, esperándolos. Estos se sentaron en el sofá frente a la mujer y todos permanecieron en silencio por dos o tres largos minutos.
Camila los observaba con una mezcla de indignación y tristeza en su mirada. Su hija pequeña y su amante adulto, sentados juntos frente a ella como si nada, después de haber sido sorprendidos en una situación tan comprometida. No podía creer lo que había visto, pero la evidencia estaba allí, clara y descarada.
Fabián no se atrevía a levantar la mirada, mientras que Marcela tenía los ojos fijos en el suelo, avergonzada.
Camila intentaba encontrar las palabras adecuadas para expresar todo el dolor y la furia que sentía en ese momento. Finalmente, después de lo que parecieron horas, Camila habló. Su voz temblaba ligeramente por la emoción contenida: «Ya me imagino cómo se la habrán pasado el fin de semana aquel en el que llegaron todos agitados, disque de desayunar fuera. Ese día supe que algo pasaba. También por cómo he estado encontrando varias braguitas de la niña, todas sucias y manchadas…».
Y continuó con un tono de impotencia: «No quiero que intentéis explicarme nada. A ti Marcela no te puedo pedir explicaciones.. Y de ti Fabián, de ti es que no quiero escuchar ni una palabra. Nunca pensé que el día de comenzar a batallar con estas cosas iba a llegar tan pronto y de esta manera. Solía pensar que llegaría cuando la niña tuviese por lo menos 15 o 16 años y con adolescentes de su edad… No con un hombre, no contigo Fabián.»
M: «Mami, Fabián y yo nos queremos». ¡La pequeña, aun en estas circunstancias, sacaba a relucir sus más puros sentimientos de amor!
C: «No te he pedido explicaciones, Marcela. Ahora mismo no estoy para razonar, siento entre decepción y desesperación. Claro está que nunca más los voy a dejar solos.» Y concluyó casi asqueada: «¿Te puedes marchar, Fabián?».
Fabián no dijo ni una palabra. Y qué iba a decir, si había sido encontrado, nunca mejor dicho, con las manos en la masa. Arrugó la cara, sacó las llaves de su coche y salió por la puerta. Ni una palabra.
A Marcela se le humedecieron los ojos y salió corriendo a su habitación cual niño regañado. Y allí se quedó Camila, sola en el salón, procesando aun la imagen del infantil cuerpo de su niñita de 9 tumbada en su camita al lado de un hombre de más de 30 años, ambos bañados en sudor y demás fluidos y con olor a sexo por toda la infantil habitación…
Pero sorprendentemente algo en ella hacía suponer que, en efecto, ya se lo esperaba y que hasta estaba buscando confirmarlo con sus propios ojos. Su mente era un torbellino de pensamientos y emociones contradictorias.
Había notado ciertos cambios en la conducta de su hija en las últimas semanas. Una cierta distancia y una reticencia a hablar de sus actividades, además de una evidente ansiedad cuando Fabián estaba cerca. Todo encajaba ahora en su lugar. Se sentía traicionada, no sólo por Fabián, sino también por su propia hija. ¿Cómo había podido ocultárselo todo este tiempo?
Camila se sentía confundida y asqueada ante la idea de que alguien pudiera sentirse atraído por el cuerpo aún no desarrollado de su hija de 9 años. Era algo que no podía comprender. ¿Cómo era posible que un hombre maduro y consciente pudiera tener pensamientos lujuriosos hacia una niña que aún no había alcanzado la pubertad? ¿Cómo podía una niña de esa edad estar lista emocionalmente para enfrentar las consecuencias de una relación sexual con un adulto?
Con todas estas dudas Camila decidió tirar.
—
Llegó el lunes a la tarde y allí estaban los tres de vuelta en la oficina. Evidentemente había un ambiente inusual y tenso. De esta manera trascurrieron dos largas semanas, entre ocasionales encuentros y miradas. La tensión crecía en la relación entre Marcela y Fabián, pues se preguntaban si todo había realmente acabado.
Así, en medio de más dudas que respuestas, llegó el último día laboral de la quincena y, sin más remedio, Camila se tenía que quedar unos minutos más tarde de su hora de salida para cuadrar unos informes y más cuentas de la empresa. Además, era el día de hacer el súper de la quincena y de pasar por sus trajes de trabajo a la tintorería.
En eso la niña, con evidente cara de molestia, se le acercó y le dijo: «Mami, me siento mal. Me duele la barriga».
Camila se alarmó al escuchar las palabras de su hija. Sabía que no podía tenerla allí en el estado. Con preocupación, le retiró el pelo de la frente y le acarició suavemente el rostro.
Fabián también se había tenido que quedar hasta tarde y Camila lo vio que ya iba de salida. Entonces, producto del prolongado malestar de Marcela, Camila decidió volver a mandar a la niña sola con Fabián pues no tenía otra elección: «Fabián, ven acá por favor. Tengo que quedarme una media hora más e ir a hacer otros encargos después, ¿te puedes llevar a la niña a la casa? Es que está mala. No sé qué tiene, pero dice que le duele la tripa. Y por favor, por el amor de Dios si van a hacer cosas, al menos que yo no me entere.»
F: «OK, entendido. Yo me encargo».
Fabián, aún asombrado, tomó de la mano a la niña y juntos salieron rápido, como temiendo que Camila cambiase de opinión. Mientras caminaban juntos hacia la casa, Fabián se dio cuenta de que Marcela caminaba con cierta lentitud y dificultad. Su carita aún se veía pálida y dolorida.
«¿Cómo te sientes, princesita?», le preguntó Fabián con preocupación. No pudo evitar sentir una mezcla de cariño y deseo al ver a la pequeña tan vulnerable a su lado. Marcela se encogió de hombros, sin muchas ganas en contestar; estaba realmente malita.
En el camino hablaron de lo mucho que se habían extrañado.
M: «Pensaba que ya no íbamos a vernos más a solas».
F: «Yo también mi niña, me moría de las ganas de sentirte cerca, aunque fuesen solo unos minutos». Llegaron a la conclusión de que realmente no era mucho lo que podían hacer si no contaban con la bendición de Camila.
Llegaron, pues, en cuestión de minutos a la casa de la niña. Nada más entrar, Marcela ya lo llevaba de la mano a su habitación en una escena muy excitante y bella de ver, listos para follar otra vez.
Fabián no podía creer lo que estaba pasando. A pesar de la evidente enfermedad de la niña, su cuerpo reaccionaba con la misma intensidad de siempre que estaba cerca de ella. Sabía que no era correcto, pero no podía resistirse a la belleza y la inocencia de Marcela. Y lo inesperado de la situación lo hacía aún más excitante.
Caminaron por el pasillo del apartamento, rumbo a los aposentos de la nena. Su cuerpo menudito se contorneaba al caminar, su falda escolar volaba con los pasos que daba.
Marcela sabía que no había tiempo que perder y el malestar estomacal parecía olvidado producto de las ganas de volver a estar a solas con Fabián. Entraron y esta vez sí aseguraron la puerta. La niña lanzó a cualquier parte su mochila escolar y se quitó los zapatos. Fabián se deleitaba con el aroma de la habitación de la nena y, al cabo de pocos segundos, sus lenguas bailaban dentro de sus bocas, mientras sus cuerpos se abrazaban con pasión.
Fabián le pasaba la lengua por los brackets. La niña interrumpió el beso. «Quieres que me quite el uniforme», le susurró al oído a Fabián, con una cierta timidez.
«Yo te ayudo, bebé», le dijo Fabián con una sonrisa pícara, mientras comenzaba a desabotonar lentamente el uniforme escolar de Marcela. Con un movimiento lento y cuidadoso, Fabián le fue bajando la falda escolar a la pequeña. La prenda caía al suelo, dejando al descubierto las delicadas piernas de la niña, cubiertas sólo por unas calcetas blancas que llegaban hasta las rodillas.
Luego, con la misma delicadeza, Fabián le fue bajando la pantaletita de algodón con estampados infantiles de unicornios. El corazón le latía con fuerza al ver cómo el cuerpo de la niña quedaba completamente expuesto ante él de cintura para abajo.
Fabián se quitó la camisa con desesperación y comenzó a acariciarle las piernas con sus manos, subiendo lentamente por los muslos de la niña. Sentía su piel suave y cálida. Se detenía de vez en cuando para jugar con los dedos con la orilla de las calcetas blancas de la niña y subiendo por la cara interna de los muslos, hasta llegar a su coño infantil.
Su piel era suave y cálida al tacto, y podía sentir cómo se estremecía ligeramente con sus caricias. Miró el reloj y se dio cuenta de que sólo tenían unos minutos antes de que llegase Camila. Eran ya las 8:30 pm y ella llegaría alrededor de las 9 como mucho. No había tiempo que perder.
Sin mediar palabras, se sentaron a la orilla de la cama para continuar con los besos. Fabián continuó acariciándole los muslitos, mientras la niña instintivamente se abrió de piernas y un dedo de Fabián entró en su delicada rajita, mojadísima a ese punto.
El dedo corazón avanzaba por su estrechez vaginal, mientras la niña soltaba gemiditos ahogados en la boca de su hombre. Fabián le sacó el dedo de la vaginita, escupió en su mano y la llevó a su glande que emergía erecto ya fuera del pantalón y bóxer, para lubricarlo sin perder tiempo.
Se le pegó por detrás a la niña, de lado en forma de cucharita.
M: «Quiero sentirte de nuevo dentro de mí.»
Esa fue la dulce confirmación para Fabián de que podían ir directo al punto. De pronto Marcela sintió esa verga en la entrada de su vaginita. Fabián apuntó a la rajita y el glande se atoró, empujó un poco y entró hasta la mitad, la sacó y la regresó hasta que entró toda la cabeza.
Marcela dio un fuerte gemido al sentir que Fabián se la metía ya muy profundo mientras le susurraba cosas pervertidas en su oído derecho: «¿Te masturbaste anoche?». Su rajita encharcada demostraba lo mucho que disfrutaba.
«Sí, pensando en ti», respondió esta.
F: «Mhmm.. Te gustaría recibir mi verga todos los días por todas partes.»
M: «Mhh sí mi amor, por todas partes… Mhhmm y te extrañé mucho ayyyyy…».
En eso Fabián se la clavó hasta el fondo sintiendo el roce contra esas paredes calientes y mojadas, gimiendo los dos al unísono.
«Ahh… Me encanta tu panochita amor, pero te la quiero meter en el culo que es todavía más apretadito, he quedado enamorado de tu colita», dijo con cara de pervertido.
Y sin mediar palabra, presa de la lujuria total, se la sacó de un tirón de la vaginita, apuntó el glande sobre el ano de la niña y la cabeza entró, empujó sin piedad y le enterró el resto.
Fabián se sentía abrumado por la excitación y la lujuria al sentir cómo su miembro entraba sin resistencia en el estrecho y pequeño ano de Marcela. Los jugos vaginales de la niña facilitaban la penetración, permitiendo que su verga se hundiera por completo en el interior de su cuerpo infantil.
Marcela no podía evitar gemir ahogadamente por la mezcla de dolor y placer que sentía al ser penetrada de esa manera tan brusca. Fabián le tapó la boca con fuerza para evitar que sus gritos alertaran a los vecinos de lo que estaba sucediendo en esa habitación.
Con desesperación, sus dedos comenzaron a desabrochar los botones de la blusa escolar de la pequeña, ansioso por exponer aún más su cuerpo vulnerable a sus ojos hambrientos. Marcela estaba completamente entregada a él, a pesar de que su cuerpo no estaba en las mejores condiciones físicas.
La niña apretó las sábanas con ambas manos cuando sintió lo largo de esa verga entrar en su colita sin apenas previo aviso. Fabián se acomodó y empezó un mete y saca de moderado a intenso, pero estaba muy atento a la reacción de la niña. Le encantaban las caritas que ponía Marce. Lentamente comenzó a deslizarle la verga en aquel culito, muy, muy lentamente. Estaba apretadísima, pero su penetración fue suave.
Pujaba duro la pequeña niña al sentir ese enorme intruso en su puerta posterior, podía sentir como sus entrañas eran comprimidas, eso y su malestar estomacal que volvía a aparecer le provocaban fuertes cólicos en su intestino grueso. Ella sabía lo que podía pasar.. Trataba de detenerlo, pero no sabía cuánto iba a poder resistir.
Fabián podía sentir los espasmos y los cólicos que el cuerpo de la niña tenía en su intestino grueso mientras la penetraba sin compasión, pero no podía controlar su deseo y su necesidad de seguir adelante.. Podía sentir que Marcela estaba al límite de su resistencia, pero no pensaba detenerse.
Pasaron unos minutos y la verga de Fabián parecía un pistón de moto taladrando el culo infantil de la pequeña.
F: «Levanta un poco la piernita, bebé, para que te entre toda».
Y la niña levantó su pierna derecha diciendo: «Ay, mi amor, me duele la panza ay… ay… ay».
Los quejidos de la niña no detuvieron a Fabián, al contrario, se volvió loco al sentir la incomodidad de la niña siendo enculada. La sostuvo de la cadera y de la pierna alzada para hacer más fuertes sus estocadas, luego le juntó bien las piernitas para hacerla más apretadita.
«Ay me viene, ya no aguanto ay… ay… ya déjame, necesito ir al baño ay… por favor Fabián ay… ay no me aguanto», decía la niña con desesperación y dolor en su voz.
La pequeña niña gemía y suplicaba desesperadamente que la dejara ir al baño, pero Fabián hacía caso omiso a sus súplicas. Podía sentir cómo las entrañas de Marcela se contraían violentamente alrededor de su miembro, lo que sólo servía para excitarlo aún más. Fabián se daba cuenta de que Marcela estaba a punto de tener un ataque de diarrea, pero no se detenía. Estaba completamente enfocado en su propio placer y no tenía ninguna intención de parar.
Fabián se afianzó bien y empezó a intensificar la penetración, apretó sus dientes y sin pensarlo, se voltearon boca abajo y este se dejó caer sobre la niña penetrándola una y otra vez. Su verga entraba como pistón mientras Marcela yacía con la cara hundida en el colchón con todo el peso de Fabián encima de ella.
M: «No por favor, siento mucho dentro de mí, ay, me siento muy llena..».
Fabián se negaba a detenerse a pesar de los ruegos desesperados de la pequeña. En lugar de parar, la puso en posición de perrito, colocando su pequeño cuerpo en 4 patas sobre la cama. Agarró con fuerza su cabello y le metió la lengua en la boca, besándola con brusquedad mientras seguía penetrándola salvajemente por detrás.
La pequeña podía sentir cómo su intestino se iba llenando cada vez más a medida que la polla de Fabián estimulaba su peristalsis intestinal con cada embestida brutal. La sensación era cada vez más insoportable y sabía que la explosión era inminente..
Fabián no la soltó de las caderas, siguió bombeándole fuerte el culito hasta que sintió cómo algo caliente y cremoso rodeaba su glande; sabía que la niña finalmente no había podido contenerse más..
La habitación se llenó de un olor fuerte y nauseabundo mientras Fabián seguía penetrando brutalmente el culito de Marcela..
Fabián se sentía completamente consumido por la depravación sin ningún rastro de consideración. Pudo escuchar el grito desesperado de Marcela cuando ya no pudo contener más su necesidad de defecar. Con brusquedad, la cogió de las caderas y se tumbó de espaldas en la cama, colocando a la niña encima de él solo para sostenerla como ranita con las piernas en el aire.
Fabián podía sentir cómo su miembro se iba cubriendo de un material viscoso y semisólido a medida que la niña perdía el control sobre sus esfínteres. Pero a pesar de todo eso, no se detenía. Siguió bombeando brutalmente el pequeño cuerpo de Marcela, sintiendo cómo el contenido de sus intestinos cubría su verga con cada embestida. Los gritos desesperados de la pequeña resonaban en sus oídos.
Fabián se estremeció de placer, con la quijada temblorosa y los ojos en blanco, mientras gritaba con todas sus fuerzas «AHHHH, MI AMORRRRRRR».
Varios chorros de semen espeso se entremezclaron con el excremento de la niña. Mientras descargaba su semen dentro del recto de Marcela, Fabián se sentía en la cima del mundo. Era un sentimiento de absoluta satisfacción de sus más bajas pasiones.
Sin embargo, el momento de euforia no duró casi nada. Cuando el orgasmo se desvaneció, Fabián regresó a la realidad. Vio a Marcela ponerse de pie rápidamente, tapando su pequeño culito con su manita, y correr hacia el baño sin siquiera cerrar la puerta detrás de ella.
Fabián se quedó tumbado en la cama, tratando de recuperar el aliento.. Miró hacia abajo y vio el desastre de excremento y semen que cubría su pubis y la totalidad de su miembro medio flácido.
Podía escuchar los ruidos de las flatulencias y la caída de más excremento en el baño, junto con los quejidos de dolor y sufrimiento de la pequeña. Se levantó de la cama con una sonrisa lasciva y caminó hacia el baño donde Marcela seguía sentada en el váter, luchando por controlar sus entrañas. Tomó un trapo, lo mojó con agua y se limpió la mierda de su polla, dejándola lista.
Luego, se paró ante la pequeña que seguía sentada en el váter y le acercó su miembro erecto a la altura de su inocente carita. La niña le dedicó una sonrisa breve y tímida al hombre.
Marcela, sin opción alguna, abría su boquita y se preparaba para comenzar una sesión final de sexo oral, mientras seguía luchando para controlar sus necesidades fisiológicas. Fabián se relamía los labios de lujuria; le fascinaba estar conociendo los momentos más íntimos, más humanos de su mujercita.
Fabián se estremeció de placer sintiendo el interior de la boquita de la niña succionar su miembro. Podía escuchar el sonido húmedo y obsceno de la niña defecando mientras él la penetraba brutalmente la boca. La sensación de los brackets de la pequeña raspando su polla sólo incrementaba su excitación perversa.
Se acercaba a un inevitable y prohibido segundo orgasmo; en eso se sobresaltó al escuchar el sonido de la puerta de la casa siendo cerrada de un portazo. Sabía que era Camila quien había llegado.
Con la respiración agitada sacó su miembro de la boquita de Marcela. Le dio una orden rápida y firme a la niña: «¡Dúchate y vístete rápido, princesa!»
Luego, salió corriendo del baño en dirección al salón de la casa, tratando de componerse lo mejor posible. Al cabo de unos minutos, Marcela salió luego de una rápida ducha para encontrarse con los dos adultos que a este punto se encontraban dialogando en el salón..
Camila, al verlo llegar intentando ocultar su erección, decidió encararlo: «Qué agitado te ves Fabián, es que no los puedo dejar solos ni cinco minutos..»
Y continuó, mirándolo directamente a los ojos: «Fabián, antes de que te vayas creo que tenemos que hablar bien las cosas o, al menos, llegar a ciertos acuerdos…».
«Llegar a ciertos acuerdos», repitió Fabián con una sonrisa lasciva, mientras se relamía los labios de pensamiento en cómo podría aprovechar esta oportunidad para su beneficio. Sabía que tenía a Camila justo donde la quería.
«Siempre estoy dispuesto a llegar a acuerdos mutuamente beneficiosos», dijo Fabián con un tono de voz sedoso y persuasivo.
Camila prosiguió: «Mira Fabián, no soy tonta y sé que tienes ciertos… intereses especiales con respecto a Marcela. No puedo negar que me he dado cuenta de cómo la miras y de cómo te gusta pasar tiempo con ella.»
Fabián: «De eso precisamente quería hablar y si te parece a solas. Sé que puede sonar aberrante, pero yo a Marcela la veo no como a una simple niña. Sé que aún es muy joven, pero con ella me siento pleno, siento que la quiero como a ninguna otra mujer en la vida»
Camila: «Tú lo has dicho, es solo una niña. Es madura y lo que quieras para su edad, pero una niña al fin y al cabo; tiene que crecer y vivir cosas a su debido tiempo. Sin embargo, sé muy bien lo emocionada que se pone al solo hablar de ti y reconozco que nunca he percibido que la fuerces o la maltrates. Es por eso y consciente de que si le prohíbo verte la cosa puede ser incluso peor, he pensado que…».
En eso apareció en el salón la niña, con el pelo aún escurriendo agua y el pijama infantil puesto. «Hola mamá, ¿de qué habláis?», preguntó Marcela con auténtica intriga.
C: «Mi niña, quiero que te sientes al lado de Fabián y que los dos me escuchéis».
Camila hizo una pausa, mirándolo fijamente a los ojos. Sabía que lo que estaba a punto de proponer era completamente aberrante y moralmente incorrecto, pero también sabía que Fabián accedería.
C: «Verás, Fabián… como madre de Marcela, quiero lo mejor para ella. Y si tú puedes hacerla feliz de la manera en que sólo tú sabes, entonces… tal vez podamos llegar a un acuerdo..»
La nena se sentó en el mismo sillón que Fabián mientras Camila continuó diciendo: «Quiero, lo primero, dejar claro que no consiento esta relación, mal haría. Pero, para evitar que andéis haciendo cosas a escondidas y que la gente se pueda enterar, he pensado en que tengáis una noche cada mes para veros. Puede ser aquí o si queréis en tu casa, Fabián. Sé que lo que voy a decir sonará a locura, pero yo fui niña y sé lo que es que no te dejen estar con la persona que quieres. Y es por eso que os voy a permitir esa noche al mes. Vamos a probar así, a ver qué pasa. Y si las cosas funcionan, con el tiempo ya veremos a qué otros acuerdos llegamos. ¿Os parece bien?».
La cara de la pareja cambió a felicidad absoluta. No daban crédito, Camila, de alguna forma, estaba aceptando tal relación.
F: «No sabes lo feliz que me hacen tus palabras, Camila. Vivimos en una sociedad que demoniza las relaciones como la nuestra y tú la estás aceptando. Yo la voy a cuidar como el mayor de los tesoros, te tomo la palabra de esa noche al mes.»
Por supuesto que a los dos una noche al mes no les bastaba para saciar el deseo que sentían el uno por el otro, pero vaya que ya se trataba de un avance significativo.
C: «Sé que Marcelita ya no es virgen, pero es una niña como cualquier otra de su edad y por eso quiero que se mantenga enfocada en sus estudios y más adelante ya veremos. Y por lo que más queráis, que absolutamente nadie se entere. Mucho menos en la oficina.»
Así pues cerraron tal inusual acuerdo.
Camila: «Marce, es hora de ir a la cama, despídete de Fabián y sube a tu habitación, luego llego a acostarte». La niña, obediente, se despidió de su hombre con un tímido beso en la boca y se fue corriendo a su habitación como cualquier infante de su edad, con total inocencia, una imagen totalmente contrastante con lo vivido esa noche en su propia cama y con todo lo hecho hasta ese día.
Los dos adultos se quedaron en silencio por un momento, hasta que Camila se dirigió a Fabián y le dijo: «¿Qué te parecen 3.000 euros al mes?»
Fabián se quedó atónito por la propuesta de Camila. No podía creer que estuviera dispuesta a prostituir a su propia hija de esa manera tan depravada. Pero al mismo tiempo, se sentía emocionado ante la posibilidad de tener acceso exclusivo a Marcela..
FIN del capítulo.


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