Mi mejor amigo borracho desvirga a mi hija
La cosa venía de antes. No nació esa noche, esa noche solo brotó, como una pústula febril. Desde que Braulio se convirtió en una figura constante en nuestra casa, la complicidad entre él y Camilita se había vuelto tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo..
A mí me parecía tierno, en un principio. Braulio, con sus 47 años de hombre hecho y derecho, taxista de voz ronca y manos callosas, y mi Camilita, una niña con ojos de perra faldera.
—Ay, mi Cami linda —le decía él, sentado en la mesa de la cocina mientras ella le servía un café, justo como a mí me gustaba—. Si yo tuviera tu edad, te robaba a tu papá y éramos novios de verdad.
Y ella se reía, un sonido agudo y falso, mientras le acariciaba el brazo velludo.
—No digas esas cosas, tío Braulio. Ya eres casi como mi otro papá.
Pero no actuaba como una hija. Actuaba como una esposa. Le quitaba los zapatos cuando llegaba cansado de la calle, le traía la cerveza a la mesa mientras veíamos el fútbol, se sentaba en sus rodillas para ver la tele, una cosa que a mí ya no me hacía desde que tenía diez años. Yo veía todo eso desde mi niebla de papá soltero y agobiado, y lo minimizaba. «Es un cariño de niña», me decía. «Es un hombre bueno, como un tío». Qué pendejo.
Además Braulio era el padrino de mi Camilita, la tuvo en sus brazos cuando ella apenas tenias días de nacida, jamás lo pensé.
Esa noche, el tequila fue el catalizador. El licor que disuelve la razón y deja flotando los instintos más oscuros. A la madrugada, cuando el mundo se reducía al zumbido de los mosquitos y al ronquido de Braulio en el sofá, me levanté a por agua. Y entonces, la escena.
Primero, la vi arrodillada. Su cabeza moviéndose sobre la verga de mi amigo, una torpeza de niña jugando con un juguete prohibido. Era gruesa, descomunal, y Camilita usaba las dos manos, sus dedos no alcanzaban a rodearla. Vi la frustración en sus ojos. Me quedé helado, invisible en la penumbra del pasillo, un espectro en mi propia casa.
Ella intentaba comerse ese tronco, pero no podía meterlo más allá de la mitad.
Fue entonces cuando se apartó de él, se limpió la boca con el dorso de la mano y, con una lentitud hipnótica, se levantó el camisón de dormir.
No veía esa rajita desde que era más pequeña, y ya no era como la recordaba. Ya no era el surgo inocente de una niña. Ahora tenía labios más grandes, un vello púbico oscuro y ralo que brillaba con el brillo azul del televisor. Ardía con las ansias de una mujer, una mujer que yo no había creado ni reconocía.
Se posó sobre las piernas velludas de Braulio, que seguía profundamente dormido. Con una mano, guio la cabeza de ese tronco venoso hacia su entrada.
—Soy toda tuya, tío Braulio —susurró al aire, como si fuera una oración—. Poseeme, por favor. Quiero que seas el primero y único.
Le entró la cabeza primero. Una contracción violenta le sacudió el cuerpo. Sus piernas pálidas temblaban como hojas en una tormenta. Lágrimas de dolor y de placer brotaron de sus ojos, rodando por sus mejillas.
—Me partes… me partes, tío… —gimió entre dientes.
Pero no se detuvo. Con un movimiento de cadera desesperado y brutal, se dejó caer. Y todo el miembro grueso y venoso de Braulio desapareció dentro de ella. Dejó salir un grito ahogado, un sollozo que se perdió en el ronquido de él. El dolor era palpable, una ofrenda que ella misma se estaba haciendo.
Y entonces comenzó a cabalgar. No con ritmo, con furia. Con la rabia de una adolescente que toma lo que quiere.
– Ay tío si! Soy tuya, ahhh! – gemia ella, mientras abría más y más sus piernas para dejar entrar a Braulio en ella.
Sonaba como perrito tomando agua, apesar de lo estrecha que era ella… Ya no era mi niña, ahora era un mujer que deseaba verga.
Durante veinte minutos que se me hicieron una eternad, la única música era el crujido del sofá, los sollozos de mi hija y los gemidos sucios que le escapaban.
—Todo para ti… toda tuya esta boquita… este cosito… es tío… tómalo todo… —murmuraba contra el pecho dormido de él, mientras su cuerpo subía y bajaba, una y otra vez.
Hasta que noté cómo su movimiento se detuvo. Se quedó quieta, arqueada sobre él, con el cuerpo en tensión. Y entonces vi cómo la base del tronco de Braulio, contraído y duro, comenzó a palpitar. Una pulsación rítmica y profunda. Se estaba corriendo dentro de ella, llenándola de su leche, sembrándola en un sueño. Camilita se desplomó sobre su pecho velludo, exhausta, y se quedó dormida ahí, con su tronco todavía enterrado dentro de ella.
Esperé un largo rato, inmóvil, escuchando la respiración acompasada de los dos dormidos. Finalmente, la curiosidad, una cosa negra y viscosa, me venció. Me acerqué de puntillas, como un ladrón en mi propia casa. Ambos estaban inconscientes, perdidos en el alcohol y el agotamiento. Braulio, increíblemente, seguía duro, un monumento de carne dentro de mi hija. Y la rajita de Camilita, ahora totalmente desvirgada, seguía hinchada y chorreando la leche de mi amigo, un hilillo blanco que se deslizaba hacia el sofá.
Me agaché. Mi cara quedó a centímetros de esa herida que él le había abierto. Con mi nariz, aspiré. Olía a sexo, a sudor, a mi hija y a mi mejor amigo, una mezcla nauseabunda y excitante. Y entonces, loco, movido por un instinto que no entendía, pasé la lengua suavemente por sus labios hinchados. La ayudaba a limpiar, me dije. Un trago agrio, salado, me llenó la boca.
Mi propia verga, un tronco de 16 centímetros de papá, estaba durísima, latiéndome contra el pantalón. La saqué. La puse cerca de la entrada de ella, ya abierta y usada. Jugando a la brochita, moví mi cabeza lentamente, abriendo y cerrando sus labios vaginales con la mía. Ella se removió en sueños, un gemido bajo, y se abrió un poco más, invitándome a entrar en su pesadilla.
No pude más. Metí mi cabeza. Fue fácil, ya estaba preparada, lubricada por otro. Empecé a bombear dentro de ella y sentí como sus paredes interiores apretaban MI verga haciéndome sentir dentro de mi princesa.
Saque mi verga y tome la verga aun dura de Braulio y la volví a meter en ella, la tome por la cintura e hice que subiera y bajara, volviendo a cabalgarla.
Sé la saqué y volví a meter la mía, ya no aguantaba más…. Mis huevos chocaban con su culito, mi verga estaba totalmente dentro de mi hija. Y al instante, con solo sentir esa calidez húmeda, me corrí. Un espasmo recorrió mi cuerpo y la rellené con mi leche, con la leche de su papá. Un último agravio. Un sello final de posesión.
Me retiré de inmediato. La verga me pesaba, llena de remordimiento y de mi propia esencia. Me fui a mi cuarto sin mirar atrás y me encerré. A la mañana siguiente, salí con el miedo en el cuerpo. El taxi de Braulio ya no estaba. Se había ido. En el sofá, Camilita seguía dormida, acurrucada como si nada hubiera pasado, una mancha oscura en la tapicería del sofá como la única prueba de la noche.


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