Mi noviecita
Me llamo Tomás. En 1986, el mundo vibraba con el fútbol mientras Maradona lideraba a Argentina hacia la victoria en el Mundial de México. Las pantallas de cine se iluminaban con la épica historia de Top Gun. Fue en ese año, entre la euforia colectiva, cuando mi vida tomó un giro inesperado: .
abandoné la escuela y, con ello, comenzó una nueva etapa marcada por descubrimientos intensos y pasiones desbordadas.
En ese entonces, Katherine —Kathe— era un vicio. Una hembra exquisita que no prometía redención, solo caída. Me ponía a mil desde un lugar gastado y nocturno, donde el deseo no era limpio ni ligero, sino denso, repetido, casi autodestructivo. Con ella todo olía a exceso: miradas que pesaban, silencios que ardían, encuentros que no buscaban ternura sino olvido. No nos buscábamos para sentirnos mejor, sino para sentir más, aunque dejara resaca. Era carne cansada pidiendo otra dosis, cuerpos usándose con lucidez y sin culpa, sabiendo que cada vez nos consumíamos un poco… y aun así volvíamos.
Recuerdo con una sonrisa —todavía tibia— cómo nuestras manos se entrelazaban bajo la mesa durante las clases y cómo, en los pasillos, nuestros ojos se buscaban con una urgencia silenciosa, prometiéndonos encuentros furtivos. Kathe era mi musa, mi inspiración, y fui también el primer hombre ante quien se atrevió a entregarse sin reservas, a mostrarse vulnerable y decidida al mismo tiempo, como si intuyera que ese gesto la marcaría para siempre. Cada caricia, cada beso, cada susurro tenía el peso de un descubrimiento inaugural y se grababa en mi memoria con la misma intensidad con la que luego los fijaba en el papel.
Porque una de mis grandes virtudes —y también uno de mis secretos mejor guardados— era que escribía, y escribía mucho. Llevaba un diario donde anotaba cada vivencia, cada emoción, cada estremecimiento, a veces incluso acompañado de ilustraciones nacidas del mismo impulso febril. Nunca se lo revelé a ella, ni a nadie; temía que lo viera como algo impropio, demasiado femenino, cuando para mí era la forma más honesta de habitar el mundo y de preservar lo que no quería perder. Hoy, todos esos cuadernos conforman una colección privada que he decidido, por fin, hacer pública de manera anónima: un testimonio silencioso de cómo el deseo, la entrega y la palabra se entrelazaron para siempre en mi historia.
Ahora, al traer al presente aquellos días, mi verga se endurece al instante, un recordatorio físico de la corrupción que forjamos. No había inocencia, solo una perversión naciente que nos deleitaba. Kathe y yo éramos una plaga de lujuria, dos jóvenes animales descubriendo el sabor del pecado. Recuerdo con una claridad obscena cómo, sin que yo tuviera que pedirlo, ella se arrodillaba. Yo fui su primera verga, el trofeo inicial con el que aprendió a mamar, el entrenamiento que perfeccionó su devoción fanática. El simple acto de poner mi miembro erecto a la altura de sus labios era una orden silenciosa que ella cumplía no solo por una necesidad voraz, sino porque su boca había sido moldeada para mí. Pero esa misma habilidad, forjada en mi carne, se convirtió en una moneda de cambio. Conmigo aprendió el arte, y luego lo usó para pasar varias de sus materias del colegio, chupando la verga de los ancianos que teníamos de profesores a cambio de notas. Ella podía comprar su futuro con la misma boca que me adoraba a mí, mientras yo, sin ese privilegio, sin la posibilidad de ofrecer mi cuerpo a cambio de un aprobado, solo tenía una opción: irme.
Al principio, en el traqueteo de los colectivos que nos llevaban a la escuela, sus intentos eran torpes, un espectáculo adorable de juventud y deseo. Sus dientes rozaban mi piel, su ritmo era errático, interrumpido por cada bache y frenada. Pero Kathe era una alumna prodigio en el arte de la sumisión, y el transporte público se convirtió en su aula. Pronto, su boca se convirtió en una extensión de mi voluntad, aprendiendo a relajar su garganta y a controlar el reflejo nauseoso con la pericia de una artista que ensaya en medio del caos. No me chupaba; me masturbaba con su boca. Había perfeccionado el arte de crear un vacío hermético, y luego usaba su cabeza como un pistón, subiendo y bajando con una cadencia implacable. Su boca no era más que un orificio cálido y húmedo diseñado para mi placer, una funda viviente que se deslizaba sobre mi carne. Su lengua ya no era un látigo caótico, sino una serpiente experta que se enrollaba alrededor de mi tallo, presionando la vena gruesa que pulsaba con cada latido de mi corazón, mientras el plano de su lengua aplanaba mi glande contra su paladar, todo ello con la complicidad del ruido del motor y la indiferencia de los demás pasajeros. Cada movimiento de su cuello era una caricia calculada, una succión rítmica que replicaba a la perfección el movimiento de mi propia mano, pero con una calidez y una humedad que ningún puño podría ofrecer. Era una máquina de placer disfrazada de adolescente, y yo era el único que conocía su verdadera función.
El placer más intenso no estaba en la estimulación, sino en la visión: contemplar cómo mi verga, cada vez más dura y oscura, desaparecía por completo dentro de su tierna boca. Era una afirmación de poder, una demostración de que su cuerpo existía para ser un recipiente de mi deseo, y el mío para dominarlo. Tenía la costumbre de tomar su cabeza con las manos, entrelazando mis dedos en su pelo, no para guiarla, sino para inmovilizarla. Follaba su boca a mi gusto y sin contemplaciones. Lo hacía lento, más por mi placer visual que por otra cosa, disfrutando cada milímetro de la penetración. Empujaba mis caderas hacia adelante, sintiendo la resistencia inicial de su garganta y luego el ceder húmedo y caliente mientras mi glande la atravesaba.
Le dejaba mi verga profundamente en su garganta hasta que sus ojos se llenaban de lágrimas y comenzaba a quejarse, un sonido ahogado y vibrante que se transmitía por toda mi longitud. Esos gemidos de asfixia eran la música de mi paraíso. Congeniabamos demasiado bien, porque yo sabía que esa acción la excitaba más que cualquier otra cosa. Sus manos no me empujaban; se aferraban a mis muslos, sus uñas se clavaban en mi piel, y a menudo una de ellas se deslizaba hacia su propia entrepierna, buscando un alivio que solo la humillación y la falta de aire podían proporcionarle.
Verla chillar con mi verga incrustada hasta el fondo de su garganta era mi máxima expresión de poder. Su cuerpo se tensaba, arqueándose ligeramente, y los sonidos que escapaban de su nariz eran rápidos y desesperados. La mantenía así, contando los segundos en mi cabeza, hasta que veía que su rostro enrojecía por completo. Solo entonces, con una lentitud tortuosa, me retiraba, dejando un hilo de saliva y moco brillante que unía su boca con mi miembro. Ella jadeaba, tosiendo, pero sus ojos brillaban con una gratitud y una lujuria que me robaban el aliento. Éramos un remolino de depravación, un universo privado donde la única ley era el culto a nuestros cuerpos y a la humillación gozosa que nos consumía, un ciclo de dominación y sumisión del que nunca quisimos escapar.
En 1986, tenía diecisiete años y mi mundo se reducía a dos cosas: la escuela y Kathe. Vivía en un pequeño apartamento en el centro de Buenos Aires, donde la vida bulliciosa de la ciudad se filtraba a través de nuestras ventanas. Mi familia, compuesta por mis padres y mi hermana menor, siempre había esperado grandes cosas de mí, pero mis intereses estaban en otra parte. La escuela se había vuelto una rutina tediosa, y mis pensamientos se desviaban constantemente hacia Kathe y los secretos que compartíamos.
Mi decisión de abandonar la escuela no fue impulsiva; fue una elección meditada, una rebelión silenciosa contra las expectativas que pesaban sobre mí. Quería explorar el mundo, vivir sin ataduras, y Kathe era mi guía en esa aventura. Nuestro lugar de encuentro favorito era un viejo parque cerca de su casa, donde los árboles altos y frondosos nos proporcionaban la privacidad que buscábamos. Allí, entre las sombras y la luz del atardecer, descubríamos nuevos rincones de nuestro deseo.
Recuerdo una tarde en particular, cuando Kathe y yo nos refugiamos en nuestro rincón del parque. El aire olía a tierra húmeda y a las flores de jacarandá. La tensión entre nosotros era casi un ser vivo, vibrando en el espacio reducido entre nuestros cuerpos. Las manos de Kathe, suaves y exploradoras, se deslizaron bajo mi camisa, trazando caminos de fuego sobre mi piel. Mis labios se estamparon contra los suyos, no con delicadeza, sino con la violencia de una reivindicación. Era un beso que sabía a desafío, a la decisión de quemar mi futuro por el fuego de su cuerpo. La lengua de Kathe respondió con la misma ferocidad, una lucha húmeda y caótica donde no había descubrimiento, solo conquista. Mientras sus manos se aferraban a mi espalda, buscando un punto de apoyo en la tormenta que desataba, yo le deslicé una mano por su cuello, sintiendo su pulso acelerado bajo mis dedos. Luego, sin previo aviso, le di un golpe seco con la palma de mi mano en su mejilla, no lo bastante fuerte para lastimarla, pero sí para marcarla. Un shock eléctrico recorrió su cuerpo y un gemido ahogado se escapó de su garganta, mezclándose con el beso. Su sumisión era un afrodisíaco instantáneo. La volví a golpear, esta vez un poco más fuerte, en el otro lado de su cara, disfrutando del rojo fugaz que florecía en su piel. Sus manos subieron por mi espalda, no ya con ternura, sino con uñas que se clavaban en mi carne, marcándome como yo la marcaba a ella. Yo la correspondí, deslizando mis manos bajo su blusa ligera, sintiendo la calidez de su piel y la suavidad de su espalda mientras mis dedos se preparaban para apoderarse del resto de su cuerpo.
Kathe se apartó un instante, sus ojos brillando con una mezcla de nervios y anticipación. «Tomás,» susurró, y mi nombre sonó como una oración en sus labios. La ayudé a quitarse la blusa, revelando un sostén blanco y simple que parecía hecho de encaño y sueños. Mis dedos temblaban un poco mientras lo desabrochaba, liberando sus pechos pequeños y perfectos. Los besé con reverencia, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo mi lengua, escuchando su suspiro que se mezclaba con el canto de los grillos.
Sus manos bajaron hacia mi jeans, desabrochándolo con una torpeza que era tan excitante como su confianza. Mi miembro, ya duro y pulsante, se liberó de su prisión de tela, y Kathe lo tomó con una curiosidad que se transformó rápidamente en maestría. Sus movimientos eran lentos al principio, exploratorios, aprendiendo mi longitud y mi grosor como si estuviéramos resolviendo el acertijo más importante del mundo. Me recosté contra la hierba, llevándola conmigo, y la posé sobre mí.
La ayudé a quitarse la falda y sus panties, que eran de un color rosa pálido que se oscurecía con su humedad. La vi por un instante, completamente desnuda bajo la luz del atardecer, una diosa de piel suave y curvas jóvenes. La guié hacia mí, y cuando se sentó sobre mi miembro, ambos gemimos en unísono. Era una sensación abrumadora, un calor húmedo y ajustado que parecía hecho para mí. Kathe comenzó a moverse, al principio con duda, luego con una creciente confianza que me dejó sin aliento.
Cada movimiento era una pregunta y una respuesta, un diálogo sin palabras que hablaba de confianza y de entrega. Sus caderas giraban en un ritmo que era a la vez salvaje y melódico, y mis manos se aferraban a su cintura, guiándola, siguiéndola. La besé de nuevo, un beso más profundo esta vez, lleno de la urgencia del momento. Sus pechos rebotaban suavemente contra mi pecho, y sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados.
El mundo exterior desapareció. No había padres decepcionados, ni escuela abandonada, ni expectativas rotas. Solo existíamos nosotros dos, en nuestro santuario secreto, fundiéndonos en una unidad perfecta y efémera. Con cada embestida, sentía el roce de sus pequeños senos contra mi pecho, dos montículos firmes que encajaban perfectamente contra mí. Eran pequeños, sí, pero para mí eran la perfección misma, dos pezones duros y puntiagudos que se clavaban en mi piel como dos diamantes, marcándome con su calor. Esos senos que solo habían sido míos, que guardaban el sabor particular de una inocencia que yo mismo me encargaba de corromper. Bajé la cabeza para tomar uno de sus pezones en mi boca, saboreando esa mezcla de sal y juventud, un gusto que me volvía loco. Sentí cómo el placer se acumulaba en la base de mi columna, una ola creciente que me arrastraría hacia la orilla. Kathe debió sentirlo también, porque sus movimientos se volvieron más frenéticos, sus gemidos más agudos, y sus pechos rebotaban con una violencia salvaje que me hipnotizaba, un baile erótico que solo yo tenía el privilegio de presenciar.
«Tomás,» gimió, y su nombre fue mi perdición. La seguí hacia el abismo, liberándome dentro de ella en una explosión de luz y calor. Nos quedamos así por un largo momento, abrazados, escuchando cómo nuestros corazones recuperaban su ritmo normal.
Pero la realidad siempre espera al final de la fantasía. Al volver al apartamento, el ambiente era frío y espeso. Mis padres estaban en la sala. Mi padre permanecía rígido en el sillón, la espalda demasiado recta para su edad, las manos apoyadas sobre las rodillas como si necesitara anclarse a ellas; mi madre fue la primera en hablar.
Mientras lo hacía, la observé con una atención que entonces no supe explicar y que hoy, tantos años después, aún conservo intacta. Recuerdo con precisión su vestido ligero, el modo en que lo alisaba con las manos, la forma en que evitaba mirarme directamente. Tenía los ojos enrojecidos.
—Tomás —dijo al fin—, tenemos que hablar.
Me quedé de pie, sin saber si sentarme o no. Asentí en silencio.
Mi padre tomó la palabra después. Se aclaró la garganta antes de hablar, como si necesitara tiempo para ordenar las palabras. Su voz seguía siendo firme, pero más lenta, gastada por los años.
—La escuela nos llamó esta mañana —dijo—. Ya sabíamos que algo así iba a pasar. Has dejado de asistir, has faltado a tus compromisos… y ahora esto.
—No es tan simple —intenté decir.
Él levantó una mano, con un gesto breve, cansado.
—Para nosotros sí lo es. Hay reglas, hay responsabilidades. No puedes abandonar todo de un día para otro.
Respiré hondo antes de responder.
—No se trata de eso —dije con paciencia—. No estoy huyendo ni renunciando a todo. La escuela no es para mí. No encuentro allí un lugar propio.
Mi madre alzó la mirada, como si ese esfuerzo le costara más de lo habitual.
—¿Y entonces? —preguntó—. ¿Qué se supone que hagas ahora?
Mi padre se inclinó apenas hacia adelante. El movimiento fue lento, medido, y por un instante pensé que le dolía.
—¿Qué tienes pensado hacer? —preguntó.
La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Tragué saliva.
—Trabajar —respondí—. Aprender por mi cuenta. Probar otros caminos. No quiero quedarme quieto.
Mi padre apoyó la espalda contra el sillón y cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había en ellos algo distinto: no ira, sino una preocupación antigua, casi heredada.
—Eso no es un plan —dijo finalmente.
—Tal vez no —admití—, pero es un comienzo.
Ninguno de los dos respondió de inmediato. Mi madre bajó la mirada. Mi padre suspiró, como si ya hubiera escuchado esa historia antes.
Mi madre tomó su mano. «Queremos lo mejor para ti, hijo. No queremos verte malgastar tu potencial, tu futuro, por… por esto.» Su voz se quebró en el «esto», como si el nombre de Kathe fuera algo sucio, algo indecible. Sentí una mezcla de ira y culpa. ¿Estaban equivocados? ¿O estaba yo, cegado por el amor y la pasión, tirando mi vida por un sentimiento tan frágil como el atardecer que acabábamos de compartir? Pero luego recordé el calor de Kathe, la confianza en sus ojos, la forma en que sus manos se sentían en mi piel. Y supe, con una certeza que asustaba a mis padres, que no estaba malgastando nada. Estaba viviendo. Estaba eligiendo mi propio camino, incluso si estaba lleno de espinas y decepciones. Y en ese momento, con el sabor de Kathe todavía en mis labios y el eco de sus gemidos en mis oídos, sabía que valía la pena.
El parque se convirtió en el laboratorio de nuestros cuerpos, el crisol donde forjamos una confianza absoluta. Bajo un manto de estrellas que parecía observar solo a nosotros, la exploración se volvió más audaz. Otra noche, Kathe, con una valentía que me desarmó, me guió. Se recostó de costado, ofreciéndome una visión que me robó el aliento: la curva perfecta de su culo y su diminuto ano, un secreto que nadie antes había visto. Con los dedos, y luego con mi lengua, preparé el terreno, sintiendo cómo sus músculos se contraían y relajaban en un ritmo de anticipación y entrega. Cuando, por fin, posicioné mi miembro en su entrada, el mundo se detuvo. La resistencia inicial dio paso a una rendición lenta y exquisita. Recuerdo con una precisión que quema la memoria la sensación de su ano expandiéndose, un anillo de calor y presión que se aferraba a mi verga con una vida propia. Cada centímetro que avanzaba era una conquista mutua, un dolor placentero que la hacía gemir contra la tierra húmeda. Una vez dentro, el movimiento se volvió una ceremonia sagrada. No era la furia de nuestros encuentros previos, sino una conexión profunda, una unión visceral que nos anclaba el uno al otro. Sentía cada latido de su cuerpo a través de las paredes de su recto, una pulsación que se sincronizaba con la mía. El clímax no fue una explosión, sino una disolución, un derrumbe controlado donde me vacié en lo más profundo de ella, marcándola en un lugar que sería solo mío. Esa noche no aprendimos solo sobre el placer; aprendimos sobre los límites, la confianza y la rendición total, uniendo nuestras almas de una manera que la simple penetración vaginal nunca podría haber logrado.
Mi vida fuera de la escuela se llenó de nuevas posibilidades. Trabajaba en un pequeño café, donde la rutina diaria me permitía soñar despierto con Kathe y planear nuestros próximos encuentros. El aroma del café y el bullicio de los clientes se desvanecían cuando cerraba los ojos y me perdía en los recuerdos de nuestras caricias y susurros.
Con el tiempo, el café cerró. No hubo despedidas ni dramatismo: una persiana bajada y un cartel torcido bastaron para clausurar esa etapa. Kathe y yo también dejamos de vernos sin anunciarlo. No fue una ruptura; fue una evaporación. Un día no apareció. Al siguiente, yo tampoco la busqué. La intensidad no sabe despedirse: solo se consume.
Nunca volví a la escuela. Tampoco seguí un plan. Trabajé en lo que apareció, dormí donde pude, escribí siempre. Los cuadernos se multiplicaron como una plaga silenciosa. Al principio eran memoria; luego se volvieron sustituto. Cuando ya no estaba su cuerpo, estaba la página. Cuando la página empezó a agotarse, releí. Y al releer, algo comenzó a resquebrajarse.
Porque el tiempo hace lo que el deseo no puede: cambia el ángulo.
Lo que antes era fuego empezó a verse como encierro. Lo que llamé elección empezó a oler a fuga. Y esa certeza —lenta, incómoda— fue peor que cualquier reproche de mis padres.
A Kathe volví a verla muchos años después, por azar. En una calle cualquiera. No me reconoció de inmediato. Yo sí. No por su rostro —que había cambiado— sino por una forma de caminar, un gesto mínimo al acomodarse el pelo. Cruzamos miradas. Sonrió con educación. Yo no supe qué hacer con todo lo que había sido.
No hablamos del pasado. No hacía falta. Estaba ahí, entre nosotros, como una sombra demasiado grande para nombrarla. Me dijo su nombre completo, como si Kathe nunca hubiera existido. Me habló de su vida con frases breves, correctas, sin fisuras. Yo asentí, fingiendo normalidad, mientras algo en mi pecho se contraía con una violencia muda.
Cuando se fue, no sentí deseo. Sentí vértigo.
Esa noche volví a los cuadernos. Por primera vez no para recordar, sino para comprobar. Leí con distancia. Y entendí —por fin— que había confundido intensidad con verdad, dominio con identidad, escritura con absolución. No era un héroe de mi historia. Tampoco una víctima. Era algo más incómodo: el narrador que eligió no mirar las consecuencias mientras sucedían.
Publicar esos textos, ahora lo sé, no fue un acto de valentía. Fue un intento tardío de fijar algo que ya se me había escapado. De justificar una vida que se había quedado girando alrededor de un único recuerdo, como un insecto atrapado en ámbar.
Hoy escribo menos. No porque haya paz, sino porque entendí que algunas experiencias no piden ser celebradas ni repetidas, sino enterradas con cuidado. El deseo fue real. El daño también.
Y a veces, cuando cierro los ojos, no vuelvo al parque ni a la piel ni al fuego.
Vuelvo a ese instante en que ella no me reconoció.
Ahí terminó todo.
Mucho antes de que yo estuviera listo para aceptarlo.



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