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Heterosexual, Masturbacion Masculina, Voyeur / Exhibicionismo

Mi primera desfloración

Después de muchas peripecias, por fin pude desflorar a mi novia Vicky, algo realmente delicioso, tanto, que hoy en día es lo que más amo en la vida, romper coñitos vírgenes..
Después de poder meter en cintura a Vicky, ella andaba más feliz que nunca, yo también estaba feliz con ella, siempre que podíamos estar solos le daba unos fajes que la dejaban temblando. Comencé agarrándole las nalgas sobre la ropa, le acariciaba las tetitas suavemente por encima de la blusa; pero cuando noté que ella disfrutaba esos toques, mis manos fueron más allá, la abrazaba por atrás, le arrimaba mi salchicha entre las nalgas y metía mis manos debajo de su corpiño, acariciando sus tetas con mis dedos directamente. Ella se retorcía y gemía muy rico. Era algo gradual, poco a poco iba avanzando y empecé a tocar su conchita sobre su ropa, pero cuando llegué al punto en que le comencé a chupar las tetitas mis manos tenían al alcance sus nalgas debajo de la falda y las acariciaba sobre su calzon, en poco tiempo mis dedos buscaron su pepita y se la toqué por encima de su pantaleta, ella se apartó como por reflejo, pero luego, ella sola abrió un poco más las piernas y con mi dedo cordial acaricié suavemente su botoncito de placer, ahí fue donde ella realmente conoció nuevas sensaciones que jamás había experimentado, abría la boca y solo balbuceaba.

—Aaaah, sí mi amor. Que rico siento. Ay Mano, que bonito siento. Te quiero mucho.

Eso lo hacíamos siempre que regresábamos de la escuela, en el camino nos quedábamos hasta atrás y cuando los demás se adelantaban unos cincuenta metros y doblaban algún recodo del camino, nosotros nos metíamos al monte que había a la orilla del camino, ahí nos dábamos placer y cada vez íbamos más lejos, hasta que quise chuparle esa panochita virgen que era lo que más deseaba penetrar, pero ella se resistió y me dijo que le daba pena. Yo no la forcé, solo la besé en la boca y le dije que nos fuéramos.

Los días siguientes, traté de no apartarnos del grupo, la abrazaba y la besaba, pero con frialdad, ella se me repegaba y presionaba su pubis sobre mi pene, pero yo trataba de mantener la calma y pensaba en otra cosa para que no se me parara, no siempre lo lograba y ella a veces me lo agarraba y me lo apretaba por encima del pantalón, sin que los demás se dieran cuenta, esperando que yo hiciera lo mismo con ella; pero solo la abrazaba de la cintura, ni las nalgas, ni la panocha, ni las tetas le tocaba. Ella sabía que yo estaba distanciado porque no sé dejó chupar la panocha y una tarde de viernes que regresábamos de la escuela, me lo preguntó al oído.

—¿Estás enojado, amor?

—No, mi vida, ¿por qué lo preguntas?

—Es que ya no me tratas como antes.

—Pensé que te molestaba o que te daba pena.

—Es que sí me gusta que me acaricies —me dijo, ruborizándose y bajando la cara—, pero también me da pena que me veas ahí.

—Por eso ya no lo hago. Porque la verdad, nomás soy tu juguete —le dije haciéndome la víctima—, nomás te gusta calentarme y a la mera hora me detienes y yo me quedo con las ganas.

Poco a poco nos fuimos quedando atrás del grupo y podíamos hablar con mayor libertad.

—Perdón, mi amor. Es que siento vergüenza que me veas eso, tengo miedo de que cuando lo veas no te guste o te dé asco y me dejes.

—Te prometo que no te voy a dejar, solo dejame darle un besito y ya.

Ella volteó para todos lados y vio que los compañeros acababan de perderse en una vuelta del camino, se metió casi corriendo al monte, se levantó la falda del uniforme y se bajó el calzoncito de color morado con flores amarillas, separó las piernas hasta donde sus bragas a la altura de las rodillas le permitian, mientras se sostenía la falda en la cintura. Yo me puse de rodillas frente a ella, contemplé un momento esa vulva deliciosa, hermosa y virgen que apenas tenía unos finos vellitos.

—Mi amor, que hermoso lo tienes —le dije—, ¿cómo puedes pensar que no me gusta?, es lo más bonito que he visto en la vida.

Ella me sonrió feliz por los halagos que le hice a su pepita, la tomé de las nalgas desnudas, acerqué mi boca y no fue un besito, fue una mamada completa la que le dí. Ella gimió de una forma que nunca la había escuchado, no podía verle la cara, pero la imaginaba mordiéndose los labios por los sonidos que emitía. Tomaba mi cabeza, acariciaba mi nuca y jugueteaba con mi pelo. Realmente estaba disfrutando mi lengua en su botoncito, en sus labios vaginales y hasta ese momento, virginales. Yo acariciaba sus nalgas y mamaba con destreza, terminé de bajar su pantaleta y se la saqué por completo, usándola como pulsera, ella pudo abrir un poco más las piernas y yo metí más la lengua, chupando deliciosamente esa rajita inflamada, saboreaba el delicioso néctar que emanaba de ese coñito sin estrenar, ese sabor característico que tienen las vaginas vírgenes. En eso estábamos cuando escuchamos que a lo lejos venía un vehículo por la terracería y ella se bajó la falda velozmente, no le dió tiempo de ponerse el calzón y yo me lo guardé en el bolsillo. Sabíamos que cuando pasaba alguna camioneta, nos daban un aventón al pueblo y si no salíamos a tiempo, nos iban a dejar y nos iban a llover las preguntas. Así que salimos y corriendo, alcanzamos a ver a los compañeros antes de que apareciera la camioneta, era una pick up que llevaba unos costales de alimento para pollos, se detuvo cuando le hicimos señas para que nos diera el aventón, trepamos y llegamos al pueblo enseguida. Nos despedimos con un piquito furtivo antes de llegar a su casa. Yo me iba saboreando todavía cuando entré al baño a bajarme la calentura con la mano, en ese momento me di cuenta que llevaba aún la pantaleta de Vicky en el bolsillo, la saqué y la olí, noté que estaba mojadito en el lugar donde ponía su rajita, supuse que Vicky ya andaba bien caliente, me masturbé bien rico oliendo el calzon de Vicky.

Esa tarde, después de mis tareas, fui a visitar a mi tío y le conté todo, con detalle e incluso le mostré el calzón, él también lo olió, mencionando que ella había mojado la pantaleta antes de que se las sacara y él me dijo que de seguro Vicky ya andaba ovulando, pues ya habia cumplido los 13 años, que cuando eso pasa, las mujeres se calientan, pero también son muy propensas a que queden embarazadas. Eso me desanimó un poco, mi tío vio mi cara y me comentó algo que me alegró.

—No hay pedo, Mano. Voy a ir a ver a doña Epifanía, la que es curandera, ella sabe preparar un té que es muy bueno para evitar embarazos no deseados. Ven el domingo como a las nueve de la noche. Consigue una botellita para que te lo lleves.

El domingo en la tarde, conseguí un cartón y saqué una cobija a escondidas en una bolsa negra, fui a buscar el lugar donde iba a ser el “sacrificio”, escogí un lugar al pie de un árbol frondoso que tenía ramas que casi llegaban al suelo, había bastante hojarasca, ahí escondí la bolsa con la cobija y el cartón entre unos matorrales, no quise dejarlos tendidos porque pensé que se le podría subir algún bicho o la humedad de la noche podría echar a perder el cartón. En la noche fui a ver a mi tío, quien además del té, me dio unos consejos para que pudiera desvirgar a Viky sin que hubiera falla. Así que al día siguiente llevé la botellita en la mochila para cuando se ofreciera, me dijo que el té solo tenía una caducidad de veinticuatro horas para tomarlo y el efecto solo duraba tres días, por lo que debía darme prisa, porque de lo contrario no iba a servir ese “ancestro de la pastilla del día siguiente”. En el camino a la escuela, donde yo había dejado las cosas, me metí al monte con el pretexto de que iba a orinar, pero en realidad, iba a dejar tendidos el cartón y la cobija, para no perder tiempo de regreso y que Vicky no tuviera tiempo de arrepentirse; sin embargo, del plato a la boca, se cae la sopa y esa tarde, yo iba más nervioso que nunca. Al salir de la escuela, yo me iba saboreando, miraba a Vicky y pensaba, “hoy me voy a comer esta panochita”. Avanzamos un buen rato y ni siquiera hacíamos plática, llevábamos el uniforme de gala que se utilizaba los lunes para hacer los honores a la bandera, una falda gris claro y una blusa blanca de manga larga y los mismos colores para nosotros, pero en pantalón y camisa. Iba tan distraído, que casi me estaba pasando del lugar cuando le dije a Vicky que se detuviera.

—Espera, amor —le dije al oído—, deja que se vayan los demás, quiero que estemos solos.

Ella caminó muy despacio y cuando los compañeros se perdieron en la vuelta, la jalé para el monte, la llevé hasta donde estaba el cartón y la cobija, ella se sorprendió un poco, pero entendió lo que yo quería.

—Ven, mi vida —le dije—, acuéstate aquí.

Ella se sentó y pude ver un poco sus calzoncitos de color rojo, le quedaban flojos, yo pude ver que estaba un poco nerviosa.

—¿Tú trajiste esto? —preguntó—, ¿para qué?

—Sí, corazón —le dije—. Es para que pueda chuparte mejor esa cosita.

Vi que se puso muy nerviosa, pero se acostó cobre la cobija.

—Me voy a quitar la falda —dijo—, porque no quiero que se arrugue.

—También la blusa —respondí—, no te vayan a regañar.

La ayudé a desvestirse, se quedó solo en ropa interior, traía un corpiño blanco y la pantaleta roja. Yo me quedé en truza, rápidamente me acosté sobre ella, la besé y luego le levanté el sostén, chupé sus tetitas y fui bajando por su estómago hasta llegar a su panocha, bajé la pantaleta y ella solita abrió las piernas, vi esa pepita rica y mi lengua hacia un buen trabajo, ella gemía bien rico, supe que era la hora de clavar la estaca y le saqué por completo su calzoncito, me acomodé sobre ella, la besaba y le daba unos tallones con la punta de mi verga en su rajita, buscaba la entrada de su cuevita, yo temblaba por los nervios y la excitación, por fin iba a estrenar una rajita virgen. Coloqué la cabeza de mi pene en la entrada y empujé suavemente, como me lo había recomendadoi tío, pero cuando ella sintió la presión de miembro sobre su hímen, tratando de romperlo, sintió dolor y con los talones se impulsó hacia arriba y cerró las piernas.

—No, mi amor —dijo, con voz nerviosa—, me duele mucho. Mejor después.

Yo sentí que se había quitado en el preciso momento en que yo había acomodado la punta en su pequeña hendidura para dar el último paso, cuando su virgo estaba por ser traspasado por mi espada de carne, pero al moverse, se soltó e inmediatamente buscó su ropa, se puso su ropa interior y velozmente el uniforme. Se arregló el cabello y yo me quedé como pendejo de rodillas en la cobija. Tomó sus cosas y se fue casi corriendo, no me dijo nada y yo me quedé ahí, me vesti con calma, tenía la verga tan dura que me dolía, no me quedo más que hacerme una chaqueta ahí mismo, terminé en pocos minutos y me vestí velozmente, ni siquiera recogí nada, en la tarde tendría tiempo. Alcancé a todos a más de un kilómetro después. Ella iba callada, no hablamos, no nos despedimos, solo nos miramos y ella bajó la vista.

No me había dado tiempo ni de darle el té, ella se había ido y yo me me había quedado con el té en la botellita, con la cobija en el suelo y con el chile en la mano. Eso lo repasaba en la noche, miré la botellita y pensé: “Mi tío me va a regañar por desperdiciar tiempo, dinero y esfuerzo en conseguir el té”. En la tarde fui a verlo, le conté todo, él solo sonrió.

—Error de principiante —me dijo—, no te preocupes. Ya habrá otra oportunidad.

Mi tío me sorprendía porque era como un sensei lleno de paciencia, me escuchaba y me orientaba con calma.

—El sábado es la boda de la prima de Vicky, Elena —me dijo con calma mi tío—, la boda va a ser en grande y no dudo que los papás de ella terminen hasta la madre de “pedo”, de eso me encargo yo, así que en la noche, vas a tener “chance” de que puedas estrenar a tu novia en su cuarto, pues su hermana la mayor y su mamá, van a estar ayudando en la boda y ya sabes que las bodas son un caos, que nadie sabe dónde anda alguien, así que dile a Vicky que se vaya a su casa y te metes por la ventana.

El martes, Vicky se disculpó nuevamente conmigo, pensaba que yo me iba a poner como la vez anterior; pero para su sorpresa, me porté cariñoso con ella, ella me explicó que tuvo miedo cuando sintió que algo dentro de su vagina le dolía y entró en pánico, que por eso salió corriendo. Yo me porté de lo más amable y comprensivo. Ella me dijo que la próxima vez, sí lo haríamos, que ella también quería hacerlo conmigo, pero que tenía un poco de miedo. La consolé y la convencí de que si se arrepentía no habría ningún problema, que quería que fuera algo hermoso su primera vez. Toda la semana la traté con mucho amor, el viernes me dijo que el sábado iría a la boda de su prima y que me invitaba, yo me hice el sorprendido, aunque la noticia era de dominio público en todo el pueblo. El sábado por la tarde, mi tío me vio en la boda, me hizo una seña discreta de que me acercara y sin que nadie lo viera, me dió la botellita con el té, lo escondí en mi bolsillo. Me dijo algo en voz baja.

—Para que agarren valor, tómense unas dos o tres cervezas, así se te quitan los nervios y a ella el miedo.

Eso fue oro molido para mí, no había pensado en eso. Sería una solución magnífica, aunque yo quería disfrutarla en mis cinco sentidos. Así que como eso de las siete de la noche, veo a mi tío que hacía gala de su elocuencia y gracia para mantener a los padres de Vicky entre risas, junto a varias parejas más que rodeaban una mesa y bebían cerveza, licor y comían alegremente, mi tío estaba cumpliendo su parte. Yo había llevando a Vicky a platicar en otras mesas un poco lejos de ellos, el baile hacia que nadie nos pusiera atención, le expuse mis planes, que se fuera a su casa y que me esperara con la ventana abierta. Ella aceptó y para que no sospecharan, desde las ocho me aparté de ella, pasado de las diez de la noche, ella le dice a su mamá que se iba a ir para su casa, porque ya tenía sueño. Pensé que la dejarían ir sola, pero no, su mamá le dijo que ella la iba a ir a dejar. Yo las observaba de lejos, vivían como a cinco cuadras de donde estaba la fiesta, así que se fueron caminando y la mamá de Vicky ya estaba un poco ebria, porque trastabillaba y hablaba raro. Yo las seguía de lejitos, sin que se dieran cuenta, llegaron a su casa y se metieron, yo me salte la cerca de alambre y me escabullí cerca de la casa para saber lo que decían y estar preparado para mis planes.

—Bueno, ahí te dejo —dijo Doña Berta, la madre de Vicky—, si te da hambre, calientas la comida que trajimos. Mañana nos vemos, porque le voy a ayudar a tu tia a servir el desayuno, ahí nos alcanzas cuando te levantes.

Las bodas en mi pueblo duraban de dos a tres días, así que Vicky se iba a quedar sola toda la noche.

—Sí, mamá —respondió Vicky—, como a las nueve voy para allá.

—Sí, hija, ya duérmete si tienes sueño, yo me voy a bañar para que se me baje la cerveza y ahorita me voy.

—Sí, mamá, ya me voy a dormir. Hasta mañana.

—Hasta mañana, hija.

Al escuchar que la señora se iba a bañar, sabiendo que no había nadie más en casa y que el baño era de madera, con enormes rendijas y el foco de adentro me permitía ver todo sin ser visto, no resistí la tentación de ver a mi suegra desnuda. Así que me fui para donde estaba el baño y busqué el mejor ángulo, pasaron algunos minutos que me parecieron eternos, entró Doña Berta, se agarraba de un tambo y con dificultad, se quitó el vestido verde oscuro que traía, lo colocó con cuidado sobre la pared del baño, era un vestido nuevo que había comprado para la boda de su sobrina, así que se lo iba a volver a poner, se quedó en un brassier verde pistache y una pantaleta blanca muy transparente, se le veía toda la mata de pelos, tenía una panocha grande, abultada y muy bonita. Cuando se echó agua, las bragas casi desaparecieron, me parecía verla desnuda, se lavó muy bien la papaya, se metía los dedos y se echaba abundante agua. Luego, se sacó todo, a diferencia de siempre que las mujeres de mi pueblo se bañaban y lavaban su ropa interior, solo metió las bragas y el sostén dentro de una cubetita y se siguió lavando la vagina. Cuando terminó, se puso una pantaleta color celeste, un poco más parecido a un bikini, un brassier del mismo color de las bragas y el vestido verde que traía, salió con la toalla enrollada en la cabeza, tardó un poco para salir, yo ya estaba impaciente, pues no podía ver nada hacia adentro, la casa era de tabiques, solo el baño era de madera, cuando se fue, le dió las últimas recomendaciones a Vicky y le dijo que no le abriera a nadie. No imaginaba que Vicky no quería abrir las puertas, quería abrir las piernas.

Ya casi daban las doce cuando doña Berta llegó nuevamente a la fiesta, yo la seguí para asegurarme de que no se iba a regresar, también para ir por cinco botellas de cerveza, mi tío me ayudó, las envolvió en periódico y las puso en una cubeta de plástico. Yo me alejé sin que me vieran, me fui casi corriendo a casa de Vicky, salté la cerca y toqué su ventana suavemente, no obtuve respuesta, toqué un poco más fuerte y nada, eran ventanas de madera y la empujé un poco, la ventana cedió y la abrí despacio, pensé que Vicky se había aburrido de esperarme y se había ido otra vez a la fiesta, pero no, tenía la luz apagada y quizá llegó a pensar que no iría, le ganó el sueño. La ventana no estaba alta y entré con facilidad. Ella estaba acostada en la cama de lado con una bata delgada, sus calzoncitos rositas de algodón que la hacían ver como la niña que era, sus pechos pequeños con un sujetador blanco, por un momento me hicieron pensar en renunciar a aprovecharme de la situación, pero solo un momento, porque mi excitación me impulsó a seguir con el plan.

Yo llevaba una pequeña lámpara de pilas AA, que me permitía observarla sin encender la luz, dejé las cervezas en una mesita que había en el cuarto, la observé y comencé a besarla suavemente, desde sus mejillas hasta sus pies, ella solo gemía, cuando quise abrir sus piernas, ella despertó y se asustó, me empujó. La tranquilicé hablándole, ella se colgó de mi cuello y me besó. Me acosté encima de ella, nos besamos largamente y luego por fin hablamos.

—Pensé que no ibas a venir —dijo ella—, me quedé dormida.

—Sí, pero esperé que llegara tu mamá otra vez al baile —no le mencioné que había ido a su casa y menos que había visto a su mamá encuerada—, no fuera a ser que se quedara contigo o se le olvidara algo y se regresara.

Se levantó y encendió la luz, vio las cervezas y sonrió.

—¿Para qué trajiste eso? —dijo con picardía —, yo nunca he tomado.

—Para brindar por nuestro amor.

—Pero nos vamos a emborrachar y yo no quiero estar contigo borracha, quiero ser tuya en mi pleno juicio.

—Pues solo te tomas dos, nomás para que se te quiten los nervios. Yo me tomo las otras tres.

Abrí dos cervezas y brindamos, al principio ella le hizo gestos, yo ya había probado la cerveza y el licor, ya había tenido algunas borracheras, así que la animé a acabarse la botella y en el segundo y tercer trago, ya no hizo el feo, dijo que sabía amarga, pero que le había gustado. Destapamos las otras y volvimos a brindar, nos besamos y nos acariciábamos, la última la compartimos, pero ella tomó un poco más, pero no se acabó. Al no estar acostumbrada, más de 800 ml de cerveza, habían hecho estragos en su organismo, la lengua se le trababa y se reía de todo, yo la acaricié, la desvestí completamente y me desvestí también. La recorrí con la lengua por todo el cuerpo, eran cerca de la una cuando después de muchos besos, lamidas y chupadas de todos lados, pensé que era hora de romper ese capullito, ella estaba atravesada en la cama, con las piernas abiertas y yo buscaba ese pequeño agujerito para hundir mi verga en él, le froté varias veces la punta a lo largo de su rajita, ella gemía, jadeaba y se movía muy rico; pero cuando quise meterle la cabeza de mi pene, ella volvió a sentir dolor y se volvió a quitar.

—Noooo —se quejó con desesperación —, me duele, mi amor, espérate.

Yo ya estaba súper caliente, quería empujársela a la fuerza, pero sabía que no era el caso. Me dijo que quería ir al baño, se enrolló en una toalla y salio rápidamente.

Recordé que no le había dado el té y saqué la botellita, la vacíe en el resto de cerveza que quedaba. Cuando regresó, le dije que se tomara el resto de la cerveza para que se le quitara el miedo y no sintiera dolor. Ella se tomó todo de golpe, se acostó en la cama, me dijo que apagara la luz y me acostara con ella, que quería hacerlo con la luz apagada. Obedecí y ya estando en la cama abrazados, a oscuras, me dió un beso en la boca, me subí sobre ella y me pidió que se lo hiciera con mucho cuidado, que quizá lo tenía muy grande, que no le cabía, que por eso le dolía, porque estaba chiquita. Recordé que mi tío me había dicho que cuando el tenía 20 años, había desvirgado a una nena de 11, así que pensé que no era por eso, que solo debía hacerlo con mucho cariño para que no se resistiera. Volví a la carga, chupaba sus pechos, besaba sus labios, chupaba sus orejas, le hice un oral que la hizo gozar mucho, pero a la hora del último paso, se volvió a quitar, ya eran casi las tres de la mañana. Se puso a llorar, me pidió perdón, pero que sí le dolía mucho. Que mejor otro día. Yo sabía que no habría pronto otra oportunidad como esa, así que la acaricié y le dije que dormiríamos, la abracé y nos tapamos con una colcha. Desperté como a las siete de la mañana, la tenía de cucharita, desnuda, mi verga estaba bien dura, con un brazo sostenía su cabeza y con la otra mano acariciaba su panochita, frotaba su clítoris y ella solo gemía. Saqué el brazo que sostenía su cabeza y la puse bocarriba, debajo de la colcha, abrí sus piernas y le dí una mamada de panocha, que entre sueños jadeaba, gemía y murmuraba, estaba ya mojadísima. El sol entraba por la ventana que había quedado abierta cuando entré, nadie podía vernos porque daba al patio y a esa hora todos debían estar en la fiesta, la luz me dejaba ver su vagina, hermosa, muy mojada e inflamada por la calentura que traía también ella. Yo lamía con todas las ganas contenidas que traía, ella me agarraba la nuca, jugaba con mi pelo, mis orejas y me jalaba hacia su rajita. Mi lengua le daba un placer que nunca había sentido, nunca habiamos tenido el tiempo suficiente para hacerla sentir un orgasmo, pero esa mañana, sí. Lamía, chupaba, jugaba con sus tetitas entre los dedos de una mano y con la otra mi pulgar acariciaba su clítoris, estaba al borde de la locura, sentí un rico jugo saliendo de su vulva, era un orgasmo, me lo tragué todo y seguí lamiendo esa raja, ella estaba disfrutando como nunca. Era el momento, me subí sobre ella, le froté la punta entre sus labios, jugando más que nada con su botoncito. Estaba tan lubricada y tan excitada, que cuando la besé en la boca, me dió una mordida y me murmuró.

—Métemela, mi amor, quiero sentirla dentro. Ya por favor, no aguanto más.

No perdí ni un solo segundo, ella tenía las piernas flexionadas y abiertas, solo fue cuestión de empujar suavemente y sentí como traspasé su hímen, mi verga se hundió suavemente, pero a la vez firme, ella abrió los ojos, me miró a la cara y me arañó la espalda, me clavó las uñas y yo le clavé la verga, por fin estaba sintiendo lo que era romper un capullito virgen, podía sentir lo apretado de su coñito, ella estaba sintiendo por primera vez una verga dentro de su rajita, cerró los ojos y abrió la boca, exhalando, yo hundí la espada hasta la empuñadura, ella solo se quejaba con una mezcla de dolor y placer, su rostro reflejaba lo mismo, la besé, saqué un poco mi pene, solo unos centímetros y luego lo volví a hundir hasta el fondo, poco a poco lo sacaba más, ella no decía nada, solo disfrutaba, aceleré los movimientos y ella me abrazó con brazos y piernas, movía las caderas, no tardó ni dos minutos y alcanzó el segundo orgasmo, me dió la vuelta y quedé abajo de ella, se montó sobre mí y ahora ella era quien se movía, lo apretado de su conchita y sus movimientos, hicieron que yo también tuviera un orgasmo muy rico, ella no dejo de moverse, así que en pocos minutos, se volvió a vaciar, mi verga aún seguía firme, aún después de haberme venido, pero ya empezaba a perder fuerza. Esa niña de trece años había alcanzado tres orgasmos en su primera vez, la había desflorado y ella había gozado como las grandes. Nos quedamos un rato descansando, se acostó a mi lado y me besó muy rico.

Cuando nos levantamos, vimos un gran charco de semen y sangre, ella se asustó un poco, pero yo la tranquilicé. Quité dos sábanas manchadas, las enrollé y las metí en una bolsa, ella sacó otras de un cajón y las tendió para que no se notará nada. Me llevé esas sábanas como trofeos para mostrárselas a mi tío.

Espero no haberme extendido mucho, pero así pasaron las cosas, aunque parezca inverosímil, es real.

Hasta pronto, comenten si les gusta o no, si no, para ya no seguir escribiendo mis memorias. Hasta pronto.

1205 Lecturas/5 enero, 2026/2 Comentarios/por Picazoo
Etiquetas: baño, hermana, hija, madre, mayor, orgasmo, semen, tia
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2 comentarios
  1. AMOZ Dice:
    6 enero, 2026 en 3:56 am

    Saludos. Está divertido tu relato.

    Netaaaa… Mano.
    Tu tío te ayudo en lo más difícil evitar que enbaraces a Vicki. Creo que lo más lógico era que te ofreciera un lugar muy cómodo para que disfrutarán Juntos tu y Vicki de su primera vez…

    Hasta hubiera resultado más exitante que tú tío con más experiencia la rompiera y te enseñará…

    La verdad no leí si la desfloraste debajo de ese árbol en un carton.

    Saludos.

    Accede para responder
  2. Aerial Dice:
    23 enero, 2026 en 8:06 am

    Que buena historia excitante. Me sorprende que a esa edad fueras tan avispado y ya sabías buenos trucos de manipulación jajaja. Aunque todo hubiera sido diferente si no fuera por tu tío, el verdadero héroe sin capa.
    Sigue contando tus relatos y al final que paso con vicky o si te diste a otras nenas, esperando actualizaciones.

    Accede para responder

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