Mi primo Eduardo
Porque .
Hola me llamo Juan y tengo 32 y esto pasó cunado tenía 17 años
Desde que tengo uso de razón, siempre supe que mi mamá era una mujer que volvía locos a los hombres. A sus 35 años seguía teniendo un cuerpo de infarto: cintura estrecha, culo redondo y firme, y unas tetas enormes, de esas que se mueven solas cuando camina y que hacen que cualquier camiseta se tense hasta el límite. Más de una vez me he encerrado en el baño pensando en ella, imaginando cómo se sentirían esas tetas en mis manos mientras me la jalaba con furia. Mi pene es pequeño mide 7 cm, me recordaba al de mi papá , y eso me hacía sentir aún más inferior.
Mi primo Eduardo es ese entonces tenía 14 , por el lado de mi papá, era todo lo contrario. Atlético, callado, de esos que no necesitan hablar mucho para imponer respeto. Siempre andaba con pantalones ajustados que dejaban ver el bulto enorme que cargaba entre las piernas. Decían que medía fácil 19 cm cuando se ponía duro. Yo lo había visto alguna vez en el baño de la casa de mis tíos, y la verdad es que me quedé con la boca abierta.
Un día llegó a casa con una mochila y cara de pocos amigos.
Le pregunto a mi mamá
— ¿puedo quedarme unos días? —preguntó Eduardo con esa voz grave y tranquila.
Mi mamá, que estaba en la cocina con una blusa escotada que apenas contenía sus tetas, sonrió de inmediato.
—Claro, mijo. Quédate el tiempo que quieras.
Pasaron los días y todo parecía normal… hasta esa tarde.
Llegué de la escuela más temprano de lo normal. La casa estaba en silencio, pero al entrar por la puerta trasera escuché gemidos ahogados que venían del cuarto de mi mamá. Me acerqué sigiloso, el corazón latiéndome en la garganta. La puerta estaba entreabierta.
Allí estaba: mi mamá a cuatro patas en la cama, y Eduardo detrás de ella embistiéndola con fuerza. Su polla enorme entraba y salía del coño de mi mamá, brillante de jugos, haciendo un sonido húmedo y obsceno con cada estocada.
—¡Ay, sí…! ¡Qué rico polla tienes, cabrón! Para un niño tan callado… la tienes bien grandota… métemela toda, no pares…
Eduardo solo gruñía, agarrándola de las caderas, clavándola hasta el fondo. Vi cómo las bolas le golpeaban el clítoris y cómo mi mamá arqueaba la espalda, empujando hacia atrás para que entrara más profundo.
Me quedé paralizado en el pasillo, con la verga dura pero pequeña latiendo dentro del pantalón. No pude moverme. Solo miré hasta que Eduardo soltó un gemido ronco y se quedó quieto, descargando dentro de ella. Mi mamá temblaba, jadeando:
—Lléname… sí… así…
Salí de ahí sin hacer ruido, con la cabeza dando vueltas.
Después de eso, todo cambió. Eduardo se volvió más cariñoso con mi mamá. La abrazaba por la cintura cuando creían que nadie los veía, le daba besos en el cuello, le susurraba cosas al oído que la hacían sonrojarse y reír. Yo fingía no darme cuenta, pero cada noche me masturbaba pensando en esa escena.
Unos días después llegué del trabajo. Entré por la puerta principal y los escuché en la sala. Voces bajas, risas cómplices. Me acerqué despacio y me asomé desde el pasillo.
Eduardo estaba sentado en el sofá, pantalón abierto. Mi mamá de rodillas entre sus piernas, con la blusa abierta y las tetas fuera, enormes y pesadas. Le chupaba la polla con devoción, metiéndosela hasta la garganta mientras él le acariciaba el pelo.
—Mira cómo te la traga toda, puta… —decía Eduardo en voz baja—. Esa boquita está hecha para esto.
Mi mamá gemía con la boca llena, saliva corriendo por su barbilla. Luego se levantó, se bajó los pants y se sentó sobre él. La polla de 19 cm desapareció entera en su coño en un solo movimiento. Empezaron a follar ahí mismo, en la sala, con mi mamá subiendo y bajando, las tetas rebotando como locas.
—Te voy a llenar otra vez… —gruñó Eduardo—. Vas a quedar preñada de mí, ¿verdad?
—Sí… sí… lléname, mi amor… hazme un hijo tuyo… —respondía ella, acelerando el ritmo hasta que ambos se corrieron juntos. Vi cómo el semen blanco salía cuando Eduardo se la sacó, chorreando por los muslos de mi mamá.
Así pasaron los días. Cada vez que podía, los espiaba: en la cocina, en el baño, en la sala. Siempre la misma cosa: Eduardo la cogía duro, la llenaba de leche, y mi mamá pedía más.
Hasta que un día Eduardo se fue. Dijo que tenía que volver a su casa. Mi mamá se quedó triste, callada, con los ojos vidriosos. Yo no dije nada.
Un par de meses después, mi mamá nos reunió en la mesa.
—Estoy embarazada —dijo, mirando al suelo.
Mi papá, que casi nunca llegaba temprano por su trabajo nocturno, ni siquiera sospechó. Solo sonrió y dijo:
—Qué bueno, mi amor. Otro hermanito para Juan.
Pasaron los meses. Mi mamá dio a luz a un niño. Cuando lo vi por primera vez, se me heló la sangre. Era idéntico a Eduardo: mismos ojos, misma nariz, misma boca. Nadie dijo nada, pero yo lo sabía.
Dos meses después del nacimiento, Eduardo volvió a casa como si nada hubiera pasado. Llegó con su mochila, saludó a todos con esa calma de siempre y se quedó unos días más.
Una tarde los escuché hablando en la habitación de mi mamá. Me acerqué sigiloso, como siempre.
Estaban sentados en la cama. El bebé dormía en la cuna. Mi mamá tenía la blusa abierta, amamantando al pequeño. Eduardo se acercó despacio, miró al bebé y luego a las tetas hinchadas y llenas de leche de mi mamá.
Sin decir nada, se inclinó y le chupó un pecho, justo al lado de donde el bebé succionaba del otro. Mi mamá soltó un suspiro suave, cerró los ojos y le acarició la cabeza.
Solo eso. Eduardo chupándole los pechos, bebiendo la leche que sobraba, mientras el bebé hacía lo mismo del otro lado.
Yo me fui sin hacer ruido, con la verga dura otra vez, sabiendo que nada volvería a ser igual.
Fin.



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