Nunca Jamás 2 (segunda) parte
Jugaban parqués para matar el aburrimiento. La mesa era pequeña y cojeaba un poco. La cocina no era nueva, pero era suya; tenía marcas de uso reciente, una alacena mal ajustada y una lámpara que zumbaba cuando quedaba encendida mucho tiempo. .
Benjy tiró el dado. Rebotó en el borde y cayó debajo de la mesa.
—Siempre pasa lo mismo —dijo, agachándose con cuidado.
Lisa lo observó desde la silla. Tenía las piernas dobladas contra el pecho, los pies descalzos apoyados en una pata de la mesa, usando una camiseta vieja de Benjy que le quedaba grande. Era una prenda que había empezado a usar hacía poco, como tantas otras cosas. Miraba el dado como si eso fuera una prueba de algo más grande.
—No pasa “lo mismo” —respondió—. Lo tirás mal.
Benjy sonrió apenas. Recuperó el dado y lo dejó sobre la mesa sin volver a lanzarlo. Tenía las manos ásperas, con restos de pintura vieja bajo las uñas. El anillo seguía ahí, todavía demasiado nuevo para verse natural. Lisa lo miró más de la cuenta y apartó la vista.
Estaban solos.
Y, aun así, no del todo.
—¿Vamos a hablar de eso? —preguntó ella.
Benjy no fingió no entender. Bajó la mirada un segundo, como si la mesa pudiera ofrecerle una respuesta más fácil.
—No ahora —dijo.
Lisa tomó el dado y lo hizo girar entre los dedos, nerviosa.
—Siempre decís lo mismo —dijo—. Como si no hubiera pasado. Como si no hubiéramos estado los dos ahí.
Benjy se pasó una mano por la cara. Había algo en su gesto que no era culpa ni enojo, sino desconcierto.
—Pasó —dijo—. Eso es lo único claro.
—No lo es —respondió Lisa—. No para mí.
El silencio se acomodó entre ellos con una incomodidad reciente, todavía sin polvo. No era un silencio viejo: no sabía quedarse quieto.
—No pensé que iba a afectarnos así —dijo Benjy al fin—. Pensé que lo íbamos a dejar atrás.
Lisa apretó el dado.
—Yo pensé que después íbamos a ser los mismos —dijo—. O mejores. No esto.
—No fue un error —dijo él, sin mucha convicción.
—Tampoco fue nada —respondió ella—. Y eso es lo que me confunde.
Benjy levantó la vista. Por un instante pareció darse cuenta de algo que había evitado desde aquella noche, desde los días siguientes, desde las veces que casi hablaron y no lo hicieron.
—No sé qué hacer con lo que sentimos después —admitió—. Con lo que cambió.
Lisa lo miró. Tenía veinte años y la sensación incómoda de haber cruzado una línea sin saber muy bien qué había del otro lado. Vio en Benjy a su esposo, todavía cercano, todavía querido, pero también distinto, como si ahora hubiera algo entre ellos que no era exactamente una persona, pero tampoco ausencia.
Empujó el dado hacia él.
—Entonces no hagamos como si no hubiera pasado —dijo—. Aunque no sepamos qué significa. Sabes, desde esa noche —agregó ella—, todo suena distinto. Hasta el silencio.
El dado quedó quieto entre ellos. Lisa estiró la mano, pero no lo tocó. Se detuvo a medio camino, como si dudara de a quién pertenecía ese gesto.
—Cuando camino por la casa —dijo—, tengo la sensación de que hay cosas fuera de lugar. No cosas visibles. Olores. Ritmos. Como si alguien hubiera aprendido nuestros tiempos y todavía no se hubiera ido del todo.
Benjy tragó saliva. Pensó en la manera en que Swann se apoyaba en los marcos de las puertas, como si las cámaras siguieran ahí. Pensó en su risa baja, en cómo llenaba los espacios sin pedir permiso.
—No está acá —dijo, más como un deseo que como una afirmación.
Lisa lo miró.
—No —respondió—. Pero tampoco somos los mismos que antes de que entrara.
Se levantó de la silla y fue hasta la pileta. Abrió la canilla sin necesidad. El agua corrió unos segundos.
—El otro día —continuó, de espaldas—, me descubrí repitiendo algo que él dijo. No la frase. El tono.
Benjy cerró los ojos.
Ahí estaba.
No como recuerdo, sino como hábito.
—Eso me asusta —dijo ella—. No porque haya sido malo. Sino porque fue… fácil.
El agua dejó de correr. Lisa volvió a la mesa, se sentó. Esta vez tomó el dado y lo lanzó con fuerza. Rebotó, giró, quedó torcido contra una ficha que no era de ninguno de los dos.
—No sé dónde ponerlo —dijo—. No quiero que se convierta en una anécdota, pero tampoco en algo que nos mire desde todos los rincones.
Benjy apoyó la mano sobre la mesa, cerca de la de ella. No la tocó.
—Yo tampoco —admitió—. Y eso que fui yo quien lo trajo hasta nosotros.
Lisa levantó la vista. No había reproche, solo cansancio joven, prematuro.
—No lo trajiste —dijo—. Nos cruzó. Y ahora tenemos que decidir si seguimos caminando con esa sombra o si aprendemos a dejarla atrás.
El dado seguía ahí, inmóvil.
Benjy lo empujó, despacio, hasta el centro del tablero.
—Juguemos —dijo—. Aunque sea torpe. Aunque no sepamos bien las reglas ahora.
Lisa lo miró unos segundos más. Luego asintió.
Lisa apoyó la espalda contra la silla y miró alrededor, como si recién entonces reparara en la cocina. Las paredes claras, la heladera con imanes torcidos, la mancha tenue sobre el zócalo que nunca limpiaron del todo.
—Es raro —dijo—. Pensar que pasó acá.
Benjy no preguntó qué. No hacía falta.
—No parece el lugar —agregó ella—. Si alguien entrara ahora, no imaginaría nada. Dirían: una cocina común. Un matrimonio común.
Benjy siguió con la vista la línea donde la pared se encontraba con el techo.
—Tal vez por eso duele —dijo—. Porque no fue en un hotel ni en una noche que no nos pertenecía. Fue acá. Entre estas cosas.
Lisa pasó el dedo por el borde de la mesa.
—Mucha gente lo condenaría —dijo—. Sin escucharnos. Sin saber cómo fue. Solo la idea les alcanzaría.
—Sí.
—Dirían que es una traición —continuó—. O una desviación. O una señal de que algo ya estaba roto.
Benjy pensó en las risas grabadas del estudio, en los chistes que escribía sobre matrimonios ajenos. Pensó en lo fácil que era juzgar desde afuera.
—Y tal vez alguno tenga razón —dijo—. Pero no todos.
Lisa lo miró con atención.
—¿Vos cómo lo nombrarías? —preguntó—. Si tuvieras que decir qué fue, sin explicarlo.
Benjy dudó.
—Un cruce —dijo al fin—. Algo que pasó por nosotros y siguió. No sé si nos rompió o nos mostró una grieta que ya estaba.
Lisa asintió lentamente.
—A mí me asusta otra cosa —dijo—. Que algún día, cuando estemos mejor… cuando esto sea solo pasado… igual no pueda dejar de pensar que, entre estas paredes, hicimos algo que el mundo no nos perdonaría.
—El mundo no vive acá —respondió Benjy.
—Pero nosotros sí.
El silencio volvió a instalarse, distinto. Más pesado. Como si las paredes escucharan y recordaran mejor que ellos.
—No me arrepiento —dijo Lisa, casi en un susurro—. Pero tampoco sé qué hacer con eso.
Benjy la miró. Vio en ella algo que no estaba cuando se casaron: una conciencia nueva, incómoda, irreversible.
—Tal vez no haya que hacer nada —dijo—. Tal vez solo aceptar que pasó… y que seguimos siendo los que se sientan a esta mesa después.
Lisa apoyó la mano sobre la pared, apenas.
—Ojalá no hablen —dijo—. Ojalá no nos lo recuerden todo el tiempo.
Benjy sonrió sin humor.
—Las paredes no juzgan —dijo—. Somos nosotros los que lo hacemos.
Lisa retiró la mano y volvió a la mesa.
—Entonces sigamos —dijo—. Aunque sepamos que acá quedó algo marcado.
Tomó el dado y lo lanzó otra vez.
El dado cayó con un golpe sordo, un tres. Lisa movió su ficha torpemente, avanzando tres casillas. El silencio que siguió no era el de antes; era un silencio expectante, denso, cargado de las palabras que acababan de decir. Benjy la miró, no al dado, no al tablero, sino a ella. Vio la camiseta vieja de él, cómo le caía sobre un hombro, el pelo desordenado. Vio a su esposa, y también a la mujer que había sido en el sofá.
—No —dijo él, su voz era un hilo rasposo.
Lisa levantó la vista, confundida.
—No a esto —dijo Benjy, empujando el tablero de parqués con un dedo. Las fichas cayeron, dispersas. El dado rodó hasta el borde de la mesa—. No a fingir que podemos jugar a ser normales. No a esta… tregua.
Se levantó. Lisa lo siguió con la mirada, el corazón latiéndole un poco más deprisa. Él dio la vuelta a la mesa, se detuvo detrás de su silla. No la tocó. Se limitó a estar ahí, una presencia que ocupaba todo el aire, igual que Swann lo había hecho.
—Tú dijiste que no sabías qué hacer con que no te arrepentías —murmuró Benjy, inclinándose hasta que su aliento le calentaba el cuello—. Yo tampoco. Pero sé qué hacer con esto.
Su mano descendió, no con la rudeza de Swann, sino con una posesión que era a la vez tierna y terrible. Sus dedos se cerraron sobre el hombro de Lisa, luego deslizaron por la tela de la camiseta hasta su cuello, donde la apretaron con una suavidad firme. No era una caricia; era una marca de propiedad.
—Él se fue —susurró Benjy en su oreja—. Pero lo que hizo se quedó. Y lo que sentimos… también.
Lisa tragó saliva, sintiendo un calor que le subía por el vientre, una mezcla de miedo y un anhelo que le negaba a sí misma. La mano de Benjy descendió por su espalda, siguiendo la curva de su cintura hasta su cadera. La sujetó.
—Levántate —ordenó. No era una pregunta.
Lisa obedeció. Sus piernas temblaban ligeramente. Se quedó de pie frente a él, en mitad de la cocina, bajo la lámpara que zumbaba. Benjy la rodeó, la observó como si la viera por primera vez. Sus ojos se detuvieron en sus pechos, bajo la tela delgada, luego bajaron a sus piernas, a sus pies descalzos.
—Quiero volver a verlo —dijo—. Quiero volver a verte así.
Con un movimiento lento, deliberado, tomó el borde de la camiseta y se la quitó. La tela subió por su piel, y Lisa levantó los brazos mecánicamente, dejando que la desnudara. Quedó allí, en panties, bajo la luz fría de la cocina. Sus pechos estaban pálidos, los pezones ya duros.
Benjy se arrodilló. No dijo nada. Simplemente pasó sus manos por las caderas de ella, luego se agarró el elástico de sus panties y se los bajó, despacio, hasta que cayeron a sus pies. Ella quedó desnuda. Él la miró desde abajo, su rostro a la altura de su sexo.
—Él te vio así —dijo Benjy, su voz cargada de una extraña mezcla de celos y veneración—. Te vio toda. Te usó.
Y entonces, inclinó la cabeza y besó su monte de Venus. Un beso húmedo, prolongado. Lisa gimió, una vibración en su garganta. Sus manos fueron al pelo de él, no para empujarlo, sino para sostenerse. Benjy pasó su lengua por su sexo, una línea larga y lenta que la hizo estremecer. El sabor era el suyo, pero la situación era la de aquella noche.
—En el sofá —murmuró él contra su piel.
La tomó de la mano y la guio hasta el salón. El sofá estaba igual que entonces, con las almohadas desordenadas. Benjy se sentó en el centro, el mismo lugar de Swann, y tiró de ella para que se pusiera de rodillas entre sus piernas.
—Mírame —ordenó.
Lisa lo hizo. Vio a su marido, pero en sus ojos había una nueva autoridad, una oscuridad que no estaba allí antes. Él se desabrochó el pantalón y sacó su verga, ya dura. No era la de Swann, pero en ese momento, para Lisa, era igual de imponente.
—Chúpala —dijo Benjy—. Chúpala como le chupaste la suya. Hazlo tuyo.
Lisa vaciló solo un segundo. Luego se inclinó y tomó su miembro en la boca. El sabor era familiar, conocido, pero el acto estaba cargado de un nuevo significado. No era el sexo rutinario de siempre; era una reafirmación, una ceremonia. Movió la cabeza arriba y abajo, con más ganas que nunca, queriendo borrar la imagen de Swann con la de su esposo, pero al mismo tiempo reviviendo la humillación que la había excitado tanto.
Benjy la dejó trabajar, con los ojos cerrados, gozando del poder. Pero no era suficiente. Quería más. Quería reclamar lo que Swann había tomado.
—Basta —dijo, tirándola suavemente del pelo—. Levántate. Acuéstate boca abajo.
Lisa lo miró, con los ojos muy abiertos. El pánico de aquella noche volvió a asomar, pero esta vez mezclado con una confianza extraña en su marido. Obedeció. Se recostó sobre el sofá, la cara contra las almohas que aún olían a los tres, levantando las caderas en una ofrenda silenciosa.
Benjy se arrodilló detrás de ella. No la tocó aún. Solo la miró: su espalda, la curva de su cintura, sus nalgas abiertas, el sexo húmedo y el ano estrecho y pálido que Swann había desgarrado.
—Él estuvo aquí —dijo Benjy, y su voz temblaba de emoción—. Te tomó por aquí.
Escupió en su mano y se la pasó por su propia verga. Luego, con la otra mano, separó las nalgas de Lisa y escupió sobre su ano. Ella soltó un gemido ahogado.
—Ahora es mi turno —dijo él.
Alineó la punta de su miembro con el orificio estrecho y empujó. Lisa gritó, un grito corto y agudo de dolor y sorpresa. Era más pequeño que Swann, pero la entrada seguía siendo sensible, marcada. El dolor fue agudo, un recuerdo vivo de la violación. Benjy no se detuvo. La penetró lentamente, sintiendo la resistencia de su cuerpo, el calor y la tensión. Cada centímetro era una reconquista.
—Mía —gruñó él, cuando estuvo completamente dentro de ella—. Este culo es mío.
Comenzó a moverse, con un ritmo lento al principio, luego más rápido, más profundo. Cada embestida era una afirmación. Lisa, con la cara enterrada en el sofá, lloraba. No eran lágrimas de puro dolor, sino de alivio, de rendición, de una confusión tan absoluta que solo podía expresarse así. Su marido la estaba tomando, poseyéndola en el mismo lugar donde su ídolo la había humillado, y en ese acto, los dos hombres se fusionaban en una sola figura de dominio que la destruía y la completaba.
Benjy aceleró, embistiéndola con fuerza, con una furia que no era hacia ella, sino hacia la situación, hacia Swann, hacia él mismo. La cogía por el culo con una brutalidad que nunca había tenido, buscando borrar la memoria anterior con una nueva, más intensa.
—¡Mía! —rugió, y con un último empuje violento, se vació dentro de ella, una descarga larga y caliente que la llenó.
Se quedó así un momento, jadeando sobre su espalda, con la verga palpitando en su interior. Luego se retiró lentamente. Un chorro de semen blanco mezclado con un leve rastro de sangre manchó el interior de su muslo.
Se sentó a su lado en el sofá, agotado. Lisa se quedó inmóvil, temblando.
No era el silencio incómodo de antes, ni el silencio denso de la humillación. Era un silencio pesado, húmedo, el silencio que queda después de una tormenta. Olía a semen, a sudor, a la sangre sutil de Lisa. Era el olor de la rendición y la reconquista.
Lisa se movió lentamente, con la delicadeza de alguien que tiene un cuerpo prestado. Se giró y se sentó, con las piernas dobladas a un lado, sintiendo cómo el semen de su marido le chorreaba del culo, una prueba tangible y caliente de lo que acababa de ocurrir. Se miraron. No había reproche en los ojos de ella, ni culpa en los de él. Había un reconocimiento exhaustivo, un mapa de cicatrices nuevas que ambos acababan de infligirse y compartir.
—Ya no huele a él —dijo Lisa, su voz era un susurro ronco.
Benjy asintió, sin apartar la mirada. —Ahora huele a nosotros.
La frase colgó en el aire, una verdad incómoda y definitiva. La habían reemplazado. Habían tomado la escena del crimen y la habían cubierto con su propia esencia.
—Ven —dijo él, extendiendo una mano.
Lisa se la tomó. La ayudó a levantarse y la guio, no hacia el dormitorio, sino hacia la pared del salón, la misma pared frente al sofá donde todo había empezado. La presionó suavemente contra el frío de la pintura. Ella apoyó las palmas y la frente, entregándose al muro, sintiendo el hormigón frío contra su piel caliente.
Benjy se arrodilló detrás de ella. Esta vez no hubo palabras. No hubo órdenes. Solo un acto. Pasó sus manos por las caderas de ella, bajó hasta sus muslos y los separó. Luego, con una lentitud reverencial, se inclinó y besó el ano húmedo y sangrante de su esposa. Un beso largo, húmedo, que sabía a él, a ella, a la victoria y a la derrota. Lisa gimió, un sonido profundo que vibró en su pecho y contra la pared.
Él se levantó. Su verga, que había estado flácida, volvía a endurecerse con una ferocidad impaciente. La guio hacia la entrada de su coño, que estaba húmedo y abierto por la excitación. La penetró de un solo empuje, hasta el fondo. Lisa gritó, esta vez de puro placer, una sensación bienvenida y conocida.
La cogió allí, de pie, contra la pared. Con una fuerza brutal, sin ternura, levantándola un poco para que sus pies apenas tocaran el suelo. Cada embestida la golpeaba contra el muro, el sonido de su cuerpo chocando contra la pintura se mezclaba con sus jadeos y los de él. No era un acto de amor, era un acto de exorcismo. Con cada golpe, Benjy expulsaba el fantasma de Swann; con cada grito, Lisa purgaba su propia sumisión.
—¡Tuya! —gritó ella, repitiendo la palabra que él había rugido antes, pero ahora como un mantra, una plegaria—. ¡Soy tuya!
Él aceleró, un ritmo salvaje, desesperado. La sujetaba de las caderas con tanta fuerza que le dejaría morados. La quería fundir con él, con la pared, con el aire. La quería romper para poder volver a construirla a su imagen.
Cuando sintió que estaba a punto de llegar, la retiró de la pared con brusquedad, la giró y la empujó de rodillas al suelo. Se masturbó delante de su cara, con la verga goteando de los fluidos de ella.
—Abre la boca —jadeó.
Lisa lo hizo, levantando la cara, con los ojos llenos de lágrimas y lujuria, la barbilla humedecida. Benjy se corrió con un gruñido animal, eyaculando sobre su rostro, sobre sus mejillas, sus labios, sus párpados cerrados. Un último acto de marcaje, de posesión absoluta.
Cuando terminó, se dejó caer de rodillas frente a ella. Ambos estaban temblando, agotados, cubiertos de sudor y semen. Se miraron, un desastre glorioso. Él le pasó un pulgar por la mejilla, recogiendo una gota de su propio semen y llevándosela a los labios de ella. Ella lo lamió sin dudarlo.
Se quedaron así, arrodillados en el suelo , frente a frente, en el silencio. La lámpara del salón zumbaba sobre ellos. Las paredes, por fin, estaban en calma. Ya no recordaban. Solo guardaban el secreto de lo que sus dueños se habían hecho para volver a ser, aunque fuera, solo por un momento, enteramente suyos.
Lisa permaneció arrodillada frente a él, con el rostro todavía manchado, la respiración agitada. Vio su agotamiento, su completa rendición física, y algo en ella cambió. El pánico, la sumisión, el deseo de ser poseída… todo se desvaneció, reemplazado por una calma extraña, una claridad gélida. El ciclo de dominación y rendición había terminado. Ahora empezaba otra cosa.
Se levantó lentamente. Sus piernas le temblaban, pero no por debilidad. Se acercó a él, no con la timidez de antes, sino con una gracia nueva, de felino. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, pero no para excitarlo. Le tomó la cara entre sus manos, con una delicadeza que era casi maternal.
—Estás bien —susurró, y no era una pregunta. Era una constatación.
Benjy solo pudo asentir, con los ojos cerrados, entregado a su toque.
Lisa lo besó. No fue un beso de pasión, ni de deseo. Fue un beso profundo, lento, un beso que sellaba un pacto. Probó el sabor de su propia boca, de su semen, de su agotamiento. Luego, con movimientos precisos, se deshizo de él. Lo ayudó a recostarse en el sofá, le arropó con una manta que estaba doblada en el respaldo. Él se quedó dormido casi al instante, un sueño profundo y reparador, el de un hombre que había dado todo lo que tenía.
Lisa se quedó de pie, en medio del salón en desorden. Estaba sola. Por primera vez en horas, verdaderamente sola. Se miró las manos, luego su cuerpo desnudo. Se tocó la barriga, los pechos, el sexo húmedo y usado. No sintió vergüenza. No sintió arrepentimiento. Sintió poder.
Una sonrisa se dibujó en sus labios. Una sonrisa que no era de Benjy, ni siquiera la de Swann. Era suya.
Caminó hacia la cocina. La mesa de parqués todavía estaba tirada en el suelo. La ignoró. Abrió la nevera y sacó una botella de agua fría. Se bebió la mitad de un solo trago, el líquido recorriéndole la garganta seca. El agua la devolvió a sí misma.
Vio el móvil de Benjy sobre la encimera. Lo cogió. El dedo se deslizó sobre la pantalla, reconociendo el patrón sin dudarlo. No buscaba nada. No quería revisar sus mensajes ni su historial. Buscaba una app.
La encontró. El icono de la cámara.
Se apoyó contra el fregadero, con la espalda fría. Levantó el móvil y se miró en la pantalla. Vio su rostro, los ojos brillantes, la piel manchada por el semen ya casi seco. Vio a una mujer que había sido rota y que, sin embargo, nunca se había sentido más entera.
Hizo una foto. Un primer plano de su rostro. Luego otra, un poco más amplia, mostrando el cuello, el inicio de sus clavículas. No era para él. No era para nadie. Era para ella. Un registro. Una prueba. «Esto fuiste», pensó, «y esto eres».
Borró las fotos del teléfono de Benjy, pero las envió a una carpeta segura en la nube, con un nombre que solo ella entendería: «Cocina».
Volvió al salón. Benjy seguía durmiendo profundamente. Se acercó a él, le arregló la manta, le dio un beso en la frente. Luego, recogió la ropa del suelo, la suya y la de él. La dobló con cuidado y la dejó sobre una silla. Por último, tomó el tablero de parqués, recogió las fichas y el dado, y lo dejó todo ordenado sobre la mesa, como si nunca hubiera pasado nada.
Pero todo había pasado.
Se fue al dormitorio. Se duchó, dejando que el agua caliente la limpiara por fuera, sabiendo que por dentro nunca volvería a estar del todo limpia, y no le importaba. Se puso una de sus camisetas, una suya, no la de Benjy.
Volvió al salón. Se sentó en un sillón, lejos del sofá, y observó a su esposo dormir. Lo observó con una ternura nueva, una ternura de guardiana. Él había despertado al monstruo, pero ella era la que ahora sabía cómo domarlo. Él había traído el caos, pero ella era la que encontraba el orden en medio de él.
La lámpara del salón seguía zumbando. Las paredes seguían en silencio. Pero Lisa ya no les temía. Ya no era su prisionera. Era su dueña. Y por primera vez desde que Swann había cruzado su puerta, supo exactamente qué hacer con el recuerdo. No era una sombra. Era un arma. Y era suya.
La mañana siguiente llegó sin sol. Un cielo gris y uniforme se extendía sobre la ciudad, un reflejo perfecto del estado de ánimo de Benjy. Se despertó con el cuerpo dolorido, los músculos de las piernas y la espalda protestando por el uso desaforado. Durante un instante, no recordó nada. Luego, el olor a sexo y a limpiador que impregnaba el aire le trajo todo de vuelta. La humillación, la furia, la reconquista. Lisa.
Se sentó en el sofá, solo. La manta estaba doblada a su lado. El tablero de parqués estaba en su sitio, ordenado. La casa estaba impecable. Vio una taza de café humeante sobre la mesita de noche, junto a un vaso de agua y dos pastillas para el dolor de cabeza.
Lisa apareció en el umbral del dormitorio. No llevaba la camiseta de él, sino una pijama de algodón, suyo. Su pelo estaba lavado y recogido en un moño simple. Su rostro estaba sereno, casi impasible.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, su voz era neutra.
—Como si me hubiera atropellado un camión —dijo él, rascándose la barba incipiente.
—Te lo mereces.
No había reproche en su tono. Era una afirmación, un hecho. Se acercó y le dio el café. Sus dedos se rozaron, un contacto eléctrico que los hizo a ambos mirarse.
—Gracias por… limpiar —dijo él, gesticulando vagamente hacia el salón.
—Había que hacerlo —respondió Lisa—. No se puede vivir en un desastre.
Se sentó en el sillón opuesto, cruzando las piernas. Lo observó beber su café, y por primera vez en mucho tiempo, Benjy sintió que era ella la que lo estaba analizando, la que tenía el control. La dinámica había cambiado para siempre.
Se quedaron en silencio durante varios minutos, un silencio cómodo, extrañamente doméstico. Fuera, el tráfico de la ciudad empezaba a aumentar. Eran solo un matrimonio más, en un sábado por la mañana.
—Tengo que decirte algo —dijo Lisa al fin, rompiendo la calma.
Benjy la miró, tensándose.
—Mi madre me llamó ayer —continuó Lisa, sin darle tiempo a que su imaginación volara a peores lugares—. Cuando estábamos… ya sabes. No la atendí. Me acaba de dejar un mensaje. Quiere que vayamos a comer hoy.
Benjy soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. —¿A comer? ¿Tu madre?
—Sí. Y Mateo.
El nombre cayó en medio de la habitación con el peso de un ancla. Mateo. El hijo de siete años de su hermana mayor, un niño pequeño con el pelo siempre revuelto y una costumbre de esconderse detrás de las piernas de los adultos cuando le hablaban.
Benjy frunció el ceño. —Hoy? Lisa, ¿estás segura? Después de… de todo. No creo que sea buena idea.
—No es una idea, Benjy. Es una obligación —dijo ella, y su tono dejó de ser neutro, adquiriendo una filo de acero—. Mi madre no pide, ordena. Y si no aparecemos, empezará a llamar y a preguntar. ¿Qué le vamos a decir? ¿Que estuvimos ocupados siendo unos depravados? No. Vamos a ir. Vamos a sonreír, a comer el potaje que siempre quema y a contarle lo bien que nos va.
Se levantó y se acercó a él. Se inclinó, poniendo las manos en los reposabrazos del sofá, atrapándolo. Su rostro estaba a centímetros del suyo.
—Vamos a actuar como la pareja perfecta —susurró—. Vamos a mentirle a mi madre. Y vamos a sonreírle a mi sobrino. Porque es lo que se hace. Porque es lo que la gente normal hace.
Benjy la miró, atrapado en su nueva autoridad. Vio a la mujer que había sido doblemente penetrada en ese mismo sofá, y a la que ahora le daba órdenes con una frialdad que lo excitaba y aterraba a la vez. La idea de tener que actuar normalmente frente a un niño, con el eco de los gemidos de Lisa todavía vibrando en sus oídos, le parecía una tarea monumental, una tortura sutil y exquisita.
—De acuerdo —dijo él, su voz apenas audible—. Iremos.
Lisa sonrió. Una sonrisa rápida, sin alegría. —Perfecto. Ve a ducharte. Huele a puta y a marido agotado. No quiero que mi madre huela el sexo en la mesa.
Se dio la vuelta y se fue a la cocina, dejándolo solo, con el café a medio terminar y la certeza de que el día que tenían por delante sería mucho más difícil y peligroso que la noche que acababan de vivir. El mundo real, con sus obligaciones y sus testigos inocentes, acababa de llamar a su puerta. Y Mateo, el niño de siete años que solo quería dibujar dinosaurios, estaba a punto de convertirse en el espejo involuntario de su caída.
La ducha de Benjy no limpió su cuerpo, lo reavivó. El agua caliente sobre sus músculos doloridos no era un alivio, era un recordatorio. Cada gota era un eco del sudor, del esfuerzo, de la brutalidad con la que había tomado a su esposa. Y su cuerpo, en lugar de agotarse, respondía con una erección constante, un pulso bajo y persistente que no le abandonaba. Estaba permanentemente excitado, viviendo en un estado de alerta sexual que le nublaba los sentidos.
Cuando salió, Lisa le tenía preparada la ropa. Pantalones oscuros, una camisa de botones. Ropa de «buen chico». Ella ya estaba lista. Un vestido simple de verano, de algodón, que le llegaba a las rodillas. No era provocativo, pero en la mente de Benjy, era la prenda más erótica que había visto nunca. Sabía lo que había debajo. Sabía que no llevaba bragas, porque se lo había susurrado al oído mientras se vestía, con una sonrisa pícara: «Para recordarte dónde estuve mientras sonríes a mi madre».
El coche en silencio hacia casa de su suegra fue una tortura. Cada bache en el asfalto hacía que el vestido de Lisa se subiera un poco, revelando más muslo. Benjy conducía con las manos pegadas al volante, la ereción tirándole del pantalón, sin atreverse a mirarla de frente. Lisa, por su parte, parecía completamente en calma. Canturreaba una canción sin sentido, mirando por la ventana, como si fueran una pareja normal de camino a un aburrido almuerzo familiar.
La madre de Lisa, Elena, era como siempre. Una mujer de cincuenta y tantos años, con el cuerpo de una mujer que nunca dejó de cuidarse y la cara de alguien que ha visto demasiadas desilusiones. Llevaba un pantalón de yoga ajustado que delataba un gimnasio diario y una camiseta de lino sin mangas que enseñaba unos brazos firmes y bronceados. Su pelo, oscuro como el de Lisa pero con hebras plateadas en las sienes, estaba recogido en un moño tirante que parecía doloroso. Cuando los abrió, su perfume, una mezcla de jazmín y algo amargo como el gin, los envolvió.
—Benjy, estás más delgado —dijo, dándole dos besos secos en las mejillas mientras sus ojos lo escaneaban de arriba abajo, una radiografía de juicio—. Y tú, Lisa, hija, estás… radiante. Te sienta bien el matrimonio.
La mentura colgó en el aire. Lisa le sonrió con una dentadura perfecta. —Somos muy felices, mamá.
La casa olía a cera de abeja y a potaje. En el salón, sentado en una alfombra con un montón de lápices de colores, estaba Mateo. El niño de siete años levantó la vista con sus enormes ojos oscuros, idénticos a los de su madre, y al verlos, se escondió la mitad de la cara detrás de un cojín.
—Hola, Mateo —dijo Lisa, arrodillándose—. ¿Qué estás dibujando?
El niño no respondió, pero apartó un poco el cojín. Benjy se arrodilló a su lado. En el papel, un dinosaurio verde con enormes dientes estaba devorando lo que parecía un coche de carreras rojo.
—Ese T-Rex tiene mala leche —dijo Benjy, forzando una sonrisa.
Mateo lo miró de reojo y soltó una risita ahogada, volviendo a esconderse. La inocencia del niño era un golpe físico para Benjy. Era un recordatorio de un mundo que él y Lisa habían violado la noche anterior. Un mundo de dinosaurios y coches de carreras, un mundo que no debía ser manchado nunca.
El almuerzo fue un ejercicio de actuación. Elena los bombardeaba a preguntas sobre el trabajo, sobre sus planes, sobre el futuro. Lisa respondía con una soltura que a Benjy le parecía aterradora, tejiendo una red de mentiras convincentes con una sonrisa en los labios. Benjy se limitaba a asentir, a comer el potaje que, como había predicho Lisa, le quemaba la lengua, y a sentir la mirada de su suegra clavada en él.
Y luego, sucedió.
Mateo, que había comido en silencio, se le derramó un vaso de leche sobre la mesa. El líquido blanco corrió hacia el borde, goteando sobre la alfombra.
—¡Mateo! —exclamó Elena, con una frustración contenida.
—Lo siento, lo siento —dijo el niño, al borde de las lágrimas.
—No pasa nada, cariño —dijo Lisa, y se levantó de un salto.
Fue a la cocina y volvió con un trapo de cocina. Se arrodilló junto a la silla de Mateo y empezó a secar la leche. En esa postura, arrodillada, con el vestido de algodón ceñido a sus caderas y la espalda curvada, Benjy dejó de respirar. No veía a su esposa limpiando un derrame. Veía a la mujer del sofá, arrodillada, con la boca abierta, con el culo ofrecido. El olor a potaje se mezcló en su mente con el olor a semen. El sonido de la cuchara de Elena golpeando el plato se convirtió en el sonido de sus carnes chocando.
Miró a Lisa. Ella sintió su mirada. Levantó la vista hacia él, con el pelo cayéndole por la cara, y sus ojos se encontraron. Y en ese instante, supo que ella estaba pensando lo mismo. Una sonrisa casi imperceptible, un ligero arqueo de una ceja. Le estaba enviando un mensaje: «¿Lo ves? Estoy aquí. Arrodillada. Siempre».
La excitación de Benjy se volvió insoportable. Tenía que cruzar las piernas bajo la mesa para ocultar su erección palpitante. Se sentía como un perro en celo, rodeado de gente normal, y su esposa, su puta, su reina, estaba disfrutando de su tortura.
Más tarde, mientras Elena preparaba el café en la cocina, Lisa se acercó a él, que estaba falsomente interesado en una foto en la pared.
—¿Estás bien, mi amor? —susurró, pasándole la mano por la espalda, un gesto público de cariño que era en privado una caricia de fuego—. Pareces un poco tenso.
Benjy no pudo responder. Solo asintió, con la mandíbula apretada.
—Es que no puedes dejar de mirarme, ¿verdad? —continuó ella, su voz un murmullo bajo, para sus oídos solo—. No puedes dejar de acordarte de esta mañana. De cómo te lamí y te corriste en mi cara.
Benjy soltó un pequeño jadeo.
—Shhh —dijo Lisa, riendo suavemente—. Ten cuidado. O mi madre se va a dar cuenta de qué clase de depravado se casó con su pobre hijita.
Se apartó, dejándolo temblando, y se fue a la cocina a ayudar a su madre. Benjy se quedó solo, mirando el salón, el nido de inocencia de Mateo, y sintiendo cómo su mundo, el mundo que acababan de forjar en el dolor y el semen, se volvía más fuerte, más real, y mucho más peligroso. Ya no era una fantasía. Era un secreto que compartían bajo la luz del día, un veneno que se extendía por sus venas, y el antídoto, sabía él, sería siempre otra dosis.


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