Pigmento Paterno
¡La creatividad de la niña de 6 años no tiene fin!.
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La casa, sin la potente presencia de Leo ni la perturbadora mirada de Elena, respiraba de otra manera. Miguel sentía un alivio tan profundo que casi le daba vértigo. En el salón, Lara estaba tumbada boca abajo sobre la alfombra, hojeando un libro de ilustraciones de animales. Su aburrimiento era una presencia más en el Edén.
De repente, cerró el libro con un golpe seco. Se incorporó y miró a su padre, que fingía leer el periódico en el sillón.
—Papi.
—¿Sí, bombón?
—Me acordé de la historia de mami. De la mamá que era como una vaca para sus niños.
Miguel contuvo el aire. La historia de Emma había quedado flotando en la casa.
—¿Y?
—No entendí una parte —dijo Lara, acercándose y trepando a su regazo con la naturalidad de siempre. Su piel desnuda estaba caliente—. Los niños metían sus verguitas para marcar a la mamá. Como los perros que hacen pis en los árboles. ¿Para qué?
Miguel buscó una respuesta simple pero no la encontró. Todo lo que tenía eran las respuestas complicadas… como las de Elena.
—Es… una forma de decir ‘esto es mío’. Se comunican así entre perros.
—Ah —dijo Lara, y su «ah» era el sonido de una pieza encajando en un mecanismo—. Entiendo.
Se quedó quieta unos segundos, procesando. Luego, sus ojos se iluminaron con esa chispa de descubrimiento que a Miguel le helaba la sangre y le aceleraba el corazón al mismo tiempo.
—Tu oruga es más grande que las de esos niños, papi. Podemos hacer que marque mejor.
Miguel intentó una sonrisa débil. No entendía la analogía y las palabras que pensaba decirle, no salieron. La casa estaba vacía. No había testigos. Solo estaba el aburrimiento de su hija y el hueco familiar en su propio pecho.
Lara se deslizó bajándose del regazo de su padre y se puso a cuatro patas en el centro de la alfombra. Presentó su espalda, la curva familiar de sus nalgas, ese centro rosadito y vulnerable que Miguel conocía tan bien.
—Yo me pongo así. Y tú aprietas la punta de tu oruga contra mi culito, pero sin entrar. —Su voz era práctica, instruccional—. La frotas y la frotas, hasta que salga la lechita. Hoy será la ‘tinta’. Y luego, con esa tinta, me dibujas una carita feliz en donde caiga. Así queda el sello de que jugamos bien.
Miguel la miró. La propuesta era hermosa. También era, por primera vez en mucho tiempo, clara. No había que «canalizar energías» ni «explorar geografías sensoriales». Había un objetivo concreto, terminable: un dibujo. Un sello. Un certificado. Su mente, agotada por la abstracción perpetua de su esposa, se aferró a esa simplicidad como un náufrago a un madero.
—Es… es un juego raro, Lara.
—No es raro —replicó ella, sin volverse y moviendo su culito de un lado a otro—. Es arte. Tú haces los muebles. Esto es un mueble en mi piel. Una marca bonita.
La analogía, tan infantil y tan exacta, lo desarmó. Se levantó. Su cuerpo respondió, no con la urgencia confusa que le provocaba Elena, ni con el peso culpable de siempre, sino con una determinación extraña, funcional. Se arrodilló detrás de ella. Su pene, esa «oruga» cansada, comenzó a despertar, llenándose con una pesadez resignada. No era deseo lo que la hinchaba, era la aceptación de una tarea.
—Sin entrar —recordó Lara, su voz un hilo de advertencia y expectación.
—Sin entrar —repitió él, como un juramento.
Guió su pene hasta el lugar. La punta del glande, ya sensible, encontró la estrella apretada del culito de su hija. No presionó para penetrar. Solo estableció contacto. Y comenzó a frotar. Un movimiento lateral, suave al principio, luego más firme. La fricción era diferente a todo lo anterior. No era la rutina del «caballito» ni la tensión de los juegos de contención. Esto era trabajo manual. Una labor de artesanía.
Lara suspiró, un suspiro de concentración más que de placer.
—Así. La tinta tiene que salir. Frota más fuerte. Me encanta.
Miguel obedeció. Cerró los ojos. En su mente, veía solo el movimiento de la mano al lijar, el ritmo de un cincel sobre la madera. Su respiración se acompasó al vaivén de sus caderas. La excitación fue creciendo, no como un torrente, sino como la acumulación de un esfuerzo sostenido. Era física, mecánica. El placer era casi un subproducto, la grasa que lubricaba la máquina para que cumpliera su función.
—¡Ya! —gritó Lara de pronto, sintiendo el cambio en la presión, el temblor distintivo—. ¡La tinta! ¡Ahora!
Fue una orden, y Miguel, la cumplió. Con un gruñido que era más de esfuerzo que de éxtasis, eyaculó. Los chorros, cálidos y espesos, salpicaron la piel dorada de la nalga derecha de Lara, formando un charco irregular y blanquecino.
—¡Perfecto! —exclamó ella, inmovilizándose—. ¡Ahora el dibujo! ¡Rápido, antes de que se seque!
Lara sintió la leche y con mucha voluntad, se resistió a mirar. Miguel, jadeante, sonrió. El semen brillaba bajo la luz. Con una mano que le temblaba levemente, hundió la yema de su índice en el líquido tibio. Sintió su viscosidad, su textura de pegamento biológico. Luego, con una concentración de cirujano, se inclinó sobre la piel de su hija.
Empezó a dibujar. Un círculo para la cara. Dos puntos para los ojos. Una curva amplia y ascendente para la sonrisa. Su dedo resbalaba, dejando un rastro blanco y brillante sobre el bronceado perpetuo de la piel de Lara. No pensaba. Solo ejecutaba. Era el sello. La certificación. La prueba tangible de que el juego había terminado, y había terminado «bien».
Cuando terminó, se apartó. La «carita feliz» le sonreía desde la nalga de su hija. Un jeroglífico paternal con lechita.
Lara, contorsionándose, intentó ver el resultado.
—¿Quedó bien? ¿Es feliz?
—Sí —logró decir Miguel, su voz ronca—. Es feliz.
—¡Yay! —gritó ella, dando una voltereta sobre la alfombra, sin importarle mancharse. Se sentó y miró la mancha ahora distorsionada en su piel—. Es el mejor sello. Más grande y con más tinta que el de los niños de la historia. La próxima vez, podemos hacer un sol. O una flor.
Miguel, exhausto, se dejó caer sentado en el suelo. Miraba el dedo manchado de blanco. No sentía culpa en ese momento. Sentía… alivio. Había completado la tarea. Había satisfecho la demanda concreta. Había creado algo (un dibujo) dentro de los límites establecidos (sin entrar). En el Edén, era un triunfo.
Lara se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Gracias, papi. Fue un juego muy lindo. —Se levantó y corrió hacia el baño—. ¡Voy a ver el sello en el espejo!
Miguel se quedó solo, escuchando el agua correr. Miró su pene, ya flácido y glaseado con los restos de la «tinta». Había marcado a su hija. No con orina, como un animal, sino con su semen, convertido en pigmento. Y ella lo llevaría, secándose en su piel, como un diploma. El juego había sido perfecto. No había teoría, no había discurso. Solo necesidad, solución y un producto final.
Por primera vez en mucho tiempo, Miguel no sentía culpa. Se sentía, de una manera, un buen padre. Había hecho reír a su hija. Había cumplido con su rol. Y en el Edén, eso era todo lo que se podía pedir.
Por otro lado, Lara de pie sobre el banquito frente al espejo grande, torcía el cuello para ver. La carita feliz de lechita de papi ya empezaba a secarse. Los bordes se volvían traslúcidos y un poco crujientes, como la costra de una salsa blanca. Con un dedo, tocó con cuidado un ojo del dibujo. Estaba tibio aún, y pegajoso. Se rió, una risa de campanita. No era la risa de antes, la de las cosquillas. Era la risa del logro.
“Papi es muy buen dibujante”, pensó. La sonrisa que le había hecho en la piel era igual a las que él le dibujaba en las notas del almuerzo. Solo que esta era especial. Hecha con tinta. La mejor tinta del mundo, porque salía del juego y teñía de prueba que el juego había sido bueno.
Su culito, no estaba picando ahora. Estaba… expectante. Como después de abrir un regalo muy bueno, cuando ya estás pensando en el siguiente. No era un hueco, no era un picor. Era una pregunta. “¿Y ahora qué más?” le susurraba su propio cuerpo desde adentro.
Mirando fijamente el sello blanco en el espejo, su mente empezó a funcionar a toda velocidad. Las ideas brotaron, una tras otra, perfectas y redondas como burbujas.
Podía hacer un sello diferente cada día, en un lugar distinto del cuerpo. Una flor en la espalda. Un sol en la pancita. Una estrella justo en el ombligo. ¿Y si en vez de dibujos, fueran letras? Papi podría escribir su nombre con la lechita en su espalda. “L-A-R-A”. Grande y en cursiva. O mejor, una frase secreta. Algo que solo ellos dos supieran. “La gatita de papi”. Eso se secaría y se iría, pero ella lo habría sentido escribirse. Un mensaje invisible para todos menos para ellos.
Una oleada de felicidad cálida, más densa incluso que la sensación de la lechita secándose, le llenó el pecho. ¡Tantos juegos por inventar! ¡Tantos experimentos!
Su culito no pedía algo específico ahora. Pedía todo. El futuro entero, pintado con lechita blanca sobre su piel dorada. Se limpió con suavidad el resto del semen ya seco, no para borrarlo del todo, sino para sentir la textura áspera una última vez. Mañana sería otro día. Habría otro juego.
Saltó del banquito y salió corriendo del baño, completamente desnuda, la carita feliz casi invisible ya en su piel, pero la verdadera sonrisa, amplia y radiante, brillando en su rostro.


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