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Heterosexual, Sexo con Madur@s

¡Qué buena la Nochebuena! 🎄🎅

En las festividades previas a la Navidad, se hizo realidad uno de mis sueños húmedos que tenía desde hace años… Gracias al arrojo provocado por los tragos de alcohol.
Hola, espero que sus masturbaciones sean satisfactorias y sin remordimientos.

No me gusta autodescribirme, pero diré que soy un hombre de 48 años, casado desde hace una década, una hija de 16 años de edad y trabajo como profesor universitario. He contado varias historias en esta plataforma y todas han sido vivencias personales que me han pasado a lo largo de mi vida.

El calor de la fiesta navideña había cedido al frío de la madrugada, pero la sangre en mis venas seguía ardiendo. Ese diciembre tenía recién cumplidos veintisiete años de edad, por eso la Nochebuena se había convertido en una promesa de algo más que regalos bajo el árbol.

Mi padre roncaba, desmayado y derrotado por la cerveza, en un sillón de madera reclinable en el patio. Mi madre, prudente y cansada, se había despedido hacía rato para irse a nuestra casa que estaba cerca de donde estábamos. Las tres hijas de la amiga de mi papá, la anfitriona de esta festividad, hacía rato que se habían ido a sus habitaciones, arrulladas por el sonido de la música navideña y el exceso de sangría. El silencio era profundo, roto solo por el ruido que esta noche era costumbre: cantos, fuegos artificiales y también por el latido acelerado que sentía en mis sienes.

La amiga de mi papá se movía por la cocina con un ligero agotamiento que no era solamente del alcohol. Su vestido rojo, corto y ceñido a su cuerpo, parecía una mancha de deseo en la penumbra nocturna navideña. La tela se pegaba a sus curvas de manera tentadora, a esas caderas que mis manos habían osado rozar durante el baile, y antes, durante su cumpleaños que fue el día anterior. Con cada contacto había sido un mensaje codificado, una pregunta y, sobre todo, una respuesta tácita.

Ella tenía la edad de mi mamá, quizás uno o dos años más, pero el tiempo había sido generoso con ella. Morena, con el cabello corto teñido de un castaño brillante y peinado con elegancia para la ocasión. Su cuerpo curvilíneo destacaba por encima de mujeres de su misma edad, incluyendo mi madre. Poseía una firmeza en sus muslos y en su trasero que desmentía cualquier número que dijera su edad en un documento. Las medias de seda negras que le llegaba a los muslos, se asomaban unos centímetros por debajo del dobladillo del vestido cuando se sentaba, habían sido mi obsesión toda la noche. Haciendo que mi imaginación volara y mi pene se levantara. Esto se combinaba perfectamente con una presencia voluptuosa y magnética que hasta sin quererlo resaltaba en la multitud.

«Deberías irte también, cariño», murmuró ella, apoyándose contra la encimera de la cocina.

Su voz era baja, un susurro cargado de una fatiga que no convencía.

«Mañana, como todos los años, será un día largo», lo dijo con tono maternal.

De hecho siempre me emparejaban su hija del medio, ya que tenemos la misma edad y a mi hermano lo hacían con la menor. Aunque ellos si tuvieron su relación, por mi parte siempre soñé con la sensual madurez que ella irradiaba.

Pero sus ojos, algo vidriosos por el vino, no se despegaban de los míos. Había una luz, una chispa, un deseo de complicidad que alimentaba la osadía que el alcohol había despertado en mí. Aún no había conocido a la mujer que se convertiría en mi esposa, ni tenía ataduras de ningún tipo. Solo este deseo, remoto y repentino a la vez, que había crecido en silencio durante años de ver a la amiga de mi papá en reuniones sociales, siempre jovial, siempre afectiva, a ratos inalcanzable.

«Todavía no», respondí y el sonido de mi propia voz me sorprendió por su autoridad.

Me acerqué, lentamente. Percibiendo el aroma a su perfume, que mezclado con el del vino, envolviéndome totalmente. Ella no retrocedió, ni se movió de donde estaba. Seguíamos mirándonos. Cuando mis dedos encontraron la curva de su cintura, a través de la fina tela del vestido, un estremecimiento casi imperceptible recorrió su cuerpo. Sentí como una suave corriente eléctrica le recorría por completo. No fue un rechazo, fue una confirmación de un deseo que tenía y que ella había dado luz verde a cumplirlo. Pude sentirlo. Mi otra mano descendió, posándose con una familiaridad deliberada en la plenitud de uno de sus glúteos. Esta vez no fue un roce furtivo, como la que tuvimos cuando me acercaba a ella esa noche y en su cumpleaños. Fue una posesión. Ella cerró los ojos por un segundo y una exhalación temblorosa escapó de sus labios.

«Esto está mal, soy la amiga de tu papá. Te conozco desde pequeño» susurró, pero sus palabras carecían de fuerza, flotaban en el aire como el humo de las velas ya apagadas.

«No lo está, además ya no soy un niño», contesté y acerqué mi rostro para capturar su boca.

El beso fue un choque eléctrico. Sus labios, al principio tensos, cerrados y dubitativos, se abrieron poco a poco bajo los míos con una urgencia que me dejó sin aliento. Su sabor a fruta y licor se mezcló con el mío. Ya no había dudas. Disfruté ese beso como jamás lo había hecho, algunas veces ella misma quería dominar el ritmo. Su lengua se movía de forma experta, con maestría y habilidad. Yo estaba encantado.

Sus manos, que al principio buscaban separarse de mí, ahora se aferraban a mi cabello con un desespero que ni yo mismo sabía que podía despertar. Mis manos se volvieron mucho más atrevidas. Una se enredó en su cabello corto, la otra se deslizó por su espalda hasta encontrar el cierre del vestido. Un tirón y la cremallera cedió, ante el asombro del mujerón que tenía en frente, con un sonido sibilante que pareció ensordecedor en el silencio de la cocina.

«Nooo…», protestó débilmente.

Pero su cuerpo la contradijo arqueándose hacia mí, buscando más contacto. Además, no hizo ningún movimiento para agarrar el vestido.

«Pues sí…», insistí, besando su boca.

Y el vestido rojo, ese símbolo de festividad, se deslizó por sus hombros y cayó a sus pies, formando un charco escarlata en el suelo de la cocina. Quedó en ropa interior: solo unas tangas de encaje negro con detalles en rojo y esas medias pantis con sus tirantes que me habían vuelto loco, no llevaba brasier. Su piel morena brillaba bajo la tenue luz de la lámpara de la cocina. Me separé solo medio paso, la tomo de sus manos que cubrían sus propios senos, le doy una vuelta lentamente para admirarla y contemplar cada centímetro de su cuerpo.

«Eres hermosa…», Le dije.

Ella se sonrojó, pero lentamente apareció una tímida sonrisa. De hecho no buscó taparse sus senos. Eso me dio el permiso para seguir adelante con mis intenciones.

Disfruté toda la extensión de su piel con una mezcla de reverencia y voracidad. Cada centímetro que besaba, lo conquistaba como un territorio que había anhelado explorar. Ella temblaba, pero sus manos también se movían, desabrochando mi camisa, tirando de mi cinturón con una necesidad que solo se igualaba a la mía.

«¡No debes hacer ruido!…», me rogó en un susurro áspero cuando un gemido escapó de su garganta.

«Si lo haces… ¡Te mato!», sentenció.

Pero el silencio era nuestro aliado y nuestro enemigo. Cada roce de piel contra piel, cada beso ahogado, cada jadeo contenido, adquiría una intensidad majestuosa. La llevé y la senté sobre el borde frío de la mesa de madera de la cocina. Las ollas, sartenes y los utensilios eran los únicos testigos mudos de nuestro festín privado.

Abrí sus piernas a la distancia adecuada para hacer mi trabajo. Ella ya sabía lo que iba a hacer. Comencé besando sus muslos, entre donde terminaban sus medias y su entrepierna. Lo saboreé como un sibarita cuando está degustando el más refinado de los placeres. Hice a un lado esa exquisita tanga. Al sentir el olor y ver lo palpitante que estaba su vagina, totalmente depilada y dispuesta para lo que venía, me lancé hacia ella y besé sus labios mayores con una delicadeza que la torturaba de placer.

«Aaah, así mismo…», gime tratando de no hacer mucho ruido.

Al rato me dispuse a estimular su clítoris ¡Qué delicia! Estaba concentrado en besarla, chuparla y morderla, ella se retorcía y sus movimientos incitaban a que fuera más profundos en mis lamidas. Le hice caso y metí mis dedos índice y medio en su vagina, para buscar su Punto G. Se sobresaltó cuando sintió esa penetración, pero sentía como se retorcía mucho más por el placer que le daba. Encuentro lo que buscaba y comienzo a estimularlo, al mismo tiempo que su clítoris.

«¡Ah…!», gime tratando de ahogar el grito que quería dar.

El placer que debió ser muy grande al sentir su fuerte reacción, de hecho por instantes creí que nos descubrirían. Aunque no me importaba. Estuve así por un rato más, hasta que explotó de placer. Mi boca, barbilla y mano recibieron esos jugos como si fuera la última botella de agua en el desierto, sin dejar de estimularla en ambos sentidos. Al terminar, estaba jadeando, tratando de recuperarse del orgasmo que recientemente tuvo… Pero allí no termina la cosa.

Mi pene estaba que ya no aguantaba más, quería acción de la buena y de una vez. La penetración de un solo golpe fue un alivio y una condena a la vez. Un gemido profundo salió de ella. Sus piernas, enfundadas en la seda negra de las medias, se enroscaron alrededor de mi cintura con mucha fuerza. Sus uñas se clavaron en mi espalda. Yo, embriagado por ella, por el momento, por la transgresión total y absoluto, perdí todo control. Mis embestidas eran salvajes, primitivas, bestiales, impulsadas por años de miradas contenidas y fantasías reprimidas. La madera crujió bajo nuestro peso.

«Más suave… Ah-ahh-ahhh… Por favor… Ah-ahh-ahhh», jadeó suavemente en mi oído.

Pero sus caderas se movían a un compás sincronizadas con las mías, negando tajantemente sus propias palabras. Por eso seguí las embestidas con mayor intensidad que la aplicada hasta esos momentos. Mientras la penetraba, me dediqué también a besar sus senos. Debo confesar que la gravedad no había hecho su trabajo en esos pechos, eran una exquisitez. Son del mismo color de su piel, noté también que estaba un poco bronceada por la marca de un bikini. Eso me calienta mucho más y lo reflejo en las embestidas que son más fuertes.

Era el éxtasis del que no quería escapar. El mundo se reducía al espacio entre sus muslos, al calor de su interior, al sonido de nuestra respiración entrecortada, a esos senos bamboleándose. El frío de la madrugada navideña era barrido por el fuego que generábamos en ese acto sexual. En ese instante, no existían el mañana, las familias, las convenciones. Solo existía ella, su cuerpo increíble entregándose a un deseo tan antiguo como el mío, y yo, tomando lo que siempre había querido, con una urgencia que rayaba en la desesperación.

Siento que vienen en camino nuestros orgasmos, ella con pequeños espasmos y yo contrayéndome en mis movimientos. En eso mis manos toman sus hombros por debajo de sus brazos, ella expectante me abraza con mucha fuerza. Así mismo y sin perder más tiempo la embisto con mucha mayor intensidad, haciendo que me clave más duro sus uñas y las piernas se aferren más hacía mi.

«Ahhh… Me vas a partir en dooos… Ahhh…», dice entre gemidos ahogados, su boca en mi oído.

Yo sigo dándole más duro a los movimientos.

El clímax nos llegó como una ola implacable, un torrente de sensaciones que nos sacudió a los dos en un silencio estruendoso. Yo seguía embistiéndola, quería que mi semen se regara en todo su interior. Con cada expulsión le seguía una clavada más profunda. Su vagina experta no dejaba de succionar mi pene, era una sensación de delicia que casi llega a lo divino. Después de expulsar la última gota de semen nos mantuvimos unidos, temblorosos, sudorosos, mientras la realidad comenzaba a filtrarse de nuevo por los bordes de nuestra burbuja y a esa cocina. El tictac del reloj volvió a hacerse audible. Un lejano ladrido de un perro. El suspiro del viento fuera.

Así estuvimos por un rato, ella se acercó para besarme. Esta vez fue con ansias calmada, deseo y cariño. Por mi parte se lo devuelvo con suavidad, ternura y delicadeza. Contrastando con la salvajada de la que fuimos protagonista y que sellamos un encuentro muy sentido, muy nuestro, muy secreto…

Nos separamos lentamente, evitando mirarnos directamente a los ojos al principio. No dijimos una palabra, el silencio se apoderaba de la cocina. El vestido rojo yacía en el suelo como un recordatorio de lo que acababa de pasar. Recogí mi ropa con las manos que aún temblaban. Ella se cubrió con un delantal que colgaba cerca de la mesa, sin acomodarse la tanga y su vagina con restos de mi semen, una imagen doméstica y surrealista después de lo vivido. Eso me excitó sobremanera, tanto que ya soñaba con el próximo encuentro y ese mismo delantal cubriendo su desnudez.

Sin decir una palabra, con una complicidad ahora cargada de vergüenza y de una extraña ternura, recogimos los restos de nuestra pasión. El fantasma de aquella Nochebuena, de aquella mujer en su cocina, quedaría para siempre grabado en mi memoria, un recuerdo ardiente y prohibido que, ahora, a mis cuarenta y ocho años, miro con una mezcla de nostalgia y de asombro por el arrojo de aquel joven que una vez fui.

Para los curiosos debo decir que a pesar de querer estar juntos, no pudimos tener muchos encuentros. Si lo hicimos unas cinco veces más, es una exageración de mi parte. Al parecer las hijas se dieron cuenta de nuestras miradas traviesas y no nos dejaban solos por ningún motivo. Solo pudimos deshacernos de la férrea vigilancia filiatoria, cuando estábamos en reuniones en casa de algunas de las amigas de ella y que eran cómplices de esas aventuras. Allí, dos o tres veces, pudimos reeditar ese episodio sexual navideño que tanto recuerdo hasta el día de hoy.

Espero que les haya gustado, trataré de estarles relatando otras de mis aventuras sexuales… ¡Larga vida y prosperidad! 🖖🏻

24 Lecturas/30 septiembre, 2026/0 Comentarios/por angeldelasfiestas
Etiquetas: cumpleaños, hermano, hija, madre, mayor, mayores, navidad, padre
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