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Fantasías / Parodias, Heterosexual

Sangre en el bosque parte 3

Los sobrevivientes de un siniestrado vuelo se darán cuenta que, para su pesar, no están solos y que las antiguas leyendas, son muy reales. .
3

 

Ya habían pasado más de cuatro horas desde el accidente. A causa de la humedad reinante las llamas se apagaron cuando el combustible dejo de fluir, dando paso a una  insondable oscuridad, salpicado entre la tupida foresta por las luces titilantes de las hogueras que iluminaban y calentaban el refugio. Martina había terminado de comer el bocadillo de centeno y se aprestaba a refugiarse entre los brazos de su padre cuando, un tenebroso bramido se elevó desde la espesura.

El sonido era tan aterrador que a todos los sobrevivientes se les helo la sangre, a algunos por el sonido otros, por lo que significaba el sonido.

 

  • Mierda —murmuro Marcel—, ¡aviven el fuego!

 

Leski corrió por sobre Ante y Belimir, dos hombres robustos que yacían sentados sobre sendas rocas, y tomando dos gruesos leños, los arrojó contra las flamas. La orden de Marcel retumbo por el refugio solo que, no todos fueron tan rápidos, y el grito de un hombre tronó en la noche.

 

  • ¡Alina!
  • ¡Vinko! ¡Vinko! —gritó Alina llamando a su esposo.

 

La joven, de cabello marrón y ojos negros sostuvo la mano de su hombre con todas las fuerzas que logró reunir, y tiró. El lobo emergió de la espesura gruñendo, amenazando con sus enormes colmillos y Alina, del asombro, soltó a su esposo, dándoles la oportunidad para que los otros dos canes que se aferraban de Vinko, lo terminaran arrastrando a la noche, gritando, maldiciendo y sangrando.

Para cuando llegaron Leski, Marcel, Novel y Mihai todo había pasado y Alina se encontraba arrodillada sobre el rastro de sangre que dejó su esposo.

 

 

4

 

Las hogueras fulguraron con mayor intensidad por el resto de la noche.

A los primeros rayos del sol la imagen era peor de lo que Marcel pensaba, dos de los heridos de gravedad habían fallecido antes del amanecer y el sitio donde se estrellaron no auguraba un rescate pronto.

 

  • Marcel —susurró Julie acercándose al policía—, estaba repartiendo los alimentos y creo que tenemos un problema.
  • Ahora que sucede?
  • Los niños que cuidaba Olga no están.
  • Como?

 

El policía cruzó el improvisado refugio sin querer llamar demasiado la atención.

 

  • Leski, ven. necesito tu ayuda.
  • Ya voy —respondió el joven incorporándose de sus trozos de cojines que hacían de cama—, que sucede?
  • No lo sabemos —respondió Marcel—, Julie vio que los huérfanos no están.

 

Al llegar al lugar donde Olga y los niños se refugiaban, Marcel miró a su alrededor en busca de los crios o indicios de donde pudiesen estar, se inclino junto a la mujer que parecía seguir durmiendo y le vio.

Olga, una mujer robusta de unos cincuenta años se encontraba con los ojos como platos mirando a la nada.

 

  • Olga? Olga? —Marcel la remeció—, Olga, donde están los niños?
  • Dyado, Dyado, —repetía susurrando la mujer—, Dyado.
  • Dyado? —susurro Marcel.
  • Dyado, Dyado se los llevó.
  • Que dijo? —preguntó Julie.
  • Se los llevaron los lobos —dijo Marcel.
  • Lobos, pero si no hay rastro de forcejeo y tampoco escuchamos ruidos —cavilo la azafata
  • Eso dijo, que fueron lobos, los Dyado se los llevaron.
  • Eso no es lobo — acotó Leski—, Dyado es una leyenda, una bruja que come niños, es Baba Yaga.

 

 

 

TRES

 

1

 

 

Las hogueras fulguraban entre las ruinas del campamento, mientras, somnolientos pasajeros dormitaban acurrucados. Olga Horváth, la improvisada niñera cuidaba de los huérfanos los cuales dormían casi desmayados por la angustia. Las sombras danzaban al compás de la hoguera que rápidamente perdía vigor, dando paso a negros manchones salpicando la tenebrosa arboleda.

Los ojos de la mujer, pesados se entrecerraban aguantado el cansancio, fue en fracción de segundo cuando al abrirlos nuevamente, una figura sombría emergió de la nada.

Los ojos centellaban de amarillo fantasmal entre cuencas negras y una peste a moho, barro podrido y sangre añeja anegó el pequeño refugio.

La silueta se inclinó junto a los niños extendiendo unos brazos huesudos, la piel como cuero reseco se adhería a los esqueléticos y puntiagudos dedos y una voz estridente retumbó en la cabeza de Olga entre espeluznantes carcajadas. Tan nauseabundas y demenciales que la aterrada mujer apretó los ojos al tiempo que sus manos tapaban los oídos sin ningún resultado.

 

Así fue como la encontró Marcel a la mañana siguiente. Con los ojos abiertos desmesuradamente y repitiendo la palabra “Dyado”.

 

 

  • Eso no significa lobo — dijo Leski con una mezcla de extrañeza y temor—, Dyado Yag es una leyenda, una bruja que come niños, algunos la conocen como Baba Yaga.

 

 

El grupo de búsqueda pasó gran parte del día rastreando a los chicos, no hubo resultado.

Marcel no tuvo más alternativa que darlos por perdidos, con las manos en el rostro se dejó caer sobre el improvisado asiento.

 

  • ¿Que hacemos ahora? —preguntó Lenski, el peso de una responsabilidad

autoimpuesta le aplastaba, se notaba en su rostro.

  • No lo sé —respondió Marcel—, debemos darlos por muertos, comidos por lobos o robados por una bruja, como si esa mierda fuera real.
  • Marcel, las personas están asustadas tenemos que decirles algo —propuso Julie.
  • Yo también lo estoy, yo también lo estoy —suspiró el ex policía.

 

 

 

2

 

 

  • A la mierda con eso —gritó Hribar—, nunca va llegar el rescate, ni siquiera saben que estamos aquí, ya está oscureciendo y no estoy dispuesto a pasar otra noche en esta mierda sin hacer nada.
  • ¿Y que pretendes hacer? —preguntó Novel.
  • Buscar ayuda —replicó el hombre—, voy a tomar a mi familia y caminar hasta encontrar un pueblo, casa o choza. ¿Como no va a haber nada en esta mierda de lugar?
  • Por favor, sabes que acechan lobos —acotó Feltrin.
  • Por lo mismo, no estamos seguros aquí ni afuera pero, por lo menos, a fuera estaremos haciendo algo.

 

Jaka Hribar era un hombre de cuarenta y siete años, fisioterapeuta deportivo, por lo que tenía la condición física como para completar el desafió, su esposa, Ljubica de cuarenta y dos no se quedaba atrás. Para completar el grupo, la pequeña Svetlana de catorce, una familia cabeza dura y engreída, pensó Marcel meneando la cabeza.

 

  • Hagan lo que quieran —dijo cansado el ex policía— no puedo retenerlos con nosotros si no quieren pero, si van a partir, háganlo por la mañana, al menos tendrán más oportunidad de esa forma.

 

 

Marcel aparentaba dureza, hacer ver que sus decisiones eran firmes y aunque estuvieran en problemas, el tenía todo bajo control. Mantener al grupo unido y con la moral en alto, sin embargo, en su fuero interno, sabía que Jaka tenía razón.

Se acababa la comida, así como el combustible para mantener las hogueras encendidas por la noche, sin mencionar que el último herido de gravedad había fallecido hacía un par de horas.

Se preguntaba cuanto podrían aguantar hasta que él tuviera que dar la orden de salir a explorar por el bosque, por eso, en algún extraño y retorcido lugar en su cabeza, le daba las gracias a Jaka Hribar de no tener que obligarlo él a tomar esa decisión.

 

 

 

3

 

 

Esa noche las fogatas se mantuvieron encendidas, no obstante y de una peculiar manera. Entre más fulguraban las llamas, las sombras parecían empeñarse con mayor agresividad en adentrarse al campamento y los árboles se retorcían con el viento como bailando danzas profanas.

 

 

4

 

 

 

Era la segunda mañana desde que el avión se estrelló y Marcel dio las gracias por una noche de relativa calma, no obstante, la despedida de los Hribar volvió el ambiente solemne.

 

  • Mandaremos ayuda en cuanto la encontremos —dijo Jaka.
  • Tengan cuidado —recalcó Marcel—, si no encuentran nada en un tiempo prudente, regresen.
  • No creo que sea necesario.
13 Lecturas/14 enero, 2026/0 Comentarios/por v1rgilio
Etiquetas: bosque, campamento, esposa, esposo, joven, mayor, niñera, padre
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