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Subiendo al consultorio

Conocí a Anis en el ascensor del hospital..
El ascensor se detuvo entre pisos. Éramos cinco personas. Nadie entró en pánico. Un técnico dijo por el intercomunicador que en unos minutos volvería a funcionar.

 

Anis estaba a mi lado. Empezó a hablar para romper el silencio. Dijo que en ese hospital siempre tenían problemas con los ascensores. Que era mala suerte quedarse atrapado, pero buena señal salir rápido. No era gracioso, pero sonreí por educación.

 

Me dijo su nombre. Anis. Sonaba a algo afilado. Yo le dije el mío. Madeleine. Nada más. No preguntamos por qué estábamos allí.

 

Cuando el ascensor volvió a moverse, seguimos subiendo. Salimos en el mismo piso. Dijo que parecía que íbamos al mismo sitio. Tenía razón. Esperamos sentados, uno al lado del otro.

 

Anis hablaba. Yo escuchaba. Yo no le conté nada sobre mi padre. En ese momento, no tenía ganas de explicarlo.

 

Cuando me llamaron, entré. Antes de cerrar la puerta, Anis me deseó suerte. Lo dijo en serio.

 

En ese momento no pensé que ese encuentro fuera importante. Tampoco pensé que pudiera cambiar nada. Solo sabía que el estado de mi padre seguía siendo incierto.

 

Nada más.

 

El doctor habló durante varios minutos.

 

Habló de pronósticos, de cuidados, de evolución posible. Dijo que mi padre estaba estable, pero que las próximas horas eran importantes. Que no había certezas. Que había que esperar. Asentí todo el tiempo. Hice las preguntas correctas. Respondí cuando fue necesario.

 

Pero mientras el doctor hablaba de pronósticos y cuidados, una parte de mí, una parte que no conocía, ya no estaba en esa consulta. Estaba en el pasillo, sintiendo el peso de la mirada de Anis.

 

Cuando salí del consultorio, Anis estaba sentado en la misma silla. No se había movido.

 

Me preguntó si todo estaba bien. Lo hizo con cuidado, sin insistir. No sé por qué le respondí. No tenía ningún motivo para hacerlo. Pero le conté todo. Le hablé de mi padre, del infarto, de que estaba en una habitación del mismo hospital. De que no sabían cuánto tiempo iba a quedarse ingresado.

 

Anis escuchó. No interrumpió. No intentó tranquilizarme. Solo escuchó.

 

Hablamos unos minutos más. Después intercambiamos los teléfonos. Fue extraño. No estaba en mis planes. No lo pensé demasiado. Simplemente ocurrió.

 

Nos despedimos. Yo volví a la habitación de mi padre.

 

En ese momento no le di importancia.

No pensé que hubiera hecho nada fuera de lo normal.

 

El primer mensaje llegó esa noche.

 

Yo estaba sentada junto a la cama de mi padre. Él dormía. Las máquinas hacían ruido de fondo. Miré el teléfono sin pensar que fuera importante.

 

El mensaje decía:

“Nunca te pregunté tu edad.”

 

Lo leí dos veces. No supe por qué sonreí. Contesté casi de inmediato.

Contesté casi de inmediato. Le dije que tenía veintiún años.

 

Tardó un poco en responder. Después escribió que él tenía treinta y ocho. Añadió que esperaba que no fuera un problema. Que lo preguntaba porque a veces se notaba.

 

Le dije que no me importaba. Y era verdad. En ese momento, la edad no significaba nada.

 

Seguimos escribiendo. Cosas simples. De dónde éramos. Qué hacíamos antes de llegar al hospital. No hablamos de mi padre. Tampoco de por qué él estaba allí.

 

En algún momento me dijo que le había alegrado encontrarme de nuevo en el pasillo. Yo le respondí que a mí también, aunque no estaba segura de por qué.

 

Apagué el teléfono cuando una enfermera entró a revisar a mi padre. Pensé que retomaría la conversación otro día.

 

Antes de dormir, miré el teléfono otra vez. Tenía otro mensaje de Anis.

Y entonces, la conversación cambió.

 

«Te vi muy seria, Madeleine», escribió él. «Demasiado seria.

 

«Ahora no es el mejor momento», respondí, un poco a la defensiva.

 

«El momento es siempre el mejor momento. La vida es muy corta para estar seria. Sobre todo cuando se es joven y se tiene un cuerpo como el tuyo.»

 

Me quedé mirando el mensaje. Mi cuerpo. Él no me había visto más que de pie, con la ropa de siempre. ¿A qué se refería? Sentí un calor que me subió por el cuello.

 

«¿Qué quieres decir?», pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

 

«Quiero decir que te veo y me imagino cómo serías sin esa coraza de seriedad. Me imagino cómo te moverías, cómo sonreerías si te tocara de la forma correcta. Si te hiciera sentir cosas que ni siquiera sabes que existen.»

 

Mi respiración se cortó. Las máquinas de mi padre se desvanecieron en el fondo. Solo existía su teléfono, mis manos temblando y las palabras de Anis, que eran como dedos que me recorrían por dentro.

 

«No sé de qué estás hablando», escribí, pero era una mentira. Sabía exactamente de qué estaba hablando.

 

«Claro que sí. Sabes perfectamente de qué hablo. Hablo de sexo, Madeleine. Hablo de que eres el tipo de chica que necesita que alguien venga y le quite el control. Alguien que la haga gritar. Alguien que la deje tan exhausta y satisfecha que no le queden ganas de estar seria.»

 

Me sentía excitada y avergonzada a la vez. Nadie me había hablado así nunca. Era tan directo, tan sucio, tan… real. Sentí una humedad cálida entre mis piernas, un pulso que empezaba a latir con fuerza. Mis pechos se hincharon bajo el suéter, y los pezones se endurecieron, frotándose contra la tela. Quería que él siguiera, que me dijera más, que me describiera todas las cosas que quería hacerme. Pero al mismo tiempo, me sentía expuesta, vulnerable. «Eres muy atrevido», escribí, intentando recuperar algo de control.

 

«No, soy honesto. Y tú te lo estás pasando bien. Sé que estás sonriendo ahora. Sé que te estás poniendo cachonda. Puedo sentirlo a través de este teléfono.»

 

Tenía razón. Estaba sonriendo. Y estaba cachonda. Me sentía como una adolescente, descubriendo el poder de la palabra, la emoción del prohibido. Pero también me sentía como una mujer, deseada, querida, necesitada.

 

«¿Y si te digo que sí?», escribí, con un atrevimiento que no sabía que tenía.

 

«Entonces te diría que quiero verte. Quiero verte fuera de ese hospital. Quiero verte con un vestido corto. Sin ropa interior. Quiero llevarte a un lugar donde puedas gritar todo lo que quieras. Quiero follarte hasta que olvides tu nombre. Quiero que te arrodilles y me mires desde abajo, con esos ojos serios, y me supliques que te dé mi verga.»

 

Me quedé sin aliento. Era explícito, depravado, y era lo más excitante que había leído en mi vida. Mi sexo estaba empapado, y tenía que cruzar las piernas para no hacerme daño. Quería decirle que sí, que lo hiciera, que me llevara a su mundo y no me devolviera nunca. Pero no sabía cómo. No sabía cómo decirle que me gustaría verlo de nuevo, que me gustaría que me hiciera todo eso y más.

 

Apagué el teléfono de nuevo. Al desbloquearlo tenía otro mensaje de Anis. Nada importante. Solo para decir buenas noches.

 

Pero para mí, era todo. Era el comienzo de algo nuevo, algo oscuro y emocionante. Y sabía, con una certeza que me aterrorizaba y me excitaba a la vez, que no podría resistirme.

 

No dormí mucho esa noche.

Mi padre sí. Respiraba con una regularidad nueva, todavía frágil, pero suficiente para que las máquinas dejaran de imponer su ritmo. A la madrugada entró una enfermera distinta a la del turno anterior. Habló en voz baja. Dijo que había respondido bien. Que por ahora no había cambios. Que seguirían observando. Usó la expresión estabilidad vigilada.

 

Asentí.

 

El día pasó lento.

Demasiado lento.

 

Me quedé sentada casi todo el tiempo. Miré a mi padre dormir. Contesté mensajes que no importaban. Tomé café frío. No pensé mucho en Anis. No de forma consciente. El teléfono estuvo en el bolsillo de mi abrigo todo el día, y eso fue suficiente.

 

Al caer la tarde volvió el médico. Repitió más o menos lo mismo. Que la noche anterior había sido estable. Que seguirían atentos. Que yo podía irme a descansar unas horas si quería.

 

Salí del hospital cuando ya estaba oscuro.

El aire de afuera me sorprendió. Era más frío de lo que esperaba. Caminé unos metros sin rumbo, solo para alejarme de la entrada. Me di cuenta de que no tenía ganas de volver a casa. No esa noche. No sola.

 

El mensaje llegó entonces.

 

“Puedo invitarte un café. Vivo cerca.”

 

Lo leí una vez. Después otra.

 

Le respondí que estaba saliendo del hospital. Que no tenía mucha energía.

Dijo que no importaba. Que solo era un café.

 

Acepté.

 

Nos encontramos a unas cuadras. Él me miró como si no hubieran pasado horas desde la última vez. Caminamos sin apuro. Hablamos poco. De cosas neutras. El barrio estaba casi vacío. Las luces de los locales se apagaban una a una.

 

Su casa quedaba cerca.

Subimos por una escalera estrecha. No dijo pasá. Abrió la puerta y se hizo a un lado. Entré.

 

Dentro hacía calor. Dejó las llaves en una mesa. Me ofreció agua antes que café. Agradecí. Me senté sin que me lo indicara.

 

La casa no tenía nada de especial.

Eso fue lo que más me llamó la atención.

 

Nos quedamos en silencio unos segundos. No eran incómodos. Eran silencios de descanso. Apoyé la espalda contra el respaldo de la silla. Me di cuenta de que estaba realmente cansada.

 

Anis no dijo nada.

 

Pensé en mi padre. Pensé en el hospital. Y entonces, como si hubiera leído mi mente, Anis se levantó. Se acercó a mí, no con prisa, sino con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no escapará. Se arrodilló frente a mi silla, y su cara quedó a la altura de la mía. Me miró a los ojos, y vi en ellos la misma mezcla de deseo y dominio que había sentido en el ascensor.

 

«Estás cansada, Madeleine», dijo, y su voz era un murmullo bajo, una caricia que me recorrió toda la piel.

 

Asentí, incapaz de hablar.

 

«Deja que te ayude a relajarte.»

 

Y entonces me besó. No fue un beso tierno ni dulce. Fue un beso de posesión. Sus labios se sellaron sobre los míos con una fuerza que me robó el aliento, y su lengua entró en mi boca, explorándola, dominándola, saboreándome como si yo fuera su comida. Sentí el sabor a café y a algo más. Una de sus manos subió por mi cuello y se enredó en mi pelo, tirando de él con suavidad para inclinar mi cabeza y tener un mejor acceso a mi boca. La otra mano se posó en mi muslo, y su peso era como una marca de fuego, una promesa de lo que estaba por venir. Mi cuerpo reaccionó con una traición completa. Sentí una humedad cálida entre mis piernas, un pulso que empezaba a latir con fuerza. Mis pechos se hincharon bajo el suéter, y los pezones se endurecieron, frotándose contra la tela.

 

Se apartó de mí, y yo gemí, un sonido de protesta que no pude contener. Me miró con una sonrisa traviesa, una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que me estaba haciendo. Se puso de pie y se paró frente a mí. Con una lentitud tortuosa, se desabrochó el cinturón, luego los botones del pantalón. Bajó la cremallera, y el sonido metálico resonó en el silencio de la habitación. Bajó el pantalón y la ropa interior, y su pene se liberó.

 

Era grande, más grande de lo que había imaginado. Estaba erecto, la cabeza roja y hinchada, la piel estirada y lisa. Sus testículos colgaban pesados. Lo miré, hipnotizada, sintiendo una mezcla de miedo y deseo. Nunca había visto nada tan excitante en mi vida. Anis no dijo nada. Solo me miró, esperando. Y supe lo que quería. Me levanté de la silla y me arrodillé frente a él. Mi cara quedó a la altura de su sexo, y pude sentir el calor que emanaba de él, el olor a hombre limpio y a deseo crudo. Con la mano temblando, lo tomé. Sentí la piel caliente y suave, la dureza que había debajo. Lo moví hacia arriba y hacia abajo, y él gimió, un sonido bajo y gutural que me hizo sentir poderosa. Me incliné hacia adelante y, con la punta de la lengua, lamí la cabeza de su pene. Sabía salado, un poco amargo. Abrí la boca y lo tomé dentro, sintiéndolo llenarme, estirarme. Empecé a mover la cabeza, haciéndolo entrar y salir de mi boca, usando la lengua para lamiar la parte de abajo, para jugar con la cabeza. Anis puso una mano en mi cabeza, sus dedos enredándose en mi pelo, y empezó a guiar mi ritmo, empujando un poco más profundo cada vez. Lo tomé con tanta fuerza que casi me ahogo, pero no me importó. Solo quería darle placer, quería sentirlo explotar en mi boca.

 

Después de unos minutos, me detuvo. Me levantó y me llevó a la habitación. Me tiró sobre la cama, y yo caí con un gemido. Se deshizo de mi ropa con una rapidez que me dejó sin aliento, tirando el suéter, la blusa, el pantalón, la ropa interior, hasta que estuve completamente desnuda frente a él. Me miró con una intensidad que me quemaba, y me sentí expuesta, vulnerable, pero también increíblemente viva.

 

«Ponte en cuatro patas», ordenó, y su voz no admitía discusión.

 

Obedecí, apoyando las manos y las rodillas en el colchón, con el culo en el aire, expuesto a su mirada. Sentí el colchón ceder bajo su peso cuando se subió a la cama detrás de mí. Me esperaba que me llenara con su verga, que me follara hasta hacerme gritar. Pero no fue eso lo que pasó.

 

Sentí sus manos en mis nalgas, separándolas. Sentí su aliento caliente en mi ano, y luego sentí su lengua. Lamió el anillo de mi culo, un movimiento húmedo y caliente que me hizo gemir de sorpresa y placer. Nunca nadie me había hecho eso. Era sucio, depravado, y me encantó. Seguía lamiéndome, metiendo la punta de su lengua dentro, ablandándome, preparándome. Después sentí uno de sus dedos, cubierto de algo frío y resbaladizo, probablemente lubricante. Me lo metió despacio, poco a poco, hasta que estuvo todo dentro. Me moví, sintiendo la extraña sensación de estar llena por ahí. Empezó a mover el dedo, metiéndolo y sacándolo, y el placer era intenso, casi doloroso. Metió un segundo dedo, y el estiramiento fue mayor, una mezcla de dolor y placer que me tenía al borde del orgasmo.

 

«¿Lista?», preguntó, y su voz era un gruñido bajo.

 

Asentí, incapaz de hablar.

 

Sentí la cabeza de su pene en mi ano. Era grande y caliente. Empezó a empujar, y el dolor fue intenso, una quemazón que me hizo gritar. Seguía empujando, y sentí como el anillo de mi culo se abría, cediendo a su presión. Con un último empujón, la cabeza de su pene entró, y el dolor fue tan agudo que vi estrellas. Se quedó quieto, dejándome acostumbrar a la sensación, a la extraña mezcla de dolor y placer.

 

«Relájate», dijo, y su voz era suave, tranquilizadora. «Confía en mí.»

 

Hice una respiración profunda e intenté relajarme. Empezó a moverse, poco a poco, metiendo un poco más de su verga cada vez. El dolor fue disminuyendo, reemplazado por un placer profundo y visceral, un placer que no había sentido nunca. Cada empujón me llenaba, me estiraba, me poseía. Empezó a moverse más deprisa, más fuerte, follándome el culo con una fuerza que me sacudía hasta los cimientos. Mis pechos se balanceaban con cada embestida, y mis gemidos llenaban la habitación. Sentí su mano en mi clítoris, frotándolo en círculos, y el placer se multiplicó, una explosión de sensaciones que me llevó al borde del abismo.

 

«Vente para mí, Madeleine», ordenó, y su voz fue lo que me empujó a volar.

 

Me corrí con un grito, un grito de puro placer, un orgasmo que me recorrió toda la cuerpo, que me hizo temblar y sacudir, que me dejó sin aliento y sin fuerzas. Él siguió moviéndose, follándome a través de mi orgasmo, y un momento después, sentí que se corría dentro de mí, una explosión caliente que me llenó por completo.

 

Se quedó dentro de mí un momento, y luego se salió y se tiró a mi lado. Me rodeó con sus brazos y me besó, un beso tierno esta vez, un beso de posesión y de pertenencia.

 

«Eres mía, Madeleine», dijo, y su voz era una afirmación, una verdad.

 

El silencio que siguió a nuestra descomunal explosión de placer era denso, pesado, y olía a nosotros. A mi sudor, a su semen, y al olor metálico, profundo y ligeramente amargo de mi propio interior. Mi cuerpo era un territorio recién conquistado, temblando aún con los estertores de la batalla. Sentía el esfínter de mi ano pulsar, dolorido y victorioso, un anillo de carne que había sido forzado hasta su límite y que ahora se contraía con el recuerdo de la invasión. Me sentía vacía, pero de una manera satisfactoria, como un recipiente que ha cumplido su propósito y ahora descansa, marcado por el contenido que lo ha llenado. La cama estaba húmeda bajo mí.

 

Anis yacía a mi lado, su respiración también pesada, su pecho subiendo y bajando. No me abrazaba con ternura; su brazo sobre mi cintilla era una posesión, un peso que me recordaba mi lugar. Pasó un largo minuto, un minuto en que solo oímos nuestros corazones latiendo desbocados, dos tambores en la quietud de la habitación. Y entonces, habló. Su voz no era un susurro, sino un gruñido bajo, áspero, la voz de un hombre que ha saciado su hambre y ya está pensando en el postre.

 

«Límpiame», dijo.

 

No fue una pregunta. Fue una orden. Una orden simple, directa, despojada de cualquier emoción que no fuera la expectativa.

 

Abrí los ojos. Me giré la cabeza lentamente, como si mis músculos se resistieran, como si mi cerebro intentara procesar la demanda y la encontrara absurda, imposible. Lo miré. Él no me miraba a los ojos. Su mirada estaba fija en su propia verga, que descansaba sobre su muslo, flácida pero aún imponente. Y entonces la vi.

 

Vi lo que él quería que viera. No era solo el brillo pegajoso de su semen, una capa lechosa que se coagulaba lentamente sobre la piel arrugada de su escroto y el tronco de su miembro. Vi algo más. Vi una película más oscura, más opaca, un brillo aceitoso que se extendía desde la base hasta la corona. Vi motas, pequeñas partículas de color marrón oscuro adheridas a la piel, a los pelos públicos, a la hendidura debajo de su glande. Vi el testimonio irrefutable de dónde había estado. Vi la prueba de mi suciedad, de mi rendición, de lo depravado del acto que acabábamos de cometer. Estaba sucio. Estaba manchado conmigo. Con la parte más íntima, más oculta, más vergonzosa de mi cuerpo.

 

Un escalofrío me recorrió, pero no era de frío ni de asco. Era de pura, absoluta y aterradora excitación. Mi estómago se revolvió, no con náuseas, sino con un hambre nueva y perversa. La orden era humillante. Era degradante. Era la cosa más sucia y excitante que nadie me había pedido jamás.

 

«Ahora, Madeleine», insistió su voz, cortando mi vacilación. «No quiero que se seque.» Esa frase, tan práctica, tan clínica en su depravación, fue lo que rompió mi última resistencia. No se trataba de un juego sexual más. Se trataba de una lección. Se trataba de aceptar todo de él, incluso las partes más sucias, incluso las consecuencias más sucias de nuestros actos.

 

Me moví. Cada músculo de mi cuerpo protestó. El dolor en mi ano era una punzada aguda con cada movimiento, un recordatorio constante de su dominio. Me deslicé hacia abajo por la cama, mi piel rozando la sábana húmeda, hasta que mi rostro quedó a la altura de su sexo. El olor me golpeó con más fuerza ahora, tan cerca. Era un cóctel potente y abrumador: el olor salino y acre de su semen, el olor limpio y masculino de su piel, y debajo de todo, el olor profundo, terroso, ligeramente fecal de mi propio interior. Era el olor de la rendición total.

 

Mi mano temblaba cuando la extendí. Mis dedos se cerraron alrededor de su miembro, todavía cálido y flácido. Sentí la textura de la suciedad, la ligera aspereza de las partículas secas sobre mi piel. Lo levanté, acercándolo a mi cara. No había duda. No había vuelta atrás. Cerré los ojos un instante, y luego los abrí de nuevo, fijándome en la tarea que tenía por delante.

 

Incliné la cabeza. Mi lengua salió, tímida al principio, y tocó la punta de su glande. El sabor fue una explosión. Salado por su semen, amargo por el resto. Era un sabor complejo, visceral, el sabor de la transgresión. Lamí la corona, limpiando la primera capa de su fluido, y luego bajé, mi lengua plana y ancha deslizándose por el tallo. Sentía cada bulto, cada vena bajo mi lengua, y sentía la suciedad disolverse en mi boca.

 

Llegué a la base, a donde la suciedad era más concentrada. Abrí la boca y lo tomé dentro, no para excitarlo, sino para limpiarlo. Succioné, usando la saliva para ablandar las manchas más secas, para arrastrarlas hacia mi garganta. Mis labios se deslizaron hacia arriba y hacia abajo, y mi lengua trabajaba con diligencia, entrando en cada pliegue, limpiando cada centímetro de su piel. Pasé a sus testículos, pesados y colgantes. Los lamí uno por uno, metiéndolos en mi boca, limpiando la piel arrugada y sensible, saboreándolo todo.

 

No era una mamada. Era un acto de sumisión. Un acto de adoración a su pene, incluso en su estado más sucio. Y mientras lo hacía, sentía una humillación tan profunda que se transformaba en un poder indescriptible. Era suya. Era suya para usar, para marcar, y para limpiar. Y en ese momento, no había ningún lugar en el mundo en el que preferiría estar.

 

Cuando terminé, su pene estaba limpio. Brillaba, no por suciedad, sino por mi saliva. Lo liberé de mi boca y me aparté, mirándolo. Estaba impecable. Yo no. Mi boca sabía a él, a mí, a nosotros. Era una marca que no podría lavar, un sabor que recordaría para siempre.

 

 

Miré el reloj sin moverme del lugar.

Las nueve en punto.

 

Me sorprendió la precisión. Todo lo anterior —el hospital, el pasillo, el ascensor detenido— parecía haber ocurrido en otra vida.

 

Anis se apartó primero. No dijo nada. Yo tampoco.

No hubo gestos innecesarios. Nada de palabras que intentaran explicar lo que acababa de pasar. Era como si ambos supiéramos que ese momento ya estaba cerrado, completo en sí mismo.

 

Me levanté despacio. Sentí el cuerpo distinto. No cansado, no liviano. Distinto. Fui al baño. Me miré en el espejo sin buscar nada en particular. Tenía el pelo desordenado, los labios enrojecidos, los ojos más oscuros.

 

Me lavé la boca.

El sabor persistió.

 

Cuando volví, Anis estaba sentado, revisando el teléfono. Lo dejó sobre la mesa al verme. Preguntó si estaba bien. Asentí. Era verdad. En ese momento, eso era estar bien.

 

Dijo que podía quedarme un rato más si quería. Que no había apuro.

Le agradecí, pero supe que no debía. No porque no quisiera, sino porque algo en mí necesitaba volver al mundo antes de que fuera demasiado tarde para hacerlo.

 

Me puse el abrigo. Él me acompañó hasta la puerta. No intentó besarme. No me tocó. Ese cuidado fue casi más intenso que todo lo anterior.

 

Al salir, el aire nocturno me golpeó de frente. Respiré hondo. Miré el teléfono otra vez. Tenía mensajes del hospital. Nada urgente. Solo actualizaciones automáticas, impersonales.

 

Caminé unas cuadras antes de darme cuenta de que estaba sonriendo.

No era felicidad. Tampoco culpa. Era otra cosa. Algo que todavía no sabía nombrar.

 

Sabía que tendría que volver. Al hospital. A mi padre. A mi vida.

Pero también sabía —con una claridad incómoda— que algo ya se había movido.

Y que no iba a volver exactamente al mismo lugar del que había salido.

 

Dormí pocas horas.

No porque el cuerpo no estuviera cansado, sino porque la mente seguía despierta, repasando sin orden. No imágenes. Sensaciones. El peso exacto de la noche anterior no se dejaba fijar. Cada vez que parecía asentarse, se desplazaba un poco.

 

Cuando desperté, lo primero que hice fue mirar el teléfono.

No había mensajes nuevos.

 

Me levanté despacio. Me duché. El agua ayudó, pero no borró del todo la sensación de haber estado en otro lugar. Desayuné de pie, sin prestar atención.

 

Antes de salir hacia el hospital, volví a mirar el teléfono.

Seguía en silencio.

 

En el transporte, mientras la ciudad empezaba a llenarse de ruido, pensé por primera vez en escribirle. No para decir nada importante. No para repetir lo ocurrido. Solo para confirmar que lo de la noche anterior no había sido una anomalía, algo que se desvaneciera con la luz del día.

 

Esperé a llegar al hospital.

Entré. Saludé a la enfermera. Me acerqué a la cama de mi padre. Dormía. Su respiración seguía siendo regular. Estabilidad vigilada, recordé. Esa expresión volvía una y otra vez, como si se aplicara a más cosas de las que debía.

 

Fue entonces cuando escribí.

 

No pensé demasiado en las palabras. Eso fue lo más consciente que hice.

 

“Gracias por anoche.”

 

No añadí nada más. No pregunté cómo estaba.

 

Guardé el teléfono y me senté junto a mi padre.

 

La respuesta no llegó de inmediato.

Y, contra lo que había temido, eso no me inquietó. Me permitió volver a estar allí.

 

Cuando el teléfono vibró, lo miré sin apuro.

 

“Me alegra saberlo. Descansa hoy. Lo necesitas.”

 

Leí el mensaje una sola vez.

No había dobles sentidos. No había promesas. Tampoco despedidas. Era exactamente lo que era: cuidado.

 

Apoyé el teléfono boca abajo sobre la mesa. Ese día no volví a saber de él.

 

El estado de mi padre siguió mejorando.

Lento, sin dramatismos. Los médicos dejaron de hablar de riesgos inmediatos y empezaron a hablar de protocolos, de rehabilitación, de cambios en la dieta. Palabras largas para decir que había salido del peligro. Dos días después, confirmaron que le darían el alta en cuanto tolerara caminar sin fatigarse demasiado.

 

Lo vi sentarse por primera vez en el borde de la cama. Me pidió ayuda para ponerse los zapatos. Tenía las manos más débiles, pero la mirada seguía siendo la misma. Me sonrió como si nada grave hubiera pasado. No le devolví la sonrisa enseguida. Todavía no sabía cómo hacerlo.

 

Fue recién esa noche cuando Anis volvió a escribir.

 

Nada importante.

Una frase breve.

 

Le respondí.

Y así empezaron los días siguientes.

 

Mensajes cortos. Espaciados. Nunca en horarios extraños. Nunca con el tono de aquella primera noche. No volvió a escribir nada que pudiera interpretarse como provocación. Tampoco yo. Y eso me ponía nerviosa.

 

Cada vez que el teléfono vibraba, lo sentía en el estómago.

No era deseo inmediato. Era expectativa. Una forma de atención que no sabía bien dónde colocar.

 

Me preguntaba si ese silencio era cuidado o distancia.

Si había entendido algo que yo no.

Si estaba esperando que yo dijera algo más.

 

No lo hice.

 

Mi padre volvió a casa al cuarto día. Caminaba despacio. Se cansaba rápido. Dormía mucho. La casa se llenó de pastilleros, horarios, recomendaciones pegadas en la heladera. Yo me movía entre todo eso con una precisión nueva, como si hubiera aprendido a medir el tiempo de otra manera.

 

Seguía hablando con Anis.

Nada profundo. Nada superficial del todo.

 

Hasta que, una tarde, escribió preguntando si quería salir a caminar.

Dije que había un parque cerca de mi casa. Que no era un plan complicado.

 

Lo acordamos casi sin pensarlo.

Tal vez porque no había nada que pensar.

 

Nos encontramos tres días después.

Era media tarde. El parque estaba lleno: niños corriendo, personas mayores en los bancos, perros con correas largas. Todo ocurría a la vista de todos. Eso me tranquilizó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

 

Anis llegó puntual. Vestía más cotidiano. Me saludó con un beso en la mejilla. Breve. Correcto. Caminamos uno al lado del otro, sin tocarnos.

 

Hablamos de mi padre.

Le conté que se estaba recuperando. Que estaba en casa. Anis escuchó, como siempre. Asintió. No dijo nada que sonara a consejo.

 

Mientras caminábamos, me di cuenta de que estaba atenta a cosas mínimas: la distancia entre nuestros brazos, el ritmo de sus pasos, la forma en que miraba alrededor. No había tensión evidente. Pero tampoco indiferencia.

 

Caminé a su lado, sintiendo el sol tibio de la tarde en mi cara, el ruido de los niños jugando, el ladrido lejano de un perro. Todo era normal. Demasiado normal. Y esa normalidad era la cosa más extraña de todas. Después de lo que habíamos hecho, después de la forma en que me había poseído, de la suciedad que había compartido, caminar juntos como si fuéramos dos viejos amigos se sentía como una mentira monumental.

 

Fue entonces, en medio de esa banalidad bulliciosa, cuando lo hizo. Sin volverse hacia mí, sin cambiar el tono de su voz, como si estuviera comentando el clima, preguntó:

 

«¿Quieres un poco de semen?»

 

Me quedé helada. Mis pasos se detuvieron en seco. Una madre empujando un coche me tuvo que esquivar, lanzándome una mirada de fastidio. No lo podía haber oído bien. Era imposible. Estábamos en un parque público, lleno de gente. La pregunta era una aberración, un acto de locura.

 

Giré la cabeza para mirarlo. Él se había detenido también, y me estaba mirando con una calma absoluta. No estaba bromeando. Sus ojos oscuros no tenían ni una pizca de humor. Eran serios, expectantes. La pregunta flotaba entre nosotros, en el aire lleno de polvo y risas infantiles, una perla negra de perversión en un mar de normalidad.

 

Y entonces, la respuesta salió de mi boca. No vino de mi cerebro. No pasó por ningún filtro de lógica o decencia. Vino directo de ese lugar oscuro y húmedo que él había despertado en mí la otra noche.

 

«Sí», dije. Mi voz fue apenas un susurro, pero lo oí claro como el día. «Me encantaría.»

 

Una sonrisa casi imperceptible curvó la comisura de sus labios. Asintió, como si yo acabara de confirmar una cita de negocios. «Bien. Sígueme.»

 

Se puso a caminar de nuevo, y yo lo seguí, mi corazón martilleando contra mis costillas con una fuerza que me mareaba. No hablábamos. El plan se estaba formando entre nosotros sin palabras, un plan silencioso y terrible. Se dirigió hacia la zona más boscosa del parque, lejos de los campos de juego y los bancos principales. El camino se hizo más angosto, el sonido de la gente se amortiguó hasta convertirse en un murmullo lejano. Encontró un pequeño claro, un espacio oculto por unos arbustos altos y frondosos que formaban una pantalla natural. Estaba lo suficientemente cerca del camino principal para oír las voces, pero lo suficientemente escondido para no ser vistos a menos que alguien se acercara intencionadamente.

 

«Arrodíllate», dijo, y su voz era baja, un comando que resonó en mis huesos. Miré a mi alrededor. El suelo estaba cubierto de hojas secas y un poco de tierra. No me importó. Me arrodillé, el roce de la tela de mis pantalones contra el suelo áspero era la última cosa en mi mente. Él se paró frente a mí, una silueta oscura contra el cielo de la tarde. Con la misma calma con la que se había desabrochado el cinturón en su habitación, se desabrochó los pantalones esta vez. Los bajó junto con su ropa interior, y su pene salió a la luz del día.

 

No estaba completamente erecto, pero no estaba flácido. Estaba en ese estado intermedio, pesado y lleno de potencial. Lo tomó con su mano, y empezó a moverla, lentamente, hacia arriba y hacia abajo. Sus ojos estaban fijos en mí, en mi cara arrodillada ante él. Yo no podía apartar la mirada. Estaba hipnotizada por el espectáculo, por la audacia de lo que estábamos haciendo, por el riesgo. El aire era frío en mis mejillas, pero sentía un fuego ardiendo dentro de mí, entre mis piernas.

 

Su pene se fue endureciendo bajo el movimiento de su mano, creciendo, levantándose hasta que quedó completamente erecto, apuntando hacia el cielo. La cabeza era un color rojo intenso, y una pequeña gota de líquido transparente brillaba en el extremo. Él empezó a mover la mano más deprisa, el ritmo de su respiración cambiando, volviéndose más profunda, más entrecortada. Yo me quedé allí, inmóvil, con las manos en mi regazo, esperando. El sonido de su mano frotando su propia piel, húmeda por el pre-semen, era el único sonido que podía oír, aparte de mi propio corazón y el lejano murmullo del parque.

 

«Cierra los ojos y abre la boca», ordenó, su voz un poco tensa por el esfuerzo.

 

Obedecí. Cerré los ojos, sumergiéndome en la oscuridad, y abrí la boca, un gesto de total entrega. El mundo se redujo a la sensación del aire frío en mi lengua, al sonido de su jadeo, al conocimiento inminente de lo que estaba por venir.

 

Escuché su gruñido, un sonido bajo y animal que provenía de lo más profundo de su garganta. Y entonces sentí el primer golpe. Una cadena caliente y espesa me golpeó en la mejilla, deslizándose hacia mi sien. El segundo golpe fue más preciso, aterrizando en mi labio superior, el sabor salado y amargo inundándome. El tercero y el cuarto golpearon mi lengua, que estaba extendida, esperando. Sentí el líquido caliente y espeso llenarme la boca, chorrear por las comisuras, caer sobre mi barbilla y mi cuello. Fue una explosión, una inundación de su esencia.

 

Se quedó quieto un momento, y yo me quedé inmóvil, con los ojos cerrados, la boca llena de él. El olor era intenso, el sabor abrumador. Escuché su respiración, volviéndose a la normalidad. Escuché el sonido de él guardándose su pene.

 

«Trágalo», dijo.

 

Y lo hice. Tragué, sintiendo la sustancia caliente y espesa deslizarse por mi garganta. Abrí los ojos. Él me estaba mirando desde arriba, con una expresión de satisfacción, de posesión total. Me ofreció un pañuelo de papel que había sacado del bolsillo. Lo tomé con manos temblorosas y empecé a limpiarme la cara, el cuello, sintiendo el papel absorber su semen, sintiéndome marcada, usada, completa.

 

Me ayudó a levantarme. Me arreglé el pelo, me limpié una mancha que había caído en mi blusa. No dijimos nada. No había nada que decir. Volvimos a caminar hacia el camino principal, dejando atrás el pequeño claro, nuestro pequeño infierno particular. Cuando salimos a la luz del sol, de nuevo rodeados de gente, me sentía diferente. Sentía que llevaba un secreto radiante en mi piel, un secreto que solo él y yo conocíamos. Y sonreí. Esta vez, sí era felicidad. Una felicidad oscura, perversa y completamente mía.

 

 

Continuamos caminando, el sol de la tarde ya tiñendo el cielo de naranja. El silencio entre nosotros ya no era incómodo ni tenso; era un silencio funcional, un espacio lleno de lo que acabábamos de hacer. Sentía el rastro seco de su semen en mi piel, una máscara invisible que solo nosotros conocíamos, y el sabor persistente en mi boca era un recordatorio constante de mi sumisión. Él caminaba a mi lado, tranquilo, como si no acabáramos de cometer un acto de depravación pública.

 

Fue entonces cuando volvió a hablar, con la misma casualidad con la que me había preguntado si quería su semen.

 

«Te he traído algo», dijo, sin mirarme.

 

Se detuvo junto a un banco vacío y se sentó, dándose aire. Yo me quedé de pie frente a él. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó algo pequeño, que mantuvo oculto en su puño. Me lo ofreció con la palma abierta.

 

«Es para ti.»

 

Miré. Era un juguete. Un consolador. Era de un color negro mate, y era delgado, mucho más delgado y más corto que su pene. Tenía una forma lisa y cónica, con una base ancha para evitar que se perdiera por completo. Era un objeto clínico, casi intimidante en su simplicidad.

 

«¿Qué es…?», pregunté, aunque sabía perfectamente lo que era.

 

«Es tu primer deber», respondió, su voz perdiendo toda la calma anterior y adquiriendo ese tono dominante que me hacía temblar. «Quiero que lo uses a diario en tu ano.»

 

El impacto de sus palabras fue como una bofetada. Me quedé sin aire, mirando el objeto en su mano, luego sus ojos. «¿A diario?», logré susurrar.

 

«Sí. A diario. Por la mañana, por la noche. Quiero que te acostumbres a estar llena allí. Quiero que ese agujero se acostumbre a mí, que me reconozca, que me espere. Empiezas con este. Es pequeño, para que aprendas. Pero lo usarás todos los días. Y me probarás que lo haces.»

 

Me lo metió en la mano. El material era liso y frío, y sentí su peso, una promesa y una amenaza. «¿Cómo… cómo te lo pruebo?», pregunté, sintiendo el rubor subirme por el cuello.

 

«Con fotos», dijo, como si fuera lo más obvio del mundo. «Todos los días, una foto de tu culo con él dentro. Quiero ver que obedeces.»

 

Los días siguientes fueron un torbellino de rutina y perversión. La recuperación de mi padre avanzaba, lenta pero segura. Empezó a caminar por la casa, apoyándose en las paredes. Su voz se hizo más fuerte. Volvió a hacer chistes malos. Pero todo eso se había convertido en el fondo de mi vida. El primer plano, el centro de mi universo, era la orden de Anis.

 

Esa misma noche, encerrada en mi baño, me enfrenté al consolador por primera vez. Me desnudé, mi cuerpo temblando bajo la luz fría del fluorescente. Me arrodillé frente al espejo, abriendo las piernas. Usé lubricante, mis dedos resbalando sobre mi ano, todavía sensible por la violación de días atrás. La punta del juguete entró con una facilidad que me sorprendió. Era delgado, liso, y el estiramiento era mínimo, casi agradable. Lo metí hasta la base, sintiendo cómo se asentaba dentro de mí, un ocupante silencioso y constante. Me levanté, me miré en el espejo. No se veía nada, solo la base negra contra mi piel. Pero yo lo sentía. Lo sentía con cada movimiento, con cada paso. Era una presencia constante, un recordatorio de Anis, de su dominio.

 

Saqué mi teléfono. Con una mano, me agaché un poco y me separé las nalgas, usando la otra para tomar la foto. El flash iluminó mi culo, la base oscura del consolador, la piel pálida a su alrededor. Lo envié sin dudarlo. La respuesta de Anis fue

inmediata: «Bien. Así me gusta. Mañana uno más.» Y así empezó mi adicción. Me volví experta en el arte de la ocultación. Lo usaba mientras leía a mi padre, sentada en el sofá, sintiendo su presión constante mientras él me contaba anécdotas de su juventud. Lo usaba mientras cocinaba, el movimiento al caminar de un lado a otro de la cocina creando una fricción sutil que me mantenía en un estado de excitación constante. Un día, mi padre se durmió mientras veíamos la televisión, y me encontré, sin saber cómo, con la mano metida en mi pantalón, frotándome el clítoris mientras el consolador estaba dentro de mí, mirando el rostro dormido de mi padre. La vergüenza y la excitación se mezclaron en un cóctel tan potente que casi me corro en el sofá.

 

Pronto, el consolador se quedó pequeño. El estiramiento ya no era suficiente. La fricción ya no me producía el mismo filo de placer. Le conté a Anis, a través de un mensaje, que necesitaba más.

 

«Ya era hora», respondió él. «Esto es justo lo que quería. Que tu cuerpo aprendiera a necesitar más. Que se volviera insaciable.»

 

Sus instrucciones llegaron al día siguiente. «Empieza con algo que tengas por casa. El mango de un cepillo de pelo. Uno de madera, no de plástico.»

 

El mango del cepillo de pelo era más grueso, más áspero. La primera vez que lo introduje, el dolor fue agudo, un recordatorio de la primera vez con Anis. Pero después del dolor, vino el placer, un placer más intenso, más profundo. Le envié la foto.

 

«Bien. Ahora, el mango de un cuchillo de madera, el que usa para picar. Es más grueso en la base.»

 

Seguí sus instrucciones al pie de la letra. Cada objeto era un nuevo desafío, una nueva prueba de mi devoción. Un pepino grande. Una botella de plástico vacía y estrecha. Cada día, mi ano se volvía más elástico, más hambriento. Le enviaba las fotos, y él siempre respondía con un simple «Bien» o «Sigue así».

 

El clímax de mi entrenamiento llegó una tarde en que estaba sola en casa. Mi padre estaba en una de sus citas de rehabilitación. Anis me había enviado un mensaje: «Hoy toca algo más grande. Algo que te llene de verdad. Ve a la cocina.»

 

Fui a la cocina, mi corazón latiendo con fuerza. Miré los mostradores, los cajones. Y entonces lo vi. En el mostrador, junto a la basura, estaba una lata de cerveza vacía que mi padre se había tomado la noche anterior. Era una lata estándar, de 500 mililitros. La idea era absurda, imposible. Era demasiado ancha, demasiado grande. Nadie podría hacer eso.

 

Pero yo no era «nadie». Yo era la chica de Anis.

 

La llevé a mi cuarto. Me desnudé y me acosté en la cama, con la lata fría junto a mí. Usé una cantidad generosa de lubricante, cubriendo la base de la lata y mi ano, que ya estaba relajado y preparado por el uso constante. Respiré hondo, intentando relajar los músculos. La apoyé contra mí y empecé a empujar.

 

La presión fue inmensa. El dolor fue una ola de fuego que me recorrió toda la espalda. Grité, un grito ahogado contra la almohada. Seguí empujando, con lágrimas en los ojos, sintiendo cómo mi piel se estiraba hasta un punto que creí que se rompería. Y entonces, con un pop doloroso y húmedo, la base de la lata pasó por el anillo de mi esfínter y entró.

 

Me quedé inmóvil, jadeando, con la mitad de una lata de cerveza metida en mi culo. El dolor era intenso, pero debajo de él, una oleada de placer oscuro y triunfal se extendía por mi cuerpo. Me sentía llena, estirada hasta el límite, usada de una manera que nunca había imaginado. Me levanté con dificultad y me miré en el espejo del armario. La lata sobresalía de mi culo, un objeto doméstico, vulgar, convertido en el símbolo de mi perversión. Saqué el teléfono y tomé la foto. La envié a Anis con el temblor de la victoria.

 

La respuesta llegó casi de inmediato. No era una palabra. Era una dirección. Una dirección que no reconocía, en un barrio industrial que no conocía. Y una hora. «8 PM. Entra sin llamar.»

 

El resto del día fue una nebulina. Mi padre volvió de rehabilitación, cansado pero de buen humor. Le preparé la cena, le serví los medicamentos, me senté a su lado a ver un programa que no vi. Mi cuerpo estaba allí, sentado en el sofá, pero mi mente, mi alma, mi puta alma entera, estaba en esa dirección, contando los minutos, sintiendo el fantasma de la lata de cerveza dentro de mí, un recordatorio constante de lo que era capaz de hacer, de lo que él me había convertido. A las siete y media, le dije a mi padre que tenía que salir, que una amiga necesitaba ayuda. Él no preguntó. Sonrió y me dijo que tuviera cuidado. La ironía me golpeó como un puñetazo.

 

El taxi me dejó frente a un enorme edificio de ladrillos y ventanas enrejadas. No parecía haber nadie allí. Encontré la puerta, estaba entreabierta. La empujé y entré en un largo pasillo oscuro que olía a metal y a humedad. La puerta que buscaba estaba al final. Entré sin llamar.

 

No era una casa. No era un apartamento. Era un taller. Un enorme espacio abierto con techos altos, lleno de herramientas, de mesas de trabajo de madera maciza, de lámparas colgantes que creaban islas de luz dura en una penumbra general. Y en el centro de todo, bajo una de esas lámparas, estaba Anis.

 

No estaba solo. Había otras dos personas allí. Un hombre y una mujer. Eran mayores que él, quizás de unos cuarenta y tantos. Vestían ropa oscura y elegante, y estaban sentados en dos sillones de cuero desgastado que parecían fuera de lugar en aquel entorno industrial. Me miraron sin sorpresa, con una curiosidad calculada, como si estuvieran evaluando una pieza de carne en un mercado.

 

Anis sonrió al verme. No era una sonrisa de bienvenida. Era una sonrisa de propietario que ve a su más valiosa posesión.

 

«Madeleine», dijo, su voz resonando en el espacio vacío. «Has llegado puntual. Me alegra. Ven aquí.»

 

Caminé hacia él, sintiendo las miradas de los otros dos clavadas en mi espalda. Me detuve a su lado.

 

«Te presento a Elena y a Víctor», dijo, con un gesto de la mano. «Son… colegas. Amigos. Y ellos, como yo, aprecian la obediencia y la dedicación.»

 

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Esto no era una cita. Esto era una exhibición. Una prueba.

 

«Les he mostrado tu progreso», continuó Anis, sacando su teléfono. Pasó su dedo por la pantalla y me la mostró. Era la foto de la lata de cerveza. «Les he contado lo rápido que aprendes, lo hambrienta que te vuelves. Pero una imagen, por muy buena que sea, no es lo mismo que la realidad. ¿Verdad?»

 

Elena y Víctor asintieron, sus ojos brillando con un lujuría que me erizó la piel. «Anoche te probaste con algo ancho», dijo Anis, su voz bajando a un murmullo íntimo, a pesar de que nos estaban observando. «Hoy, te probarás con algo largo. Y con algo vivo.»

 

Señaló hacía un costado. Allí había un perro, no lo había notado. No era un perro cualquiera. Era un gran danés, enorme, de un color negro azabache y con una presencia imponente. Estaba sentado, tranquilo, observando todo con unos ojos inteligentes y oscuros. Mi sangre se heló en mis venas. Mi cerebro se negó a procesar lo que estaba viendo. No. No podía ser. Era demasiado. Demasiado lejos, demasiado oscuro, demasiado imposible.

 

«No…», logré escapar de mis labios, un sonido débil, patético.

 

Anis se acercó a mí. Me agarró la barbilla con fuerza, obligándome a mirarlo a los ojos. «Sí», dijo, su voz un silbido de acero. «Sí. Lo has hecho todo bien hasta ahora. Has seguido cada orden. Has entrenado tu cuerpo para mí. Has demostrado que eres una buena chica. Pero esto es el examen final. Esto es la prueba definitiva de que eres mía. De que tu cuerpo no te pertenece. De que pertenece a mí. Y a mis amigos.»

 

Me soltó y se apartó. «Quítate la ropa», ordenó. «Quiero que Elena y Víctor vean el instrumento que hemos estado preparando.»

 

Mis manos temblaban tanto que apenas podía abrochar los botones de mi blusa. Me desvestí mecánicamente, dejando mi ropa caer en un montón en el suelo frío. Me quedé desnuda bajo la luz cruda de la lámpara, sintiendo sus tres pares de ojos como un peso físico, devorándome, evaluando cada centímetro de mi piel.

 

«Gira», dijo Anis. Obedecí, lentamente, mostrándoles mi espalda, mis nalgas. «Ahora, agáchate y muéstrales cómo entrenas.»

 

Me arrodillé, como tantas veces lo había hecho en mi cuarto, y me incliné hacia adelante, apoyando los brazos en el suelo. Separé las nalgas con las manos, mostrándoles mi ano, que ya no era un agujero virginal, sino un anillo de carne entrenado, flexible, ansioso. Oí un suspiro de Elena, un murmullo de aprobación de Víctor.

 

Anis se acercó al perro y le susurró algo al oído. El animal se levantó y caminó hacia mí, sus pasos silenciosos en el suelo de hormigón. Se detuvo a mi lado, y sentí su aliento caliente en mi espalda. Sentí su hocico frío y húmedo olerme, oliendo mi excitación, mi miedo. Y entonces, sentí su lengua. Una lengua larga, áspera y enorme me lamió la linea que dividía mis nalgas. Un gemido escapó de mi garganta, un sonido de puro shock y un placer tan intenso que fue casi doloroso.

 

El perro montó. Sentí su peso sobre mi espalda, sus patas delanteras aferrándose a mis caderas con una fuerza que me clavó al suelo. Y entonces sentí su pene. No era como el de un hombre. Era caliente, puntiagudo, y buscaba mi entrada con una precisión inesperada. Se deslizó dentro de mí, y el grito que solté no fue de dolor, sino de rendición total.

 

Era largo. Increíblemente largo. Parecía que no tuviera fin, entrando y entrando, llenando partes de mí que ni sabía que existían. Se movía con un ritmo salvaje, brutal, una fuerza de la naturaleza que me estaba usando para su propio placer. Y yo era solo un recipiente. Un cuerpo para ser montado, follado, llenado.

 

A través del velo de lágrimas de placer y sumisión, vi a Anis. Se había acercado a Elena y Víctor. Elena tenía la mano en la entrepierna de Víctor, y él la miraba a mí con una intensidad febril. Anis no me miraba. Miraba a sus amigos, sonriendo, como un director de orquesta que escucha su sinfonía.

 

«¿Ven?», les oí decir. «¿Ven cómo se abre? Cómo lo acepta? Es perfecta. Es mía.»

 

El perro aceleró su ritmo, sus embestidas se volvieron más cortas, más frenéticas. Sentí que algo se agrandaba dentro de mí, una protuberancia en la base de su pene que me estiraba hasta un punto insoportable. Con un último embiste violento, entró. El nudo. Me quedé enganchada a él, atada a su cuerpo, y entonces sentí la explosión. Un torrente de líquido caliente, infinito, me inundó por dentro, llenándome hasta rebosar. El calor, la presión, la humillación, el placer… todo se fusionó en un orgasmo que me destrozó, que me deshizo en mil pedazos.

 

Me quedé allí, temblando, con el perro todavía encima de mí, goteando su semen por mis piernas. Cuando por fin se retiró, me sentí vacía, un espacio hueco y humeante en el centro de mi ser. Mis brazos cedieron y caí de lado sobre el suelo de hormigón, con la mejilla pegada al polvo frío. El líquido del animal seguía fluyendo de mí, un río caliente y obsceno que se mezclaba con el sudor de mi propio clímax. El mundo era un zumbido en mis oídos, el sonido de mi propia sangre bombeando, el eco de los jadeos del perro al retirarse a una esquina para lamerse.

 

No me permitieron descansar.

 

«Levántate», dijo la voz de Anis. No era una orden, era una simple declaración de hecho, como decir «el cielo es azul». No tenía energía, no tenía voluntad, pero mi cuerpo, que ya no me pertenecía, empezó a moverse. Me puse de rodillas, luego de pie, temblando como una hoja. El semen me corría por el interior de los muslos, pegajoso, una marca visible de lo que acababa de ocurrir.

 

Anis se acercó a mí. Con una delicadeza que me resultó más aterradora que la brutalidad anterior, me limpió el interior de los muslos con un paño que sacó de su bolsillo. Sus movimientos eran clínicos, precisos. No era un acto de cariño; era un preparativo.

 

«Has sido perfecta», dijo, su voz baja y llena de una aprobación que me erizó la piel. «Has superado la prueba. Has demostrado que tu cuerpo puede aceptar cualquier cosa que yo quiera darle. Has demostrado que eres mía.»

 

Se giró hacia los otros dos. «Elena, Víctor. Por favor.»

 

Elena se levantó de su sillón. Era alta, esbelta, con una mirada que parecía ver directamente a través de mis huesos. Se desabrochó los pantalones y los dejó caer al suelo. No llevaba nada debajo. Su sexo estaba depilado, los labios largos y oscuros. Se acercó a mí, me tomó de la barbilla y me obligó a mirarla. «Anis nos ha dicho que eres una buena alumna», susurró, su voz un contralto sedoso. «Ahora vas a aprender a complacer a una mujer.»

 

Me empujó suavemente hacia abajo. Volví a arrodillarme, mi cara a la altura de su sexo. El olor era diferente al de Anis, más dulce, más perfumado, pero igualmente potente. «Lámela», ordenó.

 

Y lo hice. Con la misma sumisión con la que había lamido la verga sucia de Anis, lamí el sexo de Elena. Mi lengua exploró sus pliegues húmedos, encontró su clítoris, duro como un guijarro pequeño, y lo rodeé con movimientos circulares. Elena gimió, sus dedos enredándose en mi pelo, empujando mi cara más contra ella. La sentí temblar, sus caderas empezando a moverse en un ritmo que yo seguía con la boca. Mientras la complacía, sentí a Víctor acercarse por detrás. Oí el sonido de una cremallera. Luego, el sonido de él escupiendo. Y sentí su dedo, húmedo y frío, presionando mi ano, todavía relajado y húmedo por el semen del perro. Entró sin resistencia. Luego un segundo dedo. Me estiró, me preparó, y sentí la cabeza de su pene, gruesa y caliente, presionando mi ano. Entró con un solo movimiento profundo, un gruñido de satisfacción escapando de sus labios. Era más grande que Anis, más grueso, y me llenó de una manera que me hizo gemir contra el sexo de Elena.

 

Y entonces, el verdadero infierno comenzó.

 

Mientras Víctor me follaba el culo con embestidas lentas y potentes, y mientras yo lamía a Elena con una devoción cada vez más ferviente, Anis se acercó. No se desnudó. Se arrodilló a mi lado, su cara a la altura de la mía.

 

«Abre la boca», me ordenó, apartándome suavemente de Elena.

 

Obedecí, mi boca húmeda y abierta. Anis me miró a los ojos, y entonces, con una calma absoluta, escupió dentro de mi boca. No fue una gota. Fue un escupido grande, cálido y lleno. «Trágalo», dijo. Y lo hice.

 

«Ahora», continuó, dirigiéndose a Víctor. «Cámbiate de agujero.»

 

Víctor se retiró de mi ano con un pop húmedo. Sentí el vacío, y luego sentí su pene, resbaladizo y sucio, presionando mi vagina. Entró, y el contraste de sensaciones, la suciedad de mi ano mezclándose con la humedad de mi sexo, fue casi abrumador. Anis, mientras tanto, se había puesto de pie frente a mí. Sacó su pene, ya erecto, y me lo metió en la boca. «Ahora vas a ser nuestro recipiente», dijo. «Vas a tomar de todos. Vas a ser llenada por todos.»

 

Fui el centro de un torbellino de carne. Víctor follándome desde atrás, sus manos agarrando mis caderas con tanta fuerza que sabría que tendría moratones. Anis en mi boca, su pene golpeando el fondo de mi garganta, mientras Elena se masturbaba frente a mí, sus dedos moviéndose rápidamente en su propio clítoris, sus ojos fijos en mí, en mi humillación, en mi rendición. El olor del sexo, del sudor, del semen, era denso, casi asfixiante. Los sonidos eran una sinfonía de depravación: los jadeos de Víctor, los gemidos de Elena, los gruñidos de Anis, mis propios ahogos, el sonido de la carne golpeando contra la carne.

 

Primero se corrió Elena. Un gemido largo y agudo mientras su cuerpo se arqueaba, su sexo contrayéndose visible bajo mis ojos. Luego Víctor, con un último empuje brutal, llenó mi vagina con su semen, una explosión caliente que me hizo temblar. Y finalmente Anis, agarrándome la cabeza con ambas manos, se corrió en mi garganta, obligándome a tragar su carga salada y espesa.

 

Me quedé allí, en el suelo, temblando, goteando semen de todos lados, mi cuerpo un mapa de su uso. Me sentía sucia, usada, rota. Y me sentía viva. Más viva que nunca.

 

Anis se arrodilló y me ayudó a levantarme. Me llevó hacia una silla y me sentó. Me trajo un vaso de agua. Lo bebí con manos temblorosas. Elena y Víctor se estaban arreglando, sus rostros serenos, como si acabáramos de tener una reunión de negocios.

 

«Has hecho bien, Madeleine», dijo Anis, su voz suave de nuevo. «Has superado todas mis expectativas. Eres todo lo que sabía que eras.»

 

Me miró a los ojos, y vi algo nuevo allí. No era solo lujuria. No era solo dominio. Era orgullo. Y otra cosa. Algo que me asustó más que todo lo que había hecho esa noche.

 

«Ahora empieza la segunda parte», dijo, y sus palabras fueron como un trueno en el silencio del taller. «Todo esto era solo el entrenamiento. La preparación. Ahora que sabes lo que tu cuerpo puede hacer, ahora que has aceptado quién eres, empezaremos el verdadero trabajo. Tú y yo.»

 

Se inclinó hacia mí, su cara muy cerca de la mía. Pude sentir el calor de su piel, oler su olor. «Tu padre está mejor. Ya no te necesita tanto. Pronto no te necesitará en absoluto. Tu vida ahí ha terminado.»

 

Su voz bajó a un susurro que fue peor que cualquier grito. «Tu vida ahora es conmigo. Serás mía por completo. No solo en la noche. No solo cuando te lo ordene. Siempre. Te llevaré a vivir conmigo. Te enseñaré cosas que ni siquiera puedes imaginar. Te llevaré a lugares donde tu cuerpo será el único idioma que importa. Serás mi obra de arte. Mi instrumento. Mi todo.»

 

Se apartó, dejándome temblando en la silla. «Piénsalo esta noche», dijo, volviéndose hacia Elena y Víctor. «Pero ya sabes la respuesta. Porque la respuesta eres tú. La respuesta siempre ha sido tú.

4 Lecturas/17 enero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amiga, amigos, baño, madre, mayor, mayores, padre, sexo
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